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HOJAS INFORMATIVAS
1
de junio de 2009
"El comienzo
de la masacre colonial del pueblo Bubi. La muerte del Botuko Sás,
1904"
Lola García
Cantús, Universitat de Valencia
1. Los
Hechos
¿Quién
puede contarnos mejor, y más descarnadamente. los hechos que el
ejecutor de los mismos?
El
primer teniente de la Guardia Civil de Fernando Poo, José de la
Torre Rey, enviado por el Gobernador, José de Ibarra, a realizar
una expedición de castigo contra los poblados bubis del sur de
la isla, en concreto contra los situados en Concepción y en el
Valle de Moka, partió de Santa Isabel, en el vapor “Mogador” de
la Cía.Trasatlántica hacia la bahía de Concepción, nada más
rayar el alba del día 26 de junio de 1904.
Le
acompañaban su segundo, Fausto Andrés Aliaga, dos cabos y seis
guardias indígenas. Llegaron a puerto a las 9 de la mañana y
fueron informados por los Misioneros Claretianos, que allí
tenían una Casa-Misión, de los “desmanes” del rey de Moka,
Botuko Sás Ebuera y, lo más importante, se les advirtió de que
el jefe bubi “disponía de buen número de hombres obedientes a
sus mandatos, [pero] armados con armas primitivas y escopetas de
pistón y chispa” (1).
Aprovechando esta valiosa información que revelaba la impotencia
de los bubis, dice el teniente: “me dispuse a asaltarlos y
sorprenderlos a través del bosque, en sus propias guaridas; y el
día veintisiete, a pesar de lo accidentado del terreno y de las
lluvias torrenciales […] fue sorprendido el titulado rey en su
residencia, y con él sus hijos y sus mujeres y el mandatario
Passi”. El infame acto fue realizado no tan sólo con la cobardía
que de la narración se deduce, sino de madrugada, cuando las
víctimas dormían. Después de reducirlos, el primer teniente
anota que fueron conducidos al día siguiente a la MisiónCatólica
y “fueron invitados (2) a reconocer como único soberano
de toda la isla a S.M. el Rey D. Alfonso XIII”.
¿Dónde
y cómo fueron invitados? ¿Lo fueron en su propio poblado,
después del asalto o ya en la Misión, ante la mirada de los
reverendos padres claretianos? Todo parece indicar que fue en
este último lugar. ¿Cómo? En todo caso, sin violencia alguna,
según las propias palabras de José de la Torre. Sin embargo, una
vez obtenida promesa de fidelidad y obediencia al gobierno de
España por parte de los bubis presos, el mismo teniente
manifiesta que: “reconocida nuestra soberanía […] dispuse la
destrucción de la vivienda del llamado rey, quemando el tosco
sitial, donde con el ceremonial que acostumbran los naturales se
sentaba a modo de trono […] y se recogieron sus insignias de
mando, consistentes en los originales sombrero y bastón”.
Todavía no satisfecha la policía con estos actos de evidente
violencia y humillación de la persona, familia y súbditos de Sás,
se les confiscaron 18 escopetas y se les impuso una multa en
especie que consistía en 50 cabezas de ganado lanar y cabrío. El
último castigo fue obligarlos a bajar del Valle para que
reconociesen oficialmente al Gobernador, como
representante del Gobierno de España, en una ceremonia de
acatamiento y, de paso, entregar el pago de la multa. A tal
efecto, fueron embarcados a las 10 de la mañana del día 29 para
la capital, en el “Mogador” -cuyo capitán, José Sabater, había
esperado en la bahía de San Carlos para facilitar la operación
de castigo- el Sás, su mandatario Passi, 18 mujeres, 11 niños
pequeños, 21 hombres, 18 escopetas y 50 cabezas de ganado. Según
las palabras del primer teniente, se regresó sin novedad
a las 19h. del mismo día 29.
¿De
qué forma se les convenció para que dejasen su postura de
rebeldía? No se dice nada –porque recordará el lector que la
violencia en la destrucción de casa y símbolos fue un castigo a
posteriori- ¿Qué métodos empleó la policía después de tomar
preso al botuko? Nos asaltan sospechas nada tranquilizadoras
cuando sabemos que tanto Sás como Passi murieron a los dos días
y medio de su estancia en el hospital de Sta. Isabel a donde
fueron ingresados debido a su moribundo estado. Sin embargo, con
la importancia que tiene este hecho y la que después –hasta
1905- se le dio por parte del Ministerio de Estado del Gobierno
de la metrópoli y las elaboradas respuestas-justificaciones del
Gobernador, el antedicho teniente no menciona, ni tan siquiera
una vez, el estado de la tan grave supuesta enfermedad con que
parece, por documentos posteriores del gobierno colonial, se
encontró al Botuko Sás al asaltar su casa, ni el hecho bastante
escandaloso de que tuvieran que bajarlo, por un terreno tan
accidentado y en plena época de lluvias, en parihuelas, tapado
con mantas, etc.
¿Por
qué el ejecutor de los hechos no menciona nada de esto? ¿No lo
consideraba importante? ¿No era el teniente consciente de que si
el rey Sás aparecía en ese estado por la capital, el principal
sospechoso de haberle dado una paliza o acto similar, sería él?
Parece claro ante nuestros ojos que del silencio se desprende lo
evidente: que la violencia practicada con el botuko, de una u
otra forma, fue la causa de su muerte.
El
teniente La Torre termina, no sin antes dar su opinión personal
sobre el resultado de la gloriosa acción que ha dirigido:
“concluyendo en el Sur de la isla con el poderío de los bubis
[…] se ha puesto término a las ridículas versiones de su fuerza,
causa del temor de algunos europeos a frecuentar estos
territorios; y […] nuestros Misioneros podrán ejercer su
ministerio sin la resistencia que ofrecía a sus propósitos un
gobierno indígena que ya no podía tolerar, ni la civilización ni
el decoro de nuestra Patria”.
Versión ésta, la que acabamos de leer que, adjuntada a un
Despacho del Gobernador de la Colonia, llegó con retraso de más
de un mes a la península y que levantó la inmediata alarma del
Ministerio de Estado que no había dado tal orden ni conocía el
hecho.
El
Despacho del Gobernador, José de Ibarra, es del 26 de julio de
1904 y sólo su encabezado es ya suficientemente significativo:
“Dando cuenta de los
relevantes servicios
prestados por la Policía de la Colonia en el distrito de la
Concepción y Moka” (3).
Se
puede decir que la muy sucinta información del Gobernador se
divide en 3 partes. Al principio, señala la importancia de la
operación contra los bubis llevada a cabo el mes anterior,
poniendo de relieve en el último párrafo uno de los objetivos
fundamentales de la misión (o de las Misiones): usurpar al
pueblo bubi la parte sur de la isla en donde existía la mayor
concentración de sus pueblos. El Gobernador empieza diciendo:
“podrá formarse V.E. una idea exacta de la importancia del
servicio prestado por la Policía […], acabando con la ridícula
leyenda de los reyes bubis y abriendo paso para el progreso y
para la civilización […]
la parte sur de la isla si rica y
hermosa […] de valor inmenso para nosotros por su clima templado
[…] donde se desconoce en absoluto la fiebre malárica, el
enemigo más terrible del europeo en estas latitudes”.
La parte central del discurso lo forman los dos grandes
objetivos-justificaciones que le movieron a ordenar el
servicio. Por una parte, habla de las amenazas y actos de
violencia que el botuko Sás y sus secuaces realizaban
continuamente contra todos los bubis que querían residir en la
Misión Claretiana de Mª Cristina, próxima a la bahía de Riaba o
Concepción; por lo tanto, se podría afirmar que uno de sus
grandes fines fue defender la libertad, evidentemente de los
claretianos, porque era totalmente inaceptable que: “Las
Misiones establecidas en la Concepción que tenían por objeto el
infundir con las verdades del Evangelio la civilización entre
aquellas gentes bárbaras, llevaban una vida lánguida
completamente estéril, debido […] a las amenazas […] contra los
bubis que intentaban vivir al amparo de la Misión”. No obstante,
su principal objetivo había sido reducir la rebeldía del rey de
Moka que había tenido la desfachatez de retar a España con un
tablero que, fijado en las lindes de sus tierras, señalaba que
no se traspasase los límites puestos por él.
