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HOJAS INFORMATIVAS
7 de marzo
de 2007
"El África
que habla español. Guinea Ecuatorial"
Juan Tomás
Ávila Laurel, Debats nº 83, invierno 2003
La
revista Debats, de la valenciana Fundación Alfons el
Magnanim, publicó en su número 83, del invierno de 2003, dos
artículos sobre los países africanos de habla española. Uno de
ellos sobre la República Árabe Saharaui Democrática y
otro sobre Guinea Ecuatorial. El autor del artículo sobre
Guinea es Juan Tomás Ávila Laurel.
Juan
Tomás Ávila Laurel (Malabo,1966) es escritor. Redactor-jefe de la revista
"El Patio" de Malabo, es conferenciante en diversas
universidades norteamericanas y ha sido acreedor de diversos
premios en su país.
"En 1968, cuando las potencias coloniales se desprendían de
sus territorios y España, en un alarde de buena intención,
bautizó a su colonia con el nombre de República de Guinea
Ecuatorial, cometía con la Historia, con letra grande, una
injusticia, pues, adelantándose a los acontecimientos, ponía
en mano de unos pocos aquellos territorios que eran de muchos.
Pocos años bastaron para que la realidad y la mentalidad de
los nuevos ciudadanos se adecuaran y se desvaneciera la
etiqueta con que recibió las aguas bautismales. En pocos años
la res publica se hizo privada e hizo recordar a todos que
durante el traspaso de poderes todavía la madre España no se
había sacudido definitivamente el pesado lastre del pasado, de
cuando sobre todas las potencialidades del alma y cuerpo
españoles proyectaba la larga sombra del personalismo, y
paternalismo, franquista, si no son los celos absolutistas de
épocas pasadas.
Esta
brevísima reseña histórica, aderezada con tintes personales,
no por ellos subjetiva, nos servirá para hacer una incursión
lo más objetiva posible por la realidad guineoecuatorial,
haciendo una disección de los principales soportes que
deberían constituir el sostén del ente objeto de este trabajo,
Guinea Ecuatorial, y a los que deberían dedicar sus desvelos
todos los hombres de ella.
En los
albores de la independencia guineana, la sociedad de gentes
relacionada con el hecho colonial y su pacífica emancipación,
basándose en la interacción de varios elementos favorables, ya
auguraba un futuro prometedor al nuevo país. Muy pronto pudo
ser etiquetado como "la Suiza de África". Y muy poco tardó
para que las expectativas se desvanecieran de manera
estrepitosa. Este hecho significa que hubo un error en el
análisis de todos los factores cuya interacción hubiera hecho
que la "helvetización" del nuevo país se produjera, o que en
el mismo se han omitido elementos, de manera deliberada o no.
Aunque el juicio de esta omisión la reservamos para otro
momento, no dejaremos de recordar que los próceres guineanos a
los que les tocó convencer a los emisarios de la comisión de
descolonización de la ONU reconocieron que el país cuya
independencia defendían contaba con apenas cuatro médicos,
unos pocos abogados y algunos maestros. La administración
estaba en manos de personas que sólo atesoraban el saber que
les permitía el tecleado de las órdenes de sus jefes sobre las
quejas de sus nuevos conciudadanos, que hasta hacía poco se
conocían como indígenas.
El
escaso bagaje intelectual de las gentes de esta peculiar Suiza
no fue óbice para que el 12 de octubre de 1968 las gentes de
toda Guinea cantaran a una voz el himno para celebrar su
independencia:
Caminemos pisando la senda,
de
nuestra inmensa felicidad
(...)
Gritemos
viva
Libre
Guinea
Y
defendamos nuestra libertad
Cantemos
siempre,
Libre
Guinea,
Y
conservemos
La
independencia nacional
Los
versos suprimidos, cantados con inflamado patriotismo, hacen
alusión al deseo de no separarnos nunca ni de caer en el
inhumano y oprobioso vicio de la discriminación. Y también a
los "doscientos años" que sufrimos bajo a férula celtíbera,
visigoda y musulmana de una España que seguía siendo Una,
Grande y Libre.
