EMBAJADOR
EN LA GUINEA ECUATORIAL (*)
Conferencia
Constitucional. Macías, Bonifacio y Atanasio. Voy a Santa
Isabel. Las elecciones. La independencia. Soy nombrado embajador.
El colega de Franco: su patología. El problema económico.
Los enredadores. Escalada demagógica. La crisis de la
bandera. Final de mi misión.
"El proceso descolonizador de la Guinea Ecuatorial
marchaba hacia
su culminación. Puesto que había que seguir adelante,
Castiella quiso que se hiciese de manera ejemplar. El nuevo Estado
contaría desde el primer momento con una Constitución democrática
aprobada por sus dirigentes y más tarde por el pueblo
guineano en referéndum. Se empleó para ello la fórmula
británica
de una Conferencia Constitucional, que se abrió en octubre de
1967 con un discurso de don Fernando Castiella en el que se anunciaba
que España daría la independencia a su colonia ecuatorial
en 1968.
Fue
un trabajo bello y generoso, dentro del marco político de la
España de entonces, convocar la Conferencia para dar a la Guinea
una Constitución moderada y de gran perfección técnica
aunque resultase inaplicable, como lo habían sido en África
todas las normas
fundamentales democráticas. La Conferencia Constitucional
avanzó lentamente entre escollos. Contribuyeron a la
cacofonía las discrepancias entre los guineos y también el
hecho, al que ya
me he referido y sobre el que volveré a insistir, de que el Gobierno español estuviese profundamente dividido. Esta
confusión fue aprovechada por quienes quisieron, lográndolo,
complicar aún más el difícil proceso. El señor García
Trevijano respaldó
un llamado Secretariado Conjunto que al tiempo que saboteaba
la Conferencia ponía en primer plano al político guineano
de mayor potencial demagógico y destructor, Francisco Macías.
Ramón
Sedó presidió las sesiones de la confusísima Conferencia de
manera tan paciente como inteligente. Tarea que le debió
ser muy ingrata y
que aceptó por lealtad a su ministro y amigo.
En
la Conferencia fueron asomando las características de
quienes habían
de ser los tres candidatos a la presidencia del nuevo
Estado. Bonifacio
Ondó o la ingenuidad catequística. Atanasio Ndongo o la ambigüedad
neo-africana. Y Francisco Macías o la furia
paranoica.
Francisco
Macías mantenía unas actitudes entre calculadas y demenciales.
Parecía saber que lo que más le podía legitimar como campeón
de la independencia, en la Guinea y en los medios africanos,
era una desaforada hostilidad hacia la "potencia
administradora". Tanto
más cuando tenía un pasado de entusiasta adhesión al régimen
colonial, del que seguía formando parte como vicepresidente
y consejero de Obras Públicas del gobierno autónomo.
A
lo largo de las próximas páginas aparecerán otras facetas
de su personalidad. En
la Conferencia Constitucional destacó por un sentimiento
desmesurado de su propia dignidad, reflejada en desplantes que
aumentaban su prestigio anticolonial.
Poco
antes de concluir la Conferencia ofreció Castiella una cena
en
el Palacio de Viana a los principales delegados guineos. Macías,
que
tenía reservado el primer puesto a la izquierda del
ministro, no compareció. Cuando quise, a la mañana
siguiente, averiguar las causas de su ausencia, empezó asegurándome que no había recibido la invitación.
Más tarde admitió que le había llegado un sobre que no consideró dirigido, a él, porque se le daba el tratamiento de "Ilustrísimo
Señor" cuando se pensaba "Excelentísimo".
Fue en la Conferencia
Constitucional donde Macías pronunció su primer elogio de
Adolfo Hitler como padre de África.
Bonifacio
Ondó, antiguo catequista y muy grata persona, tenía una
imagen de Tío Tom que caía simpática a los españoles
pero resultaba
anacrónica en los medios descolonizadores de las Naciones Unidas,
que desconfiaban de quienes pareciesen cómplices neocoloniales de las antiguas metrópolis.
Atanasio
Ndongo, expulsado del seminario como tantos revolucionarios,
había vivido largos años en el Camerún donde se casó con
la viuda del líder
revolucionario Félix Moumié, asesinado en Ginebra en
1960. Era el único político guineano con experiencia
internacional,
hablaba francés y, frente al colaboracionismo de Macías
con la
administración colonial, había sido un luchador activo y
arriesgado por la
independencia. De ahí que se pensase en el ministerio de Asuntos
Exteriores que podía ser la persona más adecuada y creíble
para estar al frente del
nuevo Estado. Le faltaba el tirón demagógico y obsesivo de
Macías y a pesar de su inteligencia, o a causa de ella, fue
para mí siempre sibilino.
