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 21 de septiembre de 2006 

"Las fuerzas progresistas en África"

Plácido Micó, revista Pueblos, nº 26 septiembre 2006

   "Al abordar el tema de hacia dónde camina la izquierda africana, surge inmediatamente la pregunta de qué entendemos por izquierda en África. La respuesta es ardua y no parece tener una contestación nítida o unívoca; pero lo mismo ocurriría si nos interrogáramos por la misma cuestión en cualquier parte del mundo. De ahí que debamos antes preguntarnos por los rasgos definitorios de la izquierda en general. PLÁCIDO MICÓ ABOGO | 18 09 2006

   Durante el siglo XX, se entendieron como parte de la izquierda a aquellos grupos más o menos organizadas surgidos del movimiento obrero del siglo anterior en Europa y en otros lugares, que reivindicaban mejoras en las condiciones laborales y una ampliación de los derechos de los trabajadores por parte del Estado y de los empresarios capitalistas. Este movimiento dio lugar a los sindicatos, así como a los partidos políticos socialistas, y estuvo fuertemente inspirado por la filosofía política del marxismo, que se oponía al capitalismo entendido como un sistema basado en la explotación del hombre por el hombre.

   En términos más generales, la izquierda también se identifica con las reivindicaciones de una mayor justicia social, igualdad y libertad, aunque las personas u organizaciones concretas que las esgriman no adopten el marxismo como filosofía inspiradora. A raíz de estas consideraciones, podemos afirmar que en África, al menos desde las luchas por la independencia hasta nuestros días, ha existido siempre la izquierda. Siempre ha habido personas y grupos que han asumido como centro de su actividad pública o política las exigencias de libertad, justicia social y respeto a los derechos y dignidad humanos.

   Pero la adscripción en la izquierda también ha venido por la simple autodefinición ideológica como marxistas de ciertas organizaciones; o al contrario, por la acusación de comunistas o marxistas de los adversarios políticos. Y sobre todo por las relaciones internacionales que los activistas u organizaciones africanas mantuvieran con el bloque del Este durante la Guerra Fría. Conviene, por tanto, señalar que la práctica no se correspondía siempre con esas adscripciones teóricas, detrás de las que se escondían a menudo intereses políticos oportunistas y coyunturales.

   Las luchas por la independencia

   El período que va desde el inicio de las luchas por la independencia de los pueblos africanos hasta su consecución ha conocido diversas manifestaciones de lo que llamamos izquierda. En pocos casos existieron personas o grupos organizados que se proclamaran comunistas, como el del Partido Comunista de Suráfrica durante la lucha contra el régimen del apartheid. Otras personas y grupos optaron por considerarse socialistas sin o con Marx.

   Lo más destacado de este periodo fueron los movimientos nacionalistas o de liberación nacional, que tenían como meta principal el fin del colonialismo y la independencia estatal de las antiguas colonias. En el marco de esta lucha, los líderes y organizaciones africanas que, junto a la reivindicación de independencias, denunciaban la explotación de los trabajadores nativos y prometían la nacionalización de las riquezas del país hasta entonces en manos de los colonos y explotados para el beneficio de las metrópolis, fueron tildados de comunistas y socialistas y, por ende, de peligrosos para los intereses presentes y futuros (neocoloniales) de las antiguas potencias coloniales.

   Muchas de estas personas fueron eliminadas antes de las independencias, como ejemplo Rubén Um Nyobe, líder y fundador de la Unión de los Pueblos de Camerún (UPC), liquidado por las fuerzas de seguridad francesas, o Amilcar Cabral en Guinea-Bissao. Otros, nada más llegar al poder, como el líder congoleño Patricio Lumumba, asesinado en una conspiración urdida por responsables belgas ante la pasividad de Estados Unidos y la ONU. La misma suerte corrieron Olimpio en Togo o François Tombalbaye en Chad, entre muchos otros.

   Como se ha señalado, muchos de estos movimientos y personas no se identificaban plenamente ni con la derecha ni con la izquierda en Europa, ya que entendían que las razones y objetivos de su lucha eran diferentes a los de las organizaciones políticas europeas, representantes al fin y al cabo de los intereses coloniales. Un ejemplo: el Congreso Nacional Africano (ANC) de Sudáfrica, a pesar de su oposición al capitalismo y a la explotación inhumana del régimen del apartheid, no se adhirió formalmente a la Internacional Socialista hasta 1995.

