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HOJAS INFORMATIVAS

 

11 de octubre de 2008

"Poco que celebrar en Guinea Ecuatorial" (Alfonso Armada)

   Puede que no haya colonialismo bueno. Pero España dejó Guinea Ecuatorial hace hoy cuarenta años en unas condiciones que las dictaduras de Francisco Macías, primero, y la de su sobrino Teodoro Obiang, después, no han sino envilecido. Poco que celebrar el día de la independencia.

   Cuarenta años de desolación. Cuarenta años de sufrimiento. Cuarenta años de pillaje. Es fácil, y demasiado triste, resumir en qué han consistido estos cuarenta años desde que el 12 de octubre de 1968 Francisco Macías proclamó la independencia de Guinea Ecuatorial. Sus 36.716 votos frente a los 31.941 que atrajo Edmundo Bosio, de la Unión Bubi, le permitieron a Macías, que se había presentado como "defensor del pueblo e hizo campaña anticolonial, aunque durante su estancia en el gobierno autónomo se vanagloriaba de su colaboración estrecha con la metrópoli" -relata José Luis Cortés López en su "Historia contemporánea de África"-, hacerse con todo el poder, aunque nadie imaginaba que este autoproclamado «marxista hitleriano» iba a iniciar una horrenda dictadura. Da una idea Randall Fegley en su libro «Guinea Ecuatorial: una tragedia africana», la «mejor historia de Guinea, al menos en inglés», para John Bennett, uno de los más críticos embajadores que Estados Unidos tuvo en Malabo: «Hacia 1978 el método más común de ejecución era aplastar el cráneo con una barra de hierro. El condenado debía tumbarse, con la cara mirando al suelo. Su cabeza era golpeada hasta que era convertida en pulpa». Entre quienes más disfrutaban de ese «espectáculo» figuraba el jefe de seguridad del régimen, el teniente coronel Teodoro Obiang, sobrino de Macías, que en el «golpe de libertad», en agosto de 1979, le derrocó. La ejecución de su tío abrió las puertas a una nueva dictadura, menos sanguinaria, pero no menos despiadada, que todavía se mantiene, ahora bañada por el hallazgo de ingentes yacimientos de oro negro que no han hecho sino reforzar a Obiang, su familia y su camarilla, en detrimento de un país poblado por medio millón de habitantes cuyas cotas de alfabetización, acceso a la sanidad y nivel de vida son hoy peores que hace cuarenta años, bajo el sistema colonial.

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

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