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HOJAS INFORMATIVAS
11 de julio
de 2007
La
Convención de UP
La celebración de un
Congreso de Unión Popular ha recuperado actualidad en Guinea
Ecuatorial. El gobierno ha dado un plazo a las distintas
tendencias para que lo celebren, y acaben por tanto con sus
diferencias, antes de finales de agosto, como condición para
participar en las conversaciones que parece van a abrirse a
partir de esa fecha con los distintos partidos legalizados.
El gobierno mantiene, también
sobre este asunto, una posición doble. Por un lado parece
dispuesto a apoyar la realización del Congreso y las
conversaciones entre las tendencias y, por otra, apuesta
claramente por la candidatura de Jeremías Ondó para encabezar la
futura UP. "Jeremías fue designado máximo dirigente en una
Convención, es otra Convención la que debe sacarlo de ahí.
Mientras tanto, nosotros lo reconocemos como cabeza de UP" es la
argumentación con la que justifican ese apoyo en el Ministerio
del Interior.
Se vienen celebrando reuniones
en la sede de ese mismo Ministerio y en locales más o menos
identificados con las distintas tendencias. Jeremías Ondó no
disimula su desinterés por llegar a un acuerdo y falta a muchas
de ellas, sobre todo las que tienen lugar fuera de una sede
"oficial". El pasado lunes, en una de estas reuniones [a la que
no asistió Jeremías] y de acuerdo con el ministro, se designo
una representación para entrevistarse con el diputado del PP
español, Gustavo de Arístegui. La integraban Agapito Ona y
Claudio Boseká, miembros de dos corrientes distintas. Sin
embargo, "alguna autoridad" indujo a Jeremías a presentarse a la
hora de la reunión justificándose en la argumentación anterior e
ignorando el acuerdo establecido por la mañana.
Para los dirigentes de las
corrientes opositoras de UP este hecho refleja esa doble
actitud del régimen. Según estas fuentes, con independencia de
las distintas corrientes, en las conversaciones hay dos bloques:
por un lado Jeremías y los miembros de la corriente oficialista
y por otro Carmelo Mokong y "el resto". En este "resto" se
sitúan ellos, todos los opositores.
Su actitud en este momento es
de clara desconfianza. Fabián Nsue expresa su voluntad de "no
presentarse a nada", a ningún cargo dentro de UP. Considera que
hay una actitud claramente hostil hacia él por parte del
gobierno. "Creo que estas condiciones es mejor dar un paso atrás
durante un tiempo" y se refiere en términos elogiosos a las
candidaturas de Emilio Ndong y Faustino Ondó Ebang, ambos
juzgados y condenados en el macro-juicio de mayo de 2002 en el
Cine Marfil de Malabo por su supuesta participación en un
(también) supuesto golpe de Estado preparado por Felipe Ondó.
[En realidad las únicas "pruebas" eran que Emilio es cuñado de
Felipe Ondó y que a Faustino le encontraron una colección de
recortes del diario madrileño ABC cuya relación con una
conspiración ecuatoguineana no pudo, naturalmente, probarse
jamás].
"Creo que UP no podrá hacer un
Congreso en condiciones normales, mientras existía una dictadura
en Guinea Ecuatorial", concluye Fabián.
h
"Balance agridulce de cinco
décadas"
Donato Ndongo-Bidyogo, La
Aventura de la Historia, nº 102, abril 2007.
"Cuando se
contempla el medio siglo transcurrido desde que se inició la
descolonización de África, es difícil evitar sentimientos
ambivalentes. Por un lado, se consolidaron las aspiraciones de
autogobierno. ésta era la principal reivindicación de los
nacionalistas, quienes forjaron la conciencia de que los
africanos debían recuperar su soberanía y poner fin al largo
periodo de ominosa dominación extranjera, iniciado con la
trata esclavista transatlántica, a comienzos del siglo XVI y
culminado el reparto del continente entre las potencias
europeas en la Conferencia de Berlín de 1884-85.
Por otro lado, se
detecta una gran frustración al constatar que cincuenta años
después de las independencias, no se han logrado los fines por
los cuales los africanos lucharon: el binestar de los pueblos,
el desarrollo económico y social y la libertad.
