UN BRECHT AFRICANO
EL CINE DE OUSMANE SEMBENE (*)
Ousmane Sembene, progenitor rebelde
del nuevo cine africano, nació en 1923 en el soporífero puerto
provinciano de Zinguinchor, en Casamance, la provincia más
meridional del Senegal bajo gobierno francés. Sus ante-pasados
eran musulmanes, wolofparlantes y proletarios –su padre era un
pescador que abandonó por el sur su ancestral pueblo cerca de
Dakar– y Ousmane, propenso a las enfermedades, mostró poca
aptitud para el negocio familiar. La suya fue una infancia
turbulenta: sus padres se separaron pronto y el niño, de fuerte
carácter y lleno de energía, fue pasando de un grupo de
parientes a otro para terminar con el hermano de su madre,
AbdouRamane Diop. Profesor rural, Diop ejerció una gran
influencia en Ousmane, introduciéndole en el mundo de los libros
y estimulando sus inquietudes.
Su tío favorito murió cuando Sembene
apenas contaba trece años de edad. Entonces, se trasladó a
Dakar, donde vivió con otros conocidos y se matriculó para
obtener el certificat d’études, el pasaporte para los
empleos de oficinista permitidos a los africanos. Pero,
concienzudo e irreverente, Sembene no encajaba en la
administración colonial. Fue expulsado de la escuela, según
parece, por levantar la mano a un profesor y desfiló por una
sucesión de empleos manuales: mecánico, albañil... Su tiempo
libre lo pasaba en el cine, o saliendo con sus amigos a la plaza
del mercado central de Dakar, donde los griots o
gewels, los narradores de historias, hilaban sus cuentos.
Los gewels ocupaban un escalafón bajo en la jerarquía
de castas wolof, pero poseían la licencia tradicional
para retratar y hacer comentarios sobre todos los hombres, desde
el rey al mendigo. Ellos eran quienes mejor dominaban las
revelaciones del xamxam, el saber histórico y social. Las
tensiones que estructuran los enrevesados relatos de los
gewels influirán en el trabajo posterior de Sembene: la pes-quisa
narrativa, los reveses de la fortuna, las inopinadas trampas de
las relaciones de poder (1).
Sembene tenía diecisiete años cuando
los gobernadores coloniales de Senegal capitularon ante Hitler y
fue testigo de la administración del gobernador general Boisson
establecida como puesto de avanzada por Vichy. La tentativa de
De Gaulle de incluir la ciudad en la Francia Liberada, que se
apoyó en el desacertado bombardeo de la flota británica, terminó
en fracaso. Pero cuando dos años después los aliados
desembarcaron en el norte de África, Boisson se cambió de bando.
Las tropas estadounidenses fueron emplazadas en Dakar durante el
transcurso de la guerra y la juventud local fue reclutada en los
tirailleurs sénégalais bajo mando francés. Sembene, a sus
diecinueve años, luchó en el norte de África y en Alemania; los
soldados negros eran premeditadamente enviados a los frentes más
lejanos para los ataques más duros. La guerra le proporcionó un
conocimiento más dilatado del mundo: en su película de 1988
Camp de Thiaroye, Sembene retrata al suboficial senegalés
Diatta, al que las chicas de Le Coq Hardi, un burdel regentado
por franceses, confunden con un soldado raso estadounidense: «¡Hey!
¿Me invitas a un whisky, Joe?» es seguido del pánico cuando se
descubre que se trata de un africano –«Horreur!»– y los gorilas
le sacan a la fuerza.
Desmovilizado y de regreso a
Senegal, Sembene consiguió un trabajo en los ferrocarriles y fue
arrestado en la huelga masiva de 1947 en el curso de la cual
20.000 trabajadores pararon el trabajo en toda el África
oriental l francesa, desde Dakar a Abiyán, cuando la
administración colonial se retractó de las promesas de una
estructura salarial integrada realizadas durante la guerra. La
huelga continuó durante cinco meses. Mirando hacia atrás,
treinta años más tarde, Sembene escribiría de los
ferroviarios:«Empezaban a entender que el sistema estaba
haciendo de ellos un tipo de hombres totalmente nuevos» (2). Sus
líderes aconsejaron la resistencia pasiva, negándose a secundar
más movilizaciones militantes, y se alcanzó un compromiso. El
año siguiente Sembene, con 25 años de edad, dejó Senegal por los
muelles de Marsella. En este medio duro y abrumado por la
pobreza, ingresó en la CGT, liderada por los comunistas, y
retomó su educación en la biblioteca local de la confederación:
los clásicos marxistas y el canon de la literatura francesa. Es
en este momento cuando comenzó a escribir: Le Docker
noir, publicado en 1956, describía el rotundo fracaso de un
escritor negro frente a las estructuras de poder blancas. La
segunda novela, O Pays, mon beau peuple!, se sitúa
en Casamance, y en 1960, con God’s Bits of Wood, retoma
el tema de la gran huelga del ferro-carril Dakar-Níger.
