LITERATURA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

JUAN BALBOA BONEKE

 


EL REENCUENTRO
Capitulo IV (Fragmento)


   Al despuntar el alba, cuando apenas los luminosos hilos de oro del astro rey lograban traspasar el fino y suave tamiz de la penumbra mañanera tropical, nos pusimos en camino con destino a nuestro sagrado y venerado templo.

   Eran las cinco y media de la mañana. Recorrimos durante unos veinte minutos las calles solitarias del pueblo, amenizada nuestra marcha por el entrañable sonido musical del canto de los gallos. Un perro que, poco antes, dormitaba plácidamente bajo el zócalo de una casa próxima, se puso a ladrar rabiosamente. Sin duda por haber interrumpido su sueño. Dirigimos nuestros pasos hacia las afueras del pueblo, en la zona denominada Üakata. Ascendimos por una ligera colina. Tras sortear unas cuantas viviendas apareció el templo con todo su esplendor.

   Allí estaba, pequeño pero coquetón. A esa distancia pude detectar a través de sus dos puertecitas abiertas, el resplandor parpadeante de la pequeña fogata que representa simbólicamente a la divinidad viviente del supremo espíritu defensor de nuestra etnia. Una pequeña fogata que nunca se deja apagar.

   Admiré las paredes de madera de helecho fosilizado, de un altísimo grado de dureza. El bajo techo de Cheru (1), las dos puertecitas separadas entre sí por una pequeña faja de la misma madera de helecho, de apenas medio metro de anchura.

   Esa visión de mi templo sagrado me hizo retroceder en el tiempo. Recordé mis años infantiles, las veces que acompañado de mis ancestros, acudimos al Rohjia a cumplimentar los deberes que nuestro credo nos impone: En agradecimiento a APOTO, siempre a través de «Chiba» por habernos enviado la lluvia para nuestros campos. Para la bendición de los frutos. Para alejar los malos espíritus responsables de las enfermedades y de las muertes...

   El Rohjia era el depositario de toda la riqueza cultural y sagrada de nuestro pueblo. Mientras siga en pie esa institución, pensé, en su estado de pureza y autenticidad, lejos de los elementos y barbarismos nefastos que lo prostituyen todo, la existencia del bóhóbe como Pueblo y como Cultura será un hecho.

   Después de once años, once años de orfandad en Europa, estaba, por fin, a escasos metros y segundos de ponerme en contacto con mi realidad tantas veces soñada. En ese instante, una seguridad interna me invadió.

   Mi situación de Chiola perdió su razón de ser.

   Esa apariencia de indefensión y desconcierto interno con respecto a mi yo Pueblo se esfumó.

   Me sentí en mi verdadera cuna. Al amparo del calor entrañable de los míos.


   Lentamente nos acercamos al Templo. Entramos en él. Sentí en todo mi ser el calor sublime que llevó a mi mente y a mi corazón el mensaje de Paz y amor a todos los seres de la creación.

   Al fondo, sentada al lado de la pequeña fogata, se encontraba la Bohjia-Mmo. Sacerdotisa, mediadora sabia, entre los mortales y el más Allá.

   De entrada, antes de dar comienzo el acto, los asistentes recibimos de manos de ella la unción, en las muñecas, del Sióbo (2), símbolo de renovación de nuestra fe.

   Se hallaban presentes, además de mis suegros, la pequeña representación del Consejo de ancianos.

   La ceremonia fue sencilla y llena de calor familiar.

   La Bohjia-Mmo se transfiguró y habló. Usando de ese idioma bóhóbe tan profundo y milenario que fui incapaz de entender.

   Los ancianos interpretaron su mensaje. Se me daba la bienvenida, como se la habían dado a otros que me precedieron.

   Se me acogía con cariño. Elevó nuestras preces a los máximos espíritus protectores de nuestro Pueblo y también al mío personal, rogándoles hagan llegar nuestro mensaje a Chiba, mediador universal entre nosotros y el gran APOTO, a fin de que a todos nos preserve contra todos los males que nos pudieran acechar.

   Se me recordaba que me debo a mi Pueblo. Que ese mensaje tenía que ser transmitido a mis hijos y, a través de ellos, a los hijos de mis hijos: «Wé óbóhóbe, a bobaho abóhóbe. We la ótahle» («Eres bóhóbe y tus hijos son bóhóbes. No lo olvides»).

   Con una emoción indescriptible escuché las palabras de la Sacerdotisa. El sonido del Sa-ha (3) sagrado de la Bohjia-Mmo al golpear el suelo, en un ritmo aparentemente monótono, me causó un escalofrío.

   Escruté el semblante, uno tras otro, de los ancianos. Rostros serenos surcados por una y mil arrugas que la lluvia, el sol y los vientos tropicales han ido moldeando a través del tiempo, cargándolos de sabiduría.

   Sentí una paz interna indescriptible. Perdí la noción del tiempo. Me sumergí en mi mundo interior. Deseé tener a mi lado en esos momentos a mi familia, a mi esposa e hijos a quienes dejé en Europa. Deseaba compartir con ellos esos actos.

   Con los ojos cerrados, me dije a mí mismo:

   Esa es mi vida. Es mi raíz. Es la esencia limpia de mi autenticidad. Es...

