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HOJAS  INFORMATIVAS

 

9 de junio de 2011

"El gobernador Faustino Ruiz González y el nacionalismo en Guinea Ecuatorial"

Donato Ndongo-Bidyogo, Seminario Internacional “Actores Coloniales españoles y Espacios Africanos SS. XIX-XX",   Universidad de Alcalá, 2-3 Diciembre 2010 

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   Acabada la II Guerra Mundial en agosto de 1945, se vivía en todo el mundo una efervescencia de las ideas de libertad. Las colonias europeas en África –que habían participado activamente en la contienda contra el totalitarismo- no quedaron al margen de la corriente liberalizadora. Los movimientos anticolonialistas se vieron reforzados, además, por dos hechos decisivos: la constitución formal de la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en octubre de 1945, que contaba con un Comité de Descolonización –conocido como el “Comité de los Veinticuatro-y la promulgación de la Declaración Universal de los Derechos del Hombre, el 10 de diciembre de 1948, que consagró principios como el de la libertad inalienable de todo ser humano y el derecho de todos los pueblos a la autodeterminación.  

   Como es lógico, el auge del nacionalismo en toda África, y, sobre todo, en el África central, se contagió a los entonces llamados Territorios Españoles del Golfo de Guinea, compuestos por las islas de Fernando Poo y Annobón,  y la Guinea Continental o Río Muni. Estas colonias estaban aisladas del resto, por su peculiaridad lingüística y la naturaleza del régimen político de la metrópoli, pero, a pesar de todos los intentos,  España no pudo impermeabilizarlas de estos efectos, por varias razones: primera, el trazado de los límites con los vecinos territorios franceses, 45 años antes, no había aislado a las poblaciones respectivas de la parte continental, pues las mismas etnias habitaban en ambos lados, por lo que el contacto seguía siendo fluido entre familiares y amigos separados por límites artificiales; segunda: en la isla de Fernando Poo, el continuo flujo de trabajadores y comerciantes nigerianos, imprescindibles para la agricultura colonial, actuaba de corriente transmisora de las nuevas ideas; y tercera, las emisiones radiofónicas de Nigeria, Camerún y Gabón se percibían perfectamente en los territorios controlados por España, facilitadas por la proximidad, y, sobre todo, por los idiomas nativos comunes y el “pidgin”, verdadera “lengua franca” en todo el golfo de Guinea.       

   Pero en los territorios coloniales españoles se vivía una situación particular, que los hacía diferentes a las colonias francesas e inglesas del entorno. La metrópoli estaba gobernada por una dictadura fascista, dura y terriblemente represora, consecuencia de la victoria del general Francisco Franco Bahamonde en la guerra civil que asoló España entre 1936 y 1939. Y anotemos que, desde el inicio de la II Guerra Mundial en 1939, el régimen español –proclive a Hitler y Mussolini a pesar de su neutralidad oficial- sufría un aislamiento político y, sobre todo, un embargo económico, que se acentuarían tras la victoria de los aliados. Esas circunstancias impedían la recuperación y el desarrollo de la economía española, donde, hasta ya adentrada la década de los 50, se carecía de todo, e incluso la alimentación estaba racionada. España necesitaba todo tipo de materias primas, y sus colonias africanas podían suministrarle algunas. Se revalorizaron así aquellos territorios, mediante la incentivación de la emigración hacia la colonia, con la finalidad de incrementar la producción de cacao, café, aceite de palma, yuca y otros productos imprescindibles, y la explotación de la madera; como meros ejemplos, el aceite de palma guineano sirvió para fabricar jabón, la harina de yuca fue importante en la alimentación de la España de la postguerra, y los ferrocarriles españoles quizá sigan rodando sobre rieles sujetos a  traviesas de madera de Río Muni. La primera consecuencia de esa política fue la enajenación de tierras a favor de los colonos, en perjuicio de los nativos. De manera que a los tradicionales agravios de toda colonización –ausencia de libertad, discriminación racial, sobreexplotación de personas y bienes,   desprecio de las culturas autóctonas-, el nacionalismo guineano encontró en las expropiaciones forzosas consagradas por la conocida como “Ley de terrenos”, de 4 de mayo de 1948, el argumento básico e inmediato para articular la reivindicación de la soberanía[1]