La
última parte, en donde remarca la importancia del servicio,
la dedica a enumerar las benéficas consecuencias de su acto:
“Familias enteras han descendido a Concepción […] Infinidad de
niños reciben una educación que les hará dignos […] de la nación
a que pertenecen [y] el espíritu de respeto y disciplina se ha
extendido entre estas gentes convencidas ahora […] de que en la
Isla, no existe más rey, ni más autoridad que la de S.M., el Rey
Dn. Alfonso XIII”.
Como
se puede observar tampoco el Gobernador menciona la supuesta
enfermedad que llevó al botuko a la muerte.
Finalmente, la primera autoridad de la colonia, recomienda al
teniente La Torre y al cabo senegalés, Silman Sila (4) quien, al
mando de la fuerza indígena, fue el que realmente subió a Moka y
el que les hizo el trabajo sucio, es decir, el verdadero
ejecutor de tal ignominia.
Versión bastante diferente a las dos que acabamos de exponer, es
la que leemos en el nº 32 de 12 de julio de 1904, del famoso
periódico quincenal de las Misiones, La Guinea Española,
editado en Banapá desde 1903 (5). Veamos lo que dicen los
mayores beneficiarios del servicio ejecutado. Entre un
artículo loando al fallecido Stanley con el título de El gran
africanista y la Relación del Santoral religioso,
encontramos una extensa nota informativa, titulada escueta y
despreciativamente: Lo del Sás. Según esta versión fue el
cabo de la Guardia Civil de Concepción el que, enterado de la
rebeldía de Sás, le dio un primer aviso, al que el rey respondió
altaneramente “que él no temía a nadie, que ni él ni los suyos
bajarían, y que ya podía subir allá el cabo, que tenía bastante
pólvora para recibirlos” (6). Efectivamente, subió el cabo con
cuatro policías desarmados y, ante los insultos de los bubis,
decidieron bajar a la casa de Malabo (hijo primogénito del
difunto Moka) quien les trató muy bien, siempre en palabras del
periódico. Por fin, bajaron a Concepción donde ya les esperaba,
recién llegado de Santa Isabel, con armas y municiones, el cabo
Sila “senegalés, hombre templado, inteligente y nada cobarde que
hace años presta valiosos servicios en la Colonia”, y éste,
debidamente instruido por el Teniente la Torre, subió “al frente
de los suyos convenientemente armados”. Como se deduce de la
redacción, tan solo subieron a Moka los soldados indígenas.
Ningún blanco iba con ellos. Sás y los suyos se rindieron
inmediatamente y, sólo después, subió el teniente.
Decidieron bajar a los presos a la playa para conducirlos a la
capital, en cuyo hospital murió el botuko Sás “no por castigos
ni mal trato, pues se le cuidó muy bien, sino víctima de sus
grandes achaques y enfermedades que le hacían digno de compasión
y lástima”. Sin embargo, parece que finalmente vence el
Catolicismo pues, en realidad, el artículo comienza con este
ampuloso párrafo: “[el] legendario Sas,
Rey de los Valles de Moka (7),
que felizmente
terminó sus días en el hospital de Sta. Isabel, el día 3 de los
corrientes. Decimos felizmente; pues quien jamás pensó en
abrazar el cristianismo y dejar el culto supersticioso de los
ídolos, […] pidió […] el santo bautismo, que le fue
administrado, dos días antes de su muerte imponiéndosele el
nombre de Pablo. ¡Ojalá que quien imitó a Saulo en perseguir a
la Iglesia de Dios, haya sido sincero imitador de la conversión
de Pablo!”.
Como
fácilmente se puede apreciar, ésta es la única versión en que se
nombra la enfermedad y muerte del Botuko. Es la más elaborada;
la más coherente. Por lo tanto, la conclusión más sencilla es
que la versión que luego se ofrecería como oficial, salió de las
mentes de los reverendos de la Misión de Mª Cristina, el lugar
de los hechos.
Julio
es la fecha de las dos últimas versiones. Datados en diciembre,
el Gobernador envía al Ministro de Estado (en contestación a una
R.O. -fechada en octubre- del Gobierno de la metrópoli, en la
que se le pedían explicaciones tanto de la operación de castigo
como de la tardanza en comunicarlo) una serie de documentos
exculpatorios, entre los que se encuentra su Informe, en versión
parecida a la que dan los reverendos Padres Misioneros. A este
Informe se acompañan los testimonios correspondientes a la
apertura que hace el propio Gobernador, en agosto, de una
Investigación “para esclarecer” los hechos.
No
obstante, en esta nueva explicación del Gobernador se introducen
elementos que nos hacen pensar. Casi todo lo escrito por Ibarra
son justificaciones encaminadas a dejar como mentiroso, traidor,
etc. al Juez de 1ª Instancia de Fernando Poo que, al parecer,
había denunciado ante la Junta de Autoridades de Sta. Isabel el
carácter irregular de la muerte del Sás, así como la falta de
transparencia en el reparto y adjudicación de las cabezas de
ganado pagadas como multa al Estado.
Ciertamente, debía ser el Juez de 1ª Instancia y, en este caso,
debemos consignar su nombre: Dn. Gonzalo Cubells y de Lara, una
de las primeras autoridades de la isla en tener, necesariamente,
que darse por enterado de las condiciones en que llegaron los
presos a la capital y, en consecuencia, debía haber abierto
sumario. Sin embargo, la primera autoridad no menciona el
procedimiento habitual, para pasar a cargar gratuitamente contra
Cubells: “Respecto a las manifestaciones hechas por el Sr. Juez
de 1ª Instancia en la Junta de Autoridades […] niego
terminantemente, y de la manera más categórica, que sean
ciertos” (8), pero como se le acusaba, no tan solo del hecho en
sí sino también, de no haber dado cuenta de ello al Ministerio,
la respuesta del gobernador constituía, ciertamente, una
desfachatez: “Respecto a no haber dado cuenta de la muerte del
Sás al Ministerio […], debo contestar que habiendo fallecido el
Sás de muerte natural,
no consideraba que este hecho tuviera la suficiente importancia
que mereciera ponerlo en el elevado conocimiento de V.E.”
.
Cuando, cruzando la documentación, podemos entrever, como en el
caso que nos ocupa, parte de la verdad, las preguntas más
básicas y sensatas vienen a nuestra mente: si Ibarra consideraba
tan poco importante la figura del Botuko Sás como para obviar el
hecho de su muerte ¿por qué ordena la operación contra alguien
carente de importancia? ¿Por qué informa en julio con tanta
pompa, del servicio prestado?
Sin
embargo, en diciembre, debe explicar al Ministro, ante las
protestas de inhumanidad con que se trató al Sás, aquello que,
anteriormente, no
consideró importante,
las circunstancias de la muerte del jefe y de su lugarteniente,
Passi, y dice al respecto: “el llamado “Passi” […] quedó
detenido por orden gubernativa en la cárcel de esta ciudad a
consecuencia de aparecer patente su culpabilidad en los sucesos
ocurridos en el Valle de Moka y […] falleció en el Hospital […]
de resultas de una fiebre variolosa”; en cuanto a Sás,
dice que sus sentimientos de cristiano y caballero no le
hubiesen permitido realizar lo que de él se insinúa y que su
policía trató, incluso podríamos decir “con ternura” al botuko:
“respecto a considerar inhumana la conducta de la Policía
obligando al Sás a trasladarse a Sta. Isabel, siendo así que su
estado de salud era en extremo delicado, este Centro, debe
manifestar […] que fue muy humano y caritativo, pues en esta
capital encontró cuidados y personas doctas […] que le prestaron
sus importantes servicios, de los que se hallaba completamente
desprovisto en su rincón de la montaña, donde habitaba una choza
que como todas las que habitan los bubis más parecen hechas para
albergar animales inmundos que no para albergar seres humanos”.