Refundar el
Estado africano. Se han producido hechos positivos que han
ayudado a consolidar las ideas soberanistas y el carácter
irreversible de las independencias. Uno de ellos es la
conciencia nacional, la idea de que cada país forma una unidad
política superior en la que están englobadas todas las demás
categorías, como las etnias. El otro es la asunción por la
comunidad internacional del carácter permanente de esos nuevos
Estados, y su corolario, el respeto de su soberanía. Ambos
fenómenos están tan estrechamente ligados que no es posible su
separación: la conciencia nacional propició el reconocimiento
de las entidades estatales africanas surgidas de la
descolonización, al tiempo que las relaciones internacionales
y la acción de los organismos multilaterales tienden a
consolidar las estructuras nacionales poscoloniales.
Ahora bien, si se
han constituido las naciones africanas y nadie cuestiona ya su
derecho a existir, forzoso es reconocer que la forja de la
conciencia nacional y la consolidación de esos Estados no se
lograron sin traumas. Guerras como la de Biafra, que asoló
Nigeria en los años sesenta, al poco tiempo de su acceso a la
soberanía -contienda de una gran crueldad, saldada con más de
un millón de muertos-, demuestran una clara distorsión del
concepto de "patria" en África. Lo mismo puede decirse de
Somalia, Ruanda Burundi, la República Democrática del Congo o
Sudan, donde se han producido o tienen lugar sangrientos
conflictos civiles que cuestionan la viabilidad de estos
países.

La guerra de Biafra
Aunque no se haya
llegado a la confrontación armada, tampoco se puede ocultar la
existencia de focos de inestabilidad latente en otros muchos
países del continente, como consecuencia de la indefinición de
alguna frontera o de la obligada convivencia de grupos étnicos
antagónicos que no siempre se respetan entre sí. De ahí que
los detractores de la configuración actual de los Estados
africanos clamen por la simple y llana reorganización del mapa
político continental, abogando par la reagrupación de las
entidades étnicas hoy dispersas por varias naciones.
Pero esta tesis
revisionista lleva a plantear una serie de cuestiones: ¿Sería
prudente y eficaz trastocar las actuales fronteras para
reagrupar las étnias a la realidad precolonial? ¿Cual sería el
precio de esa readaptación? ¿Esa vasta operación solucionaría
los problemas? ¿Merece la pena o sería positivo crear países
monoétnicos, a partir de identidad tribales? ¿Es realistas
negar la Historia y actuar como si la colonización no hubiera
existido?
Lo que queda
patente en este medio siglo de convulsiones e inestabilidad
es la inviabilidad del actual modelo de Estado poscolonial.
Incluso los africanos - y no africanos- más centralistas
estarán de acuerdo en que esa mala copia no funciona. Es una
ficción. Es necesario repensar el Estado Africano, restablecer
la confianza de los ciudadanos en él, buscar soluciones que
sean eficaces sin que las buenas intenciones causen un
desarreglo mayor. Se habla de autonomía, federalismo,
confederaciones: Nkrumah y los principales nacionalistas ya
propusieron unos Estados Unidos de África.

Kwame Nkrumah
En cualquier caso,
es innegable que una de las primeras cuestiones que deberían
abordar los países africanos cuando se acceda a la verdadera
libertad es esta de la reforma o federación, del Estado, no de
manera irreflexiva y caprichosa, sino con la finalidad de
adecuarlo a las aspiraciones y necesidades de cada uno de los
pueblos que los integran. La extinta Organización para la
Unidad Africana (OUA) consagró el dogma de la intangibilidad
de las fronteras, pero tanto el sentido común como la
experiencia - y no solo de los africanos - enseñan que las
lindes arbitrarias que separan los estados no son inamovibles.
Ésta no debe ser
una cuestión tabú. Como tantas ideas asentada, también debe
evolucionar y modernizarse la noción decimonónica de
nacionalismo, heredada de la colonización. En un mundo que
avanza hacia una mayor interrelación e interdependencia, en
una África que debe caminar hacia la integración con los ojos
puestos en la futura unidad, caben nuevas fórmulas que
ilusionen y terminen con la esclerosis y el monolitismo
impuestos por las tiranías que le han tocado padecer al
continente.