De regreso a Senegal en 1960 después
de la independencia, Sembene criticó duramente a la nueva elite,
todavía encadenada a los viejos amos coloniales de antes. El
pomposo pero diminuto Léopold Senghor, filósofo de la negritud,
se instalaría cómodamente como procónsul durante los siguientes
veinte años (3). África aún estaba emergiendo –un renacimiento
parcial y sangriento– del gobierno colonial, a través del
asesinato de Lumumba, la guerra en Argelia y los movimientos de
resistencia que cruzaban los territorios franceses, británicos y
portugueses. En este clima, Sembene viajó por muchos países del
África oriental y a lo largo del Congo, juzgando por sí mismo
las realidades de la descolonización y las tareas políticas que
se apostaban en el horizonte. Él mismo ha hablado de un momento
epifánico mientras permanecía sentado en una barca en el río
Congo: una visión de un nuevo tipo de cine que comunicaría a la
vez que describiría; una escuela vespertina de educación radical
de masas (años más tarde, haría una gira con sus películas por
los pueblos remotos de Senegal, colocando la pantalla al aire
libre y debatiendo con la audiencia hasta bien entrada la
noche). Presentó la solicitud de acceso en varias escuelas de
cine en el extranjero y fue aceptado en los estudios Gorky para
trabajar con Mark Donskoi (4).
La estética enrevesada
Los relatos populares, la
Guerra Mundial, el marxismo y el movimiento moderno, el Moscú de
Kruschev y la vida de la clase obrera africana constituyen una
rica educación para cualquier artista. Durante cuatro décadas de
filmografía, Sembene ha desplegado esta formación con un efecto
extraordinario. Si bien se ha centrado insistentemente en las
relaciones sociales del desarrollo distorsionado de África, la
vasta amplitud de su estética –la desorientadora combinación de
los rituales y los tipos de habla africanos, los rasgos
expresionistas, el naturalismo autóctono, la coreografía épica,
la sátira social, la comedia erótica o la farsa– proyecta su
trabajo en un lienzo más extenso y universal. La complejidad de
sus películas abandona la elocuencia superficial: el realismo
narrativo se ve recortado por bruscos instantes de melodrama,
por flash backs, o por la utilización de intérpretes no
profesionales, todo lo cual contribuye, al igual que en Brecht,
al sentido épico. No se da un cierre dogmático en el trabajo de
Sembene: los elementos de didactismo se mitigan con la
revelación de complejidades inesperadas, el encuadre en suspenso
es inconfundible en sus desenlaces y la conclusión final tampoco
está cerrada. Las relaciones cuestionadas quedan abiertas, como
en los cuentos enrevesados: el precursor del conejo Brer, Leuk
la liebre, quizá esta vez consiga escapar, pero no significa que
esté a salvo.
La primera película de Sembene, una
sencilla obra de 19 minutos de duración, contiene muchos de los
elementos –aunque no el humor– que caracterizarán su trabajo
futuro. Borom Sarret (1962) es una mirada sobre
Dakar a través de los ojos del conductor de un carrito –el
bonhomme charette del título de la película– que hace la
narración en voz en off en francés. Desde el congestionado
barrio de clase obrera donde comienza la película, el conductor
es contratado para llevar a un elegante pasajero a las
desamparadas y arboladas calles del Plateau, donde están
prohibidos los carritos como el suyo. La austeridad, el blanco y
negro del estilo documental, reminiscencia del neorrealismo
italiano, se eleva hacia un registro más melodramático por el
efecto que producen los actores no profesionales y la
utilización postsincrónica del sonido. La sensación de exceso–de
antirrealismo– se intensifica gracias a la banda sonora: la
música tradicional xalam abre el camino a los
instrumentos de cuerda de Salzburgo cuando llegamos al Plateau.
Detenido por un policía, el borom sarret intenta sacar
sus papeles del bolsillo y mientras lo hace su medalla de guerra
cae al suelo. Su mano se estira para alcanzarla, pero la bota
del policía la pisa primero. La cámara nos muestra una toma
subjetiva de su martirizador que se eleva por encima. En otro
momento, el conductor es alcanzado por un gewel
tradicional, que empieza a recitar las alabanzas del antiguo
nombre familiar del conductor rogando por ganar algún dinero.
Mientras las adulaciones continúan sobre la música de fondo, la
cámara se gira hacia un limpiabotas que ha encontrado un nuevo
cliente entre la audiencia; pero tan pronto como ha terminado,
el astuto timador aparta con el pie la bolsa del muchacho y se
marcha sin pagar. Éste es el tipo de historia que contaría un
gewel. El final es aún más contundente: cuando el borom
sarret regresa al hogar con las manos vacías, su esposa le
entrega a sus hijos y sale con una promesa: «esta noche
tendremos algo que comer». Aquí, como en otras ocasiones –Guelwaar,
por ejemplo–, la prostitución es provocativamente postulada como
la base económica de la vida senegalesa.
La danza del dinero
Seis años después, en su cuarta
película, Mandabi, o The Money Order, Sembene
trazaría de nuevo la sociogeografía de las calles de Dakar5. En
un principio había planeado rodar la película en blanco y negro,
queriendo evitar por encima de todo cualquier elemento
pintoresco: «J’avais peur de tomber dans le folklore» [«Tenía
miedo de caer en el folclore»]. En lugar de ello el color está
al servicio del drama, por ejemplo enfatizando cómicamente el
descomunal boubou azul celeste de Ibrahima Dieng, el
personaje principal: un hombre empequeñecido por su propia
vanidad, a quien las mangas de su majestuosa túnica entorpecen
los movimientos de las manos. La película comienza con los
rítmicos movimientos de la navaja de un grupo de barberos al pie
de la carretera afeitando a sus clientes a la sombra de un
árbol; sus diestros movimientos se resaltan con el koraque
se escucha como música de fondo. Pero al ponerse de pie para
pagar, Dieng –encarnado por Makhourédia Gueye, uno de los pocos
actores profesionales con los que trabaja Sembene– se encuentra
con que su afeitado le ha dejado completamente sin dinero y debe
regresar a casa con sus dos refunfuñonas esposas. El giro de
dinero enviado a casa desde París por el sobrino de Dieng, Abdou,
parece ofrecer una salvación: «¡Nos vas a matar de ilusión!», le
aseguran al cartero las esposas de Dieng. Una toma irónica
muestra al joven Abdou barriendo las calles bajo la Torre Eiffel.
