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LA
INDEPENDENCIA (*)
1.
Conferencia Constitucional: unidad o separación
Las
palabras del embajador Piniés en la Conferencia de
Argel sobre Descolonización indicaron al mundo, y en
particular a los nacionalistas guineanos, que ya era pública
la existencia de dos tendencias claramente definidas
en el seno del Gobierno español a propósito de la cuestión
guineana. Carrero había concebido la autonomía
como un mal menor y una concesión, desde luego la
última, a las aspiraciones de libertad del pueblo guineano.
Su criterio se basaba en la premisa de la presencia
indefinida de España en Guinea Ecuatorial, y no importaba
demasiado el precio que hubiera que pagar por
ello. Castiella, por su parte, que tenía que sufrir en su
propia persona los ataques exteriores a la política colonial
española, y que era consciente de que no se podía
hacer una política exterior coherente mientras Guinea
fuera colonia española, aunque bajo las más variadas
caracterizaciones, era partidario del proceso de
autodeterminación. Pero los asuntos de Guinea no dependían
del Ministerio de Castiella, sino de la Presidencia
del Gobierno, es decir, de Carrero. El ministro de Asuntos
Exteriores, pues, se enteraba de lo que pasaba en
Guinea a través de la Delegación española en las Naciones
Unidas y de otras Embajadas. No tenía acceso directo
a las fuentes de información ni, por tanto, poder alguno
de decisión. Carrero concebía Guinea como una especie
de finca particular, mientras Castiella se daba cuenta
de que era un asunto de Estado. «Muchas veces —declaró
posteriormente— dije en los Consejos de Ministros
que no hay ninguna madre española que mande a
su hijo a morir a Guinea». Chocaban, en definitiva, dos
concepciones sobre el colonialismo: el de Carrero, más
arcaico, más decimonónico, más imperial; y el de Castiella,
más moderno, más disimulado, más «neo». Por
ello, al transmitir el embajador Piniés la invitación del
Gobierno al Comité de los Veinticuatro, los observadores
anotaron que estaba triunfando la tesis del Palacio
de Santa Cruz y los nacionalistas vieron, por vez primera,
la independencia como posibilidad real.
Aceptada
la invitación por la IV Comisión, ésta designó
un subcomité formado por el embajador Malecela,
de Tanzania, y los señores Diakite, de Malí; Hernán Sánchez,
de Chile; Melbin, de Dinamarca, y Joujeati, de Siria,
presididos por el embajador Collier, de Sierra Leona,
presidente de la IV Comisión sobre Descolonización, más
conocido por Comité de los Veinticuatro. En agosto de
1966 la subcomisión visitó Fernando Poo y Río Muni, habló
con delegados de todos los partidos políticos y celebró
consultas con representantes de las etnias del país.
La conclusión, expuesta en la Resolución 2.230, de 20
de diciembre de 1966, recomendaba a España la convocatoria
urgente de una conferencia constitucional qué fijara
la fecha de la independencia. España, que ya había
previsto esta conclusión, se había adelantado unos meses
antes (el 10 de octubre) y había comunicado a la
Secretaría General de las Naciones Unidas su decisión
de celebrar una conferencia constitucional en los primeros
meses de 1967. Demuestra que la posición del Ministerio
de Asuntos Exteriores no estaba aún lo suficientemente
consolidada el hecho de que el ministro Castiella
declarara que la reunión prevista en Madrid no sería
«ni una Asamblea Constituyente, ni una negociación
diplomática, sino sólo la ocasión de entablar un diálogo
amplio y franco entre guineanos y españoles». En
el Palacio de Santa Cruz se vacilaba demasiado, y no se
llegó a concretar la fecha hasta el otoño de 1967, ampliamente
rebasado el plazo previamente fijado ante las
Naciones Unidas.
Mientras
tanto, la Presidencia del Gobierno y la Alta Comisaría
General, activaban su lobby entre los habitantes
más afines, tendente a conseguir una independencia por
separado entre Fernando Poo y Río Muni. Se empezaron
a escuchar conferencias y discursos que reavivaban
enemistades tribales ya olvidadas y que hacían hincapié
en el «salvajismo» y menor grado de desarrollo de
Río Muni, frente a la cultura, ponderación y mayor nivel
de vida de los habitantes de Fernando Poo. Algunos
viejos colonos preparaban sus campañas para presentarse
a la elección como miembros del Gobierno autónomo
en caso de que fracasaran las conversaciones de Madrid
y se prorrogara automáticamente el régimen de autonomía.
No hay que perder de vista que, a escasos kilómetros
de Fernando Poo, se desarrollaba una cruenta
guerra secesionista en Biafra, y que, por aquellas mismas
fechas, un blanco radical, Ian Smith, acabada de hacerse
fuerte, desobedeciendo los mandatos del Gobierno
de la metrópoli, en Rodesia. Precisamente para evitar
tan peligrosos ejemplos, la subcomisión visitadora de
las Naciones Unidas había urgido la convocatoria de la
conferencia constitucional. Pero las aguas ya estaban
agitadas en Guinea, donde los colonos seguían practicando
la política del «negrito», como muy duramente escribía
Francisco González Armijo, precisamente un colono: «con
todos nuestros respetos a la capacidad y buena voluntad
de que hacen gala estos honrados funcionarios (del
Gobierno español), hemos de hacer notar que, a todas
luces, obran influenciados por las ideas de aquellos
que son conocidos con el nombre de «viejos coloniales»,
quienes no vacilan en asegurar que están al cabo de
la calle y que saben todo lo que hay que saber sobre los
guineanos. Es lógico que los técnicos del Gobierno, que
en su mayoría no han visitado Guinea (los que lo han
hecho han pasado fugazmente por aquellas tierras, teniendo
un contacto muy superficial con la realidad del pueblo
guineano), acepten las opiniones de los "entendidos"
(...). Estos "entendidos" que desprecian lo más
fundamental,
el factor humano, practican y transmiten la
idea paternalista que tanto daño ha producido en África.
El concepto del "negrito" todavía persisten en esas
mentalidades arcaicas. A estos "negritos" no se
les puede
dejar de la mano; nuestra "superior cultura europea"
nos obliga a cuidar maternalmente de todos sus pasos
y decirles, en cada momento, lo que han de hacer, porque
si se les deja solos (...).
En el caso concreto de Guinea
Ecuatorial asistimos a una variante de este juicio
equivocado sobre la mentalidad del negra. Consiste en
la tesis que sustentan ciertos señores que, al margen del
Gobierno, ejercen determinadas influencias —especialmente
en el campo económico— sobre algunos sectores
guineanos. La facilidad que hoy tienen para manejar
a su antojo a algunos de ellos les induce a creer que podrán
continuar haciéndolo tranquilamente, al menos durante
un cierto tiempo. ¡Cuán lejos están de ver la realidad
de la situación! Aparte de los problemas que suscitan
con su actuación, y que pueden traer problemas
a escala nacional, estos señores, obcecados por el falso
concepto que tienen de los guineanos, no se dan cuenta
de que lo que están haciendo es echar piedras a
su propio tejado, que ya empieza, a acusar señales de rotura
y que cuando menos lo esperan acabará por desplomarse»
(1).
Naturalmente,
cuando Saturnino Ibongo, portavoz del
MONALIGE, deploraba ante el Comité de los Veinticuatro
el retraso que sufría la Conferencia Constitucional,
el embajador Piniés no tuvo recato alguno en afirmar
que la demora se debía «a las divergencias políticas
de los mismos guineanos». Idea misma en que cae
el
buen colono Armijo, al afirmar en otro pasaje de su escrito
que «este retraso de ocho meses en convocar la Conferencia
Constitucional no ha hecho
sino agriar la
situación.
Está claro que el motivo de este retraso no puede
imputarse al Gobierno español, sino al Gobierno autónomo
(...) Estimamos
también—termina Armijo—que
sería conveniente ir haciéndonos a la idea de que el resultado
de esta Conferencia puede ser la independencia de Guinea
Ecuatorial. Si la independencia ha de ser un
hecho, admitámosla; no nos opongamos ciegamente a
ella. Es preferible, a todas luces, dar una independencia
a ese pueblo, si la desea, que no frenar insensatamente
sus anhelos, dando lugar a reacciones que puedan
comprometernos».
El
30 de octubre de 1967, a las 7 de la tarde, y en la sede
del Ministerio español
de Asuntos Exteriores,
se reunía la primera sesión de la Conferencia
Constitucional sobre
Guinea Ecuatorial. El hecho de que la iniciativa
pasase totalmente a manos de Fernando María Castiella
fue saludado por los líderes guineanos de todas las
tendencias nacionalistas y por los observadores imparciales.
No fue, pues, discutida la presidencia del ministro
español. Acompañaban a Castiella el subsecretario
de Política Exterior, Ramón Sedó, y Gabriel Cañadas,
que actuaron como vicepresidente y secretario general
de la Conferencia Constitucional, respectivamente. Formaban
parte de la delegación española, además, representantes
de la Presidencia del Gobierno (encabezados
por José Díaz de Villegas, director general de Plazas y
Provincias Africanas), del Ministerio de Asuntos Exteriores
(Gabriel Mañueco y Fernando Moran López, director
general y subdirector general de África, respectivamente),
Rodolfo Martín Villa, representante del Ministerio de
Industria; así como delegaciones de los Departamentos
de Justicia, Ejército, Marina, Aire, Hacienda,
Gobernación, Secretaría General del Movimiento y de la
Comisaría del Plan de Desarrollo, de la Delegación Nacional
de Sindicatos y del Alto Estado Mayor. Veinticinco
miembros en total.
La
delegación guineana, demasiado numerosa, estaba compuesta
por 47 miembros: el presidente y el vicepresidente
del Consejo de Gobierno autónomo, Bonifacio Ondó
Edú y Francisco Macías Nguema, respectivamente; el
presidente y el vicepresidente de la Asamblea General, Federico
Ngomo Nandongo y Enrique Gori Molubela, respectivamente;
dos diputados por Fernando Poo; dos diputados por Río
Muni; los consejeros de Enseñanza, Sanidad, Información
y Turismo, y Hacienda; los dos consejeros
nacionales del Movimiento; los cuatro procuradores
en Cortes; dos representaciones de las Corporaciones;
el delegado en Madrid del Gobierno autónomo; tres
representantes del MUNGE; tres representantes de la
Unión Bubi; tres representantes de la Unión Democrática
Fernandina; tres representantes de los habitantes
de Annobón; tres representantes de la Unión Ndowe, y
dos representantes de la isla de Coriseo e islotes adyacentes.
En
el discurso pronunciado en la sesión inaugural por
el ministro Castiella, resalta la alusión expresa,
primera de un miembro del Gobierno español, a la independencia
del territorio: «...en
este cuadro de ilusiones posibles
y razonables deseos, que hay que contraponer a
las incertidumbres de nuestra hora, una de las más nobles
empresas en que estamos empeñados, pese a las tensiones
que ha producido —y que lógicamente produce—
es ésta de la descolonización; fenómeno contemporáneo
que ha supuesto —en un plazo que apenas alcanza
el cuarto de siglo— la independencia de más de sesenta
países y de centenares de miles de seres humanos».
El presidente de la Conferencia pasó a glosar la personalidad
hispánica de Guinea Ecuatorial: y la labor realizada
por España, dentro de la línea triunfalista de la
época, pero de una forma diferente a la usual: «...hemos
sido convocados para dar cauce, contenido y meta a
esta Conferencia Constitucional, que debe explorar y fijar
los principios y las opciones de nuestra futura convivencia.
Para llevarlo a cabo contamos con una sólida y
fundamental base de partida en que apoyarnos: la peculiar
manera de ser que ha otorgado a la comunidad hispánica
su puesto en el concierto de la civilización universal.
Y ello nos llena de orgullo, pues viene a demostrar
que el impulso que dio nacimiento a veinte naciones
no ha perdido su vigor, ya que sobre los mismos
cimientos
se está construyendo esta admirable realidad hispano-africana
que representáis. Las esencias españolas
que impregnan vuestra alma no han anulado vuestra condición
africana, sino que os ayudan a expresarla y a
sentirse de acuerdo con el mundo moderno».
Con
las siguientes palabras, un ministro de Franco admitía
por primera vez una realidad al margen de las tesis
oficiales sobre Guinea: «Es evidente que la inserción
de España en el actual proceso de la descolonización
se ha producido por la concurrencia de un conjunto
de factores, entre los que cabe destacar el tradicional sentido
de su labor civilizadora, alejada —como ya hemos
subrayado— de la mentalidad propia del régimen colonialista;
su respeto para la voluntad de autodeterminación
de los pueblos, repetidamente proclamado por nuestros
gobernantes, y finalmente —dejando de lado corrientes
ideológicas que postulan la revisión del fenómeno
colonial—, la acción desarrollada en este aspecto por
las Naciones Unidas». Tras explicar a su modo la autonomía
(«en la XVIII Asamblea General de las Naciones
Unidas, que se inició el 21 de septiembre de 1963, pude
exponer cómo España, en un clima de paz, sin actuar
bajo la presión de la violencia, se adelantaba a las
aspiraciones de los guineanos y entendía que había llegado
el momento natural en que se gobernaran por sí
mismos...»), el ministro definió la finalidad de la Conferencia,
«que no puede ser otra que la de poner en manos de
vuestro propio pueblo el destino de la Guinea Ecuatorial»
y adelantó que «los resultados y conclusiones
a que lleguemos, una vez estudiados por el Gobierno, habrán
de ser sometidos, por medio del sufragio universal,
al refrendo del pueblo guineano». Finalmente, Castiella
se alejó definitivamente de las tesis de la Presidencia
del Gobierno al recomendar a la delegación guineana
la unidad: «Un ilustre guineano, aquí presente, decía
hace muy pocos días: "¿qué es lo que nos conviene?
Indudablemente la unidad. Unidad en la ideología, en las
aspiraciones en bien de todos, en los esfuerzos
colectivos por hallar la fórmula para el desenlace del
futuro político y administrativo de nuestro territorio".
Tan prudente razones tuvieron, sin duda, presentes ciertos
procesos cercanos a vosotros en el tiempo y en el
espacio».
Indudablemente,
el discurso de Castiella no agradó en
la Presidencia del Gobierno. A pesar de los esfuerzos por
publicarlo íntegro, la prensa sólo reflejó las
alusiones al Caudillo y los pasajes más
laudatorios para el Régimen
de Madrid. Cuando tomó la palabra el presidente
de la Asamblea General para responder a la delegación
española en nombre de la guineana, todos sabían
que la independencia de Guinea era sólo cuestión de
tiempo. Quizá por ello el discurso de Federico Ngomo
Nandongo fue breve y confiado, aunque envolvía una
ligera amenaza: «Estoy seguro de que el Gobierno español
sabrá interpretar convenientemente nuestras sugerencias
sobre la independencia de Guinea; porque, en definitiva,
nosotros esperamos que sea el Gobierno español
y no ningún organismo internacional quien marque
las etapas de nuestro desarrollo político. Confiamos en
que se nos orientará y se nos aconsejará sobre lo más
conveniente; es más, exigimos que se nos corrija y se
nos hagan ver los errores en los que podamos caer por
razones de inexperiencia». El tono filial, de todos modos,
sólo endulzaba una exigencia.
Tras
los discursos, se constituyeron las comisiones política,
jurídico-administrativa, económica y
de cooperación.
La
ligerísima amenaza contenida en el pasaje transcrito
del discurso de Ngomo Nandongo hacía referencia
a un escrito presentado minutos antes a la delegación
española, con la exigencia de que fuera declarado
documento oficial. El documento en cuestión, firmado
por representantes del Gobierno autónomo y por los partidos
políticos IPGE, MUNGE y MONALIGE, pedía al
Gobierno español: 1.°) La proclamación solemne de la
fecha de la independencia total de Guinea Ecuatorial para
antes del 15 de julio de 1968; 2.°) La formación inmediata
de un Gobierno provisional con poderes para organizar
un referéndum y asegurar la estabilidad durante
la transición. Se señalaba que estas peticiones no suponían
la ruptura de vínculos con España. El documento
estaba avalado por 32 nombres, 29 de los cuales firmaban. Es interesante y sintomático constatar que no firmaron
dicho documento ni la Unión Democrática Fernandina
ni la Unión Bubi, ni tampoco determinados personajes
con un prestigio personal, tales como Enrique
Gori Molubela o Román Borikó Toichoa. Estos dos
partidos, carentes de toda representatividad popular, habían
sido creados artificialmente unos meses antes con vistas a la Conferencia Constitucional, con el fin de que abogaran
por la independencia separada entre la isla y el
continente. Los dos personajes antes mencionados, más Luis
Mao Sicachá, venían negando obediencia al Gobierno autónomo,
al que pertenecían, influenciados por los colonos,
a fin de que, con su prestigio, sancionaran la secesión dé Fernando Poo. Ya en 1966, los tres habían sido
entrevistados en Televisión Española por Victoriano
Fernández Asís, y, entre otras cosas, habían expuesto las
siguientes opiniones:
Luis
Mao: «Fernando
Poo tiene unos 18.000 nativos,
pero cuenta con 30.000 residentes de Nigeria,
Gabón, Camerún, que han venido como mano de
obra. Los nativos están en minoría. Por eso venimos
a que el Gobierno de Madrid nos resuelva
la situación. Es decir, a que cuando nos consideren
mayores de edad, como hijos suyos, no se entreguen
las riendas de la administración patrimonial
en bloque. Que se nos separe nuestro patrimonio, de
suerte que cada provincia —Fernando
Poo y Río Muni— tenga su propia administración,
siempre patrocinada y con las directrices de defensa de la madre España».