   Son diversas las versiones sobre la primera manifestación pública del nacionalismo anticolonial, aunque coinciden en lo esencial: se produjo en Micomeseng, en febrero de 1948, durante la primera visita oficial de Luis Carrero Blanco, entonces Subsecretario de la Presidencia del Gobierno, de la que dependía la Dirección General de Marruecos y Colonias. Según Francisco Ela Abeme,  los hechos se desarrollaron cuando un grupo de jefes de tribu y otros notables, encabezados por Carmelo Nguema Ndong Asumu, e  integrado por Eko Edu Mengue, Esono Ngui, Abeso Motogo, Alogo Nvono, José Meñana y otros, entregó en mano un manifiesto a Carrero, en presencia del gobernador Juan María Bonelli Rubio y del director general de Marruecos y Colonias, general José Díez de Villegas. En resumen, el documento, redactado por Felipe Aseko, Marcos Nze y Marcelo Asistencia Ndong Mba, denunciaba los excesos del colonialismo y pedía una mejora del trato que se daba a los nativos[2], sin cuestionar directamente la situación colonial. Celestino Okenve, sin embargo, señala que el documento fue una “carta” en demanda de la independencia, y habría sido entregada durante una concentración de notables y jefes tradicionales de los distritos más orientales (Ebebiyín, Mongomo, Micomeseng, Añisok y Nsok-Esabecang), convocados por el capitán Basilio Sáez, jefe de la guardia colonial en Micomeseng, para recibir a los visitantes españoles, encabezados por Enrique Ruiz Gallarza, ministro del Aire. Inspirada y redactada por Marcelo Asistencia Ndong Mba, con intervención de Enrique Nvo, se encargó a Moisés Mba Nsono –padre del después candidato presidencial y destacado opositor Andrés Moisés Mba Ada-, “muy amigo de los blancos”, que la entregara a las autoridades españolas; pero éste no se atrevió, y la puso en manos de su amigo el capitán Francisco Pérez Vázquez, delegado gubernativo y jefe de la guardia colonial de Ebebiyín, quien, tras leerla, la guardó en el bolsillo. En la sala del tribunal indígena de Micomeseng, la delegación española se reunió con los representantes guineanos, para transmitirles los saludos de Franco. Al concederles la palabra, el jefe Carmelo Nguema levantó la mano e hizo entrega de una copia del escrito. Marcelo Asistencia Ndong Mba fue represaliado con la venta de todas sus propiedades –incluida su mujer- y confinado en la isla de Annobón durante muchos años[3]. Además de Ndong Mba, otros integrantes del grupo fueron también detenidos, torturados y confinados en Annobón durante una década; alguno logró evadirse y refugiarse en Gabón, integrándose en las filas del nacionalismo.      

   El resultado de esta acción fue la destitución del gobernador Bonelli Rubio. Se daba la circunstancia de que Bonelli, nombrado en 1943, tenía malas relaciones con el estamento colonial; entre otras razones, por haber propiciado una tímida apertura en el sistema de enseñanza, al modificar el curriculo de la Escuela Superior en la que se formaban los maestros auxiliares y los auxiliares administrativos indígenas. La gran mayoría de los colonos, muy conservadores -encabezados por monseñor Leoncio Fernández Galilea, vicario apostólico-, le acusaban, junto a su inspector de Enseñanza, Heriberto Ramón Álvarez García, de mejorar la educación de los negros con la finalidad de subvertir el orden colonial y prepararles para que pudiesen reclamar la independencia. 

   Con este telón de fondo, en febrero de 1949 llegó a Santa Isabel de Fernando Poo el nuevo gobernador general, Faustino Ruiz González, marino como la inmensa mayoría de sus predecesores y sucesores. Resultan, pues, claros los objetivos de la sustitución: incrementar la producción económica de la colonia, acentuar la “españolización” de aquellos territorios y cortar de raíz los brotes nacionalistas. En este estudio, dejaremos aparte el análisis de la historia económica y de la historia social, para centrarnos en la historia política de aquel período.  

   Por razones fácilmente comprensibles –la tradición oral como único testimonio documental, y la obligada clandestinidad de las actuaciones conspirativas- no resulta fácil establecer las fechas exactas del nacimiento de las fuerzas políticas guineanas. Algunas fuentes aseguran que, hacia 1947 o 1948, surgió la “Cruzada Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial”, liderada por Acacio Mañe Ela, un próspero agricultor originario de la zona de Monte Bata, del que no recelaban los colonos ser “emancipado pleno” y miembro del Patronato de Indígenas, por lo cual podía moverse con libertad dentro del territorio colonial sin necesidad de pedir el salvoconducto preceptivo. Otras[4] afirman que se creó tras las detenciones masivas producidas en noviembre de 1959. Es todo un síntoma el nombre escogido para esta primera agrupación nacionalista articulada, que recuerda con fidelidad las ideas de “cruzada” y “liberación”, omnipresentes en la retórica del régimen de Franco, que denominó así a la guerra civil que libró contra la República. Meñe desarrolló en la época una vasta y profunda actividad de proselitismo hacia sus ideas pro-independentistas, realizada sobre todo entre los “evolucionados”: las capas sociales más cultas o prósperas, y personalidades con influencia social, como maestros auxiliares, administrativos, agricultores y catequistas. Algunos de sus partidarios más conocidos fueron el bubi Marcos Ropo Uri, y los fang Enrique Nvo y Francisco Ondo Micha, un prestigioso catequista que ejercía en la emblemática misión de Nkue-Efulan. Más que un partido político, la “Cruzada” puede definirse como un movimiento social y político contestatario que aglutinó a muchos guineanos de todas las tendencias ideológicas y de todas las procedencias étnicas, unidos por el afán de concienciar al pueblo sobre los abusos del colonialismo y exigir la soberanía. Sin embargo, y pese a la coincidencia de fechas y objetivos, aún no ha sido posible establecer un nexo entre la “Cruzada” y el manifiesto de Micomeseng; pero el hilo de los acontecimientos permite extraer la conclusión de que a finales de los años 40 existía una conciencia anticolonial clara y generalizada en Guinea Ecuatorial, que podía manifestarse mediante acciones articuladas o espontáneas.  