Sin embargo, por valiosos Informes de 1905 (el de Coll y Astrell
y el de Saavedra, p.e.), hemos podido saber del desastroso
estado de suciedad y descuido en que se hallaban las
instalaciones del hospital y el escasísimo y poco cualificado
personal que en ellas trabajaba.
Finalmente, el gobernador intenta dar cuenta al Ministro de todo
el resto: “los demás bubis fueron alojados en los
espaciosos almacenes que posee La Colonial en esta ciudad,
ocupándome yo personalmente de que no les faltase de nada,
siendo reembarcados a los dos días […] para S. Carlos, desde
donde se dirigieron a sus aduares”. A continuación comenta que
no se les devolvieron las escopetas
por no poseer la licencia de
armas. En cuanto al
ganado, la verdad de la corrupción y el vil intento de
desprestigio del Juez emergen al leer el siguiente y lioso
párrafo: “debo manifestar que renuncio a favor de los mismos
que lo traían […] y que los bubis parte de este ganado, lo
vendieron a altos precios,
al Sr. Juez de 1ª Instancia Sr.
Cubells [he aquí el
cuerpo del delito] y a otros vecinos de Sta. Isabel, aplicando
los bubis parte del importe de estas ventas a proveerse de
géneros en las factorías de esta población y llevándose el
resto”. Sencillamente, absurdo.
No
obstante, además de estas vanas palabras, el Gobernador adjunta
los testimonios de una
Información instruida con Carácter Reservado (9)
que entre el 13 y el 19 de
agosto realiza, por mandato suyo, el Oficial Segundo de
Administración, Francisco Javier Gallo y Martínez de Maturana
(10).
En
esta instrucción se tomó declaración al hermano de la Misión,
Salvador Puig, al padre Juanola, a Gonzalo Cubells, juez de 1ª
Instancia, al teniente de la Guardia Civil destinado en San
Carlos, Fausto Andrés, al médico del hospital “Reina Cristina”,
Arturo Gil y al antedicho teniente José de la Torre. Todos
ellos, menos el juez de 1ª Instancia, ratificaron la versión
oficial, pero creemos que el P. Juanola fue más allá,
demostrando que los Misioneros fueron las cabezas pensantes
de la coartada del gobernador ante el posible efecto no
deseado de la muerte del Sás.
En su
comparecencia el día 16, el P. Joaquín Juanola, después de
referir los hechos, entrega como por prueba del pacifismo
de los misioneros una carta que el encargado de la Misión Mª
Cristina de Concepción, Soteros Gómez, le había remitido el día
24 de julio, en respuesta a las preguntas que sobre el suceso se
le habían dirigido. Los dos bloques de preguntas se referían,
por un lado, a la cantidad de bubis que habían bajado a la
Misión desde la muerte del Sás y, por otro, a la presunta
libertad de éstos para quedarse o volver a sus pueblos. Por
supuesto, para el reverendo Gómez casi todos habían llegado a la
Misión por propia voluntad a excepción de algunos. “Algunos
pocos vinieron por miedo a los policías, como ellos me dijeron,
otros porque tenían aquí en el pueblo parientes o amigos, otros
porque ya querían venir y por miedo a sus muchukus no habían ya
venido” y “no solo permanecen libres […] sino que lo sentirían
muchísimo si se les obligase a volver a sus pueblos”.
Según
el padre, llegaron a la Misión 45 de los cuales quedaban 39; los
otros 6 habían regresado a sus pueblos haciendo uso de su “plena
libertad”. El grupo de los 39 estaba compuesto por: 24 niños, 8
niñas, 2 personas casadas, un matrimonio y 3 solteros. Tan sólo
9 bubis eran de Riaba, el resto de otros pueblos que no
especifica.
El
padre Gómez, con la intención manifiesta de tachar de exagerados
a los bubis, escribe un párrafo ciertamente confuso, dejándonos
en la incertidumbre de si realmente hubieron “desaparecidos” en
la represión a los indígenas, hecho no mencionado en los
documentos: “Lo del número de desaparecidos de Riabba -95- me
recuerda lo que me dijo el principal criado de Malabo, al
quejárseme de que los policías habían comido muchas cabras de
Malabo cuando subieron a coger al Sás: le pregunté cuántas y me
dijo que 300, hablaba en inglés, al replicarle que eso no podía
ser, él se afirmaba más y más en ello. Gracias a que yo sabía
por intérpretes que subieron los policías que las cabras muertas
para comer fueron 4: así en nuestro caso los de Riabba venidos a
la Misión de 9 han resultado 95 ¿Qué le parece, amado Padre?”.
Sin
embargo, a continuación es el reverendo Gómez quien expone sus
agravios contra los jefes bubis y contra ciertos finqueros, en
forma de preguntas: “¿Qué responderé […] de haber Bioko […]
envenenado a muchachos de la Misión?”. Es evidente que de esta
pregunta se desprende que toda la parte sur de la isla se había
alzado contra los españoles, puesto que también se acusa a Bioko,
hermano menor de Malabo. A continuación y, despreciando los
derechos de “patria potestad” tan valorados en la metrópoli,
pregunta: “¿Qué hemos de hacer cuando al visitar los pueblos
bubis encontremos niños o niñas, etc. que quieren venir a la
Misión y sus padres u otras personas se lo impiden por la
fuerza?”.
Su
tercera pregunta es bastante tramposa: “¿Qué he de responder a
los bubis del bosque que se quejan de las multas y trabajos que
Bioko les impone?”. Evidentemente que, de ser cierto
(permítasenos la duda), tan solo se trataba de cambiar una
explotación por otra, la de los claretianos y la administración
colonial.
Involuntariamente, y cuando habla sobre moral pública, el
reverendo nos muestra uno de los mayores problemas de Fernando
Poo y también de los pueblos-finca-misiones claretianas: la
falta de brazos, que no podía ser suplida por los escasos, caros
y renuentes krumanes: “¿Qué remedio se podía poner a lo que
hacen los krumanes, máxime los de Bepepe, de dar cosas a las
mujeres del pueblo católico para que dejando a sus legítimos
maridos se vayan a vivir con ellos, siendo esto causa de
desórdenes en el pueblo? ¿Puede tolerarse que un finquero admita
para vivir en su casa a mujeres del bosque o de la Misión, para
tener seguros a sus krumanes?”.
El
Ministerio de Estado no tardó en contestar. Por R.O. de 21 de
octubre de 1904 se dirigía al gobernador Ibarra, señalando el
fondo de la cuestión: “No se explica satisfactoriamente este
Centro cómo al dar cuenta de la captura de Sás nada se dijo por
el jefe de policía respecto al estado en que se hallaban y,
menos aún, se comprende cómo ese Gobierno general tampoco se
ocupó de tan interesante extremo ni del aún más importante de la
muerte de Sás, acaecida según se ve mucho antes de la fecha en
que se comunicó a este Departamento” (11). Y, aunque la versión
que dio, tarde, el gobernador fuera cierta, el ministro señala
que igualmente fue un error y una cobardía, al decir: “no es lo
mismo sorprender a un rey bubi en plena salud en condiciones por
tanto de ocultarse y defenderse, que capturarle enfermo y
achacoso hasta el punto de tenerle que transportar en una
hamaca”. El ministro se decanta porla versión del juez de 1ª
Instancia por dos razones: “porque la encuentra verosímil” y
porque la Instrucción judicial que se realizó en la capital de
la colonia, fue una farsa que no demostró nada “puesto que en
ella han declarado únicamente los misioneros y oficiales de
policía, es decir, lo que en su caso resultarían responsables de
la conducción de Sás a Sta. Isabel, sin que se haya oído a
ningún bubi, ningún otro moreno civilizado ni, en último término
a ningún europeo, nacional o extranjero de los establecidos en
la Isla”.
