| |
|
HOJAS INFORMATIVAS
15 de octubre
de 2010
"El
modelo económico colonial y sus contradicciones: Fernando Poo
1900-1936"
Jordi Sant
Gisbert, Centre d’Estudis Africans
de Barcelona
Afro-Hispanic Review,
volumen 28, nº 2 (2009)
En su exhaustivo estudio sobre la
remodelación imperial española en la segunda mitad del siglo
diecinueve, Josep M. Fradera define el colonialismo como un
espacio de conflicto que no puede ser descrito únicamente a
través de dos grandes mundos contrapuestos (el colonial y el
metropolitano), sino que debemos entenderlo como el resultado de
múltiples y ambiguas relaciones de poder entre los actores que
participan en la escena descrita (Fradera 2005: 687). Cuando
analizamos, desde un punto de vista económico, los primeros
pasos del dominio colonial español en la actual Guinea
Ecuatorial nos encontramos trabajos que resaltan el auge de la
actividad económica, basada esencialmente en la producción y
comercio de cacao, al mismo tiempo que describen las crisis
recurrentes del modelo de explotación, causadas por problemas
tales como la escasez de mano de obra, el déficit de capital
privado, la falta de infraestructuras, o la relación arancelaria
entre colonia y metrópoli.[1]
La gran mayoría de estos trabajos han aportado grandes luces
sobre un período olvidado por la historiografía española y ponen
de relieve el innegable componente explotador del colonialismo.
Sin embargo, no prestan la necesaria atención a las tensiones
constantes entre los actores que participan en el proyecto
colonial, conflictos que, a nuestro modo de ver, acaban
configurando el modelo colonial establecido. Por este motivo,
nuestro propósito en este artículo es presentar un análisis de
los objetivos de los distintos actores económicos (productores,
comerciantes y consumidores) y su influencia sobre las políticas
coloniales en los Territorios Españoles del Golfo de Guinea
(principalmente Fernando Poo) durante las tres primeras décadas
del siglo veinte. Gran parte de la información utilizada para
esta investigación se encuentra en el Archivo Nacional de
Catalunya (ANC), que guarda extensa documentación sobre los
intereses empresariales coloniales y sus organizaciones de
defensa mutua. Esperamos que los testimonios que aún siguen
guardando muchos archivos en España y Guinea Ecuatorial permitan
configurar en los próximos años nuevos análisis y discursos
sobre el pasado colonial.
Este ensayo se
divide en dos partes. En la primera se analiza de forma
sintética el proceso de institucionalización de comerciantes y
agricultores en los albores del siglo veinte, así como la
aparición de los primeros conflictos dentro del sector privado
que afectaron sobre todo aspectos como el modelo arancelario.
Comerciantes, agricultores y fabricantes de chocolate lucharon
por establecer un sistema impositivo más favorable a sus
intereses sobre el cacao, ante un gobierno que buscaba sufragar
los gastos de su presencia en los Territorios españoles del
Golfo de Guinea a través de la fiscalización del principal
producto de la isla. En la segunda parte analizaremos las
iniciativas que estas organizaciones de agricultores y
comerciantes emprendieron ante un problema concreto, el de la
escasez de mano de obra. Estos proyectos, si bien no destacaron
por su éxito, demuestran que aunque el gobierno colonial tenía
como principal objetivo favorecer los intereses de los
agricultores promoviendo un sistema de reclutamiento efectivo,
la resistencia de los trabajadores y la necesidad de mantener un
mínimo orden social, llevaron a los agricultores a vulnerar los
marcos legales existentes y a organizar sistemas de
reclutamiento privados al margen de las autoridades.
La lenta
aparición de los capitales españoles en el Golfo de Guinea
Durante la mayor parte del siglo
diecinueve el exiguo dominio territorial español sobre Fernando
Poo, unido a la falta de capitales de relevancia dispuestos a
invertir en la aventura colonial, dejaron el control económico
en manos de casas comerciales inglesas y de una nueva clase
social formada por ex
esclavos
liberados (fernandinos) que, si bien en un primer momento
actuaron como intermediarios entre las poblaciones autóctonas
que extraían aceite de palma y los comerciantes ingleses que
ofrecían productos europeos, rápidamente se adaptaron al cultivo
de cacao como la actividad principal.[2]
La presencia de capitales procedentes de España no dejó de ser
embrionaria hasta la década de 1880, aunque ciertas dinámicas
favorecieron su aumento progresivo. Entre ellas destacan el
establecimiento de conexiones marítimas regulares a través de
los vapores de la Compañía Trasatlántica que unían Barcelona y
Fernando Poo.[3]
La actividad africanista, a pesar de que no tuvo una fuerza
relevante para convertir el “caso de Guinea” en una preocupación
nacional, dejó un sustrato apreciable de intereses comerciales,
y los buenos resultados que empezó a ofrecer el cultivo de cacao
en Fernando Poo. A estos factores de índole económica hay que
sumar un progresivo dominio más efectivo del territorio y la
presencia, a partir de 1883, de los misioneros claretianos,
agente colonizador básico sobre todo en la zona extraurbana.[4]
La relación entre Barcelona y
Fernando Poo no debe parecernos fortuita. Desde las primeras
décadas del siglo diecinueve y coincidiendo con el inicio de la
caída del imperio español en América, las redes comerciales que
unían los puertos catalanes, África y América cobraron gran
importancia gracias al fin del monopolio comercial que Cádiz
había ostentado. El impulso económico que Cataluña experimentó
durante todo el siglo dieciocho (mejoras agrícolas,
especialización vitivinícola y producción de manufacturas
algodoneras) obligó a los comerciantes catalanes a buscar nuevos
mercados y, en esta coyuntura, fueron muchos los que lo
aprovecharon para participar activamente en el lucrativo
comercio de esclavos. En este aspecto, Fradera apunta que gran
parte de la revitalización económica que se produjo en Cuba y
Puerto Rico fue debido a “la penetración de casas comerciales
catalanas en las rutas negreras que unían las costas
occidentales africanas y las plantaciones azucareras de las
Antillas” (Fradera 1996: 24). Estas casas catalanas, entre las
que destacan los Samá, Baró y Martí, intentaron conectar sus
negocios negreros con Fernando Poo. Sin embargo, los intentos de
convertir los territorios africanos bajo soberanía española en
un puerto esclavista fracasaron por dos motivos. En primer lugar
su anacronismo, pues los ingleses, desde 1807, prohibieron el
comercio de esclavos y pretendieron que el resto de los países
europeos siguieran el mismo camino. En segundo lugar, por la
incapacidad y el desinterés material de los gobiernos españoles
de dominar un territorio poco conocido (Fernando Poo), que entre
1821 y 1843 pasó a estar bajo control efectivo de los ingleses.