   Las organizaciones y movimientos que se vieron forzados a recurrir a la lucha armada para la liberación de sus pueblos y que encontraron apoyo político y militar en algún país del bloque del Este fueron definitivamente clasificadas como comunistas y en consecuencia, de izquierdas. Éste fue el caso de las principales organizaciones políticas del África lusófona: el Movimiento Popular de Liberación de Angola (MPLA), que recibió ayuda del régimen cubano, el Frente de Liberación de Mozambique (FRELIMO) y el Partido para la Independencia de Cabo Verde y Guinea (PAIGC). También es el caso de los gobernantes que, para mantenerse en el poder y defenderse del boicot político y económico de las antiguas metrópolis, buscaron la cooperación con los países del Este, como Sekou Touré de Guinea-Conakry, Macías Nguema de Guinea Ecuatorial, Menguistu de Etiopía o Mathieu Kérékou de Benín.

   Sin embargo, a pesar de la etiqueta de izquierdas, los regímenes que encarnaron estos personajes y sus grupos empezaron por abolir una de las primeras manifestaciones de la izquierda en el continente: el sindicalismo obrero. Lo mismo hicieron con el pluralismo político, amén de la sistemática violación de los derechos humanos y la comisión de graves crímenes contra la humanidad, dejando más que entredicho su consideración como individuos o grupos de izquierda.

   Los antiguos partidos únicos

   Con el inicio de las reivindicaciones democráticas en el continente africano a finales de los 80 y principios de los 90, vuelve a ponerse de manifiesto la existencia de una izquierda en África, con la revitalización de organizaciones sindicales, asociaciones de estudiantes, de defensa de derechos humanos, etc., que en buena medida protagonizan manifestaciones y huelgas en demanda de reformas democráticas y del establecimiento del pluralismo político.

   Al margen de su adscripción ideológica, y salvo contadas excepciones, los partidos-Estado en el poder en África se fueron convirtiendo en defensores de los intereses las transnacionales capitalistas, bien posicionadas en muchos lugares estratégicos del continente y verdaderos obstáculos a cualquier transformación social y política.

   Esta buscada e interesada ambigüedad ha permitido y sigue permitiendo a muchos gobernantes mantenerse en el poder, no sólo con el apoyo de grupos internacionales poderosos, sino también con el concurso de partidos que se confunden con gobiernos, como China, Cuba o Corea del Norte. El presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema, y su partido PDGE es un buen ejemplo: amigo de los EEUU y defensor de los intereses de las multinacionales que explotan el petróleo del país, amigo personal de Jacques Chirac y de Aznar, también mantiene buenas relaciones con la Cuba de Fidel Castro, el gobierno chino y el régimen de Corea del Norte. Algo parecido ocurre con los partidos gobernantes y hegemónicos de Gabón, Camerún, Togo, Burkina Faso, Guinea-Conakry o Congo-Brazza. Otros, más sinceros, se han decantado por la derecha y aspiran o forman parte ya de las organizaciones internacionales de partidos de derecha. En definitiva, entre estos antiguos partidos únicos, por desgracia todavía hegemónicos en el continente, no hay nada de izquierda.

   La izquierda social y política

   Es precisamente entre los partidos políticos, movimientos sociales y asociaciones, de alguna manera opuestas o enfrentadas a los actuales regímenes y dictaduras imperantes, donde encontramos a la izquierda política y social.

   Podemos afirmar que existe una izquierda social, organizada en forma de sindicatos de trabajadores, organizaciones de estudiantes, asociaciones pro-derechos humanos, ONG a favor de los derechos de la mujer etc., que jugaron en su día un papel fundamental y precursor para el reconocimiento del pluralismo político y social en el continente, así como de la apertura hacia la democracia.

   En el mismo sentido debemos incluir en esta izquierda social el fenómeno reciente de coaliciones de organizaciones no gubernamentales en el marco de una campaña transnacional a favor de la transparencia en las industrias extractivas: Publish What You Pay. Exigen a las multinacionales que operan en el llamado sector extractivo que hagan público todo lo que pagan a los gobiernos y que éstos a su vez declaren el dinero que ingresan y el destino que le dan. El objetivo es lograr una mayor redistribución de las riquezas naturales del continente.

   Actualmente encontramos a la mayor parte de la izquierda política organizada en los partidos de la oposición a los gobiernos del continente. De entre estos, pocos hay que se confiesen comunistas, si bien hay casos como el del Partido Comunista de Senegal, poco representativo y que prefirió aliarse a las fuerzas de derecha, a la sazón el Partido Demócrata de Senegal del actual presidente Abdulai Wade, para desalojar del poder al Partido Socialista de Senegal (PS), considerado referencia del socialismo democrático africano desde las mismas independencias.

   La gran mayoría de los partidos africanos que se consideran de izquierdas son miembros o aspiran a serlo de la Internacional Socialista (IS). En esta organización, encontramos representantes de la casi totalidad de los países africanos: desde el Frente POLISARIO hasta el Frente de Fuerzas Socialistas de Argelia, el Partido Socialista de Marruecos, la Asamblea Constitucional Democrática en el poder en Túnez pasando por el ANC de Suráfrica, el MPLA de Angola, el FRELIMO de Mozambique, el SWAPO de Namibia, el CPDS de Guinea Ecuatorial, el SDF de Camerún, el Partido Social Demócrata de Benín o el Frente Popular de Costa de Marfil.