Román
Borikó: «La
provincia de Fernando Poo
no tiene nada que ver en este régimen administrativo
con la provincia de Río Muni; cada una en
su puesto, con su administración interna, y todos a la casa de la madre España. Sin atropellar
el derecho de autodeterminación de cada una de ellas.
Precisamente en virtud de ello decimos que cualquiera de
estas dos provincias de estos territorios,
como dicen el Caudillo y su Gobierno si
tiene que tomar otra determinación, que no compromete
en manera alguna el destino de la provincia
o territorio correspondiente al contrario».
Enrique
Gori: «Fernando
Poo necesita estar unido al resto del territorio nacional
por aviones más
modernos y rápidos, por barcos modernos, para
que con más facilidades los españoles de la Península
puedan conocer Guinea Ecuatorial y los
españoles de Guinea la España peninsular. Decimos
al pueblo de España aquí estamos, y nos consideramos
uno más. El pueblo de Guinea no pide
más que el pueblo de España coopere a esta gran
misión de superación de su integración en el
mundo internacional»
El día 2 de noviembre, Enrique Gori pronunció su
discurso
ante el pleno de la Conferencia Constitucional, en
el que resumía todos los argumentos de la tesis separatista.
Sostenía que el Régimen de autonomía había sido una «quiebra»
para las poblaciones bubis de Fernando
Poo, para quienes habría representado «un neo-colonialismo
a causa del sistema unitario del Gobierno». Por
ello proponía una revisión del régimen de autonomía,
fundamentándolo en la autodeterminación de las poblaciones
por separado. Continuó afirmando Gori que «entre la isla
y el continente no existe unidad alguna, ni geográfica,
ni cultural, ni histórica, ni lingüística. El punto
de contacto más fuerte se encuentra en la presencia
española en estos territorios. Así que la Guinea Ecuatorial
es sólo un nombre (...). Además, existe una imparidad
económica y sociológica. En el campo económico,
Fernando Poo aporta el 81 por 100 del presupuesto
y absorbe sólo el 19 por 100 del usufructo (...). Sociológicamente
existe el peligro de que los continuos e incontrolados
desplazamientos demográficos de Río Muni
hacia Fernando Poo acaben absorbiendo a la población bubi
(...). Por ello —concluía el vicepresidente de la
Asamblea General y presidente de la Diputación Provincial
de Fernando Poo— la separación constituye un tema
de obligado e inexcusable planteamiento, y su logro,
la grave e indeclinable responsabilidad de la generación
actual de Fernando Poo».
Ante esta postura virulenta de cierto sector isleño,
el secretario del Directorio del MUNGE, Justino Mbá Nsué,
dio lectura a un texto firmado por su partido, por el
IPGE y por MONALIGE, en el que se pedía prioridad para
la comisión política y suspender de momento el trabajo
del resto de las comisiones, a fin de que se viera con
claridad antes el futuro estatuto político, como
presupuesto para el trabajo de las demás comisiones. Un delegado,
respondiendo a la intervención de Gori Molubela,
expuso la cuestión del reparto colonial, del que|
eran víctimas tanto Río Muni como Fernando Poo, y
terminó resaltando que la realidad indica que las dos provincias
forman claramente una unidad que la historia
ha ligado estrechamente. «Sería pernicioso el separarse,
pues supondría o la absorción por otras potencias,
especialmente en el caso de Fernando Poo, como ha reconocido
el mismo Gori, o la no subsistencia». En el debate, otro
delegado preguntó si los nigerianos, que claramente
superaban a la población autóctona, no eran un
factor de temor, y denunció claramente los intereses económicos
en juego para algunos capitalistas españoles.
«Los exponentes de tales intereses asesoran y ponen hincapié
de todas las formas imaginables para que sus intereses
corran el menor riesgo posible. Y para ello se
sirven de algunos bubis».
Se
plantearon ya, pues, desde el principio dos tendencias
en el seno de la numerosa delegación guineana, lo
cual obligó a suspender la Conferencia Constitucional
a fin de que el Gobierno español dictaminase lo que debía
ser conveniente. El 15 de noviembre se clausuraba la
primera etapa.
2.Conferencia
Constitucional: Antonio
García-Trevi]ano
En
el seno del Gobierno español quedaba abierta la brecha
entre la tendencia separatista, propiciada por los grupos
con intereses en la zona, agrupados en torno a la
Dirección General de Plazas y Provincias Africanas, y la
tendencia unionista, vinculada al ministro Castiella. Este,
en su afán por llevar a cabo un proceso descolonizador
«perfecto, brillante, que le diera a España, aislada
diplomáticamente, un poco de prestigio», decidió
enfrentarse directamente con el problema. Convenció al general
Franco y a la mayoría de los miembros del Gabinete de que
las Naciones Unidas no admitirían una independencia
por separado, y que tal eventualidad iría en
perjuicio de España de una manera innecesaria. Castiella
—con Franco— necesitaba recuperar Gibraltar y aprovechar
dicho triunfo diplomático para remodelar la política
exterior y el triunfo cara a la opinión pública interna
para afianzar más aún el poder del régimen. Desde
la óptica del Palacio de Santa Cruz, se pretendía sumar
cuanto antes el voto de Guinea al de los países hispanoamericanos
y árabes. Además, España no estaba en
condiciones de sostener airosamente una guerra colonial,
que por lo demás iba a resultar demasiado impopular
en el interior del país, pudiéndose derivar de ella
consecuencias tan imprevisibles como infelices. Y
Castiella ganó. El 17 de febrero de 1968 se publica un Decreto-ley
suspendiendo el proceso de renovación previsto en la
reglamentación del Régimen autónomo y se dispone
sea reanudada la Conferencia Constitucional.
La prensa española, reflejando la realidad política
existente
—aunque sin libertad de expresión, pues la Conferencia
Constitucional había sido declarada «materia
reservada»—, se había dividido en dos tendencias: una,
mayoritaria, claramente reaccionaria, y otra muy minoritaria,
más tercermundista dentro de lo posible. Al
ser irreversible ya el hecho de la independencia unitaria,
la Presidencia del Gobierno escoge a su partido y candidato
favoritos; por su parte, el Ministerio de Asuntos
Exteriores apuesta asimismo por un partido y un político.
Los grandes rotativos nacionales y la prensa institucional
se vuelcan a favor de Bonifacio Ondó Edú y
del MUNGE. El diario «Madrid» y, más tímidamente, «Informaciones»
y algún vespertino de Barcelona apoyan
al candidato del MONALIGE, Atanasio Ndongo Miyone.
El «ABC» publica seríales donde los mungistas («el
partido de la unidad nacional») son los buenos: «Porque
yo siento en español y así seguiré sintiendo hasta
que muera», me dijo una tarde Agustín Eñeso. Y Francisco
Salomé Jones. Y
Andrés Moisés Mbá. Y
Felipe Ddjoli.
Y Justino Mbá. Y Momo. En ninguno he observado el menor
ánimo de revancha. En todos, amor por España,
vinculación con España, deseo de España, escribe
en ese diario José Salas y Guirior. Los otros, indefectiblemente,
son los malos: «Hablando con Justino Mbá
—se lee en otra crónica—, secretario general del MUNGE,
uno de los más hispanistas que por aquí me he
encontrado, me decía cómo en otros países africanos que
lograron su total libertad, las costumbres irritantes de
la discriminación continúan vigentes. Y que cuando iba
a alguno de esos países y alguien le hablaba de los métodos
a usar frente a la metrópoli española para lograr
la independencia, él solía proponer como escenario de
la conversación algún establecimiento de esos restringidos
para uso exclusivo de europeos. Cuando empezaban a
surgir los inconvenientes, él les decía que en la Guinea,
con los españoles, esos problemas no existen. Y que, por
tanto, se encontraba mejor dispuesto para discutir con
ellos. Todos no son como Justino Mbá. Está el MONALIGE
y su gente. Pero tengan la fuerza que tengan, cosa
que está por ver, lo que no podrán es montar una reivindicación
para asaltar formas de convivencia por la
sencilla razón de que ya la tienen».
Refiriéndose
el cronista
a su deseo de conversar con Monalige (siempre en
minúsculas en los escritos de «ABC»), se lee en otro artículo:
«...
les busqué primero en una especie de cabaretucho
llamado, no sé por qué triste ironía, El Progreso.
Fue una suerte, pues, de no haber entrado por allí, hubiera
tenido que hacer no sé cuántos kilómetros para llegar
a otra sala, llamada de fiestas, ignoro por qué razón,
en la que, por lo visto, solían reunirse. El ambiente era
sórdido y deprimente, pese a que concurrían los elementos
normales de diversión (...). En un extremo de la barra
había un grupo de hombres jóvenes. Me dijeron que
eran del Monalige. Seguí bebiendo con ellos.
—¿Y
ustedes vienen por aquí todas las noches?
—Bueno...
—me contestó uno de ellos—; casi todas. Es
necesario.
Y
se echó a reír. Me dijo que eran gajes del oficio. Y que
no resultaban desagradables.
—Pues
ya son ustedes valientes. Y díganme: ¿sus mujeres
no se enfadan? Porque yo creo que tendrían razón.
—Sin
duda, tienen razón. Pero tienen que comprender que somos
políticos y debemos hacer esta clase de vida
para relacionarnos con la gente. Yo quisiera explicarle
a usted muchas cosas.
Conseguí
convencer a Jovino Edú Mbuy, vicepresidente
del Monalige en el comité central de Bata, que era
mucho mejor que nos reuniéramos al día siguiente por
la mañana en un café en un club sin música, pues allí
no se podía hablar ni de política ni siquiera de fútbol,
puestos a poner ejemplos de temas que exigen griterío.
Y al mediodía siguiente apareció con Ángel Masie Ntuturnu,
subdelegado de Asuntos Sociales. Ambos, muy amables,
muy correctos, muy sonrientes. Como luego se verá, muy
apasionados también» (2). Esta trascripción, aunque
algo larga, era necesaria para demostrar que se estaba
preparando el camino hacia el caos que se preveía
en España si no triunfaba el candidato oficial. El partido
oficial, claro está, era el MUNGE, con hombres cultos,
buenos, piadosos, limpios, que ni bebían ni fumaban,
amantes de la paz y de España. El MONALIGE era
extremista, subversivo, con hombres coléricos, mentirosos,
pendencieros, de vida fácil y equívoca. El IPGE se
presentaba dividido entre la tendencia «más moderada»
de Clemente Ateba, que, a través de Simón Ngomo Ndumu,
gobernador civil de Río Muni, buscaba fusionarse
con el MUNGE y la tendencia «extremista» de Jesús Mbá,
que buscaba la unión con el MONALIGE. Como se
ve,
el estereotipo era perfecto y la ambientación inmejorable.
La
segunda fase de la Conferencia Constitucional, ya incuestionable
la independencia unitaria para
1968, se centró
en el estudio de la Resolución 2.355, aprobada por
la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de abril
de 1967. El párrafo sexto de la Resolución instaba
inexcusablemente a la potencia colonizadora, España, a fijar
las modalidades del traspaso de poderes, a redactar
una ley electoral y una Constitución de independencia.
Por ello era cada vez más evidente que la Delegación Guineana
necesitaba de alguien imparcial —es decir, no vinculado
al Gobierno español en ninguna de sus tendencias—
que pudiera asesorarla en materia constitucional. Se
conectó con varios guineanos estudiantes de Derecho, pero,
debido precisamente a su condición de estudiantes,
no pudieron ser muy útiles. Varios representantes de
la Delegación Guineana contactaron con el economista Ramón
Tamames, el cual no quiso saber nada del asunto.
Acudieron al profesor Enrique Tierno Galván, quien, al
parecer, se mostró reticente y despreciativo. Por último,
se acudió al bufete del profesor Joaquín Ruiz-Giménez,
a quien tampoco entusiasmó la idea de asesorar a
los nacionalistas guineanos. Fue cuando el antes citado
Francisco González Armijo,
antiguo empleado
de AUCONA,
dueño de una gestoría en Bata, a la sazón funcionario
del Ministerio de Trabajo, amigo del gobernador
civil de Bata, Simón Ngomo Ndumu, y del vicepresidente
del Consejo de Gobierno Francisco Macías Nguema,
habló a la Delegación Guineana de un demócrata independiente
del Gobierno y de los partidos políticos, que
no pondría inconvenientes en ayudarles. Por otra parte,
su gran independencia económica podría serles de utilidad,
ya que posiblemente no les cobraría demasiado
dinero. Merecía toda la confianza del mundo, pues iba avalado
por José Antonio Nováis, corresponsal de «Le Monde»,
respetado por todos los guineanos que de verdad querían
la independencia, pues había ayudado a difundir
sus razones en el exterior, al ser en España secreto
oficial el desarrollo de la Conferencia Constitucional.
El hombre así presentado se llamaba Antonio García-Trevijano
y Fortes.
Antonio
García-Trevijano es una persona con un afán de
notoriedad insaciable. Abogado y notario excedente, parece
que ese momento —finales de 1967 y principios de
1968— no debía atravesar una coyuntura económica
excesivamente buena. Sin embargo, su mujer, una bella francesa
de nombre Francine Cheurakí, tenía una cuenta abierta
por los empleados del bufete donde le pasaban semanalmente
del despacho de su marido unas 60.000 pesetas
«para gastos personales»; García-Trevijano, en determinados
círculos, pasaba por agente de la CÍA, y en
otros se le tenía conceptuado como hombre afín a los
intereses del neocapitalismo internacional, especialmente
francés. A este respecto se habla de su vinculación
con la Banca Rostchild y con el grupo en torno a la revista
L´Expres.
García-Trevijano
celebró una serie de conversaciones previas,
ya en marzo de 1968, con distintos componentes
de la Delegación Guineana. Antes de aceptar ser asesor,
mantuvo dos entrevistas: una, en privado, con el entonces
director general de Seguridad, Eduardo Blanco Rodríguez,
hombre de la más absoluta confianza de Carrero
Blanco, y otra con el ministro de Asuntos Exteriores,
en la que le acompañaban Emilio Martín y Adolfo Martín-Camero.
La primera propuesta que les hizo García-Trevijano a los
guineanos fue la formación de un organismo
unitario que les permitiera hacer frente, de manera
efectiva, a la Delegación Española, y elegir un portavoz
o líder de ese organismo. La propuesta no tuvo suficiente
eco en las Secretarías de los distintos partidos políticos,
pero García-Trevijano insistió y convenció monetariamente
a unos cuantos delegados guineanos de que para
crear un marco político y jurídico que facilite el desarrollo
económico y social del pueblo guineano, «la condición
básica está en una Constitución que facilite la
eficacia de un Gobierno fuerte dentro de una
sociedad libre
y democrática, y que dificulte el nacimiento de los tres
grandes obstáculos contra el desarrollo: las dictaduras
ideológicas, el partidismo político y la centralización
burocrática».
García-Trevijano
no conocía África, y aquél era
su primer contacto con la realidad de un naciente país
africano. Pero ya había desarrollado una teoría muy particular
sobre África y los africanos, teoría que no está
demasiado
alejada del racismo paternalista de los viejos
colonialistas y que responde al esquema neocolonialista:
«En África es imposible la democracia formal y
es imposible el pluripartidismo.» Por tanto, hay que crear
un partido único que suprima todo vestigio de democracia
e implante un sistema de libertad, pero en el que
sólo sea libre la fuerza explotadora y sus comparsas negros.