La sucesión de obstáculos a los que
ahora se enfrenta Dieng hace pensar en la lista de tareas
imposibles que el narrador enrevesado debe recrear para escapar
de los peligros fatales. Pero, mientras Leuk la liebre triunfa
embaucando al leopardo con su piel o al elefante con sus
colmillos, las tentativas de Dieng terminan reiteradamente en
fracaso. En la oficina decorreos averigua que no puede hacer
efectivo el giro de dinero sin carné de identidad; en la
comisaría de policía no puede obtener un carné porque no tiene
un certificado de nacimiento; en el ayuntamiento se le rechaza
de nuevo por no saber la fecha exacta de su nacimiento; hasta
sus propios orígenes se vuelven inaccesibles. El amor propio de
Dieng –el respeto que se debe a un devoto anciano musulmán– se
hace añicos ante las estructuras burocráticas occidentales que
cercan el cada vez más esquivo giro de dinero. Dilatadas tomas
del boubou azul que lleva Dieng, apareciendo retratado
como una figura anónima, perdida en las tumultuosas calles de
Dakar, cortan los primeros planos de su rostro profundamente
preocupado. La imagen transmite, en palabras de Fredric Jameson,
«por sus causas sistémicas no visuales» (6). El mandat se
convierte en una fuerza socialmente corrosiva: las relaciones
familiares y con el vecindario comienzan a desmoronarse; los
encuentros de Dieng con el tendero de la esquina, con el fingido
fotógrafo o con el timador finamente trajeado se degradan hasta
provocar una reyerta o terminan en la humillación. Por fin uno
de sus familiares hace efectivo el cheque pero se embolsa el
dinero, explicando al incrédulo y desesperado Dieng que se lo
han robado.
Como contrapunto al rodaje de
Mandabi, Sembene tuvo que librar su propia batalla por y
contra el dinero francés. El ministro de Cultura Malraux había
proporcionado la financiación para la película anterior de
Sembene, La Noire de..., la historia de una chica
africana que una familia blanca se lleva consigo en su regreso a
Francia; pero al precio de que para el dialogo y la voz en off
se utilizara el francés. Partiendo de que una premisa explícita
de la película es que Diouana apenas puede hablar el idioma, era
una manera totalmente inapropiada de dar voz a los diálogos
interiores que le sirven para expresar su experiencia en Europa,
su alienación y sus miedos. Con estilo enrevesado, Sembene se
las arregló para girar las tornas lingüísticas en contra de sus
patrocinadores de la metrópoli utilizando para poner voz a los
pensamientos de Diouana los tonos francocaribeños
maravillosamente modulados de Toto Bissainthe; la voz no
francesa articula, como no lo puede hacer la familia blanca, una
fluida y compleja visión del mundo. Con Mandabi, Sembene
se las apañó para extraer fondos suficientes y montar una
versión en lengua wolof y otra francófona, Le Mandat,
también estrenada en 1968. Pero ésta fue la última vez que
dependería de los fondos estatales franceses, a no ser que se
tratara de una película íntegramente en lengua francesa. A
partir de este momento, la lengua en las películas de Sembene
–culta o popular, formal o íntima, wolof o francesa–
estaría en función de las exigencias dramáticas, no de los
dictados de los productores (7).
En cualquier caso, difícilmente
podía esperarse que el gobierno Pompidou diera la bienvenida a
su siguiente proyecto. En el ambiente de intensificación de las
luchas contra la administración portuguesa –las tropas de
Amilcar Cabral actuarían como extras– Sembene regresó a su
región nativa de Casamance para explorar, en Emitaï
(1971), las transformaciones que se habían producido en la
conciencia de las masas en el transcurso de la resistencia
anticolonial. Las atrocidades perpetradas por las fuerzas
francesas al requisar el arroz en la región durante la Segunda
Guerra Mundial habían sido primero negadas por las autoridades,
para después imputarse a un puñado de derechistas designados por
el régimen de Vichy. De hecho, hubo una continuidad esencial del
personal durante todo el periodo. Un patrón recurrente en el
trabajo de Sembene consiste en yuxtaponer los espacios
socialmente definidos: los rituales militares blancos se
muestran como contrapunto –a veces irónico, a menudo
escalofriante– a las prácticas animistas del pueblo Diola, cuyos
fetiches y pequeños bosques sagrados son un reflejo
retrospectivo del asta de la bandera y de la plaza de armas del
campo militar. Pero el núcleo de la película radica en las
contradicciones que afrontan los aldeanos cuando sus deidades
tradicionales no consiguen protegerles de los franceses.