Terminada
en junio de 1968 la Conferencia con la aprobación del texto
constitucional, inmediatamente confirmada por referéndum en
el
territorio, se había fijado para el 12 de octubre la
proclamación de la Independencia. Don Fernando Castiella
decidió que durante este complicado
período de transición hubiese en Santa Isabel un representante
de Asuntos Exteriores. Me mandaron a mí. Se pensó en un momento nombrarme adjunto al Comisario General, en un puesto que
acababa de quedar vacante. Desechada esta idea quedó mi status
indefinido. Establecí una valijilla en la que enviaba a la
Cárcel de Corte
(**) unas cartas que yo mismo tecleaba, como lo estoy haciendo con
estas memorias.
El
Comisario General, don Víctor Suanzes, me recibió y trató
con gran
cortesía. Pero muchos de sus colaboradores me veían con el
mismo recelo que nuestros colonos. Yo simbolizaba el final
de la época
colonial, y con ella el de muchas situaciones e intereses,
lo que
achacaban, equivocándose, al ministerio de Asuntos
Exteriores.
Uno
de los primeros problemas con que me encontré fue el temor
de la población aborigen de Fernando Póo a una independencia
en la que temían llevar, por su inferioridad numérica, la
peor parte.
Esto los llevó a votar contra la Constitución en el referéndum.
No puedo olvidar la ayuda que recibí de mi amigo Enrique
Gori, asesinado más tarde como tantos otros por orden de Macías, así como
la de su suegro el sabio patriarca fernandino Alfredo Jones,
a quien recuerdo protegido
del sol por dos sombreros superpuestos.
Al
acercarse la fecha de la independencia fue enviando el Ministerio
algunos funcionarios que me ayudaron muchísimo. Emilio Artacho
con su conocimiento de las Naciones Unidas y de sus gentes;
Joaquín Castillo que trabajó de manera denodada y habilísima;
Amaro González de Mesa que empleó a fondo, en Bata, su
simpatía y
su astucia. Tampoco olvido el gran apoyo moral que recibí
del magistrado
Ángel Escudero, quien presidió la comisión electoral que vino
de Madrid.
La
situación se decantaba, desgraciadamente, hacia Macías.
Para un electorado
inexperto que iba a votar libremente por primera y última vez
la tentación demagógica no era fácil de resistir. Se
produjeron además graves errores en el campo de los
competidores de Macías. En primer
lugar la intransigencia de Bonifacio Ondó, Había éste
decidido presentar
a las elecciones parlamentarias una lista de su partido, el MUNGE,
en la que figuraban sus leales, que nadie conocía, con
exclusión
de los caciques principales de esta formación política.
Los cuales, a
su vez, aceptaban figurar en la lista de Ondó siempre que
fuese en lugares
preeminentes que asegurasen su elección. Vino Bonifacio a verme una tarde, estando yo en cama con cuarenta grados de fiebre por
un primer acoso palúdico. Saqué de flaqueza fuerzas para
tratar de persuadirlo
de que aceptase en su lista a los citados caciques. Empleé el
argumento de ,que lo importante era la elección
presidencial porque en Guinea no funcionaría el parlamento.
No me quiso hacer caso y se negó
a dar cobijo a quienes calificó de "ingratos".
Otros españoles consultados le habían hecho creer
que podía ganar solo. El hecho es que los
principales jefes del MUNGE se pasaron al grupo de Macías.
La
primera vuelta de las elecciones situó a Macías en cabeza
(36.000 votos) pero sin mayoría absoluta, lo que obligaba a
una segunda
vuelta. Bonifacio Ondó salió en segundo lugar, con 31.000 votos.
La clave del resultado final estaba en Atanasio Ndongo que por
llegar tercero estaba eliminado pero que daría la victoria
a aquél por quien
aconsejase votar a sus secuaces.
En
una reunión con Atanasio Ndongo, en las que estaban
presentes
sus compañeros de partido y algunos funcionarios españoles,
me dijo que daría sus votos al candidato que España quisiera. No tuve más
remedio que contestarle que Madrid no podía entrometerse. Hubiese
constituido gran ingenuidad, estando en Guinea observadores
de las Naciones Unidas, que un representante del ministerio
de Asuntos Exteriores de
España indicara en público a un partido político
guineano sobre a quien votar. Tengo para mí que Atanasio
había decidido ya inclinarse hacia Macías y que al
consultarme sólo buscaba
cubrirse con aquellos de sus colaboradores que propugnaban
el apoyo a Ondó.
En
mis gestiones privadas con ambos me esforcé al máximo para
conseguir que Bonifacio y Atanasio se pusiesen de acuerdo.
Pero los dos
se mostraron inflexibles puesto que se despreciaban mutuamente.
