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HOJAS INFORMATIVAS
3 de julio
de 2008
"África, el continente de los
tiranosaurios"
Donato Ndongo-Bidyogo, El Pais,
3 de julio 2008
"Robert Mugabe, el
octogenario presidente y principal artífice de la independencia
de Zimbabue, se ha vuelto un déspota. Consiguió lo que quería:
la presidencia vitalicia. Con la oposición en el exilio, en las
cárceles o muerta, puede seguir "hasta que Dios le eche", según
dice. Pero, aunque hace décadas que sus compatriotas padecen su
tiranía, los occidentales sólo descubrieron el verdadero rostro
de Mugabe en 2001, cuando, para camuflar su incapacidad de
resolver los agudos problemas del país, azuzó a sus "veteranos"
de la guerrilla a ocupar las tierras de los granjeros blancos.
Aquello fue un modelo de cómo no se debe realizar una reforma
agraria en el África actual: evidenciando el racismo subyacente
en su política, Mugabe abocó a Zimbabue a un rápido y profundo
deterioro económico y social. Zimbabue era antes un exportador
de alimentos; ahora, sus famélicos 12 millones de habitantes
subsisten gracias a la ayuda internacional.
Como otras figuras del África poscolonial, Mugabe vive en la
irrealidad. Pretende que su aureola de líder "nacionalista" le
coloca por encima del bien y del mal. Aún sueña con sus pasadas
hazañas bélicas en la lucha por la liberación, y cree que ese
pasado justifica el presente. Es incapaz de reconocer su gran
fracaso: el no haber sabido revalidar su competencia como
guerrillero en su labor como estadista.
Apenas instalado en el poder en 1980, Mugabe deshizo la alianza
con Joshua Nkomo, compañero de lucha y principal adversario, que
creó el Frente Patriótico para acelerar el final del régimen
segregacionista instalado por Ian Smith a mediados de los años
sesenta del pasado siglo, según el modelo surafricano. Nkomo era
ministro y destacado miembro de la etnia ndebele, cuyo feudo es
la región de Bulawayo. Con el sempiterno pretexto de que intentó
dar un golpe de Estado -los dictadores africanos carecen de
imaginación y se repiten unos a otros-, Mugabe echó a Nkomo del
Gobierno y desencadenó la llamada Operación Gukurahundi, en la
cual asesinaron al menos a 20.000 miembros de dicha etnia en los
seis años que duró esa etapa de terror, que no ha terminado:
algunos cálculos sitúan en un millón los ndebeles huidos del
país en los últimos 10 años. El dirigente material de la purga,
el general Perence Shiri, se hace llamar El Jesús Negro,
y continúa al frente de la terrible V Brigada del Ejército. Y
uno de los factores que pudieran explicar la recalcitrante y
patética resistencia de Mugabe a dejar el poder es la promesa
del principal líder opositor, Morgan Tsvangirai, de encausar a
los responsables del genocidio si llega al poder; Mugabe y los
suyos prefieren morir en sus palacios y no en la cárcel.
El actual episodio del drama de Zimbabue, como toda su
trayectoria en 28 años de absolutismo, demuestra que Mugabe no
es demócrata: no le importan los métodos con tal de seguir en el
poder. Mientras tanto, la comunidad internacional sólo hace
declaraciones y publica comunicados. Protestas y condenas que
son sólo eso, palabrería y papel mojado para un viejo león
acostumbrado a resistir, a la espera de que amaine la tormenta.
¿Y ahora, qué? ¿Qué solución podemos esperar cuando, desoyendo
el clamor del mundo, Mugabe volvió a colocarse la banda
presidencial tras su "aplastante" victoria en una parodia de
"elecciones", sin oposición?
¿Estamos condenados los africanos a sufrir en silencio a
nuestros sátrapas, sin que se haga nada efectivo para poner coto
a la miseria y al terror que provocan? Cuando, década tras
década, los mandatarios utilizan con impunidad todo tipo de
trucos y trampas, incluido el asesinato, para seguir donde están
pese a quien pese, parecería lógico pensar que la gente tiene
derecho a defender su vida y su libertad. Cuando esos mismos
tiranos se atrincheran y pretenden eternizarse a través de sus
hijos -como en la República Democrática de Congo, como en Togo,
y puede que en Gabón y Guinea Ecuatorial-, los simples
ciudadanos pierden toda esperanza. A generaciones de africanos
nos han robado el futuro, nos han desprovisto de toda ilusión. Y
esta impotencia, convertida en desesperación, es un caldo de
cultivo para ambiciosos y aventureros.