De esta sencilla manera, los hombres que no tenían
más ideología que la de su bolsillo, aquellos que no
querían más independencia que la que ellos administraran,
los arribistas y los negros colonizados siempre
útiles para la manipulación política decidieron crear el
llamado Secretariado Conjunto. Agustín Eñeso y Justino
Mbá Nsué, por el MUNGE; Antonio Eworo, por el IPGE;
Francisco Macías, por el MONALIGE; Boto, por la
Unión Ndowe, y Agustín Grange, por la Unión Democrática
Fernandina, suscribieron un documento, en nombre
pero sin representación de sus partidos, que nombraba
a García-Trevijano único letrado asesor en materia
constitucional. Como los líderes genuinos de los partidos
no reconocieron al Secretariado Conjunto, se consagró de
hecho una escisión en cada uno de los movimientos,
cuyas consecuencias fueron entonces minimizadas,
pero que aún sufrimos todos en la actualidad. Como los
miembros del Secretariado Conjunto eran una exigua minería,
Antonio García-Trevijano facilitó los pasajes necesarios
para que otros varios guineanos, al margen de la
delegación oficial, pudieran venir a Madrid y coordinaran
los trabajos del Secretariado. Así, por ejemplo, llegó
Esteban Nsue Ngomo.
La
segunda propuesta de García-Trevijano fue el darles
dinero a los guineanos, es decir, se comprometió a sufragar
todos sus gastos políticos y personales. Los orientó
sobre la actitud a adoptar durante los debates, actitud
que debía ser obstruccionista. Cuando algún guineano
se mostraba reticente o le asaltaba alguna duda con
respecto a su comportamiento, le daba —o prometía,
según casos— dinero a fin de ganarse su confianza. Tal
ocurrió con Andrés Moisés Mbá Ada. García-Trevijano
dio un mínimo de un millón de pesetas a algunos guineanos
en los quince días siguientes a la formación del
Secretariado Conjunto. A García-Trevijano le gusta hablar
de dinero, del que ganaba, del que prestaba, del que
no cobraba a muchos clientes. Logró impresionar a todos:
honesto, altruista, sincero demócrata, antigubernamental
y no ligado ni de cerca ni de lejos a intereses coloniales
en Guinea. Era justo lo que habían estado buscando
los guineanos.
El
hecho indicativo de que a García-Trevijano no le importaba
ni la ideología de sus nuevos amigos ni la opción de
libertad que se buscaba para Guinea era la misma
composición del Secretariado Conjunto: una mayoría
del MUNGE, y, dentro de él, con mayoritaria tendencia
al conservadurismo, con personas acostumbradas a
recibir dinero de donde fuese y a hacer lo que se les mandase
hacer sin preguntar el por qué. Aunque Macías
era más tímido o precavido, según se mire, en esas cuestiones,
su trayectoria política no dejaba lugar a dudas
sobre su personalidad: había pertenecido inicialmente
al MONALIGE, al que abandonó para colaborar con la
Administración colonial; luego había pasado fugazmente
por el IPGE, del que salió para entrar en el MUNGE
y poder ser dirigente durante la autonomía, y cuando
el MONALIGE se había perfilado como la posible
solución de la independencia, había vuelto a él sin renunciar
a sus dos importantes cargos en el Gobierno autónomo.
García-Trevijano aconsejó al Secretariado Conjunto
que exigiera su asistencia a las sesiones de la Conferencia
Constitucional, a lo que se opusieron el resto
de las fuerzas políticas y el Ministerio de Asuntos Exteriores.
Después de cada sesión se reunía con los miembros
del Secretariado Conjunto para redactar unos artículos
de la Constitución que al día siguiente presentaban
los guineanos en la sesión plenaria. Generalmente esos
artículos, reunidos en forma de anteproyecto, no encontraban
eco ni en el resto de la Delegación ni en la
Delegación Española. Se puede calificar, pues, el asesoramiento
constitucional de García-Trevijano de netamente
obstruccionista e ineficaz.
A
medida que Antonio García-Trevijano profundizaba sus
conocimientos sobre Guinea, debía ir dándose cuenta
de lo importante que debía ser para él, política y económicamente,
el mantener unas estrechas relaciones con los
dignatarios de la nueva nación. Pagó facturas de hotel
y dio dinero en mano a varios delegados guineanos,
pero eran gente de segunda fila. Los verdaderos líderes
estaban ya en otras operaciones. Aprovechando el
claro enfrentamiento entre las dos tendencias del Gobierno
español, reflejado de manera casi oficial en sus respectivos
candidatos, García-Trevijano decidiose a entrar
como tercero en la discordia. Entre los guineanos pertenecientes
al Secretariado Conjunto, el único que tenía
entidad política era Francisco Macías Nguema.
Macías
no tenia ideología alguna ni se le había conocido
hasta entonces una fe especial en ninguno de los grupos
políticos. Era el comodín de todos. Como todo advenedizo
ansioso dé hacer méritos, se distinguía por su
vehemencia en los juicios y por la falta de rigor. García-Trevijano
debió darse cuenta, sin embargo, de las posibilidades
demagógicas del personaje, que reunía una serie
de ventajas para poder ser fabricado líder en poco
tiempo: hablaba bien en público, dominaba su idioma materno,
el fang, al contrario que su oponente más digno,
Atanasio Ndongo Miyone. Macías era poco político, más
directo y con ribetes populistas. Y, sobre todo, tenía
ambición. No parece probable que García-Trevijano entrase
en contacto intimo y personal con Macías antes de
mediados de mayo de 1968, cuando definitivamente había
sido rechazado el anteproyecto de Constitución presentado
por él y se había fijado fecha para la independencia.
A partir de ese momento, las relaciones de algunos
miembros del Secretariado Conjunto con García-Trevijano
perdieron naturalidad. Para hablar con él preferían
hacerlo a solas o de tal forma que la discreción
quedase garantizada. Lo cual no dejó de parecer sospechoso
al resto de la Delegación Guineana.
De
una manera súbita, Macías pasó de ser un integrante
más de la Delegación y del Secretariado Conjunto a
un portavoz o máxima figura del anticolonialismo guineano.
Se opuso de manera sistemática y virulenta a la Constitución
elaborada por la Comisión Política de la Conferencia
Constitucional y que había sido aprobada por
ambas Delegaciones y por las fuerzas políticas. El MUNGE
la había aprobado porque estaba seguro de su triunfo
electoral, y podría aplicar su política con Constitución
o sin ella. El MONALIGE la aceptaba porque tenía
prisa y representaba un plazo fijo para acceder a la
independencia y era criterio de Atanasio Ndongo que todas
las demás cuestiones, incluso la redacción de una
Constitución, podían hacerse cuando el país ya fuera independiente.
Sólo Macías se empeñó en oponerse a ella. En
una rueda de prensa muy ruidosa dijo que la Constitución
había sido elaborada por el Ministerio de Asuntos
Exteriores e impuesta a los guineanos y que, por tanto,
la consideraba neocolonialista. Anunció que iría a
Guinea a hacer campaña en contra de su aprobación por
el pueblo. De nada sirvió el razonamiento de Saturnino
Ibongo, quien le hizo ver que si el pueblo desestimaba
la Constitución, ello sería aprovechado por las fuerzas
colonialistas para argüir que se rechazaba la independencia,
con lo que se continuaría con un régimen autónomo
que a todas luces había fracasado. Macías, como
impulsado por alguien desde las sombras, se mantuvo
en una postura radical, no bien comprendida hasta unos
meses después, y acusó a Saturnino Ibongo y a Atanasio
Ndongo de estar vendidos al Gobierno español.
La
segunda y última fase de la Conferencia Constitucional
se clausuró el 22 de junio de 1968. Ese mismo día el
Gobierno español hizo pública su «Declaración de intenciones
sobre la independencia de Guinea Ecuatorial», de quince
puntos, los más importantes de los cuales reproducimos:
«El texto constitucional que acaba de ser adoptado por la
Mesa de la Conferencia representa un equilibrio entre los
diversos puntos de vista puestos de .manifiesto
por los diversos sectores de la representación guineana y
un compromiso que permite afirmar la unidad
del Estado de Guinea Ecuatorial salvaguardando la
personalidad de la isla de Fernando Poo. El Gobierno español
considera que si dicho texto responde a los criterios
expresados por la representación del pueblo de Guinea
a lo largo de los trabajos de la Conferencia, lo aceptaría,
a reserva de que el propio pueblo manifestase directamente
su opinión sobre el mismo en una consulta electoral
que será celebrada en el territorio tan pronto como
las Cortes Españolas concedan al Gobierno la necesaria
autorización para adoptar las medidas conducentes
a la total descolonización de Guinea Ecuatorial» (punto
tercero).
«En
relación con el futuro, el Gobierno español está dispuesto
a colaborar con el Estado independiente de Guinea
Ecuatorial, a fin de contribuir a su estabilidad y
de facilitar su desarrollo» (punto séptimo).
«El
Gobierno español está también dispuesto a mantener
en una etapa transitoria los funcionarios y servicios
que se consideren necesarios para asegurar la continuidad
administrativa en tanto entran e vigor los acuerdos
de asistencia técnica. En esta etapa transitoria, el
estatuto jurídico y administrativo de los funcionarios españoles
será garantizado por el Gobierno español y por
el guineano, respectivamente» (punto décimo)
«En
el terreno financiero, el Gobierno español ofrece su
colaboración para hacer frente a la retirada de la peseta
con motivo de la independencia de Guinea Ecuatorial
y a su sustitución por la moneda guineana, así como
para la determinación de la paridad de ésta. A tal
efecto, el Gobierno español prestará su ayuda al de Guinea
Ecuatorial para el restablecimiento de un banco de emisión»
(punto decimoquinto).
Se
abría un período constituyente, en el que el pueblo
debía pronunciarse sobre la Constitución. Si se aprobaba,
se celebrarían elecciones para cubrir la Asamblea Nacional,
los Consejos Provinciales y la Presidencia de la
República, y el país accedería a la independencia el 12
de octubre de ese mismo año. Al clausurarse la Conferencia
Constitucional, Saturnino Ibongo y Atanasio Ndongo,
comisionados por su partido y por la Delegación
Guineana, se trasladaron a Nueva York para presentar
la Constitución e invitar al Comité de Descolonización
de las Naciones Unidas a que supervisara el referéndum
y cuantos actos preindependentista se celebrasen
a partir de entonces en Guinea Ecuatorial. En las Naciones
Unidas habían llegado una serie de quejas, firmadas,
curiosamente, por algunos de los miembros del Secretariado
Conjunto más afines a Macías, en las que se
denunciaba la «imposición» que de la Constitución había
hecho España. La IV Comisión abrió el turno de consultas
a los movimientos políticos guineanos sobre la
veracidad de la acusación precisamente con el MONALIGE.
Atanasio Ndongo y Saturnino Ibongo rechazaron
tal acusación y confirmaron otro rumor que había llegado
a las Naciones Unidas procedente de medios político
guineanos, en el sentido de que se había ofrecido dinero
a ciertos guineanos participantes en la Conferencia
Constitucional para que ésta fuera boicoteada. Se había
denunciado a «un notario madrileño» por intento de
soborno. Publicada la información en la prensa española,
Antonio García-Trevijano se identificó públicamente,
sin que nadie se le hubiese pedido o exigido, como «notario
que no está en activo, sino excedente». Admitió que
había estado entregando distintas cantidades a delegados
guineanos como «ayuda económica» y con la curiosa
condición de que el dinero no pudiera «emplearse
en beneficio de persona o grupo político alguno». Lo cual,
pasados ya años, cuesta todavía creer, a menos que Antonio
García-Trevijano entregase dichas cantidades exactamente
para nada. ¿Cómo se puede dar algo a alguien
a condición de que no sea utilizado? ¿Cómo podía un
hombre como Antonio García-Trevijano «donar» —no prestar—
cantidades al pueblo guineano, así en abstracto,
y prohibir a sus representantes que lo usaran ellos o
el grupo que representaban? Sin embargo, se comprende
que lo hiciera así para tener la seguridad de que el dinero
revertiría única y exclusivamente en el Secretariado
Conjunto y en la propaganda a favor de Macías. Como
así fue.
Pero
en su afán de notoriedad, y no estando aún en condiciones
de poder revelar su juego a nadie. García-Trevijano
mantuvo una polémica totalmente artificial con
dos medios informativos madrileños, sin llegar a concretar
nunca su argumentación, moviéndose en un terreno
de autocomplacencia y de amenazas y dosificando
de tal modo los datos para asegurarse siempre unas líneas
en la siguiente edición del periódico.
En
el mes de julio las Cortes Españolas estudiaban la
ley de «autorización al Gobierno para completar el proceso
constitucional de Guinea Ecuatorial». La ponencia,
compuesta por Torcuato Fernández-Miranda, Alberto Martín
Artajo, Rodolfo Martín Villa, Aranegui y Luis Gómez
de Aranda, no modificó una sola línea del proyecto enunciado
por el Gobierno, excepto el título de la ley. Expuso
el dictamen de la Comisión ante el Pleno de las Cortes
el procurador Gómez de Aranda, quien señaló que
ésta era una ley muy breve, «con un artículo de tan sólo
cuarenta y dos palabras, pero de una trascendencia excepcional».
Al proyecto de ley se presentaron pocas enmiendas,
cuatro en total. De ellas, tres estaban firmadas por
procuradores guineanos, y la cuarta estaba suscrita
en primer lugar por el procurador Vilalta Caralt, y
estaba inspirada por la carta que los procuradores Edmundo
Bosío Dioco y Ricardo Bolopa habían enviado a
todos los procuradores. «Esta escasez de enmiendas no tiene
un significado negativo, de insensibilidad de la Cámara,
sino que se debe a una merecida confianza en el acierto y
responsabilidad con que nuestro Gobierno ha
llevado siempre este importante tema de nuestra historia
contemporánea. Por la misma causa, la Comisión de
Leyes Fundamentales aprobó por unanimidad el dictamen
que hoy traemos, y en el que la ponencia hubo de
desestimar todas las enmiendas presentadas.»
«En
el examen de las enmiendas conviene distinguir la
firmada por el señor Nsué de las otras tres (3). En cuanto
a aquélla, no hay más remedio que recoger y reconocer
una realidad que hoy es casi del dominio público.
No es una suposición gratuita, sino evidente verdad,
que la enmienda suscrita por el señor Nsué obedece a
la inspiración del grupo llamado del Secretario Conjunto,
asesorada por un letrado español, que se ha reconocido
él mismo, en carta publicada en la prensa, como
autor de la enmienda constitucional con el mismo signo
que ésta. No deja de ser extraño, por lo menos, el
caso del abogado que no sólo no percibe honorarios, sino
que subvenciona con fuertes cantidades a sus clientes, que
no son viudas o huérfanos desamparados ni desvalidos,
sino políticos de un pueblo en trance de independencia,
con riquezas potenciales, susceptibles de ser explotadas.
Pero no deseo hablar de esto, porque creo que
el asunto está «sub iudice» y la justicia le calificará
del
modo más adecuado. Pues bien; el señor Nsué, que se
presta a firmar esta enmienda, no quiere luego defenderla,
discutirla con sus compañeros los procuradores en
Cortes de la ponencia y de la Comisión. No compareció,
desatendiendo la convocatoria que se le hizo como primer
firmante, pero, en cambio, sí tuvo tiempo y medios
para acudir a Nueva York y hablar en la ONU.»
«Pero
es que —continúa el discurso de Gómez de Aranda—,
además, si la enmienda Nsué pretende apoyarse
en la ONU, resulta que su criterio nada tiene que ver
con lo recomendado por las Naciones Unidas. En la resolución
2.355, de 19 de septiembre de 1967, se invita la Potencia
Administradora, a España, a instituir un sistema
electoral basado en el sufragio universal de los adultos
y celebrar, antes de la independencia, elecciones generales
en todo el territorio. También se invita a la Potencia
Administradora a convocar... la Conferencia Constitucional...
para que elabore las modalidades del traspaso
del poder, incluida la redacción de una ley electoral
y de una Constitución de Independencia. Esto que pedía
la ONU es lo que hace España y es, además, la única
solución lógica.» En cuanto a las otras enmiendas, Vilalta
Caralt desistió de la suya ante la Comisión de Leyes
Fundamentales, «convencido por los argumentos que
se le habían dado y que antes no conocía». Bosío Dioco
no compareció a defender la suya. Ricardo Bolopa sí
compareció ante la Comisión, pero su postura sólo respondía
al criterio de una minoría de bubis y pedía clara
y llanamente que la isla de Fernando Poo, separada
de Guinea Ecuatorial, se federase con España. «No era
esto aceptable —concluye el informe de la Ponencia—
para la mayoría de los guineanos, ni admisible ante
el mundo. Tampoco resultaba justo ni prudente imponer
a España un compromiso que exigiría nuestra permanencia
militar en Guinea por tiempo indeterminado.