   Ardientemente quiero el progreso, la evolución y el desarrollo tecnológico para mi Pueblo. Todos esos elementos no están en contradicción con las verdades profundas de mi cultura bóhóbe-africana. Por el contrario, el Reencuentro con esas realidades y su posterior desarrollo, contribuirán a la humanización de todo ese proceso tecnológico.

   Quiero aferrarme a mi raíz y a mi cultura. Es el sello indeleble de mi existencia y de mi supervivencia como ser humano con un origen.

   Una vez más deseé en mi fuero interno que esa institución perdurara en estado de pureza: constituye prácticamente el pilar fundamental de mi Pueblo. El depositario del tesoro cultural de mi etnia. Que las personas que se dedican a su servicio lo hagan en un clima de auténtica hermandad y cooperación, tal como lo preceptúa nuestra regla sagrada, no escrita, pero grabada en el corazón y en la mente de nuestro Pueblo; clima de hermandad, habida cuenta los miles de elementos discordantes que ayer, y todavía hoy, siguen enturbiando nuestra convivencia.

   Que el vocablo LOBETO (4), profunda palabra sagrada que en todo momento caracterizó tanto las relaciones familiares, individuales de persona a persona, como sociales de la comunidad bóhóbe, siga teniendo sentido y vigencia entre los Bohjia-Mmos.

   Así, esgrimiendo con mano firme ese bastón de la Reconciliación, entre ellos y su Pueblo, nuestra patria chica subsistirá con plenitud y cooperará eficazmente en esa ardua labor de la Reconstrucción del País.

   La ceremonia tocaba a su fin. Kitailo, con solemnidad y devoción, se acercó a la sacerdotisa, recibió de sus manos el tarro de Tola. Untó en mis muñecas y en mi frente esa sustancia sagrada proclamando el amor y el respeto que-debo a mi entorno. Que mi pensamiento y obra esté en todo momento al servicio del bien. A la colaboración y servicio de mis hermanos. «Te debes a todo lo que te rodea. Tú en solitario no eres nada. Tu risa y tu llanto, tu alegría y tu tristeza están íntimamente ligados con todo lo que te rodea.

   «Recuerda siempre estas palabras y ponías en práctica. Son las del gran "Chibba", recibidas de APOTO, cantadas por todas nuestras divinidades. Por "Bisila", espíritu femenino de la fertilidad de nuestra tierra y pueblo.

   «Transmitirás este mensaje a tus hijos. De esos a tus nietos. Eres bóhóbe, naciste bóhóbe. Donde quiera que estéis recordad vuestro origen.»

   Acto seguido procedió a untar a todos los presentes con palabras de paz y hermandad entre todos. Devolvió el tarro a la sacerdotisa, quien se untó a sí misma, pronunciando las mismas palabras.

   Finalmente, con gran solemnidad y respeto, con las cabezas agachadas, escuchamos la bendición final de la Bohjia-Mmo: A la naturaleza. A todos los seres humanos e incluso a los enemigos de nuestro Pueblo.

   Acabó su intervención con estas palabras:

   «Que en vuestro corazón no encuentre refugio el espíritu maligno del odio. Apartad de vosotros el mal del egoísmo. Apoyaros en el trabajo, en el dolor y en la dicha. Todos unámonos a la grandiosidad de la naturaleza de APOTO.»

   Cada una de las frases era contestada con una jaculatoria de una sola palabra: Potó-ho (gracias).

   Con gran pesar por mi parte, finalizó ese acto del Reencuentro con mi realidad sagrada.

   Con una feliz sonrisa, la sacerdotisa se despidió de nosotros. Me miró con ternura, creí leer en sus ojos cariño, amor y comprensión. Bajo su mirada serena me sentí protegido y resguardado en el calor entrañable de nuestro Pueblo.
   Y con pena, pero henchido de una felicidad y paz interior, abandoné en último lugar el templo. Nos alejamos lentamente.

   Al pie de la pequeña cuestecita, antes de que las viviendas colindantes ocultasen su imagen, volví1 la vista atrás. Miré de nuevo mi sagrado templo. Vi el tenue parpadeo de las llamas de la pequeña fogata que nunca se deja apagar. Grabé esa imagen en mi mente y en mi corazón.

   Pensando en el día de mi partida, de regreso a Europa, a mi exilio voluntario, interiormente me pregunté: ¿cuándo volveré a vivir ese acto?

   ¡Cuánto me hubiera gustado llevar conmigo todo ese tesoro que indudablemente alimenta nuestro espíritu! Pero no. No es posible, me dije.

   En ese momento recordé las palabras del gran filósofo oriental Gibran Khalil:

   «La voz no se lleva consigo la lengua y los labios que le dieron alas.
   Y sola, debe buscar el éter.
   Y también sola y sin nido volará el águila
   rumbo al sol.»

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(1) Las hojas lanceoladas del bambú. En las zonas tropicales africanas sirven de material de construcción para los tejados de las casas hechas de material rústico.

(2) Arcilla de color amarillo naranja cuya procedencia y proceso de obtención sólo conocen los ancianos.

(3) Bastoncito.

(4) Reconciliación sagrada de obligado cumplimiento

Editado y distribuido por ASODEGUE

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