Apenas apagados los calores de las fiestas, se descubrió lo
que nadie habla dicho ni previsto, o que si se dijo, pero que
se encontraba ya archivado en las carpetas de los funcionarios
de la comisión de descolonización de la ONU: los nuevos jefes
de la Guinea Ecuatorial no pensaban regirse por los métodos
aprendidos durante la etapa colonial, ora porque no sabían,
ora porque no querían. Además, ya no deseaban saber nada de
los versos de su himno que hacían alusión a la
no-discriminación entre las diversas etnias del nuevo país. El
abrazo de estas nuevas maneras significaba el reparto del
poder entre los familiares y personas de la provincia de
Macías, antiguo funcionario colonial que accedió al poder de
manera un tanto misteriosa. El nepotismo descarado de Macías
no sólo fue pernicioso desde su punto de vista moral, sino que
en la práctica significaba que a muchas personas se les
empezaría a exigir responsabilidades en puestos para los que
no se hablan preparado en absoluto. Lo que estamos diciendo
es, abusando del pragmatismo, que quizá sobre el nepotismo de
Macías, a todas luces condenable, se podría echar arena, y
cal, si los beneficiados de las prebendas no fueran unos
analfabetos y que para lo que cobraban no sabían ninguna
palabra.
Desde
aquel reparto de poder, se empezaron a desmoronar los
cimientos de lo que iba a ser la envidia de África y en pocos
meses todo se vino abajo: la administración dejó de existir y
los miles de documentos que podían dar fe de cualquier
negocio, de cualquier transacción, de cualquier queja, dejaron
de tener valor a los ojos de los miles de iletrados que el
nuevo poder puso al alcance de ellos. Es la época en que
pedías un trozo de pescado frito y te lo envolvían en un trozo
de papel que había sido el único documento que podía dar fe de
compraventa de una vivienda o de cualquier inmueble. Todas las
oficinas abrieron sus archivos y los documentos se ofertaron
al mejor postor. Valiosos documentos que sirvieron para
envolver buñuelos, jabones, panes, etc.
La
infraestructura sanitaria se destruyó y la escasa experiencia
en administrar bienes hizo el resto. El resultado fue que los
hospitales se convirtieron en morideros.
Como
Macías había instituido el acceso familiar al poder, y de esta
forma se hacía innecesaria otro modo de acceso a los puestos
de la Administración, se produjo la consagración de la
destrucción del sistema educativo. Desde entonces, las
escuelas se constituyeron en estorbos que había que eliminar.
Toda la etapa independiente de Guinea conoce el
encarnizamiento de la población con las escuelas, en una lucha
que quizá tenga algún componente psicológico, pues la rotura
de ventanas y otro mobiliario de las escuelas no sólo tendría
como objetivo limitar el acceso a la educación de las futuras
generaciones, y con ello se consagraría el statu quo
actual, sino que la ausencia de las escuelas liberaría a los
jefes ignorantes de la presión que tuvieran por la anormalidad
de su situación y les permitía más tarde justificar su
ignorancia. No es descabellada esta teoría, que llamaremos
teoría del testigo ausente y a la que más tarde recurriremos.
El
resultado de la acción de los nuevos jefes no dio buenos
resultados, por lo que no tuvo acogida en la población. Y como
no hay freno donde no hay educación, se propuso como meta la
aceptación de estos nuevos modos por parte de la población,
que, viéndose en peligro, tomó los caminos del exilio.
Al
hecho del acceso al poder y al mercado laboral sin la
educación y formación mínimas, de por si nefasta, se suma el
del poder aleccionador que ejerce en la población el que unos
cuantos puedan disponer fácilmente de todas comodidades y
hacer alarde de ellas mientras el resto vive en condiciones
infrahumanas. Pero el acceso al poder y el disfrute de las
comodidades sin la formación mínima debida tiene otro
componente moral, pues un nivel de vida así conseguido es
ilegal. Este hecho no es óbice para que la riqueza conseguida
no se haga ostentación, lo que dará lugar a la impunidad: los
abusos de los protegidos de los jefes no se castigan, hecho
que determinará, desde los albores mismos de la independencia,
la vida social de la Guinea Ecuatorial.
Otra
consecuencia del nepotismo, la de más incidencia sobre el
devenir del país, es la escasa relación entre los cargos
nombrados y las tareas existentes: comparados con otros países
de más población y dimensión, Guinea ha tenido en su gobierno
más cargos públicos. Pero como consecuencia de lo ya
largamente expuesto, no parece que exista ninguna relación
entre estos cargos y las tareas de administración del país: la
lista de los altos cargos es interminable, pero los aspectos
mejorables siguen sin conocer cambios, al contrario, día tras
día Ia ruina amenaza con cerrar las puertas de Guinea
Ecuatorial como país. Nadie dice nada, nadie se siente
aludido. Lo que importa es la relación con el jefe. "Si estoy
bien con Dios, no me importan los ángeles", frase que resume
este pensamiento, atribuida al actual presidente del
Parlamento.