España cumple con la concesión de la independencia
y estará bien dispuesta, sin duda, a concertar con el futuro
Estado los tratados de asistencia que son normales
en estos casos, pero no
parece admisible atribuir a España en esta ley el
compromiso unilateral y «a priori» de obligaciones tan
graves como las que proponen las enmiendas de los señores
Bosío y Bolopa.»
A
continuación tomó la palabra el ministro de Asuntos
Exteriores para justificar el proyecto del Gobierno. La
intervención de Fernando María Castiella, muy larga,
empieza llamando la atención de los procuradores sobre
las consecuencias del aislamiento de España y la
necesidad de poner fin a ese aislamiento. Luego abarca el
fenómeno de la descolonización y hace una historia de
las relaciones de España con Guinea, explicando así las
razones de la descolonización del territorio: «No estaba
en nuestras manos evitar el que España compareciera, simultáneamente,
ante las Naciones Unidas como potencia
administradora en Guinea y como país colonizado en Gibraltar.
Y lo que no podíamos admitir (...) es que se intentara
legitimar precisamente a favor de la corriente descolonizadora,
nada menos que la usurpación colonial del
peñón de Gibraltar (...). En diciembre de 1966 el Gobierno
español se encontraba ante una realidad: por un
lado, se había llegado a un estado de evidente inquietud
entre la población guineana. Por otro, la presión de las
Naciones Unidas aumentaba. Finalmente, la opinión africana
era unánime en favor de la independencia de Guinea.
La tensión de la situación subía y en el horizonte inmediato
se dibujaba como un peligro la posibilidad de
brotes de violencia...» Pasaba Castiella a analizar la Conferencia
Constitucional y sus resultados: «Para España hubiera
sido más cómodo constituir un Gobierno, entregarle
el poder y proclamar la independencia, dejando
para el pueblo guineano la tarea de enfrentarse con
un período constituyente. Pero esa actitud hubiera podido
resultar irresponsable al cargar sobre una joven sociedad
en plena euforia de su recién adquirida emancipación,
los riesgos y antagonismos políticos que inevitablemente
comporta período semejante (...) Para imponer
un texto, como algunos pretenden que fue nuestra finalidad,
sobraba casi todo el tiempo invertido y, desde luego,
la paciencia, el espíritu de comprensión y el afán de
entendimiento de que en todo momento dio pruebas la
Delegación Española (...). Una sola condición impuso España,
la de que Guinea Ecuatorial accediese a la independencia
como un todo unido, tal como siempre estuvo
bajo nuestra bandera, aunque ese todo debía respetar
la personalidad de Fernando Poo y la de las demás islas.»
Repasa el ministro los principales problemas planteados
durante las treinta sesiones plenarias y setenta y
cinco sesiones de las Comisiones de Trabajo, concluyendo
que el mayor de ellos ha sido el lograr el equilibrio
de la unidad en la diversidad: «Si desde el principio la
delegación española hubiera aceptado sin reservas la opinión
centralista de la mayoría, la, Constitución hubiera
podido ser concluida en una semana, ya que en los restantes
temas prácticamente no existían divergencias de
alguna consideración. Pero si bien la unidad se impone
por tradición histórica, por razones de defensa, por
motivaciones económicas y culturales, y por ser un criterio
firmemente mantenido por las Naciones Unidas y la
Organización de la Unidad Africana, entendemos que el
mismo alojamiento de unas porciones territoriales de otras
obliga al respeto de las instituciones provinciales que
deben garantizar los intereses y peculiaridades tanto
en Río Muni como de las islas.»
En
cuanto al texto constitucional, los aspectos de más
relieve hacían referencia a la configuración de Guinea
como una República soberana, indivisible, democrática y
social; el sistema de Gobierno es presidencialista, cuyo
presidente será elegido por sufragio universal directo
y secreto por un mandato de cinco años; asegura los
derechos y libertades fundamentales del individuo, de
acuerdo con la Declaración Universal de los Derechos del
Hombre; fundamenta la estructura política del país en
el voto de todos los ciudadanos y determina la separación
de funciones entre los órganos legislativo, ejecutivo
y judicial, y consagra al Tribunal Supremo como la más
alta instancia de la Administración de justicia. Para garantizar
la personalidad de cada una de las provincias —las
cuales tienen una serie de organismos autónomos, entre
los que sobresale el Consejo Provincial— se estableció
un Consejo de la República, formado por seis miembros,
tres por cada provincia, cuya misión es resolver
los conflictos que puedan producirse entre el ejecutivo
y el legislativo, así como asegurar el equilibrio que
la propia Constitución señala entre las competencias
del Estado y las específicas de las provincias. Estas garantías
venían reforzadas por la composición de la Asamblea
Nacional, en la que la isla de Fernando Poo estaría
representada por doce diputados, cifra que, proporcionalmente
a su población autóctona, era más importante
que la de los diecinueve que representarían a Río
Muni. Dos diputados representarían a Annobón; dos más,
a la circunscripción formada por Coriseo, Elobey Chico,
Elobey Grande e islotes adyacentes. Estas cifras fueron
calculadas de tal modo que para conseguir los dos
tercios del «quorum» indispensable para adoptar disposiciones
de rango constitucional, hiciera falta, necesariamente,
sumar a uno de los grupos de diputados procedentes de una
etnia o de un sector geográfico parte de
los de las otras. Disponía la Constitución que si el presidente
era de una provincia, el vicepresidente tenía que
ser de la otra, a fin de equilibrar no sólo el poder presidencial,
sino la formación del Gobierno. La Constitución
especificaba cuáles eran las competencias del Estado,
cuáles las de las provincias y cuáles las de los municipios.
En resumidas cuentas, era una Constitución demoliberal,
muy equilibrada al gusto llamado occidental,
que no respondía totalmente al estado político y social
de nuestro pueblo. Era una obra tan perfecta que su
aplicación resultaba difícil, y no sólo para las circunstancias
de Guinea, sino para las de cualquier otro país
del mundo. Era una verdadera obra de arte, pero, como
tal obra de arte, no se podía tocar demasiado, pues se
corría el riesgo de estropear su delicado trazo. Lo que hubiera
debido hacer la Asamblea Nacional, inspirada y apoyada
por el presidente y el Gobierno, era proceder, apenas
constituida, a una serie de enmiendas —a la elaboración
de un nuevo texto, si eso era lo conveniente— para
garantizar la estabilidad del país hacia otras formas
de convivencia más acordes con la realidad sociológica,
económica, política y social del país.
En
Guinea, y tal como había manifestado, Macías hacía
campaña a favor del «no» a la Constitución, teniendo
como únicos aliados tácticos a los ultracolonialistas.
Disponía
de medios, y no los escatimó. Empezó a crearse una imagen
de nacionalista y de anticolonialista, frente al separatista
Bosío, al reaccionario Ondó Edú y el pragmático
Ndongo Miyone, todos estos a favor del «sí». Macías
no hablaba en nombre de ningún partido en concreto,
aunque en el de todos ellos, y se dirigía directamente al
pueblo y no a los militantes de una facción. La gente le
escuchaba porque decía cosas nuevas y originales: mientras
los grandes políticos, hermanados en el «sí», repetían
la misma cantinela día y noche, Macías, única voz
discordante, hablaba de oposición al neocolonialismo. Macías
sabía perfectamente que no iba a triunfar su postura,
porque el pueblo deseaba, ante todo, que se fueran
los españoles, y para ello había que conseguir la independencia
en el mínimo plazo posible. Pero quería medir,
quizá por encargo de quienes desde la sombra le
promocionaban, su grado de arraigo popular, su eficacia
como político y las posibilidades reales de una eventual
candidatura suya. Por ello cuando el 11 de agosto se fue a
las urnas (4) y el 63 por 100 de los guineanos aprobó
el texto constitucional elaborado durante la Conferencia
de Madrid, lo importante no era la fuerza del «sí»,
sino la del «no»: se había revelado un hecho irreversible,
y es que Macías, casi en solitario, había conseguido
—con una política de ataques personales, de ridiculizar
a los contrarios, de explotar al máximo sus
contradicciones y debilidades-— arrastrar detrás suyo a
algo
más del 35 por 100 del censo electoral.
3.
Elecciones generales
Una
vez aprobada la Constitución, el siguiente paso era
la elección del presidente, de los diputados de la Asamblea
y de los consejeros provinciales, elecciones que
debían llevarse a cabo el 22 de septiembre siguiente.
Inmediatamente, pues, se inició la campaña electoral. La
comisión electoral estaba presidida por el magistrado del
Tribunal Supremo español, Ángel Escudero; vicepresidida
por otro magistrado, Jaime Castro, e integrada por
cuatro vocales guineanos. La misión observadora de las
Naciones Unidas estaba compuesta por el embajador Miyaki,
de Níger, que la presidía; los señores Hunneus, de
Chile; Jouejeati, de Siria; Foum, de Tanzania, y Estandiary,
de Irán; más intérpretes y otros funcionarios del
organismo internacional. La Organización de la Unidad
Africana estaba representada por el jefe de su departamento
político, el maliense Ouattara.
El
decreto de 16 de agosto, sobre presentación de candidatos,
decía: «...
tanto para la elección presidencial como
para la de la Asamblea podrán presentar candidatos
(...) los grupos políticos representados en la Conferencia
Constitucional y las Agrupaciones que a tal fin se
constituyan con más del 2 por 100 del censo electoral de
la circunscripción para la que presenten candidatos.» Este
decreto fue la última maniobra legal por parte de España
para dificultar la independencia, pues se preveía que se
presentarían muchos candidatos, con lo que las elecciones
transcurrirían de forma no pacífica. Amparado
en él, sin embargo, Macías anunció su candidatura. Para
entender la campaña electoral guineana, hay que tener
en cuenta los factores en que venimos insistiendo hasta
aquí radicados unos en Madrid y otros en la ya ex
colonia, y que pueden concretarse en una división
evidente entre los dos tipos de colonialismo español. Además,
no hay que perder de vista que Atanasio Ndongo,
candidato oficial del MONALIGE, era un hombre que sabía
de política, pero no de política africana, no de política
guineana. Los quince años de exilio le habían desconectado
emocionalmente del guineano, y quiso aplicarla
tan científicamente —según la ciencia estratégica
euroamericana—, que nadie la entendió. En cuanto a Bonifacio
Ondó Edú, candidato oficial del MUNGÉ, confiaba
excesivamente en las promesas de la presidencia del Gobierno
de España. La base de su partido se había distanciado
de él por su autoritarismo y por cuestiones de cargos,
y de hecho el MUNGE se encontraba dividido en dos
facciones cuando se inició la campaña electoral. Aunque
disponía de medios, no los utilizó suficientemente,
y no vacilaba en reconocer públicamente los apoyos exteriores
que tenía. Llegó a decir a una multitud que no
le importaba que no le votasen, ya que estaba seguro de
ganar «sólo con el voto de mi mujer y del mío propio».
El desgaste del Régimen Autónomo había repercutido
principalmente en su persona, ya que había sido
su promotor y primera figura indiscutible. Por último, la
Presidencia del Gobierno había decidido, a última
hora, dividir a sus candidatos entre Fernando Poo
—Edmundo Bosío Dioco, candidato de la Unión Bubi— y
Río Muni, donde se esperaba que triunfara claramente Bonifacio
Ondó. Así, según los cálculos de Madrid, el nuevo
Estado estaría gobernado por Ondó Edú, como presidente,
y Bosío Dioco, como vicepresidente. Esta postura irreal
—que respondía a un cierto esquematismo, al considerar
que las elecciones de los negros sólo pueden basarse
en actitudes tribalistas— fue aprovechada por Francisco
Macías. Los que no entendían a Ndongo Miyone
—encabezados por Ángel Masié Ntutumu y Jovino Edú
Mbuy— decidieron crear una facción disidente que pasó
a apoyar a Macías; los que Ondó Edú había estado
menospreciando
también se separaron del partido (aunque
es más propio decir que Ondó Edú se separó del partido
para hacer su política en solitario), y el IPGE de
Clemente Ateba decidió no apoyar a ninguno de los tres
candidatos. Macías logró convencer, a base de no
regatear
ni un céntimo a nadie, a los líderes disidentes de
los tres partidos para que le apoyaran. Prometió a todo
el mundo un Ministerio, una Dirección General o una
Embajada, y llegó a darse el caso de que había cinco
o
más nombramientos para un mismo puesto. La coalición
tripartita IPGE-MUNGE-MONALIGE había nacido. Su
embrión había sido, no lo olvidemos, el Secretariado
Conjunto.
Según
las cifras más barajadas, parece que Antonio García-Trevijano
habría dado a Macías no menos de 50 millones
de pesetas para financiar la campaña electoral.
Las octavillas de Macías («EN MARCHA CON MACÍAS»;
«UNIDAD, PAZ, PROSPERIDAD») se hicieron en
Madrid, en las Gráficas Rubén Jiménez. En su programa
electoral, Macías prometía prestar especial atención si
ganaba a cinco puntos.
Primero: creación de una
conciencia nacional; segundo: política social; tercero:
política económica; cuarto: relaciones internacionales,
y
quinto: relaciones con España. «Respecto al primer
punto —se lee en el panfleto FRANCISCO MACIAS
NGUEMA, CANDIDATO DEL PUEBLO PARA LA PRESIDENCIA
DE LA REPÚBLICA—, si queremos ser respetados
ante el mundo como nación soberana debemos
sobreponer nuestras diferencias actuales para conseguir
la unidad (.. .) Nada tiene que temer la isla del continente.
Respetaremos siempre las características especiales
de Fernando Poo y Río Muni dentro de las posibilidades
de cada cual, respetando, como hemos dicho,
aquéllas para conseguir la ansiada unidad como nación.
Quiero poneros un ejemplo de lo que representa esta unidad
de conciencia nacional para que podáis decir
a aquellos que no creen en esta unidad que sólo con
ella se llega a conseguir una nación moderna. La Confederación
Helvética-Suiza está formada por razas de
diferente origen e idiomas bien distintos, como son: el
alemán, el francés y el italiano. Todas ellas han constituido
una nación moderna, de prosperidad y de paz bien
conocidas, habiendo llegado a concienciarse como nación
unida, a pesar de sus diferencias de raza e idioma.
¿No vamos a poder hacer nosotros lo mismo?». En el
segundo punto, Macías promete a los trabajadores «un
salario remunerador honorable, es decir, a trabajo igual,
salario igual, sin discriminación de raza ni sexo». Promete
el fomento de la actividad sindical, «para que los
trabajadores tengan un instrumento de defensa y les
permita controlar cualquier abuso, tanto por parte de los
empresarios como por parte del Gobierno, sin que
esto quiera decir que no garantizaremos también a
los empresarios sus legítimos derechos». En materia económica,
Macías promete «créditos para pequeños agricultores,
pescadores, comerciantes e industriales modestos, para
que, sin agobios, puedan trabajar y desenvolverse.
El Gobierno establecerá una política de protección
de precios para el café, cacao, madera, cocos,
pescado, yuca, etc., garantizando su colocación segura
en los mercados internacionales».
«Lograremos
la diversificación agraria., estudiando y programando
nuevos cultivos que mejoren la economía de
los agricultores, estimulando también el cultivo
interior.» «Haremos un llamamiento al capital
extranjero, al que
protegeremos con nuestras leyes, para promocionar la
rápida industrialización de nuestro país.» «Para los
comerciantes
y empresas, un Gobierno elegido masivamente
por el pueblo es la única garantía de unidad y paz necesarias
para su prosperidad. Dictaremos leyes que garanticen
los derechos legítimamente adquiridos y les aseguren
el perfecto desenvolvimiento en los negocios.» «Fomentaremos
la sanidad, cuidando los cenaros sanitarios hoy
existentes y creando cuantos sean necesarios, dotándoles
de personal competente y medios suficientes para atender
todas las necesidades de la población.» «Fomentaremos
con especial interés el turismo.» «Con una sólida
política de obras públicas a escala nacional
mejoraremos,
en todo lo posible, las carreteras actuales, puertos, aeropuertos,
etc., efectuando cuantas nuevas obras sean necesarias
para el desarrollo económico que nuestro país exige.»
Sobre
las relaciones con España, Macías aseguraba que
él, personalmente, «así como los grupos políticos que apoyan
mi candidatura, hemos probado sobradamente nuestra amistad
y nuestros deseos de buenas relaciones con
España (...). En la mente y en el corazón de todo guineano
España no será nunca un país extranjero, y por ello
no me equivoco en afirmar que es la voluntad del pueblo
conceder a España un trato preferencial (...). Si en
otras ocasiones yo he defendido frente al Gobierno español
posturas que creía necesarias para Guinea Ecuatorial,
os aseguro que con el mismo rigor defenderé la presencia
española en nuestro país.»