De modo que Bonifacio no quiso hacer concesiones suficientes
mientras Atanasio planteó
exigencias excesivas. Lo que costó a ambos la vida.
Macías
ofreció a Atanasio Ndongo, a quien odiaba por "intelectual",
la cartera de Asuntos Exteriores a cambio de los votos de
sus partidarios.
Los bubis de Fernando Póo, para salvarse la quema, decidieron
también votar a Macías a cambio de la vicepresidencia de la República.(1)
Los
observadores de las Naciones Unidas fueron testigos de que
por parte española no se hizo nada por falsear el resultado
de las elecciones
que, para desgracia del pueblo guineano, dieron el triunfo a
Francisco Macías.
No
tuvo esos escrúpulos el vencedor quien, consejero de Obras Públicas,
había movilizado los camiones de este servicio para
distribuir
su propaganda electoral ante la inhibición de la autoridad
militar en
Río Muni. (No había sido descabellada la idea, surgida al
margen de la Conferencia
Constitucional y rechazada por los representantes de las
Naciones Unidas, de que los miembros del gobierno autónomo,
al fin y al cabo funcionarios coloniales, fuesen excluidos
como candidatos).
Me
habían llegado rumores de que tenía posibilidades de ser
el primer embajador de España en Santa Isabel. Se
tantearon primero otras candidaturas
para aceptarse finalmente que fuese el ministerio de Asuntos
Exteriores quien afrontase, a través de uno de sus funcionarios,
las secuelas de la independencia. Entre los diplomáticos
conocedores
de Guinea y de sus gentes quedaba yo en primera fila, al
haber tenido
el buen sentido de esquivar el ofrecimiento otros más
antiguos y más próximos
a Castiella que yo. No era quizás de buen augurio el que
el capitán de fragata Ricardo Duran y Lira, mi bisabuelo,
hubiese mandado
cien años antes la estación naval de Guinea, donde murió.
Si
examino las cosas, a esta distancia de tiempo, con la mayor objetividad
de que soy capaz pienso que lo que era mi mayor ventaja
era también un inconveniente. Conocía bien a los
protagonistas de la política guineana. Acaso
demasiado bien. Había sido testigo de muchas
debilidades y trapicheos, había conocido de ordenanzas a quienes
fueron después ministros. El estar en Santa Isabel las semanas que precedieron a la independencia me había quemado un tanto. Esto,
que veo tan claro ahora, no lo pensaba entonces. Prevaleció en mí la ilusión de ser el más joven de los embajadores de
carrera en un puesto de enorme responsabilidad. Estuve a
punto, en el último
instante, de no tomar posesión. Ausente yo, fue un compañero
mío el encargado de proponer mi nombre a Macías. Me contó
este muy buen amigo, años después, que Macías torció el gesto
y hubiese podido negarme el placet de no habérsele persuadido
de los inconvenientes de empezar la nueva etapa de las
relaciones entre Madrid y Santa Isabel con un
desaire.
Macías
veía en esos días agravada su habitual confusión mental por
los consejos contradictorios de sus diversos asesores: los
que le decían que se las
mantuviese tiesas a Madrid y los que le sugerían las
ventajas de la moderación.
En
la mañana del 12 de octubre pasé varias horas con el Presidente
electo y sus colaboradores. Macías se resistía a aceptar
los acuerdos
de transferencia, negociados por una delegación guineana en
Madrid días antes, en los que se regulaban una serie de
aspectos administrativos.
Entre ellos el futuro de las propiedades del Estado español
en la antigua colonia y el papel de las fuerzas españolas
que seguirían allí estacionadas. Insistía Macías en que esas
transferencias no
habían sido negociadas con él. Yo le respondía que se
trataba de papeles
ineludibles pero transitorios, en los cuales se decía claramente
que el futuro gobierno de la Guinea Ecuatorial y el de España
establecerían más tarde textos definitivos. La cosa se resolvió al
aceptar Macías
mi propuesta de introducir los papeles preparados en unas
solapas que los calificaban de "provisionales". Al
volver a nuestra residencia pude anunciar a Manuel
Fraga, quien representaba al Estado
español en los actos, que la dificultad se había superado.
Cuando quise contarle las incidencias de la negociación
me cortó de manera
tajante aunque cordial: sólo le importaba el resultado, por
el que me
felicitaba. Le dije también que habíamos tenido noticia de
un proyecto de discurso de Macías gravemente inamistoso,
aunque creíamos
que se inclinaría finalmente por un papel más aceptable.
Así fue.