El
estar bien con Dios significa que, cuidado este extremo, todo
es permitido a los que ostentan cargos en Guinea. Desde
abusos, de los que son víctimas los ciudadanos, hasta
apropiaciones y expropiaciones, nadie puede frenar a los
insaciables funcionarios de este país.
El
país descrito arriba es el que heredó el actual presidente
Obiang Nguema, tras un recurso violento, pero efímero, a las
armas, y tras haber detenido, juzgado y fusilado al primer
presidente Macías.
Como
el recurso a las armas fue un acto de justicia necesario, todo
el mundo creía que Guinea tenía todos los papeles para
sacudirse la vergüenza del pasado y restituir la normalidad
hasta los limites permitidos por el contexto internacional y
las conveniencias económicas de las potencias, que, al fin y
al cabo, son las que dictan las normas del negocio
internacional. Pero Guinea, salvo cambios formales, no se
desmarca del guión de la incompetencia, la corrupción, el
subdesarrollo y la impunidad. El país no avanza. Quizá hubiese
tenido el presidente una excusa al apelar a la injusticia
reinante en el contexto internacional, donde los más ricos
imponen sus criterios, en detrimento de los pobres. Además,
todavía pesa sobre las estructuras del país la sombra nociva
de los once años de Macías, donde se destruyeron los
fundamentos heredados de la época colonial. El apaño para
acallar las críticas a su gestión era la mención de la crisis
económica que se cernía sobre los países en desarrollo. Pero
todo subterfugio fue inútil cuando al principio de los noventa
se descubrió petróleo en las costas de Bioko y empezaron las
primeras exportaciones de crudo. En poco tiempo, los que
conocen las cosas empezaron a hablar de cifras y por segunda
vez planeó sobre la Guinea la amenaza, positiva, de
helvetización. La ingente cantidad de dinero que genera el
petróleo, dividido entre los habitantes, sería suficiente para
que cada familia tenga una casa digna, compre en el mercado lo
que quisiera, escolarice a todos los hijos y viva sin
sobresaltos médicos porque ni la calle, ni las aguas, ni la
basura ni los transportes públicos son una amenaza para su
salud... Y que sobre esto, si quisiera, añadiera elementos no
indispensables para la vida, como coches, televisores,
teléfonos y, como el apetito del hombre es insaciable,
completara la lista con barcos de recreo, antenas parabólicas,
coches de lujo y vacaciones en cualquier paraje paradisíaco de
estos sin recurrir a las bochornosas colas en los consulados
de los países ricos. Es de justicia reconocer que Guinea
tiene, además, lugares agraciados por la naturaleza.
El
cuadro que acabamos de describir todavía es un sueño para la
mayoría de los guineanos. En Guinea, el analfabetismo es
general y las infraestructuras siguen deshechas. El estado de
las escuelas sigue siendo de pena y el sistema sanitario
descansa en manos de unos desaprensivos que sólo buscan el
lucro personal, con el añadido de que las instalaciones
médicas claman al cielo. Ante este hecho, los organismos
internacionales y los países que pueden ejercer presión se
preguntan si es lícito que se mantenga este estado de cosas. Y
la simple lectura de los informes anuales de los organismos de
desarrollo constituye tal amenaza para la clase gobernante
que, para atajar las criticas sobre su desastrosa gestión,
mandó, a mediados del año 2002, proceder al censo de todos los
guineanos, con la consigna de que el resultado justifique la
leonina repartición de los recursos del país, donde unos
pocos, los de su entorno geográfico, tienen para gastos
lujosos, mientras que el resto sigue en la indigencia. Y los
resultados fueron de la justa medida de los deseos del pequeño
dictador, pues como por ensalmo, los guineanos se contaron en
un millón de almas, mientras ni las expectativas más
optimistas daban una proyección de 600 mil. De esa manera,
Obiang pensaba abortar de una vez por todas la amenaza de
helvetizacion que planeaba sobre Guinea.
