LITERATURA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

MAPLAL   LOBOCH

 

 

LA ULTIMA CARTA DEL PADRE FULGENCIO ABAD, C. M. F.

   Amadísimo Padre:
   Aún parece que fue ayer cuando zarpamos por vez primera de Santa Isabel en aquella goleta que, como sin duda V. R. recordará, llamaban «Ligera» aún no sé por qué. Parece que fue ayer, sin embargo, cuánto tiempo ha podido transcurrir, cuántas estaciones de seca, cuánta lluvia ha podido caer desde entonces sobre este techo de zinc que intenta por todos los medios protegerme del furor de los elementos. El mar, parecía un lecho (permítame V. R. la comparación) tan lisa y llana estaba y el reflejo de la luna sobre aquella especie de sábana, tensada en el embozo por alguna mano angelicalmente primorosa, puesta por Dios para ofrenda inmerecida a los hombres, acrecentaba más, si cabe —en los vértices del suave encontronazo— el halo irreal que respiraba toda la bahía.
Parece que fue ayer, sin embargo, cuánto tiempo ha transcurrido desde aquel 12 de agosto. Y todos aquellos expedicionarios, con rumbo a una misión que ellos presumían fácil, descansan en la paz de Nuestro Señor Jesucristo. Eran ellos, con vuestro humilde siervo a la cabeza: los Padres Joaquín Juanola e Isidro Villa y los hermanos Ramón Greu, Melitón' Huici y Ramón Ginesta. Recordará también V. R. que a última hora no pudo sumarse a nosotros el Padre Pedro Rivas, herido ya de muerte por una tuberculosis pulmonar (Dios le tenga en su gloria).


   Parece que fue ayer cuando tras seis días de navegación divisamos, por fin, esa especie de promontorio, esa casi giba de carey milenario que desafía impávida las furias del océano, que se alza altiva e insultante frente a los vientos, las algas o el zargazo y que incluso el olvido de las rutas marinas que marcan el cartabón, el sextante y las brújulas han dotado de un egoísmo hierático.


   No le voy a volver a contar con qué cuidado preparamos las medallas, las cruces con sus respectivos cordoncillos, los escapularios, los rosarios y las estampas, porque el Padre Frígola había estado antes y vino diciendo que aquella era la buena gente, la mejor sin duda, que los portugueses habían hecho una buena labor, que habían prendido casi definitivamente en aquellas gentes las raíces de un cristianismo auténtico, real, mas ya casi seco por falta de un continuo riego espiritual que sólo una acción pertinaz y constante, como la que segrega una misión, podía conseguir. Llamóle también la atención al Padre Frígola la religiosidad de las gentes de la isla, el cuidado con que el de la capilla guardaba los vasos sagrados que habían dejado los jesuitas al abandonar la misión, y la facilidad con que los más ancianos cantaban de memoria y en latín las letanías de los Santos. Mas qué lejos estaban sus apreciaciones de la realidad.


   Nada más echar anclas, la «Ligera» se vio rodeada inmediatamente de numerosos cayucos repletos de tripulantes, que sin hacer caso de los objetos religiosos que generosamente les mostrábamos, no se cansaban de decir a gritos, ardench, panu, tabacu —más tarde sabríamos que pedían alcohol, ropa y cigarrillos—% Ya se imagina V. R. nuestra primera y gran decepción, pues pronto comprobamos que no son estas gentes, estas sucias y paupérrimas gentes, tales como las pintaba el Padre Frígola. Y eso que nos recibieron, en principio, bien y hubo llantinas de las mujeres más viejas, y sacaron a todos los enfermos para que nosotros les curásemos, y los niños se acercaban y nos besaban la sotana y las manos, pero al ver que nosotros no teníamos poder para librarles de sus sufrimientos terrenales fueron apartándose de nosotros poco a poco y todos los esfuerzos que hacíamos eran infructuosos.


   Tal vez fue a causa de tales disgustos que poco después enfermó de fiebres el hermano Huici. Mas sepa V. R., que en ningún momento decayó su fe, y que a pesar de los vómitos y la desgana, se le veía enteramente conformado, alegre y. hasta gozoso, haciendo alardes de paciencia y humildad, no quejándose nunca, obedeciendo a ciegas y sufriendo, sin inmutarse jamás, las burlas y las reprensiones de estos indígenas. Seis meses después, como V. R. ya sabe, entregó su alma, su cándida alma, al Creador. Resultó conmovedor que después de confesarse y reconciliarse varias veces, pidió permiso a vuestro humilde servidor para congregar a la Comunidad, y estando todos reunidos en torno de su lecho, nos susurró con voz entrecortada: «Les suplico que me perdonen y me encomienden mucho a Dios, que si yo puedo ir al cielo, rogaré también mucho por ustedes». El hermano Huici, como sin duda V. R. sabrá, tenía únicamente veintidós años.