   Lo corrobora asimismo la conversación que mantuvo Ruiz González con el rey Uganda, durante su reunión con los notables ndowés en 1950 (considerada por algunos “cumbre Hispano-Ndowé). Según cuenta Enénge A´Bodjedi, el gobernador español manifestó que “España está dispuesta a otorgar la independencia a su gente benga, así como a los otros playeros de la zona entre el río Campo y el río Muni, pero no a los salvajes pamues de la selva”. Uganda replicó en los siguientes términos: “Fueron vuestros antepasados blancos quienes llegaron hasta la tierra ancestral de mis antepasados negros y les llamaron paganos despiadados y caníbales carentes de compasión con sus semejantes. Los misioneros norteamericanos nos enseñaron, hace cien años, que deberíamos amar a nuestros vecinos tal como nos queremos a nosotros. ¿Cómo podríamos los ndowé aceptar la independencia de España mientras nuestros hermanos y hermanas panghwe (fang) del interior permanecieran colonizados y oprimidos por vuestra gente? Yo no quiero que ningún apartheid divida a los ndowe y a los panghwe de la Guinea Española”. El gobernador contestó: “Bueno… Si quiere que los pamues reciban su independencia al mismo tiempo que sus playeros, entonces está bien. Pero, aunque el mono se vista de seda, mono se queda. Usted y sus playeros verán cómo los salvajes pamues destruirán este próspero país. Sus hermanos pamues del bosque maltratarán a su pueblo playero peor que lo que hizo cualquier blanco. Cuando esos salvajes y caníbales pamues de las junglas del río Muni empiecen a matar y a canibalizar a su gente, sus maravillosos presbiterianos racistas blancos, amantes de Jesús y temerosos de Dios, y el mismo gobierno de los Estados Unidos, no harán nada para detener el genocidio”[5].   

   Por la misma época, los seminaristas de Banapá –único centro que proporcionaba una enseñanza más o menos homologable a la española peninsular- empezaron a expresar su descontento por su situación. Varios eran los ejes de sus reivindicaciones:  la falta de promoción –que ellos vivían como discriminatoria-, ya que los misioneros claretianos, rectores del Seminario, retrasaban cuanto podían su traslado a España o a Roma para proseguir sus estudios de Teología y acceder al sacerdocio; se les tenía prohibido todo contacto con sus familiares, por lo que sus vacaciones escolares transcurrían en el mismo lugar donde estudiaban; los trabajos que les obligaban a realizar en las fincas adjudicadas a los misioneros; la mala calidad de la comida, y, por último, la actitud poco respetuosa de sus educadores, que les vejaban de continuo con insultos y menosprecio a su raza y a sus culturas autóctonas. El conflicto estalló septiembre de 1951, cuando los seminaristas se declararon en huelga, considerada una revuelta por los padres Nicolás Preboste y Antonio Gil Guedán, responsables del Seminario, quienes, muy alarmados, llamaron al obispo Fernández Galilea, y éste al gobernador Ruiz González. El jefe de policía de Santa Isabel, Jaime Ramírez Togores, al frente de un numeroso grupo de fuerzas de la Guardia Colonial y efectivos policiales, se aprestó a reprimir la “sublevación”; pero no contaban con la firmeza y determinación de los estudiantes, que se manifestaban contra “las injusticias” y por unanimidad habían decidido “luchar por las libertades de la institución y del país”[6]. Fueron detenidos los tres cabecillas: Atanasio Ndong Miyón, Enrique Gori Molubela y Rafael Dámaso Sima, así como sus seguidores más destacados: Francisco Obiang Ebaná, Celestino Nnang Mico, Clemente Mpenda Diván, José Esono, Alberto Ndong, Eugenio Eteo, Edmundo Tale, Joaquín Ndong y Vicente Castellón Ntayo[7]. Como puede verse, en el grupo se hallaban compañeros de todos los grupos étnicos, que actuaron de consuno. Fue un espectáculo insólito para los habitantes de Santa Isabel ver encerrados en los calabozos de la Comisaría de Policía a tanto ensotanado, ya que, en la época, los seminaristas vestían  como los sacerdotes, aunque su sotana era negra y blanca la de los presbíteros ordenados. Al ser liberados, se expulsó a todos los considerados cabecillas y a algunos de sus seguidores. Rafael Dámaso Sima regresó a su pueblo, en el distrito de Kogo; Enrique Gori se trasladaría después a España para estudiar Derecho, mientras Atanasio Ndong Miyón y Joaquín Ndong se exiliaron en Libreville (Gabón). Tras infructuosas gestiones para ser admitidos en el seminario local, Joaquín Ndong entró a trabajar en una empresa francesa, y Atanasio Ndong se enroló en el Ejército colonial francés. Ambos realizaban frecuentes incursiones clandestinas a la parte continental de Guinea Ecuatorial, para reunirse con activistas y militantes de la “Cruzada”. En 1954, a propuesta de Atanasio Ndong, la “Cruzada” tomó el nombre de Movimiento Nacional de Liberación de Guinea Ecuatorial (MONALIGE), del que fue elegido secretario general. Enseguida contó con las simpatías de los nacionalistas gaboneses y la protección de su dirigente más emblemático, León Mba, que llegaría a ser el primer presidente de Gabón tras su independencia, en agosto de 1960. De manera que una sencilla y nada grave cuestión disciplinaria en un centro educativo se convirtió en un problema político, debido a la cerrazón de unas autoridades coloniales incapaces de dialogar, encabezadas por el gobernador Faustino Ruiz González, sólo dispuesto a emplear métodos represivos. 