2. Los
Motivos y los Actores, 1883-1904.
2.1.
Los Colonizadores
2.1.1.
El Gobierno de la Metrópoli.
La
pérdida de las Antillas y Filipinas en 1898 puso en primer plano
de la mirada del gobierno metropolitano sus posesiones en
África, en un momento también clave para este continente,
después de la Conferencia de Berlín de 1884-85, y de las
negociaciones bilaterales entre Francia y España por los
territorios del Muni que culminarán con el Tratado de París de
1900.
Es
necesario remontarnos, como mínimo, a 1882 para comprender la
vieja y la nueva política colonial y cómo su desarrollo afectará
a la historia de Fernando Poo en los comienzos del siglo XX.
Desde
los orígenes de la colonización española en el Golfo de Guinea,
el coste de la Administración colonial, en todas sus facetas,
siempre había sido el gran problema del gobierno de la
metrópoli. Su colonia de Fernando Poo era deficitaria y por
ello, y también porque la posesión de la isla, en principio, iba
a beneficiar la economía azucarera cubana con un tráfico de
esclavos directo, los presupuestos de la isla se cargaron al
presupuesto de Cuba hasta fines del XIX (12).
Sin
embargo, en agosto de 1882 el gobierno había encontrado la
manera de surtir a Guinea de funcionarios baratos y leales a los
objetivos colonizadores del Estado: la expansión del territorio
bajo soberanía española y la reducción de los pueblos indígenas.
Todo ello revestido, claro está, de la ideología salvadora y
civilizadora correspondiente. El Ministerio de Ultramar, por R.O.
de 9 de agosto de 1882, se comprometió a financiar y apoyar
política y militarmente la labor misionera de los hermanos de la
Congregación de los Hijos del Inmaculado Corazón de María
(Claretianos) en Guinea, y así se consigna en el R.D. sobre
Presupuestos de agosto de 1883 y se reitera en otro de octubre
de 1884 que, muy claramente, pone de manifiesto el carácter de
verdaderos funcionarios del estado con que se revestía a los
misioneros: “al mejor servicio del Estado en aquellos países,
para robustecer la soberanía de España, conviene el aumento de
las misiones, a fin de extender cuanto sea posible la luz de la
verdadera religión y proporcionar medios a la Autoridad delegada
en dichos dominios de atraer a la obediencia de España el mayor
número posible de aquellos indígenas” (13).
El
hecho de que el Ministerio de Estado pasase, desde el 12 de
abril de 1901, a responsabilizarse directamente de la
administración de los territorios del África occidental, fue
decisivo para que se abriesen amplios debates sobre el modelo
colonial tanto en el ámbito político peninsular, como en la
colonia. Sin duda, hacía falta una nueva, más eficaz y más
acorde con los tiempos, legislación para los nuevos y viejos
“territorios españoles del Golfo de Guinea”, con aires de falso
regeneracionismo donde no cabía la palabra “posesiones” por su
histórica connotación negativa. Según Díaz Matarranz (14), por
parte del gobierno se puso en marcha un plan con tres etapas:
recogida de información, periodo de debate y toma de decisiones.
En la
primera fase, efectivamente, se recogieron numerosas opiniones
tanto de cargos políticos y administrativos: gobernadores y
funcionarios coloniales, como de los misioneros, agricultores y
comerciantes de la colonia. Para el tema que nos ocupa, debemos
resaltar algunos objetivos importantes del informe del Prefecto
de las Misiones, padre Armengol Coll, a fines de 1902 que
señalaba “la conveniencia de formar centros de población bubis,
asignándoles una extensión de tierras proporcional a la
población; esto facilitaría la tarea de los misioneros y
aumentaría la riqueza agrícolas […], pues se verían obligados a
trabajar la tierra concedida para sobrevivir” (15). El padre
Armengol estaba planteando algo que las Misiones venían haciendo
en el norte de la isla casi desde su llegada: la organización de
los indígenas en reducciones para su mejor control y
asimilación. No obstante, en 1902 aún no habían conseguido
reducir el Sur de la isla, teórico dominio del rey (Botuko) de
las colinas de Moka del que dependían unos 200 poblados que se
desparramaban hacia las bahías de San Carlos por el oeste y de
Riaba, por el este.
La
conquista del Sur de Fernando Poo era importante por una serie
de cuestiones:
-La
situación geográfica y climatológica de la zona de Moka que la
hacía muy sugestiva para, por un lado, utilizarla como
centro-sanatorio de los blancos y, por otro, para su explotación
agrícola como despensa de productos occidentales y pasto de
ganado.
-La
fertilidad de sus tierras que prometía pingues beneficios a los
finqueros ya establecidos en la isla y servía de reclamo para
nuevos establecimientos.
-La
gran concentración de pueblos bubis que, una vez domesticados,
podrían servir como fuerza de trabajo barata y solucionar otro
de los grandes e históricos problemas de la colonia: la falta de
brazos.
Quizás
por estas razones, no fue casual que las mayores adjudicaciones
de terrenos, incluidas las 1.000 Ha. que poseía la Cía.
Trasatlántica en la misma Moka, y las plantaciones de los
mayores finqueros y comerciantes, se concentrasen al sur de la
isla como señala Coll y Astrell en un artículo publicado en
El Imparcial de septiembre de 1905 (16).
En
julio de 1902 el gobierno creó una Junta Consultiva encargada de
proponer, a la vista de los informes, una nueva organización
política y administrativa de la colonia. La composición de esta
Junta es muy interesante tanto por su presidencia, el propio
Maura, como por las relevantes y expertas figuras que la
componían, entre otros: Rafael Mª de Labra, Amado Osorio,
Beltrán y Rózpide, Tomás Castellanos -ex ministro de Ultramar-,
Fernando Huelin, con intereses económicos en la isla y, lo que
es más interesante, el gobernador José de Ibarra, uno de los
protagonistas principales de los sucesos acaecidos en 1904.
No
parece descabellada la hipótesis de que la influencia del
gobernador en la posterior redacción del nuevo Estatuto Orgánico
de la colonia, sobre todo en lo que concierne a las atribuciones
de su figura, fue decisiva a tenor de su prepotente actuación en
1904.
No
fueron muchas las diferencias entre el Dictamen de la Junta
Consultiva y el texto aprobado, el R.D. orgánico de 11 de julio
de 1904 (17), pero sin duda la más importante fue la referida a
las atribuciones del gobernador. Mientras la Junta Consultiva
quería dar al Consejo Colonial la facultad de fiscalizar a la
primera autoridad de la colonia, en la redacción final aprobada
en Cortes “se limita su función a la consultiva y, a veces, la
resolutiva, reservando la ejecución de sus determinaciones, con
facultad para suspenderlas, al Gobernador general” (18). Es
decir, de nuevo y, como había sucedido desde los comienzos de la
colonización, correspondían al gobernador los poderes casi de un
Virrey de Indias.
Por
otra parte, la nueva legislación contemplaba el modelo colonial
de asimilación que, si bien concedía graciosamente los derechos
constitucionales españoles a los colonos de los territorios
africanos, contemplaba como menores de edad a los indígenas a
los que había que reducir y tutelar según el deseo y el ejemplo
de las Misiones Claretianas. A este respecto, el artículo 22
reza: “Las autoridades gubernativas promoverán, por los medios
que la prudencia sugiera, y conforme a las instrucciones del
Ministerio de Estado, la
reducción de los indígenas a poblado
y la consiguiente formación de
Consejos de Vecinos” (19).