Macías
me consultó algunas cosas en el largo rato que pasé con él
aquella mañana. Me enseñó un organigrama muy detallado,
al estilo
de López Rodó, de su futura administración en el que
figuraban
tantos ministros como en el Gobierno español y densas ramas
de
subsecretarías, direcciones generales, secretarías
generales técnicas e,
incluso, subdirecciones generales. Tuve que decirle que el
país nunca podría permitirse una administración tan
tupida. Idéntica densidad burocrática en España daría
un gabinete con varios millares de ministros. No se
mostró contento ya que buscaba convertir en burócratas
al mayor número posible de parientes tribales y de enemigos
potenciales. Asomó así
por vez primera un problema que al pasar las semanas
sería gravísimo.
Pidió
mi consejo sobre la conveniencia o no de ascender inmediatamente
a capitanes a los alféreces guineanos. No me resultaba fácil
contestarle porque alguno de ellos no andaba lejos. Unos
alféreces
procedían de Zaragoza, donde habían hecho los dos cursos
de la Academia General,
mientras otros eran antiguos suboficiales. La mayor
parte de estos estrategas incipientes no eran amigos políticos
suyos. Le dije que los
fuese promoviendo lentamente para que no se sintiesen
defraudados pero que tuviese en cuenta las consecuencias, en
países vecinos, de las apetencias de poder de los
militares. Este consejo mío
lo siguió, a diferencia de lo que hizo con otros. Sin duda
porque iba en el camino de su desconfianza congénita.
En
la tarde del mismo doce de octubre se proclamó la independencia
de la Guinea Ecuatorial en una ceremonia solemne y sin
incidentes.
Nos emocionamos tanto Fraga como yo al arriarse la bandera española.
Inmediatamente después presenté mis cartas credenciales y
le fue impuesta a Macías la Gran Cruz de Isabel la Católica.
Tenía
yo instrucciones del almirante Carrero de organizar en la Embajada
la imposición a Bonifacio Ondó, candidato derrotado y hasta
la víspera presidente del gobierno autónomo, de la Gran
Cruz del Mérito Civil. Era un gesto noble pero, conocida la
psicología maciana,
peligroso. Para limitar sus consecuencias negativas rogué
al ya
presidente de la República que asistiese al acto, lo que sólo
podía tener ventajas
para él: quedaba ante todos como un vencedor magnánimo
y callaba la boca de quienes pretendiesen sacar punta contra
Macías a la condecoración a Ondó. Aunque prometió ir, no
acudió.
Unos
días después me convocó Macías a la casa en que vivía
provisionalmente.
Tenía encima de la mesa una serie de cartas, de las que
me leyó párrafos, en lasque se denunciaban supuestas
conspiraciones, con
complicidades españolas algunas, para derrocarlo y poner
en su lugar a Bonifacio Ondó. Traté de persuadirlo de que
no hiciese caso de esas denuncias, venidas de personas que
trataban de ganarse
así su confianza. Necesitaba, eso sí, un buen servicio de información,
que Madrid le podría proporcionar.
Este
episodio me parece revelador de la personalidad enferma de
Francisco Macías. Era aguerrido pero miedoso, crédulo pero
receloso. La noche de la segunda vuelta de las elecciones
presidenciales la había pasado oculto en casa de un
comisario de policía español por miedo
a ser asesinado. Estas características, al acentuarse,
hicieron de él uno de los gobernantes más sanguinarios de
nuestro tiempo. Sanguinario por desconfiado.
En
una de las primeras visitas que le hice planteó el deseo de
disponer
a su antojo de las compañías de la Guardia Civil que seguían
estacionadas en Guinea.
No se fiaba de su propio ejército, la Guardia Nacional, que antes había sido llamada "Territorial" y antaño
"Colonial".
La Guardia Nacional tenía, junto a oficiales españoles, algunos
guineanos que eran de obediencia atanasiana. Le contesté que
las fuerzas españolas sólo podrían ser empleadas para las
funciones
previstas en los acuerdos de transferencia.(2)
Macías
trataba de copiar, excluido el paternalismo que no entraba en
su naturaleza, el autoritarismo y la arbitrariedad de los
antiguos gobernadores españoles. Eran sus modelos y sólo
les reprochaba su tez.
Cuando más adelante empezó a expulsar españoles con un plazo
de setenta y dos horas, respondió a mis protestas que si lo
habían
hecho los gobernadores españoles también lo podía hacer
él, Jefe
de un Estado independiente. Traté, pobre de mí, de
explicarle que
la independencia tenía, junto a sus grandezas, sus
servidumbres y
que los países miembros de las Naciones Unidas habían de
seguir las
normas del Derecho de Gentes. Música celestial para los
sordos oídos de Francisco Macías.
