| |
|
FRANCISCO ZAMORA LOBOCH
BEA
Pobre Bea. Ya ni siquiera recuerdo los perfiles de su rostro. Hubo una época en que mis ojos no podían sustraerse a la suave magia de aquella especie de rictus que retocaba su labio inferior, ligeramente prominente, y por donde asomaba una lengua pequeña, enormemente grana.
Esta mañana, cuando me comunicaron la noticia en el Rubio, hacía un día como aquel de nuestro primer encuentro. Ya entonces, Madrid había iniciado su irremisible carrera hacia el caos. Sus pájaros, con los pulmones contaminados, heridos por el agobio letal de los escapes, arrojados de los parques y los arrabales por un irracional ejército armado de feroces bulldozers, grúas y excavadoras, iniciaban una agonía lenta cada arremetida de invierno.
—Madrid, no es una ciudad para pájaros. Aquella frase suya, que jamás entendí en toda su extensión, adquiere ahora su verdadero significado. Se lo oí por primera vez en nuestro tercer paseo por Las Ventillas, cuando unos niños armados con tirachinas y escopetas de perdigones dispararon contra un gorrión que fue a caer justo a 'los pies de Bea. Sentí cómo un escalofrío recorría aquel frágil cuerpo. Fue una especie de aviso, una premonición.
Por aquel entonces, Bea vivía a dos bocas de metro más arriba de casa. Acababa de perder aquel niño mulato que sólo lloraba de madrugada y apenas si se acordaba del Barbas, el padre. Todo ocurrió deprisa entre nosotros tras un leve forcejeo en el que ninguno de los dos perdió algo más que un poco de pudor. Y como hacía tiempo que ambos andábamos buscando febrilmente algún tipo de apego en el que arrojar nuestra soledad de africanos perdidos en la gran ciudad, firmamos una especie de armisticio para coexistir de la forma más amable posible, ya que intuimos desde el primer instante que sería imposible una convivencia normal. Dejé la pensión, ella el piso que compartía con Mabel y Virtudes, y cogimos un cuarto en una vaca de la avenida de Betanzos.
Ahora veo que Bea no era diferente a los pájaros. Nacida para gozar de la inmensidad de los bosques y de la plenitud de los elementos, iniciaba una especie de encogimiento senil siempre que el invierno asomaba las orejas por el vano de la puerta. Y de nada servía amortajarla con las mantas de que disponíamos, darle violentos masajes con el canto de las manos y hacerla beber baldes enteros de té con coñac. La cosa no iba por el frío, que se colaba en arremetidas feroces por todos los rincones de aquella pieza destartalada y húmeda. Una vez tiritaba tan violentamente debajo de la ropa de la cama, que no quedó más remedio que llamar a un médico, pero, a pesar del enorme celo e interés que puso en el caso, no supo dar una explicación del mal de Bea y las pastillas que le recetó de nada sirvieron. Cuando descubrí que con la llegada de los primeros calores, todos sus males se desvanecían como por arte de magia, dejó de preocuparme aquella misteriosa enfermedad que la encadenaba al lecho durante todo el invierno.
—De todas formas, si nevase alguna vez nada ni nadie podría impedirme bajar a la calle para jugar con la nieve—, solía decir con resolución. Y muchas veces, la sorprendí con la nariz pegada al cristal de la ventana que daba a la avenida atisbando las nubes en espera de aquella nevada.
Ahora mismo sería incapaz de precisar cuánto tiempo pasamos juntos. Recuerdo, eso sí, que un buen día se hizo imposible todo entendimiento más allá de la escaramuza de los órganos, que mis apuntes y mis libros fueron a parar al cubo de la basura y que la gente que frecuentaba el bar del Rubio se acostumbró a nuestras agrias disputas. Fue justo el momento elegido por el destino para embrollar más aún las cosas: Bea quedó embarazada.
Después de unos días de darle vueltas a la cuestión, decidí convencer a Bea para que intentásemos rehacer nuestras vidas, empezar de nuevo, plantear nuestra convivencia de diferente modo y preparar un hogar como necesita un niño. Pero ella no quiso ni oír hablar del asunto.