Los
otros dos artículos referidos a los indígenas son muy
significativos de este modelo de asimilación forzosa. El art. 32
dice: “Los indígenas podrán ser obligados a la prestación
personal para obras locales de utilidad general, pero no
serán nunca empleados en beneficio de los particulares […] ni
fuera del territorio en que residan […] Las prestaciones
personales las acordará el Gobernador […] y nunca excederán de
cuarenta días al año por cada individuo” (20). A tenor de los
hechos anteriores y posteriores a 1904, Ibarra entendió que esta
facultad para establecer las prestaciones personales le eximía
de las otras obligaciones que, con respecto a los derechos de
los indígenas, constaban en la redacción del articulado.
El
art. 34 establecía la famosa institución paternalista del
“Patronato de Indígenas”. En el Dictamen de la Junta Consultiva
encontramos el verdadero objetivo de tal institución: “sería
oportuno sentar la base de la creación de un Patronato de
indígenas, que contribuya a que
desaparezcan las trabas que tanto
dificultan la inmigración de braceros
extranjeros a nuestras colonias”
(21). Sin embargo, en el Estatuto Orgánico podemos leer: “Se
constituirá con el auxilio de las Misiones españolas un
“Patronato de Indígenas”, especialmente dedicado a proteger a
los niños o indígenas remontados y a los trabajadores fomentando
la cultura y moralización de los naturales del país y su
adhesión a España” (22).
La
legislación de 1904 que derogaba el R.D. de 1888 por el que se
regía la colonia, termina con un R.D., también del 11 de julio
regulando la Propiedad (23). La redacción de los artículos 10 a
15 del Capítulo IV que decía regular la propiedad indígena,
denota un cinismo difícil de superar que ya es manifiesto en el
art. 10: “La propiedad indígena será respetada
en los términos que determina el
presente decreto. Nadie
podrá turbar a los naturales en la quieta y pacífica posesión
de las tierras que habitualmente ocupan”. Si nos fijamos en
las cursivas que he creído necesario señalar y leemos bien el
Capitulo II: De la propiedad del Estado, es fácil darse
cuenta de que casi todos los bienes inmuebles de la isla
pertenecían al Estado español y que el art. 10 tan solo regula
la “posesión” indígena. Pero si ello no resultase evidente, el
art. 11 del Capítulo IV nos lo aclara: “para determinar mejor la
propiedad de las diferentes tribus, poblados o grupos familiares
indígenas, el Gobernador
general de la colonia fijará los límites de la porción
correspondiente a cada uno de aquéllos.
Para esa fijación se tendrán ampliamente en cuenta las
actuales necesidades y el probable desarrollo material y
económico del núcleo de población” (24). Respecto a la
transmisión de la propiedad de indígena a indígena, esto es, el
derecho hereditario a la propiedad, el art. 13 lo reconoce salvo
el caso importantísimo y excluyente “de que los Poderes
competentes hubieran adoptado alguna disposición en contrario,
prohibiendo determinados actos o modificando el carácter y los
efectos de otros”. Y los Poderes competentes podían hacerlo
porque, según la ley española, la propiedad de las tierras
indígenas les pertenecía.
2.1.2.
La Administración Colonial
Como
en el periodo estudiado la figura del gobernador José de Ibarra
es decisiva, no estará de más que, aprovechando los datos que
nos ofrece el Dr.
Díaz Matarranz25,
recorramos brevemente su biografía.
José
de Ibarra y Aután, militar perteneciente a Marina, tomó posesión
el 11 de enero de 1886 como primer subgobernador de Elobey. De
marzo a mayo del mismo año, se hizo cargo interinamente del
Gobierno de la colonia y de la Estación Naval. Después de unos
meses en los que formó parte como delegado técnico de la
Comisión de Límites de París, regresó al Golfo de Guinea de
nuevo como subgobernador de Elobey, del 1 de julio de 1888 al 30
de junio de 1889; periodo en que llevó a cabo dos expediciones
militares: una a Corisco, supuestamente para terminar con la
esclavitud, cuestión dudosa si tenemos en cuenta sus acciones y
su ideología, y otra a Koroko para proteger los intereses
europeos amenazados por los indígenas. Durante unos meses, en
1890, volvió a ocupar, de forma interina, el cargo de
Gobernador. Desde este año hasta febrero de 1901, estuvo en
Filipinas. El 22 de diciembre de 1902 fue nombrado Gobernador
General de Fernando Poo. Llegó a la Estación Naval el 5 de marzo
de 1901 y el 23 embarcó en el crucero “Magallanes” y recorrió la
costa entre los ríos Campo y Muni, visitando las colonias de
Camerún y Gabón. El 11 de abril regresa a Fernando Poo. En junio
de 1902 sale hacia Madrid para ser nombrado el 8 de agosto vocal
de la Junta Consultiva de las Posesiones españolas del África
occidental. En febrero de 1903 terminan las deliberaciones de la
Junta Consultiva y regresó a la colonia. Tras una última
estancia en la península en la primera mitad de 1904, embarcó
para Sta. Isabel el 18 de julio de ese año. Fue destituido,
supongo a raíz de sus problemas con el Ministro de Estado por la
cuestión del Sás, por R.O. de 15 de enero de 1905. Murió el 3 de
marzo, en su viaje de regreso a la península, siendo enterrado
en Sierra Leona.
Hemos
de suponer que sus graves decisiones y coherentes actuaciones
tanto por lo que respecta a los bubis del sur de la isla, como
por el abandono en que tenía sumida a la colonia, por la
corrupción que destilan los documentos oficiales y los informes
de particulares que relatan hechos como la contratación forzosa
de braceros, la adjudicación de fincas de forma arbitraria, el
amiguismo, la impune violencia impartida por las instituciones y
misiones, etc., formaban parte de un cierto carácter
autoritario, inherente a su condición de militar salvador de la
Patria, que le hacía creer en el pleno poder de sus atribuciones
y en la impunidad de sus actos. Si a esto añadimos que, desde
1902, tenía como miembro de la Junta Consultiva información
privilegiada, tendremos el cuadro de aquello que le determinó a
pasar por encima del Ministerio de Estado al ordenar la
expedición de castigo contra el poblado de Moka.
A todo
ello, hay que añadir el enfrentamiento entre la autoridad civil
del estado y la militar de la colonia y también la
incompatibilidad de caracteres que, sin duda, debía enfrentar a
Ibarra con los dos Ministros de Estado con los que tuvo que
lidiar: el afamado abogado Faustino Rodríguez Sampedro, en
octubre de 1904, y el nuevo Ministro, Wenceslao Ramírez de
Villaurrutia, nombrado como tal a primeros de enero de 1905 y
que no tardó ni 15 días en destituirle.
Fijémonos en la figura de este último: el Marqués de
Villaurrutia, de tendencia conservadora, era un hombre ilustrado
y culto. Historiador y diplomático, había sido embajador en
Constantinopla, Atenas, Bruselas, Viena, Londres, París y Roma.
Fue miembro de la Comisión Negociadora del Tratado de París. Era
pues, un hombre “de mundo”. Además era miembro de las Reales
Academias Española y de la Historia. Escribió con mordaz
expresión numerosos libros de historia llenos de anécdotas, como
son, entre otros: La
conferencia de Algeciras, Relaciones de España e Inglaterra
durante la Guerra de la Independencia,Apuntes para la historia
diplomática de España, Las mujeres de Fernando VII,Madame De
Stäel, Fernán-Núñez, el embajador; Fernando VII, rey
constitucional, y Fernando VII, rey absoluto; Lucrecia Borja, La
Reina Gobernadora, Talleyrand,
etc.
Así
pues, no creemos que una personalidad tan definida pudiese
tolerar ni el menoscabo de su autoridad y competencias, ni los
desplantes verbales, ni las mentiras que suponían un insulto a
su inteligencia, ni las burdas acciones, ni la desobediencia y
el desprecio de un militar como José de Ibarra.