Como
se ve, Macías lo había prometido todo, no había dejado
un solo resquicio y, ciertamente, su lenguaje era
nuevo en Guinea Ecuatorial. Se sabía que algunos candidatos
habían pronunciado amenazas para los sectores
contrarios al suyo en caso de victoria electoral, que habían
olvidado a sectores enteros en su programa, que habían
prometido más a unos distritos que a otros. Macías
no. Hablaba de nacionalismo, de unidad, de autonomía
regional y no perseguía a nadie. En cada pueblo decía
lo que se esperaba que dijera, a cada uno le decía las palabras
que deseaba oír. Preciso, sereno, apasionado cuando
el tema lo requería, buen orador y mejor actor, Macías
electrificaba a las masas. En los debates televisivos
se mostraba serio, convincente, seguro y sencillo, y las mismas
cualidades mostraba en los rincones más recónditos
del país, a donde no llegaba la televisión (5) pero sí
Macías. Bosío se había dirigido a los bubis, Ondó Edú
a
los mayores, a los conservadores, a los amantes de la «ley
y el orden», a los que se habían beneficiado del sistema
colonial en cualquiera de sus etapas; Ndongo Miyone
se dirigía a la juventud, a los universitarios, a los cultos,
a los que tenían pretensiones intelectuales. Macías se dirigía
al pueblo, tomando elementos de todas las demás campañas,
aglutinando en su dialéctica argumentos de los
contrarios y transformándolos en su pensamiento político.
Y el pueblo le votó.
A
las nueve de la noche del día 25 de septiembre, se declararon
oficialmente los resultados recogidos por las 223
mesas electorales distribuidas por todo el país. Los 35
diputados de la Asamblea Nacional y los 20 Consejeros
Provinciales fueron atribuidos a cada partido según el
sistema proporcional. Ningún partido alcanzó una mayoría
absoluta en los cuerpos legislativos. El mismo resultado
se reflejó en los candidatos para la presidencia de la República.
Macías había superado (36.716 votos) a su oponente
más inmediato, Bonifacio Ondó Edú (31.941). Atanasio
Ndongo obtuvo 18.223 sufragios y Edmundo Bosío sólo
4.795. Se había de proceder, de acuerdo con la Constitución,
a una segunda vuelta electoral en la que participarían
los dos candidatos que obtuvieron mayor número de
votos, siendo declaradas nulas las restantes candidaturas.
A partir de este momento se empieza a escribir la historia
de la independencia de Guinea Ecuatorial.
Los
madereros y los colonos, en general, siguieron apoyando
a Ondó Edú, pero ya sin entusiasmo. Macías se entrevistó
con Edmundo Bosío, a quien ofreció la vicepresidencia y
otras, carteras ministeriales, a cambio de su apoyo. Se
entrevistó, asimismo, con los dirigentes de la Unión
Democrática Fernandina y
otros influyentes componentes
de la Unión Bubi, a quienes, en un pacto sellado en
la casa de Pastor Torao, prometió una autonomía más amplia
para Fernando Poo que la reflejada en la Constitución.
Mientras, Ondó Edú se había entrevistado con Atanasio
Ndongo. Este habría exigido, para darle su apoyo,
un determinado número de carteras ministeriales para el
MONALIGE, y, entre otras, las de Defensa y Asuntos Exteriores.
A Ondó Edú le pareció excesivo el precio. Le contestó
que no podía comprometerse a mantener a tantos
miembros de otro partido en su Gobierno, y se rompieron
las negociaciones/En la noche del 28 de septiembre,
víspera de la segunda vuelta, Macías y Ndongo sellan un
pacto de colaboración gubernamental. Y, como se prevee,
sale elegido primer presidente de Guinea Ecuatorial Francisco
Macías Nguema. Había alcanzado 68.310 votos en
esta segunda vuelta, frente a los 41.254 conseguidos por
Bonifacio Ondó Edú.
La
victoria de la divisa de Macías (el gallo, con la leyenda
«UN HOMBRE, UN EQUIPO, UN PROGRAMA») preocupó,
ciertamente, a los españoles. Para los colonos de
Guinea, todo aquél que no fuese Bonifacio Ondó Edú no
inspiraba la más mínima confianza, ya que, fuera del
signo que fuese el cambio entrañaba la pérdida de sus privilegios
seculares. Para los españoles del Gobierno y sus
aledaños, reinaba la incertidumbre y hasta el desconcierto,
ya que no habían previsto esa eventualidad —se les
había presentado de modo súbito— y las concepciones de
Presidencia y de Asuntos Exteriores quedaban empatadas y
neutralizadas por igual. Macías era el menos proespañol
de los candidatos, y ello, por sí mismo, era una garantía
de independencia. A nivel interior, Macías aparecía
como innovador, frente al continuismo de Ondó Edú
y a la inconcreción de Ndongo Miyone. A nivel exterior,
con Ondó había sido derrotado el capitalismo monolítico
de Madrid, con Ndongo el capitalismo «salvaje»
norteamericano, ya que se le conocían conexiones en la Secretaría
de Estado y en el Pentágono. ¿Quién había ganado
con Macías? En apariencia aparecía libre, pero Antono
García-Trevijano había cumplido su misión. A lo largo
de su campaña, Macías se había mantenido equidistante
de las grandes potencias, no había sacudido los cimientos
de ninguna estructura y había propuesto, como muy
de pasada pero significativamente, el modelo suizo de
desarrollo socioeconómico. Los estímulos a la inversión
extranjera estaban acompañados de un serio propósito
de lograr una sociedad equilibrada en el orden social y
económico. A caballo entre el populismo, la demagogia, la
candidez y el dinamismo, Macías parecía garantizar la opción
del capitalismo «civilizado» europeo, ansioso de no
dejarse arrebatar la zona.
Una
vez más, hay que recordar la cercana guerra civil de
Biafra. Y, por primera vez, hay que hacer notar la
privilegiada posición geográfica y geopolítica del
nuevo país: las islas de Fenrando Poo y Annobón dominan
el golfo de Guinea, punto importante en la ruta del petróleo,
ya que por aquellos días estaba cerrado el Canal de Suez.
Río Muni está enclavada entre Camerún y Gabón,
emporios del expansionismo francés. En Nigeria, al norte,
se discutía en los campos de batalla no sólo una
estabilidad política, sino, ante todo, los ricos
yacimientos petrolíferos de la bahía de Biafra, bolsa de
la que, al parecer participan Camerún, Guinea Ecuatorial
y Gabón. Al sur de este último país se alza la República
Popular del Congo, arrebatada al neocolonialismo francés
por los sindicatos y el ejército, con un régimen
progresista cuyo himno oficial es «La Internacional». Un
poco más abajo, en la desembocadura del río Congo, está
el bastión americano por
excelencia en África, la República de Zaire. Entre Congo
y Zaire, el enclave de Cabinda, importante zona petrolífera
nominalmente portuguesa. Y, en fin, Angola, donde
también se baten negros contra negros y blancos para
determinar, antes que la independencia, la hegemonía.
Una
serie de hechos, a nuestro entender, explican la derrota
de Atanasio Ndongo, su alianza de última hora con
Macías, la victoria de éste y su trágico final.
Atanasio Ndongo,
el «candidato seguro», confiaba en los americanos.
Pero 1968 es el año en que la Administración Demócrata,
con la que tenía contactos el líder del MONALIGE, ha
tocado fondo en su popularidad, y Johnson decide no presentarse
a una nueva elección, en noviembre de ese mismo
año. Va a cambiar, por tanto, todo el cuadro de la
Administración norteamericana. Los sondeos dan la victoria
al partido republicano, pero Atanasio Ndongo no tiene
aliados en él. Quizá por ello tenía tanta prisa en que se
diera la independencia. Había lanzado la consigna de que
la independencia debía ser en 1967, pero tuvo que ser
pospuesta
para el 15 de julio de 1968. La excesiva duración
de la Conferencia Constitucional, pero sobre todo el
inesperado obstáculo representado por Antonio García-
Trevijano
y el secretario conjunto, determinarían el retraso.
Y este retraso sería fatal para Atanasio Ndongo; a
finales de septiembre, a sólo un mes de las elecciones, cuando
todo el mundo da como vencedor a Richard Nixon,
resulta imposible toda manipulación política. Si esta teoría
—que no es sino el fruto de la observación personal, y,
por consiguiente, sólo una especulación— fuera cierta,
se explicarían con toda nitidez acontecimientos posteriores
que, ocho años después, aún parecen inexplicables.
Lo
cierto es que Macías parecía moverse en un ambiente de
mayor libertad total, y ello le granjeó las simpatías de
toda la juventud guineana, de la opinión más responsable
de África y de las masas progresistas del mundo. sus
primeras declaraciones, el 3 de octubre, fueron
conciliadoras y estaban dentro del espíritu sereno que
había matizado todas su campaña electoral. En Madrid, el
Consejo
de Ministros del 9 de octubre acordó reconocer de modo
oficial el resultado de las elecciones, a Francisco Macías
como presidente de la nueva nación y declarar a la
ex colonia nación independiente. ¿Por qué se tardó tanto
tiempo? También se acordó crear la embajada de España
en Guinea Ecuatorial y poner al frente de ella, como
embajador en Santa Isabel, a Juan Durán-Lóriga Rodríguez,
siendo cesados el alto comisario general y todos
los demás cargos representativos del régimen colonial
que había terminado.
El
mismo día 9 Macías hizo pública la lista de su primer
Gobierno, un Gobierno de coalición que reflejaba con fidelidad
las fuerzas que le habían apoyado y, también, el precario
equilibrio político del presidente. Esta era su composición:
Presidente:
Francisco
Macías Nguema.
Vicepresidente:
Edmundo
Bosío Dioco
Defensa:
Francisco
Macías Nguema.
Comercio:
Edmundo
Bosío Dioco.
Asuntos
Exteriores: Atanasio
Ndongo Miyone.
Interior:
Ángel Masié Ntutumu.
Hacienda:
Andrés
Ebonde Ebonde.
Obras
Públicas: Jesús
A. Oyono Alogo.
Industria
y Minas: Ricardo
Erimola Chema.
Agricultura:
Agustín
Grange Molay.
Sanidad:
Pedro
Ekong Ándeme.
Educación
Nacional: José
Nsue Angüe.
Trabajo:
Román
Borikó Toichoa.
Justicia:
Jesús
Eworo.
En
cuanto al resto de las magistraturas y altos cargos
del Estado, se había elegido presidente del Tribunal Supremo
de Justicia a Luis Mao Sicachá, de la Unión Bubi,
antiguo militante del MONALIGE; la presidencia de
la Asamblea Nacional había recaído en Pastor Torao,
asimismo de la Unión Bubi; la vicepresidencia de la Asamblea
la ostentaba Antonino Eworo, miembro de la
Coalición Tripartita y antiguo partidario del IPGE. Por
último, la influyente presidencia del Consejo de la
República estaba en manos de Andrés Moisés Mbá Ada,
del MUNGE. Expedito Rafael Momo había sido nombrado
gobernador civil de Fernando Poo y un familiar directo
del presidente, Miguel Eyegue, había sido nombrado para
el mismo cargo en Río Muni.
El
nombramiento de Manuel Fraga Iribarne, ministro de
Información y Turismo del Gobierno español, como
representante del jefe del Estado en los actos de la
independencia de Guinea Ecuatorial es otro episodio más
que explica la lucha dentro del gobierno español.
Oficialmente fue nombrado para transmitir los poderes a
Macías en su calidad de ministro encargado de Asuntos
Exteriores por ausencia de si titular, que estaba en
Nueva York. Pero el hecho de que ni Carrero Blanco ni
Castiella tuvieran tiempo de asistir al nacimiento de
Guinea como nación independiente no dejó de repercutir
en el ánimo de una persona tan susceptible como
Francisco Macías. En la noche del 11 de octubre, Fraga condecoró
al expresidente del Consejo de Gobierno autónomo,
Bonifacio Ondó Edú. A las doce de la noche, entre el
júbilo de unos y la nostalgia de otros, se arrió
definitivamente la bandera española. Doce horas
después, en el salón del Trono del Palacio
presidencial - palacio de los Gobernadores Generales -
en la plaza de la Independencia - plaza de España - de
Santa Isabel, Fraga "en nombre del Jefe del Estado
y del pueblo español" se honraba "en
transmitir los poderes al presidente de la República de
Guinea Ecuatorial y a su pueblo". Impuso el Gran
Collar de la Orden del Mérito Civil a Francisco
Macías. Habló el representante de la Naciones Unidas,
Djermakoye; habló el representante de la Organización
de la Unidad Africana, Diallo Telli; desfilaron ante el
presidente los altos cargos de la aún no estrenada
Administración y, seguidamente Macías habó por vez
primera en nombre de Guinea Ecuatorial. "La
libertad - dijo al pueblo congregado en la amplia
explanada entre la misión católica de la ciudad, la
Catedral neogótica, la frente hacia el Palacio, la
espalda dando al mar - es uno de los atributos más
profundos del hombre. Partimos del más absoluto respeto
a la libertad de la persona". Recordó emocionado a
los que lucharon
por la independencia, se refirió al mundo al que se
incorporada Guinea Ecuatorial, tuvo párrafos de gratitud
y de admiración para España y para el general Franco
y expresó amor y amistad por el pueblo español. «Si
hemos estado unidos en el pasado lo estaremos más aún
en el próximo futuro; necesitamos ayuda, y la tendremos
de España». Habló de la unidad nacional, de la solidaridad
africana y de la amistad entre todas las naciones del
mundo. Poco después de la una del mediodía del 12
de octubre de 1968, la radio llevaba a todos los rincones
del país las solemnes palabras: «Yo, Francisco Macías,
en nombre del pueblo guineano, recojo de manos de
España los atributos del poder». Un «Tedeum» en la cercana
Catedral, concelebrado por sacerdotes guineanos y
españoles, a cuyo frente estaban el obispo de la diócesis
de Bata, doctor Rafael María Nzé Abuy, y el obispo de
la diócesis de Santa Isabel, Francisco Gómez Marijuán;
un desfile militar y un almuerzo de gala en la residencia
del Presidente dieron colofón a unos actos en que
la brillantez y la calma habían sido las notas más características.
Numerosos
países habían reconocido ya a Guinea Ecuatorial.
Entre ellos la mayor parte de los de Europa occidental,
con Francia y la República Federal Alemana a
la cabeza. En las Naciones Unidas, y tras ser aprobado el
consenso elaborado por el Comité de los Veinticuatro en
la Asamblea General, se procedía a votar la entrada de Guinea
Ecuatorial en el organismo internacional, entrada
que fue aprobada sin ninguna dificultad. Contestando a
las palabras de felicitación recibidas de delegados de distintos
países, el representante permanente de España, Jaime
de Piniés, resaltó que lo más importante era el hecho
mismo de la independencia de Guinea Ecuatorial en un
clima de paz y concordia, señalando que siempre existiría
una estrecha colaboración entre ambos países.
En
círculos menos oficiales, se opinaba de muy distinto
modo: «Nos han puesto el traje de la independencia, pero
por debajo de él seguimos estando colonizados»,
pensaban muchos guineanos residentes en España ante el hecho
de que el barómetro de un político guineano fuera siempre
su relación con la potencia colonizadora. Los colonos
más reaccionarios, no conformes con el hecho de la
independencia, trataban de organizar unas fuerzas mercenarias
que lucharan en Guinea, y no se recataban en afirmar
que el asunto no tardaría en estallar. Era blanco de
todas las miradas del ex presidente del Gobierno autónomo
Bonifacio Ondó Edú, al que se trataba de convertir
en una especie de mito. Se decía —rumores nunca confirmados,
pero siempre insistentes— que encabezaba un
grupo de resistencia contra el poder recién constituido,
y que la revuelta se iniciaría en un momento determinado
en su distrito natal, Evinayong, el cual protagonizaría
una sublevación popular. Apenas apagados los ecos de
la música de los festejos, aún las calles llenas de
vestigios
de las celebraciones, ya se daba por seguro que «algo iba
a pasar». Quizá en estos rumores y hechos que se conformaron
semanas después; está el origen de la actual crisis
de Guinea Ecuatorial.
El
presidente guineano daba muestras de una moderación
extraordinaria. En sus desplazamientos se hacía acompañar
por el embajador español, a quien presentaba al
pueblo como un amigo de Guinea. Macías trataba de enseñar
a su pueblo que el embajador no era el representante
de una España represora y omnipotente, sino el de una
nación amiga; Macías, al explicar a su pueblo la diferencia
entre un embajador y un gobernador general, trataba
de ser conciliador y conjurar las posibles y probables
deseos de revancha. Todo parecía ir muy bien. El Estado
español había prometido apoyo financiero a la nueva
nación africana, pero el dinero no llegaba a Guinea.
