El
portavoz del gobierno guineano Alfonso Nsue Mokuy intentó ayer
desmentir, sin ningún argumento, el informe del Senado
norteamericano respecto a la banca Riggs e hizo uso del recurso más
tradicional del régimen guineano para estos casos: culpó de todo a
la prensa española, empeñada, dice, "en desestabilizar la
democracia guineana" al servicio de intereses
"inconfesables". Según la agencia France Press, en
un momento afirmó que "no existe ningún problema entre el
Senado y el Congreso norteamericano y el gobierno de Guinea
Ecuatorial".
Nsue Mokuy
lleva décadas sin decir nada serio, y desde luego ninguna verdad,
pero vamos a utilizar su última frase para analizar las
consecuencias, en nuestra opinión, del informe del Senado
norteamericano.
El
informe, elaborado por una institución de credibilidad indudable en
todo el mundo, no deja lugar a dudas y señala que la
corrupción en Guinea no está (o no está solo) en tal o cual grupo
de funcionarios, como periódicamente quieren hacernos creer Obiang
y los suyos. La corrupción (la máxima corrupción) está en la
máxima jefatura del Estado. Obiang y su familia están esquilmando
el país (han robado más de 700 millones de dólares), un país que
se encuentra, a despecho de cifras milagrosas en su PIB, entre los Más Pobres del Mundo. Para ello ha contado con la
complicidad de la banca Riggs y de las petroleras norteamericanas,
en especial de Exxon Mobil y de Marathon Oil, que pagan al dictador
lo que deberían pagar al Estado guineano. Como reiteradamente se ha
afirmado desde la oposición democrática y desde las organizaciones
que hacen trabajo solidario con Guinea, el gobierno guineano es un
gobierno delincuente.
Sin
embargo, los informes del Senado norteamericano, como los de
cualquier otra instancia parlamentaria del mundo, no tienen
consecuencias penales directas, y no cabe esperar, por tanto, que
fuerzas norteamericanas de cualquier tipo se desplacen en las
próximas fechas a Malabo para detener al dictador guineano.
Si la
justicia de los Estados Unidos se persona en el asunto, tal como se
le pide desde la ONG Global Witness, Obiang y sus colaboradores,
guineanos y extranjeros, podrían ser condenados y, si tal cosa
sucede, Obiang tendría dificultades para desplazarse a Estados
Unidos y, quizás, para hacer negocios en aquel país.
Junto a
estas consecuencias penales, quizás decepcionantes, están las
consecuencias políticas. La dictadura guineana está embarcada, a
corto plazo, en una importante operación de imagen destinada a
normalizar su presencia en la comunidad internacional y a,
utilizando un gravísimo error de una parte de la oposición
guineana que aparece ligada a un grupo de mercenarios conocidos en
todo el continente africano por sus comportamientos delictivos,
presentarse como victima de una agresión terrorista. Intentando
arroparse en este discurso, el dictador guineano ha prodigado
bravuconadas en algunas capitales africanas ofreciendo penas de
muerte a todos los detenidos en Malabo, las fuerzas armadas a su
mando han llevado a cabo en los últimos tiempos más asesinatos (recuérdese
lo sucedido en Corisco) que en toda la historia de régimen, los
torturadores a su mando actúan cada vez con mayor impunidad.
Dependiendo del trabajo político que se haga dentro y fuera de
Guinea podrán cortarse las alas a esta ofensiva política de la
dictadura y, para ello, el informe del Senado norteamericano podrá
ser un instrumento importante.
¿Cuales
van a ser las relaciones del resto de los gobiernos del mundo con el
de Guinea Ecuatorial? El dictador guineano ha sido recibido en las
últimas semanas por el secretario de Estado norteamericano, Colin
Powell, que desde luego no le trató como un delincuente; las
conversaciones recientes con Thabo Mbeki no parecen haber dedicado
tampoco mucho espacio a las violaciones de los derechos humanos o a
la apropiación delictiva de los recursos del país; el próximo
día 21 será recibido oficialmente, en París, por el presidente
Chirac [en septiembre visitará Malabo el ministro francés de
Asuntos Exteriores]...
Sin dejar
de mostrar nuestro escándalo ante esta situación, pensamos que no
hay que hacerse muchas ilusiones en este terreno. La experiencia de
otras dictaduras africanas demuestra que en su caída influyó, es
cierto, el agotamiento político que padecían y el relativo cerco
internacional al que acabaron estando sometidas, sin embargo el
factor decisivo fue la creación de una alternativa seria y creíble
dentro del propio país capaz de dibujar una nueva legitimidad y un
camino hacia ella sin vacíos de poder. Es en este camino en el que
habrá que trabajar en los próximos tiempos.