Llevaba
el mimetismo a todos los terrenos. Guardar las formas de los
colonizadores era más importante para él que ser fiel a
las costumbres africanas. Uno de los factores que lo
radicalizaron, tiempo antes
de la independencia, fue la imposibilidad de obtener la
anulación de su primer matrimonio, lo que le impidió
casarse por la iglesia
con su segunda mujer. Hubiese deseado una boda en la
catedral de Santa
Isabel con la novia de blanco y las autoridades coloniales de
uniforme. Este mimetismo le jugó una mala pasada en Bata, pocos
días después de la Independencia. Llevó tan lejos su afán
de seguir el precedente
colonial que, olvidándose de la nueva situación, terminó
una arenga con las frases rituales de adhesión inquebrantable
a "nuestro glorioso Caudillo", de las que tuvo que
desdecirse en cuanto regresó a la realidad.
No
toleraba compartir con nadie la herencia del poder colonial,
que
quería asumir solo. La embajada de España, como era lógico
e inevitable
en esa situación post-colonial, inspiraba un respeto especial,
que rayaba a veces con el servilismo. Los ministros
guineanos se ponían
de pie cuando entraba un guardia civil. Solía Macías, en
los primeros meses, visitar poblados de Fernando Póo. No me
invitaba a estas
excursiones, ni tenía por qué. Atanasio Ndongo, sin
consultar con
Macías, me dijo que fuese con él en su coche a una de esas
giras
por estar invitado también un alto funcionario del Departamento
de Estado de Washington.
Los
niños de las escuelas habían sido movilizados para que ovacionasen
al autócrata por el camino. Recuerdo que en contraste con el
calor ecuatorial cantaban, al tiempo que agitaban banderas
de papel
con los colores guineanos, cierta canción alusiva a una
casita en
Canadá. A lo utópico siguió lo anacrónico puesto que al
entrar en el poblado
pasamos bajo un enorme letrero, usado sin duda en ocasiones
anteriores, que daba la bienvenida ¡al Gobernador General! Eso
debió forzar a Macías a poner, como hizo después, las
cosas en su punto. El Presidente arengó a la población
desde el balcón principal del ayuntamiento. Después presentó a algunos de sus acompañantes
y finalmente a mí con unas palabras que voy a tratar de reconstruir:
"Os voy a presentar al embajador de España. Venga Vd. aquí,
don Juan. A este señor me lo ha mandado el gobierno de Madrid
para que se entienda conmigo. Como yo mandaré a otro señor a España para que se entienda con mi colega Franco. Pero no es
este blanco (señalándome con el pulgar de su mano
izquierda) quien
manda en Guinea. Quien manda aquí es un negro y ese negro (dándose cachetes en los carrillos) soy yo, Francisco Macías".
En
uno de mis viajes a Madrid fui recibido en audiencia en el Pardo.
Al contar a Franco que Macías lo llamaba "colega"
le entró una
risa convulsa que tardó algún tiempo en amainar.
Tuve
un primer problema personal con Macías. A quienes componían
el servicio doméstico de la Comisaría General se les había
dado la opción de pasar a la presidencia o a la embajada.
Aunque todos,
no queriendo servir a quien sirvió, preferían la Embajada
algunos se quedaron con el Presidente por temor a
represalias. Les seguimos
pagando durante algún tiempo pero tuve que anunciar a Macías
que más adelante tendría que pagarlos él. Al dolerse de la falta de generosidad
española entré en su lógica recelosa y le dije que si quería
personas de confianza en su servicio inmediato no debería tolerar que estuviesen a sueldo de un país extranjero.
El
hecho es que el personal que había quedado a nuestro
servicio empezó a ser
acusado por quienes habían continuado en Palacio de traicionar
a la Guinea Ecuatorial. Afectado por ello el mayordomo de la Embajada, cargado de copas una noche, trató de defenderse de estas
acusaciones en voz demasiado alta ante los centinelas del
palacio presidencial.
Fue inmediatamente encarcelado. Pedí a Macías, no como
representante de España sino a título personal, que
perdonase al pobre mayordomo, a quien conocía muy bien y con el que tenía vínculos
tribales. Yo esperaba una reacción humana y obtuve una reacción mimética. Levantando la voz me preguntó si Franco hubiese aceptado
que un servidor de la embajada de Guinea protestase a gritos
a altas horas de la noche a las puertas del Palacio del
Pardo. Se consideraba ofendido por mi gestión y destituyó
al jefe de Protocolo por haberme arreglado la audiencia. Sólo
logré que readmitiese a su colaborador,
porque el mayordomo siguió meses en el calabozo, donde le llevábamos la comida todos los días. Casi diez años después,
cuando lo daba por muerto, tuve la alegría de recibir carta
suya desde el
Camerún.
Visitaba
yo a Macías con mucha frecuencia. En una ocasión me dijo que
estaba informado de que el general Franco no recibía a los
embajadores,
lo que estaba pensando imitar. Tuve que decirle que cuando pedía
verlo no era por razones protocolarias sino para superar, en
beneficio de Guinea y de
España, los problemas que se presentaban.