Sin embargo, aunque el tráfico de esclavos estuviera legalmente
prohibido, ciertas casas comerciales catalanas (Vidal y Ribas o
Montagut y Cia) no abandonaron las rutas comerciales
esclavistas y mantuvieron un ambiguo comercio (entre legal e
ilegal), demostrando una pronta readaptación a las nuevas
directrices internacionales, al tiempo que su predisposición
para introducirse en el comercio del cacao.[5]
Una vez establecidas las primeras exportaciones de cacao a
España, otro escollo que tuvo el todavía exiguo comercio fue la
relación arancelaria entre metrópoli y colonia. Desde 1898 el
cacao que entraba a los puertos españoles procedente de Fernando
Poo era gravado fiscalmente como una mercancía extranjera (y no
colonial), aunque disponía de una ventaja respeto al cacao de
otras procedencias. Tal inverosimilitud se explica por la
pérdida de los territorios del Caribe y Filipinas, que suponía
el abandono de cualquier proyecto colonial de envergadura y que
se tradujo no sólo en la incapacidad de establecer unos
presupuestos coloniales que ayudaran al desarrollo de la
economía colonial, sino también en la voluntad de sufragar parte
de los gastos que ésta ocasionaba a través de las cargas
fiscales sujetas al comercio (Díaz Matarranz 204). Ante esta
situación, la explotación del cacao y su comercio, ejes
centrales de la economía colonial española en esta parte de
África, desarrollaron un doble proceso de cambio durante los
primeros años del siglo veinte. En primer lugar, las trabas
fiscales unidas a los problemas estructurales de las
explotaciones agrícolas (carencia de mano de obra y de inversión
estatal y privada) convirtieron las pequeñas explotaciones de la
isla de Fernando Poo en poco rentables, acabando
mayoritariamente en manos de los grandes propietarios como
resultado del crédito usurero que facilitaban (De Castro y De la
Calle 253). En segundo lugar, esta desigualdad generó una
reconfiguración socio-económica sobre la cual sólo un número
reducido de empresas (las que poseían una mínima inversión o
llevaban suficiente tiempo establecidas en el territorio)
aguantaron dicha situación y se perfilaron como el futuro
económico de la isla. Entre éstas, convivieron hasta la década
de 1920 un número no despreciable de casas fernandinas (Kinson,
Vivour, Barleycorn, Balboa, Collins, entre muchas otras),
con otras de capital español (Antonio Pérez e Hijos, Rius i
Torres, Roig, Huelín), alemán (Moritz), inglés (Ambas Bay) y
portugués (Viuda Da Cunha). Todas ellas formaron una restringida
élite económica. Pero dentro de este grupo destaca la
importancia de las firmas procedentes de Barcelona que sin duda
aprovecharon el privilegio que las conexiones marítimas entre
Barcelona y Santa Isabel les otorgaban, combinando la
adquisición de tierras (para la producción de cacao) con la
exportación (de la producción propia y ajena).[6]
Además de la
reconfiguración socio-económica, el segundo proceso relevante lo
conforman las estrategias de unión que urdieron agricultores y
comerciantes en aras de influir en la política económica
colonial española y eliminar las trabas que impedían una mayor
rentabilidad para sus negocios. Estas maniobras no sólo son
fruto de las clásicas luchas entre el interés público o estatal
y el interés privado, sino que nos sitúan en un plano mucho más
complejo donde se abrieron un abanico de rivalidades entre
productores, comerciantes y consumidores que entrelazaron
Fernando Poo, Barcelona y Madrid, presentándonos un corolario de
tensiones y contradicciones, con victorias parciales y
resultados inciertos, hasta el estallido de la Guerra Civil
española en 1936.
Juegos de
alianzas y choque de intereses entre productores, comerciantes y
fabricantes de chocolate
Las primeras
iniciativas de presión significativa por parte de comerciantes y
agricultores nacieron en 1901 como respuesta a lo que se
consideró una doble carga fiscal contra el comercio de cacao.
Los comerciantes se negaron a enviar la producción a España
debido a un aumento arancelario (de 0,45 a 0,90 Pesetas/Kg.), y
a la obligación de certificar el origen del cacao importado,
medida que perseguía reducir la entrada de cacao procedente de
Sao Tomé como si fuese procedente de Fernando Poo, pero que se
hacía casi imposible de comprobar debido a la desorganización de
la propiedad que reinaba en Fernando Poo (Díaz Matarranz 202).
Estas presiones se articularon a través de asambleas de
comerciantes y agricultores que, amenazando en cortar el flujo
comercial entre Guinea y España, consiguieron una reducción
arancelaria por parte del Ministerio de Hacienda español y una
suavización de las condiciones de certificación.
Este primer éxito
sentó las bases para que, en 1906, apareciera la primera
institución de defensa de los intereses agrícolas y comerciales:
la llamada Cámara Agrícola de Fernando Poo, establecida en Santa
Isabel, y que pretendía amplificar la voz de agricultores y
comerciantes para conseguir del poder legislativo metropolitano
“cuantas resoluciones
estimen convenientes para el desarrollo y mejora de la
agricultura”.[7]
Aunque tanto observadores de la época como autores
contemporáneos hacen hincapié en los pocos frutos logrados en
sus primeros años, la Cámara Agrícola Oficial (CAO) deja
entrever algunos elementos esenciales de acciones futuras a
causa, en primer lugar, de la dependencia de esta institución de
las decisiones tomadas desde Barcelona, donde residían la
mayoría de los propietarios y donde se estableció un comité
(subsidiario, en un principio) que debía ejercer de interlocutor
con el gobierno español. El hecho es que, el Comité de
Barcelona, formado por un número poco representativo de
comerciantes, acabó dictando las estrategias de presión de toda
la CAO (Pereira Rodríguez 247).[8]
En segundo lugar, y como consecuencia de lo anterior, con el
establecimiento de esta institución de carácter dual –Santa
Isabel y Barcelona—, podremos comprobar cómo los intereses
defendidos en Barcelona no eran armónicos con los defendidos en
Fernando Poo. Esto se debía a que miembros del Comité de la CAO
representaban simultáneamente a las firmas comerciales que
acaparaban la importación de cacao hacia España. Muchos de ellos
no tenían grandes explotaciones y se dedicaban a comprar el
producto de otras firmas agrícolas. Por consiguiente, sus
principales objetivos fueron establecer el marco arancelario
adecuado y no tuvieron en cuenta, en algunas ocasiones, las
demandas de la Asamblea General de la CAO en Fernando Poo, más
encaminadas a atender a problemáticas agrícolas locales.[9]
Dentro del marco arancelario, el
principal objetivo de comerciantes y agricultores era conseguir
una rebaja impositiva que convirtiera a España en un mercado
reservado para el cacao procedente de Fernando Poo. Aunque esta
ventaja existía, la poca competitividad del cacao de esta isla
con respeto a otros de territorios colindantes hacía del mercado
español el único posible, por lo que era necesario anular
cualquier competencia externa. Con este preciso objetivo se creó
en 1910 el Comité de Defensa Agrícola, con sede en Barcelona y
con protagonistas muy similares a los del Comité de la CAO. Su
intención era plantear una reforma arancelaria que fuera
incontestable para el Gobierno central de Madrid, es decir,
demostrar que se podían rebajar los impuestos al cacao de
Fernando Poo para favorecer un mercado totalmente reservado, sin
que el Estado viera reducidas de manera considerable sus rentas
que, posteriormente, serían el eje principal del presupuesto.[10]
La propuesta planteada por el
Comité fue realizada bajo el asesoramiento de miembros de la
alta burguesía catalana (Frederic Rahola, Joan Antoni Güell e
Ignasi Girona entre otros) que defendían, a nivel industrial, la
doctrina proteccionista.[11]
La petición se caracterizaba por solicitar una rebaja
arancelaria al cacao procedente de Fernando Poo, pero no en la
totalidad de la producción sino solamente para una parte
proporcional de la misma, o sea, el cupo. Dicha parte, 2.000
toneladas en un principio, era la cantidad que se calculaba que
se consumía en España, mientras que la que superara tal cantidad
tributaba como cacao extranjero.[12]
El gobierno aceptó dicha medida entendiendo que la producción
que sobrepasara el cupo también entraría en la metrópoli y las
arcas del estado recuperarían el margen impositivo perdido.
Resumen de
los cálculos de la propuesta
Situación en
1910
|
Producción
media de cacao en el período 1907-1909 |
Gravamen en
1910 |
Recaudación
total |
|
|
2.525.003 Kg. |
0,70 Ptas./Kg. |
1.767.502 |
|
Propuesta del
Comité
|
Creación del
cupo |
Gravamen Nuevo |
Recaudación |
|
|
2.000.000 |
0.50 ptas./Kg. |
1.000.000
ptas. |
|
|
Resto de la
producción |
Gravamen
extranjero |
Recaudación |
|
|
525.003 Kg |
1,20 ptas. |
630.630 ptas. |
|
|
|
Recaudación
Total |
1.630.603
ptas. |
|
Sin embargo, esta
propuesta no buscaba solamente una rebaja arancelaria sino que
escondía la voluntad de sus precursores de limitar, y
consecuentemente controlar, la importación, anhelando que el
cupo aumentara paulatinamente en función del crecimiento del
consumo metropolitano español. Era un vestido hecho a la medida
de las principales firmas de Barcelona que, con una mayor
capacidad de compra y almacenamiento, pasaban a monopolizar el
comercio a unos precios verdaderamente remunerativos, siendo el
cacao de Fernando Poo el más económico que se pudiera comprar,
aunque a un precio superior al que le correspondería si no
gozara de esta ventaja arancelaria con respeto al cacao
procedente de otras regiones africanas. La evolución del precio
del cacao en los primeros años del establecimiento del cupo dio
la razón a sus promotores.
