LITERATURA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

LEONCIO EVITA

 

 


CUANDO LOS COMBES LUCHABAN 

Capítulo VII

   —Sube, Upólo —le dice el americano en tono agradable.
   Upólo empezó el ascenso. John sujetaba la persiana de bambú mientras tanto, hasta que el visitante entró en la amplia galería.
   Hubo un efusivo abrazo.
   —No he podido venir más pronto —se disculpó el blanco— porque, me encontraba muy ocupado cuando el «boy» me anunció tu visita.
   —Yo tampoco tenía mucha prisa —repuso el negro—. Además no has tardado nada.
   —Vamos a sentarnos. ¿Quieres allí, donde hace más fresco?
   —Dónde te guste.
   Junto a la pared había allí dos sillones de mimbre con su mesita.
   Al dirigirse a tomar asiento, John llamó al «boy», que se presentó antes de que ellos se acomodasen.
   —Trae dos copas y una botella de gin —le dice John al criado, sin enterarse del gusto de su visitante; ya sabía que le gustaba al otro—. También puedes avisar a «mamá» que Upólo está aquí.
   Al poco rato, una botella de ginebra y dos copas se alzaban sobre la mesa. Como la botella venía descorchada, John llenó las copas con el blanco licor.
   —Amigo, puedes servir cuanto quieras.
   El blanco elevó su copa para brindar; había convidado a su visitante.
   Imitando al blanco, Upólo alzó también su vaso. Pero antes de ponerlo de nuevo en la mesa, derramó un poco de licor sobre el piso de tablas: «para que sus antepasados participaran de aquella convidada».
   Y nació la conversación.
   —El muerto ha resucitado —Upólo esperó la pregunta del blanco.
   Efectivamente:
   —¿De qué muerto hablas? No te comprendo, amigo.
   —Mi hijo —la cara del salvaje expresaba mucha alegría—. Hace dos días que está en casa. ¿No lo sabías?
   —¿Es posible? —repuso John con extrañeza.
   —Sí. No murió, sino fue secuestrado por tres individuos, de los cuales uno pereció; pero tampoco el chico consiguió escaparse hasta que llegó a la «gran choza».
   —Desde luego, hoy te encuentro poco explícito. Cuéntame la historia de «cabo a rabo», que sólo así podré entenderte.
   —A eso vine, brother. A muchas jornadas de aquí hay una choza, albergue de una secta peligrosa. Está constituida por una tribu extraña, a juzgar por su lenguaje: antropófagos. Mi chico dice que durante los días que permaneció allí llegaban sus guerreros cargados de cabras, gallinas y otros animales, y que todas las noches se celebraba danza. Y añade que lo extraño es que allí no había ni una sola mujer. Yo juzgo que esta secta tiene la culpa de todas las inclemencias que sufrimos y que se atribuyen a un inofensivo bicho.
   —Me explicas —interesa el blanco—, ¿cómo pudo escapar tu chico?
   —Tuvo suerte. Su descuidado centinela, echándose a dormir casi le facilitó el medio de fuga, suponiendo lo listo que es Vilangua.
   —Enhorabuena.
   —Pero este no es el motivo de mi visita; comprendo el peligro que corremos si esta tribu avanza hacia la costa; sería desolado todo este sector. Yo quiero evitar esta desgracia lo antes posible. Temo un triste final.
   Las facciones del negro se habían alterado; ahora estaba preocupado.
   El americano le contemplaba impasible, pensaría acaso: «En parte el alcohol influye en el actual comportamiento de este hombre».
   El negro continuó:
   —Para evitar las actuales y futuras discordias, pensé, primero: organizar guerra; pero luego me imaginé lo que significaba para mis hombres, y deseché esta idea. Después viene a pensar que era muchísimo mejor componer la expedición en plan de cacería de elefantes, para la cual necesitaría la ayuda de un blanco; no obstante esta es la resolución que he tomado. ¿Quieres darme tu consejo?
   Después de reflexionar un momento, el americano le contestó:
   —Tu última idea me parece más práctica. Además de que se levantaría menos ruido, la presencia del blanco puede significar tu victoria, debido a la gran veneración que muchas tribus nos tienen.
   —Yo he pensado que el blanco ese que ha de llevar mis hombres a la aventura eres tú.
   El pastor apretó la cara, pero esperó que el negro terminase de hablar. Comprendía que los negros no son «amigos» de quienes los interrumpe.
