LA
INDEPENDENCIA (*)
1.
Conferencia Constitucional: unidad o separación
Las
palabras del embajador Piniés en la Conferencia de
Argel sobre Descolonización indicaron al mundo, y en
particular a los nacionalistas guineanos, que ya era pública
la existencia de dos tendencias claramente definidas
en el seno del Gobierno español a propósito de la cuestión
guineana. Carrero había concebido la autonomía
como un mal menor y una concesión, desde luego la
última, a las aspiraciones de libertad del pueblo guineano.
Su criterio se basaba en la premisa de la presencia
indefinida de España en Guinea Ecuatorial, y no importaba
demasiado el precio que hubiera que pagar por
ello. Castiella, por su parte, que tenía que sufrir en su
propia persona los ataques exteriores a la política colonial
española, y que era consciente de que no se podía
hacer una política exterior coherente mientras Guinea
fuera colonia española, aunque bajo las más variadas
caracterizaciones, era partidario del proceso de
autodeterminación. Pero los asuntos de Guinea no dependían
del Ministerio de Castiella, sino de la Presidencia
del Gobierno, es decir, de Carrero. El ministro de Asuntos
Exteriores, pues, se enteraba de lo que pasaba en
Guinea a través de la Delegación española en las Naciones
Unidas y de otras Embajadas. No tenía acceso directo
a las fuentes de información ni, por tanto, poder alguno
de decisión. Carrero concebía Guinea como una especie
de finca particular, mientras Castiella se daba cuenta
de que era un asunto de Estado. «Muchas veces —declaró
posteriormente— dije en los Consejos de Ministros
que no hay ninguna madre española que mande a
su hijo a morir a Guinea». Chocaban, en definitiva, dos
concepciones sobre el colonialismo: el de Carrero, más
arcaico, más decimonónico, más imperial; y el de Castiella,
más moderno, más disimulado, más «neo». Por
ello, al transmitir el embajador Piniés la invitación del
Gobierno al Comité de los Veinticuatro, los observadores
anotaron que estaba triunfando la tesis del Palacio
de Santa Cruz y los nacionalistas vieron, por vez primera,
la independencia como posibilidad real.
Aceptada
la invitación por la IV Comisión, ésta designó
un subcomité formado por el embajador Malecela,
de Tanzania, y los señores Diakite, de Malí; Hernán Sánchez,
de Chile; Melbin, de Dinamarca, y Joujeati, de Siria,
presididos por el embajador Collier, de Sierra Leona,
presidente de la IV Comisión sobre Descolonización, más
conocido por Comité de los Veinticuatro. En agosto de
1966 la subcomisión visitó Fernando Poo y Río Muni, habló
con delegados de todos los partidos políticos y celebró
consultas con representantes de las etnias del país.
La conclusión, expuesta en la Resolución 2.230, de 20
de diciembre de 1966, recomendaba a España la convocatoria
urgente de una conferencia constitucional qué fijara
la fecha de la independencia. España, que ya había
previsto esta conclusión, se había adelantado unos meses
antes (el 10 de octubre) y había comunicado a la
Secretaría General de las Naciones Unidas su decisión
de celebrar una conferencia constitucional en los primeros
meses de 1967. Demuestra que la posición del Ministerio
de Asuntos Exteriores no estaba aún lo suficientemente
consolidada el hecho de que el ministro Castiella
declarara que la reunión prevista en Madrid no sería
«ni una Asamblea Constituyente, ni una negociación
diplomática, sino sólo la ocasión de entablar un diálogo
amplio y franco entre guineanos y españoles». En
el Palacio de Santa Cruz se vacilaba demasiado, y no se
llegó a concretar la fecha hasta el otoño de 1967, ampliamente
rebasado el plazo previamente fijado ante las
Naciones Unidas.
Mientras
tanto, la Presidencia del Gobierno y la Alta Comisaría
General, activaban su lobby entre los habitantes
más afines, tendente a conseguir una independencia por
separado entre Fernando Poo y Río Muni. Se empezaron
a escuchar conferencias y discursos que reavivaban
enemistades tribales ya olvidadas y que hacían hincapié
en el «salvajismo» y menor grado de desarrollo de
Río Muni, frente a la cultura, ponderación y mayor nivel
de vida de los habitantes de Fernando Poo. Algunos
viejos colonos preparaban sus campañas para presentarse
a la elección como miembros del Gobierno autónomo
en caso de que fracasaran las conversaciones de Madrid
y se prorrogara automáticamente el régimen de autonomía.
