LITERATURA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

CRISTINO BUERIBERI BOKESA


Dice Cristino que nació, en 1947, en Itojiopaepolo, un pueblo que sí aparece en los mapas de la isla de Bioko, o Fernando Poo, pero con otros nombres: Basacato del Este, Basacato de la Sagrada Familia. Esa preocupación por recuperar sus raíces, las raíces de un pueblo bubi, constituye una de sus constantes vitales, pero no para arrojar su cultura a la cara de nadie, sino para engrandecerla por el conocimiento y la comprensión, evitando que se diluya en la vorágine de los tiempos que corren: él sabe que la cultura es un arma, pero no un arma ofensiva, ni defensiva, sino un instrumento de pacificación, esa paz que sólo ahora empieza a tener, ya en la recta final de sus estudios de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid. Pues su vida —otro exponente de una generación...— ha sido dura: «a los once años, sin haber estudiado literatura ni leído un libro —dice— escribí mi primer poema, "Estrella luciente"», y es que el permanente contacto con la naturaleza dio a su espíritu una especial capacidad de evocación. Sus padres (él maestro, modista ella) le animaron a seguir adelante, le metieron en un colegio de claretianos (donde uno le conoció, allá en la pubertad, con un espíritu ya reflexivo y el semblante serio) para que se familiarizara, dentro de lo posible, con fray Luis de León, Jorge Guillen, Machado, Juan Ramón... Muchos años después, en 1970, con un poema titulado «Miss Santa Isabel» —reminiscencias machadianas con una pizca de Lorca— ganaría un premio de poesía. Pero la incipiente gloria duró un suspiro: apenas unos años después, Cristino se había convertido en anónimo pescador, un buen disfraz para poder sobrevivir inadvertido durante los tiempos sombríos. Época en que —confiesa— aprovechó todo rato libre para plasmar sus inspiraciones en el mar «en papeles utilizados como envases para el cemento». Ahora ya da recitales en Madrid, Barcelona y otros escenarios ilustrados, ante la general admiración de un mundo que le ve emerger desde el mar de los sargazos.




LOS JENJENES *

Vosotros, tenues jenjenes;
revoltosos, mañaneros,
que pululáis en el aire
con vuestros débiles vuelos.

¿Por qué invadís, atrevidos,
mi cara y mis suaves brazos,
si con un segundo de veloz
vida morís reventados?

Amanece el astro rey
de su cama de arreboles
manchada, y os agolpáis
como hojas de las flores.

Hambrientos piojos del aire.
Enjambre ruin de abejitas.
La roja miel de mis venas,
absorbéis, mudas y tendidas.

¿A qué os llenáis, golosas;
si después de todo lleno,
con vuestras alas de paja,
apenas voláis del suelo?

Vuestro diminuto abdomen
hincháis como tubito
frágil y quebradizo,
de cariz dorado y fino.

Viene el humo y os esfumáis
como polvillos ligeros,
agitados por el viento
tácito del blanco cielo.

¿Dónde dormís, silenciosos;
cuando ya el día declina
suave, roja de granate,
durmiendo el sol en la cima?

Dejadme en paz, golosas.
Marchad a vuestras camas
de agujerillos rellenos,
con vuestras alitas blandas.

(*) Diminutos mosquitos apenas percibidos por la vista.





NOSTALGIA DE MI TIERRA


Me dirás, tú, mar inmenso.
¿Dónde está mi bella tierra,
que desde esta lejanía divisar
quiero con afán marinera?

¡Oh!, ¿quién desvelar pudiera,
esta nube que me anubla;
que a mi tierra cubre blanca,
oscura, porosa y muda?

El veloz viento no sopla.
El sol ocultado está.
El cielo su rostro encubre.
Muge rotunda la mar.

¡Tierra mía, tierra mía!
¡Qué lejos estás de mí!
¡Mis ojos, suaves, anhelan
fieles tu verde verdín!

Los pájaros ya no cantan.
Ya no se oye su clarín.
¡Tierra mía, tierra mía!
¡Qué lejos estás de mí!





ELTOPO TOPERO

Érase un topo topero
que topó un día
a una botella de topé (1)
pues para él era café.

«A que no sabes,
querido lector,
a qué se parece el topé
al topo enredador.»

El topo topó al topé.
Al toparlo le dejó borracho. 
Al dejarle borracho y beodo
se estancó el buen topacho.

Al estancarse
no vio ni oyó.
Al no ver ni oír
dormido quedó.

Al quedarse dormido
inició grandes ronquidos.
De estos ronquidos
se le giraba la cabeza.

Al girarle la cabeza,
sintió los movimientos
de rotación y traslación
de la tierra con riesgo.

La tierra se le saltaba,
brincaba, bailaba...
El cielo entero parecía
caer sin calma.

¿Sabes qué hacía entonces
el topo que topó al topé?
Pues que se embarraba
convulsivamente sin tracción doble.

Así suele suceder,
querido lector, a los borrachos
que se entregan sin descanso,
a las bebidas alcohólicas.

Aunque para ellos,
el topé es el coñac.
Y el topo, como verás,
son ellos mismos.

(1) El topé es una bebida típica de los Bubis; se extrae de las células lechosas, vid de las palmeras, que es la savia. 





Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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