En la desesperación, su jefe Djiméko
conduce a los jóvenes para enfrentarse a las superiores fuerzas
de ocupación. Una vez que cae herido se le transporta de regreso
para hacer frente a sus dioses en el gran árbol retorcido donde
éstos moran. En una escena extraordinaria, todos claman que debe
morir por negarse a cumplir con los sacrificios debidos. Djiméko
levanta su voz hacia ellos: «Yo debo morir, pero vosotros
también lo haréis». La resistencia se asume entonces por las
mujeres del pueblo, que cantan juntas desafiando al comandante
blanco en escenas que se intercalan con los rituales fatalistas
de los hombres derrotados. Ahora, los hombres desempeñan el
papel de las mujeres llevando el arroz a los franceses, mientras
las mujeres recogen las lanzas que aquéllos han dejado. Justo
antes de la masacre –a los aldeanos se les ha dado una última
oportunidad de revelar el refugio de las mujeres– llegan
noticias importantes al campamento militar; disimuladamente, la
fotografía de Pétain que se encuentra colgada detrás del
comandante se sustituye por una de De Gaulle. Al final la
pantalla se queda en blanco. Suenan los disparos (8). «No era mi
intención indicar cuál era la fecha exacta; si De Gaulle estaba
en el poder en Senegal o en Francia.» Sembene ha señalado que
«quería sugerir que para nosotros, los africanos, no hubo
diferencia entre los dos regímenes; los métodos cambiaron un
poco, pero el objetivo aún era conservar el Imperio francés»
(9).
Los fracasos de los fetiches
La siguiente película de Sembene,
Xala (La maldición), sería un vigoroso ataque a la elite
poscolonial. Realizada en 1974, la secuencia que antecede a los
créditos de la película, uno de los momentos clásicos del cine
africano, es una gloriosa muestra del «traspaso de poder»
ulterior a la independencia. Las danzadoras tradicionales con el
pecho desnudo y los tambores señalizan el camino de los nuevos
líderes, vestidos con pantalones y camisa de motivos africanos,
que ahora suben la larga escalinata blanca que lleva al pórtico
seudoclásico de la Cámara de Comercio. Para despertar los
vítores de la multitud debajo de ellos, apartan los símbolos de
la dominación colonial: el busto de Mariana, un par de botas de
montar y cosas por el estilo. Cuando los nuevos líderes se
retiran al interior, la cámara se gira velozmente para enfocar a
uno de los blancos dando la orden a las fuerzas de la policía
africana de dispersar a la multitud10. Entretanto, el
presidente, casi tan pequeño como el mismo Senghor, pronuncia un
discurso sobre el socialismo del modelo africano. En el interior
de la Cámara, los nuevos líderes, que ahora visten con trajes
occidentales negros y hablan un francés forzado, se sientan
entusiasmados alrededor de la mesa. Dos consejeros blancos
distribuyen de modo impecable un maletín a cada uno –Sembene
capta las sonrisas de regocijo cuando descubren los francos
recién emitidos en su interior– y seguidamente el rollizo El
Hadji invita a todos a su boda: para celebrar su victoria va a
tomar una tercera esposa.
Después de los créditos, la película
comienza con el novio recogiendo a sus dos primeras esposas para
llevarlas a la boda. Gran parte de la comicidad de Xala
descansa en el vasto y finamente diferenciado rango de
personajes a través de los cuales se plasmará la caída de El
Hadji. La primera esposa enaltecida y tradicional fue «tomada
antes de que él se convirtiera en alguien», según el cotilleo
divulgado por un invitado a la boda. Ella muestra una correcta
deferencia; sin embargo, la esposa número dos–occidentalizada,
consumista, vulgar– le regaña furiosamente por tomar una tercera
mujer de la edad de su hija. Cuando la elite acude a la lujosa
fiesta, El Hadji da la bienvenida a sus colegas de la Cámara; se
insinúa que todos los gastos son sufragados con fondos
malversados. La dama casamentera, la tía de su nueva novia, luce
encantada los regalos: la estrella entre ellos es un coche
nuevo, todo envuelto en cintas, preparado para los recién
casados. La propia Ngoné oculta una sonrisa anodina detrás de un
velo de novia al estilo occidental. Sin embargo, la noche de
bodas es un fracaso. Al día siguiente, El Hadji sale silencioso
y cabizbajo con el maletín en la mano y acaricia tristemente el
emperifollado coche cuando pasa a su lado. La casamentera
comenta cáusticamente que no es «ni pescado ni gallina», un
fracaso como hombre y en los negocios.
A partir de este momento, la
película se estructura por la tensión entre el despliegue de
riqueza hacia el exterior de El Hadji y su impotencia real (11)
.Pero a medida que se desarrolla la trama central se revelan
otros nudos. La mañana siguiente a la boda las trabajadoras de
la ciudad arrojan los restos de sus orinales en la puerta de su
oficina y su ambiciosa secretaria sale precipitadamente con su
aerosol para dispersar el olor. El Hadji llega en su Mercedes
conducido por el chófer y llama al presidente para tener una
reunión. Ha ocurrido algo terrible, le explica: le deben de
haber maldecido. En aquel momento, un grupo de mendigos se ha
instalado debajo de su ventana. Los compases de su música siguen
sonando. Cerrando la ventana de golpe, El Hadji llama a la
policía para hacer que retire a estos «desechos humanos», y
añade: «perjudica el turismo». El presidente le aconseja una
visita al marabout de su pueblo, un hechicero que acabará con la
maldición a cambio de un precio. El Mercedes les conduce
cruzando el húmedo campo. Finalmente, provisto con el fetiche
conveniente en su bolsa de cuero, El Hadji regresa a la casa de
su novia y asegura a la casamentera que «ahora todo irá bien;
soy un hombre de nuevo». Pero ella, con una complacencia
inefable, le informa de que hoy no será: Ngoné tiene el periodo.