No hay que perder de vista que, a escasos kilómetros
de Fernando Poo, se desarrollaba una cruenta
guerra secesionista en Biafra, y que, por aquellas mismas
fechas, un blanco radical, Ian Smith, acabada de hacerse
fuerte, desobedeciendo los mandatos del Gobierno
de la metrópoli, en Rodesia. Precisamente para evitar
tan peligrosos ejemplos, la subcomisión visitadora de
las Naciones Unidas había urgido la convocatoria de la
conferencia constitucional. Pero las aguas ya estaban
agitadas en Guinea, donde los colonos seguían practicando
la política del «negrito», como muy duramente escribía
Francisco González Armijo, precisamente un colono: «con
todos nuestros respetos a la capacidad y buena voluntad
de que hacen gala estos honrados funcionarios (del
Gobierno español), hemos de hacer notar que, a todas
luces, obran influenciados por las ideas de aquellos
que son conocidos con el nombre de «viejos coloniales»,
quienes no vacilan en asegurar que están al cabo de
la calle y que saben todo lo que hay que saber sobre los
guineanos. Es lógico que los técnicos del Gobierno, que
en su mayoría no han visitado Guinea (los que lo han
hecho han pasado fugazmente por aquellas tierras, teniendo
un contacto muy superficial con la realidad del pueblo
guineano), acepten las opiniones de los "entendidos"
(...). Estos "entendidos" que desprecian lo más
fundamental,
el factor humano, practican y transmiten la
idea paternalista que tanto daño ha producido en África.
El concepto del "negrito" todavía persisten en esas
mentalidades arcaicas. A estos "negritos" no se
les puede
dejar de la mano; nuestra "superior cultura europea"
nos obliga a cuidar maternalmente de todos sus pasos
y decirles, en cada momento, lo que han de hacer, porque
si se les deja solos (...).
En el caso concreto de Guinea
Ecuatorial asistimos a una variante de este juicio
equivocado sobre la mentalidad del negra. Consiste en
la tesis que sustentan ciertos señores que, al margen del
Gobierno, ejercen determinadas influencias —especialmente
en el campo económico— sobre algunos sectores
guineanos. La facilidad que hoy tienen para manejar
a su antojo a algunos de ellos les induce a creer que podrán
continuar haciéndolo tranquilamente, al menos durante
un cierto tiempo. ¡Cuán lejos están de ver la realidad
de la situación! Aparte de los problemas que suscitan
con su actuación, y que pueden traer problemas
a escala nacional, estos señores, obcecados por el falso
concepto que tienen de los guineanos, no se dan cuenta
de que lo que están haciendo es echar piedras a
su propio tejado, que ya empieza, a acusar señales de rotura
y que cuando menos lo esperan acabará por desplomarse»
(1).
Naturalmente,
cuando Saturnino Ibongo, portavoz del
MONALIGE, deploraba ante el Comité de los Veinticuatro
el retraso que sufría la Conferencia Constitucional,
el embajador Piniés no tuvo recato alguno en afirmar
que la demora se debía «a las divergencias políticas
de los mismos guineanos». Idea misma en que cae
el
buen colono Armijo, al afirmar en otro pasaje de su escrito
que «este retraso de ocho meses en convocar la Conferencia
Constitucional no ha hecho
sino agriar la
situación.
Está claro que el motivo de este retraso no puede
imputarse al Gobierno español, sino al Gobierno autónomo
(...) Estimamos
también—termina Armijo—que
sería conveniente ir haciéndonos a la idea de que el resultado
de esta Conferencia puede ser la independencia de Guinea
Ecuatorial. Si la independencia ha de ser un
hecho, admitámosla; no nos opongamos ciegamente a
ella. Es preferible, a todas luces, dar una independencia
a ese pueblo, si la desea, que no frenar insensatamente
sus anhelos, dando lugar a reacciones que puedan
comprometernos».
El
30 de octubre de 1967, a las 7 de la tarde, y en la sede
del Ministerio español
de Asuntos Exteriores,
se reunía la primera sesión de la Conferencia
Constitucional sobre
Guinea Ecuatorial. El hecho de que la iniciativa
pasase totalmente a manos de Fernando María Castiella
fue saludado por los líderes guineanos de todas las
tendencias nacionalistas y por los observadores imparciales.