La mayoría de los
dirigentes africanos en este tiempo se ha llenado la boca con
conceptos vacíos de contenido, con organismos supranacionales
y de integración regional y subregional que no han conducido a
nada. ¿Cuantas siglas rimbombantes han caído en el
olvido?¿Cuantas cumbres han reunido a los jefes de Estados
para nada? Se habla demagógicamente de suprimir las fronteras
económicas, mientras proliferan las barreras en el interior de
cada país, entorpeciendo y limitando la libertad de
movimientos, como si fuera más importante la circulación de
las mercancías y de los capitales que la de las personas. Se
crean instituciones que sólo funcionan en la imaginación de
los burócratas, mientras transcurre el tiempo sin que se vean
los logros.
Por todo ello,
resulta necesario concebir e implementar planes de integración
cuyo objetivo sea conectar a unos africanos con otros y hacer
fluidos los contactos e intercambios económicos, comerciales,
culturales y educativos; pero se necesita voluntad integradora
y creación de infraestructuras, ambas ahora inexistentes.
Nacionalismo y
dictaduras. Uno de los principales problemas de África es
que la conciencia nacional cristalizó durante la dictadura y
fue impuesta mediante la violencia, siendo un instrumento más
para oprimir con mayor eficacia a las poblaciones. La
necesaria consolidación de las independencias tras la
traumática etapa colonial fue, para los dictadores, el
pretexto idóneo para sojuzgar a las masas y controlar a los
individuos.
Al amparo del
"nacionalismo" - un nacionalismo de estrechos vuelos, retórico
y folklórico, que no estaba destinado a liberar de la opresión
sino a reforzar el poder personal de los dotadores- , ciertos
dirigentes encontraron el terreno abonado para dar rienda
suelta a la demagogia, imponer el pensamiento único mediante
los regímenes monopartidistas, para justificar el inmovilismo
dictatorial. Mobutu Sese Seko, en Zaire; Idi Amin, en Uganda;
Jean Bedel Bokassa, en la República Centroafricana; Francisco
Macías, en Guinea Ecuatorial; Sekou Touré en Guinea-Conkry;
Mengistu Hayle Marian, en Etiopia, o Robert Mugabe en Zimbawe,
son sólo las cabezas de fila de una concepción distorsionada
del nacionalismo y del poder de esos africanos encumbrados que
confundieron o confunden su voluntad con la del pueblo, al
Estado consigo mismos, que torturan, matan, roban, manipulan y
engañan a conciencia.

Francisco Macías
Puede que "sonara
bien" e incluso encandilara a cierta gente la base teórica de
su pensamiento, pero la práctica cotidiana de doctrinas como
la "africanización" recuerdan más los horrores estalinistas,
el fanatismo sanguinario de Hitler o la violencia metódica del
camboyano Pol-Pot. Además de los ya citados, pensamos en
regímenes, tan crueles y extravagantes como los que padecieron
países como Liberia bajo la férula del sargento Samuel Doc, y
después la de Charles Taylor; el desgobierno de Soni Abacha en
Nigeria; Togo bajo Eyadema; el Chad de Hiséne Habré o la Kenia
de Daniel Arap Moi. El modelo sigue vigente en Guinea
Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema camina por las huellas de su
tío Macías Nguema; Denis Sassou-Nguesso retomó el poder para
seguir manejando Congo-Brazzaville a su antojo, y las
dictaduras se refuerzan en Yibuti, Burkina Faso o Chad. No en
vano han sido conceptuados, en acertada analogía, como "afrofascismo".
Eclosión en
quince años. Con independencia de estas situaciones
especialmente traumáticas, otro hecho importante sucedido en
África en estos años es el fin del colonialismo. Si al final
de la II Guerra Mundial sólo había tres países independientes,
apenas quince años después se produjo la eclosión. A lo largo
de la década de los sesenta, se emancipó la mayor parte de los
territorios dependientes; las colonias portuguesas recobraron
la soberanía en los setenta,; Zimbabwe y Namibia casi un
lustro después y, a principios de los noventa, llegó el fin de
la segregación racial en Sudáfrica.
