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20 de junio de 2005

Hablemos de golpes de Estado 

I. Planteamientos generales.- Parece  buen método, cuando se discute sobre cualquier tema, empezar estableciendo algunas definiciones básicas.  

¿Qué entendemos por golpe de Estado?  

No son muchos los libros que tratan de este tema, pero en uno de los más recientes, “El voto de las armas”, escrito por el profesor Jesús de Andrés (Los libros de la Catarata, Madrid 2000) se dice lo que sigue: 

         ” En principio los golpes de Estado, por definición son políticamente neutros. Consisten en la alteración o destrucción del orden político por parte de las élites políticas o de determinados cuerpos de la Administración, generalmente las fuerzas armadas, recurriendo a la violencia o a la amenaza de su utilización con el fin de controlar o conquistar el poder estatal. Es decir, se trata de una técnica que en principio no implica un resultado concreto ya que pueden dar lugar tanto a dictaduras como a democracias. Ahora bien, la práctica histórica nos enseña que, por lo general, han conducido a la articulación de regímenes autoritarios conservadores cuando no manifiestamente criminales”. 

Este criterio estadístico habría fallado, por ejemplo, en el golpe del 25 de abril, en “la revolución (portuguesa) de los claveles”, pero no en la inmensa mayoría de los golpes de Estado que siguieron a las independencias africanas, resultado, las más de las veces, de la coincidencia de los intereses de las antiguas metrópolis, opuestas al nuevo orden de cosas, con el apetito de poder y de riquezas de las élites africanas. Los golpes más recientes, tras décadas de crisis, responden más bien a una última fase de ruina y deslegitimación de algunos estados africanos. Su dinámica, sin embargo, tampoco se aparta del esquema antes citado.  

Las consecuencias de los golpes serán distintas si sus actores son personas que están ya dentro del Estado (que disfrutan en él de buenas posiciones) o si son ajenos al mismo y, sobre todo, si participan en ellos organizaciones populares o el pueblo directamente, de una forma más o menos espontánea. Cuando tal cosa sucede, el problema fundamental para las organizaciones populares es cómo controlar los mecanismos del golpe (violentos y muy jerarquizados por su propia naturaleza), cómo expresar su fuerza a través de los mecanismos, en ciernes o recién aparecidos, del nuevo poder y, en consecuencia, cómo condicionar políticamente las políticas de los nuevos dirigentes.  

II. El golpe de Obiang.- Aunque, ciertos o no, a lo largo de estos últimos treinta y siete años se haya hablado de decenas de intentos de golpes de Estado en Guinea Ecuatorial, sólo uno ha conocido el éxito, el del 3 de agosto de 1979. Los seguidores del dictador hablan de él como el “golpe de libertad”, pero observadores e investigadores prefieren considerarlo una “revuelta palaciega” con marcado carácter continuista.  

La verdad es que el golpe de Obiang cumple perfectamente los requisitos más pesimistas indicados por el profesor Jesús de Andrés. Se trató de una operación exclusivamente militar, encabezada por un grupo de oficiales que había sobrevivido a la política represiva de Macías (de hecho Obiang había sido el artífice de una parte de esa política y venía ocupando durante años puestos de la máxima confianza del primer dictador guineano), que aprovechan sus posiciones en la estructura militar para hacerse con el control del país. No representaban una cultura política distinta a la del régimen anterior y solo querían suprimir sus aspectos más estridentes. Carecían de cualquier relación con las fuerzas políticas organizadas y no tenían voluntad de tenerla. Formados, en el mejor de los casos, entre las dictaduras de Franco y de Macías, la participación de los guineanos en el gobierno de la nación (la democracia), no estaba entre sus coordenadas políticas. Los nuevos dirigentes introdujeron cambios de carácter más generacional que político y como dice Liniger-Goumaz, “ninguna personalidad clave del régimen de terror impuesto entre 1975 y 1976 parece haber sido arrestada”.    