   Mas, a pesar de todas las dificultades, fuimos abriéndonos paso. Primero fue la escuela, luego la iglesia. Poco a poco, la gente empezó a entrar en ambas, de nuevo aprendieron a rezar y a tener temor a Dios, a bautizarse, el primer matrimonio canónigo todavía lo recuerdo como si fuese ayer. El serio y grave, con un traje que pidió de Santa Isabel, ella con un vestido corriente y un ramo de flores silvestres en las manos. ¿Qué le puedo contar ya a su V. R. que usted no sepa?


   Por eso ya es hora, amadísimo Padre, de que le diga realmente el objeto de mi carta. Le pido de antemano que no sea usted demasiado severo conmigo, con ese pobre viejo que poco a poco se ha ido pudriendo en esta isla, que ha consumido su vida, que ha renunciado a Satanás y a todas sus pompas, que sólo ha pedido servir al Señor con profunda humildad. No quisiera, amadísimo Padre, que vuestra justa cólera cayera sin clemencia sobre este pobre debilitado por la fiebre y la soledad, aunque sé que merezco cualquier reproche por duro que éste resulte.


   He sido humilde. He aceptado todo lo que el Señor ha querido enviarme para ponerme a sus amorosas pruebas, pero llegado estos momentos en que mi vista empieza a vacilar, y mi pulso a temblar me pregunto si han valido la pena todos nuestros sacrificios. Me pregunto, amadísimo Padre, por quién dio la vida realmente el hermano Huici, después el Padre Villa. A esta hora, a las doce de la mañana, toda la gente de la isla está en el Viyil, escuchando cómo pasa el tiempo, cómo el comején destroza entre sus ávidos dientes invisibles la paja y la ñipa, mientras esperan los cayucos que han ido al mar. Me gustaría que estuviese aquí V. R. y que se fijase en ellos, que los observase atentamente, en todos sus actos y en todos sus movimientos, como yo lo he hecho a lo largo de todos éstos años, y entonces tal vez sospeche como yo y llegue también a la conclusión, como yo he llegado, de que muchos de nuestros esfuerzos, no diré todos, por evangelizar a estas gentes, por inculcarlos el temor y el respeto, y la adoración a Cristo y a todos sus mandamientos, han sido baldíos.
Ya sé que V. R. me remitirá a los bautizos, a las bodas, a las comuniones, que efectivamente han sido numerosos, pues casi todo el mundo está bautizado y muchos de ellos han abandonado de hecho la poligamia y las supersticiones. Mas no estoy del todo seguro que tras abandonar la iglesia no se dediquen a otras prácticas, a otros ritos, donde se mezcle lo aprendido y lo ancestral.


   No hace mucho tiempo, amadísimo Padre, cuando la marcha del último gobernador español de la isla (individuo que se hizo impopular, con justicia, entre estos isleños por las numerosas arbitrariedades que cometió) los más jóvenes del Viyil agarraron la cruz que preside el recinto y la hundieron en el agua creyendo que con eso iban a lograr que las apacibles olas se embravecieran y hundieran la foraborda del odiado gobernador. Le juro, y le pongo por testigo a los Santos Justo y Pastor de Alcalá de Henares —como usted sabe, mi pueblo natal— que en aquel momento tembló mi fe en la obra a la que he dedicado, no sólo yo, sino todos mis hermanos, mi vida. Me pregunté si había valido la pena dejar una vida cómoda, llena de las cosas gozosas y las conquistas que el hombre blanco ha hecho para confundirme con estos hijos de Cam, cuyo único afán es embriagarse, fornicar y haraganear por el pueblo mientras sus mujeres se parten el espinazo en sus fincas.


   Espero que V. R. sepa perdonarme estos' momentos de debilidad, productos más bien de la vejez y de la soledad que de otra cosa. Sé que el barco tardará mucho en volver de nuevo aquí, de todas formas en previsión de lo que pueda suceder, le ruego, amadísimo Padre, transmita usted un saludo a mi madre y a toda familia que me recuerde y espero que V. R. me comprenda, una vez más, y ruegue una oración por este humilde pecador.


 

Editado y distribuido por ASODEGUE

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