No fue, pues, discutida la presidencia del ministro
español. Acompañaban a Castiella el subsecretario
de Política Exterior, Ramón Sedó, y Gabriel Cañadas,
que actuaron como vicepresidente y secretario general
de la Conferencia Constitucional, respectivamente. Formaban
parte de la delegación española, además, representantes
de la Presidencia del Gobierno (encabezados
por José Díaz de Villegas, director general de Plazas y
Provincias Africanas), del Ministerio de Asuntos Exteriores
(Gabriel Mañueco y Fernando Moran López, director
general y subdirector general de África, respectivamente),
Rodolfo Martín Villa, representante del Ministerio de
Industria; así como delegaciones de los Departamentos
de Justicia, Ejército, Marina, Aire, Hacienda,
Gobernación, Secretaría General del Movimiento y de la
Comisaría del Plan de Desarrollo, de la Delegación Nacional
de Sindicatos y del Alto Estado Mayor. Veinticinco
miembros en total.
La
delegación guineana, demasiado numerosa, estaba compuesta
por 47 miembros: el presidente y el vicepresidente
del Consejo de Gobierno autónomo, Bonifacio Ondó
Edú y Francisco Macías Nguema, respectivamente; el
presidente y el vicepresidente de la Asamblea General, Federico
Ngomo Nandongo y Enrique Gori Molubela, respectivamente;
dos diputados por Fernando Poo; dos diputados por Río
Muni; los consejeros de Enseñanza, Sanidad, Información
y Turismo, y Hacienda; los dos consejeros
nacionales del Movimiento; los cuatro procuradores
en Cortes; dos representaciones de las Corporaciones;
el delegado en Madrid del Gobierno autónomo; tres
representantes del MUNGE; tres representantes de la
Unión Bubi; tres representantes de la Unión Democrática
Fernandina; tres representantes de los habitantes
de Annobón; tres representantes de la Unión Ndowe, y
dos representantes de la isla de Coriseo e islotes adyacentes.
En
el discurso pronunciado en la sesión inaugural por
el ministro Castiella, resalta la alusión expresa,
primera de un miembro del Gobierno español, a la independencia
del territorio: «...en
este cuadro de ilusiones posibles
y razonables deseos, que hay que contraponer a
las incertidumbres de nuestra hora, una de las más nobles
empresas en que estamos empeñados, pese a las tensiones
que ha producido —y que lógicamente produce—
es ésta de la descolonización; fenómeno contemporáneo
que ha supuesto —en un plazo que apenas alcanza
el cuarto de siglo— la independencia de más de sesenta
países y de centenares de miles de seres humanos».
El presidente de la Conferencia pasó a glosar la personalidad
hispánica de Guinea Ecuatorial: y la labor realizada
por España, dentro de la línea triunfalista de la
época, pero de una forma diferente a la usual: «...hemos
sido convocados para dar cauce, contenido y meta a
esta Conferencia Constitucional, que debe explorar y fijar
los principios y las opciones de nuestra futura convivencia.
Para llevarlo a cabo contamos con una sólida y
fundamental base de partida en que apoyarnos: la peculiar
manera de ser que ha otorgado a la comunidad hispánica
su puesto en el concierto de la civilización universal.
Y ello nos llena de orgullo, pues viene a demostrar
que el impulso que dio nacimiento a veinte naciones
no ha perdido su vigor, ya que sobre los mismos
cimientos
se está construyendo esta admirable realidad hispano-africana
que representáis. Las esencias españolas
que impregnan vuestra alma no han anulado vuestra condición
africana, sino que os ayudan a expresarla y a
sentirse de acuerdo con el mundo moderno».
Con
las siguientes palabras, un ministro de Franco admitía
por primera vez una realidad al margen de las tesis
oficiales sobre Guinea: «Es evidente que la inserción
de España en el actual proceso de la descolonización
se ha producido por la concurrencia de un conjunto
de factores, entre los que cabe destacar el tradicional sentido
de su labor civilizadora, alejada —como ya hemos
subrayado— de la mentalidad propia del régimen colonialista;
su respeto para la voluntad de autodeterminación
de los pueblos, repetidamente proclamado por nuestros
gobernantes, y finalmente —dejando de lado corrientes
ideológicas que postulan la revisión del fenómeno
colonial—, la acción desarrollada en este aspecto por
las Naciones Unidas». Tras explicar a su modo la autonomía
(«en la XVIII Asamblea General de las Naciones
Unidas, que se inició el 21 de septiembre de 1963, pude
exponer cómo España, en un clima de paz, sin actuar
bajo la presión de la violencia, se adelantaba a las
aspiraciones de los guineanos y entendía que había llegado
el momento natural en que se gobernaran por sí
mismos...»), el ministro definió la finalidad de la Conferencia,
«que no puede ser otra que la de poner en manos de
vuestro propio pueblo el destino de la Guinea Ecuatorial»
y adelantó que «los resultados y conclusiones
a que lleguemos, una vez estudiados por el Gobierno, habrán
de ser sometidos, por medio del sufragio universal,
al refrendo del pueblo guineano». Finalmente, Castiella
se alejó definitivamente de las tesis de la Presidencia
del Gobierno al recomendar a la delegación guineana
la unidad: «Un ilustre guineano, aquí presente, decía
hace muy pocos días: "¿qué es lo que nos conviene?
