MARCELO ENSEMA
LA ULTIMA PALABRA ES EL SILENCIO
... Y la primera. Así le pareció, al menos, a la señora Crys. Se había aprisionado en un círculo rebelde, en torno a ella, la atmósfera sudorosa de la tarde. La señora Crys estaba agobiada, indecisa. El mercado le pareció un silencio sonoro, poblado del agitar de la gente y el lenguaje perfumado de las mercancías.
Inmóvil, en medio de la muchedumbre, la señora Crys pasaba por su recuerdo la cinta de acontecimientos de aquella jornada. Todavía sentía sobre sus espaldas la mirada de Nguema, Luis Nguema, su marido. Era una mirada penetrante. Ya la conocía de sobra la señora Crys. Pero no hizo caso. ¿Qué le importaba ya a ella que su marido dijera una vez más que le iba a poner los cuernos?
Y ahora, esta tarde, ella, la señora Crys, está ahí. La gente ni le hacía caso. Corría la vida por aquellos rostros multiformes, calzados de mil preocupaciones, a pie, en bici, en moto e, incluso, en coche. Eran coches achacosos, cargados de años y polvo.
—Ah, ese señor que está allí arriba... Sí, a ti te hablo. No me hagas lo de siempre. Te has ocultado allá, en las nubes y te importa una banana de nosotros...
La gente formaba un cerco de curiosidad. Era como si estuvieran acosando a la señora Crys. Pero ella no se daba cuenta. Estaba en un mundo distinto, confuso y amorfo.
—Por eso no me gustas... Sí, eres un señor raro. Di algo por lo menos... Pero qué va. Nada. ¡Qué tío más raro! Nada... Ni pío.
La señora Crys se cruzó de brazos. Era un signo de impotencia. La realidad —pensaba ella—no puede dar marcha atrás. El hecho estaba incrustado en el vientre de lo consumado.
La señora Crys no oyó la llamada que atrajo las miradas de los demás.
—¡Dios! ¿Pero qué clase de señor eres tú? Quién te pudiera bajar de ahí. No te importa nada de nosotros. Claro, están tan bien allá arriba, lejos de nuestras lágrimas... Di algo por lo menos. Ayuda a esta pobre mujer... ¡Ah, esas nubes! Pero, Señor, ¿qué le digo al hombre que he dejado en casa?... Me matará, ya le conoces. Y será por tu culpa, fíjate, tú que lo sabes todo y lo ves todo. Pero nada. No te da la gana de decir algo. Y allí estás como una casa de termita en finca de cacao. ¡Qué rabia me das! ¿Me oyes?... ¡Por favor!... No hagas caso de todo lo que te digo... Sí, escúchame. Habla, di quién tiene mi dinero. ¡Vamos, di algo, señor de las nubes...! Mi marido..., ya le conoces... Me matará —¿te das cuenta?— y será por tu culpa...
Sintió que una mano la tomaba del brazo. Pareció despertar. Distinguió los rostros de camaleón de los circunstantes. Ellos esbozaban una sonrisa amorfa. A la señora Crys la llamaban detrás. Se volvió. Recordó la mirada de su marido al salir de casa. Era una mirada penetrante, llena, para la señora Crys, de un silencio sonoro que ella estaba acostumbrada a descifrar. Pero no le importaba su significado.
Dio unos pasos. Miró al cielo. Sintió la tarde sobre sus espaldas como un aire de alivio y sosiego. Le pareció notar sobre sí el solemne, incómodo y desesperante silencio de Dios.
Mongó-Niefang (Río Muni), 19-VII-70
Editado
y distribuido por ASODEGUE
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