LITERATURA DE GUINEA

 
   

 

 

 



DONATO LOLA

 


LA AVENTURA DE RIABECHO*


   En aquellos días vivía en un pueblo una familia muy desgraciada; transcurridos los tiempos tuvieron un hijo, al que pusieron el nombre de Riabecho. Según la mentalidad de sus padres tenía que ser un hombre que gobernara un pueblo de mucha gente. Efectivamente, tenía que ser así; la lástima fue que a los pocos años se le murió el padre por no obedecer a una ley mandada por el Morimó. La situación fue peor; la madre, a pesar de lo mucho que hacía, no pudo remediar nada, y por fin, de tanto pensar en su marido y de la miseria que la cubría, también se murió.

   Riabecho se quedaba solo; al ver que se habían perdido sus seres más queridos emprendió la aventura que tanto ha corrido de boca en boca entre los bubis.

   Era una mañanita clara, el cielo lucía su limpio azul, aún quedaban rastros de estrellas brillantes cuando Riabecho tomó la lanza y la pipa de su padre para ir a vivir en un lugar solitario.

   Emprendió un largo viaje que duró varios días de camino. Por fin llegó a un inmenso valle poblado de exuberante vegetación; flores de distintos colores perfumaban aquel ambiente solitario. A uno y otro lado del valle y como largos hilos agitados por el viento corrían las cristalinas aguas de dos riachuelos que regaban aquella mansión de paz.

   ¡Qué soledad!, exclamó Riabecho. Este es el lugar que estoy buscando hace ya muchos días; pero no pudo contemplarlo bien; porque ya brillaban los postreros fulgores del crepúsculo vespertino.

   Entonces, Riabecho buscó un refugio donde pasó la noche. Al día siguiente tomó su mochila, sacó su lanza y su pipa, que le habían tocado en la herencia; la lanza tenía la virtud de no fallar ninguna cosa a que apuntara, aunque fuera de espaldas. Y la pipa desempeñaba el oficio de desmayar a cualquier contrincante con sólo percibir el olor de su tabaco...

   Con estas dos defensas, Riabecho tenía segura su vida, sabía que nadie podía hacerle daño o quitarle la vida; sólo cuando el Morimó le llamara a ir a vivir con sus padres.

   Cierto día estando Riabecho arreglando su cueva, divisó desde lejos a un hombre que iba corriendo sin rumbo fijo. ¿Quién será éste?, preguntóse en voz baja; en seguida metióse la mano en su mochila, sacó la lanza y la pipa para esperar cualquier ocurrencia que podría sobrevenirle. Al acercarse a aquél, Riabecho le advirtió desde lejos que tuviese mucho cuidado si intentaba hacerlo algún mal. El otro, al oír la voz se quedó atónito, porque no pensaba encontrarse con nadie en aquel valle solitario. Al ver a Riabecho, dijo: «Amigo, no intento hacerte ningún mal. Ando errante por las calamidades que me afligen. En mi pueblo todos los años me sobrevienen desgracias que me hacen correr por doquier y sin rumbo fijo». Entonces Riabecho, lleno de curiosidad, dijo: «¿Qué calamidades son éstas que van repitiéndose siempre?» Recuperando aquél la serenidad dijo: «En mi pueblo hay un monstruo al que todos los años tenemos que ofrecer alguna víctima, si queremos vivir bien aquel año; pero si no le ofrecemos la víctima, entonces arremete contra el pueblo y devora a todos cuantos salen a su paso. La víctima consiste en un joven o una joven; ahora le toca a la hija del jefe, y otro año me tocará a mí, por esto estoy huyendo antes que el pueblo se dé cuenta». Respondió Riabecho: «Pues amigo, esto se puede resolver fácilmente, porque de suyo todo lo que hay en este mundo tiene solución».

   «¿Dónde está este pueblo?» «Está allá, una vez pasado este valle; a unos cuantos kilómetros se encuentra este pueblo a quien tanto mal ha hecho ese monstruo.»

   Riabecho pasó unos días meditando el caso; por fin dio con la solución, y dijo para sí: «Cuando vea yo el monstruo tomaré la pipa y arrojaré una humareda y así, mientras esté sin sentido, lograré matarlo con la lanza.»