Indudablemente la unidad. Unidad en la ideología, en las
aspiraciones en bien de todos, en los esfuerzos
colectivos por hallar la fórmula para el desenlace del
futuro político y administrativo de nuestro territorio".
Tan prudente razones tuvieron, sin duda, presentes ciertos
procesos cercanos a vosotros en el tiempo y en el
espacio».
Indudablemente,
el discurso de Castiella no agradó en
la Presidencia del Gobierno. A pesar de los esfuerzos por
publicarlo íntegro, la prensa sólo reflejó las
alusiones al Caudillo y los pasajes más
laudatorios para el Régimen
de Madrid. Cuando tomó la palabra el presidente
de la Asamblea General para responder a la delegación
española en nombre de la guineana, todos sabían
que la independencia de Guinea era sólo cuestión de
tiempo. Quizá por ello el discurso de Federico Ngomo
Nandongo fue breve y confiado, aunque envolvía una
ligera amenaza: «Estoy seguro de que el Gobierno español
sabrá interpretar convenientemente nuestras sugerencias
sobre la independencia de Guinea; porque, en definitiva,
nosotros esperamos que sea el Gobierno español
y no ningún organismo internacional quien marque
las etapas de nuestro desarrollo político. Confiamos en
que se nos orientará y se nos aconsejará sobre lo más
conveniente; es más, exigimos que se nos corrija y se
nos hagan ver los errores en los que podamos caer por
razones de inexperiencia». El tono filial, de todos modos,
sólo endulzaba una exigencia.
Tras
los discursos, se constituyeron las comisiones política,
jurídico-administrativa, económica y
de cooperación.
La
ligerísima amenaza contenida en el pasaje transcrito
del discurso de Ngomo Nandongo hacía referencia
a un escrito presentado minutos antes a la delegación
española, con la exigencia de que fuera declarado
documento oficial. El documento en cuestión, firmado
por representantes del Gobierno autónomo y por los partidos
políticos IPGE, MUNGE y MONALIGE, pedía al
Gobierno español: 1.°) La proclamación solemne de la
fecha de la independencia total de Guinea Ecuatorial para
antes del 15 de julio de 1968; 2.°) La formación inmediata
de un Gobierno provisional con poderes para organizar
un referéndum y asegurar la estabilidad durante
la transición. Se señalaba que estas peticiones no suponían
la ruptura de vínculos con España. El documento
estaba avalado por 32 nombres, 29 de los cuales firmaban. Es interesante y sintomático constatar que no firmaron
dicho documento ni la Unión Democrática Fernandina
ni la Unión Bubi, ni tampoco determinados personajes
con un prestigio personal, tales como Enrique
Gori Molubela o Román Borikó Toichoa. Estos dos
partidos, carentes de toda representatividad popular, habían
sido creados artificialmente unos meses antes con vistas a la Conferencia Constitucional, con el fin de que abogaran
por la independencia separada entre la isla y el
continente. Los dos personajes antes mencionados, más Luis
Mao Sicachá, venían negando obediencia al Gobierno autónomo,
al que pertenecían, influenciados por los colonos,
a fin de que, con su prestigio, sancionaran la secesión dé Fernando Poo. Ya en 1966, los tres habían sido
entrevistados en Televisión Española por Victoriano
Fernández Asís, y, entre otras cosas, habían expuesto las
siguientes opiniones:
Luis
Mao: «Fernando
Poo tiene unos 18.000 nativos,
pero cuenta con 30.000 residentes de Nigeria,
Gabón, Camerún, que han venido como mano de
obra. Los nativos están en minoría. Por eso venimos
a que el Gobierno de Madrid nos resuelva
la situación. Es decir, a que cuando nos consideren
mayores de edad, como hijos suyos, no se entreguen
las riendas de la administración patrimonial
en bloque. Que se nos separe nuestro patrimonio, de
suerte que cada provincia —Fernando
Poo y Río Muni— tenga su propia administración,
siempre patrocinada y con las directrices de defensa de la madre España».