Con la sola
excepción de un caso tan particular como el Sahara Occidental,
se puede considerar que todos los pueblos del Continente ya
ejercen su derecho a la autodeterminación tras recuperar el
autogobierno. Realidades relevantes, como la recuperación de
la soberanía formal, el fin de los regímenes comunistas en
Europa, la abyecta pobreza de unas naciones cada vez más
deprimidas, la proliferación de guerras internas y situaciones
especialmente traumáticas como el genocidio perpetrado en
Ruanda, donde hutus fanatizados asesinaron en pocas jornadas a
un millón de tutsis en 1994, contribuyeron a que el mundo
tomara conciencia de una vieja y profunda aspiración de los
africanos: no bastaban las independencias de los Estados, las
personas también debían gozar de las libertades; se hacía
necesario, pues, que también se aplicase por esas latitudes el
contenido integro de la Declaración Universal de los Derechos
Humanos.

La tragedia de Ruanda
Hasta la década de
los noventa, el mundo había vista las miserias africanas con
indiferencia, y con una mirada condescendiente y un tanto
displicente. La inestabilidad permanente, los golpes de Estado
sistemáticos, la sucesión continua de conflictos étnicos y
guerras civiles habían hecho de África un continente peculiar,
que el resto de la Humanidad apenas tomaba en serio. Años de
imágenes de una crueldad desmedida, décadas de noticias
negativas, tuvieron una lógica consecuencia: en la percepción
de los demás habitantes de la Tierra, los africanos
representaban como gente incapaz de regirse por sí misma, de
convivir en sociedad, de organizar sus países e incluso sus
propias vidas.
Ni la cooperación
bilateral, ni los ingentes recursos aportados por los
organismos multilaterales conseguían resolver los problemas,
pues los países africanos no emergían del subdesarrollo
crónico ni abandonaban el furgón de cola en los índices de
desarrollo. A pesar de la esperanza suscitada por la
independencias, a pesar del incremento de la riqueza mundial,
a pesar de la mejora general del nivel de vida de la
Humanidad, la realidad muestra que los africanos siguen
muriendo de enfermedades curables en otras latitudes, que las
nuevas dolencias se ceban particularmente con ellos, que su
sistema sanitario no funciona, que apenas mejoran sus
bajísimos niveles de escolaridad, que carecen de viviendas y
carreteras, que su agricultura es insuficiente para
alimentarlos, que apenas les llegan las nuevas tecnologías y
los avances científicos, que están ahogados por la abultada
deuda externa, que en la mayoría de los países ha descendido
la esperanza de vida, y, en definitiva, que si nos atenemos
exclusivamente a los aspectos materiales, viven mucho peor que
durante la colonización.
La cleptocracia
como sistema. Al plantear cuestiones como ésta, algunos
prefieren poner el acento en las causas externas, ratificando
con ello los argumentos de los dictadores. La sociedad civil
de los países desarrollados, al menos la más concienciada a
través de las organizaciones no gubernamentales (ONG), se
esfuerza en protestar por esa escandalosa miseria; de buena
fe, denuncia situaciones como el injusto comercio
internacional, el proteccionismo agrícola que dificulta la
expansión de la agricultura de los países del Tercer mundo, la
escasa atención que sus gobierno dedican a la cooperación al
desarrollo, la estructura neocolonialista de las relaciones
económicas internacionales, y claman por la condonación de la
deuda externa.
Todo ello es
loable, pues la utopía sigue siendo necesaria en el
materialista y globalizado mundo actual. Pero este tipo de
campañas tiene algún punto débil: se culpabiliza
exclusivamente a una parte, dando a entender que los único
explotadores son los países desarrollados, sin tener en cuenta
la responsabilidad de lo propios dirigentes africanos, en una
actualización de la leyenda rousseauniana del buen salvaje.
Y, sin embargo, no
todos los negros son inocentes; abundan los saqueadores
africanos de África, contra los que también deberían haber
manifestaciones en las calles de los países occidentales.
Pongamos algún ejemplo: Camerún es reputado como el país más
corrupto del mundo , aunque en este triste podio también
merecen lugares de honor Nigeria, Guinea Ecuatorial o Kenia.
En realidad, tampoco importa mucho la posición que se ocupe en
tan bochornosa lista, porque hay que reconocer que la
corrupción es un mal generaliza en todo el continente.