Al
asombro sobre la situación del país, se suma el desconcierto
que produce en el observador externo el alto consumo entre la
masa de trabajadores de las empresas petroleras y otras
relacionadas con el sector de productos que no son de estricta
necesidad, como aparatos electrónicos, electrodomésticos,
teléfonos móviles, etc., sentimientos que se acentúan al
constatar que los usufructuarios de tan onerosos bienes
todavía viven en míseros e infectos cuchitriles y que, en
conjunto, sus casas recuerdan las chabolas de las afueras de
todas las urbes del mundo en desarrollo.
Hasta
ahora, el mundo desarrollado ha creído que el abandono del
monopolio del poder guineano, del que son tan devotos los
líderes africanos, permitiría el abordaje público de los
problemas y, corno ocurrió en otros países, se elegirían las
mejores soluciones a los problernas nacionales. Es la idea que
alentó la formación de partidos políticos, sostiene el recurso
democrático corno primera solución y presiona al régimen del
general Obiang para que haga un hueco a la democracia en su
agenda de perpetuarse en el poder. En los primeros años de esa
presión, el régimen tembló y buscó por todos los métodos
alivio a este nuevo mal y conjuro para lo venidero. Algunas
cabezas de los opositores más prometedores rodaron, hecho que
amenazó la paz, pues se veía que el régimen recurriría a las
armas si era necesario. Y con ello se despertaba el fantasma
de la peor época de Macías, en la que el miedo a una reacción
popular para sacudirse la opresión atenazaba tanto al poder
reinante que el país vivía un estado constante de excepción,
en que los militares se hicieron omnipresentes en toda la
república. Concomitante con la actitud represiva, el régimen
puso prosa al asunto reclamando para su país una democracia
"auténticamente a la ecuatoguineana". La antigüedad del
término, democracia, no fue óbice para que la clase política
la quisiera entroncar con sus inhumanas apetencias miles de
años después, y desde su paraje africano. Además, nadie
acertaba a descifrar lo que pretendía. Fue más tarde, años más
tarde, cuando comprendimos lo que reclamaba: en un país de las
características demográficas y sociales descritas, y en la que
sólo existe actividad pública en las dos ciudades principales,
Malabo, la capital, en la isla de Bioko, y Bata, en la parte
continental, hay 14 partidos políticos, en algunos de los
cuales sólo se conocen los miembros de la directiva, todos de
la misma familia. Ante las innumerables dificultades impuestas
por la clase política, los partidos optaron por aceptar las
abusivas condiciones del partido en el poder, el pomposamente
llamado Partido Democrático de Guinea Ecuatorial (P.D.G.E),
que dirige el general Obiang Nguema, y se convirtieron en
pregoneros de su política "realista". Hoy, de los catorce
partidos, trece de ellos tienen a sus principales líderes en
el Gobierno y, como dijo uno de ellos, "ya comen en la cocina
de Obiang". El único partido que ha rechazado siempre la
oferta del PDGE de entrar en el Gobierno, la Convergencia para
la Democracia Social (CPDS), ha conocido innumerables
dificultades, tantas para que su secretario general haya
pasado once meses en la infame prisión de Blay Beach, privado
injustamente de todas las comodidades. Esto era lo que quería
decir Obiang con eso de una democracia auténticamente a la
ecuatoguineana, una democracia en la que los líderes de los
partidos de la oposición se suman a la alabanza de los logros
del partido en el poder, y durante la campaña acompañan al
presidente del partido rival, al que apoyan pidiendo al pueblo
votos. Esta democracia, como se ve, no puede ser más
auténtica. Eso si, auténticamente a la ecuatoguineana.
Ahora
bien, expuestas las líneas medulares de la situación del país,
cabe preguntar por las razones que sostienen este estado de
cosas. ¿Cómo puede justificarse el estado de cosas de Guinea
Ecuatorial? ¿Cómo un país del que todo está sin hacer y en el
que ya no faltan los recursos monetarios puede todavía
mantenerse en esa postración? ¿Cuál es la razón por la que los
medios financieros no se destinan a mejorar el país?
La
discusión de estas interrogantes debe hacerse teniendo en
cuenta muchos factores, pues creemos que son muchos los que
inciden en el estado de cosas de la realidad guineoecuatorial.
