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2 de noviembre

Más de un siglo de poder


   "Paul Biya (Camerun), Omar Bongo (Gabon), Obiang Nguema (Guinea Ecuatorial), Idriss Deby (Chad), Sassou Nguesso (Congo) : todos juntos totalizan más de cien años en el poder.

   Aparentemente nada parece poder alejarles del poder en un futuro próximo. ¿No han conseguido desembarazarse de sus oponente a golpes o por medio de la corrupción?¿No come en sus manos la propia potencia colonial?  

   Son numerosos, sin embargo, sus compatriotas que querrían verles desaparecer, sea esta desaparición de forma natural (por una enfermedad) o mediante una forma criminal (muerte, asesinato). Y es verdad que, para dos o tres de ellos, esa muerte natural no está lejos. Nuestros cinco sátrapas reinan sobre entidades territoriales que no constituyen Estados en el sentido moderno del término. Ciertamente, exhiben aquí y allá algunos atributos aparentes de un Estado, ¡pero que diferencia entre esas baratijas y lo que, en nuestros días, constituye la esencia real de los Estados! Las entidades en cuestión son, en realidad, una mezcla de rasgos propios de los reinos y las jefaturas africanas precoloníales, algunos aspectos heredados de las formas coloniales de sujeción y todo ello con un barniz de términos sacados de los códigos contemporáneos. 
 
   En muchos aspectos, África central representa el auténtico corazón de las tinieblas del continente africano. Ninguna otra región de la Tierra concentra, en un espacio tan reducido, tantos poderes caducos. Como sugirió en su día el escritor Joseph Conrad, aquí, más que en ningún otro sitio, se dan cita la necedad y la violencia . Esto es así, se trate del mejoramiento de las condiciones de vida, de la producción de bienes o del desarrollo cultural de la sociedad.

   En más de cien años a la cabeza de sus Estados respectivos, nuestros cinco sátrapas han mostrado de cuantas formas distintas puede ocultarse la fuerza aniquiladora del poder. Los resultados están a la vista. Actualmente, en toda la región, la esperanza de vida es más breve que durante la colonización. Todo el mundo desconfía de todo el mundo y debe protegerse de los demás. Todos temen por su vida.

   Porque, aquí, de hecho, la autoridad del poder se basa en el miedo a la muerte. El autócrata tiene miedo a morir. Entonces, de manera preventiva, mata a todos aquellos de los que sospecha pueden atentar contra su poder. Dañar y dar la muerte se convierten en  condiciones de su supervivencia.

   Aquellos que se beneficiarían haciéndolos desaparecer tienen también miedo a la muerte. Para protegerse, hacen cualquier cosa para sacrificar la vida de otros en lugar de la suya, con la esperanza de ponerse a salvo.

   Este es el pedestal en el que se basa la cultura política de las sociedades del África central. Esta cultura explica en gran parte el bloqueo de sus sistemas políticos.

   África central dispone de más recursos que muchas otras partes del continente. Su potencial hidrográfico es enorme. Es rica en bosques. Su diversidad ecológica es legendaria. Ella sola podría alimentar a dos tercios de los africanos. Sus suelos podrían sostener un sector de industrias agrícolas muy diversificado. Rebosa todo tipo de recursos minerales – entre ellos el petróleo. No está superpoblada y, además, vista en su conjunto, dispone de un tipo de gentes con un cierto nivel de preparación.

   Que sea una región más sobre el papel que en el sentido pleno del término, no es resultado del azar. En el plano histórico-geográfico, esta parte del continente ha sido atravesada siempre por dos corrientes. Y, en primer lugar, un potente atractivo por el Atlántico. Después, un satelización respecto a los “países del Islam”, en el pasillo “sudanés-saheliano” que, como se sabe, han sido siempre una exacta réplica de los “países del bosque”.

 
   La colonización intentó, sin mucha convicción, administrar esta polaridad multiplicando sus propias contradicciones. Después de todo, sin embargo, prefirió la balcanización de estos para-Estados a una auténtica búsqueda de la coherencia que exigiría una federación digno de tal nombre. Son esos remedos de Estados los que heredaron nuestros sátrapas. Y, con más de cien años en el poder, intentan que las cosas sigan como estaban.


   Así para pasar de un país a otro, los naturales de los distintos países del África central deben proveerse de un visado – todavía. Ninguna carretera digna de tal nombre enlaza unas capitales con otras. No existe ninguna red de ferrocarriles transregional. Las comunicaciones aéreas son aleatorias. La fragmentación es casi total, ya sea en el plano espacial o cultural. Cada país vive en una cuasi-autarquia, replegado sobre sí mismo y minado por sus propios demonios. No hay tampoco intercambios de universitarios. Por el contrario, cada poco tiempo, asistimos a expulsiones masivas de “extranjeros” considerados indeseables, tras ser despojados de todos sus bienes.


   Las posibilidades de creación de riquezas son, sin embargo, inmensas. Pero para llegar a ellas hay que desembarazarse de muchos obstáculos. Los bloqueos políticos y culturales son, desde este punto de vista, los más graves.

   En teoría, la prioridad del momento es poner fin, de una manera o de otra, a los reinados respectivos de dirigentes como Biya, Obiang, Bongo, Nguesso y Déby. Poner fin a tales poderes destructivos no resuelve, sin embargo, de suyo, el problema.

   Se olvida con frecuencia que nuestros sátrapas deben su longevidad en el poder, en parte, al hecho de que han creado estructuras de predación capaces de sobrevivirles. Son estas estructuras – y el estado de ánimo que las acompaña – lo que hay que desmantelar progresivamente. Se ha visto varias veces en el continente que la salida de un autócrata no significa forzosamente el comienzo de una nueva era. Con frecuencia sucede lo contrario. El sucesor se revela peor que aquel a quien sucede. En Camerún, por ejemplo, es esto lo que revela la transición de Ahmadou Ahidjo a Paul Biya.

   Hay por tanto que reflexionar, de manera cada vez más rigurosa, en torno a lo que cabría hacer para conseguir que el final de la autocracia abra la vía a una autentica renovación de la sociedad y de la economía".
 

   Le Messager ,  Camerún, 01-11-2005 

 

En Guinea Ecuatorial no hay libertad sindical

   La agencia Afrol News publica hoy la noticia siguiente. Pinchar aquí.

 

El informe 2005 de Transparencia Internacional

   La organización TI ha publicado una información ampliada de su informe 2005 que sitúa a Guinea Ecuatorial como el séptimo país más corrupto del mundo. Puede verse aquí

   

               

   Editado y distribuido por ASODEGUE

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