Ya
hemos comentado que la cuestión de falta de brazos siempre fue
uno de los problemas más importantes y difíciles de solucionar
con que se encontró la administración colonial y por ello, tanto
ésta como el gobierno de la metrópoli, fueron muy permisivos en
los términos de la contratación, si contratación se puede
llamar al reclutamiento forzoso de trabajadores que, luego, ya
en la isla, recibían un magro estipendio y numerosos malos
tratos. De tal forma, que Fernando Poo devino famosa en todo el
Golfo de Guinea por la dureza de sus condiciones de trabajo que,
posteriormente, fueron denunciadas por la Sociedad de Naciones y
su régimen laboral tachado de esclavista.
Por
este motivo y durante todo el XIX, las huidas individuales o
colectivas, las protestas, la renuencia a contratarse para
Fernando Poo, etc. de los trabajadores de la costa entre Liberia
y Camerún (krumanes, monrovias, lagos…) fueron constantes.
A
fines de siglo, sobre 1899, el problema se había agudizado ante
la negativa británica, aduciendo claramente malos tratos, de que
sus colonizados fuesen a trabajar a la isla. A principios de
1900 la situación se hizo claramente insostenible cuando unos
500 trabajadores entre ‘lagos’ y ‘accras’ se amotinaron frente a
la Casa de Gobierno de Sta. Isabel. Cuando el conflicto parecía
solucionado, se procedió a abrir un expediente para aclarar los
hechos. Las conclusiones fueron desoladoras: la alimentación en
las fincas solía consistir en un ración de 280 gramos de arroz,
las multas por cualquier nimiedad eran muy frecuentes con el
objetivo de rebajar la cantidad final entregada al trabajador y
los castigos durísimos –a veces se llegaba al asesinato cuando
éstos se atrevían a quejarse.
Sin
embargo, la Administración Colonial no pudo remediar la
situación, suponiendo que tuviese la voluntad de hacerlo, porque
a raíz del anterior conflicto, de la decisión del gobierno de
repatriar a los trabajadores amotinados y de la subida del
arancel del cacao de 45 a 90 ptas. los 100 Kg. que se produjo el
29 de septiembre de 1899 con la reforma de Fernández Villaverde,
los finqueros y comerciantes de la isla se pusieron en pie de
guerra, amenazando al gobierno español con acogerse a otro
pabellón que defendiera mejor sus intereses y, después de una
asamblea efectuada en marzo de 1900, realizaron un boicot al
comercio español enviando su cacao a los puertos de Liverpool y
Hamburgo, de manera que ese año el barco de La Trasatlántica
arribó a Barcelona con unas pocas docenas de sacos.
Precisamente, la Compañía del Marqués de Comillas, se quedó al
margen de toda queja y, de hecho, no podía tenerla dado el trato
privilegiado en todos los órdenes que recibía del gobierno.
Ante
esta situación, los distintos gobernadores contemplaron como
posibles soluciones el extraer mano de obra de las nuevas
posesiones del Muni, tal y como lo hacía Portugal en Angola para
las plantaciones de Sao Tomé que, parecía, era el modelo
perseguido por los agricultores de la isla. Y, evidentemente, se
estudiaron todas las posibilidades de “reconvertir para el
trabajo y la civilización” a los indígenas bubis.
Cuando
el gobernador Ibarra visitó las costas del continente, su
principal objetivo era el tanteo en la contratación de braceros.
De hecho, nombró al comerciante Mr. Chotteau, representante de
la Compañía Belga “Benito y Campo” –en medio de la polémica
abierta por los métodos del rey Leopoldo en su colonia privada
del Congo- como agente del Gobierno para la contratación de
trabajadores, nombramiento que retiró ante los incumplimientos
del citado personaje y las desfavorables referencias dadas por
las autoridades francesas.
Sin
embargo, en diciembre de 1901 el gobernador comunica al gobierno
que el problema de braceros había sido temporalmente solucionado
con la llegada de 993 trabajadores de Monrovia y 256 de Bata,
aunque desconocemos el procedimiento para su contratación.
De
hecho, algunos agricultores de la isla intentaron con cierto
éxito, como es el caso de La Vigatana, la contratación directa
con Liberia que pasaba por la Compañía Alemana Wieckers and Helm
que tenía el monopolio del embarque de sus braceros. Sin duda,
el buen resultado de esta empresa decidió al Ministro de Estado
a negociar directamente con el gobierno liberiano a través del
agente de la compañía alemana en Liberia, Sr. Hoenigsberg. Sin
embargo, el Ministro cometió el error de encomendarle la misión
de entregar los documentos para el agente alemán a Ibarra porque
éste debía embarcar hacia Fernando Poo en julio de 1904,
haciendo escala en Monrovia. El gobernador hizo caso omiso de
las órdenes del Ministerio y ya en Santa Isabel envió a la
capital liberiana al agricultor fernandino Barleycorn para que
negociara directamente con el gobierno liberiano en su nombre.
Como es evidente, este cambio de política sin explicación
alguna, molestó bastante al agente alemán. El resultado fue que
el gobierno de Liberia, aconsejado por el agente alemán, se negó
a recibir a Barleycorn e interrumpió totalmente los envíos de
braceros a Fernando Poo. Los probables intereses privados del
Gobernador se hicieron más patentes si cabía cuando, a pesar de
las reiteradas órdenes del Ministerio de octubre y noviembre, se
negó a entregar o enviar la documentación a Hoenigsberg.
Algo
parecido ocurrió en la zona del Muni donde el Ministerio había
ordenado la libertad de contratación, mientras Ibarra hacía todo
lo posible para reclutar braceros por medio de un agente suyo.
El resultado fue que las quejas de los agricultores y
comerciantes de Fernando Poo inundaron la Sección Colonial del
Ministerio.
2.1.3.
Las Misiones Claretianas
Después del R.D. de agosto 1883 en el que el gobierno,
oficialmente, dejaba en manos de los Claretianos la
evangelización y civilización de sus Territorios en el Golfo de
Guinea, se verificó la primera expedición de 12 misioneros que
llegaron a Sta. Isabel el 13 de noviembre de 1883. El 27 de
enero de 1885 arribaban a la isla 19 misioneros más y 5 Hermanas
Concepcionistas. Éste sería el principio de una serie de
ininterrumpidas y entusiásticas expediciones, de manera que en
1890 se encontraba ya en Guinea 50 misioneros “distribuidos en
estas ocho Casas: Sta. Isabel, Banapá, San Carlos y Concepción,
en la isla de Fernando Póo; Cabo San Juan, en el continente
africano, e islas de Corisco, Elobey y Annobón” (26).
Según
el Dr. Jacint Creus, la ideología claretiana se revestía de
misticismo personal, de intransigencia en cuestiones morales, de
simplicidad y de conservadurismo que no era, a veces, sino puro
integrismo. El paternalismo utilizado con los indígenas era una
de sus principales características y sobre éste dice el Dr.
Creus: “El paternalisme és una forma d’autoritarisme. Implica
una negació de la capacitat de l’altre, de la cultura de l’altre,
dels valors de l’altre […]. I tot l’esforç dels missioners
s’orienta a dotar els guineans d’una personalitat cultural que,
suposadamente, els manca. La tasca misionera és, en part, la
invenció d’una identitat” (27).
En su
doble misión de funcionarios del Estado y propagadores de la fe,
los Claretianos no sólo fundaron misiones sino que aprendieron
la lengua bubi, hicieron de exploradores y el modelo de
colonización que implantaron fue modélicamente aculturalizador.