El Gobierno español, de manera extraoficial, declaraba
supeditar la ayuda ecónomo mica a la orientación de la
política del presidente. Parecía como si determinados
sectores del Gobierno estuvieran molestos por la calma y
la paz reinantes en la ex colonia. Porque no había
pasado aún
absolutamente nada al mes de la independencia.
A
primeros de diciembre, se descubrió que todas las firmas
comerciales, industriales y agrícolas que operaban en
Guinea no reunían, juntas, ni 2.000 pesetas en sus respectivas
cuentas corrientes del Banco Exterior de España en
Guinea. En el momento de la independencia, Guinea
exportaba 38.000 toneladas de cacao (algo más del 3 por
ciento
de la producción mundial), valoradas en 25.438.000 dólares;
8.064 toneladas de café, por un valor de 6.209.000 dólares;
325.806 toneladas de madera, equivalentes a 19.167.000
dólares; 2.958 toneladas de aceite de palma, por un
valor de 642.000 dólares. Incluyendo los 309.000 dólares
ingresados por la venta al exterior de palmiste y los 296.000
dólares producidos por la exportación de yuca, las
divisas que hubiera debido ingresar la Hacienda guineana
en este capítulo pueden evaluarse en 52.061.000 de dólares,
o sea,
3.644.270.000
pesetas. Descontadas las importaciones
(7.914.000 dólares aproximadamente), y las divisas
exportadas por los trabajadores extranjeros (cifradas
en 1.677.000 dólares), Guinea Ecuatorial debió encontrarse
con un saldo favorable de 42.470.000 dólares como
mínimo, o sea, 2.972.900.000 pesetas. Eso en un año y
sin contar otros ingresos provenientes de actividades tales
como el turismo, que a la sazón se encontraba bastante
desarrollado. Pero, como queda dicho, no había ni 2.000
pesetas en todas las agencias del Banco Exterior de España
en Guinea Ecuatorial, Banco que durante un siglo
había operado en el territorio de forma monopolista. La
maniobra de estrangulamiento económico intentada en Guinea
en los primeros días de la independencia por los colonos
afines a la presidencia del Gobierno quedaría definitivamente
al descubierto dos años más tarde, en 1971, al
emitir la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre de España
papel moneda guineano por valor
de dos mil millones de pesetas aparentemente sin garantía
alguna. Estaban
garantizados por el llamado «tesoro colonial».
La
Presidencia ordenó una investigación, cuyo resultado
hizo conocer al pueblo que empresas tan importantes
como «Aleña», con casi un siglo de explotación maderera
en Guinea, no tenían en el banco más que 158 (ciento
cincuenta y ocho) pesetas. Lógicamente, las relaciones
con la ex potencia se deterioraron y Macías denunció
públicamente los hechos en un mitin, en presencia del
embajador de España. Mientras tanto, Bonifacio Ondó
Edú había huido a Gabón, no se sabe bien por qué,
aunque
las versiones llegadas a Guinea confirmaban la teoría
de la existencia de guerrillas mercenarias. A Macías
le empezó a entrar la sicosis del atentado o del derrocamiento.
Habló con el presidente Gabonés, Albert-Bernard
Bonge, y éste envió a Santa Isabel una delegación que
obtuvo de Macías seguridades de que Ondó Edú sería
juzgado de acuerdo con la ley y que su vida no correría
peligro.
En una avioneta pilotada por un español, el delegado
del Gobierno en Bata, Esteban Nsue Ngomo, recogió
al ex presidente del Consejo de Gobierno autónomo en
la frontera gabonesa. Fue trasladado a Santa Isabel y
encarcelado, en espera de juicio, en la cárcel de
Blavis. Este
hecho supuso la liquidación definitiva del procarrerismo
en Guinea.
Los
colonos españoles empezaron a provocar abiertamente
al Gobierno a fin de precipitar un enfrentamiento de
tipo congolés que justificara la intervención de las tropas
españolas guarnecidas aún en el territorio, doscientos
sesenta guardias civiles perfectamente armados. Se
sucedían incidentes verbales entre las nuevas autoridades
y los colonos europeos, que acudían al más soez lenguaje
racista-colonial para tratar de demostrar al guineano
que, aunque independiente, no era dueño de su país.
Muchos propietarios siguieron pegando físicamente a
sus braceros y empleados, lo cual provocó continuas tensiones.
El embajador Durán-Lóriga se comportaba, más
que como representante diplomático ante un Gobierno
amigo, pero soberano y extranjero al fin y al cabo, como
un procónsul. Ante cualquier querella entre un guineano
y un español, amenazaba con retirar a los médicos, ingenieros,
maestros, administrativos, controladores aéreos,
operadores de televisión y demás técnicos españoles que
mantenían, en virtud de acuerdos provisionales suscritos
entre ambos Gobiernos, la vida económica del país. No
perdía ocasión de dejar claro que, ante una posible doble
orden contradictoria a las tropas españolas, una procedente
del Gobierno guineano y otra procedente de él,
la Guardia Civil secundaría la suya. El cónsul español
en
Bata, lejos de atemperar los ánimos, contribuía eficazmente
a la subida de la tensión. Tenía, en lo alto de
su residencia particular, ondeando siempre una
bandera española; otra se izaba permanentemente en el
consulado y una tercera se hallaba desplegada en el
cuartel de la Guardia Civil, en las afueras de la
ciudad. A los dirigentes guineanos, muy celosos aún de
su recién adquirida soberanía, y airados por las
continuas amenazas del embajador español, les parecían
demasiadas banderas extranjeras en una pequeña ciudad
de un país independiente. El presidente le comunicó al
cónsul que procurara reducir las enseñas de su país a
una sola. Nadie hizo el menor caso. Una orden de la
residencia comunicó a las representaciones diplomáticas
que no se tolerarían más banderas extranjeras fuera de
la que ondease en la embajada respectiva, de acuerdo con
las convenciones internacionales. Tampoco los españoles
hicieron caso. El 23 de febrero de 1969, el presidente
ordenó al jefe de su Casa Militar, el capitán Tray
—que había sido capitán del Ejército español—
retirar las banderas españolas. Se cruzaron palabras
muy duras entre el cónsul y el militar, entre el
embajador y el presidente. Y no sólo palabras. En los
aledaños del consulado se había entablado una dura
pelea entre españoles y guineanos, resultando un
guineano muerto y varios heridos en ambos bandos. Se
sabe que por aquellos días navegaban en aguas
jurisdiccionales guineanas varias unidades de la Armada
española. Se dice que un determinado destructor español
tenia orden de bombardear los depósitos de combustible
de «Alada», que dominan
toda
la bahía de Bata y están situados
a escasos metros del puerto, de la residencia del
presidente y de la zona escolar formada por el colegio
La Salle, el instituto de enseñanza Media Nvó Mbá, el
internado de las Madres Concepcionistas y el colegio de
la Misión Católica.
El
presidente, al tiempo que ordenaba el acuartelamiento
de la Guardia Civil, cablegrafió al general Franco,
al secretario general de las Naciones Unidas y al secretario
general de la Organización de la Unidad Africana.
El bloque africano pidió la reunión urgente del Consejo
de Seguridad de las Naciones Unidas. Se había llega
do
al climax y nadie podía preveer lo que podía pasar en
el minuto siguiente.
4.
El golpe de Estado.
Se
calculaba que España obtenía de Guinea Ecuatorial
unas ventajas del orden de los 87.543.000 dólares anuales
en los últimos años. Era previsible que dicha cifra
aumentara. Para los colonialistas españoles, perder de
golpe y porrazo más de seis mil millones de pesetas representaba
una auténtica tragedia. Ellos no creían, como
Harold McMillan, que los mejores negocios coloniales se
hacen después de la independencia de las colonias.
Los
Estados Unidos sí creían que se podía hacer un buen
negocio en la Guinea independiente. El censo de 1968
había arrojado una población de 290.000 habitantes, aunque
todo el mundo estimaba que el país tenía de 350.000
a 450.000 habitantes, que crecían a un ritmo anual del
1,8 por 100. Prospecciones realizadas en 1960 habían puesto
al descubierto la existencia de una gran bolsa de petróleo
que, desde la desembocadura del río Níger, en Biafra,
se extiende hacia el sur, dentro de las aguas guineanas,
hasta Port-Gentil, en el estuario del río Gabón. El
petróleo, aún no explotado, había interesado a varias
compañías americanas. La «Shell», que ya había
entrado en
contacto con grupos franceses en Gabón (a través de la
«Société des Pétroles d'Afrique Equatoriale»), no
pudo establecerse,
al no conseguir el permiso de perforación del
Gobierno de Madrid. Durante la autonomía, la «American
Oil Company» obtuvo un contrato para continuar las
exploraciones, descubriendo que en la desembocadura del
Río Muni —importante zona forestal— existían yacimientos
petrolíferos de buena calidad cuya explotación era
muy rentable. Pero no logró tampoco el contrato de explotación,
pues se opusieron las compañías madereras. En
los primeros meses de la independencia, la «American Steel
Company» y la «Mobil Oil Corporation» lograron sendos
contratos del Gobierno de Guinea Ecuatorial.
Además
de petróleo las exploraciones geológicas, llevadas
a cabo por los Estados Unidos y por España, habían
determinado la existencia de antracita, mineral de
hierro, uranio y oro. El ministro de Asuntos Exteriores,
Atanasio
Ndongo Miyone, tenía en su agenda un vasto programa
de conversaciones con inversores americanos, pero
su radical oposición a la ayuda guineana a la secesionista
Biafra le habían enfrentado con el nuevo Gobierno
de los Estados Unidos. En efecto, desde el inicio de la guerra
civil nigeriana, en plena época autónoma, el aeropuerto
de Santa Isabel venía siendo utilizado por los aviones
de la Cruz Roja Internacional para socorrer a la población
biafreña. Todo el mundo sabía, y así lo demuestran
numerosos reportajes de la época, que no siempre
los aviones tenían tan. humanitaria misión, ya que numerosas
cajas con el emblema de la benemérita organización
contenían en realidad armas para la facción del general
Ojukuu. Nongo Miyone era partidario de una estricta
neutralidad, la cual, en sí, beneficiaba á la causa unionista.
A
finales de 1968 había llegado a Santa Isabel el corresponsal
de «Le Monde» en Madrid, José Antonio Novais,
comisionado por la Cruz Roja Internacional para mediar
en la situación. El periodista Nováis, amigo de González
Armijo, había trabado cierta intimidad con diferentes
políticos guineanos durante la Conferencia Constitucional
y había defendido, a través del prestigioso periódico
en que trabaja, la causa del MONALIGE y de la independencia
guineana, llegando a ser procesado por el Gobierno
español. Su gestión, sin embargo, no tuvo éxito,
ya que el 6 de enero de 1969 Guinea
Ecuatorial prohibió
que los vuelos de la Cruz Roja o de cualquier otra
procedencia, con destino a Biafra, aterrizasen en su territorio.
Caído
en desgracia Bonifacio Ondó Edú, Atanasio Ndongo
Miyone era la única personalidad de cierto relieve
nacional e internacional capaz de asumir el poder «si
algo ocurriera». Macías no dejaría de darse cuenta de
esa realidad. A mediados de febrero, el ministro de Asuntos
Exteriores se trasladaba a Addis-Abbeba para asistir
por primera vez a una reunión de la Organización de
la Unidad Africana. Allí tuvo noticias del incidente de
las
banderas y de la declaración de «persona non grata» del
embajador de España, en Guinea Ecuatorial y del cónsul
en Bata. Macías le llamó para ordenarle que ratificara
el mensaje que él había mandado a la ONU, pidiendo
al secretario general el envío de tropas pacificadoras,
ya que la Guardia Civil había ocupado el aeropuerto
de Santa Isabel y la oficina de Correos y Telégrafos
de la capital, y había distribuido armas entre la población
blanca, la cual patrullaba por la ciudad reemplazando a
la Guardia Nacional. En respuesta al mensaje del
presidente guineano, el general Franco escribía que «la
pequeña fuerza de la Guardia Civil no constituye ni una
amenaza para la independencia del país ni una
injerencia en sus asuntos interiores», sino que tenía
como única
misión «la protección de los ciudadanos españoles»,
prometiendo que sería retirada cuando Macías «garantizase
la adecuada protección».
El
gobierno español llamó "a consultas" al
embajador Durán-Lóriga y recomendó a los españoles
que vivieran en el interior de Río Muni que se
refugiaran en el Consulado de Bata.
El 1 de marzo, el Gobierno de Guinea
declaró el estado de emergencia por quince días e
hizo un llamamiento al pueblo para que estuviera en calma
y a la juventud para que apoyase el Gobierno
ante
la insuficiencia de la Guardia Nacional. Habían nacido
las «Juventudes en Marcha con Macías». El Gobierno
apremió a la Guardia Civil a acuartelarse y ordenó fueran
requisadas todas las armas en poder de los civiles
europeos, y la Guardia Nacional reasumió el control de
la capital. El mismo día, Macías cablegrafió de nuevo
al
secretario general de las Naciones Unidas pidiendo «ciento
cincuenta Cascos Azules». Dos días más
tarde, U
Tan contestó que la solicitud sólo podía ser tratada por
el Consejo de Seguridad, cuya reunión no había solicitado
el Gobierno de Guinea Ecuatorial.
Mientras
tanto, el pánico se había apoderado de los residentes
españoles. Obedeciendo órdenes de su Gobierno,
se fueron concentrando en las ciudades de Bata y Santa
Isabel, de donde fueron evacuados a partir del día 2
de marzo. También los técnicos americanos de las compañías
petrolíferas abandonaron rápidamente el país a bordo
de un avión fletado al efecto. El cónsul inglés en Bata
informó a su Gobierno sobre «la situación de total
anarquía» que reinaba en el país y recomendó también
a sus súbditos
que abandonasen el territorio guineano.
Seguía en Santa Isabel el embajador Durán-Lóriga,
que ni ejercía sus funciones ni había sido cesado. España
había enviado, en calidad de encargado de negocios,
a Emilio Pan de Soraluce. Atanasio Ndongo Miyone, que
había llegado a Madrid, procedente de Etiopía, el día
1 de marzo, se reunió con Saturnino Ibongo, embajador
guineano ante las Naciones Unidas. Lo cual no dejó
de parecer de lo más extraño a los observadores. «La
única noticia que nosotros poseemos —declaraba un portavoz
del ministro guineano de Asuntos Exteriores después
de la entrevista de éste con Fernando María Castiella—
es la que nos ha proporcionado el ministro español de
Asuntos Exteriores. De todas maneras no se puede
de ningún modo hacer caer la responsabilidad de un
grupo incontrolado sobre el pueblo guineano o sobre su
Gobierno. No comprendemos la obstinación del Gobierno
español en mantener en su puesto de embajador al
señor Durán-Lóriga,
al que nosotros habíamos declarado
«persona
non grata». Además, no podemos tolerar
que nuestro aeropuerto sea ocupado por fuerzas
extranjeras. Espero que se trate solamente de un
malentendido entre los dos Gobiernos y que el diálogo
cordial entre los dos países llegará muy pronto». El
mismo día, el diario «Le Monde» comentaba que «paracaidistas
españoles han recibido la orden de ocupar y de
controlar los aeropuertos de Santa Isabel (en Fernando
Poo) y Bata (en Río Muni), después de los incidentes
provocados, según la radio española, por ''elementos
incontrolados". El Gobierno de Guinea Ecuatorial
(...) ha protestado contra esta decisión y ha dirigido
una llamada a las Naciones Unidas». Que la orden fue
dada no le cabe la menor duda a este autor, ya que,
muchos años después, conoció por casualidad a un
joven que por entonces hacía el servicio militar en una
base paracaidista
de
las cercanías de Madrid, quien le contó que durante más
de una semana estuvieron preparados, sólo a la espera
de la orden de partida, para invadir Guinea Ecuatorial.