Evolución del precio del Cacao
(1911-14)[13]
Sin embargo esta nueva situación
desembocó en un doble conflicto: entre comerciantes de cacao y
fabricantes de chocolate por un lado, y entre agricultores y
comerciantes por otro. Primeramente aparecieron las quejas, a
través del Círculo Mercantil de Madrid, de los fabricantes de
chocolate españoles que, al ser los únicos compradores de este
producto, se veían perjudicados por el aumento de los precios.
Éstos emprendieron dos estrategias para subvertir la situación:
alterar la composición de la masa del chocolate, reduciendo la
cantidad de cacao por debajo de los límites permitidos, y
ejercer presión sobre el gobierno para que el cupo fuera
aumentando por encima del consumo, hecho que dejaría fluctuar el
precio del mismo.[14]
Los primeros
intentos de liberalizar el mercado se produjeron en 1915, pero
el estallido de la Primera Guerra Mundial minimizó sus efectos
al aumentar considerablemente el consumo de chocolate nacional
debido a la reducción de la competencia por parte de los países
beligerantes. Sin embargo, una vez terminada la contienda
mundial, el conflicto reapareció con toda su fuerza. La lucha
entre estos dos sectores se concentró en la actividad de sus
distintas organizaciones de defensa. Por parte de los
comerciantes, en 1923, se creó la Unión de Agricultores de la
Guinea Española, que recogiendo el bagaje del Comité de la CAO,
buscó un nuevo paraguas institucional independiente de los
intereses de la misma. La labor de la Unión era la de velar para
el mantenimiento de un cupo que se ajustara al consumo
peninsular y calcular una fijación de precios según la calidad
del producto, la situación del mercado mundial y la ventaja
arancelaria que el cupo les otorgaba.
Durante sus primeros años de
trabajo el éxito de la Unión fue considerable y en torno al 70%
de la producción era introducido por comerciantes adscritos a
ella, hecho que la convirtió en una voz autorizada. Esto fue
posible, en gran parte, porque el cupo de entrada se mantuvo
entre 1923-24 y 1926-27 en 6.300 toneladas y todo el cacao que
entraba a la metrópoli era consumido sin problemas, ajustándose
la producción al consumo. Consecuentemente la Unión fijó unos
precios al alza y si en el año 1923 el precio medio fue de 3,37
Ptas./Kg., en 1924 llegó a fijarse en 4,33 Ptas.
(Sanz 1979: 69).
Arribos de
cacao y adscripciones a la Unión

La Unión realizó también una
ingente tarea de denuncia sobre la adulteración del chocolate
para promover el aumento del consumo, y presionó al gobierno
para establecer un marco legal que situara el porcentaje de
cacao en la elaboración del chocolate, primero en un mínimo del
18% y más tarde entre el 25% y el 30%, aduciendo como argumento
los porcentajes que cumplían los demás países europeos.[15]
Pero los fabricantes de chocolate, por su parte también se
movilizaron. Agrupados en torno a la Asociación de Fabricantes
de Chocolate (AFC), buscaron el reconocimiento de nuevas clases
de chocolate como el “familiar”, con un bajo porcentaje de
cacao, y cuando la ley les obligó a utilizar uno de mayor
contenido de cacao volcaron sus acciones en conseguir del
gobierno una liberalización del mercado a través de un aumento
sustancial del cupo, situándolo por encima del consumo y
permitiendo así una devaluación de los precios.[16]
Para conseguir sus objetivos la AFC no dudó en buscar la
desacreditación de la Unión de Agricultores, a la que
consideraba una institución puramente comercial, monopolizadora,
y que no defendía los intereses agrícolas de la colonia. En aras
de que su discurso tuviera más fuerza, la asociación buscó
aliados en Fernando Poo y los encontró en importantes empresas
agrícolas dedicadas básicamente a la producción de cacao, cuyos
propietarios residían en Madrid (Amilivia,
Pittaluga, Mallo). Estas firmas agrícolas fueron sensibles a las
demandas de la AFC, principalmente por su oposición al sistema
proteccionista de la Unión. Tal alianza hizo mucho daño a la
Unión que, a finales de la década de 1920, veía cómo su sistema
monopolista empezaba a resquebrajarse. En su contra también
jugaba el aumento de concesiones de tierras y las mejoras
agrícolas que dispararon la producción y la aparición de nuevas
casas agrícolas y comerciales. Gracias a la diversificación de
puertos en España que recibían los vapores de la Compañía
Trasatlántica, muchas de las nuevas empresas ya no eran de
capital catalán y parte de la producción empezó a entrar por
otros puertos españoles (Alicante, Valencia, Bilbao) (Sanz 211).
importancia del puerto de Barcelona en el comercio del cacao
(Sanz 1979: 69)

Las luchas entre agricultores, comerciantes y productores de
chocolate tuvieron un final incierto. En 1933 los ecos de la
crisis mundial provocaron un período inflacionista que encareció
indirectamente el producto. Junto a esto, la producción del
cacao se situó por encima del consumo. Con un cupo situado en
las 10.500 toneladas (reducido en 500 toneladas por la presión
de la Unión) y un consumo nacional inferior (estimado en las
9.000-10.000 toneladas)[17],
la competencia convirtió los precios fijados por la Unión en
irreales. Muchos comerciantes empezaron a vender cacao por
debajo de lo establecido y la competencia entre éstos amenazaba
no sólo el negocio comercial sino también la rentabilidad de las
explotaciones.
Evolución de los precios: 1931-34
(Cotizaciones en el Puerto de Barcelona)[18]

Sin embargo las cosas no andaban mucho mejor en cuanto a lo que
a los fabricantes de chocolate se refiere. Muchos de los
pequeños productores se lanzaron a una ávida lucha por elaborar
un producto de bajo coste asequible para las clases populares
españolas que, a su vez, habían visto reducida su capacidad
adquisitiva fruto de la crisis económica que azotó España
durante los primeros años de la década de 1930. Como
consecuencia, algunos grandes fabricantes vieron en la
elaboración de un chocolate de calidad destinado a las clases
acomodadas, la única salida a su negocio. Por este motivo, los
sectores enfrentados parecían estar dispuestos a acercar
posiciones e intentar armonizar sus intereses en aras de mejorar
su situación: los fabricantes de chocolate se comprometían a
aumentar su consumo de cacao a cambio de establecer un precio
medio sustancialmente inferior al que marcaba la Unión, que
consideraban especulativo.[19]
Pero las nuevas propuestas por ambos lados (escenificadas con
reuniones en Madrid)[20]
sobrepasaron estas voluntades y el sector agrícola-comercial
emprendió nuevas estrategias de unión. Esta vez apelaron al
gobierno directamente para que salvara la economía colonial.
Como consecuencia de estas peticiones, en 1935 nacía el Comité
Sindical del Cacao, con la mediación del Ministerio de Industria
y Comercio español, y el apoyo de gran parte de comerciantes y
agricultores, tanto del sector residente en Barcelona (adscritos
a la Unión) como de los de Madrid. Esta nueva institución se
encargaría de marcar unos precios mínimos de obligado
cumplimiento sancionados por el propio Ministerio. También
establecía la creación de almacenes cooperativos para almacenar
la producción sobrante y buscar mercados extranjeros donde
colocar el producto.[21]
El
sector industrial español volvió a mostrarse contrario a la
solución propuesta, pues entendía que los precios fijados, aún
contando con la mediación del gobierno, eran excesivamente altos
y perjudicaban la industria chocolatera. Aunque el estallido de
la Guerra Civil española en 1936 paralizó los trabajos del
Comité Sindical del Cacao, deberíamos apuntar que, de haberse
consolidado esta institución, el modelo comercial proteccionista
ideado desde Barcelona habría triunfado sobre las visiones
librecambistas de Madrid, pues aunque desconocemos el futuro del
cupo, la fijación de unos precios mínimos y el mantenimiento de
unos aranceles altos para el cacao extranjero aseguraban al
cacao de Fernando Poo la exclusividad del mercado español.