Durante un primer periodo se beneficiaron entre una parte de los guineanos, incluidas algunas fuerzas de la oposición, y ante la antigua metrópoli, de una cierta “legitimación negativa”. Unos y otros estaban de acuerdo en que: “todo vale contra Macías” o  “cualquier cosa es mejor que Macías”. 

III. Los “golpes” de Severo Moto. El número de intentos de golpe de Estado  de Severo Moto (siete según nuestros datos) permiten analizar cómo han ido cambiando sus métodos y cómo han evolucionado también los principios políticos que los inspiran.  

Pensamos que hay dos características previas que habría que poner de manifiesto: la primera es que se trata siempre (con pocos matices) de golpes organizados desde fuera del Estado, por personas que no forman parte de él y deben asaltarlo y la segunda que se organizan, en principio, desde una fuerza política relevante (el Partido del Progreso de Guinea Ecuatorial), con una existencia de doce años cuando tiene lugar el primero de los intentos; una fuerza política que hasta periodos muy próximos y quizás todavía entonces (en 1994) era la más activa y una de las más numerosas de la oposición guineana.  

La primera de estas condiciones haría pensar, en caso de éxito, en una importante remoción de los cargos públicos más importantes, aspecto que tiene sin duda sus límites. Es conocido, por ejemplo, el interés de Severo Moto porque fuera Melanio Ebendeng quien encabezase “el nuevo ejército guineano” tras la posible toma del poder por el llamado “gobierno en el exilio”, aunque el señor Ebendeng Nsomo ha venido ocupando durante muchos años puestos de primer orden en el régimen de Obiang. A la “designación” de Melanio Ebendeng cabe encontrarle dos explicaciones que no tienen que ser contradictorias, una de ellas puede estar en que el enfrentamiento Obiang-Moto no tenga la radicalidad, desde el punto de vista político, que quieren darle unos y otros, otra que Ebendeng Nsomo es originario de Niefang, igual que el máximo dirigente del Partido del Progreso guineano... 

El intento de golpe de 1994 reúne varias características que le diferencian de todos los demás: es el único que se organiza desde dentro del país, sus actores son exclusivamente guineanos y cabría esperar que implicase una operación “cívico-militar” con la participación directa de militares guineanos y elementos del propio Partido del Progreso. Sin embargo, la dictadura guineana lo detectó por la indiscreción de uno de esos militares implicados, que no pudo soportar las intemperancias de su jefe, cuando estaba en una de sus primeras fases. 

En el segundo intento, el del Sana I, Cabinda 1997, permanecen (matizados) algunos de los elementos anteriores, pero están ya presentes las características definitivas de los intentos más recientes. Ya no se organiza desde dentro del país, pero todavía la mayoría de sus actores son guineanos (el Sana tenía prevista una escala antes de llegar a Malabo en la que subirían a bordo un número importante de ellos), aunque ya  están presentes los mercenarios. Su contenido político no está claro y nadie ha hablado nunca de manifiestos preparados para dirigirse a la nación, o documentos similares, a pesar de que el golpe se detecta en una de las fases finales de su preparación. En ella se detecta por primera vez (al menos desde fuera) una gran independencia en la actuación de Severo Moto respecto a su partido. En cualquier caso, y a despecho de ingenuidades y otros errores, estos dos intentos suponen la “etapa más gloriosa” de los intentos de Moto, presente a “pie de obra” en los dos. 

El tercer intento, de julio de 1998 en Camerún, es ya una nueva etapa.  Es un intento extremadamente voluntarista, organizado con el escaso dinero que proporciona un industrial español de origen levantino. Es una operación puramente militar (“llave en mano”) para la que se contrata al coronel camerunés Pierre Ndjoya que debería haberse trasladado a Guinea con sus soldados, asaltar el Palacio presidencial y llamar desde allí a Severo Moto para que encabezase la nueva situación. Unos pocos guineanos, y algún español, esperaron en Duala durante semanas el desenlace. Cuando Ndjoya puso de manifiesto que estaba haciendo juego doble, la policía les detuvo y encarceló. Los mejor librados pasaron un año en las cárceles camerunesas, otros estuvieron más. 

