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 15 de septiembre de 2006 

La democracia posible

Europa ante los problemas africanos

Donato Ndongo-Bidyogo, Política Exterior, nº 113, septiembre/octubre 2006

   Desde hace una década, los europeos, y particularmente los españoles, se hallan anonadados ante el fenómeno de la creciente inmigración de africanos que abandonan su continente para buscar mejores horizontes de vida en los países desarrollados. Esa preocupación ha adquirido una nueva dimensión a raíz de la rebelión protagonizada en Francia hace un año por jóvenes emigrantes de segunda generación, y por la dramática irrupción de subsaharinaos en la frontera sur de España, en Ceuta y Melilla. La imparable afluencia de frágiles pateras e inseguros cayucos en las costas canarias está obligando al gobierno español a buscar de forma urgente soluciones a este drama, que debe ser considerado desde la perspectiva social y humanitaria, pero, también, desde los ángulos económicos, y sobre todo, políticos.

   Las medidas que están adoptando los países europeos - en particular Francia y España - ponen el acento en la contención de los movimientos migratorios y en la represión. Sin embargo, la reflexión desapasionada sobre el problema lleva a la constatación de que la detención y expulsión de inmigrantes clandestinos no son suficientes para disuadirles de reintentar la travesía, ni tienen efecto alguno sobre la decisión de emigrar. La dureza de las condiciones en las que realizan los africanos su periplo desde sus países respectivos hasta alcanzar las costas de lo que consideran el edén, atravesando desiertos y mares en condiciones penosas, tampoco ha sido hasta ahora suficiente argumento para impedir el flujo continuo. 

   Ante esta realidad, solo cabe preguntarse cuáles son las razones profundas por las que cientos de miles, quizá ya millones, de africanos prefieren abandonar su terruño, arriesgarse de forma tan patética, para arrostrar sacrificios que a menudo les conducen a la muerte en el desierto y en el mar.¿Por qué tan ingente cantidad de seres humanos prefiere adentrarse en lo incógnito, ganados por las ilusiones, renunciando a la seguridad de sus familias, sus paisajes, sus costumbres y tradiciones?

   Los europeos intentan entender el fenómeno de la inmigración africana, y han buscado su explicación desde todas las posibilidades teóricas que ofrecen las ciencias sociales. Se ha puesto el acento en las causas económicas, en las guerras supuestamente tribales que asolan el continente, en la pobreza en que se debaten las poblaciones subsaharianas. Se argumenta que la irresistible atracción que ejerce la opulencia europea ante las míseras sociedades subdesarrolladas actúa como un "efecto llamada". Se habla de enfermedades, de las sequías y hambrunas, de los desastres naturales. Pero todos estos argumentos son pretextos, o razones parciales, que no responden a la cuestión principal, que sigue siendo la misma:¿Por qué África es tan pobre e inestable para que sus hijos tengan que huir en masa? Las bases de la solución están en la respuesta correcta a esta cuestión, y solo cuando los países desarrollados abran sus ojos a la realidad del mundo actual y asuman que su bienestar es compatible con el de las poblaciones africanas, se empezará a ver la luz al final del túnel.

   Alguno dirá que no es preciso remontarse a situaciones pretéritas que pudieran tener un tinte revanchista. Pero parece necesario recordar que, desde hace cinco siglos, desde que se  produjo el gran encuentro entre africanos y europeos poco después del descubrimiento de América, las relaciones entre África y Europa se han caracterizado por la violencia y la explotación. La historia debe servir para entender el presente, no para suscitar odios ni recrear rencores, ahondando las diferencias, sino para lo contrario: avanzar en la comprensión, profundizar las relaciones entre los humanos y buscar ese territorio común que lleve a una solidaridad sin complejos. Y para eso es imprescindible tener memoria, saber. 