Aconsejé
a Madrid que, puesto que había sido elegido el candidato
que no deseábamos -ni en la Presidencia ni en Exteriores-,
hiciésemos de tripas
corazón con los gestos necesarios para atenuar, en lo
posible, sus recelos. Pero hubo poco que hacer porque
prevalecía la idea
de que, obtenida la independencia, la Guinea había dejado de
ser un tema español.
Pero
Macías no era nuestro único problema en Guinea. Cada mañana,
en los cinco meses de mi misión, se planteaban varias cuestiones
insolubles. Y algunas, atípicas y triviales, que alcanzábamos
a resolver. Como la que contaré ahora antes de
entrar en materias cada vez
más graves y dramáticas. Tenía la Guardia Nacional su
principal acuartelamiento
cerca de la Embajada, lo que me forzaba a soportar los
estridentes ensayos de su banda. Una mañana creí oír los
compases imperiales de Haydn. Intrigado, mandé a uno de
mis compañeros para que averiguase las razones de tan
sorprendente opción musical. Volvió
con la explicación de que preparaban el himno nacional de los
Estados Unidos, para tocarlo en la presentación de
credenciales de su embajador. Mi intervención, que nadie por supuesto agradeció, impidió
que el enviado yanqui fuese recibido a los acordes del ¡Deutschland
über alies!
Quiero
recordar aquí la ayuda que tuve de mis colaboradores diplomáticos
Mariano Baselga, José Maeso y José Cuenca. Éramos una
familia unida por la intemperie. Familia a la que se unió
el agregado militar, Eduardo Alarcón, gran militar y
formidable amigo, el capitán
de fragata Molla, comandante de la "Descubierta",
así como los asesores españoles de la presidencia
guineana. Teníamos la cancillería en mi residencia donde también vivían, al final como en estado
de sitio, algunos de mis colaboradores.
Los
problemas estructurales del nuevo Estado eran inmensos. Su economía
sólo era viable mientras subsistiese el régimen proteccionista
que beneficiaba a colonizados y colonos a costa del erario español.
Para ello hubiese sido necesario contar con un presidente dispuesto
a mantener estos vínculos con España sin miedo a ser acusado
de dejar neocolonizar el país. Éste, evidentemente, no era
el caso
de Macías. La producción de madera en Río Muni debía ser
limitada
si se quería evitar que el bosque quedase definitivamente esquilmado.
La producción de cacao sólo era posible con mano de obra
extranjera y la presencia de unos treinta mil braceros
nigerianos en
Fernando Póo, la mayor parte de origen ibo, planteaba un
grave problema político en plena guerra de Biafra.
Siendo
malas las perspectivas económicas a largo plazo, a corto plazo
eran dramáticas. En la misma mañana del día de la Independencia
había quedado ya claro, -lo vimos- el propósito de Macías
de inflar la burocracia estatal. Así se hizo y el primer
presupuesto
se anunciaba con un agujero de quinientos millones de pesetas.
Se creían los gobernantes guineanos con derecho a exigir a España
esta cantidad, y aún mucho más, por la supuesta existencia
de
un "tesoro guineano" depositado en Madrid del que
se sentían herederos. Y de ello me hacían responsable
personalmente. El ocho de
diciembre, dos meses después de la Independencia, aseguró Macías
en un discurso que si España no le ayudaba a resolver los problemas
económicos del país "echaría al embajador".
Mi
ministro Castiella, cuando le expliqué la gravedad de los
problemas
presupuestarios de Guinea, habló con su colega de Hacienda,
Juan José Espinosa, al que fui a ver. No era fácil mi
gestión
porque uno de los argumentos empleados a favor de la independencia
de Guinea era que con ella se reducirían los gastos que nos
producía la colonia. Y lo que yo pedía era que estos
gastos aumentasen.
Espinosa comprendió la importancia política del asunto y
me ayudó muchísimo. Una misión del ministerio de la calle
de Alcalá
vino a Guinea, donde los funcionarios españoles de Hacienda
habían
preparado muy bien sus papeles. Venía esta misión apoyada
por una carta de Franco a Macías en la que le prometía la
ayuda del Gobierno español para superar esta primera crujía
económica. Yo mismo, que nunca he sido capaz de llevar mis
propias cuentas, contribuí
a la redacción de un proyecto de presupuesto para la Guinea
Ecuatorial.
Nuestra idea, basada en la diferencia que establecía la Constitución
guineana entre gastos ordinarios y gastos de ayuda y colaboración,
consistía en que la aportación española se dedicase a los
capítulos de educación, sanidad e infraestructuras,
mientras los gastos "burocráticos" se afrontarían
con los ingresos fiscales guineanos. Pero el déspota
quería que pusiésemos los quinientos millones encima
de su mesa para dedicarlos a los gastos improductivos que le
viniesen
en gana. Nuestra deseo de que el presupuesto beneficiase a los
más necesitados y contribuyese al desarrollo del país lo
consideraba
rechazable intromisión neo-colonialista.