Los intentos siguientes se preparan muy poco después y no pasan de sus primeras fases. El cuarto se hace en España, con la participación de elementos de la extrema derecha española y, según informaciones internas del Partido del Progreso que no son fáciles de contrastar, tiene su punto álgido cuando consiguen entrevistarse (en El Escorial) con un general y un coronel del ejército español, ambos en la reserva. Los servicios secretos españoles utilizan como pretexto unas violentas declaraciones contra el, entonces, presidente Aznar por parte de Severo Moto (siempre tan locuaz), para advertirle seriamente sobre sus actividades. Moto cierra inmediatamente la oficina que mantenía en la calle Orense (financiada por un extravagante abogado madrileño de dudosas relaciones políticas y personales) y todo quedó interrumpido.

El quinto y el sexto intento se hacen con organizaciones latinoamericanas. Los detalles del séptimo (el de marzo de 2004) son conocidos, al menos en parte, y no vamos a entrar a pormenorizarlos.

Creemos, sin embargo, que es importante señalar algunas de sus características que llevan al extremo las de todo el proceso anterior. Se trata de una operación exclusivamente militar, llevada a cabo por elementos ajenos a Guinea (en este caso por un conocido grupo de delincuentes internacionales), de la que se desconocen todos sus ingredientes políticos y las contrapartidas ofrecidas a los financiadores. En realidad, la característica que nos parece más relevante del proceso de los golpes de Moto es que se acaba difuminando cualquier componente política. En esto ha debido tener alguna importancia la ilegalización en Guinea en 1997 del Partido del Progreso, que vivió después un periodo más o menos clandestino, con varias escisiones, para acabar desapareciendo. En ninguno de los intentos (en realidad, como hemos dicho, tampoco en el del Sana I, cuando todavía existía el Partido del Progreso dentro de Guinea) se dan a conocer líneas programáticas, declaraciones, intenciones, o algunas de las características políticas que tendría el nuevo orden a crear tras un posible éxito. Podría decirse que conforme se van sucediendo los intentos, mayor es la autonomía de Moto respecto a cualquier formación política (incluida la suya) y que todo el mensaje político queda reducido a la  persona de Moto, a su presencia en ellos. El único, y difuso, compromiso de Moto parece ser la organización de unas elecciones libres, eso sí con él instalado previamente en un poder sin contrapesos guineanos.

IV.- Otros. Efectivamente, podría haber otros y no serían mejores. Se trataría de intentos también “desde fuera” del Estado protagonizados por personas que hasta hace bien poco estaban integrados en el régimen guineano, cuya única relación con la democracia ha sido perseguirla durante años... Algo muy parecido al golpe de Obiang pero con alguna dificultad más desde el punto de vista militar.

En ninguno de los intentos de golpe de los que hemos hablado se resuelve (ni tan siquiera se plantea) el papel de la mayoría de los guineanos, o los partidos que los representan, en estas operaciones o en el periodo posterior. Parece que no debe ir más allá de “mostrar su apoyo y aclamar a los caudillos triunfantes”, no tienen garantizado siquiera el de “beneficiarios pasivos”.

En realidad a estos intentos, como a otros más de la historia de la Guinea independiente, es difícil situarlos en el campo de la democracia.

Es cierto que (como dijimos al referirnos al golpe del 3 de agosto), disfrutan de una cierta “legitimación negativa”. Para muchos ahora, como sucedió en los últimos tiempos de Macías, “contra Obiang vale todo”, “cualquier cosa es mejor que Obiang”. Son posiciones que expresan la exasperación, sin duda justificada, de no pocos guineanos enfrentados al dictador. Sin embargo, la experiencia posterior a 1979 debería servir para algo. La sociedad guineana está, pese a todo, más vertebrada que entonces (lo estaría más si se le permitiera vivir en democracia) y prescindir políticamente de ella, sustituir su papel por algún nuevo salvador de la Patria, contribuiría más a complicar los problemas que a resolverlos.

Adolfo Fernández Marugan. Secretario ASODEGUE.    

 

 

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