   No resulta ocioso recordar que los últimos cinco siglos de relaciones entre África y Europa todavía gravitan sobre los africanos y condicionan su desarrollo económico, y también el político y cultural. Cinco siglos de esclavitud, colonialismo y neocolonialismo. Imposible resumirlos en el reducido espacio de un artículo, pero baste su enunciado para comprender que la tarea de abordar las soluciones que lleven a África a salir de su postración actual debe iniciarse con la dignificación del africano, devolviéndole la autoestima y su personalidad, imprescindibles para que asumo en positivo la propia vida, sin la sensación de que depende de los demás.

   Lo primero a tener en cuenta es que, a pesar de los pavorosos datos que nos ofrecen los índices de desarrollo humano de las Naciones Unidas, puede afirmarse que no existe ningún país pobre en África. Todos y cada uno disponen de los recursos económicos y humanos suficientes para desarrollarse de manera armónica. La explicación de esta aparente paradoja está en que tales riquezas ni están controladas por propios países productores, ni sirven a los intereses del desarrollo de sus poblaciones. Se pueden poner tantos ejemplos como países africanos, pero bastan unos pocos: Níger, que ocupa uno de los últimos lugares en todos los indicadores de desarrollo, posee importantes minas de uranio, explotadas por empresas europeas; a pesar de ser ya el tercer productor de petróleo de África subsahariana, con 700.000 barriles diarios, el 80 por cien de los escasos 500.000 habitantes de Guinea Ecuatorial sigue viviendo en la miseria; la guerra que desde una década asola la República Democrática del Congo no tiene un origen tribal, como arteramente se presenta en los medios de comunicación occidentales, sino que la promueven y alimentan determinadas empresas occidentales, que luchan entre ellas para controlar las inmensas riquezas mineras del país, sobre todo el coltán, componente importante para la fabricación de teléfonos móviles. Otros conflictos como los que tuvieron lugar en Angola, Sierra Leona, Sudán, o los recientemente desencadenados en Costa de Marfil y Chad solo se explican desde esta perspectiva. Y no son éstas afirmaciones gratuitas: están avaladas por diversos informes de la ONU, del Fondo Monetario Internacional, y de prestigiosas organizaciones de defensa de los Derechos Humanos.

   Cuando se produjeron la caída del muro de Berlín y el fin del apartheid surafricano, hace tres lustros, el mundo volvió los ojos hacia África, donde subsistían los regímenes más criminales e inmovilistas del mundo. En la Conferencia Franco-Africana de 1991, celebrada en La Baule, François Mitterrand, entonces presidente de Francia, conminó a sus homólogos africanos a reformar su regímenes en el sentido democrático, y condicionó la continuidad de la cooperación francesa al cese de gobiernos de partido único, la apertura al multipartidismo y la democracia, así como la erradicación de la corrupción. Esta posición de inequívoco compromiso con la libertad produjo una verdadera convulsión en todo el continente, ilusionando a pueblos sojuzgados durante décadas por castas militares a cual más cruel, y cayeron algunos de los sistemas políticos más represivos. Otros se maquillaron y adoptaron reformas mínimas que les permitieran seguir en el poder, suavizándose en cualquier caso la represión. Pero poco antes de abandonar el poder, en la última Conferencia Franco-Africana de Biarritz, en 1994, que Mitterrand presidió, cambió radicalmente su discurso y abrazó públicamente a Mobutu Sese Seko, el dictador de Zaire (hoy República Democrática de Congo), al que se había negado a recibir anteriormente.

   ¿Qué ocurrió en tan poco tiempo? Sencillamente, Francia - y con ella el resto de Europa - había dado prioridad a los "intereses de Estado" frente a la necesaria libertad de los africanos. Una vez más, la economía y el comercio dictaban sus reglas a la ética, e incluso a la estética. Porque las verdaderas razones del desinterés de Francia por el bienestar de los africanos se evidenciarían al poco, cuando el depuesto dictador de Congo-Brazzaville, Denis Sassu-Nguesso, desencadenó en 1997 una cruenta guerra civil para recuperar el poder, poniendo fin a la corta experiencia democrática representada por el gobierno de Pascal Lissuba. Respaldado por intereses galos, Sassu-Nguesso sigue desde entonces en el poder.

