CONSTANTINO
OCHAA NVE
Exponente
máximo de la simbiosis entre la cultura autóctona y la
cultura española, de la extensa obra poética de
Constantino Ochaa Nve — representada aquí por su producción
más reciente—, sobresalen sobre todo las imágenes,
plenas de fuerza descriptiva, evocadora, y el dominio del
lenguaje, en un estilo que huye deliberadamente de la
vulgaridad, para presentarnos un universo personal pletórico,
sensitivo, como una sinfonía cuyo fondo orquestal estuviera
dominado por el eco de una cascada, por el glorioso triunfo
de las aguas sobre las aguas. Nació en Nsangayong, Mongomo,
en 1943. Tras los primeros estudios en Nsock y Ebebiyín,
ingresó en el Seminario de Banapá, continuando luego el
bachillerato en el Instituto de la entonces Santa Isabel. En
esos años se inició en la actividad literaria, colaborando
en las revistas La Guinea Española y Bantú,
período que culminaría con el Primer Premio de Poesía del
Ayuntamiento de Santa Isabel, que le fue concedido, «ex-quo»,
en 1966. Al año siguiente, se matricula en la Facultad de
Filosofía y Letras de la Universidad Complutense de Madrid,
donde se licenció en Geografía e Historia. Ha formado
parte del comité de redacción de obras enciclopédicas de
la Editorial Rialp, donde ha publicado Tradiciones del
pueblo fang, Madrid, 1981; y fue uno de los promotores
del Círculo Cultural Afrohispánico, creado en Madrid el 12
de octubre de 1976. Al regresar a Guinea Ecuatorial en
noviembre de 1979, estuvo al frente del Instituto de Enseñanza
Media «Rey Malabo», y actualmente es miembro del Gobierno
guineano.
EL
DOLOR
Absorbente
como
una espuma de soles
que
suspende tenues chorros
sobre
el estoico cristal;
tan
doliente.
Como
el látigo infernal
que
arañaba con horror
la
carne de los esclavos
condenados
a morir.
Permanente
como
burbujas de sal
que
drogan olas marinas
—en
saltos veloces y agrios—
y
no se dejan beber.
Inconsciente
como
los pasos que marca
un
sonámbulo buscando
el
dormitorio de Orfeo
en
las brumas de la noche.
Recaliente
como
el cráter eruptivo
que
vomita lavas rojas
como
brasas ercinianas
que
prenden fuego al crepúsculo.
Excelente
como
el panal de la miel
que
impresiona al paladar
hasta
embriagarla o marearla
con
el colmo de sabor.
Evidente
como
la armonía astral
que
exhala bellezas claras
de
celeste antología.
Imponente
como
la puesta del sol
que
propaga poderosa
su
claridad espacial.
Son
las reglas del dolor,
tan
impacientes,
deprimentes
y
exigentes
que
no
se
mueren
fácilmente.
ARMONÍA
EN LA VECINDAD
Son
nubes cumuliformes,
un
recital de escarlata,
islas
de algodón sedante,
maquetas
y alfombras blancas
en
colinas deambulantes
que
repueblan mi galaxia,
manto
de nieve celeste
y
caudal de chorro astral.
Con
sus estridencias térmicas
arde
nerviosa mi nave
surcando
espacios a Yaoundé
sobre
frondosos paisajes.
Y
sonríe imperturbable
bajo
las nubes que surco
el
charco que une Malabo
con
Douala mientras me cruzo.
¡Qué
manso azul vespertino
que
desde el aire estampaba
caricias
de hondo lirismo
sobre
su azulado mapa!
Sendos
acordes monótonos
del
viento y de los motores
de
mi máquina volante
rompen
cargas de emociones
en
crepúsculo de fuego
tibio,
gracioso, dorado,
rayos
tenues que dormitan
sobre
el relieve africano.
Y
mi camino de nubes
iba
escribiéndome versos,
cúmulos,
cirros, nimbos
con
sus rictus pintorescos.
Sólo
veo, sólo quiero
aspirar
el infinito
blanco
con mi acero alado
pletórico
de sentidos
y
colmar mi fantasía
de
las bellezas celestes
de
tan dulce travesía.
Así
y todo fui volando
camino
del Mont Fébé
para
pasar noches líricas
en
el Novotel Yaoundé.
Siguió
mi frenesí
cuando
repetí mi singladura.
El
bosque verde dormía
bajo
mi paisaje blanco,
extendido
libremente
en
la ruta que coordina
la
vieja africanidad
de
Malabo y sus vecinas.
BATA
Entre
nimbos cristalinos
navega
mi acero alado
hacia
el paisaje de cocos,
hacia
el imperio de mangos.
La
villa de cocoteros,
del
jolgorio y del turismo
canturreaba
sus recuerdos
como
sueños sin sentido.