   El MONALIGE, bajo la dirección de Ndong Miyon, se reveló como un partido abierto y dinámico: expandió y consolidó las ideas soberanistas entre la población a través de incursiones cada vez más audaces, gracias a la permeabilidad de la frontera y al apoyo que recibían de los gaboneses. Dentro de Guinea, se sucedían las reuniones clandestinas en los poblados; cuando llegaban los destacamentos de la guardia colonial para reprimirlas y apresar a los independentistas, éstos se habían esfumado en la selva, protegidos por los aldeanos. Las órdenes del Gobierno General eran entonces amedrentar a la población deteniendo a los jefes tradicionales de la localidad, a los familiares de los exiliados y a cualquier sospechoso de connivencia con ellos, que eran multados, encarcelados o condenados a trabajos forzados. Con esos métodos, las autoridades coloniales sólo conseguían legitimar las ideas anticolonialistas y engrosar las filas nacionalistas. Algunos suboficiales guineanos, o simples soldados rasos de la Guardia Colonial, protegieron a personas a las que habían ido a detener, o se pasaron directamente al bando anticolonialista; tal es el caso del sargento Jesús Eworo, que llegaría a ser ministro en el primer gobierno independiente. No se conoce con exactitud el número de guineanos refugiados en las colonias vecinas de Camerún y Gabón entre 1950 y 1964, cuando entra en vigor el Régimen Autónomo; en cualquier caso, llegaría a ser muy numeroso: entre 2.500 y 10.000 personas (según las fuentes), sobre una población que entonces no alcanzaba los 250.000 habitantes[8].  

   Una de las consecuencias de las dos dictaduras que ha padecido y padece Guinea Ecuatorial desde su independencia es la trágica desaparición de los protagonistas de su Historia, sin que hayan podido transmitir sus vivencias, acciones y recuerdos a las generaciones posteriores. Los que no han sido devorados por la vorágine sanguinaria del “nguemismo” tampoco han tenido la oportunidad de hablar para la posteridad. Recuerdo, durante mi década ominosa en Malabo, que se amedrentaba a las personas con las que pretendía realizar trabajos de campo para recuperar nuestra Historia, como Luis Maho Sicachá y su hermano Elías, Marcelo Asistencia Ndong Mba, y otros que no nombro porque aún siguen viviendo lánguidamente en Guinea Ecuatorial. Por ello resulta muy ardua la labor del historiador, al estar desprovisto de fuentes, orales y escritas, debido al celo desculturizador de las autoridades que sufrimos desde hace 42 años. Es, pues, difícil contrastar la información que poseemos de una sola fuente, y ser riguroso a la hora de ofrecer los datos fundamentales de nuestro devenir histórico. Por eso siempre me limito a dar con cautela los frutos de mis investigaciones en fuentes guineanas, las únicas posibles según de qué temas se trate.  

   Aprovechando su conocimiento de la situación internacional debido a su estrecha relación con los independentistas de los países vecinos –desde su exilio gabonés, y después de su traslado a Camerún, luego a Argelia- Atanasio Ndong, en nombre del MONALIGE, presenta una dura batalla contra España en los foros internacionales. El 24 de febrero de  1956, con el fin de tramitar adecuadamente la solicitud de entrada de España, el secretario general de Naciones Unidas envió a Madrid un memorando en el que se le preguntaba al Gobierno de Franco si tenía colonias o territorios dependientes. España declaró no tener territorios que no se gobernasen por sí mismos, ya que acababa de devolver a sus legítimos dueños el Protectorado de Marruecos, y el resto de sus posesiones africanas no podían considerarse territorios coloniales, sino “provincias” en las que sus naturales gozaban de los mismos derechos que el resto de los españoles. Así se enteraron los guineanos de que eran “iguales que los españoles”. Pero la creación de la “Región Ecuatorial” tardaría más de dos años en convertirse en una realidad, ya que hasta el decreto del 10 de agosto de 1958 no se oficializa la “provincialización”. Mientras los nacionalistas denunciaban esas falacias en los organismos internacionales, el colonialismo empezó a dividirlos, consciente de que las reivindicaciones soberanistas estaban siendo tomadas en serio por la comunidad internacional y la independencia podía ser posible, como en el resto de África.   

   Dos fueron los métodos más eficaces: presentar al país no como una unidad, sino como una frágil amalgama de tribus antagónicas, unas más pobres y “salvajes” y otras más “civilizadas” y ricas, cuya coexistencia sólo podía garantizar España; el objetivo era azuzar como fuera unos recelos y rivalidades inexistentes hasta entonces; la otra estrategia fue la introducción de factores ideológicos en unas formaciones políticas cuya razón de ser era casi exclusivamente la liberación del país de la opresión extranjera, sin que hubiesen formulaciones teóricas ni programáticas consistentes que sustentasen políticamente tal aspiración. Esa endeblez ideológica –que al final resultó una de las causas de la posterior tragedia que aún sufre el país- fue aprovechada por la propaganda colonial para infundir en algunas mentes la idea de que los partidarios del MONALIGE, con su secretario general al frente, eran unos “peligrosos comunistas”. La extrema derecha en el poder –en España y, obviamente, en la colonia- empezó a agitar el fantasma de sus propios miedos para asustar a una población que en realidad nada sabía de tales cosas –o estaba influida por dos décadas de adoctrinamiento fascista-, con la finalidad de generar desconfianza hacia los líderes y, en definitiva, impedir o dificultar la independencia. Se logró imbuir en ciertas mentes el espíritu cainista y “guerracivilista” que había llevado al desastre a la propia metrópoli[9].  