Alrededor de las Misiones crearon escuelas internados con
el objetivo de ir separando ya desde niños a los indígenas de su
medio familiar y cultural, y pueblos cristianos (en
realidad, reducciones) compuestos de matrimonios monógamos entre
los jóvenes que habían sido educados por ellos en los
internados: muchachos claretianos y muchachas
concepcionistas. A estos matrimonios católicos se les daba una
parcela de terreno en usufructo que, evidentemente, se perdía,
en caso de mala conducta. En este sentido, la búsqueda incesante
de niños y niñas para las escuelas-misión fue siempre el gran
objetivo y la gran preocupación de los claretianos. Por lo
tanto, la reacción de defensa de los bubis consistía en que no
les fueran arrebatados los niños, de manera que su reclutamiento
forzoso fue fuente de continuados conflictos entre misioneros y
autoridades civiles e indígenas. Se deduce fácilmente que la
violencia fue el método común adoptado tanto por los religiosos
como por la autoridad civil y militar.
Sin
embargo, uno de los gobernadores fue lo suficientemente valiente
y sensato como para denunciar ante el gobierno metropolitano la
incapacidad, la intransigencia, la explotación y la violencia
claretiana junto al excesivo gasto que el mantenimiento de las
misiones suponía para el estado. En un texto no exento de una
divertida ironía, Puente Bassavé denunciaba en 1895 que cada
católico converso costaba al Erario 750’33 dólares puesto que la
diferencia durante 10 años (de 1884 a 1894) entre lo gastado por
la administración civil y las misiones, había sido de 8.905’60
dólares a favor de éstas, y decía: “Ya veis como poco a poco
hemos formado una colonia para la Santa Sede y aunque el
Gobierno no tenga representación en La Concepción ni en San
Carlos; aunque las fuerzas navales sean sólo ficticias; aunque
seamos la única Colonia que no tiene cable submarino; y aunque
nuestra dignidad nacional se vea ultrajada y pisoteada en el
Mooney ¿qué importa si somos en cambio la única colonia que
puede ostentar una pléyade de 55 misioneros con su cruz alzada y
sus ciriales?” (28). Después de criticar el horripilante gusto
estético, la tacañez, la falta de limpieza de los religiosos que
producía “un tufillo repulsivo eficaz contra la confesión
auricular” y, en suma, llamarles “conjunto de mamarrachos”, pasa
a exponer tres hechos, de los cuales fue testigo, de una
violencia inusitada. Uno de ellos tuvo lugar precisamente en San
Carlos donde un indígena había sido apaleado por los misioneros
por preguntar si su mujer se encontraba en la Misión; en Annobón,
Puente Bassavé tuvo que escuchar las quejas de los naturales a
los que los misioneros habían quemado sus ancestrales casas,
obligando a desplazar el pueblo a un lugar malsano, lejos del
mar y “daban unas palizas terribles a los que pecaban” (29). El
tercero, ocurrido en Cabo San Juan, es quizás el más espantoso
de todos: una adolescente fue atada y amarrada a un poste por
delito de concupiscencia, y se la apaleó hasta la muerte.
El
gobernador concluye que la única solución “es retirar de allí a
esa Comunidad más comercial que evangélica que mostrándose cruel
en San Carlos, incendiaria en Annobón, criminal en Cabo San Juan
e intransigente y sanguinaria en todas partes, desprestigia la
causa, mancha la bandera” (30).
Creo
que no hace falta extendernos más en la actitud y acciones de
los Claretianos pues el intento de explicar la rebeldía de los
bubis del Sur de la isla, donde se encontraba la Misión de Mª
Cristina, la más problemática y deficitaria de todas, está
ampliamente documentado.
2.2.
Los Colonizados.
En los
primeros meses de 1902, encontramos por vez primera indicios de
utilización de braceros bubis por parte de la Administración
Colonial que empleó a 484 personas en la construcción del camino
de San Carlos, en su tramo entre el río Tiburones y West Bay, un
total de 43 Km. por el módico precio de 4.656 ptas. que permitió
construir en 4 meses lo que no había podido hacerse en 40 años.
Ante el éxito de la empresa, al Gobernador Ibarra se le ocurrió
en 1903 hacer trabajar a los bubis en las fincas privadas para
lo que redactó un Reglamento de trabajo que denominó
Bases a que deben sujetarse la
contratación de Bubis en las fincas agrícolas de Fernando Póo.
Esta especie de Reglamento de trabajo forzoso de la militar y
militarizada Administración, junto con el rapto de mujeres y
niños y la violencia ejercida por los misioneros claretianos,
más la avidez de tierras y brazos de los finqueros, pusieron a
los Bubis en una situación insostenible cuya única salida era,
por supuesto, la rebeldía.
Fue
precisamente en la 2ª mitad del XIX, a partir de 1875, cuando se
produjo la unificación de clanes bajo el rey de Moka, llamado
MöóKáta, nacido en el desaparecido poblado de Ribëttí (zona de
Ömbóri). El rey, teóricamente invisible para los blancos, fue
visitado por Sorella y el padre Juanola en algunas ocasiones en
las que pudieron apreciar su hospitalidad. A su muerte, en 1899,
dejó 2 hijos: Malabo Löpélo Mëlaka y Bioko. Según la tradición,
el primero debía sucederle en el trono pero, al parecer, el
pueblo bubi se dividió prefiriendo al menor, Bioko, debido al
carácter débil y complaciente con los blancos de Malabo. Ante el
conflicto sucesorio, los indígenas llegaron a una solución
consensuada eligiendo como rey al lugarteniente de Möókáta, Sás
Ebuera (Esáasi Eweera) que fue coronado en octubre de 1899 en
Riaba.
Sin
duda, su enfrentamiento con los colonizadores por los motivos
anteriormente expuestos, le acarreó el derrocamiento, la muerte
y la represión contra su pueblo. Éste fue el origen de la
llamada “Guerra Bubi” que, en 1910 ocasionó la muerte de 15.000
indígenas a manos de las fuerzas coloniales y significó el fin
de la resistencia contra la administración española.
Efectivamente, después de la muerte del botuko Sás, las
autoridades coloniales intentaron que tanto Malabo como Bioko
colaboraran con las fuerzas de ocupación en la domesticación de
sus propios pueblos, lo que hicieron de forma bastante renuente.
Malabo fue proclamado rey por los clanes bubis en 1904 y,
durante un tiempo, él y su hermano, Bioko, especularon con
formar un frente anticolonial que, al final, no llevaron a cabo.
Sin embargo, los demás botukos de la zona sur se encontraban
descontentos ante la pasividad de su jefe, sobre todo el botuko
de Luba. Por ello, en 1910 se inició en la zona de San Carlos el
último enfrentamiento de los bubis y las fuerzas coloniales
cuando el asesinato del cabo español León Rabadán y 2 policías
indígenas vino “como anillo al dedo” a la administración
colonial para infringir un castigo ejemplar al pueblo bubi con
la matanza de 15.000 de los suyos. Fue tan ejemplar que terminó
definitivamente con la rebeldía. Inmediatamente después de la
matanza, las autoridades españolas presionaron al rey Malabo
para que influyera en los jefes locales y evitara nuevos
enfrentamientos.
Con la
muerte de Malabo en 1937 desapareció del escenario político bubi
la figura del rey a un nivel efectivo, hecho que provocó el
debilitamiento acelerado de la población y una merma
considerable en su autoestima. A partir de aquí, la figura del
rey persistiría como algo simbólico, desconocida para la mayoría
de la población.
El
hijo de Malabo, Francisco Malabo Beösá, murió en 2001, en Moka,
a la edad de 105 años.
Lola
García Cantús
NOTAS:
(1)
A.G.A. África-Guinea, Caja 4. Informe del Teniente José de la
Torre Rey al Gobernador de los Territorios Españoles del Golfo
de Guinea, 30 de Junio de 1904.
(2) La
cursiva es mía, mientras no se diga otra cosa.
(3)
A.G.A. África-Guinea. Caja, 4. Despacho del Gobernador al
Ministro de Estado, nº 278, 26 de Julio de 1904.