   Más que enumerarlos, resulta ilustrativo señalar que los partidos africanos miembros de la IS gobiernan actualmente en Suráfrica, Namibia, Angola, Mozambique, Cabo Verde, Túnez, Marruecos, Ghana y Costa de Marfil. En este último caso, debido a un conflicto civil, han de hacerlo con un gobierno de unidad nacional. El resto se encuentran en la oposición.

   Falta de solidaridad

   A pesar de su pertenencia a la IS, cuyos postulados asumen, la política internacional de la mayoría de estos partidos se caracterizan por una falta de solidaridad con otros movimientos de izquierda en otros países, lo que resta fuerza a la lucha por la igualdad y la transformación social en el continente. Muchos de los que están en el poder, ya sea por las presiones de las instituciones económicas internacionales o por el apoyo que éstas suponen para su mantenimiento en el poder, llevan a cabo políticas neoliberales y acaban tejiendo alianzas con los demás poderes africanos representantes del mal gobierno. Lo que hace que muchas veces articulen discursos y prácticas que llevan a dudar de su condición de partidos de izquierda.

   Por otra parte, los partidos en la oposición se enfrentan a serios problemas de organización y de subsistencia debido a los poderes autoritarios e incluso dictatoriales a los que se enfrentan. A pesar de su pertenencia a la IS, la mayoría se ven olvidados y encuentran un escaso apoyo tanto político como material por parte de sus homólogos de la IS de los países democráticos, incluso aun cuándo éstos se hallan en los gobiernos de sus países. Hace algunos años, de los entonces 15 países miembros de la UE, 13 estaban gobernados por partidos miembros de la IS, lo que sin embargo no hizo cambiar apenas la postura de los gobiernos ni de los propios partidos en lo que respecta al apoyo a la causa de la democracia y la solidaridad con los hermanos de África. Esta actitud de indiferencia e insolidaridad ha contribuido en buena medida a enfriar el entusiasmo y las esperanzas con las que muchos de esos partidos se adhirieron a la IS.

   Pese a todo, los partidos africanos miembros de la IS son con mucha diferencia los principales partidos portadores del discurso de la libertad, defensa de los derechos humanos, la democracia, la igualdad y la justicia social en el continente. Su actividad contra el hambre, la pobreza, la discriminación de la mujer, la corrupción y a favor de la resolución pacífica de los conflictos está haciendo mella, si bien a pasos lentos, en buena parte de los países del continente".


Plácido Micó Abogo es abogado y secretario general de CPDS, principal partido de la oposición en Guinea Ecuatorial. Este artículo ha sido publicado en el nº 23 de la revista Pueblos, septiembre de 2006.

 

Reseña de The Wonga Coup en la prensa inglesa

   Nos hacíamos eco hace unos meses de la aparición en Inglaterra y Estados Unidos del primer libro dedicado al intento de invasión de Guinea Ecuatorial de marzo de 2004. Su autor es el periodista Adam Roberts y tiene por título The Wonga Coup. Dado que es nuestra intención prestar una cierta atención a este libro,  publicamos hoy la traducción de la reseña publicada recientemente en la edición semanal del periódico inglés The Guardian

   Reseña de Dominick Donald. The Guardian Weekly. 8-14/09/2006, volumen 175, número 12.

   "Era la historia que lo tenía todo: un antiguo oficial del SAS, ex alumno de Eton y rico (Simon Mann), como líder del golpe; un surtido de veteranos matones de la era del apartheid surafricano, como dirigentes de una exótica mezcolanza de mercenarios angoleños, armenios, alemanes y de Santo Tomé; un dictador cleptócrata (Obiang Nguema) como objetivo; un ex seminarista (Severo Moto) que proclamaba su derecho a sustituirle; un país rico en petróleo (Guinea Ecuatorial) del que nadie había oído hablar; rumores de gobiernos occidentales cómplices o con conocimiento previo del asunto; una confusa relación de aparentes financiadores del golpe, entre los que se mencionaba a Jeffrey Archer; nombres en clave absurdos (“Rascador”, “Apestoso”), y, como una auténtica bendición para los redactores jefes de los periódicos, la desmañada y arrogante figura de Mark Thatcher, insistiendo en que su aportación estaba destinada a comprar un helicóptero ambulancia en lugar de un helicóptero artillado e insistiendo en que las acusaciones de las autoridades sudafricanas contra él no eran más que una vendetta contra su madre.