   Al fomentar la rivalidad étnica, el gobierno general regido por Faustino Ruiz González creó las bases de la inestabilidad permanente que minaría la política guineana, evidenciada durante la Conferencia Constitucional, cuyas secuelas permanecen aún hoy. Las pruebas más claras son la creación en 1960 de dos provincias, cuando el decreto del 10 de enero de 1958 aludía a una “provincia ecuatorial”; y, a partir de entonces, la proliferación de una serie de “partiditos” –en la terminología de la época- de base tribal, en una maniobra copiada de la experiencia belga, una de las peores del proceso descolonizador africano, con la que se ahogó al nacionalismo integrador representado por Patrice Lumumba  y se impidió –hasta hoy- la cristalización de una nación estable en la República Democrática de Congo.  

   Otra prueba de nuestro argumento es la creación de Idea Popular de Guinea Ecuatorial (IPGE), el otro grupo político que más contribuyó a lograr la independencia de Guinea Ecuatorial, surgido asimismo de una escisión por la izquierda del MONALIGE. Aunque parece haber sido fundado “dentro del país en los años 1949-1950”[10], fue constituido formalmente en 1959 por exiliados guineanos en Camerún, y su comisión ejecutiva es claramente interétnica: los bubis Marcos Ropo Uri y Luis Maho Sicahá, el fernandino Gustavo Watson Bueco y los fangs Enrique Nvo, Pedro Ekong Andeme, Clemente Ateba o José Nsue Angüe. Dos fueron las características fundamentales de este partido: su radicalismo de izquierdas y su determinación de unir Guinea Ecuatorial y Camerún tras la independencia. La primera podría ser una consecuencia de la deriva cada vez más represora del colonialismo, sobre todo a partir de 1959, como veremos a continuación, o un simple contagio de las formas al uso de los movimientos anticoloniales más ideologizados, como la Unión de los Pueblos de Camerún (UPC), de Félix Moumié; pero no se conoce ningún documento o actuación que avalara tal discurso y, como el MONALIGE, tampoco articuló su propuesta política en un pensamiento que superase el mero deseo de “echar al blanco”, como afirmó más de un líder; no había, pues, un programa que avalase ese aura de “radicales” que siempre le rodeó, y que podemos atribuir a la contrapropaganda de signo colonialista.   La actuación de sus dirigentes lleva a pensar más bien en una ideología liberal en lo político y en lo económico; lo cual explicaría los bandazos de sus principales dirigentes, alguno de los cuales, como Luis Maho, que sustituiría a Nvo en la presidencia del partido, aceptó cargos en el Gobierno Autónomo constituido por Bonifacio Ondo Edu en 1964, al dictado de Carrero Blanco; otros militantes destacados se pasarían al MUNGE. Convenientemente orquestado por la propaganda colonial, su compromiso de federarse con Camerún tras la independencia -anunciado y defendido por Maho en una conferencia internacional en Uagadugú, Burkina Faso, y contemplado en el artículo 3º de sus estatutos- restó al IPGE apoyos dentro de Guinea, hasta que fue suprimido en la reunión de Ebolowa en marzo de 1962, a propuesta de Agustín Eñeso y Esteban Nsue Ngomo. Algunos militantes del IPGE atribuyen a “necesidades financieras” aquella insólita propuesta, bien instrumentalizada por el estamento colonial; el propio Maho se justificaría posteriormente con el argumento de que “no sabía francés” y “firmé lo que me pusieron”.  

   El decreto de “provincialización”, del 10 de enero de 1958, fue un revulsivo para la sociedad guineana. Las autoridades españolas esperaban que sería recibido con alborozo, al equiparar jurídicamente a colonizados y colonizadores y aliviar los efectos más ingratos de la interacción entre blancos y negros. En vez de ello, arreció la oposición anticolonial: los nacionalistas exiliados protestaron ante la ONU, mientras en el interior crecía la oposición a la medida. Enrique Nvo, líder del IPGE, opinaba que el nuevo estatuto estaba destinado a impedir la independencia, pues vaciaba de contenido las principales reivindicaciones de los nativos, que ya no serían considerados sujetos coloniales, sino ciudadanos –“súbditos”, en la terminología de entonces- españoles. El IPGE convocó una reunión en Santiago de Baney (Fernando Poo), a la que asistieron, entre otros, Felipe Ndjoli, Alberto Mbande, Federico Ebuka y Pastor Toraó. Los congregados acordaron oponerse a las maniobras españolas y comisionaron a Nvo para que viajase a Camerún y utilizara sus contactos con el independentismo local para hacer llegar a la ONU un escrito que denunciaba la “provincialización” y exigía la independencia. Nvo llegó a su pueblo, Mbé, en el distrito de Micomeseng, donde cruzó el río Campo (Ntem), fronterizo con la colonia francesa. A partir de ahí se pierde su pista, existiendo varias versiones sobre su desaparición: para unos, “un soplón” habría comunicado a la policía colonial los pormenores de su misión, y habría sido asesinado por guineanos pagados por  el gobernador Ruiz González; para otros, Nvo fue asesinado por instigación del gobierno autónomo camerunés –presidido por Ahmadou Ahidjo, que después sería el primer presidente del país- al negarse a ratificar el “compromiso” de federar ambos países tras la independencia.  

   La desaparición de Enrique Nvo conmocionó al independentismo guineano, y sólo tuvo como consecuencia la huida hacia el exilio de numerosos nacionalistas, que redoblaron sus esfuerzos para acabar con la colonización. En julio, el IPGE presentó ante la ONU una petición formal de independencia, al tiempo que denunciaba la “provincialización” como una argucia de los españoles para impedir el acceso a la soberanía. Se constituiría oficialmente como partido político en Ambam (Camerún), a principios de 1959. 