Hay sitios donde a
menudo desaparece el monto total de la ayuda otorgada para
construir cualquier infraestructura, pongamos por caso una
escuela; hay países en los que no se atiende a los enfermos si
no media previo pago a médicos y enfermeros que han acaparado
los fármacos donados; en determinados lugares, medicamentos y
alimentos suministrados por organismos internacionales
terminan siendo vendidos en el mercado, o cruzan la frontera
más próxima, en beneficio del ministro correspondiente.
Alguien pensará que exageramos cuando afirmamos que las
capitales africanas están repletas de mansiones
multimillonarias, construidas por funcionarios públicos en
barrios exclusivos que no muestran las televisores.
Cuando se
restableció la democracia en Nigeria en 1997, el nuevo
gobierno descubrió que el presidente anterior, Sani Abacha -
muerto por sobredosis de viagra durante una orgía - había
acumulado una fortuna superior a los 5.000 millones de dólares
en apenas cinco años de mandato, dinero que se encuentra en
Suiza y otros paraísos fiscales, y que no ha sido recuperado
aún por las autoridades de Abuya. A su muerte, el dictador del
ex Zaire., Mobutu Sese Seko, dejó varias cuentas corrientes
con miles de millones de dólares repartidos en país europeos y
americanos, además de mansiones en Suiza, Francia, Bélgica y
otros lugares.

El dictador Sani Abacha pasa
revista a unas tropas
Por último, digamos
que un informe oficial del Senado de Estado Unidos, de 2004 -
se puede leer en Internet-, cuantifica en la menos 700
millones de dólares el dinero que el presidente de Guinea
Ecuatorial, Teodoro Obiang, algunos familiares, amigos y
adláteres, tienen depositadas en un banco de Washington, y
contabiliza las casas que él, sus hermanos y alguno de sus muy
numerosos hijos tienen en la capital federal, en Virginia, en
Maryland y otros Estados de aquel país. Se sabe que muchos
dirigentes africanos, pueden pagar de su bolsillo y al contado
la deuda externa de su país, y les sobraría dinero en las
cuentas cifradas que tienen operativas en diversos paraísos
fiscales.
Ante estas
realidades, parece razonable preguntar si hay que condonr la
deuda a esos cleptómanos, para que sigan haciendo lo mismo.
Porque se comprenderá mejor cuanto decimos si vemos los
índices de desarrollo - o, mejor, el nivel escandaloso de
miseria- que padecen cada uno de esos países; en Guinea
Ecuatorial, por ejemplo, y según datos del Fondo Monetario
Internacional (FMI), el 15 por 100 de la población acapara el
80 por 100 de la riqueza nacional; los escasos 400.000
habitantes de ese país , que, con 800.000 barriles diarios, es
el tercer productor de petróleo del África subsahariana -
detrás de Nigeria, que exporta casi tres millones, y Angola,
con algo más de dos millones de barriles diarios- padecen
frecuentes y prolongados apagones de luz, carecen de
saneamientos ambiental y sufren con frecuencia epidemias de
cólera por la suciedad de las calles y el agua contaminada,
sobre todo en la capital, Malabo.
El
neocolonialismo. No hay que minimizar las causas externas
del subdesarrollo en África, que obliga ahora a huir en masa a
los africanos de su continente, en un flujo imparable hacia la
emigración. El neocolonialismo es una realidad, y es un factor
que contribuye al empobrecimiento y a la inestabilidad de
África, un continente en el que no existe ningún país pobre,
pero tiene los índices de pobreza más escalofriantes del
planeta. Y esa aparente paradoja se explica porque funciona la
alianza establecida entre las antiguas potencias
colonizadores, las oligarquías locales y las empresas que
explotan los ingentes recurso naturales de cada una de las
naciones.

Obiang
Los países
occidentales necesitan esos recursos, en los que basan su
bienestar social y su prosperidad económica, y para ello
prefieren en el poder a los africanos que no se preocupan por
las condiciones de vida de su connacionales. Y esos dirigentes
negros, tan egoístas que sirven más a los intereses
extranjeros que al bienestar de sus pueblos, necesitan
mantenerse en poder a toda costa; esa alianza es la que ha
creado la estructura actual, ese entramado tan difícil de
deshacer, puesto que el neocolinialismo se vale de esos
regímenes "fuertes", y las dictaduras no podrían sostenerse
sin el apoyo de las empresas y de los gobiernos occidentales.