En
1940, una vez terminada la Guerra Civil española, los
representantes de la Unión volvieron a reunirse para debatir
cuáles tenían que ser sus funciones con el cambio de régimen.
Aunque la mayoría apostaron por recuperar el Comité Sindical del
Cacao, la legalidad franquista cortó de raíz con esta idea. Un
año más tarde se fundó la Casa de la Guinea Española cuyo
objetivo principal fue el de colaborar con el Gobierno en la
labor colonial.[22]
Pero el margen de actuación de comerciantes y grandes
agricultores disminuyó frente a un gobierno mucho más
omnipresente. La verdad es que los primeros años de la dictadura
franquista significaron un fuerte impulso económico para Guinea,
principalmente debido a la desastrosa política autárquica que
“convirti[ó] las colonias en piezas esenciales para la economía
estatal” (Nerín 1998: 25). Muchos de los nombres que dominaron
el mundo del cacao hasta entonces seguirán con un importante
protagonismo. Sin embargo, las instituciones de defensa a las
que nos hemos referido quedaron totalmente modificadas
reduciendo notablemente su margen de actuación.
La lucha por la mano de obra y
las estrategias del gobierno colonial
La
escasez de mano de obra en Fernando Poo fue uno de los problemas
principales con que se toparon los proyectos de colonización. La
baja densidad de población de la isla era insuficiente para el
gran número de trabajadores que las explotaciones de cacao y los
trabajos de infraestructura necesitaban (Nerín 2007: 120). Al
mismo tiempo, la población bubi manifestó resistencia, a menudo
militar o armada, que llegó a poner en entredicho la capacidad
de la administración española de mantener el orden social (Sundiata
1994: 552). Las primeras explotaciones de cacao en la segunda
mitad del siglo diecinueve, bajo una escasa regulación y en su
mayoría en manos de finqueros fernandinos, se servían de mano
de obra procedente de diferentes puntos de la costa occidental y
central africana, y en condiciones laborales que poco distaban
del esclavismo,[23]
aunque de forma recurrente se ha utilizado la expresión “trabajo
forzado” para referirse al nuevo modelo de trabajo que
defendieron las potencias coloniales después de la Conferencia
de Berlín, una vez terminado el tráfico legal de eslavos.
En
la última década del siglo diecinueve el gobierno británico
empezó una serie de investigaciones que concluyeron que los
trabajadores de las islas de Sao Tomé y Príncipe y de Fernando
Poo estaban mal pagados y mal alimentados (Sundiata
1996:
137). Éste esgrimía su lucha a favor de un trabajo
más digno, no sólo por motivos filantrópicos e influenciado por
las denuncias de las atrocidades que sucedían en algunas
colonias africanas (como en el Congo de Leopoldo II), sino por
los beneficios que los abusos de la mano de obra podían
comportar a la explotación de cacao, sobretodo en la vecina Sao
Tomé, que ofrecía precios de venta inferiores respeto a las
colonias británicas (Cantús 61-72). En 1900 entre 350 y 450
trabajadores procedentes del oeste de Nigeria y de Ghana se
negaron a trabajar en las plantaciones de cacao de Fernando Poo
por los abusos de los propietarios de las fincas agrícolas. Este
hecho, juntamente con las denuncias británicas, llevó a una
parálisis momentánea del movimiento de mano de obra procedente
de territorios británicos. Ante esta situación, la
administración colonial española se vio obligada a mediar entre
un conjunto de intereses: por un lado tenía la obligación y la
necesidad de favorecer el reclutamiento de mano de obra para los
propietarios, principalmente españoles, por encima de los
africanos o extranjeros. Al mismo tiempo, debía crear un marco
legal mínimo tanto para eludir posibles revueltas de los
trabajadores africanos, y finalmente evitar las denuncias
procedentes del exterior. El mantenimiento del orden social y
de un cierto prestigio internacional obligaba al Gobierno
español a emprender algunas reformas.
La
fórmula escogida queda reflejada en la creación de la Curaduría
Colonial,
institución creada en 1904 con la finalidad de “proteger a los
niños o indígenas remontados y a los trabajadores, fomentando la
cultura y moralización de los naturales del país y su adhesión a
España” (Ndongo 115), y que se encargaba de dar
conformidad a las contrataciones de los braceros. Dos años más
tarde se publicó el
Reglamento de Trabajo Indígena, definido por Donato Ndongo como
“la pieza central en la regulación de las relaciones laborales
entre colonos y nativos” (Ndongo 130). Pretendían
fomentar la supuesta civilización del indígena (impulsándolo al
trabajo) y facilitar de paso, tanto al gobierno de la colonia
como a propietarios y comerciales, la mano de obra necesaria
para realizar sus actividades. Sin embargo, también era un
objetivo prioritario defender los intereses del indígena, no
tanto por su dignidad sino más por su “escasa cultura”. Con este
marco normativo también se autorizaba el reclutamiento
particular de braceros en Río Muni, a la vez que se estipulaban
unas condiciones económicas, sanitarias y alimenticias que
querrían desvanecer cualquier posible denuncia de malas
condiciones laborales. Pero estos preceptos no consiguieron
solucionar la situación. En primer lugar porque generaron un
proceso predativo que desembocó en un abuso contra la libertad
de parte de la población fang de Río Muni y una rivalidad
conflictiva entre reclutadores que, ávidos ante las grandes
posibilidades económicas de su negocio, no dudaban en engañar y
maltratar a los futuros trabajadores, a la vez que especulaban
con el precio de sus transacciones. El marco legal, entonces,
fue desbordado por la avaricia colonial (Ndongo 134). Además,
aunque el Reglamento de Trabajo Indígena intentó procurar unas
pautas laborales que asegurasen un “trabajo legalizado” en
Fernando Poo, no solucionó la falta de trabajadores en las
plantaciones. No es una casualidad, en este sentido, que fuera
el mismo año 1906 cuando se creó en Santa Isabel la CAO. Para
los agricultores, si bien esta disposición reafirmaba su poder y
supremacía, no solucionaba la escasez de braceros y hacía falta
crear un grupo de presión para conseguir de forma estable la
mano de obra necesaria.
Otra estrategia gubernamental utilizada fue la de insistir de
nuevo en el reclutamiento entre la población bubi la cual,
mayoritariamente, se había refugiado en zonas más interiores de
la isla, alejadas de la costa, desboscando la selva y, en
algunos casos, creando pequeñas plantaciones propias de cacao.
Los bubis se quedaban fuera de la obligatoriedad de trabajar
expuesta en el Reglamento de Trabajo Indígena de 1906, por lo
que se recurrió a una vieja fórmula utilizada 50 años antes: la
prestación personal. Ésta obligaba a trabajar en fincas de
propietarios españoles a todos los indígenas que no fueran ellos
mismos propietarios de una o más hectáreas. Antes de que la
prestación personal fuera oficialmente legalizada en agosto de
1907, ya se habían realizado expediciones al interior de la isla
para obligar a cierto número de hombres de cada poblado a
desplazarse hacia las plantaciones de los colonos. La CAO,
recién fundada, tuvo un papel clave en este sistema de
reclutamiento. Por ejemplo, el Gobernador General Diego Saavedra
(1906, 1908)[24]
patrocinó una campaña que, dirigida por los propietarios
fernandinos Kinson y Balboa, se encargaron de reclutar bubis
para la prestación personal. Estas expediciones reclutaron un
total de entre 1500 y 1800 trabajadores bubis. Díaz Matarranz
concreta que los métodos utilizados para establecer la
prestación personal fueron deliberadamente violentos (237).