   Tras la “provincialización” oficial y la desaparición de Nvo, el MONALIGE, por su parte, también se reafirmó en su determinación de proseguir la lucha por la independencia. En una reunión clandestina que tuvo lugar en Kogo el 10 de junio de 1959, los asistentes (Atanasio Ndong Miyón, Agustín Bibang, Miguel Aloo, Eduardo Makambo, Rafael Dámaso Sima, Ramón Ela, Adolfo Obiang Bikó y otros) resolvieron “potenciar la extensión de las bases nacionalistas en toda Guinea” y enviar al exilio a guineanos voluntarios, con el fin de activar la propagación “de los fundamentos de un cambio revolucionario que se preveía irreversible”, cursar solicitudes de asilo en los países vecinos, cuya independencia ya tenía fecha, y “canalizar los contactos con los Estados africanos ya independientes y con las Naciones Unidas”. A partir de entonces, Ndong Moyón y sus seguidores multiplicarían aún más  sus frecuentes viajes clandestinos a las localidades guineanas fronterizas con Gabón. Es también en esta época (1959-1960) cuando el MONALIGE crea un sindicato de inspiración cristiana, la Unión General de Trabajadores de Guinea Ecuatorial; se producen contactos continuos de colaboración activa entre los opositores del interior (Bonifacio Ondo Edu, Francisco Salomé Jones…) y del exterior,  así como los acuerdos  de concertación entre el MONALIGE y la IPGE. 

   A mediados de 1959, llegaron a Guinea los primeros efectivos de la Guardia Civil, fuerza de seguridad más eficaz en las tareas policiales que la obsoleta Guardia Colonial (que pasó a llamarse Guardia Territorial). Entre sus 350 efectivos, desplegados en cinco distritos de  Fernando Poo y Río Muni, no había un solo guineano, para evitar las complicidades con los nacionalistas detectadas en la Guardia Colonial, compuesta por oficiales blancos y suboficiales y tropas nativas. A medida que España completaba el ordenamiento jurídico de la “provincialización”, arreciaba la represión. Su punto culminante fue la detención y asesinato de Acacio Meñe Ela, cabeza visible del MONALIGE en el interior, el 28 de noviembre de 1959[11]. Meñe fue detenido en Bata, cerca de la Misión Católica, cuando salía de entrevistarse con el padre Antonio Cañigueral, “gran amigo suyo”; aunque otras fuentes aseguran que acababa de confesarse con el padre Nicolás Preboste, vicario general; trasladado al cuartel de la Marina, al parecer fue brutalmente torturado y luego embarcado en un buque que zarpaba hacia Fernando Poo, pero no llegó a la isla. Desde entonces se cree que fue arrojado al mar.      

   Si la muerte de Enrique Nvo conmocionó al país, este nuevo crimen resultaría un revulsivo. El gobernador Ruiz González reactivó la represión. Fueron detenidos numerosos maestros, funcionarios y gente destacada de las que se sospechaba una proclividad con las ideas soberanistas; entre otros, Justino Mba Nsue, Federico Ngomo Nandongo, Agapito Ona, José Nsue Angüe Osa, Federico Ebuka, Juan Roku, Felipe Ndjoli, Esteban Santos Ekoo, Jesús Alfonso Oyono, Salvador Ndong Ekang, Alejo Ndong... Todos fueron encarcelados y torturados, algunos con especial saña, como Salvador Ndong Ekang. Curiosamente, ninguno de los bubis y fernandinos implicados fueron encarcelados, ni otros que, como Enrique Nkuna y el sacerdote Alberto Ndong, quedaron como sospechosos. En una gira que realizó por todo el país, el gobernador Ruiz González fue muy claro: “Esos que están ahora en las mazmorras, detrás de mi palacio en Santa Isabel, llorando como mujerzuelas, que creían que ya eran algo por saber las cuatro operaciones fundamentales, conocerán dentro de poco cuán peligrosos son ciertos juegos (…) Debo recordar aquí, en Micomeseng más que en ningún otro sitio, que mi puño no temblará para firmar la sentencia de muerte de ningún desgraciado que atente contra la dignidad de España; vista el hábito que vistiere, cualquiera que atente contra la españolidad de estas tierras lo mandaré fusilar”[12]. Y los habría mandado fusilar de no oponerse el obispo de la diócesis, Francisco Gómez Marijuán, y el comandante de la Guardia Territorial, Huete, que al parecer discrepaban de los métodos expeditivos del gobernador. Se propuso el destierro de los implicados a la isla de Annobón, idea que también fue rechazada, y los nacionalistas fueron saliendo de las cárceles (Black Beach de Santa Isabel y “Modelo” de Bata), tras ocho meses o un año (según los casos) de trabajos forzados.     

   El ya por entonces almirante Ruiz González no actuó por su cuenta, sino de acuerdo con el ministro Subsecretario de la Presidencia, el también almirante Luis Carrero Blanco, mano derecha de Franco, del que dependían las colonias. Lo prueba un párrafo de uno de sus discursos durante su visita oficial a Guinea en octubre de 1962, pronunciado en Bata, en el que, tras asegurar que no era la primera vez que viajaba a aquellas tierras, añadió: “Hace poco tuve que venir a cortar la cabeza de una serpiente negra en el estuario del Muni”[13]. ¿Se refería a Acacio Meñe? En las referencias biográficas oficiales, no consta ese viaje. La verdad sólo se sabrá cuando las autoridades españolas tengan a bien abrir a los investigadores las secciones correspondientes del Archivo General de la Administración, sito en Alcalá de Henares.     