Román
Borikó: «La
provincia de Fernando Poo
no tiene nada que ver en este régimen administrativo
con la provincia de Río Muni; cada una en
su puesto, con su administración interna, y todos a la casa de la madre España. Sin atropellar
el derecho de autodeterminación de cada una de ellas.
Precisamente en virtud de ello decimos que cualquiera de
estas dos provincias de estos territorios,
como dicen el Caudillo y su Gobierno si
tiene que tomar otra determinación, que no compromete
en manera alguna el destino de la provincia
o territorio correspondiente al contrario».
Enrique
Gori: «Fernando
Poo necesita estar unido al resto del territorio nacional
por aviones más
modernos y rápidos, por barcos modernos, para
que con más facilidades los españoles de la Península
puedan conocer Guinea Ecuatorial y los
españoles de Guinea la España peninsular. Decimos
al pueblo de España aquí estamos, y nos consideramos
uno más. El pueblo de Guinea no pide
más que el pueblo de España coopere a esta gran
misión de superación de su integración en el
mundo internacional»
El día 2 de noviembre, Enrique Gori pronunció su
discurso
ante el pleno de la Conferencia Constitucional, en
el que resumía todos los argumentos de la tesis separatista.
Sostenía que el Régimen de autonomía había sido una «quiebra»
para las poblaciones bubis de Fernando
Poo, para quienes habría representado «un neo-colonialismo
a causa del sistema unitario del Gobierno». Por
ello proponía una revisión del régimen de autonomía,
fundamentándolo en la autodeterminación de las poblaciones
por separado. Continuó afirmando Gori que «entre la isla
y el continente no existe unidad alguna, ni geográfica,
ni cultural, ni histórica, ni lingüística. El punto
de contacto más fuerte se encuentra en la presencia
española en estos territorios. Así que la Guinea Ecuatorial
es sólo un nombre (...). Además, existe una imparidad
económica y sociológica. En el campo económico,
Fernando Poo aporta el 81 por 100 del presupuesto
y absorbe sólo el 19 por 100 del usufructo (...). Sociológicamente
existe el peligro de que los continuos e incontrolados
desplazamientos demográficos de Río Muni
hacia Fernando Poo acaben absorbiendo a la población bubi
(...). Por ello —concluía el vicepresidente de la
Asamblea General y presidente de la Diputación Provincial
de Fernando Poo— la separación constituye un tema
de obligado e inexcusable planteamiento, y su logro,
la grave e indeclinable responsabilidad de la generación
actual de Fernando Poo».
Ante esta postura virulenta de cierto sector isleño,
el secretario del Directorio del MUNGE, Justino Mbá Nsué,
dio lectura a un texto firmado por su partido, por el
IPGE y por MONALIGE, en el que se pedía prioridad para
la comisión política y suspender de momento el trabajo
del resto de las comisiones, a fin de que se viera con
claridad antes el futuro estatuto político, como
presupuesto para el trabajo de las demás comisiones. Un delegado,
respondiendo a la intervención de Gori Molubela,
expuso la cuestión del reparto colonial, del que|
eran víctimas tanto Río Muni como Fernando Poo, y
terminó resaltando que la realidad indica que las dos provincias
forman claramente una unidad que la historia
ha ligado estrechamente. «Sería pernicioso el separarse,
pues supondría o la absorción por otras potencias,
especialmente en el caso de Fernando Poo, como ha reconocido
el mismo Gori, o la no subsistencia». En el debate, otro
delegado preguntó si los nigerianos, que claramente
superaban a la población autóctona, no eran un
factor de temor, y denunció claramente los intereses económicos
en juego para algunos capitalistas españoles.
«Los exponentes de tales intereses asesoran y ponen hincapié
de todas las formas imaginables para que sus intereses
corran el menor riesgo posible. Y para ello se
sirven de algunos bubis».
Se
plantearon ya, pues, desde el principio dos tendencias
en el seno de la numerosa delegación guineana, lo
cual obligó a suspender la Conferencia Constitucional
a fin de que el Gobierno español dictaminase lo que debía
ser conveniente. El 15 de noviembre se clausuraba la
primera etapa.