De esta manera,
cualquier africano que ose desviarse del guión previsto es
derrocado si está en el poder, eliminado si aspira a él, o
silenciado si predica ideas "subversivas" o
"desestabilizadoras" en una cátedra universitaria o en los
libros. En la mayoría de nuestros países, toda crítica es
acallada y cualquier atisbo de descontento es castigado con
suma dureza.
Quienes y por
qué. El medio siglo de independencias africanas está
plagado de ejemplos.¿Es necesario recordar quiénes y por qué
se derrocó a Patrice Lumumba en la República Democrática del
Congo, para instalar a Mobutu durante treinta y ocho años en
el poder? ¿Qué explica el derrocamiento de Kwame Nkrumah? ¿Por
qué se echó del poder a Sylvanus Olimpio en Togo, para
encumbrar durante treinta y nueve años a Eyadenmás? ¿Cómo se
mantiene en el sillón, desde 1967, el presidente de Gabón,
Omar Bongo? ¿Tiene otra explicación la eliminación de Rubén Um
Nyobé, el dirigente opositor de Ahmadoo Ahidjo en Camerún?
¿Porqué se asesinó en 1987 al capitán Thomas Sankara,
presidente de Burkina Faso? ¿Cómo se inició la actual guerra
civil en Costa de Marfil, después de que militares
nacionalistas derrocaran al presidente Henri Konan-Bedié? ¿Qué
explicación tiene la guerra civil que desde hace diez años
asola la República Democrática del Congo, tras el asesinato
del presidente Laurent Kabila? ¿Quienes sostienen a Teodoro
Obiang en Guinea Ecuatorial? ¿Cómo y para qué recuperó el
poder el dictador Denis Sassou-Nguesso, terminado con la
democracia en Congo-Brazzaville?

Lumumba detenido
Se podría seguir
largo rato para concluir que la instabilidad africana, la
miseria de África, es la consecuencia de la permanente
injerencia de los intereses occidentales en el continente,
donde, si bien se recuperaron las formas externas de
autogobierno, los africanos siguen sin ser dueños de sus
recursos naturales, cuya explotación no sirve a sus
necesidades de desarrollo y bienestar.
Y no sólo Occidente
ha encontrado tierra abonada para el expolio de África.
Durante la guerra fría, los soviéticos se adueñaron de países
como Etiopía, Guinea-Conakry, Angola o Guinea Ecuatorial, y
aunque sus intereses prioritarios eran los políticos,
ideológicos y militares, la realidad es que también
supeditaron su apoyo y asistencia a cambio de beneficios
económicos, las pesquerías, por ejemplo.
Y aunque también se
basó en los intereses ideológicos al principio, más reciente
es la presencia económica china, que intercambia su asistencia
técnica con productos como el petróleo, según demuestra la
reciente "cumbre" afro-china, reunida en Pekín a finales del
años pasado. Los africanos se muestran muy complacidos con esa
creciente influencia, pues China cierra sus ojos en temas como
la sistemática conculcación de los derechos humano, en los que
algunos países occidentales suelen ser algo más exigentes. En
estos cincuenta años de poscolonialismo, los africanos no
hemos conocido ni la libertad ni el desarrollo. A pesar de
tener ingentes recursos naturales, pese a la existencia de
recursos humanos cualificados - también esparcidos por el
mundo-, África sigue siendo un continente paupérrimo,
marginal, en el que no pocos han perdido la esperanza.
¿Qué será de África
si sus moradores la abandonan al ritmo actual? ¿Qué futuro
espera a las nuevas generaciones si continúa esta explotación
despiadada, con recursos que no son inagotables, y la
desertización avanza como consecuencia de la deforestación del
ya exiguo bosque ecuatorial?
Por eso se hace
preciso incidir en las distorsiones que impiden el desarrollo
de la democracia y del bienestar, y señalar que los
intercambios comerciales y la explotación de los recursos
deben beneficiarnos a todos. Occidente debe ser más exigente
con el respeto de los derechos humano y no dar carta blanca a
tiranos y tiranuelos, para que también en África se instauren
regímenes de libertad que velen por los intereses de los
africanos".
h
Editado y
distribuido por ASODEGUE
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