Surge
la Bata que busco
entre
aires de mar y jungla
y
bajo el manto perlado
de
sus soles y sus lunas.
La
ciudad del torreón
tiene
semblanza de fiesta,
tardes
henchidas de vida
y
una feria que desvela
hasta
el colmo de la noche.
La
ciudad del ecuador
besa
muda los kong-kong
de
su histórico reloj.
En
sus noches africanas
suspira
aires de Ngoló
entre
ecos y danzas rítmicas
que
hierven el ecuador
cuando
tormentas de octubre
inundan
las noches negras
con
descargas torrenciales
que
su atmósfera dispersa.
Con
el giro vespertino
su
cielo exhala tabú,
la
torre sin inmutarse
besa
arrogante su azul,
al
tranquilizarse el tiempo
con
sus ondas invasoras
Bata
barre con el viento
sus
calles rotas y amorfas.
Ella
vibraba de fiesta
con
su ambiente pintoresco
de
cálida urbe bantú,
sin
rencores ni complejos.
También
lloraba de angustias
con
su corazón surcado
de
congojas, de martirio,
de
los dramas del pasado.
Vi
en su semblante de arrugas
un
festival de esperanzas,
un
arsenal de fantasmas,
pesadillas,
añoranzas.
Vi
su parque de marfil,
vi
su playa tropical
estoica,
triste y trocada
en
mil fangos de cristal.
Vi
hermosuras de diamante
con
su gracia juvenil
ofrecer
a los lactantes
sus
papayas de marfil.
Era
una ciudad sin casco,
enfermiza
y amargada.
Infinitamente
triste,
sosa,
ñoña, resignada.
La
ciudad del torreón
sufre
penuria de harina,
de
agua, de carne, de coches,
de
misas, de gasolina...
la
ciudad del torreón
es
un poema de recuerdos
que
abre tímidas sonrisas
a
su picaresco pueblo.
La
ciudad de los palacios
suspira
noches de rumba,
de
acordes, antologías
y
folklore en sus penumbras.
LIBERTAS
Río
de vida y nostalgia
susurran
turbias tus aguas
delirio,
llanto, crecidas
y
cascadas desmayadas,
ritos
fúnebres de magia
retaron
tu fluir de paz
para
ocultar maleficios
en
tu espumoso caudal.
Corta
el curso vagabundo,
alocado
y deprimente
de
escandalosas tormentas
y
aluviones que destruyen.
Siento
la sed de bañarme
para
lavar mi amargura
en
el murmullo fluvial
de
tus brumas y ternuras.
Un
viento agitó tus aguas
transformando
tus espumas
en
corrientes desbandadas
y
en riachuelos que se esfuman.
Un
bosque de hongos mortales
en
tus laderas sembraste
para
hacerme a mí beber
tus
aguas envenenadas.
Mi
tierra perdió su espíritu
por
la sangre de la guerra
sacrílega
y fratricida
que
sembraron tus pecados.
Muchos
ríos vagabundos
saturados
de sequía
buscan
y adoran y besan
y
roban tu escurrentía.
Te
persiguen locos surcos
para
remontar el curso
de
tu infinita hermosura.
Fuego
frío, chorro ingenuo
de
corrientes revoltosas
que
iniciaste mis guerreros
en
tu cuenca de aguas frías,
mil
artistas, poetas nobles
quisieran
cantar tus brumas
para
armonizar el ritmo
de
tus aguas tropicales
y
el alborotado fluir
que
en tu cuenca de areniscas
humedece
la belleza
que
agita tus olas líricas.
Mi
ilusión se fermentó
en
tu cristalino oxígeno
para
aspirar tu vertiente
de
saltos enfurecidos.
Savia
dulce de mi vida
que
perfumas tierna flor
de
fragancias que arrebatan
el
fervor de mi nación,
yo
siempre la siento amando
vertebrante
de conjuros,
del
folklore de tu bosque
de
okumes y ébanos puros.
Nada
palpo mi suspiro
sino
esta llama arrogante
que
se yergue majestuosa,
que
amuralla mis entrañas.
Reptil
acuoso que bañas
a
mis tribus testarudas,
protege
mi patria loca
en
tus ondulantes curvas,
aunque
muera, como a veces,
o
se pierda en el secuestro
de
borrascas conspirantes,
de
tus rayos, de tus truenos,
tus
hechiceros y magos,
los
dragones de tu flora,
tus
ciclones tempestuosos,
tu
adusta selva frondosa,
jamás,
jamás confundía
mis
orígenes divinos
es
la libertad que llevo,
el
delirio de mi pueblo,
la
pasión que me enloquece,
placer
que de veras quiero.
Jamás,
jamás dejaré
de
quererla siempre y siempre,
aunque
oculta en el abismo
y
en galaxias más lejanas,
aunque
tus antros la escondan
o
condenen inclementes
en
el letargo tedioso
del
camino hacia la muerte