Entretanto, la policía ha conducido a todo el tropel de mendigos
fuera de la ciudad y con ellos a una colección de otros
personajes capturados al rodearles: un campesino que había
venido a la capital a comprar semillas con fondos robados al
pueblo, y un joven periodista que lucha para publicar un boletín
de noticias en lengua wolof (12). Sembene utiliza
auténticos mendigos para representar sus papeles. Verdaderos
minusválidos, con deformidades o con miembros perdidos: una
irrupción de lo real que atenúa desconcertantemente otros
momentos de naturalismo autóctono, como es la sonrisa satisfecha
de Ngoné. Entonces, cuando resueltamente se ponen en marcha
hacia el largo camino de regreso a pie a la ciudad, los asuntos
de El Hadji comienzan a desenmarañarse. Su cheque para pagar al
marabout es incobrable y los efectos del antídoto se han
invertido; su segunda esposa le abandona; su belicosa hija Rama
se marcha poniendo en peligro todo su caudal; su Mercedes es
restituido; Ngoné le repudia y la Cámara le hace pagar el pato
por desviar los fondos de la ayuda para alimentos. En el momento
culminante, uno de sus colegas abre de golpe el maletín de El
Hadji: está vacío, salvo por la bolsa de cuero del marabout. En
este momento, El Hadji responde bruscamente:«¡Éste es el
verdadero fetiche!», brama mientras sostiene en alto la cartera.
En la escena final, los mendigos se
apiñan en su casa y su líder les explica que él era quien le
había infligido el hechizo: en venganza por la tierra que hace
mucho tiempo El Hadji le había quitado estafándole. Puede
sanarse, pero la única manera es que los mendigos escupan sobre
él. La película termina en un encuadre fijo, con una toma del El
Hadji con el torso desnudo y cubierto de babas, mientras clava
fijamente la mirada hacia atrás, como hacia el pasado, más allá
de los fetiches –la bolsa del marabout, el maletín, el coche y
la novia–, hacia la maldición verdadera, el acto original de
expropiación. En la banda sonora, continúa el sonido de los
mendigos al escupir, la expresión infinita del desprecio de los
desposeídos hacia su nueva elite corrupta e impotente.
De modo extraordinario, en un
continente cuyas redes de distribución filmica están normalmente
dominadas por Kung Fu y Hollywood, Xala tuvo un enorme
éxito de taquilla, la firmeza de su mensaje y la jocosa sátira
le aseguraron el segundo puesto de recaudación, sólo superada
por Bruce Lee, en el ranking senegalés de 1976. Sin lugar a
dudas, la concurrencia masiva a la película tuvo que inquietar a
los miembros de la elite, por lo que el siguiente trabajo de
Sembene, Ceddo, fue censurado durante varios años con el
insustancial pretexto de que el título en wolof, Ceddo,
que viene a significar «los que se niegan a claudicar», no se
ajustaba a las reglas ortográficas dictadas por el presidente
Senghor.
Discurso y claudicación
En el cine de Sembene los elementos
premodernos juegan un papel complejo. Muchas de sus películas se
desarrollan al aire libre, bajo el cielo, dentro de un espacio
público colectivamente delimitado. Al igual que en el drama
clásico, se pone un énfasis especial en la palabra hablada: de
la figura que habla. Presente en muchas de las películas de
Sembene, este tema es tratado más de lleno en la lucha épica
sobre las formas de expresión que estructuran Ceddo. Los
protagonistas de esta historia mítica –una vez más, excepto el
refugio de los mercaderes de esclavos, se desarrolla
completamente al aire libre– incluyen: la masa del pueblo
wolof; el rey, su corte y su gewel, Jaraaf; el imán
musulmán y su apegado grupo de creyentes; el blanco mercader de
esclavos y su compatriota, el sacerdote; y el esclavizado (14).
Los ceddo son convocados a una asamblea. La hermosa hija
del rey, la princesa Dior, ha sido secuestrada por uno de sus
jóvenes líderes para protestar contra la imposición del Corán y
los estragos de la esclavitud. El líder de los ceddo,
Diogomaye, se muestra desafiante: el pueblo no está dispuesto a
ser convertido, como lo ha sido la corte, al islam. No quieren
que sus hijos sean vendidos como esclavos.
En el interior del espacio de la
asamblea, jerárquico y cargado de tensiones, la acción se
desarrolla por medio de los gestos –plantando a los cargos
totémicos samp ante el rey, como signo de resistencia– y por
medio del intercambio verbal. El rey no se dirige a sus súbditos
directamente, ni ellos a él: en su lugar, cada acto de habla
está mediado por el gewel y comienza con la invocación, «Jaraaf,
neel» o «Jaraaf xamalal»: «Dile Jaraaf». El wolof culto
que utilizan para hablar –elaborado, metafórico, sembrado de
proverbios, alabanzas y recursos poéticos– supone un agudo
contraste con el repetitivo canto monótono de los seguidores del
imán cuando entonan sus letanías (15). En las reuniones
subsiguientes, el imán se irá acercando al asiento del poder,
hasta que finalmente ocupe el trono y los ceddo sean
expulsados de la asamblea. Obligados a elegir entre la
conversión y la resistencia, el pueblo se divide y muchos se
colocan del lado del imán. Hombres, mujeres y niños son vendidos
a los mercaderes de esclavos a cambio de armas, y se sucede un
levantamiento que incendiará la iglesia y dará el poder al imán.