—Esta ciudad no se ha hecho ni para los niños ni para los pájaros —dijo poniendo fin a aquella discusión.
Lo que ocurrió después, tampoco puedo recordarlo con exactitud. Creo que llamó a Mari, la modelo, y que fue ella quien la puso en contacto con aquella especie de bruja gitana que entre burlas y obscenidades la introdujo un alfiler en el vértice de la entrepierna. Su grito desgarrador y la risa de aquella endemoniada matrona me acompañaron después durante mucho tiempo. Encima, para pagar aquella carnicería, tuvimos que vender el tocadiscos, las cosas de Rochereau, Franco y lo que hasta entonces había sido mi único equipaje imprescindible, mi álbum con todos los blues de Bessie Smith. Aquello fue como romper con toda una época, o despedirse de un traje viejo que ha sido fiel acompañante de momentos y escenas trascendentes. Sí, la Bessie decía adiós y la despedida no podía estar más a tono con aquel día de lluvia que parecía querer congregar todas las aguas del Mississippi en la avenida de Betanzos, cuyas alcantarillas se veían impotentes para
absorber tanta lefa apelmazada, tanta bilis, tanta sangre negra.
Una larga noche llena de hemorragias casi continuas y sollozos entrecortados, puso punto final a la última jornada que, gracias al miedo y a la incertidumbre, pasamos juntos. Bea, cuando se sintió repuesta, cogió sus cosas y se marchó.
—Siempre acaba por llegar el día en que toca elegir entre los pájaros o el desastre —fue lo último que me dijo a la vez que cerraba la puerta.
No tardé en olvidarla porque ya todo había acabado antes de separarnos. Pero cuando mis ojos chocaban con las mariposas de papel, sus libros de filosofía que ella había olvidado deliberadamente, o la disposición de los muebles que había hecho para que consiguiéramos movernos por la pieza con alguna holgura, no podía evitar el pensar en ella, recordarla a la vez que palpaba cómo mi memoria empezaba a registrar lagunas a la hora de clasificar ciertos detalles de nuestra vida en común.
Alguna vez me llegaban noticias de ella que traía algún amigo común. Es como supe que dejó definitivamente los estudios, que conoció a un andaluz alto y espigado que se llamaba Pepe, que vivía de ella. El andaluz la puso a trotar por la zona de Fleming, luego pasó a fiestas caras de
señoritos caprichosos y cuando el cuerpo se lo pedía todavía tenía tiempo para excitar a los americanos que frecuentaban el S'tones.
Hoy, hace un día como aquel de nuestro primer encuentro. Madrid sigue su irremisible carrera hacia el desastre y cada vez quedan menos pájaros. Pienso que dentro de diez o veinte años no quedará un solo pájaro en las ramas de los tristes árboles de Madrid. Fue Nona quien me comunicó la terrible noticia: un americano negro al que Bea había conocido en el Hermano Lobo, y con el que quedó para ir a Torrejón, le había cercenado —en un alto que hiciera en la carrera de Barajas— el labio inferior con una navaja, le cortó las cejas, las orejas y las aletas de la nariz y luego la dejó tirada en la cuneta. Bea no ha querido explicar a nadie lo que pasó para que el americano cometiese aquella salvajada. No le ha quedado más remedio que hacer las maletas y volverse al Senegal. Prefiere ser lapidada por prostituta, según la costumbre de su tribu, que soportar el frío entrando por su rostro imposible.
Ahora, aquella su frase favorita que jamás entendí en toda su extensión, me ha acompañado durante todo el día, en el bus, en el metro, por las grandes avenidas, mientras charlaba con los amigos, bebía té o veía orinar al perro contra el farol, o sea, mientras asistía a la ceremonia del vértigo y la vorágine que imprime la gran ciudad a todos nuestros movimientos, a todos nuestros gestos. Ahora sé por qué Madrid no es una ciudad para pájaros.
Editado
y distribuido por ASODEGUE
Volver
a LIteratura de Guinea
|
|
|