   Ésta es la farsa que Adam Roberts, antiguo jefe de la oficina de The Economist en Johannesburgo, ha bautizado The Wonga Coup. Cuenta bien la historia. Ha entrevistado a los conspiradores clave y conseguido documentos que prueban, por primera vez, no solo que Guinea era el objetivo sino que pretendían instalarse allí,  estableciendo una serie de monopolios y compañías financieras para derivar los ingresos del petróleo guineano, utilizando a Moto como presidente-pelele.

   Aunque las conclusiones de Roberts no son nuevas, nadie las ha sustanciado mejor hasta ahora. Entre ellas están: que el gobierno español de José María Aznar era cómplice en el intento (que tenía que ponerse en marcha antes de que Aznar dejara su cargo a mediados de marzo del 2004); que el gobierno británico tuvo noticias previas pero decidió no ponerlas en conocimiento del gobierno de Guinea; que el gobierno sudafricano había ido siendo informado regularmente sobre el complot y esperó hasta el último momento para facilitar la información que lo desbarató; que los conspiradores tenían una pésima seguridad operativa, complaciéndose en presumir acerca de sus planes al borde de piscinas o en las barras de bares; que el plan fue descartando varias alternativas descabelladas, hasta que se concretó en una forma extrañamente similar al de la novela de Frederick Forsyth Los Perros de la Guerra; que la mayor parte de los conspiradores han estado declarando alegremente unos contra otros, y que, probablemente, Thatcher era consciente de dónde se estaba metiendo.

   Desgraciadamente mucho de lo que Roberts afirma hay que creerlo bajo su palabra. La dificultad en determinar que es lo que sucedió en realidad reside en que la totalidad de las confesiones de los conspiradores están contaminadas por el hecho de haber sido obtenidas bajo tortura o bajo amenaza de ella, o la perspectiva de muerte en una celda fétida o frente a un pelotón de fusilamiento. El texto de Roberts está claramente espolvoreado con material proveniente de estas confesiones poco fiables, pero también hay material de fuentes a las que nadie más parece haber tenido acceso. La ausencia de notas a pie de página deja sin aclarar dónde acaban las confesiones y donde empieza la información obtenida de documentos internos o en entrevistas.

   A pesar de esto,  The Wonga Coup es el mejor relato del complot publicado hasta la fecha. Los conspiradores parecen haber hecho gala de una pasmosa ingenuidad mezclada con ignorancia. Estaban convencidos de que podrían establecer una “compañía de carta”, según el modelo de sus predecesoras de finales del XIX, para saquear Guinea Ecuatorial y pagar a sus patrocinadores; quienes encontrarían el modo de persuadir a los actores clave (Estados Unidos, Nigeria, Suráfrica, España) de que les dejasen  el control del país; que, ya que los servicios de información sabían en qué andaban y no intervenían, eso les permitía deducir que aprobaban sus actividades.

   ¿Qué pensaban que iban a hacer los miles de infantes de marina españoles que tenían previsto estar de maniobras en aguas de Guinea en el momento del golpe, una vez depuesto Obiang? ¿Permitirían a los bucaneros de Mann robar al país a mansalva? Da la impresión de que decidieron poner en marcha el golpe y modificar  el análisis lo que fuera preciso para considerarlo viable. Como Roberts deja claro, una parte significativa, quizás Mann en particular, se había metido en el asunto no tanto por el provecho como por la aventura.

   La tragedia de este absurdo intento de golpe es que ha tenido consecuencias importantes. Alguna de carácter político. Obiang ha salido fortalecido: el gobierno estadounidense le ha dado la bienvenida a Washington, con la nariz tapada,  y él ha aprovechado la ocasión para eliminar los restos de oposición. El Zimbabwe de Robert Mugabe, cuyo servicio de inteligencia detuvo a la mayoría de los conspiradores cuando intentaban recoger armas en Harare, ha conseguido también una nueva fuente de petróleo barato, uno de los pocos recursos que evitan el total hundimiento de la economía y mantienen al régimen
en el poder.

   Sin embargo, los principales efectos se han dado a nivel individual. Solo pueden sentirse muy pocas simpatías por los conspiradores, aunque dos de ellos hayan muerto en cautividad. Después de todo, lo que se proponían era matar a perfectos desconocidos para ellos, a cambio de un botín, en un asunto perfectamente ilegal. La comunidad de la que procedían muchos de los simples soldados de a pié, Pomfret, una ciudad surafricana ligada a una mina de asbesto abandonada convertida ahora en una ruinosa guarnición, ha sido arrasada y la mayoría de sus desheredados habitantes dispersados. En cuanto a los habitantes de Guinea Ecuatorial continúan sufriendo bajo la criminal férula de Obiang".

   Traducción de L.V.
 

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

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