   El decisivo papel desempeñado por determinadas empresas europeas, por ejemplo la petrolera francesa Elf (que cambió de nombre ante tanto desprestigio), en la trama de la corrupción que llevó a esta y otras crisis africanas quedó evidenciado en el juicio que se siguió en Paris contra su cúpula, sentándose en el banquillo destacadas personalidades políticas de la etapa socialista, y en el encarcelamiento de uno de los hijos de Mitterrand, Jean -Christophe, que había sido consejero de su padre para los asuntos africanos. Con todo ello quedó patente que Europa crea y sostiene a los dictadores africanos, y que se es inútil perseguir a los corruptos sin tener en cuenta a los corruptores.

   Éstos son solo algunos ejemplos que explican por qué la causa de la democracia está estancada en África. Porque algunos europeos, poderosos en la política o empresarios influyentes, consideran que ese continente no está preparado para la democracia, que los africanos son incapaces de organizarse en libertad, que los negros deben ser dirigidos por los blancos. Son tópicos recurrentes, heredados del racismo más rancio, a veces expresados públicamente. La consecuencia de esta ideología dominante es que África debe ser tutelada, y los africanos gobernados por regímenes "fuertes", autoritarios. Esa alianza entre los nuevos ideólogos del racismo, y los partidarios del neocolonialismo y los déspotas africanos es la que lleva a los países africanos a su situación actual, puesto que las economías del continente siguen, como en la época colonial, dirigidas por europeos y hacia Europa, y apenas benefician a los africanos. África apenas cuenta en la estructura económica mundial o en el comercio internacional, puesto que su papel sigue siendo el de suministrador de materias primas, de la mano de obra baratísima que extrae esas materias primas.

   Consecuentes con esta lógica, muchos políticos y empresarios europeos prefieren en el poder a africanos complacientes que nunca les darán problemas, ni pondrán condiciones. Es decir, a aquellos a los que poco les importan ni la libertad ni el bienestar de sus conciudadanos. Así se explica la inestabilidad africana, puesto que cualquier político o intelectual negro que se atreva a poner en cuestión el sistema imperante es barrido del mapa: derrocado si está en el poder, neutralizado si aspira a él, o silenciado si expone sus ideas desde una cátedra o desde los libros.

   A este respecto, son muy interesantes las conversaciones que mantuvo Jacques Foccard con un veterano periodista de la revista franco-tunecina Jeune Afrique-L´Intelligent, publicadas poco antes de morir. El que fuera consejero de asuntos africanos de todos los presidentes galos desde Charles de Gaulle hasta Valéry Giscard d´Estaing, informa claramente en los dos volúmenes cómo y porqué algunos jefes de Estado llegaron al poder en África y otros fueron asesinados o derrocados. La lectura de textos como ése ayuda a situar el contexto en el que se producen fenómenos que se despachan rápida y displicentemente como "cosas de negros", y facilita la comprensión de los eufemismos que esconden las verdaderas intenciones y declaraciones oficiales. Por otro lado, el escaso salario que se paga - cuando se paga - a los profesionales africanos en sus países de origen no explica suficientemente que haya tantos médicos, arquitectos, profesores, economistas, abogados, periodistas... africanos trabajando en Europa y América del Norte. También tiene que ver la represión, y todos los mecanismos que utilizan desde el poder autocrático para cercenar la libertad.