En una prolongada escena, maravillosamente elaborada, los
ceddo derrotados tienen sus cabezas afeitadas y uno a uno se
les da un nombre árabe.
Los hombres del imán, ignorando las
reglas cortesanas de la batalla, asesinan al joven guerrero
ceddo que tomó cautiva a Dior. En la fortaleza donde la han
llevado imperan normas diferentes. Cuando Dior desciende al mar
para bañarse, su glorioso cuerpo desnudo es un insulto tanto
para la corte como para el Corán. En la escena final convergen
las dos historias. Poniéndose rápidamente su túnica, Dior galopa
hacia el asentamiento, arma en mano, y asesina al imán. El
último encuadre se detiene con ella alejándose: el futuro
todavía es incierto, las fuerzas puestas en marcha aún están en
juego.
A pesar de todo, en Ceddo,
las unidades fundamentales de tiempo y espacio, consagradas en
el drama clásico, son trastocadas radicalmente con la
introducción de una época futura: la música gospel o el jazz y
el soul que sirven de acompañamiento al momento de marcar a los
esclavos con el hierro candente, en el recinto exterior a la
asamblea. Más sorprendente si cabe es el instante de proyección
futura que se produce cuando el sacerdote fantasea figurándose
al feliz ceddo, ahora vestido con ropas del siglo XX,
celebrando una misa masiva al aire libre. En una elocuente
lectura realizada poco después de proyectarse la película, Serge
Daney vio la irrupción de la música afroamericana como una señal
de aquello en lo que los ceddo se convertirían después de
la esclavitud; desde el momento en el que fueron relegados por
los blancos a una cultura «centrada en el canto, centrada en la
danza», fueron estigmatizados como el «pueblo del cuerpo»,
privados de la palabra. Al subrayar el sentido del compromiso en
las primeras escenas de la película, lo que se perdió de cada
acto de habla–cada frase pronunciada como si fuera la última de
aquel que la pronuncia–, cuando la recitación del libro triunfó
sobre la palabra libremente escogida, fue el derecho del pueblo
a hablar: «un derecho, pero también un deber; un deber, pero
también un placer, un juego». La grandeza de la película de
Sembene descansa en haber planteado la cuestión: antes deque
fueran condenados a cantar, ¿qué decían? En el discurso de
apertura de Diogomaye se sugiere una respuesta: «No a la
esclavitud. No al Islam» (16).
Debajo del baobab
Aun así, la lectura de Daney no
acierta a señalar las líneas de continuidad de la palabra
hablada con la tradición africana. El acto de habla, la
pregunta: ¿qué vas a decir? Descansa en el corazón de la
película de Sembenede 1992, Guelwaar. Como ocurre
frecuentemente en su trabajo, hay una yuxtaposición de mundos
diferentes: el campo y la ciudad, los católicos bien educados y
urbanos y los aldeanos musulmanes. Al igual que en Xala,
por ejemplo, los antagonismos se despliegan a través de
múltiples e intrincadas redes de personajes y de relaciones. Una
vez más, la premisa inicial –un hombre ha muerto; su cuerpo ha
desaparecido del depósito de cadáveres– combina elementos de
farsa social y de tensiones políticas. Los servicios religiosos
tienen que suspenderse, ya que no hay nada que enterrar, pero de
regreso a la casa del hombre muerto la celebración del funeral
sigue adelante. En una escena siniestramente cómica y
profundamente conmovedora al mismo tiempo, su viuda le abre el
corazón al traje vacío que reposa sobre la cama y nos enteramos
de que Guelwaar–apodo de militante local que significa
«el noble»– podría ser un hombre tanto infiel como de mal genio,
y de que la familia ha conservado su confort gracias a los
ingresos de su hija Sophie, prostituta en Dakar. Los miembros de
una secta católica vestidos con túnicas naranjas ponen la música
de fondo cantando himnos desde el patio de atrás mientras Sophie
explica entusiasmada al sacerdote de la familia que ella estaba
en primera fila para dar la bienvenida al papa en su última
visita a Dakar. Los camaradas de Guelwaar en la lucha contra la
dependencia de la ayuda, recibidos por su hijo inválido, se
sientan a comer y a beber.
El otro hijo –el rudo, cínico y mal
hablado Barthélemy, que ha retornado de Francia– se suma a la
ayuda del jefe de policía local para averiguar el paradero del
cuerpo de su padre. El cadáver de Guelwaar había sido entregado
en lugar del de un musulmán a una familia de un lejano pueblo y
enterrado con todos los ritos islámicos. Las dos jornadas de
búsqueda –entrecortadas con la celebración del funeral– activan
un encadenamiento de flashbacks, en principio bastante
crudos, en los que el adusto y cómico rostro de Guelwaar se
acerca hasta dominar toda la pantalla. La vida en el pueblo es
un reflejo de la sofisticada vida urbana: en oposición a las
devotas prostitutas, la viuda más joven y hermosa del difunto
aparece hojeando tranquilamente una revista y anunciando a su
cuñado, de quien ha tenido dos hijos, que ella está casi a punto
de marcharse. El hermano, en una muestra de celo religioso, se
opone a reabrirla sepultura. Sus familiares chantajean al jefe
del pueblo: si se aviene a desenterrar el cadáver de Guelwaar,
revelarán qué hizo con el dinero de la ayuda.