Pero, en 1909, la CAO, aún estando satisfecha tanto del
reclutamiento libre del continente como de los primeros
resultados de la prestación personal bubi, prosiguió en su
presión política intentando optimizar esta situación,
promoviendo medidas más severas: estipular el número de
trabajadores sujetos a la prestación personal según un
porcentaje fijo respeto a la población de cada poblado, disponer
que los castigos a los trabajadores se tradujeran en días de
trabajo sin remunerar en obras públicas, o medidas que
proponían “amparar a las tribus débiles del continente,
ofreciéndoles trasladarse gratuitamente a la isla dándoles allí
albergue y protección” (Díaz Matarranz 237).
Estas presiones ejercidas directamente desde Barcelona surtieron
efecto y Luís Daban (Gobernador interino en agosto-septiembre de
1909), aceptó endurecer las condiciones de reclutamiento. Como
consecuencia, las poblaciones afectadas de la isla se
rebelaron. La revuelta en el poblado de Balachá, en 1910, fue
quizás la más contundente, donde bubis con armas de fuego
acabaron con la vida de tres guardias coloniales. El episodio
terminó con el encarcelamiento de los insurgentes bubis, la
destrucción de sus poblados y la muerte de su jefe, el botuku
de Luba. Este acontecimiento, considerado un hito en la
resistencia bubi (aunque no fue el primero), también fue un
punto de inflexión para la administración española que vio cómo
el sistema de prestación personal era inviable. Aunque el
déficit de trabajadores disminuyó durante los primeros años de
la aplicación de la prestación personal, los costes sociales de
la misma hacían necesario volver a buscar nuevas fórmulas (Sanz
231).
Una tercera estrategia que se llevó a cabo fue la de intentar
crear una corriente migratoria de mano de obra estable. El
principal problema que tenía el gobierno español era su poca
credibilidad a nivel internacional en cuanto al trato a los
braceros (sobre todo frente a Gran Bretaña) y la rivalidad
territorial con Alemania y Francia en la parte continental,
hecho que reducía enormemente su campo de acción para encontrar
una política receptiva a las propuestas españolas. Había una
salida: Liberia. Existían antecedentes de acuerdos entre el
gobierno de Liberia y potencias coloniales europeas como Francia
y Alemania en materia de mano de obra. Casas comerciales
alemanas, con el permiso del gobierno liberiano, transportaban
trabajadores a importantes firmas agrícolas de Fernando Poo. Las
principales trabas que obstaculizaban la elaboración de un
contrato estable entre el gobierno español y el liberiano eran
que Liberia exigía el pago de un depósito por trabajador, para
asegurarse de que éste regresaría una vez finalizado el
contrato. Aunque posteriormente estas condiciones se
flexibilizaron, la descapitalización de la mayoría de los
colonos finqueros en aquellos primeros años de siglo impidió
ratificar cualquier acuerdo (Díaz Matarranz 227). Pero la
necesidad de mano de obra fue tan grande que la propia CAO, en
1908, volvió a presionar al Gobernador General para que se
hiciera efectivo un tratado que obligara a los propietarios a
pagar el 50% del salario del bracero en Liberia y se hizo
efectivo el 5 de marzo de 1909, aunque la contratación de
braceros procedentes de Liberia fue escasa hasta 1915, año en
que un nuevo tratado aumentaba los puertos por los cuales se
podía embarcar a los trabajadores, a la vez que implicaba más a
la administración colonial como garante de las condiciones del
tal tratado. Algunos estudios cifran entre 1.200 y 1.300 el
contingente de trabajadores liberianos que anualmente emigraron
a Fernando Poo para estancias laborales de entre dos y tres
años. El Tratado entre España y Liberia, aunque se interrumpió
bastantes veces (1919, 1923 y 1925) tuvo vigencia hasta 1927, y
los acuerdos a nivel privado perduraron hasta 1930 (Sanz 1983;
Sundiata 1996).
Con la llegada del Gobernador Núñez de Prado (1926-31) y el fin
del tratado un año más tarde, se reafirmó la necesidad de
asegurar mano de obra procedente de Río Muni. El sistema de
reclutamiento fue fruto de una doble acción: por una parte, la
de los reclutadores libres al servicio de los propietarios de
Fernando Poo y, por otra, la de los miembros de la Guardia
Colonial que, a cambio de suculentas propinas, aprovechaban su
status de fuerza para obligar a los jefes de poblado fang a
ceder hombres (Nerín 2006). El reclutamiento en la parte
continental de la colonia, el tratado con Liberia y otros hechos
más coyunturales como la llegada de trabajadores procedentes del
Camerún alemán durante la I Guerra Mundial, ayudaron
sensiblemente al desarrollo de la agricultura colonial. Sin
embargo, dos fueron las principales consecuencias del proceso de
búsqueda de mano de obra en la configuración económica de
Fernando Poo. En primer lugar, la consecución de mano de obra
aceleró el proceso de transformación socio-económico que vivía
la isla. Los pequeños propietarios (fernandinos o españoles),
por su falta de capital, fueron los que más presionaron a la
mano de obra e infligieron mayores abusos contra los
trabajadores africanos. Este hecho aumentó la conflictividad
social, puso en peligro las diferentes corrientes migratorias de
trabajadores y fue uno de los motivos por los que el gobernador
Ángel Barrera, durante su segundo mandato (1914-25), declaró que
no quería fincas de 1 a 100 hectáreas, favoreciendo así a los
grandes propietarios que, a su vez, con más recursos económicos,
eran capaces de cumplir las disposiciones económicas,
alimenticias y sanitarias de los contratos (Sundiata 1996).
Sin embargo, no podemos considerar que la preeminencia de
grandes propietarios a partir de la década de 1920 significara
una mejora de las condiciones laborales para el bracero. Si bien
los abusos y la utilización de trabajos forzados podía ser una
herramienta de los pequeños propietarios para mantener sus
plantaciones de forma rentable, los derechos laborales de los
trabajadores africanos eran simplemente inexistentes. Tanto los
grandes propietarios como los pequeños trataron a los
trabajadores como una mercancía más, como un elemento básico en
el proceso de producción del cacao. Seguramente los malos
tratos, a partir de 1920, respondían tanto a la voluntad de lo
capataces españoles de reafirmar su superioridad y autoridad
frente a los trabajadores africanos, como al interés en
rentabilizar al máximo el trabajo de la mano de obra. En este
aspecto ha quedado constancia, a través de varias denuncias
realizadas ante la Curaduría Colonial, de que una de las firmas
agrícolas más importantes de la colonia, Pérez e Hijo, y en
concreto su encargado, Antonio Fernández, recibió periódicas
acusaciones de malos tratos hacia los trabajadores.[25]
Finalmente, la dependencia extrema de la mano de obra exterior
dejó en una situación de extrema vulnerabilidad a la agricultura
colonial española en Guinea. Por este motivo, entre 1925 y 1927,
cuando el tratado con Liberia peligraba, la CAO y la Delegación
de Barcelona pusieron en marcha una serie de intentos
particulares para reclutar mano de obra de otros territorios.
Las estrategias de la CAO y la
Junta Peninsular
En
1925 un informe de José Ligero, Presidente de la CAO, nos
muestra las preocupaciones de los grandes propietarios acerca
del problema de la mano de obra. Les inquietaba, en primer
lugar, cómo se estaba desarrollando el reclutamiento de
trabajadores en Río Muni, donde la extrema rivalidad entre
agentes y casas productoras provocaba un “encarecimiento del
producto”.[26]
Durante la década de 1920 la mano de obra procedente de la parte
continental alcanzaba aproximadamente un 65% del total, aunque
todavía era insuficiente para cubrir las necesidades de las
plantaciones de Fernando Poo. Además, ese mismo año, el tratado
con Liberia se ponía en peligro como consecuencia del
establecimiento de la firma Firestone que, establecida
cerca de Monrovia y con el monopolio de la recolección y
transformación del caucho, presionaba para evitar que los
trabajadores liberianos emigraran a Fernando Poo (Sundiata
1996). La CAO propuso la creación de una sección dentro de la
misma que se encargara específicamente de gestionar el
reclutamiento en el continente, pero esto tenía el peligro de
contradecir los intereses de las propias firmas agrícolas
porque, como recordaba el propio Ligero, “no debemos olvidar que
muchas de las casas comerciales establecidas en nuestro
continente africano tienen por base de su riqueza el negocio que
nos ocupa”.[27]
El proyecto del Presidente de la CAO será finalmente aprobado un
año más tarde, incluyendo importantes modificaciones que,
seguramente, debían responder a los intereses de las casas que
poseían reclutadores propios.