La cortedad de nuestros medios nos impiden embarcarnos en la
ingente tarea de señalar las relaciones existentes entre las
bases teóricas que sostienen el estado de esta postración y el
sentimiento de la misma en la población. Pero expondremos
nuestro punto de vista tocando un aspecto que someramente
habíamos abordado en un trabajo anterior.
Como
ser histórico que es, el hombre no puede sustraerse al paso de
la Historia, que definimos, para relacionarla con el terna que
nos ocupa, como una sucesión ordenada de acontecimientos que
imprimen su huella en forma de estímulos nuevos en los
individuos, estímulos que, para imprimir un aspecto positivo
al paso del tiempo, deben servir para mejorar la vida, que
siempre tiene aspectos mejorables.
Si
aplicamos estos conceptos a la realidad guineana, deberemos
definir el espacio de tiempo que interesa acotar para ver lo
que supuso la impronta de la acción colonial de España en los
nativos. Este tiempo, que fue corto, no aporta muchos detalles
que permitan creer en la viabilidad de una comunidad regida en
su integridad por los nativos guineanos, los indígenas, pues
la acción colonial española, y eso no se dice con ningún
prejuicio personal, no contemplaba la posibilidad de preparar
al nativo para ocuparse de los asuntos de los que se ocupaban
las autoridades coloniales. La alusión a los prejuicios la
hacemos para aclarar que cualquier potencia que invade un
territorio y lo declara suyo no tiene como meta proporcionar
educación a los nativos, sino de servirse de su fuerza para
beneficiarse económicamente y, como fruto de ello, aumentar
sus dominios territoriales, legitimando dicha invasión
precisamente en el aparente hecho de que la población nativa
atesora menos recursos cognoscitivos.
En la
discusión de este asunto, la Historia aporta testimonios harto
elocuentes de la separación que existía entre la clase
colonial y los nativos, separación sobre la que se añade más
protagonismo al reconocer que la comunidad indígena no tenía
experiencia en el desenvolvimiento social propio de
comunidades más desarrolladas, como pueblos o ciudades. Los
planes de formación diseñados para los indígena tampoco
estaban diseñados para hacerlos iguales a los colonos, sino
que se dirigían a realzar las aptitudes manuales o mecánicas
de los primeros, pues se suponía que su capacidad mental no
daba para más.
La
rápida sucesión de los acontecimientos permitieron que
personas formadas para contar sacos de cacao, o para ejercer
de capataces, se convirtieran, de la noche a la mañana, en
jefes de ejércitos y en presidentes de parlamentos, cuando en
los países de los colonizadores a estos puestos se acceden
tras varios años de formación y tras otros años de preparación
al lado de personas que llevan muchos años en los mismos. Y
aquí retomamos el asunto de la escasa actividad de los
organismos públicos de Guinea, tan escasa que no parece que su
creación se debió a la identificación de una necesidad. Con
Macías empezó: una vez instalado en el poder, y no teniendo
experiencia ninguna en el gobierno, pues había formado parte
de un gobierno autónomo que lo era sólo nominalmente, mandó a
uno de los funcionarios de la antigua administración que se lo
diseñara, instituyendo los cargos públicos hasta un número que
expresamente había dado. Al funcionario contratado, que
tendría experiencia de otros países africanos en el que el
traspaso del poder se hizo de manera similar, le parecieron
humildes las pretensiones de Macías, confesión que hizo en una
revista que se publica en estas fechas en Guinea. Pero esta
humildad, conformándose con pocos altos cargos, no fue óbice
para que se ocupara nadie de la gestión de los asuntos
nacionales y en los once años que duró su mandato sólo había
actividad en el Ejército, para mantener al pueblo lejos de las
tentaciones de atentar con la vida del Único Milagro de Guinea
Ecuatorial. Macías, por no serle útil, abandonó todos los
palacios y se instaló en su poblado natal, en el bosque
metido. En aquel tiempo, la alusión a los ministros sólo se
hacían cuando tomaban parte en actos de alabanza pública al
presidente.
Su
sucesor es menos humilde y no se conforma con una docena de
ministerios. Es un hombre ambicioso, y generoso, y en su
último gobierno, formado tras unas elecciones descaradamente
fraudulentas, se ha querido rodear de al menos una cuarentena
de altos cargos, de los que las tareas encomendadas sólo están
en el papel. Las otras instituciones cuyos cargos también
fueron elegidos tampoco se acuerdan de para qué fueron
elegidos. Por su ejemplaridad y descaro, citaremos dos
instituciones que en la Guinea de hoy podría citarse como
prueba de lo meramente formal que son todas las instituciones
públicas: el Parlamento y los ayuntamientos.