   En 1960, 17 países africanos obtuvieron su independencia. El colonialismo, tal como se había entendido desde finales del S. XIX hasta la primera mitad del S. XX, quedaba derrotado. Pero no por ello se agotaron las esperanzas de los “viejos coloniales”, como se llaman a sí mismos: estaban dispuestos a oponer resistencia, siguiendo los ejemplos de Portugal, y, sobre todo, de las minorías blancas de Rhodesia del Sur (actual Zimbabue) y Sudáfrica. Diversos estamentos coloniales –los “finqueros” agrupados en el sindicato del Cacao, los madereros y los funcionarios- podían resignarse ante la independencia de la parte continental, pues, a fin de cuentas, no habían conseguido dominar el miedo depositado en su imaginario hacia los belicosos fang, “fieros” y “salvajes”, a los que llamaban  pamues. Pero Fernando Poo era distinto: consideraban “pacíficos” y “más civilizados”  a sus habitantes autóctonos, los bubis; allí residía la inmensa mayoría de los colonos, allí se había invertido más dinero, allí el nivel de vida era más próspero. Por eso muchos colonos consideraron que la independencia no debía alcanzar a las islas, sino sólo a Río Muni.  

   A tenor de los datos conocidos, el gobernador Ruiz González se situó a la cabeza de una operación involucionista, que pretendió impedir una independencia unitaria de la “región ecuatorial”, manteniendo Fernando Poo como una provincia, un protectorado o un Estado asociado a España, controlado por la minoría blanca. En el verano de 1961, algunos colonos concibieron la idea de convertirle en “abba” (“sacerdote supremo”, que muchos desconocedores de la tradición bubi interpretaron como “rey”). A tal efecto, se convocaron reuniones con jefes tradicionales y demás notables bubis en Ruiché y Bocoricho. No prosperó la idea, porque los bubis adujeron que ése no es un cargo electivo ni político, sino una representación espiritual hereditaria dentro de una familia determinada; la habilidad de ciertos bubis logró ir posponiendo una ceremonia que describían como muy complicada, que incluía muchas consultas rituales con los espíritus de sus antepasados y requería que el gobernador se casase con una joven virgen de una familia principal, y al gobernador, recalcitrante soltero, se le tenía por “misógino”; se mezclaron los temas políticos, pues muchos de los bubis más influyentes recordaron el rosario de agravios infligidos por los colonizadores, en especial la represión desencadenada sesenta años antes tras el levantamiento del jefe balachá Esasi Ebuera, más conocido como “Sas Ebuera”; como los promotores de la propuesta la habían disfrazado bajo el argumento de que sería un “homenaje a España”, que protegería así a los bubis, algunos nativos propusieron arrendar la isla a España “y después se vería”; muchos bubis expresaron su desconfianza hacia los colonos, pues se sentían aturdidos por la “provincialización”, ya que algunos colonos racistas se empeñaban en seguir llamándoles “monos” aunque fueran “españoles”; en resumen, los bubis no vieron claro el asunto, y la “coronación” se redujo a un descafeinado “homenaje”, con promesa de nombrar “botuku” (persona destacada de un lugar) al gobernador, en un acto propiciado por la Diputación Provincial –presidida por Javier Alzina- con motivo del “Día de la Provincia”, en agosto de 1961[14].  Contrariados sus deseos, el 18 de diciembre de ese mismo año Ruiz González salió hacia España, oficialmente para tomar sus vacaciones, pero ya no regresó.  

   El fracaso de sus aspiraciones, y el ridículo consiguiente,  determinaron la dimisión –cese para algunos- del gobernador Ruiz González. Todavía se desconoce si el almirante Carrero Blanco conocía las pretensiones de su hombre en Santa Isabel;  determinados indicios permiten sospechar que sí, aunque aún no hay respuesta a la duda sobre si las compartía. Existen diversos testimonios de destacados “coloniales”, entre ellos el de José Menéndez Hernández, quien escribe: “Para Carrero Blanco la situación de la Guinea era clara. Los nativos de Fernando Poo, los bubis, no deseaban separarse de España. Querían constituir un Estado asociado con la metrópoli. Los que sí postulaban una independencia total eran los fang del Continente. Por ello el Almirante pensaba que hubiese sido más acertado propiciar el nacimiento de dos estados diferentes”[15].        

   Puede afirmarse, pues, que el largo mandato de Faustino Ruiz González, el gobernador más longevo en su cargo -después de Ángel Barrera, a principios del siglo XX-, se caracterizó por los intentos de impedir por la fuerza la evolución política de Guinea Ecuatorial, mediante la represión y la división de las fuerzas políticas nacionalistas. Fracasó, obviamente, al no lograr impedir  la independencia, ni consumar la secesión de Fernando Poo. Poco después de tomar posesión en febrero de 1962, su sucesor, el contralmirante Francisco Núñez Rodríguez, hasta entonces secretario general del Gobierno General, inició una política conciliadora con los independentistas. Presionado por los grupos soberanistas y por las circunstancias internacionales, el Gobierno español tuvo que cambiar radicalmente de actitud; pocos meses después, en octubre de 1962, el propio Carrero declaraba que “España no se opondrá si en el futuro la mayoría deseara modificar en algún aspecto su estatuto actual”, reconociendo así la posibilidad de una independencia que un grupo de nacionalistas le acababa de exigir por escrito en Baney. Menos de dos años después, las “provincias ecuatoriales” pasaron a tener un régimen autónomo que otorgó a los guineanos un amplio abanico de libertades, como la existencia de partidos políticos y sindicatos, y el regreso de los exiliados, de las que no gozaban los propios españoles, preludio de la independencia proclamada el 12 de octubre de 1968.  