(4)
Parece que era bastante frecuente, en las colonias europeas de
África occidental, la contratación de senegaleses como
mercenarios verdugos.
(5) En
1899, el gobernador Rodríguez de Vera llevó a la isla la primera
máquina impresora. En 1901 sale el Eco de Fernando Poo,
fundado por el gobernador Ibarra. Solo llegaron a imprimirse 7
núms. En ese mismo año, el Vicario Apostólico, P. Armengoll i
Coll (Lérida, 1859-Sta. Isabel, 1918) hizo instalar en la misión
de Banapá una máquina mejor, comprada en el taller Tipográfico
de Cunill, en Barcelona.
El 1
de abril salió el primer número de La Guinea Española. En
1904 se adquiere la “Montserrat”, una impresora de presión
cilíndrica. Trabajando con las dos, desde 1905 se da mayor
extensión a la revista y sus servicios empiezan a ser
solicitados por diversas oficinas del estado y por particulares.
En marzo de 1905 el gobernador Gómez de la Serna, cuyo
Secretario colonial era sobrino de Monteros Ríos (tildados los
dos de peligroso liberalismo anticlerical) decreta su censura
previa “por razones de orden político e interés de Estado” El
propio gobernador levantó la prohibición, posibilitando la
publicación, a partir del 12 de enero de 1907. Editada
ininterrumpidamente hasta 1940, la guerra civil imposibilita la
impresión. Vuelve a editarse desde 1943 hasta 1968.
(6)
La Guinea Española. Defensor y promotor de los intereses de
la Colonia. Año II, nº 32, Banapá, 12 de Julio de 1904, en
http://www.bioko.net/guineespanola/1904/190407-12pdf
(7) La cursiva es de la
Redacción del periódico.
(8)
A.G.A. África-Guinea, Caja 4. Exp. Núm. 440. Informe del
Gobernador General de los Territorios españoles del África
occidental al Ministro de estado, 13 de diciembre de 1904.
(9)
A.G.A. África-Guinea. Caja 4. Del Gobernador al Ministro de
Estado, Diciembre de 1904. Información Instruida con Carácter
Reservado, Agosto de 1904.
(10)
En un sabroso párrafo, narra las causas de la apertura de una
tal Instrucción: “Intranquilo y creyendo menoscabado mi
prestigio como primera Autoridad de estos territorios por las
frases pronunciadas por el Sr. Cubells […] que indudablemente
entrañaban gran importancia por la Autoridad de que estaba
investida la persona que las pronunció […] encargo con esta
fecha al Sr. Secretario […] interino de este Centro (…] instruya
una información reservada a fin de depurar la certeza y
verosimilitud de los conceptos expuestos pro el Sr. Juez”.
(11)
A.G.A. África-Guinea, Caja 4. Exp. 59. Ministerio de Estado.
Sección Colonial: “detención y fallecimiento del botuko Sás”.
Del Ministro de Estado al Gobernador General de los Territorios
españoles del Golfo de Guinea, R.O., Madrid, 21 de Octubre de
1904.
(12)
Para una más informada comprensión del problema, ver Dolores
García Cantús, Fernando Poo: una aventura colonial española,
Vic, Ceiba, 2006.
(13)
Agustín Miranda Junco, Leyes Coloniales, Madrid, 1945,
pp. 163-164.
(14)
Juan José Díaz Matarranz, De la trata de negros al cultivo
del cacao, Vic, Ceiba, 2005, pp. 153 y ss.
(15)
Ibídem, op.cit, p. 162.
(16)
A.G.A. África-Guinea. Caja 144, exp. Núm. 11. Sección Colonial.
Ministerio de Estado, Apuntes al proyecto de colonización en
Guinea. Se adjunta: Coll y Astrell, Joaquín, “Fernando Póo,
estado actual y porvenir de la colonia” en El Imparcial,
8 de Septiembre de 1905. Cuando se refiere a San Carlos, Coll y
Astrell señala que las principales fincas de cacao se
encontraban en la zona. Además de 2 buenas edificaciones
pertenecientes a la Misión Protestante y a la Católica, estaba
la finca Vivour de 400 Ha., que llegó a rentar en los buenos
tiempos del cacao 100.000 duros al año; en la punta sur de la
bahía de S. Carlos se situaba la hacienda “mejor cultivada” de
la isla, de la casa catalana Rius y Torres que, con 300 Ha.,
empleaba 106 braceros y produjo en 1904, 2.023 sacos de cacao;
en Bokoko se hallaba la propiedad de Hijos de Guillermo J.
Huelín (antes de Francisco Romera, al cual le rentaba 40.000
duros anuales) que, según Coll: “Contiene edificios soberbios,
talleres para aserrar mecánicamente las maderas, secaderos de
cobre, una máquina para descascarar el café […] y otra para
clasificarlo, ambas movidas a vapor”; el mismo Coll se reservó
en esta zona 1.000 Ha. para el cultivo del algodón que,
finalmente, no llevó a cabo; junto al pueblo de Batete –cerca de
Bokoko- , los Misioneros habían fundado un pueblo, denominado Mª
Cristina con 160 casas habitadas, en el momento en que Coll
escribe esto, por “otras tantas familias bubis completamente
instruidas, civilizadas y acogidas a nuestra religión” Se las
“civilizaba” casando a niños “claretianos” con niñas
“concepcionistas” y dándoles una parcela de terreno. Por lo
tanto, la Misión Claretiana disponía de sus propias tierras
aunque no sepamos las hectáreas que ocupaba. Coll señala que
próximas a la bahía de S. Carlos se encontraban también
numerosas fincas como la de Jones, Holis, Chacer, Aleñá, etc. En
la otra bahía que cerraba la planicie de Moka, la de Concepción,
se encontraban 3 fincas importantes: la de la Trasatlántica, La
Vigatana y la de John Holt.
(17)
R.D. 11 julio 1904. Administración Local. Estatuto orgánico.
Miranda Junco, op.cit, pp. 138-142.
(18)
Díaz Matarranz, op.cit. p. 185.
(19)
Miranda Junco, op.cit, p. 141.
(20)
Ibídem, op.cit., p. 142.
(21)
Díaz Matarranz, op. cit., p. 187
(22)
Miranda Junco, op.cit., p. 142.
(23)
R.D. 11 julio 1904. Propiedad. Normas básicas. Miranda
Junco, op.cit., p. 142.
(24)
Ibídem. op.cit., p. 144.
(25)
Díaz Matarranz, op. cit. p. 229 (nota 498)
(26)
Armengol Coll, Memoria de las Misiones de Fernando Poo y sus
dependencias, Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1890, p.
18.
(27)
Creus, Jacint, “Guinea Ecuatorial, 1883-1911: la invenció d’una
identitat”, Recerques, 30, 1994, p.111.
(28)
Juan José Díaz Matarranz (ed.), La conferencia del Gobernador
Puente Bassavé en 1895, Vic, Ceiba, 2007, pp. 64-65.
(29)
Ibídem, op.cit. p.78.
(30)
Ibídem, op. cit. p. 81.
3.
Bibliografia
Armengol Coll, Memoria
de las Misiones de Fernando Poo y sus dependencias,
Madrid, Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1890.
Creus,
Jacint, “Guinea Ecuatorial, 1883-1911: la invenció d’una
identitat”, Recerques, 30, 1994, pp. 103-119.
Díaz
Matarranz, Juan José, De la trata de negros al cultivo del
cacao, Vic, Ceiba, 2005.
Díaz
Matarranz, Juan José (ed.)
La conferencia del Gobernador
Puente Bassavé en 1895,
Vic, Ceiba, 2007.
García
Cantús, Dolores, Fernando Poo: una aventura colonial española,
Vic, Ceiba, 2006.
Miranda Junco, Agustín, Leyes Coloniales, Madrid, 1945.
Editado y distribuido por ASODEGUE
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