El
Parlamento guineano, llamado por el entorno del poder como
"Parlamento multicolor", por la aceptación de políticos de la
oposición de la cocina de escaños regalados por el PDGE en
elecciones fraudulentas, está compuesto de 80 escaños, 5 de
los cuales están ocupados por esa oposición domesticada. Como
quiera que una acción legislativa seria se enfrentaría a los
abusos del poder ejecutivo, y que en este tipo de régimen
nadie cuestiona lo que se hace desde el Palacio, los
diputados, la mayoría de los cuales es analfabeta y tienen
unas comodidades envidiables, se reúnen de vez en vez en unas
sesiones del parlamento y en una cosa que llaman comisión de
quejas y peticiones, se convierten en jueces y resuelven
asuntos de derecho común, algunos tan rocambolescos como
separación de matrimonios o reclamación de deudas. Lo insólito
de los casos que tratan no es óbice para que lo hagan en la
intimidad del hemiciclo, sino con ¡la presencia de la
televisión! Y no seria descabellado pensar que si el
Parlamento se dedica a los casos de derecho común es porque
los tribunales no se dedican a su trabajo. Pero los casos no
se quedan sin resolver, pues todos los guineanos sabemos que
en las comisarías se discuten casos que se deberían remitir a
los jueces, pero que los policías resuelven y sancionan sin
importar a nadie que si no se formaron para ser policías,
mucho menos para ejercer de letrados. Los altos mando del
Ejército también imparten justicia, pero con independencia de
la justicia legal y la del Parlamento.
Estos
casos en que las instituciones no se dedican a los asuntos
para los que fueron creados no por insólitos son desconocidos
por las altas esferas del poder. La demostración de este
descaro ocurre en las ciudades de Malabo y Bata. En las
últimas elecciones municipales, el PDGE "arrasó" y colocó a
sus candidatos en los respectivos ayuntamientos de ambas
ciudades. Pero tanto el partido en el poder como el Gobierno
saben que los candidatos han sido agraciados por el
presidente, como ocurre con todos los cargos del país, en esa
dinámica por premiar lealtades con cargos públicos, sin
importarle nadie que los agraciados carezcan de aptitudes para
ejercerlos. Los altos estamentos del poder guineano saben que
los cargos no tienen ninguna relación con ninguna tarea; todo
el mundo lo sabe. Los maestros, los médicos, los parados, los
funcionarios en general, todos. Por eso, en vísperas de
acontecimientos importantes de la vida nacional, como fiestas
o cumbres internacionales, o cuando la basura de las ciudades
de Malabo y Bata amenaza con paralizar el tráfico de las
calles, las autoridades no refuerzan la actividad del
ayuntamiento en la limpieza de la ciudad, no. Tampoco se
discute la idoneidad del alcalde ni se cuestiona su eficacia.
Lo que hace el Gobierno, cosa que ya va siendo una tradición
nacional, es repartir las calles entre los ministros del
Gobierno, quienes, ayudados por los funcionarios de sus
respectivos ministerios, se encargan de su adecentamiento,
corriendo a su cargo la provisión del material necesario. No
es raro ver en la calle de Malabo a un maestro, armado de su
escoba, embarcado en la tarea de ayudarle al alcalde a
mantener su cargo. Como en otros países, el señor alcalde está
asistido de sus tenientes y sus concejales. Y todos ellos
fueron elegidos por su lealtad al jefe, que es lo que más
importa.
Este
apartado, el de los ministros-alcaldes, que es un escándalo
más, dentro del perpetuo escándalo en que se mueven las
instituciones guineanas, es harto ilustrativo del porqué de
los constantes fraudes electorales: el Presidente podría
declararse vitalicio y no someterse jamás a votaciones, ni
teniendo la seguridad de mayorías "abrumadoras". Pero tiene
que renovar constantemente su círculo de lealtades premiándolo
con cargos. Por eso, las elecciones son transparentes cuando
ganan sus candidatos. El objetivo de las elecciones no es el
ejercicio de la voluntad popular, sino la provisión de nuevos
cargos para los leales al jefe.