2.Conferencia
Constitucional: Antonio
García-Trevi]ano
En
el seno del Gobierno español quedaba abierta la brecha
entre la tendencia separatista, propiciada por los grupos
con intereses en la zona, agrupados en torno a la
Dirección General de Plazas y Provincias Africanas, y la
tendencia unionista, vinculada al ministro Castiella. Este,
en su afán por llevar a cabo un proceso descolonizador
«perfecto, brillante, que le diera a España, aislada
diplomáticamente, un poco de prestigio», decidió
enfrentarse directamente con el problema. Convenció al general
Franco y a la mayoría de los miembros del Gabinete de que
las Naciones Unidas no admitirían una independencia
por separado, y que tal eventualidad iría en
perjuicio de España de una manera innecesaria. Castiella
—con Franco— necesitaba recuperar Gibraltar y aprovechar
dicho triunfo diplomático para remodelar la política
exterior y el triunfo cara a la opinión pública interna
para afianzar más aún el poder del régimen. Desde
la óptica del Palacio de Santa Cruz, se pretendía sumar
cuanto antes el voto de Guinea al de los países hispanoamericanos
y árabes. Además, España no estaba en
condiciones de sostener airosamente una guerra colonial,
que por lo demás iba a resultar demasiado impopular
en el interior del país, pudiéndose derivar de ella
consecuencias tan imprevisibles como infelices. Y
Castiella ganó. El 17 de febrero de 1968 se publica un Decreto-ley
suspendiendo el proceso de renovación previsto en la
reglamentación del Régimen autónomo y se dispone
sea reanudada la Conferencia Constitucional.
La prensa española, reflejando la realidad política
existente
—aunque sin libertad de expresión, pues la Conferencia
Constitucional había sido declarada «materia
reservada»—, se había dividido en dos tendencias: una,
mayoritaria, claramente reaccionaria, y otra muy minoritaria,
más tercermundista dentro de lo posible. Al
ser irreversible ya el hecho de la independencia unitaria,
la Presidencia del Gobierno escoge a su partido y candidato
favoritos; por su parte, el Ministerio de Asuntos
Exteriores apuesta asimismo por un partido y un político.
Los grandes rotativos nacionales y la prensa institucional
se vuelcan a favor de Bonifacio Ondó Edú y
del MUNGE. El diario «Madrid» y, más tímidamente, «Informaciones»
y algún vespertino de Barcelona apoyan
al candidato del MONALIGE, Atanasio Ndongo Miyone.
El «ABC» publica seríales donde los mungistas («el
partido de la unidad nacional») son los buenos: «Porque
yo siento en español y así seguiré sintiendo hasta
que muera», me dijo una tarde Agustín Eñeso. Y Francisco
Salomé Jones. Y
Andrés Moisés Mbá. Y
Felipe Ddjoli.
Y Justino Mbá. Y Momo. En ninguno he observado el menor
ánimo de revancha. En todos, amor por España,
vinculación con España, deseo de España, escribe
en ese diario José Salas y Guirior. Los otros, indefectiblemente,
son los malos: «Hablando con Justino Mbá
—se lee en otra crónica—, secretario general del MUNGE,
uno de los más hispanistas que por aquí me he
encontrado, me decía cómo en otros países africanos que
lograron su total libertad, las costumbres irritantes de
la discriminación continúan vigentes. Y que cuando iba
a alguno de esos países y alguien le hablaba de los métodos
a usar frente a la metrópoli española para lograr
la independencia, él solía proponer como escenario de
la conversación algún establecimiento de esos restringidos
para uso exclusivo de europeos. Cuando empezaban a
surgir los inconvenientes, él les decía que en la Guinea,
con los españoles, esos problemas no existen. Y que, por
tanto, se encontraba mejor dispuesto para discutir con
ellos. Todos no son como Justino Mbá. Está el MONALIGE
y su gente. Pero tengan la fuerza que tengan, cosa
que está por ver, lo que no podrán es montar una reivindicación
para asaltar formas de convivencia por la
sencilla razón de que ya la tienen».
Refiriéndose
el cronista
a su deseo de conversar con Monalige (siempre en
minúsculas en los escritos de «ABC»), se lee en otro artículo:
«...
les busqué primero en una especie de cabaretucho
llamado, no sé por qué triste ironía, El Progreso.
Fue una suerte, pues, de no haber entrado por allí, hubiera
tenido que hacer no sé cuántos kilómetros para llegar
a otra sala, llamada de fiestas, ignoro por qué razón,
en la que, por lo visto, solían reunirse. El ambiente era
sórdido y deprimente, pese a que concurrían los elementos
normales de diversión (...). En un extremo de la barra
había un grupo de hombres jóvenes. Me dijeron que
eran del Monalige. Seguí bebiendo con ellos.
—¿Y
ustedes vienen por aquí todas las noches?
—Bueno...
—me contestó uno de ellos—; casi todas. Es
necesario.
Y
se echó a reír. Me dijo que eran gajes del oficio. Y que
no resultaban desagradables.
—Pues
ya son ustedes valientes. Y díganme: ¿sus mujeres
no se enfadan? Porque yo creo que tendrían razón.