Buscó
también Macías otras fuentes financieras. Pretendió, con amenazas,
provocar la munificencia de los finqueros. Cayó después en
una extraña combinación que encajaba en el mundo de la
picaresca. Unos españoles, aspirantes a caballeros de
industria, le hicieron
creer qué podía constituirse un "Banco de
Guinea" con respaldo privado
internacional. Querían que los fondos españoles de ayuda garantizasen
la claramente oscura operación. Ya he contado cómo Macías
podía ser, junto a desconfiado, candorosamente crédulo.
Hice lo
posible por ponerlo en guardia y le dije que con la aventura
bancaria
que le proponían no se trataba únicamente de dañar a España,
sino también de engañarlo a él. Le insistí en la buena
voluntad del Gobierno
español para ayudar al guineano a superar el bache económico.
Pero los promotores del "Banco de Guinea" se
encargaron, tarea no demasiado difícil, de alentar el
recelo del autócrata hacia el embajador
de España.(3)
No
era éste, con ser gravísimo, el único problema con que
tenía que
enfrentarme. Enumeraré otros.
En
julio de 1968 había quedado instalada en Santa Isabel una emisora
de televisión que fue, llegada la independencia, causa de constantes
complicaciones. Recibía yo muy frecuentes llamadas de ministros
que se quejaban de que se les dedicase menos tiempo en los
telediarios que a sus colegas. El ministro de Asuntos
Exteriores protestó
por un supuesto prejuicio a favor de los palestinos en los comentarios
internacionales. (Supimos después que la delegación guineana
ante las Naciones Unidas recibía fondos israelíes). Para
acabar
con estas reclamaciones propuse que el gobierno de Santa
Isabel nombrase un director guineano responsable de los
telediarios. Como era de
temer no se pusieron de acuerdo entre ellos sobre la persona
adecuada. Después
de mi marcha hubo una ocasión en que el personal
español de la televisión fue llevado ante un pelotón de
ejecución que no llegó
a cumplir su cometido: se trataba de una macabra advertencia.
La obsesión por los contenidos políticos de la información
televisada es universal pero en el caso guineano fue,
ciertamente, extremada.
El
aeropuerto de Santa Isabel nos trajo muy incómodas complicaciones.
El ministro de Obras Públicas guineano, antiguo empleado del
aeropuerto, había almacenado resentimientos de los que quería
desquitarse.
Hizo la vida imposible a los españoles encargados de la buena marcha técnica del campo. Estas constantes interferencias ponían
en riesgo su funcionamiento. Los funcionarios españoles sólo
querían garantizar la seguridad de los aterrizajes y
despegues, lo que el
ministro interpretaba como afán neo-colonialista.
Hubo
gravísimas dificultades con la sanidad. Los médicos guineanos
querían dirigirla desde Santa Isabel y Bata y dejar a los
facultativos
españoles, en el bosque. Tuvieron que actuar nuestros compatriotas
en condiciones muy precarias y en un clima de coacción insostenible.
Macías dijo más tarde, para justificar la expulsión de nuestros
doctores, que los médicos eran innecesarios ya que cuando actuaban
los hechiceros también se moría la gente. Afirmación,
como tal, poco
controvertible.
En
muchos de estos problemas había, sin duda, cierto grado de responsabilidad
española. Los funcionarios que habían vivido la etapa
colonial debían haber sido cambiados. Mis esfuerzos por
conseguirlo pincharon en hueso. En muchos departamentos el
escribiente pasaba a
ser ministro y ocupaba la casa y el coche del director español,
que quedaba a sus órdenes. Pude lograr, para aminorar los daños,
que fuesen enviados de Madrid, para asesorar al presidente Macías,
dos personas de valía excepcional: el magistrado Rafael Mendizábal
y el abogado del Estado Félix Benítez de Lugo. A pesar de
su inteligencia, su competencia y su buena voluntad fueron
totalmente
marginados y su influencia sólo se reflejó en la excelente
redacción de las
disposiciones legislativas y administrativas. Cuando se
hubieron ido, sus discípulos llegaron a absurdos tan
divertidos como el
decreto que, en muy correcta prosa administrativa, declaraba fuera de la ley el confusionismo en el territorio de la República de
Guinea
Ecuatorial.