Las bases de la Sección de Recluta de la CAO, que así se
llamaba, establecían que los reclutadores privados
pertenecientes a las casas agrícolas podían adquirir hasta un
total de 75 hombres por cada 100 hectáreas. El resto de
reclutadores, si querían seguir con su actividad, debían
integrarse como trabajadores de la Sección de Recluta, la cual
pagaría como mucho 120 pesetas por trabajador. La bases también
denotan un intento de los grandes agricultores por regular una
situación que en muchos casos se les escapaba de las manos, y
exigía a los agricultores una declaración jurada de cuántas
hectáreas (cultivables y de bosque) poseían. Sin embargo, el
discurso de equidad dentro de la CAO, apostando para que “el
débil tenga tan definidos los derechos como los poderosos”,
parece contradictorio. El mismo año de su creación la
Sección de Recluta gestionó la llegada de 2.300 braceros la
mayoría de los cuales fueron a parar solamente a 7 de las 59
casas peticionarias (Sanz 242). Con este desequilibrio no es de
extrañar que esta institución se diera de baja poco después de
ser creada.[28]
En cualquier caso, este primer intento va a definir las futuras
acciones de la CAO. Entre los años 1925 y 1936 la Delegación de
Barcelona emprenderá distintas acciones para reclutar a mano de
obra fuera del territorio español, acciones que fueron lideradas
por la élite de Barcelona y en busca del beneficio de las
grandes firmas agrícolas. Las principales casas agrícolas
sufragaron las expediciones con el objetivo de nutrir solamente
a los principales agricultores. De hecho los grandes
propietarios intentaron paralelamente arruinar a los pequeños,
exigiendo a la administración que prohibiera la contratación de
mano de obra a pequeños propietarios que tuvieran menos de 5
hectáreas. En cualquier caso, todas estas tentativas terminaron
igualmente en el fracaso. La Delegación de Barcelona no fue
capaz de gestionar unos proyectos que implicaran algo más que
solvencia económica. La negativa del gobierno español de
colaborar directamente en estas iniciativas, necesaria para
tratar con gobiernos de otras naciones, fue clave en este
aspecto. Debemos suponer que esta pasividad del gobierno
colonial respondió a la poca capacidad económica, y por tanto
voluntad, para costear los altos gastos de transporte, frente a
la comodidad que suponía permitir que fueran los propios
agricultores y comerciantes quienes realizaran este trabajo.
Uno de los intentos de la CAO para conseguir mano de obra
extranjera se gestionó entre los años 1927 y 1929. Se negoció
con las autoridades chinas la llegada de 2.000 trabajadores
procedentes de este país. Los trabajadores no llegaron nunca.
Desconocemos las razones últimas por las cuales no se
materializó este trasvase migratorio, aunque todo apunta a que
en Fernando Poo ya existía una pequeña presencia china que no
era bien acogida por los colonos españoles. Así, con un discurso
contundentemente racista, desde la propia CAO se desestimó el
tratado por considerar a los potenciales trabajadores chinos
personas de “hábitos viciosos y con idiosincrasias chocantes con
las costumbres de los pueblos occidentales [...]. Apasionados
por el juego y por el uso de estupefacientes, arteros en el arte
social, dados a la intriga, a la conspiración y el contubernio”.[29]
Además, según los informes conservados, había muchas
dificultades para acreditar que los trabajadores que se querían
contratar procedían de la zona sur de China, que por razones
climáticas era la única que guardaba semejanzas con Fernando Poo
y posibilitaba una mejor aclimatación de los trabajadores.[30]
Las siguientes negociaciones se realizaron en Cabo Verde, donde
la CAO intentó reclutar braceros, en primer lugar, para realizar
obras de infraestructura que debían desarrollarse después del
presupuesto extraordinario de 1926, donde los colonos
consiguieron de la administración estatal española una
asignación económica sin precedentes destinada a mejorar
infraestructuras, pero carecían de una adjudicación empresarial
para realizar las obras. Las negociaciones empezaron a través de
la relación entre un agricultor portugués residente en Cabo
Verde, Costa Rodríguez, que puso en conocimiento a uno afincado
en Fernando Poo, José Pinto Guimaraes de la crisis agraria que
azotaba a la isla portuguesa, y que disponía de medios para
facilitar la emigración de muchos trabajadores caboverdianos a
Fernando Poo.[31]
Guimaraes, aunque no formaba parte de la CAO por su condición de
extranjero, informó de la situación a los principales
agricultores de Barcelona. Las primeras negociaciones se
llevaron a cabo entre la Junta de Barcelona y el agricultor
portugués, quien les facilitó aproximadamente el precio del
bracero y las condiciones laborales que debía reflejar el
contrato y que, en el fondo, no diferían mucho de las que se
habían establecido para la mano de obra procedente de Liberia.
Costa ofrecía dos posibilidades a la Delegación: intentar
convencer a las administraciones portuguesa y española de su
voluntad, proceso que que podía ralentizar la llegada de
trabajadores, o intentar realizar los contratos como emigración
libre, de manera más fácil y viable. La Delegación decidió no
involucrar a las autoridades estatales españolas, por las que
siente una total desconfianza, y realizar por sí misma todas las
gestiones. El proceso se alargó hasta finales de 1927 por las
dificultades de Costa Rodríguez, como apoderado de la CAO, para
convencer a los agentes de inmigración de Cabo Verde, y por las
dificultades de encontrar un transporte marítimo con garantías.
Éste también pidió más dinero a la Delegación para sufragar los
gastos propios de sus gestiones, hecho que despertó ciertas
sospechas en el seno de la Delegación. Las negociaciones se
paralizaron cuando Costa exigió de la Delegación una garantía
bancaria para realizar el pago de las aproximadamente 400
pesetas que se calculaba que costaba cada bracero. En vista del
posible fraude al que Costa había llevado a la Delegación, la
CAO le suspendió de sus poderes y decidió enviar a Cabo Verde a
un representante influyente en Barcelona (Gabriel Cardona, el
responsable de las oficinas de la Delegación), junto con el
agricultor portugués Pinto Guimaraes que había propiciado el
origen de este trato. A principios de 1928, ante la obligación
real impuesta por las autoridades portuguesas de presentar una
garantía bancaria, la Delegación remitió a los agricultores una
carta pidiendo que “anticiparan a la Cámara las cantidades que
ésta no poseía en el actual momento, pues sin ellas resultaba
imposible llevar a feliz término las gestiones iniciadas en
beneficio de todos ellos”[32].
Los principales agricultores (Pérez e Hijo, Rodríguez Barrera,
Potau, Ligero, etc.) pusieron el dinero necesario aunque,
finalmente, de nada sirvió. El segundo intento particular de
crear emigración laboral fracasaba, esta vez, por el coste que
significaba el transporte de los braceros. Los agricultores
pretendían que fuese a cuenta del propio trabajador, pero
realmente éste no estaba en condiciones de pagarlo. La memoria
de la CAO refleja que finalmente sólo 81 trabajadores
procedentes de Cabo Verde llegaron a Fernando Poo, 24 de los
cuales fueron a parar a las fincas de Pérez e Hijo. El informe
concluye así: “Ciertamente que los esfuerzos desplegados por la
Delegación en la emigración referida, hasta el presente, no han
dado el máximo rendimiento que cabía esperar”.[33]
El caso es que a principios de los años treinta algunos
agricultores todavía reclamaban a la Delegación de la CAO el
dinero prestado.
