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JOSÉ BUAKI
MI VIAJE FUE UN SUEÑO
(15-IX-59)
A catorce años de espacio y a cinco mil kilómetro de distancia, estuve separado de la perla del Atlántico, en duración temporal de un lustro. Nunca pude reconstruir mi primer viaje por mar, siempre igual a sí mismo con la monotonía de sus aguas saladas. El día 22 de junio a las doce de la noche dejamos el puerto de Cádiz. Más pronto de lo que uno hubiera querido se hizo el choque de los dos mares, el Atlántico y el Mediterráneo, que fue estruendoso. Remoción de estómago, náuseas, casi angustias de muerte. Cada vez aumentaba más la desesperanza pensando en lo agradable del vivir en tierra firme. El día 28 a las cuatro y media de la tarde hubo un simulacro de incendio en tercera. Suenan las
sirenas de alarma. Los tripulantes con sendos chalecos salvavidas subimos al salón-bar de la clase primera destinado como salón de confluencia para los casos de emergencia. Las caras alargadas y estilizadas a fuerza de una ascesis forzada en los momentos del estrecho, ahora se muestran alegres con el diálogo salpicado de salero. «No veis —decían las mujeres— es de mentirillas. Los bomberos están regando el mar con las mangas de riego».
Día cuatro de julio. Noche oscura, pocas estrellas, la gente nerviosa, los estridores de los motores silenciosos, fondeo en Punta Europa. Día cinco, Santa Isabel, a la vista, sorprende, legañosos, los ojos matutinos.
SANTA ISABEL
Parece haber sido mimada por la mano de los dioses y acariciada por los vientos de Ceres, la rubia de hermosa cabellera, la diosa de la fecundidad- El cacao sazonado en la llanura se está preparando para una ventajosa fermentación. Nada, nada importa que haya pasado el tiempo de las pinas exquisitas y los fibrosos «mangos» para quien debe curtirse en la espera. Estás remozada. Ni hace falta contemplarte a vista de pájaro para convencerse uno. Es suficiente andar, caminar por tus calles y abrir los ojos, tocarte, palparte. Tu muelle, tu hospital, el arrabal de San Fernando. Los hermosos chalets por la ladera de tu ensanche. Pero yo he sufrido una decepción óptica. Cuando era niño te veía moza bien apuesta. Ahora que soy mozo te veo más chiquita, tus calles estrechas, peligrosas. Alguna vez acaricié tu catedral junto a la toledana en un sueño dorado. Es verdad que las comparaciones resultan odiosas. Ahora veo que tu catedral es una miniatura, una maqueta artística bien lograda, oreada por los vientos tropicales que hacen apegarse la camisa al cuerpo como una costra, mientras que los miembros todos del cuerpo aumentan de peso cinco kilogramos por centímetro cuadrado. Así es como tiene explicación que los cuerpos se muevan lenta y perezosamente ya fatigados antes de ejercitarse en el trabajo.
CAMINO DE CONCEPCIÓN
Mi memoria era un calendario perfecto. Día nueve. Emprendo un viaje. La rubia marchaba a una media de sesenta por hora serpenteando y orillando obstáculos. Timbabé... Bosao... Tiburones... En mi conciencia —carretera de Concepción— sentí revivir aquella frase de sabor clásico,
e rape lamosa pendent capellae. Llegaba uno a dudar de ser émulo de cabritillos, monte arriba; frondosidad verdeante, cacao, café, barrancos, inmensas tragaderas. ¡Impresionante! En Rilaja la primera parada de nuestro calvario. La fina de la rubia era una elegantona que no se resignaba a subir con un combustible tan tosco. Al fin un resoplido al depósito de la gasolina renueva el carburante. Hemos ganado el puerto de Musola y comienza la bajada a la playa. Gaesa, Inasa... entretanto las ventanas de mi intimidad estaban abiertas al caluroso diálogo de la palmera y el plátano.
La palmera.—Soy alta y esbelta, casi una gigante. Con mi penacho de hojas iniciadas, soy el abanico del bosque, el símbolo de la alegría y el martirio.
El plátano.—Yo, aunque baja, no te envidio; ' mis frutos son mi mejor elogio en las sobremesas de Europa. Mi debilidad desafía al viento que azota,
a la lluvia que cala, al sol que aplana...
Yo escuché el diálogo de la «apología de la vanidad» en absoluto silencio. Y la rubia ¡zumba que zumba! Apenas me di cuenta estábamos pisando las arenas de la playa de Concepción, en donde hace dos siglos la primera expedición española procedente de Montevideo se rebelaba contra Joaquín Primo de Rivera. Veinte minutos más tarde asía en mis manos el destino para el que había estado-preparándome un lustro y cuadro décimas de lustro. Eran las once de la noche. Se me caían los párpados. Pero antes de reconciliarme con la almohada desfiló por mi mente el diálogo de la apología de la vanidad. Yo quería ser símbolo, mejor, quería encarnar la misma realidad del símbolo, la alegría y el martirio como el último retoque de una generosidad a toda prueba. Quería ser como otro Primo de Rivera, no capitán de ciento cincuenta hombres, sino de 150 —cifra que representa número de almas— multiplicado por el ocho tumbado, expresión del
infinito.
De La Guinea Española. Octubre 1961
Editado
y distribuido por ASODEGUE
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