La Unión Africana, creada en 2001 en sustitución de la ineficaz
Organización para la Unidad Africana, consagró el no
reconocimiento de los gobiernos que llegasen al poder por medio
de la violencia. Dicho así, parece una medida para impulsar la
democracia. Pero si tenemos en cuenta que buena parte de los
signatarios de estos acuerdos de Syrta (Libia) ocuparon sus
puestos mediante sangrientos golpes militares, en algunos casos
ahogando regímenes democráticos conseguidos con mucho esfuerzo,
se concluye que es sólo una medida para blindar a las
dictaduras. En África, existen gobernantes que pronto celebrarán
su cincuentenario en el poder, sin que nadie se escandalice.
Todos ellos, como Mugabe, se distinguen por su crueldad y
corrupción, pues los jefes y allegados acaparan las
inmensas riquezas de un África nada pobre, sólo empobrecida por
la depredación y los abusos.
La percepción del africano es que esas tiranías cleptómanas no
existirían sin la aquiescencia o complicidad de los países
occidentales, principales beneficiarios de la situación. Porque,
al tiempo que explotan nuestras ingentes materias primas a
precios irrisorios, se benefician de la fuga de cerebros y de la
barata mano de obra inmigrante; y cuando llegan los tiempos de
crisis, sacan de la rebotica todos los rancios mecanismos que
limiten la libre circulación de las personas, pero no de los
bienes.
Africanos y occidentales coincidimos en que mucho debe cambiar
en África. Las discrepancias son metodológicas. El modelo
español es ideal, y ha dado resultado en algún país
latinoamericano, pero no siempre es exportable. La Transición
fue la obra de un Rey deseoso de transformar la dictadura
heredada en democracia plena. Ese impulso desde la jefatura del
Estado estaba en consonancia con los anhelos de la inmensa
mayoría de los ciudadanos, y los políticos de todas las
tendencias asumieron la necesaria transformación. ¿Por qué hacer
cuando es la propia cabeza del régimen la que no tiene voluntad
de ceder ni un ápice de su dominio omnímodo? Los dictadores
africanos tomaron nota de los avatares de Augusto Pinochet y
resisten para no terminar como él, humillados y ofendidos.
¿Estamos obligados los africanos a soportar eternamente miserias
y tiranías? ¿En nombre de qué maldición bíblica o determinismo
genético? África debe dejar de ser un problema, en primer lugar,
para los propios africanos. Pero no habrá solución mientras no
se comprenda que la libertad y el progreso sólo llegarán de la
mano de los demócratas africanos. Y para ello es necesario
obligar a salir a los tiranos. Y se puede lograr sin derramar ni
una gota de sangre, sin guerras ni invasiones. Uno de los
temores recurrentes entre los dirigentes occidentales de todas
las tendencias es el de la desestabilización; se piensa que
cualquier cambio pondrá en peligro las fuentes de materias
primas y las inversiones. Esta doctrina perversa lleva a
legislar sobre la protección de los simios, mientras las
personas son vejadas. Pero no se han valorado los beneficios que
se derivarían para el mundo, incluido el de los negocios, si
africanos con otra mentalidad asumieran los destinos de sus
países: la estabilidad sería verdaderamente sólida si los
africanos pudiéramos vivir tranquilos en nuestro suelo, y
nuestras riquezas nos sirvieran para alcanzar el desarrollo.
Si se produjese una complicidad entre africanos y occidentales,
si los demócratas europeos y americanos se aunaran contra las
dictaduras inhumanas de África, las cosas empezarían a cambiar.
Nuestras independencias deben ser plenas, no nominales; pero, a
tenor de lo vivido en el último medio siglo de relaciones entre
Occidente y África, sería preferible que la injerencia
extranjera en nuestros asuntos se produjera a favor de los
pueblos y no de los tiranosaurios".
Editado y distribuido por ASODEGUE
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