Desanimada por un nuevo fracaso y con quejas recurrentes de
ciertos agricultores por haber avanzado dinero para las
gestiones, la CAO realizó algunas tímidas prospecciones para
conseguir mano de obra de otros territorios portugueses como
Angola, Mozambique o incluso en Haití, pero que tampoco
terminaron de prosperar.[34]
Otra vez se puso la mirada en Liberia para solucionar los
problemas de mano de obra. Las instancias presentadas por la
Delegación de la Dirección General de Marruecos y Colonias
recibieron una respuesta contundente y de poca colaboración por
parte de Liberia: si querían reanudar el tratado a nivel
particular y no estatal (como organización, o como propietarios
individuales) tendrían que sufragar los gastos extraordinarios
que significaba mantener la delegación diplomática liberiana en
la Guinea española. Aunque algunos agricultores respondieron
airados ante el hecho de que la CAO tuviera de pagar el sueldo
de un funcionario, la medida fue aprobada. Lo cierto es que, en
años anteriores, la CAO había retribuido al Cónsul español en
Liberia con cantidades de hasta 6.000 Ptas., como gratificación
por los servicios prestados, por lo que debemos interpretar que
estas prácticas no eran nuevas, aunque ahora se
institucionalizaban.
La
reanudación de tratados con Liberia, lejos de solucionar los
problemas de la CAO, todavía complicó más la situación. En junio
de 1929 la Real Orden española 456 modificaba el Reglamento de
Trabajo Indígena, básicamente en el apartado de las multas que
los patronos debían pagar por los malos tratos a los braceros,
multas que podían llegar a la expulsión de la colonia del
propietario o capataz en caso de reincidencia. En el origen de
estos cambios radica otra vez la relación entre la colonia
española y Liberia. Como hemos dicho, aunque el tratado se
suspendió formalmente en 1927, la emigración de mano de obra
procedente de Liberia prosiguió a nivel particular. Aunque las
relaciones se realizaron principalmente con el Sindicato
Agrícola de Guinea (Sundiata 1996), la CAO también debía estar
implicada, hecho que explicaría que el gobierno español le
exigiera el pago del sueldo del cónsul español.
En
1929, un libro de Kathleen Simon, Slavery, que narraba
las prácticas de reclutamiento de la mano de obra en Liberia,
prácticas que distaban muy poco de la situación de esclavitud,
tuvo un profundo impacto en la opinión pública anglosajona.[35]
Consecuentemente, el gobierno de Estados Unidos presentó la
situación a la Sociedad de Naciones, órgano que dos años antes
había promovido la Convención sobre la Esclavitud y que tenía
como objetivo denunciar ante la Comunidad Internacional aquellos
países que obligaran a trabajos forzosos. La Sociedad de
Naciones abrió una amplia investigación sobre los hechos y,
aunque la acusación recaía sobre los sistemas de recluta en
Liberia, al tener los trabajadores reclutados como destino
Fernando Poo, la colonia española apareció como cómplice
de esta situación, con el agravante de los precedentes de malos
tratos que ya acarreaba. Estas acusaciones, aunque en todo
momento fueron indirectas, explicarían el endurecimiento de las
sanciones a propietarios y capataces que marcaba el nuevo
reglamento. Los propietarios no tardaron en reaccionar y, a
través de la CAO, protestaron enérgicamente contra la
desconfianza de su propio gobierno respeto a lo que llamaban
“observadores simplistas”.[36]
La investigación de la Sociedad de Naciones, realizada por una
comisión formada por un ex-presidente liberiano y dos delegados
designados por la Liga (uno británico y otro afroamericano)
demostró que el reclutamiento realizado en Liberia era forzoso y
en condiciones infrahumanas. Sin embargo, aunque dentro del
informe se recogían entrevistas con algunos africanos que ponían
en duda el buen funcionamiento de la Curaduría Colonial en
Fernando Poo, la única acusación directa que recibió España del
informe resultante era que algunos trabajadores no habían
recibido la segunda mitad del sueldo que les correspondía.[37]
Las luchas entre los diferentes actores económicos del
colonialismo español en Fernando Poo son una muestra de la
complejidad del sistema en sí mismo. Lejos de ser homogéneos,
sus intereses colisionaron hasta un punto que se convirtieron en
poco viables y hasta incompatibles. Hubo choque de intereses, en
primer lugar, en el seno del sector privado. La
complementariedad del sector comercial y productivo quedó
truncada por distintas trabas comerciales que amenazaron con
convertir estas actividades económicas en poco rentables. Sin
embargo, lejos de ser una ruina generalizada, la elite
agrícola-comercial superó los obstáculos e hizo de la
explotación del cacao una actividad lucrativa. Los éxitos y
fracasos de esta élite se fundamentaron, en gran parte, por la
capacidad de sus organizaciones de defensa de incidir de la
forma más directa posible en la política económica colonial del
Estado que, vistos los resultados, no demostró tener un rumbo
claro ni decidido. En este sentido hay que destacar el papel
jugado por los principales propietarios residentes en Barcelona
que marcaron gran parte de las políticas a seguir por las
instituciones en cuestión. En segundo lugar, las estrategias de
las asociaciones de agricultores y comerciantes para incidir en
la política de recluta de mano de obra abren el debate sobre las
contradicciones entre el poder público y poder el privado.[38]
Aunque no podemos considerar que exista una divergencia de
intereses premeditada, los abusos constantes sobre la mano de
obra africana obligaron a reformular las estrategias de recluta.
La creación de un marco legal, aunque racista, insustancial y
sistemáticamente incumplido por los colonos, demuestra que el
interés del poder público para garantizar un mínimo orden social
entró en conflicto constante con la voluntad del sector privado,
donde la rentabilidad económica de sus explotaciones justificaba
cualquier abuso sobre la mano de obra. Es dentro de este marco
de relaciones complejas que podemos afirmar que, en definitiva,
el modelo colonial resultante fue fruto del encuentro de este
corolario de intereses.
Notas
[1]
Véanse los trabajos de
Bravo
Carbonell 1917; Arija 1930; Ceruti 1928; Madrid
1930, Díaz Matarranz 2003; García Cantús
2006 y De Castro y De la Calle
2007.
[2]
Para un análisis sobre los fernandinos véase Sundiata
1996 y Lynn 1990.
[3]
El primer viaje regular se realizó en 1887. Las rutas
entre Barcelona y Fernando Poo al principio solían hacer
escala en algún puerto español (Valencia, Alicante, Las
islas Canarias) o en Liberia.
[4]
Para la presencia misionera de los claretianos, véase
Creus 1994. Para las propuestas del africanismo español
véase
Rodríguez Esteban 1996.
[5]
Entre los estudios realizados acerca de la relación
entre Cataluña y el tráfico de esclavos
ver Fradera 1987.
[6]
Véanse los datos sobre Las Principales Casas
Receptoras de cacao procedente de Fernando Poo
que ofrece periódicamente La Voz de Fernando Poo
(1909-15).
[7]
Estatutos de la Cámara Agrícola Oficial de Fernando
Poo. 1906. Archivo General de la Administración (AGA),
Guinea, Caja G-141. Un año más tarde se convirtió en la
Cámara Agrícola Oficial de Fernando Poo, por lo cual
recibía una subvención del presupuesto general del
Estado de 2.500 Ptas. anuales.
[8]
Para un estudio más detallado de la
configuración y formación del Comité de la CAO, véase
Estatutos del Comité de la Cámara Agrícola Oficial de
Fernando Poo. Art.2. ANC Caja 50/51.
[9]
Para observar las reprimendas que desde la CAO se
hicieron a los representantes de Barcelona puede
consultarse el
compendio
de Actas de les Asambleas de la Cámara Agrícola
Oficial, donde se recogen los conflictos concretos
como la negociación del “Año Agrícola” 1918-22.
ANC Caja. 3/37.
También pueden observarse otras estrategias comerciales
de las firmas principales, como por ejemplo la creación
en 1907 de un Trust integrado por las principales
casas comerciales para evitar la competencia entre
receptores (Sanz 1983)
[10]
Véase La Voz de Fernando Poo. Enero de 1911.