En este contexto, retratado sin
ilusiones –en un momento dado Barthélemy se desvincula del
símbolo nacional, el árbol baobab–, Sembene mitiga de manera
efectiva cualquier idea de beatitud hacia el propio Guelwaar.
Antes de que le hayamos visto escabullirse desnudo de la cabaña
de una hermosa aldeana, con el marido de la dama pisándole los
talones, su apodo ya ha adquirido un aire algo irónico.
Únicamente a partir de esta clarividencia puede reconstruirse el
sentido de quién era realmente este hombre. El jefe de policía
evoca la queja interpuesta por Guelwaar en la comisaría contra
los gorilas que estaban disolviendo una reunión de mujeres en su
casa; los agentes acusaban a las mujeres de tratar asuntos
políticos. «¿Hay alguna ley que prohíba discutir la terrible
situación de nuestro país?» Es la brusca respuesta de Guelwaar.
Su viuda recuerda discutir con él sobre la ocupación de su hija,
que él defiende: «Mejor ganar dinero de esta manera que pedir»,
contesta. Intercaladas con las secuencias de la discusión, las
imágenes de cuando el cortejo fúnebre llega al cementerio del
pueblo a exigir la devolución del cadáver se mezclan con
flash backs de la llegada de Guelwaar, elegido por sus
camaradas para dirigirse a una conferencia internacional de
donantes de ayuda en la región. En medio de la multitud
agolpada, con el sol centelleando sobre las banderas de las
Naciones Unidas y sobre los dignatarios convocados, Guelwaar
levanta su dedo por encima de sus cabezas y pronuncia, en wolof,
el discurso que le causará la muerte:
El dedo señalando muestra el camino.
Todos lo conocéis. Sin embargo, si abres tus cinco dedos al que
pasa es mendigar. Nuestros líderes se acicalan y se pavonean
como si esta ayuda fuera el fruto de su trabajo. Y nosotros, el
pueblo mudo, sin voz y sin honra, bailamos ante ellos...
Aquellos países que nos envían ayuda la envían a regañadientes.
Se ríen de nosotros cuando vuelven a sus casas. Y nuestros hijos
e hijas que viven entre aquellas gentes se sienten humillados,
¿sabéis por qué? Porque si un país está siempre recibiendo ayuda
de otro pueblo, generación tras generación, todo lo que será
capaz de decir es: «¡Gracias! ¡Gracias, gracias, gracias,
gracias, gracias!».
Por fin, el cortejo fúnebre recupera
el cuerpo y se inicia el regreso a la ciudad, a pie y en carros
conducidos por caballos. En la carretera, se encuentran con un
camión que transporta una pequeña pila de sacos con el sello:
«Ayuda de la ONU». Los jóvenes cristianos trepan a él y vierten
el grano blanco por toda la carretera; la cantidad es irrisoria.
Las ruedas de sus carros pasan por encima mientras prosiguen
orgullosamente su camino. Los corruptos delegados locales que
habían prometido el arroz para comprar el favor de sus electores
tendrán que hacer algo mejor por su pueblo; y tendrán que
encontrar algo que decir aparte de: «Gracias».
La última película de Sembene,
Faat Kine (2000), es la primera de una trilogía sobre las
mujeres en el África contemporánea, bajo el título de El
heroísmo de la vida cotidiana. En este sentido, el
valor de Faat Kine, la protagonista, es de algún modo
contradictorio. Repudiada cuando era una joven novia, con dos
hijos que criar, encuentra un trabajo bombeando gasolina; ahora,
de mediana edad, rica y segura de sí misma, dirige la
gasolinera. La palabra hablada, tan poderosamente desplegada en
sus trabajos precedentes, aquí se encuentra desencarnada, detrás
de unas puertas de cristal; la voz cantarina de Faat Kine al
teléfono: «¡Gasolinera Total Point E, buenos días!». Ahora ella
puede salir con sus amigas, enviar paquetes a sus ex maridos o
echarse amantes cuando le place. De manera escandalosa para un
país africano conservador, Sembene presenta a mujeres
independientes actuando libremente en público según el
bulliciosos comportamiento tradicionalmente reservado para la
esfera privada: Faat Kine y sus amigas en el salón de una
heladería, carcajeándose al discutir acerca de sus hombres. Las
tensiones sociales se mantienen, incluso cuando la elite de
Dakar ahora parece más próspera. Faat Kine toca la bocina para
meter prisa a las mujeres trabajadoras que cruzan la calle con
cestas en sus cabezas y rocía con pimienta a la esposa de uno de
sus amantes. Cuando una mendiga le observa orgullosa «Si tienes
tanto dinero, ¿por qué no lo compartes?», ella bufa con sus
carrillos. Aun cuando Faat Kine ha apartado de su lado la escala
social que deja tras de sí, la película todavía es sensible a
sus luchas. Mientras espera a su amante, la última toma se
cierra sobre sus desnudos pies morenos, con los dedos levemente
retorcidos.