Si a
la oposición le hubiera tocado una alcaldía y la hubiese
gestionado con solvencia, seguro que hubiera encontrado una
dura oposición del PDGE. Eso, que es una suposición, ya
ocurrió con la CPDS, que tuvo que abandonar los escaños del
ayuntamiento de Malabo. Es el uso de la psicología del testigo
ausente: "si no puedo o no quiero hacer algo, que mi enemigo
no lo haga, y así no me llaman torpe y le alaban a él".
La
desidia con que se trata en Guinea los temas comunes a veces
es tan voluntaria que roza lo desesperante. Pero es una
desidia tan calculada que podríamos hablar de una desidia
voluntaria. Es posible que desvariemos hablando de esto, pero
nuestra rabia no tiene contención. Estamos hablando de la
gestión cultural. Existe en Guinea un Ministerio de
Información, Turismo y Cultura, y en él hay tres altos cargos
con derecho a asiento en el Consejo de Ministros: el Ministro
de Estado, el Ministro delegado, y el Secretario de Estado de
Prensa, Radio y Televisión. En realidad, la prensa apenas
existe y la radio y la televisión son el espejo del país. Esta
citación que hacemos es meramente testimonial. La mención de
este ministerio es para hablar de un tema penoso. Y es que fue
en el antiguo instituto de bachillerato donde, a principios de
los 80, se instaló el Centro Cultural Hispano-Guineano de
Malabo, creado para fortalecer los vínculos culturales entre
España y Guinea Ecuatorial. Evidentemente, a Guinea le
favorecía más, por sus particularidades geográficas, políticas
y económicas. En el citado centro, se hallaba la Biblioteca
Nacional, institución heredada de la época colonial, con
fondos antiguos y otros donados por la Agencia Española de
Cooperación Internacional. Para hacer justicia a su
denominación, el centro estaba regido por un patronato
compuesto por personas de ambas partes, hasta que en uno de
los enrarecimientos de las relaciones hispano-guineanas la
parte española rescindió el contrato de codirección y se
desprendió de la guineana, que hasta entonces había sido
meramente testimonial. Desde entonces, los sucesivos ministros
de Información han estado reclamando el edificio, sin
importarles que era en el centro donde muchos guineanos vieron
una obra de teatro por primera vez, por citar un ejemplo, y
que era el lugar donde estaba situada la única biblioteca del
país. Que era donde se publicaba un libro en muchos años. Que
era, en definitiva, el centro que dinamizaba la vida cultural
de Malabo. No tuvieron en cuenta ni estas ni otras razones y
fue tanta su insistencia que el Gobierno de España cedió y
entregó el edificio, tras construir en Malabo el Centro
Cultural Español. Para que el edificio se dedicara a
actividades culturales, los responsables de la Cooperación
Española dejaron intacta la biblioteca, a la que enriquecieron
con nuevos títulos. Se hizo la entrega del edificio y nuestra
sorpresa fue grande cuando, muchos meses después, descubrimos
que nadie había acertado a qué destinar el edificio y, lo
peor, seguían abandonados, al albur del polvo, la polilla y de
los vendedores de papeles para envolver, los miles de
ejemplares que a los guineanos les hace tanta falta. Los tres
altos cargos siguen apareciendo por radio y televisión y en su
cara no hay sombra de pena.