—Sin
duda, tienen razón. Pero tienen que comprender que somos
políticos y debemos hacer esta clase de vida
para relacionarnos con la gente. Yo quisiera explicarle
a usted muchas cosas.
Conseguí
convencer a Jovino Edú Mbuy, vicepresidente
del Monalige en el comité central de Bata, que era
mucho mejor que nos reuniéramos al día siguiente por
la mañana en un café en un club sin música, pues allí
no se podía hablar ni de política ni siquiera de fútbol,
puestos a poner ejemplos de temas que exigen griterío.
Y al mediodía siguiente apareció con Ángel Masie Ntuturnu,
subdelegado de Asuntos Sociales. Ambos, muy amables,
muy correctos, muy sonrientes. Como luego se verá, muy
apasionados también» (2). Esta trascripción, aunque
algo larga, era necesaria para demostrar que se estaba
preparando el camino hacia el caos que se preveía
en España si no triunfaba el candidato oficial. El partido
oficial, claro está, era el MUNGE, con hombres cultos,
buenos, piadosos, limpios, que ni bebían ni fumaban,
amantes de la paz y de España. El MONALIGE era
extremista, subversivo, con hombres coléricos, mentirosos,
pendencieros, de vida fácil y equívoca. El IPGE se
presentaba dividido entre la tendencia «más moderada»
de Clemente Ateba, que, a través de Simón Ngomo Ndumu,
gobernador civil de Río Muni, buscaba fusionarse
con el MUNGE y la tendencia «extremista» de Jesús Mbá,
que buscaba la unión con el MONALIGE. Como se
ve,
el estereotipo era perfecto y la ambientación inmejorable.
La
segunda fase de la Conferencia Constitucional, ya incuestionable
la independencia unitaria para
1968, se centró
en el estudio de la Resolución 2.355, aprobada por
la Asamblea General de las Naciones Unidas el 19 de abril
de 1967. El párrafo sexto de la Resolución instaba
inexcusablemente a la potencia colonizadora, España, a fijar
las modalidades del traspaso de poderes, a redactar
una ley electoral y una Constitución de independencia.
Por ello era cada vez más evidente que la Delegación Guineana
necesitaba de alguien imparcial —es decir, no vinculado
al Gobierno español en ninguna de sus tendencias—
que pudiera asesorarla en materia constitucional. Se
conectó con varios guineanos estudiantes de Derecho, pero,
debido precisamente a su condición de estudiantes,
no pudieron ser muy útiles. Varios representantes de
la Delegación Guineana contactaron con el economista Ramón
Tamames, el cual no quiso saber nada del asunto.
Acudieron al profesor Enrique Tierno Galván, quien, al
parecer, se mostró reticente y despreciativo. Por último,
se acudió al bufete del profesor Joaquín Ruiz-Giménez,
a quien tampoco entusiasmó la idea de asesorar a
los nacionalistas guineanos. Fue cuando el antes citado
Francisco González Armijo,
antiguo empleado
de AUCONA,
dueño de una gestoría en Bata, a la sazón funcionario
del Ministerio de Trabajo, amigo del gobernador
civil de Bata, Simón Ngomo Ndumu, y del vicepresidente
del Consejo de Gobierno Francisco Macías Nguema,
habló a la Delegación Guineana de un demócrata independiente
del Gobierno y de los partidos políticos, que
no pondría inconvenientes en ayudarles. Por otra parte,
su gran independencia económica podría serles de utilidad,
ya que posiblemente no les cobraría demasiado
dinero. Merecía toda la confianza del mundo, pues iba avalado
por José Antonio Nováis, corresponsal de «Le Monde»,
respetado por todos los guineanos que de verdad querían
la independencia, pues había ayudado a difundir
sus razones en el exterior, al ser en España secreto
oficial el desarrollo de la Conferencia Constitucional.
El hombre así presentado se llamaba Antonio García-Trevijano
y Fortes.
Antonio
García-Trevijano es una persona con un afán de
notoriedad insaciable. Abogado y notario excedente, parece
que ese momento —finales de 1967 y principios de
1968— no debía atravesar una coyuntura económica
excesivamente buena. Sin embargo, su mujer, una bella francesa
de nombre Francine Cheurakí, tenía una cuenta abierta
por los empleados del bufete donde le pasaban semanalmente
del despacho de su marido unas 60.000 pesetas
«para gastos personales»; García-Trevijano, en determinados
círculos, pasaba por agente de la CÍA, y en
otros se le tenía conceptuado como hombre afín a los
intereses del neocapitalismo internacional, especialmente
francés. A este respecto se habla de su vinculación
con la Banca Rostchild y con el grupo en torno a la revista
L´Expres.