En
Madrid, el ministro Ndongo y el embajador Ibongo
se entrevistaron con personalidades gubernamentales y
financieras españolas y con un grupo no muy numeroso
de guineanos residentes en España, alguno de los cuales
había llegado de Barcelona y de Valencia. Existen
indicios de que, en esas largas reuniones, se llegó a confeccionar
una lista de personas que podrían integrar un
Gobierno, en la que figuraban los nombres de determinados
profesionales del derecho guineano residentes en
España. Ndongo Miyone habló con la prensa, y sus palabras,
a ocho años vista, están en abierta contradicción
no sólo con las de Macías, sino con la situación real
que
atravesaba el país: «La situación—dijo— está
bajo el
control del Gobierno de Guinea Ecuatorial y el desarrollo
de la evacuación es satisfactorio. Se dan los permisos
necesarios para que los que lo deseen puedan volver
a España. El Gobierno desea la rápida conclusión
de un
Acuerdo Militar con España». Acompañado
de Saturnino
Ibongo y de Rita Ipúa, y a bordo de un DC-8 puesto
a
su disposición por el Gobierno español (en el mismo avión,
de vuelta a España, regresaría definitivamente el embajador
Durán-Lóriga), Atanasio Ndongo Miyone llegó
a Bata el día 3 de marzo, donde se hallaba el presidente
y la mayoría del Gobierno, si bien antes se detuvo en
Santa Isabel para conversar con Armando Balboa, alcalde
de la capital; Pastor Torao, presidente de la Asamblea;
Enrique Gori Molubela, presidente del Consejo
Provincial de Fernando Poo y director del Gabinete del
ministro de Asuntos Exteriores, y con Expedito Rafael
Momo, gobernador de la provincia.
La
información de fuente española o proespañola señala
que Atanasio Ndongo intentó convencer a Macías de
que cesase la campaña antiespañola, que incitaba a las
bandas juveniles «Juventud en Marcha con Macías» a perseguir
a los blancos. Después de la negativa del presidente,
el ministro habría reunido en torno a él a unidades de
la Guardia Nacional, volado el transmisor de Radio
Bata y ocupado el Gobierno Civil. Las tropas leales
al presidente habrían contraatacado entonces, mientras
Ndongo intentaba suicidarse saltando por una ventana.
Se añade que Ibongo habría sido arrestado en Santa
Isabel. Tal versión no coincide con la realidad por
una serie de razones: primera, porque no había campaña
antiespañola alguna. El presidente y las demás
autoridades del país sólo recomendaban calma a la población;
segunda, porque tampoco existían «bandas juveniles»,
ya que las «Juventudes en Marcha con Macías» aún
no tenían ninguna autoridad institucional reconocida
ni habían cometido aún ningún atropello. Eso llegaría
después. No hubo ni un solo incidente desagradable
ni se persiguió a ningún blanco, precisamente por la
responsabilidad de las autoridades guineanas, que hicieron
comprender a la población que cualquier atentado contra
la integridad física de un blanco podía dar origen a
una invasión del país.
La
información más neutral indica que Ibongo se había
quedado en Santa Isabel con los anteriormente citados,
con la consigna de que se trasladaran a Bata en la
mañana del día 5 si no había contraorden. Atanasio Ndongo
llegó a Bata solo. Se entrevistó con Macías y pasó
el día entero sin ver a nadie más, excitado y bebiendo.
Después de cenar en la noche del día 4, salió hacia
Río Benito, de donde era natural, y habló con
algunos instructores militares (cabos y sargentos)
españoles.
Al delegado gubernativo del distrito le dijo que le acompañase
a Bata por orden del presidente. En el camino
de vuelta se hizo también acompañar por varios números
de la Guardia Nacional. En las inmediaciones de
Bata, Ndongo mandó atar al delegado gubernativo, Andrés
Nchuchuma Maviane, y al policía Ciríaco Mbomío.
Ya en Bata, detuvo al delegado gubernativo del distrito
de Bata, Esteban Nsué Ngomo, a varios ministros —incluido
el del Interior— y les encerró en las dependencias
de la Guardia Marítima. Acompañado
por los instructores
españoles, se personó en el Gobierno Civil,
donde
no encontró ni al presidente ni al gobernador civil, y
salió en su busca. En el recorrido por la ciudad, sustituía
a la guardia indecisa u hostil por soldados afines a
su persona, lo cual hizo sospechar a algunos. Llegó
al cuartel
principal de la Guardia Nacional, y el capitán Salvador
Ela se negó a obedecer sus órdenes,. Ndongo regresó
al Gobierno Civil, y al poco tiempo apareció Macías,
desarmado él, pero fuertemente custodiado. Su escolta
desarmó a los soldados que Atanasio Ndongo había
colocado en la entrada y alrededores del Palacio, y Maclas
subió solo al primer piso. Nadie ha sabido nunca a
ciencia cierta lo que ocurrió allí; al poco tiempo
salió Atanasio
Ndongo violentamente por una ventana, cayendo
ruidosamente en el centro del patio, de donde, tras
ser señalado por el presidente como autor e
instigador de
un complot —se le hicieron fotos— fue conducido al
hospital.
El presidente, que declaró haber ocupado una larga
lista de nombres de cómplices de los efectos personales
del ministro, ordenó la detención de todos ellos y
de todo aquél que fuera amigo de Atanasio Ndongo. Macías
fue personalmente a la Guardia Marítima a libertar
a sus ministros, a quienes gritó y abofeteó. Enterado
de la presencia en Santa Isabel de Ibongo y de la
consigna que le mantenía ahí, dio órdenes de que no
fueran
molestados y pudieran llegar a la mañana siguiente a
Bata.
Algunas
fuentes dan por segura la versión del Gobierno
de Guinea Ecuatorial, según la cual el jefe del destacamento
de la Guardia Civil, el comandante Báguena,
fue por la mañana a felicitar al que creía nuevo presidente
de la República, encontrándose con Macías, quien
ordenó su expulsión inmediata del país. Las mismas
fuentes aseguran que, en la mañana del día 5 de marzo,
se recibió un telegrama de felicitación para Atanasio
Ndongo Miyone, firmado por Fernando María Castiella.
Cuando aterrizó en el aeropuerto de Bata el avión que
traía a Saturnino Ibongo y al resto de los presuntos cómplices,
Macías ordenó que los condujeran a su presencia,
pero no llegaron: el delegado permanente ante las
Naciones Unidas y el presidente de la Asamblea fueron
muertos a palos en el trayecto, y Armando Balboa y Enrique
Gori, junto a decenas de personas, serían encarcelados,
después de maltratados, sin juicio previo. Al contrario
de lo que se ha venido publicando, no murieron
en el acto, permaneciendo en la prisión hasta que, dos
años después, Maclas organizó su asesinato
colectivo y público.
Aunque
al principio se dio como cierta la muerte instantánea
del ministro de Asuntos Exteriores, la verdad es que
tardó en morir. En el hospital fue interrogado por la
policía de seguridad y por varios compañeros de
gabinete, así como por el delegado gubernativo de Bata.
No dijo nada coherente. Maclas, que prometió un «juicio
popular» contra él, ordenó que fuera sacado del hospital
para ser encarcelado. Nadie dice con exactitud ni
cuándo, ni dónde, ni cómo murió. El día 6 de
marzo Maclas
declaró que el golpe había sido «una combinación de
madereros y capitalistas españoles» contra su
persona y
contra su Gobierno, y anunció que «el capitalismo español
ha sido definitivamente vencido». El día 8 prohibió
a la población molestar a los ciudadanos españoles, a
los que pidió que se quedasen; hizo público que él
mismo
asumía la cartera de Asuntos Exteriores y facultó al
ministro
del Interior para requisar todas las armas de fuego
existentes en el territorio. El emperador de Etiopía,
Haile Selasie, se ofreció al secretario general de la
ONU
como mediador, y llegaron a Bata ese mismo día 8 un
enviado personal del presidente Boummedienne, presidente
en ejercicio de la OUA, y el secretario general adjunto
de esa organización, el también argelino Mohamed
Sahnoum, que permanecerían en Bata hasta el día 20,
para trasladarse a Madrid, donde pidieron al Gobierno
español que el éxodo de los españoles fuera menos
apresurado. Pero el general Franco, en un telegrama enviado
a Macías, rechazó cualquier sugerencia de cooperación:
«La crisis sufrida en el país produce en los residentes
españoles la impresión de que falta seguridad y
garantía en un ambiente hostil y encima acusaciones gratuitas».
Franco exigió que a los 2.100 españoles que aún
quedaban en Guinea se les diera toda clase de facilidades
para poder marcharse, e insistió en que no se retirarían
las fuerzas militares españolas hasta que no evacuaran
el país todos los civiles que lo desearan. Macías
respondió denunciando los acuerdos sobre cooperación
militar vigentes desde la independencia y dando un
plazo —23 de marzo— para que todo el personal
militar español
abandonase el país. Cada uno de los Gobiernos pidió
observadores internacionales para supervisar y garantizar
la evacuación pacífica de la colonia española. De
los 7.000 españoles que residían en Guinea el día
de la
independencia, apenas quedaron 500. La evacuación se llevó
a cabo de forma pacífica y ordenada. Al parecer, hubo
un solo muerto español, en Río Benito, víctima del
nerviosismo de la propia Guardia Civil. Muchos guineanos
ayudaron y ampararon a sus antiguos jefes, patronos
y amigos. El Gobierno español, que se había apresurado
a negar, por medio de su embajador Piniés, su intervención
en los sucesos de marzo en Guinea, se cubrió con
un manto de silencio al prohibir a sus propios subditos
repatriados toda declaración pública en relación con
los acontecimientos vividos en la ex colonia.
Volvió
la calma a Guinea. Pero una calma tensa, en la
que los medios informativos de ambos países echaban velada
o claramente la culpa al Gobierno contrario. El editorialista
de la revista «Acción Cultural», órgano del Ministerio
de Educación Nacional, escribía en el número de
abril de 1969, bajo el título de No había
sinceridad: «Las
naciones, reunidas en muchas sesiones de la ONU, habían
resuelto que España dejase a Guinea Ecuatorial como
pueblo esclavo y lo elevase a la calidad de pueblo libre.
Los hijos de Guinea llevaban años luchando por su libertad,
y en ese empeño hubo víctimas por amor a esa Guinea
Ecuatorial, que, sin haber escrito su primera página,
está siendo malquerida por la misma nación que la civilizó
(...). No cabe duda de que la independencia y la integridad
de Guinea Ecuatorial no ha sido reconocida por
España, o por los españoles residentes en nuestras tierras,
quienes eternamente soñaron en tenernos como esclavos
que ellos mismos han moldeado, y hoy ven recelosos
su entrada en el concurso de las naciones libres.
»La
cicatriz colonial es una señal indeleble en el alma del
colono. El colono sufre calladamente las consecuencias
de la liberación de los pueblos, los acuerdos internacionales
y las alegrías que celebran las jóvenes naciones.
El afán de riquezas y el desprecio al indígena, a quien
desea eternamente exprimir, son motivos que mitigan
su fe en la realidad del momento actual. Jamás Guinea
Ecuatorial esperaba de parte de España un acto de
indiferencia política; jamás hemos tenido que temer
de los residentes españoles en Guinea Ecuatorial, porque
sin fijarnos en el color, los creemos hermanos, y precisamente
por eso, en los primeros acuerdos bilaterales
Guinea Ecuatorial aceptó el que se quedase la fuerza
española para, en caso de agresión exterior, estuviésemos
defendidos. A esos soldados de tierra (Civiles), a los
del Aire y a las Unidades navales; creímos de verdad que
nos defenderían en el momento preciso. Esperábamos
que las autoridades españolas en Guinea Ecuatorial serían
las primeras que ciegamente obedecerían al Gobierno
legítimo y popular del presidente de Guinea Ecuatorial,
para que así, siguiendo el ejemplo, lo hicieran las otras
autoridades representativas. Pues no cabe altivez en
un cónsul ante el presidente de un Estado.
«Entendíamos
que las autoridades militares españolas
y las fuerzas estacionadas en Guinea Ecuatorial estaban
a las órdenes directas del Presidente de la República
de Guinea Ecuatorial y no del embajador de España;
y si lo es así, entonces cualquier embajador acreditado
en Guinea Ecuatorial tiene derecho a una fuerza.
Se dijo antes de la Independencia de Guinea Ecuatorial
que las naciones vecinas querían apoderarse de nuestro
territorio nacional por lo reducido de su extensión
y porque está rodeado de naciones potentes. Todo es
falso, pues en la misma Europa existen naciones
de menos extensión que la nuestra y nadie ha pensado
en apoderarse de ellas; y si así fuera la intención
de los que nos rodean, antes nos uniríamos a una nación
africana que a España, que es culpable de nuestras
desgracias sociales. Ahora no hacen más que presumir
ante nosotros, pero si hoy en día nos faltan
oficiales
para dirigir un Ejército, ¿quién tenía que haberlos
formado? En cambio, tenemos sargentos que cuentan
hasta treinta y siete años de servicio activo, que
vieron venir a oficiales españoles hoy generales y ellos
con grado de simple soldado raso. No tenemos ni
un solo capitán en tierra, ni soldado volando, ¿y en
el
mar, porque no sabemos nadar? No podemos criticar
la actitud de oficiales españoles al abandonar sus puestos
y a sus tropas indefensas para refugiarse en el
campamento de la Guardia Civil y unirse a ellos para
apoderarse del aeropuerto de Santa Isabel, de los campamentos
de las plazas, de los barcos de guerra y del
armamento, siendo así responsables del estado de excepción
de quince días decretado justamente por el Presidente
de la República cuando todo estaba en calma
y el Gobierno se preocupaba en proyectar el futuro de
Guinea Ecuatorial. Hemos de lamentar esta situación,
pues resulta que nosotros consideramos a los blancos
españoles como a hermanos y ellos nos desprecian
y dispuestos están para instruirnos, todo por la
desigualdad de oportunidades.
»Las
declaraciones del Presidente de la República y sus
telegramas al Jefe del Gobierno español y las refutaciones
por falta de exactitud de las expresiones de "Radio
Madrid" dicen elocuentemente que no ha habido
amenazas en las personas y sus bienes. Todo lo contrario,
esta inestabilidad política la ha planteado el
embajador español y el cónsul respectivo. En Guinea
Ecuatorial no ha pasado nada, ni pasará, todo esto
es continuación del manejo de los descontentos ante
las jornadas triunfales del presidente en la República
de Guinea Ecuatorial.»
Por
su parte, el diario «Ya» de Madrid, de fecha 11
de agosto, insertaba el siguiente artículo de fondo, firmado
por su comentarista internacional Bartolomé Mostaza,
bajo el título La Guinea Ecuatorial en crisis: «España
ha solicitado que observadores de la ONU vayan
a la Guinea Ecuatorial para informar al mundo de lo
que allí sucede. España no teme a las inspecciones más escrutadoras: las
reclama. ¿Qué
pasa en
Guinea Ecuatorial?
La lectura del periódico Ébano es un indicio
para rastrear la raíz de los acontecimientos. No se
improvisa un político, aunque sea mediano. Ni se improvisa
un honrado y eficiente administrador. Como en
otras zonas africanas, los demagogos irresponsables y
los dilapidadores se han llevado el gato al agua. Y ahora,
a los pocos meses de concedida la independencia,
los demagogos se vuelven contra la minoría negra que
estaba preparada para administrar los negocios públicos.
»¿
Adonde va Guinea Ecuatorial? Desde fuera la acechan
quienes buscan hacerla su presa. El pueblo guineano
es ingenuo y bueno. Puede recapacitar y posesionarse
a sí mismo. En estos momentos parece enajenado
o aturdido por la voz de los demagogos irresponsables
que, incapaces como gobernantes, pretenden endosar
el fracaso a sus adversarios. Los demagogos son
la peor peste de los pueblos. Acaba con ellos si no se
libran de ella con energía y uniendo hombro con hombro.
Los guineanos son la gran víctima del caos desencadenado
por los demagogos. Sin paz y sin colaboración
con la antigua metrópoli, ¿qué iba a ser de Guinea
Ecuatorial?
He aquí la pregunta que debe bullir (según
creemos) por la conciencia del buen pueblo guineano,
a poco que reflexione sobre su pasado y su presente.
La sangre ha empezado a correr en Guinea Ecuatorial.
Mal síntoma. Con asesinatos no se resuelven los graves
problemas que a toda nación nueva le asedian y
apremian. El pueblo guineano era un pueblo pacífico y
laborioso. ¿Quiénes lo han sacado de su buen juicio?
España
lamenta lo que está sucediendo en la Guinea Ecuatorial.
Y no lo lamenta por bastardos intereses propios.
La Guinea Ecuatorial no ha sido para España una
mina de oro. Fue una carga presupuestaria más. Lo
lamenta porque, si no se atajan los luctuosos acontecimientos,
puede venir abajo una larga y costosa labor
de muchos años. Porque España ha puesto en la Guinea
Ecuatorial muchas cosas buenas: una higiene y
una sanidad modélica en aquella zona de África, una siembra
de
cultura y
una
alfabetización
general,
una
red
viaria para domar la selva, una urbanización
envidiable,
un cristianismo floreciente.
