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HOJAS INFORMATIVAS
24 de marzo de 2003
NO
TODOS LOS DICTADORES, NO TODOS LOS DÉSPOTAS
En el lenguaje
de los miembros del gobierno español, de su
ministerio de Asuntos Exteriores y en el del
partido que los soporta, el Partido Popular,
aparecen en las últimas semanas quizás ya en
los últimos meses, con frecuencia inusual los
términos "déspota", "dictador,
"tirano" y se refieren con frecuencia a
la conveniencia de eliminar este tipo de
personajes del panorama político internacional.
No es este el sitio de establecer un juicio
general sobre si estamos ante un recurso
oportunista, al servicio de una operación
política concreta (la invasión de Iraq) o de
una estrategia general destinada a crear "un
mundo resplandeciente de paz y democracia".
Podemos, eso sí, analizar si es esta la misma
política que nuestro país aplica a otro
dictador como Teodoro Obiang Nguema.
En los análisis de la política española hacia
Guinea, sobre todo si están ligados al gobierno,
hay un cierto empeño en establecer el 14 de
marzo de 2002 (la fecha de las primeras
detenciones de opositores que serían más tarde
juzgados en el cine Marfil) como el momento de un
cierto cambio. La administración española
habría asumido (sin reconocerlo) el fracaso de
la política de compromiso constructivo
con la dictadura guineana mantenido en los años
anteriores y habría colocado a las
reivindicaciones democráticas en un puesto más
alto del que tenían hasta entonces en las
relaciones España-Guinea.
Nuestra organización
contradijo ya en su momento esta opinión, pero
nos parece importante volver a discutir las bases
de la política española y sus últimas
manifestaciones coincidiendo con esta
"cruzada contra las dictaduras" y
cuando dos países con intereses en Guinea,
Francia y Estados Unidos, están tomando
iniciativas de una cierta entidad.
La principal aportación del Partido Popular a la
política guineana de nuestro país fue trasladar
su centro de gravedad. Si hasta su llegada al
poder este punto había sido equidistante del
gobierno y la oposición democrática guineana,
ahora pasaría a estar "dentro" del
régimen guineano. La esperanza de cambio, la
iniciativa de la transición política
correspondería, según las nuevas autoridades
españolas, a Obiang y los suyos. La mejoría de
las relaciones entre ambos gobiernos, la defensa
del idioma castellano y una política "sin
complejos", independiente de la defensa de
los derechos humanos empezaron a ser las nuevas
prioridades. Para los excesos de la
administración guineana, que sin duda se
producirían, estaban las gestiones (públicas o
secretas) de algunos "expertos en
Guinea", que pasaron a ocupar puestos
fundamentales en la definición de la política
exterior de nuestro país y que parecían tener
acceso directo al dictador guineano...
Algunos de los límites de esta política
estuvieron claros desde el principio. La
dictadura guineana, probablemente animada por la
nueva riqueza petrolera, solicitaba de las
autoridades españolas (a cambio de nada) un aval
internacional que estas no se atrevieron a
otorgar. Estas mismas autoridades españolas,
siempre para la mejoría de las relaciones,
hicieron sonadas ofrendas en busca de concesiones
del dictador: en primer lugar abandonaron a su
suerte a la oposición guineana, más tarde
defenestraron a Rafi de la Torre y acabaron con
su programa para Guinea e hicieron posible la
famosa foto de Valladolid de Obiang con el Jefe
del Estado español... Nada de esto sirvió para
nada. Las concesiones, o no se juzgaron
suficientes, o se hacían en terreno inadecuado
según el criterio de las autoridades de Malabo.
Por ejemplo, y pese a las gestiones hechas desde
Madrid, no dieron un solo paso a favor de una
legislación que otorgara mínimas garantías
jurídicas a los posibles inversores españoles.
Sin embargo, en esta situación de influencia
decreciente por parte de la antigua metrópoli y
coincidiendo con unos años de relativo descenso
en la actividad opositora, altos cargos
españoles hablaban abiertamente de la
disminución del carácter represivo de la
dictadura encabezada por Obiang y su familia. Fue
a este aspecto, más evidente que otros, al que
puso fin el 14 de marzo de 2002 con el comienzo
de las detenciones y torturas que condujeron al
juicio del cine Marfil.
¿Puede decirse que haya cambiado la política
del gobierno español hacia Guinea? Nuestra
respuesta es claramente negativa. Es cierto que
en algún momento del juicio del cine Marfil (no
en todos), coincidiendo con la muerte de alguno
de los condenados o ante el fracaso de sus
gestiones para la puesta en libertad del
secretario general de CPDS, Plácido Micó, los
dirigentes españoles amenazaron con
"pasarse a la oposición". No lo han
hecho. Han puesto mucho empeño, a lo largo de
estos últimos doce meses, en dejar claros los
límites de su "enfrentamiento" con
Obiang y los suyos. En los momentos previos al
proceso del cine Marfil, se apresuraron a dar
crédito (contra toda evidencia) a los rumores de
golpe de estado por parte de la FDR. Conocida la
sentencia, no se han privado de manifestar en
publico o en privado, en Madrid o en Malabo, en
presencia, o no, de representantes del régimen
de Obiang (basándose en sus actitudes
"antiespañolas" de antaño), que no
les importa el mantenimiento en prisión de
Felipe Ondó y el resto de sus compañeros de
partido, porque, en una actitud inadmisible y
prepotente, los consideran "peores que
Obiang". Recientemente, cuando el Parlamento
Europeo condenaba el comportamiento de las
autoridades guineanas en las (fraudulentas)
elecciones presidenciales del pasado 15 de
diciembre, los representantes del Partido Popular
español, rompieron el acuerdo previamente
establecido con el resto de las fuerzas
políticas, y votaron en contra.
La política española hacia Guinea en los
últimos tiempos se limita a pedir pasividad a
las fuerzas opositoras, mientras esperan que la
casualidad les permita restablecer el diálogo
con el régimen guineano. Sus objetivos parecen
reducirse a estar presentes en Malabo cuando se
cumpla el "trámite sucesorio". Sin
duda no es mala idea, pero (vistos los
antecedentes) habría que preguntarse para qué y
si ese objetivo, tan modesto, debe enfrentarse
con todas las demás de las exigencias de la
política española hacia Guinea
Volviendo a nuestro planteamiento inicial,
lamentamos sinceramentre no encontrar en la
política del gobierno español hacia Guinea la
"implacable defensa de los principios
democráticos", el "coraje" para
asumir las situaciones y la nueva condición de
"primera potencia" que parecen
caracterizar la política española hacia la
dictadura iraquí, mucho más alejada de nosotros
en el espacio y, sin duda, en la historia.
Editado
y distribuido por ASODEGUE
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