   Después de haberse preparado unos días antes, dijo a su compañero: «Amigo, vamos; quiero ver al monstruo que tanto temes». «No lo tomes a broma, respondió su amigo; no quisiera exponerte la vida». «Pierde cuidado, repuso Riabecho, porque confiaba en sus dos defensas bien preparadas. Bueno, vamos». Después de un kilómetro llegaron al pueblo, todo el sitio estaba muy triste, porque sólo quedaban tres días para aquél en que tenía que morirla hija del jefe.

   «Este es el pueblo; allá, en aquella casa vive el jefe; vete a encontrarte con él». «Pues bien, allá me voy —dijo Riabecho». A unos pasos, llegó delante de la puerta del jefe. «¡Hola!, ¿qué ocurre?, eres extraño en este pueblo, ¿verdad?, pues no te conocen»,—le increpó el jefe.

   «Sí, jefe, tiene usted razón. Soy un extraño; lo que me ha traído acá es la noticia de los tristes presagios que, según tengo entendido, pesan sobre ti y tu pueblo. Vengo, pues, a comunicarte mi intento de matar al monstruo y quitaros esa pesadilla.»

   El jefe pensó durante unos minutos y preguntó luego: «¿Sabes lo que te propones?» «Sí, contestó Riabecho, ya me han contado todo lo que hace el monstruo, por eso quiero acabar con él.»

   «Muy bien, te enseñaré el lugar donde puedes-dar con él, y te agradeceré muchísimo si logras tu intento, porque de aquí a unos días le toca a mi hija ser víctima de ese monstruo; pues todo el pueblo está contra mí, de que nunca suelto víctima para el bien común.»

   «Pues te aseguro que ésta no va a morir», respondió el aventurero.

   Después de la entrevista con el jefe fue Riabecho a hospedarse en la casa de su amigo, el fugitivo.

   Llegó el gran día que Riabecho tenía que demostrar la habilidad y los recuerdos de sus antepasados. El jefe le mandó llamar y le dijo: «Este es el día que el monstruo ha prefijado para que se le dé la víctima. Allá va mi hija, si me la devuelves viva, te dejaré mi bastón de mando y toda mi fortuna, y serás además el jefe de este pueblo. Te lo prometo y lo cumpliré». El muchacho se sonrió un poco y dijo: «Señor, tendrás viva a tu hija».

   Llegaron al lugar donde se acostumbraba dejar a la víctima. El jefe y el populacho se escondieron, y el chico se acercó donde estaba la joven ofrecida para el monstruo.

   La muchacha dijo al joven que se marchara para no exponerse a una muerte segura; pero aquel joven intrépido se negó a retirarse hasta ver realizado su intento.

   En ese momento, los ojos de aquel monstruo se habían cruzado con los del joven. Este notó como que algo especial corría por sus venas. Era el miedo, se había puesto nervioso; pero no, entonces como por una inspiración se acordó de su mochila. Metió la mano en ella y sacó la pipa juntamente con la lanza. Pego fuego al tabaco. Había llegado el momento más crítico.

   El monstruo que, con extrañeza había observado todos los movimientos del joven hasta entonces, trató ya de quitar de delante de sí a aquel monigote; más, ¡qué desilusión! Al intentar agacharse sobre aquel hombrecillo notó como un vahído extraño. Era que el joven, quien venía fumando ya con toda su intensidad la pipa mágica, le había arrojado a la cara repetidas bocanadas de humo. El monstruo no pudo guardar por más tiempo el equilibrio, tambaleóse y cayó al suelo. Este le asestó repetidas lanzadas que bastaron para acabar con él, cumpliendo así la misión que se había propuesto: liberar a aquel jefe, con su pueblo, del mal que venían soportando todos los años.

   De esta manera, Riabecho mereció no solamente el aplauso de todo el pueblo, sino que también, lo que fue más, que le coronasen jefe, ofreciéndole además, el jefe cesante la mano de su hija con quien se casó.

* Accésit de prosa en los Juegos Florales de Sama Isabel.


De La Guinea Española. Febrero, 1962

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

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