García-Trevijano
celebró una serie de conversaciones previas,
ya en marzo de 1968, con distintos componentes
de la Delegación Guineana. Antes de aceptar ser asesor,
mantuvo dos entrevistas: una, en privado, con el entonces
director general de Seguridad, Eduardo Blanco Rodríguez,
hombre de la más absoluta confianza de Carrero
Blanco, y otra con el ministro de Asuntos Exteriores,
en la que le acompañaban Emilio Martín y Adolfo Martín-Camero.
La primera propuesta que les hizo García-Trevijano a los
guineanos fue la formación de un organismo
unitario que les permitiera hacer frente, de manera
efectiva, a la Delegación Española, y elegir un portavoz
o líder de ese organismo. La propuesta no tuvo suficiente
eco en las Secretarías de los distintos partidos políticos,
pero García-Trevijano insistió y convenció monetariamente
a unos cuantos delegados guineanos de que para
crear un marco político y jurídico que facilite el desarrollo
económico y social del pueblo guineano, «la condición
básica está en una Constitución que facilite la
eficacia de un Gobierno fuerte dentro de una
sociedad libre
y democrática, y que dificulte el nacimiento de los tres
grandes obstáculos contra el desarrollo: las dictaduras
ideológicas, el partidismo político y la centralización
burocrática».
García-Trevijano
no conocía África, y aquél era
su primer contacto con la realidad de un naciente país
africano. Pero ya había desarrollado una teoría muy particular
sobre África y los africanos, teoría que no está
demasiado
alejada del racismo paternalista de los viejos
colonialistas y que responde al esquema neocolonialista:
«En África es imposible la democracia formal y
es imposible el pluripartidismo.» Por tanto, hay que crear
un partido único que suprima todo vestigio de democracia
e implante un sistema de libertad, pero en el que
sólo sea libre la fuerza explotadora y sus comparsas negros.
De esta sencilla manera, los hombres que no tenían
más ideología que la de su bolsillo, aquellos que no
querían más independencia que la que ellos administraran,
los arribistas y los negros colonizados siempre
útiles para la manipulación política decidieron crear el
llamado Secretariado Conjunto. Agustín Eñeso y Justino
Mbá Nsué, por el MUNGE; Antonio Eworo, por el IPGE;
Francisco Macías, por el MONALIGE; Boto, por la
Unión Ndowe, y Agustín Grange, por la Unión Democrática
Fernandina, suscribieron un documento, en nombre
pero sin representación de sus partidos, que nombraba
a García-Trevijano único letrado asesor en materia
constitucional. Como los líderes genuinos de los partidos
no reconocieron al Secretariado Conjunto, se consagró de
hecho una escisión en cada uno de los movimientos,
cuyas consecuencias fueron entonces minimizadas,
pero que aún sufrimos todos en la actualidad. Como los
miembros del Secretariado Conjunto eran una exigua minería,
Antonio García-Trevijano facilitó los pasajes necesarios
para que otros varios guineanos, al margen de la
delegación oficial, pudieran venir a Madrid y coordinaran
los trabajos del Secretariado. Así, por ejemplo, llegó
Esteban Nsue Ngomo.
La
segunda propuesta de García-Trevijano fue el darles
dinero a los guineanos, es decir, se comprometió a sufragar
todos sus gastos políticos y personales. Los orientó
sobre la actitud a adoptar durante los debates, actitud
que debía ser obstruccionista. Cuando algún guineano
se mostraba reticente o le asaltaba alguna duda con
respecto a su comportamiento, le daba —o prometía,
según casos— dinero a fin de ganarse su confianza. Tal
ocurrió con Andrés Moisés Mbá Ada. García-Trevijano
dio un mínimo de un millón de pesetas a algunos guineanos
en los quince días siguientes a la formación del
Secretariado Conjunto. A García-Trevijano le gusta hablar
de dinero, del que ganaba, del que prestaba, del que
no cobraba a muchos clientes. Logró impresionar a todos:
honesto, altruista, sincero demócrata, antigubernamental
y no ligado ni de cerca ni de lejos a intereses coloniales
en Guinea. Era justo lo que habían estado buscando
los guineanos.
El
hecho indicativo de que a García-Trevijano no le importaba
ni la ideología de sus nuevos amigos ni la opción de
libertad que se buscaba para Guinea era la misma
composición del Secretariado Conjunto: una mayoría
del MUNGE, y, dentro de él, con mayoritaria ten