Opuesto tanto a la monocracia de
Senghor como al tecnocratismo blando de Abdou Diouf y a las
políticas de libre mercado de Abdoulaye Wade, Sembene todavía
habla melancólicamente de los capacitados ingenieros y agrónomos
africanos que un día proporcionara la Unión Soviética. Su fusión
brechtiana de una inquebrantable postura social junto con
exploraraciones radicales de los modelos populares abrió el
camino para la emergencia de un nuevo cine africano durante las
últimas décadas. Su influencia se percibe con fuerza en los
primeros trabajos de Souleymane Cissé, por ejemplo, y en la
generación más joven de directores como Idrisssa Ouédraogo,
Gaston Kaboré, Cheikh Oumar Sissokoh y Adame Drabo, pero éstos,
con una deuda estilística reconocida, abandonan al mismo tiempo
el compromiso político de Sembene para tomar una senda más
comercial. Como en 1979, éste todavía aboga por una ética de la
contestación. Actualmente se encuentra rodando la última parte
de la trilogía Vida cotidiana en una aldea remota de Burkina
Faso: explora los cambios de actitud hacia la ablación femenina.
Su sentido de la malicia sigue intacto. Cuando el año pasado le
pregunté sobre la segunda película de la serie, sonrió: «Ésta la
hice para mí mismo».
(*) de David Murphy, New Left
Review (edición española) nº 16, 2002.
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(1) Véase Mbye Boubacar CHAM, «Ousmane
Sembene and the Aesthetics of African Oral Traditions», African
Journal 13, 1-4 (1982), pp. 24-40.
(2) Ousmane SEMBENE, Les Bouts de
bois de Dieu, París, 1960, pp. 32-33.
(3) Cuando en la década de 1970
Senghor decidió convertir el país en una «democracia multipartidista»,
distribuyó el espacio entre tres partidos políticos: uno a la
derecha, otro en el centro, y su propio movimiento, declaró,
sería la izquierda.
(4) A Mark Donskoi se le conoce
mejor por su trilogía sobre Gorki. Sembene ha destacado la
naturaleza técnica de su formación en Moscú, quizá como un gesto
de precaución hacia los críticos que buscarían la influencia de
Donskoi en su trabajo.
(5) Entretanto, había realizado
Nicaye (1964) y La Noire de... (1966).
(6) Fredric JAMESON, The
Geopolitical Aesthetic, Londres, 1992, p. 2 [ed. cast.: La
estética geo-política, Barcelona, Paidós, 1995].
(7) Las películas posteriores
recibirían la financiación de Senegal y, en la década de 1980,
de Canal 4 y de Canal Plus.
(8) Debido a la presión francesa, la
escena que mostraba a las tropas tiroteando a los aldeanos fue
suprimida por las autoridades senegalesas. Las tropas francesas
aún están estacionadas en Senegal. «No contéis la historia para
obtener venganza, sino para arraigaros a vosotros mismos a la
tierra», explicaría Sembene cuando el embajador francés salió
como un huracán de una proyección en Dakar de Camp de
Thiaroye (1988). La película estaba basada en un incidente
histórico posterior a la guerra, en el que treinta y cinco
tirailleurs senegaleses fueron sacrificados y muchos más heridos
cuando el ejército francés reprimió una revuelta motivada por
los salarios y por las condiciones en las que estaban.
(9) Guy HENNEBELLE, «Ousmane Sembene: “En
Africa noire nous sommes tous gouvernés pardes enfants
mongoliens du colinalisme”» [«Ousmane Sembene: “En el África
negra todos somos gobernados por hijos mongólicos del
colonialismo”»], Les Lettres Françaises, 6-12, octubre de1971,
p. 16.
(10) En Senegal se suprimieron todas
las escenas donde figura el jefe de policía blanco. El ministro
de Interior de aquellos momentos era Jean Collin, un francés que
asumió la «ciudadanía» senegalesa después de la independencia.
Véase Momar Coumba DIOP y Mamadou DIOUF, Le Sénégal sous Abdou
Diouf, París, 1990, pp. 101-114.
(11) Véase Laura MULVEY, «Xala: The
Carapace that Failed», en Laura CHRISMANy Patrick WILLIAMS(eds.),
Colonial Discourse and Post-Colonial Theory: A Reader, Londres,
1994.
(12) Sembene fue uno de los fundadores de
Kaddu, un periódico wolof con sede en Dakar,durante la década de
1970.
(13) El propio Senghor no era un conocedor nativo de la
lengua. Con su película prohibida, Sembene lanzó uno de sus
ataques más sostenidos en contra del régimen posterior a la
independencia en una novela, The Last of the Empire, que brinda
una visión implacable y suma-mente personal de la vanidad y el
autocratismo del gobierno de Léon Mignane, presidente de Sunugal,
y cabeza teórica del Authenegrafricanitus.
(14) Como ocurría con los consejeros
neocoloniales en Xala, y en llamativo contraste con
lospersonajes marcadamente definidos de los africanos, aquí los
blancos se encuentran seña-ladamente desdibujados y en
posiciones intercambiables; no hablan.
(15) Sirva como ejemplo de lo
primero la invocación a Jaraaf de uno de los jóvenes
príncipes,que comienza: «Wex xatt! Ku la mos xam! gaynde Njaay!
mësoo xam ub jell. Yaa dib gilintgu dul fey!», esto es, «¡El más
terrible de los terribles! Quienquiera que pruebe te
conocerá.¡Eres un león, Njaay! Tú, el que nunca ha conocido la
derrota. ¡Tú eres el fuego eterno!».Mbye Boubacar Cham, «Ousmane
Sembene and the Aesthetics of African Oral Traditions»,cit., p.
36.
(16) Serge DANEY, «Ceddo (O. Sembene)»,
Cahiers du Cinéma 304 (octubre de 1979), p. 53.