El
día 11 de octubre de 2003, a pocas horas para que suenen las
salvas por el 35 aniversario de la independencia nacional, la
selección de fútbol de Guinea se enfrentaba a la de Togo y
ganó el partido. Por la mínima... Eliminatorias del próximo
Mundial. Hace muchísimo años que no gana esta selección a
ninguna, tanto tiempo que no recordamos que este hecho haya
tenido lugar. Ni hemos visto a nadie que haya vivido una
victoria de la Selección Guineana de Fútbol. Como para
practicar el fútbol se necesitan como mínimo los balones y el
campo, podemos decir que no gana porque en Guinea no hay
tierras para pegarle al balón, ni francos CFAS para unos
balones Nike cosidos por niños tercermundistas. Pero Guinea
ganó. Como es algo que nunca hemos vivido, y no se produce
cada año, vale la pena celebrarlo. Todos somos amantes del
fútbol, y buenos patriotas (aquí se dice nacionalista). Pero
no vamos a celebrar la victoria de Guinea. ¡Era lo que nos
faltaba! Porque tras quedarse sin voz mientras nuestros
hermanos chapotean en los charcos y luchan en los barrizales
para desbordar a los defensas contrarios, al pitido final
seguirá una procesión de miles de nacionalistas que elevarán
el puño para celebrar la victoria, y en su alocado recorrido
por las calles no se darán cuenta de que pisan aguas fecales
de tubos rotos en vías urbanas. Como no hay agua en las casas,
el sudor producido se irá a lavar a los ríos próximos y la
euforia de la histórica victoria no les permitirá ver la
sinrazón de dejar la casa a estas horas para bañarse en el
río, cuando este país tiene seis meses de lluvias y tenemos
petróleo. Era lo que nos faltaba, pues los miles de
analfabetos que no habían encontrado ninguna razón para alabar
la acción del Presidente dirán ahora que ha encontrado la
horma del zapato. El ministro de Deporte, que ni practicó
deporte ni tiene estudios, paseará su éxito por el país y
defenderá otra vez la política realista de... Nadie dirá luego
que los campos de fútbol no pueden ser como son los de Guinea
ni que los espectadores no se merecen estas calles. Este país.
Estas
particularidades, de las que hemos hablado en varios trabajos,
no son desconocidas por los guineanos. Los guineanos saben que
sus hijos no tienen escuelas; saben que las salas de los
hospitales son un foco de infección. Saben que el alcalde es
un "enchufao", e incluso saben que es un yerno. Todo el mundo
sabe que a veces los ministros ejercen de alcalde, o, al
menos, de teniente de alcalde. Los guineanos saben que en la
comisaría de policía se multa y se juzga por crímenes de
derecho común. Los guineanos disfrutan con las sesiones
parlamentarias y saben que por cualquier bagatela pueden
presentar una denuncia en el Parlamento y ser escuchados por
su Presidente. Pero para mucha gente, muchísima gente, esto es
normal. A los que abordan el problema guineano desde otras
realidades les chocan ciertas afirmaciones, y como a veces
atesoran más títulos, expresan sus reticencias a ellas. Y
buscan justificaciones. Lo normal, arguyen, es que estas
personas se callan porque defienden su vida, pues no en vano
viven una dictadura. Es posible. Pero lo que no logran
decirnos es la razón por la que se dan los indicadores de
alfabetización de los países y cómo podrían influir los
indicadores guineanos en la percepción de los problemas del
país.
Hace
poco, la empresa Mobil celebró en Malabo la extracción del
barril número 250 mil. Como no es un asunto que nos tocó de
cerca, no nos informamos tanto, por lo que es posible que en
vez de 250.000 sea 250 millones. Pero da igual, aunque nos
inclinemos más por la última cifra. Si Guinea fuese un país
con otra sensibilidad, esta celebración hubiera sido un
escándalo, pues su desastroso estado no permite frivolidades
de este tipo. La gente hubiera entendido la provocación y
hubiera exigido responsabilidades por la afrenta. Pero aquí no
ha pasado. El acto fue divulgado por los medios de
comunicación nacionales, pues a ella asistieron autoridades
guineanas. Para inmortalizar el acto, fueron repartidos
paraguas y camisetas con la inscripción del hecho. Los
agraciados pueden leer para siempre que en tal día Mobil
empobreció más al país llevándose el barril número tal.
Hay
más de una decena de empresas relacionadas con el sector
petrolífero. Hay otras que invierten en otros sectores, para
aprovechar la efervescencia económica. Y aunque estas empresas
son extranjeras, imprimirán un cambio al país. Todo el ruido
que hagan hará que haya más ojos sobre Guinea, lo que se
traducirá en más presión sobre las autoridades para que
mejoren la vida del ciudadano. Y algo se hará. Habrá más
carreteras. Un hospital más, quizá. Pero habrá más hoteles,
más negocios de particulares, más restaurantes y algún
edificio que se vea desde lejos. Pero detrás de todos estos
edificios deslumbrantes, lejos de las luces de neón, se
levantarán las míseras casas de los ciudadanos de este país,
estas casas a las que acudirán tras saltar de las gradas de
sus campos embarrados, recorrer las calles de aguas fecales,
bañarse en los ríos. Desde ellos podrán recoger la llamada del
teléfono portátil y se enterarán de que el niño ha sido
ingresado otra vez en ese infecto hospital".
Editado
y distribuido por ASODEGUE
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