 

[1] Para no repetir datos de sobra conocidos, remito a mis libros Historia y tragedia de Guinea Ecuatorial, Edit. Cambio 16, Madrid, 1977; y España en Guinea (con Mariano de Castro), Ediciones Sequitur,  Madrid, 1998. 

[2]  Ela Abeme, Francisco: Guinea, los últimos años; Centro de la Cultura Popular Canaria, Santa Cruz de Tenerife, 1983; ver también Ndongo-Bidyogo, Donato: obs. cits.; “Una merienda de blancos (Descolonización de Guinea Ecuatorial 1936-1968)”, en “Historia 16”, Madrid, núm. Extra, “España en África”, abril 1979, y “España y Guinea (1958-1968”, en “Historia Universal, s/f. Los datos contenidos en estos trabajos proceden de diversas entrevistas realizadas a personalidades del nacionalismo histórico, como Elías Maho Sicachá, Esteban Nsue Ngomo, Justino Mba Nsue y Andrés Moisés Mba Ada. 

[3]  Testimonio de Celestino Okenve a Xavier Lacosta: “Cronología de Guinea Ecuatorial: de la pre-independencia (1948) al juicio de Macías (1979)”, en Internet. Conviene precisar que el ministro del Aire en la época era el general y aviador Eduardo González-Gallarza.

[4] Justino Mba Nsue en la VII sesión de la Comisión Política de la Conferencia Constitucional, Madrid, 10 de noviembre de 1967. Actas de la Conferencia Constitucional, inéditas.

[5] Enénge A´Bodjedi: Cuentos Ndowe I, Ndowe Internacional Press, Nueva Cork, 2003, págs. 205-207. Cf.  “Los pastores presbiterianos ndowe”, en “Oráfrica, revista de oralidad africana”, nº 4, abril de 2008, pág. 73-100.

[6]  El profesor Eugenio Nkogo Ondo fue testigo de los acontecimientos. Ver su ponencia “La Guinea Ecuatorial: Reminiscencia histórica. Experiencia de las luces y de las sombras de un proyecto político”, en “International Conference: Between Three Continents: Rethinking Equatorial Guinea on the Fortieth Anniversary of its Independence from Spain”. Hofstra University, Nueva York, 2-4 abril 2009. 

[7]  Todos los “seguidores”, excepto los dos últimos, alcanzaron el  sacerdocio y ejercieron en Guinea.

    Enrique Gori Molubela sería después presidente de la Diputación de Fernando Poo, presidente de turno de la Asamblea en el Régimen Autónomo, y durante la Conferencia Constitucional se revelaría como uno de los referentes más sólidos del separatismo bubi. Juzgado arbitrariamente en diciembrede1969 por la intentona golpista de Atanasio Ndong de marzo anterior, y condenado a 25 años de prisión, fue asesinado en la cárcel en 1972.

  Vicente Castellón Ntayo fue destacado dirigente de la Unión Annobonesa, partido de corte tribal fundado durante el Régimen Autónomo. Participó en la Conferencia Constitucional. Uno de los pocos supervivientes a la tiranía de Macías, ocupó cargos menores con éste y en la primera etapa de Teodoro Obiang.

   El P. José Esono fue asesinado en la cárcel de Black Beach en 1976.

[8]  La población total (europeos y africanos y todos los grupos étnicos) evoluciona de los 171.381 habitantes censados en 1942 a los 245.989 de 1962. Ver diversas  estadísticas publicadas por el Instituto de Estudios Africanos (IDEA), Dirección General de Marruecos y Colonias –después Dirección General de Plazas y Provincias Africanas-, Presidencia del Gobierno.

[9] En efecto, se logró una escisión del MONALIGE por la derecha, pues Bonifacio Ondo Edu fundó en Libreville la conservadora Unión Popular de Liberación de Guinea Ecuatorial (UPLGE), que, cooptada por el colonialismo, se convertiría en Movimiento de Unión Nacional de Guinea Ecuatorial (MUNGE), partido con el que conseguiría “gobernar” durante el Régimen Autónomo.  

[10] Según uno de sus dirigentes históricos, Clemente Ateba, en la VII Sesión de la Comisión Política de la Conferencia Constitucional, Madrid, 10 de noviembre de 1967. Actas de la Conferencia Constitucional, inéditas.

[11] Eugenio Nkogo Ondo, creemos que erróneamente, señala como fecha de este crimen el 20 de noviembre de 1958 (ver documento citado); lo cierto es que la “desaparición” de Enrique Nvo es anterior al asesinato de Acacio Mañe.

[12] Ela Abeme, Francisco, ob. Cit., págs. 51-52. 

[13] Ela Abeme, F., ob. cit., pág. 55.

[14] El Dr. Armando Ligero Morote, alcalde de San Carlos (hoy Lubá) en 1961, relata estos hechos en el núm. 8-9, 1990, de la “Revista de Estudios Africanos”, editada por la Asociación Española de Africanistas, de la era entonces presidente. 

[15] Menéndez Hernández, José: Los últimos de Guinea. El fracaso de la descolonización”, Sial Ediciones, Madrid, 2008; pág. 412. Lo cual coincide con toda la actuación del almirante Carrero, ya vicepresidente del Gobierno español, durante la conferencia constitucional y las posteriores elecciones de 1968.

 

  

 

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