LITERATURA DE GUINEA

 
   

 

 



MARCELO A. NDONGO MBA

 


ÚLTIMOS HECHOS DE ETUGU-MECHINI

   La tortuga había resuelto retirarse de la vida activa y consagrarse por entero a su familia. Esta decisión de «Kulu» causó grandes revuelos entre todos los animales del bosque, porque la tortuga por su sobriedad raras veces estaba enferma, por su lentitud se enteraba de todas las cosas y por su larga existencia conocía todos los laberintos de la vida. Y muchos animales la querían porque era imparcial y no se dejaba sobornar por ningún animal por muy grande y poderoso que fuese. Esto lo demostró muchas veces cuando la indefensa oveja tenía querella con el sanguinario tigre; cuando el pequeño antílope era perseguido por un bisonte y cuando el poderoso elefante quería arrebatar los hijos a una ardilla que había hecho su nido en una copa de la palmera, comida apetecida por el gran cuadrúpedo.

   Pues bien, todos los animales, al ver que nadie podría resistir a la tortuga de su inquebrantable decisión, resolvieron elegir quien en adelante sería su jefe absoluto, imparcial y que tuviera una fuerte y bien armada escolta. La votación duró tres días, al cabo de los cuales, una vez hecho el escrutinio, la jefatura recayó en la boa «memini» (tragador). Fue nombrado secretario la víbora y consejeros otras serpientes más venenosas, amén de un centenar de centinelas de estos dañinos reptiles. Así quedó constituido el mandato de los animales del bosque. El elefante, el bisonte, la jirafa, el tigre y el leopardo se quedaron muy cortos, pero nada pudieron objetar y además muy pocos —casi nadie— se opondría a la sentencia dictada por el Tribunal presidido por «memini» y su sanguinario secretario víbora. Cosa curiosa: si iban contendientes, sólo salía uno, pues no toleraba el jefe que el que no tenía razón saliese fuera. Lo tragaba. Todos los animales del bosque estaban ahora tan quietos que nadie podía organizar algo en contra de las órdenes del jefe «memini».

   Quien más se alegró de la decisión de la tortuga fue su «amigo» el tigre. Recordando las viejas rencillas que a través del tiempo tenía con su amigo, resolvió eliminarlo y a tal fin llamó a toda su familia y les aleccionó lo que tenían que hacer. Y enterados todos de los deseos del «ze», éste se hizo el muerto y ordenó a su hijo mayor «Etugu», pues lo había bautizado con el nombre de la tortuga, que por medio de la tumba * llamase a ésta diciéndole que su amigo había muerto. El hijo de «ze» puso manos a la obra y con filigranas llamó repetidas veces a la tortuga. Como no distaba mucho el poblado de «Kulu», pronto se enteró de la repentina muerte de su amigo el tigre. Al principio lo creyó, pero al ver que la tumba sólo se dirigía a él exclusivamente, tuvo una sospecha. Sabía de sobra que el tigre contaba con muchas y poderosas amistades y por tanto era lógico que llamase a las mismas; pero la tumba seguía llamando sólo a la tortuga. Además, recordó que nunca había tenido noticia de la enfermedad de su amigo que ahora había muerto. Como no podía faltar a la llamada, después de mucho pensar ideó una de las muchas tretas que le habían salvado en diversas emboscadas que tuvo a lo largo de su vida.
Llamó a todos sus hijos y les ordenó que vistieran sus mejores ropas y se pusieran en camino ( para ir al poblado de su gran amigo «ze» que se había muerto. Dijo que como su mujer estaba embarazada no podía ver primero la húmeda y rojiza tierra de una tumba y que esperaba comer plátanos de su mujer Mengame-zo-eboro (la embarazada) para acudir al entierro de su amigo. Pero antes había dicho a su primogénito que llevase la trampa con la que solía escaparse cuando se hallaba en comprometedoras situaciones, porque —decía— ésta será aún peor que las anteriores.

   Cuando sus hijos se hubieron marchado, se fue a su casa y empezó a vestirse. Puso su chaleco, luego el «frac». Escogió una sábana con la que amortajaría el cadáver de su amigo. Se puso en camino y mientras avanzaba, no hacía más que llorar a su amigo, siempre con el mismo estribillo. La tumba ha dejado de llamar a los bueyes y elefantes, y otros amigos poderosos y me viene siguiendo a mí... A ver si soy el único hombre grande que era amigo de «ze». ¿Qué dirá mañana «memini» cuando nos presentamos ante él con esta farsa? ¡Oh, amigo «ze», no te creía tan infame! Así seguía repitiendo la misma estrofa, hasta que se encontró con una multitud de hormigas. Su aparición fue una oportunidad para «Etugu-Mechini», pues ideó la manera de convencerse si realmente el tigre se había muerto. Escogió las más grandes hormigas que encontró y las metió entre los pliegues de la sábana. Luego entró en la casa mortuoria y se fue a sentar en donde su hijo había preparado la trampa, por si las moscas.

   Miró al lecho donde yacía «ze». Este se había puesto de tal forma que hasta un buen observador hubiera jurado que se hallaba ante un cadáver. Pero el instinto le decía a «Etugu-Mechini» que estuviese alerta, que aquello iba contra él, que el tigre no estaba muerto ni mucho menos había estado enfermo, que todo esto lo hacía para matar a la tortuga y vengarse de las muchas injurias que de él había recibido. Pero la astuta y picara tortuga quiso adelantar los acontecimientos y dijo a la primera mujer de «ze» que lamentaba mucho lo sucedido, que el muerto era su mejor amigo, pero que se extrañaba que sólo en la estancia hubieran sólo sus hijos y los familiares del tigre, que brillaba la ausencia de otras muchas amistades y parientes del fallecido; pero que, sin embargo, debían quitar todos los andrajos con que le habían cubierto y le traía una sábana blanca para que le enterraran en ella. «Ze», que había oído todo, no tuvo tiempo de prevenir a sus familiares de que no cogieran la sábana, que su amigo tenía muchas tretas. Y la prenda traída por la tortuga fue la mortaja del cuerpo de «ze». Mientras tanto, el amigo «Etugu-Mechini» «Endom-Kulu» «Kulu» «Mefegue» miraban atentamente las reacciones del «cadáver» del tigre. Las hormigas empezaron a picar el cuerpo del tigre que en un principio quiso resistir, pero es inútil sobreponerse a estas molestas hormigas y «ze» saltó con la celeridad del rayo para atrapar a su amiga la tortuga. Pero ésta, que ya estaba preparada, oprimió el botón de su trampa y ésta saltó disparada, llevando consigo a su dueño, mientras que éste, muy ufano, iba diciendo a su amiga en tono irónico:
«Hasta otra vez, hasta otro lugar y... hasta la vista.»

* Tronco ahuecado usado para comunicarse en la distancia. Especie de lam-tam (D.N.-B).

   De La Guinea Española. Enero 1961

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

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