   —Yo —seguía diciendo Upólo— proporcionaré todo lo que necesitarás para la expedición. Y al final de la odisea, recibirás tu pago en lo que quieras.
   —No puedo hacer esto, Upólo —replicó John, aunque perdía una ocasión de ganar Bolondo—, porque yo no soy traficante, ni cazador de elefantes, y por ello, menos puedo dirigir una matanza.
   —Debo entender —insistió Upólo— que no tienes el gusto de ayudarme, ¿verdad?
   —¿Ayudarte?, sí. Pero siento muchísimo que para este caso particular no pueda ofrecer mi ayuda. Si fuese, por ejemplo, curar algún familiar tuyo, u otro favor...
   —Ya te comprendo, brother, ¿pero tampoco puedes encontrar a nadie capaz de ofrecerme esta ayuda?
   La pregunta obtuvo respuesta en seguida.
   —Puede que sí. Tengo noticias de que andan unos cazadores españoles por los bosques de Iboto.
   —¡Pañole! —replicó el reyezuelo, sin acabar de pronunciar bien. Parecióle no gustar la gente de que se le hablaba, sólo por el nombre.
   John lo notó muy pronto, por lo que propuso:
   —Gente buena, y de gran temor a Dios.
   —Bueno —pudo decir finalmente el negro, aunque no completamente satisfecho.
   —Así que —continuó John— si estás conforme con ellos procuraré avisarlos. ¡A propósito! Mañana partiré para Mandyi, si te interesa; a mi re-' greso tocaré por Iñaño para gestionar sobre el paradero de estos señores.
   El humo de tabaco que arrojaba la pipa de barro que ostentaba el negro se escapaba con prontitud, arrastrado por la brisa. Y él se levantó para echar un largo chorro de saliva por el ventanal. Después se limpiaba la boca con el dorso de la mano y volvía a sentarse.
   —Este es nuestro último acuerdo: estoy conforme con la gente que dices, si ellos me quieren ofrecer su ayuda. Les espero dos o tres semanas después de tu venida. Mientras tanto, iré arreglando las cosas.
   —El hecho de que tu petición coincida con mi viaje significa que el asunto ha empezado bien. Esta misma suerte te acompañará hasta que termines con toda la cuestión.
   —Muchas gracias por tu ayuda. Toma —y alargó su cayado al americano—, presenta este bastón a los «pañoles» en mi representación. Si necesitaras alguna ayuda por aquellos contornos, bastará con que lo presentes a cualquier individuo de mi raza, y serás socorrido.
   El pastor tomó con respeto el bastón de mando, y no dejó de imaginarse estar en posesión de un objeto sagrado. Aquellos hombres atrasados parecían profesar una ciencia desconocida por los pueblos civilizados. Es que quizá a los amuletos se debía la influencia de ciertas tribus para gobernar, establecer guerra, etc.
   —Descuida, tu encargo será cumplido.'
   Entregado el bastón, el negro se levantó. Había cumplido su misión.
   —Me marcho ya —dijo mientras se arreglaba la grande túnica que lucía.
John había llegado a dominar las costumbres del país. Por consiguiente llamó al criado para empaquetar la media botella de licor y otras cositas para el rey, mandando acompañarlo hasta el poblado.
   Después de manifestar demasiado agradecimiento, el negro se marchó. Antes de que llegara a la playa, subió miss Leona, quien encontró a su marido todavía apoyado en la barandilla, mirando fijamente al individuo que se alejaba.
   —¿Estás aquí todavía, Johnnie?
   —Sí, acaba de marchar Upólo. 

   Habría venido a pedir favores, ¿verdad?
   El asintió:
   —Vilangua ha vuelto a casa porque no murió como se suponía. Había sido secuestrado. Se deduce entonces que el leopardo que tanta intriga está produciendo, es consecuencia de una secta o de una tribu salvaje que avanza hacia la costa.
   —¿Tú tienes que ver algo en este asunto?
   —Directamente, no. El rey me pidió capitanear una expedición de castigo que enviará, pero se lo negué; no quedaba otro remedio que buscarle alguien que se arriesgue a esta aventura.
   —¿Y crees que le encontrarás?
   —Estoy seguro que a los exploradores españoles les interesa conocer estos bosques; la expedición del señor Pellón ha sido la última de que se
ha tenido noticia.
   —Hiciste bien en no aceptar la petición del negro. Eres un pescador de almas, y no un militar. Pero hemos perdido una ocasión de conseguir Bolondo.
   —¡Quién sabe...!


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