[11]
Estos empresarios formaban parte de la patronal
Fomento Nacional del Trabajo y del Institut
Agrícola Sant Ignasi. A nivel ideológico defendieron
las primeras propuestas políticas regionalistas
catalanas
(Ucelay-Da Cal 2003)
[13]
Gráfico elaborado a partir de las cotizaciones
superiores del cacao procedente de Fernando Poo en el
puerto de Barcelona durante los años indicados. La
Voz de Fernando Poo. 1911-14.
[14]
Para observar los primeros argumentos del sector
productor de chocolate después de la publicación del
cupo, véase Aranceles y valoraciones. Publicado
en el periódico El Imparcial y reeditado en La
Voz de Fernando Poo. 15 de diciembre de 1911.
[15]
Conferencia del Cacao y el Chocolate.
12-14 de septiembre de 1935. ANC
Caja 8/37.
[16]
La importación del cacao y la fabricación del
chocolate. 28 de febrero de 1929 AGA, Guinea G-143.
[17]
Memoria de los trabajos llevados a cabo
por la Junta de Gobierno de la Unión de Agricultores de
la Guinea Española,
1933-34.
[18]
Gráfico elaborado con las estadísticas de Precios por
kilogramos fijados para la venta del cacao de Fernando
Poo y Guinea Continental Española, en las fechas que se
indican. La Voz de Fernando Poo. 1931-1934.
[19]
La grave
crisis del productor de cacao.
La Voz de Fernando Poo. Enero de 1935.
[20]
Informe presentado de la Unión de Agricultores a
la Dirección General de Marruecos y Colonias.
Agosto de 1933. ANC Caja 3/37.
[22]
Estatutos de la Casa de la Guinea Española.
ANC Caja 6.
[23]
La mayor parte de la mano de obra la proveían los
krumanes, trabajadores libres procedentes de la costa
del Kru (actuales Costa de Marfil y Liberia) (Díaz
Matarranz 123).
[24]
Diego Saavedra fue gobernador en dos cortos períodos.
Del 26 de marzo de 1906 hasta el 3 de agosto del mismo
año y del 30 de septiembre de 1908 hasta el 19 de
octubre del mismo.
[26]
Informe del Presidente de la Cámara Agrícola Oficial
acerca del problema de los braceros. ANC Caja 3/37.
[27]
Informe de la Cámara Agrícola Oficial de Fernando Poo.
21 de diciembre de 1925. ANC Caja 3/37
[29]
Carta de la Delegación de la Cámara Agrícola
Oficial al Director General de Marruecos y Colonias. 31
de octubre de 1927. ANC Caja 3/37.
[30]
Memoria del Consejo Permanente de la Cámara Agrícola
Oficial de Fernando Poo, 1929. ANC Caja 3/37.
[31]
Toda la información sobre las negociaciones entre la
Delegación de la CAO, agricultores de Fernando Poo y el
intermediario portugués han sido extraídas de las cartas
cruzadas entre ambos. 1927-28. ANC 3/37.
[32]
Carta de la Delegación de la Cámara Agrícola Oficial
a los socios. 11 de enero de 1928. ANC, Caja 3/37.
[33]
Memoria del Consejo Permanente de la Cámara Agrícola
Oficial de Fernando Poo, 1929. ANC, Caja 3/37.
[34]
Hojas sin clasificar dejan constancia que existió una
pequeña corriente migratoria entre Haiti y Fernando Poo,
aprobada por la República Española en 1931 y que
proporcionó un número limitado de trabajadores (entre 10
y 25) a las principales casas agrícolas. ANC 3/37.
[35]
Una qüestió que ens afecta. Periódico La
Ciutat, 15 de febrero de 1931.
[36]
Carta de la Cámara Agrícola Oficial al Director
General de España y Marruecos. 28 de septiembre de
1929. ANC, Caja 3/37.
[37]
Por el buen nombre de Fernando Poo. La Vanguardia,
28 de enero de 1931.
[38]
Para un acercamiento a la bibliografía existente sobre
este tema véase Berman y Lonsdale 1992, Young
1994 y Gargallo 2007.
Obras citadas
Arija, Julio. La Guinea Española y sus
riquezas. Madrid: Espasa Calpe, 1930
Berman, Bruce y Lonsdale,
John.
Unhappy Valley.
Conflict in Kenia and Africa.
Book One: State an Class.
Ohio: Ohio University Press, 1992.
Bravo Carbonell, Juan.
Fernando Poo y el Muni.
Sus misterios y sus riquezas. Su colonización.
Madrid: Imprenta alrededor del
mundo, 1917.
Ceruti, Florencio.
Àfrica la Virgen. Estampas y visiones
de un viaje a Fernando Poo.
Santander: Imprenta J. Martínez, 1928.
Creus, Jacint. Guinea Equatorial,
1883-1911: la invenció d’una identitat. Recerques
30, 1 (1994): 103-119.
De Castro, Mariano L. y De la Calle, María
Luisa. La colonización española en Guinea Ecuatorial.
1858-1900. Vic: Ceiba, 2007.
Fradera, Josep María. “La importància de
tenir colònies. El marc històric de la participació
catalana en el complex espanyol d’ultramar”. En Fradera
et al (eds.) Catalunya i Ultramar Poder i negoci
a les colònies espanyoles (1750-1914). Barcelona:
Consorci de les Drassanes de Barcelona, 1995.
____.
Indústria i mercat : les bases comercials de la
indústria catalana moderna, 1814-1845 Barcelona:
Crítica, 1987.
____. Colonias para
después de un Imperio.
Barcelona: Bellaterra, 2005.
García Cantús, María Dolores. Fernando
Poo: Una aventura colonial española. I: Las islas en
litigio: entre la esclavitud y el abolicionismo,
1777-1846. Vic: Ceiba, 2006.
Gargallo, Eduard. “Departament
d’Agricultura a Zimbawe. (1897-1914). Febleses,
conflictes i contradiccions en la construcció de l’Estat
colonial”. Tesis doctoral, Universitat de
Barcelona, 2007.
Lynn, Martin.
Britain's West African policy and the island
of Fernando Po, 1821-43.
The Journal of Imperial and Commonwealth History,
18, 2 (1990): 191-207.
Madrid,
Francisco. La Guinea incógnita. Vergüenza y escándalo
colonial. Madrid: Editorial España, 1933.
Ndongo-Bidyogo, Donato. España en Guinea,
la construcción del desencuentro. Madrid: Sequitur,
1998.
Nerín Abad, Gustau: Guinea Ecuatorial.
Història en Blanc i Negre. Dones negres y homes blancs a
la Guinea Equatorial 1843-1968. Barcelona: Ediciones
Empuries, 1998.
____. Un Guardia Civil a la Selva.
Barcelona:
La campana, 2007.
Pereira Rodríguez, Teresa: Aspectos
marítimos-comerciales del colonialismo español en el
Golfo de Guinea
(1900-1930). Las Palmas:
Ediciones del Cabildo Insular de Gran Canarias, 1989.
Rodríguez Esteban, José Antonio.
Geografía y colonialismo. La Sociedad
Geográfica de Madrid (1876-1936). Madrid: UAM
Ediciones, 1996.
Sanz, Gonçal. “Política Colonial y
Organización del trabajo en la isla de Fernando Poo”.
Tesis doctoral.
Universitat de Barcelona, 1983.
Simon, Ksthlen. Slavery . London:
Hodder Stoughton, 1929.
Sundiata, Ibrahim K. From Slaving to
Neoslavery. The Bight of Biafra and Fernando Poo in the
Era of Abolition. 1827-1930. Madison: University of
Wisconsin Press, 1996.
____. State Formation and Trade. The Rise
and Fall of Bubi Polity. International Journal of
African Historical Studies,
27, 3 (1994): 505-23.
Ucelay-Da Cal, Enric. El imperialismo catalán. Prat
de la Riba, Cambó, D’Ors y la conquista moral de España.
Barcelona: Edhasa, 2003.
Young, Crawford. The African Colonial State in
Comparative Perspective.
New Haven:
Yale University Press, 1994.
Editado y
distribuido por ASODEGUE
Índice Noticias
|
|
|