   Posiblemente sea muy sincera la preocupación de los poderosos europeos y norteamericanos por los ingentes problemas africanos. Sin necesidad de ser exhaustivos ni de ir demasiado atrás en el tiempo, en los últimos años se han producido encuentros como la llamada Cumbre del Milenio, que reunió en la sede de la ONU en Nueva York a los dirigentes mundiales para tratar de hallar solución a los problemas de la pobreza; europeos y africanos se reunieron en El Cairo en abril de 2000 para analizar cómo ayudar a África a solucionar sus crisis secular; en el verano de 2005, los miembros del G-8 convocaron en Gleneagles (Escocia) a cuatro presidentes africanos para analizar conjuntamente los retos de África. Periódicamente, se celebran reuniones, aquí y allá, para hablar del sida y demás pandemias que desangran al continente, sobre estrategias de erradicación de la pobreza en menos de una década, y otras iniciativas tan bienintencionadas como poco efectivas. Sin embargo, las poblaciones africanas están muy lejos de ver las soluciones, puesto que sus gobiernos solo les llenan los oídos de palabrería demagógica a la vuelta de cada una de esas costosísimas sesiones, y ya pocos creen en esas iniciativas.

   ¿Qué hacer entonces? A casi medio siglo de que África recuperase su libertad formal con las independencias, pocos africanos se sienten libres. Después de cinco siglos de opresión, la realidad muestra que los regímenes dictatoriales o autoritarios siguen siendo mayoritarios en el continente, y muchos huyen en busca de libertad, o para salvar la vida. Dotar de contenido a las independencias significa, entre otras cosas, que los asuntos de cada país sean tratados con respeto, con sus connacionales demócratas, y no sean siempre decisiones impuestas desde fuera, según se percibe en África.

   Significa también que la libertad debe alcanzar a todos los africanos. Esas independencias - nominales en lo político, inexistentes en lo económico - no supusieron la libertad. África padece hoy la misma situación que América Latina hace 30 o 40 años, y si los latinoamericanos, pese a todas las carencias, lograron su autodeterminación, no hay razón para que se retrase el disfrute de los africanos de sus derechos formales.

   La democracia se hace necesaria. Sus ventajas son obvias, y no es necesario explicar por qué, puesto que otras sociedades - incluyendo países como Portugal y España - las han experimentado, con resultados muy positivos. Muchos de los vicios que hoy parecen inherentes a la naturaleza africana - como el tribalismo, el clientelismo y la corrupción - tienen origen en el monolitismo político, en las dictaduras. Las políticas diseñadas hasta ahora desde las cancillerías occidentales fracasan por un doble motivo: no se ajustan a las exigencias y necesidades de las poblaciones, y se cuenta para su ejecución con los mismos dictadores que provocaron el caos. Y esos dictadores no pueden ser los parteros de la democracia y de la transparencia, ni pueden realizar la justicia y la libertad, por la simple razón de que su naturaleza les obliga a lo contrario, a perpetuarse en el poder, para lo cual necesitan reprimir. Siendo, pues, la causa, no pueden ser al mismo tiempo la solución. Europa y África son continentes complementarios en más de un sentido, y deben ir de la mano en el estímulo de la libertad y del desarrollo de los pueblos.

   Los países en desarrollo siguen influyendo en los asuntos africanos. Puestos a influir, ¿por qué no hacerlo en beneficio de la libertad y el desarrollo? El papel de la comunidad internacional debería ser ese: adoptar los mecanismos, incluidos los coercitivos, que impidan las tremendas conculcaciones de los Derechos Humanos, no favoreciendo la corrupción ni otros vicios. Alguien dirá que es idealismo. Pero estamos convencidos de que la seguridad y la prosperidad de las naciones desarrolladas, cuestiones fundamentales en la política actual, se verían reforzadas con interlocutores que comprendieran ese mismo lenguaje, pues se puede comerciar en beneficio de todos. Para evitar situaciones de tensión e inestabilidad permanentes, y poner coto a los flujos migratorios indeseables, es preciso erradicar las tiranías y promover políticas de libertad que busquen la dignidad y el bienestar de los africanos.    

 

 

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