»Salvados
los errores y los eventuales abusos inevitables
en toda obra colonizadora. España puede tener a
orgullo lo que ha hecho en el breve y pobre territorio
de Guinea Ecuatorial. Por eso le duele ver que unos demagogos
puedan destruir en poco tiempo lo que costó
muchos años edificar. Por eso, y sobré todo por bien
del
pueblo guineano—al que es urgente ayudar contra la
irresponsabilidad de los demagogos—, España ha pedido
que la ONU envíe con prontitud observadores que
analicen imparcialmente la situación y presten el necesario
apoyo a la causa de la paz y de la eficacia administrativa».
5.
Régimen de terror
España
buscaba con urgencia una solución para el problema
de Guinea Ecuatorial, pero una solución que no
manchase su nombre internacionalmente y que, a
ser posible, comportase los menos cambios posibles en
su influencia en el nuevo país. El general Franco supo
frenar a los halcones de su gabinete y de otros sectores
influyentes que propugnaban una intervención militar.
Las palomas del gabinete sostenían la tesis de que
había que calmar a Maclas y después obrar en consecuencia.
Pero la situación estaba ya enrarecida y tanto
las autoridades guineanas como el pueblo no tenían
ninguna confianza en los españoles. El pueblo guineano
se había plegado como un solo hombre detrás de
su Gobierno, y las naciones africanas se aprestaron a
ayudar al presidente Macías. Este pidió formalmente la
ayuda de Argelia y de los restantes países africanos,
pues
el vacío dejado por los profesionales españoles se estaba
empezando a notar. Los médicos se estaban retirando,
dejando a los enfermos en sus camas como estaban;
los técnicos de la Radiotelevisión guineana habían
saboteado algunas de las instalaciones del Pico de
Santa
Isabel,
dejándolas
inutilizadas;
los
misioneros
claretianos
abandonaban, sin más, sus misiones para
concentrarse en las capitales y ser repatriados; los hermanos
de «La Salle», que regentaban cuatro colegios
en todo el país, trataron de sabotear el material escolar
de alguno de sus centros, y, descubierto alguno, fue
apaleado por los propios alumnos, indignados ante tal
comportamiento; las misioneras concepcionistas, que
estaban distribuidas por toda la geografía del país y
estaban encargadas de colegios femeninos, orfelinatos y
hospitales, lo dejaron todo. En Ebebiyín abandonaron a
su suerte a niñas de cinco y seis años que tenían
internas.
En
Mongomo,
Nsork, Acurenam y Niefang, además
de abandonar a sus alumnas sin más explicaciones
—y en algunos casos encerradas en los dormitorios o
en las aulas—, no devolvieron el importe del curso que
ya habían abonado los padres. En todos los colegios
los misioneros y misioneras se llevaron alfombras, cuadros,
estatuillas de arte, bordados y todo el material pedagógico
que había sido pagado por las Diputaciones Provinciales
de Guinea Ecuatorial. En algún caso se rompieron
pupitres, pizarras, ventanas y los documentos
de las Secretarías respectivas. Sin embargo, las misioneras
seglares de Cabo San Juan se
comportaron
de distinta
forma: devolvieron, antes de huir, la parte proporcional
del curso que restaba a los padres de los alumnos,
avisaron a los padres para que recogieran a sus
niños, justificaron ante la Inspección de Enseñanza
las
cuentas de su centro, que dejaron en perfecto estado
y orden, y dejaron bajo la protección del obispado
de Bata a aquellos niños que no habían sido aún recogidos
por sus familiares.
Mohamed
Sahnoum volvió a Guinea para coordinar la
ayuda técnica argelina y africana, consistente principalmente
en médicos y medicinas. Otros organismos internacionales
se apresuraron a enviar personal docente,
que no encajó —al igual que el resto de los técnicos
extranjeros— en la mentalidad del guineano,
principalmente a causa de la precipitación con que los
españoles
se retiraron, interrumpiendo el curso escolar,
suspendiendo los programas económicos y la asistencia
sanitaria y llevándose los documentos que hubieran
podido servir de orientación a sus sucesores. Por
otra parte, la dificultad de entendimiento —muchos
de ellos no hablaban el español o lo hacían muy deficientemente—
jugó un papel muy importante en su
falta de compenetración con el pueblo guineano. Al venir
con técnicas nuevas, en muchos casos distintas a las
aplicadas por los técnicos españoles, el guineano se
encontró aislado y, al no haber un período de adaptación,
la frustración creció. Macías no parecía aún evolucionar
hacia ninguna ideología definida, ni, por sus
manifestaciones privadas o públicas, parecía sentir simpatía
por una determinada forma de gobierno. Había
demostrado —-lo cual era más que suficiente para atraerse
a su pueblo— un nacionalismo anti-imperialista y
todo el mundo estaba de acuerdo en que era un líder
insobornable. Sus principales preocupaciones se centraban
en el mantenimiento del orden interno y de la
unidad de la nación y hacer funcionar al Estado partiendo
prácticamente de la nada. Guinea había quedado paralizada
con la marcha, a lo largo de todo el mes de
marzo, y parte de abril de 1969, de los
técnicos españoles.
Había que encontrar un método para alimentar
al país, cuya población, sobre todo la juvenil, se había
desplazado mayoritariamente a las ciudades de Bata
y Santa Isabel. Al no haber escuela, y como
consecuencia del llamamiento hecho a la juventud,, ésta
se encontraba
totalmente desocupada y se empezaban a ver
a bandas de mozalbetes: aterrorizando a la
población.
Todo empezó como una diversión.
Hasta
para un pequeño país como Guinea Ecuatorial,
todo ello constituía una ardua tarea. El régimen carecía
de ideólogos que marcaran, un camino mínimo a
seguir, y los planes del Gobierno no estaban ultimados
en el momento en que se produjo la crisis, pero quedaron
desfasados al estar asentados sobre, una realidad
que se había mostrado ficticia. El efecto buscado por
los colonialistas españoles, el caos que paralizara la
administración, no se consiguió sólo, gracias a la
autoridad
moral y el sentido político
demostrados por
el presidente
Maclas, quien, como declaró un visitante extranjero,
no tenía tiempo «para ocuparse de problemas
ideológicos».
Desde
la muerte de Atanasio Ndongo Miyone, Macías
se había ocupado personalmente de la cartera de Asuntos
Exteriores, pero nombró encargado de ese despacho
a un atanasista, Samuel Ebuka, que directamente
fue traído de la cárcel, adonde había sido confinado
durante las confusas jornadas de principios de marzo.
Aunque el puente aéreo con Biafra había sido suspendido
por el ministro Ndongo Miyone, su muerte había
reavivado la cuestión en el seno del Gobierno guineano,
al presionar de nuevo la Cruz Roja Internacional
sobre determinados elementos, a fin de que propiciaran
la reapertura del aeropuerto de Santa Isabel para
los vuelos a la zona secesionista. Estos tenían
montado en los medios políticos de Santa Isabel un «lobby»
casi perfecto, a través de los 60.000 trabajadores
nigerianos residentes en Guinea, la mayor parte de los
cuales eran ibos o calabares. Hubo un conato de enfrentamiento
entre estos trabajadores, declarados en huelga,
y la Guardia Nacional, pues el Gobierno, y en particular
el presidente Maclas —que estaba asesorado en
esta cuestión por Samuel Ebuka— sostenía a ultranza
la necesidad de mantener una estricta neutralidad
que, en todo caso, favoreciera las tesis del Gobierno
Federal. Esta cuestión le dio la ocasión a Macías de
prohibir, con la excusa de que eran divisas que salían
del país, que los trabajadores biafreños enviasen dinero
a sus ciudades de origen, dinero que era muy apreciado
por el bando secesionista. Ante esta situación,
también se inició el éxodo de los ibos que trabajaban
en Guinea, que prefirieron enrolarse en el ejército
biafreño y defender los colores de su bandera. Guinea
Ecuatorial se encontró, pues, sin técnicos cualificados,
sin mano de obra, sin dinero y con buena parte de
la producción malograda a causa del sabotaje de los
propietarios españoles y del abandono, puro y simple,
de sus fincas.
En
este clima,
a veces tenso,
a veces
conciliador pero
en el que no faltaba nunca el recelo, España y Guinea
Ecuatorial firmaron el primer Acuerdo de Cooperación
Económica, Comercial y de Pagos, en un acto que
se desarrolló en Bata el 20 de mayo de 1969. Habían
intervenido en las conversaciones la delegación española,
presidida por el encargado de Negocios, Emilio
Pan de Soraluce; la delegación guineana, presidida por
el ministro del Interior, Ángel Masié Ntutumu; una representación
de la ONU y otra de la OUA. El Acuerdo Comercial
y de Pagos establecía el sistema de «clearing»
para las importaciones españolas, sistema mediante
el cual se trataba de mantener en los niveles anteriores
a la independencia el intercambio comercial entre
ambos países. El Convenio de Cooperación Económica
respondía a dos necesidades fundamentales: la de
garantizar los intereses españoles en Guinea y «los de
los guineanos
en España», prácticamente inexistentes, y
cooperar ambos Gobiernos a fin de garantizar las instituciones
económicas del nuevo país independiente. A
este fin se acordó la creación de un Banco Central de
Guinea Ecuatorial y de una moneda guineana, así como
sellos y timbres propios, emisiones que se realizarían
en España a través de la Fábrica Nacional de
Moneda y Timbre en colaboración con el Fondo Monetario
Internacional, ante el cual España actuaría como patrocinadora
o aval de la nueva «peseta guineana». España había
ofrecido el 21 de marzo ayuda económica a Guinea,
a fondo perdido, que el Gobierno guineano consideraba
como devolución de las deudas contraídas por
el Estado español ante el Estado guineano
por las ilegales
«repatriaciones» de divisas ocurridas en los días
de la independencia. Además, España se comprometía
a pagar y garantizar la emisión de la peseta guineana
con un fondo de 2.000 millones de pesetas, cantidad
curiosamente similar al importe del superávit que
Guinea había obtenido en su comercio con España en
el último año antes de la independencia. España se comprometía
también a facilitar al Gobierno guineano ayuda
técnico-administrativa para la realización de los proyectos
estabilizadores del Gobierno de Macías.
Guinea
Ecuatorial, por su parte, se comprometía a garantizar
los intereses de los españoles que habían residido
en ese territorio, a dar trato preferencial a los comerciantes
españoles a fin de que España obtuviera, por
dos años, la exclusiva en las exportaciones de cacao guineano,
adjudicándose la compra de unas 60.000 toneladas
a un precio inferior al del mercado internacional,
precisamente en unos momentos en que el cacao guineano
registraba una de las cotizaciones más elevadas
en la Bolsa internacional de Nueva York.
En
el acto de la firma, el ministro del Interior guineano
reconoció que «ha habido unos momentos en que
las relaciones entre España y Guinea eran difíciles,
pero
nosotros los guineanos, siempre con el corazón abierto
y siempre dispuestos al diálogo con España, porque
siempre reconocemos la labor civilizadora que a
lo largo de un siglo ha realizado España en estas tierras.
Por eso, aunque al principio de este trabajo ha
habido horas difíciles, siempre hemos ido adquiriendo,
reconociendo ese espíritu de hermandad, ese espíritu
de civilización que hemos heredado de la gran nación
hispana». Por su parte, el brindis del presidente
de la delegación española también aportó distensión:
«Nuevamente
creo que podemos todos congratularnos, porque
tras días de duro trabajo hemos llegado no ya a
un acuerdo, que eso es importante, sino a establecer un
diálogo entre amigos que a todos nos hace concebir esperanzas
prometedoras para el futuro». El observador
de la OUA señaló que Guinea «es un país en el cual
la
cultura española domina; es un país que ha conocido
horas difíciles y horas de prosperidad con España,
y es esencial para España y para su prestigio, su fuerza
en el mundo, el contar con los amigos que ha conocido
durante tanto tiempo. España ha ganado, porque
vuelve a encontrar la amistad de África. África ha saludado
las empresas decididas, valientes, de España en
el terreno de la descolonización. Por ello somos felices
constatando hoy este espíritu, esta voluntad de descolonización
que se acompaña de un espíritu de colaboración.
España ha
ganado, porque sobre el plano
económico
también se asegura un mercado, aunque ese mercado
sea pequeño y modesto. España ha ganado también,
porque sus Acuerdos le permiten encontrar en
Guinea Ecuatorial productos básicos importantes que
aseguran a su economía y a su industria cierta continuación.
África en particular se felicita del hecho de que
una antigua colonia, después de haber pasado unos momentos
difíciles, acaba de encontrar la amistad, la estabilidad
y el espíritu de colaboración». El representante
personal del secretario general de la ONU subrayó:
«Vemos aquí a un pueblo joven
que
está lleno de
sed y de confianza en su destino, y que afronta todos
los peligros de la vida de la nación independiente. Y,
por otra parte, vemos a España, una nación con un pasado
glorioso, cómo, dentro de su mejor tradición, ha
ofrecido un brazo generoso a este país joven para ayudarle
a salvar los obstáculos que hay siempre en el camino
de las naciones en la vida independiente». En la
visita de cortesía que las delegaciones y representaciones
asistentes a las conversaciones hicieron al
presidente, Macías fue claro y conciso: «Las
relaciones entre
España y Guinea Ecuatorial han conocido una crisis
grave y horas difíciles. Espero que eso no volverá a
suceder jamás y que en el futuro sólo el espíritu
de
comprensión
y la voluntad de cooperación predominarán
(...). Espero que la delegación española, a su regreso
a España, transmitirá al Gobierno y al pueblo el
agradecimiento del Gobierno y pueblo de Guinea Ecuatorial
por el espíritu de franca: cooperación y de la
gran voluntad de renovar el diálogo».
Todo
parecía propicio para que la estabilidad política y
el desarrollo armónico de Guinea fueran un hecho.
Pero no todos estaban contentos. La iniciativa política
del tema guineano la había tomado —la sigue teniendo
cuando se escribe esto— el Ministerio de Asuntos
Exteriores, pero los grupos con intereses en Guinea
y algunos militares «no entreguistas» se seguían respaldando
en la Presidencia del Gobierno. Paralelamente
a las negociaciones llevadas a cabo en Bata, los madereros
habían llegado a un acuerdo con el Gobierno guineano.
La delegación española y la Embajada de España
en Santa Isabel trataban de crear un marco jurídico
que respetase las propiedades e intereses de los
españoles que salieron de Guinea durante la crisis, a
los que el Gobierno guineano había amenazado
con la
expropiación y cuya vuelta estaba condicionada a un
comportamiento político y económico serio. 80 empresarios
españoles con intereses en Guinea denunciaron,
en el curso de una reunión que mantuvieron con el
presidente de la Comisión de Industria y Comercio de
las Cortes, que las propiedades de los 380 empresarios
que abandonaron Guinea en marzo y abril estaban valoradas
en 2.174 millones de pesetas; urgieron al Banco
de Crédito Industrial para que hiciera efectivo el
crédito de 600 millones de pesetas que necesitaban para
reanudar sus actividades en Guinea, así como la solución
urgente de las ayudas pedidas para los exportadores
que desearan continuar en las actividades comerciales
en Guinea Ecuatorial. Estas condiciones, medidas
políticamente, venían a significar una desaprobación
de los Acuerdos suscritos en Bata.
El
presidente Macías había invitado a Antonio García-Trevijano
a visitar el país en algunas ocasiones, a lo
que se había negado el abogado madrileño con una excusa
u otra. La razón de este aparente enfriamiento de
las relaciones de ambos personajes estribaba en la
enemistad profunda e irreconciliable de García-Trevija-no
y Atanasio Ndongo, considerado hombre fuerte del primer
Gobierno de Macías, o al menos la personalidad de
más relieve. Tras los sucesos de marzo y la muerte del
ministro de Asuntos Exteriores, García-Trevijano se puso
en contacto con Macías para ofrecerle su ayuda, que
el presidente se apresuró a aceptar. García-Trevijano
organizó un equipo de técnicos españoles que debían
trasladarse a Guinea Ecuatorial, contratados en los
medios universitarios madrileños próximos a organizaciones
de extrema izquierda, equipo en el que se encontraban
el sociólogo Juan Maestre Alfonso y el ingeniero
Ventura Cabello. Se organizaron viajes a París
para contactar con empresarios franceses, y al parecer
García-Trevijano llegó a fletar un avión particular
que los trasladaría a Santa Isabel, desde Francia, vía
Camerún. Pero el entusiasmo de los jóvenes técnicos
iba disminuyendo al comprobar el divorcio existente
entre la teoría predicada —consolidar la
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