Hubo
una cicatería inicial por parte española que estimuló los
enfermizos
recelos de Macías. No hablo ahora del grave conflicto
presupuestario sino de algunos gestos simbólicos que
hubiesen indicado a Macías
que no era malquisto por Madrid. Pensaba yo en Francia, que
halagaba (en casos como el del Emperador Bokassa hasta
el absurdo) a los gobernantes de sus antiguas colonias con atenciones y privilegios. El precio del automóvil que se proporcionó a
Macías fue descontado de los fondos de ayuda. No se cedió
a los guineanos una casa
en Madrid para instalar su embajada lo que, aparte
del resentimiento consiguiente, hizo gravitar excesivamente
la carga de
nuestras complejas y difíciles relaciones sobre la
representación
española en Santa Isabel, Y, por supuesto, no se produjo
invitación alguna al Presidente para visitar en España a
su "colega". Todo esto
era difícil de obtener de un gobierno gravemente escindido
en el que Castiella había perdido fuerza y sólo se
mantenía por la resistencia
del Jefe del Estado a los cambios ministeriales.
Las
cosas no hubiesen tenido probablemente remedio, porque la
personalidad de Macías se fue degradando con el poder. Sekú
Turé, Mobutu, Idi Amin, Bokassa, una serie de personalidades frenéticas que
en África se han impuesto por su mayor determinación,
responden a una tipología especial. Vi años después una
película documental
sobre Idi Amin en la que el déspota ugandés ostenta un
gesto benévolo
detrás del cual empieza a crecer la furia: la sonrisa sigue
en los labios cuando la ira ya está en los ojos. Me impresionó esta escena
porque en Macías había observado reacciones idénticas.
Estas consideraciones podrían parecer contagiadas de
racismo si no tuviésemos
presente que uno de los países más civilizados de
Occidente se dejó también arrastrar por la furia
criminal de un paranoico.
Los
países que han sido colonizados nunca tienen una relación
natural con la antigua metrópoli. Tienden a hacerla
responsable de todo
y si solicitan a veces su intervención protectora rechazan
otras cualquier gesto de
apoyo. En una ocasión acompañé a un grupo oficial
guineano, a cuyo frente estaban el vicepresidente de la República
y el ministró de Asuntos Exteriores, a visitar al general Alonso
Vega, ministro de la Gobernación. Don Camilo, que ya estaba
viejo, dijo,
dirigiéndose a mí, lo siguiente: "Mire usted,
embajador. De estos
señores de Guinea habrá uno que toque el violón, otro el
violín y otro el trombón. Pero alguien debe llevar la
batuta y ése es usted".
Preocupado por el efecto de estas palabras traté de
explicárselas
a la salida a mis amigos guineanos como muestra del gran
interés del general por
su país. Vi que mi aclaración era innecesaria: estaban
encantados con la visita y con lo que habían oído. Semanas
más tarde un
gobernante guineano, que no había estado en la visita a
don Camilo Alonso, me sorprendió al proponerme que reuniese
a los ministros de
cuando en cuando, en consejillos informales para darles orientaciones. Me imagino la reacción, en este caso justificada, de
Macías si yo hubiese tenido la temeridad de invadir así
sus competencias.
Una
cuestión internacional con la que tuvo que enfrentarse la nueva
república, fue la guerra de secesión de Biafra. en la que,
no sin
lógica, tomaron partido por Lagos. Esto les llevó a
interrumpir los vuelos
humanitarios a Biafra que, con anuencia española, llevaba a
cabo
la Cruz Roja desde Santa Isabel. Lo que no dejaba de tener
un cierto carácter
explosivo cuando la mayor parte de los braceros nigerianos
en Fernando Póo eran de etnias vinculadas a la secesión
biafreña. Estos braceros, además, encontraban dificultades
para seguir transfiriendo
sus ahorros a Nigeria. Había también en Santa Isabel un número
pequeño, pero influyente, de comerciantes hausas identificados
con la unidad de Nigeria.
En
enero de 1969 me informó el ministro de Asuntos Exteriores,
Atanasio
Ndongo, de que pensaba asistir a la toma de posesión del Presidente
Nixon en Washington. Comenté que me parecía de perlas pero que debía tener en cuenta que a esos actos no iban jamás delegaciones
extranjeras por lo que podría encontrar dificultades o
desaires. El
protocolo norteamericano se las arregló para que no fuese
así y Atanasio
volvió encantado. Mis relaciones con Atanasio Ndongo pasaron
por algún momento difícil. Aunque yo tratase de tenerlo
siempre al corriente, le irritaba que negociase las
dificultades, cada vez
más frecuentes, directamente con Macías. Dado el poder
personal que había
asumido Macías y su hostilidad hacia Ndongo era la única
manera de intentar conseguir algo. En una de mis visitas a Atanasio
lo encontré extrañamente distante. Me dio la impresión de
que conocía una
comunicación mía a Madrid que hablaba de él. Supe
después que un colaborador español de Ndongo había
visitado a un
funcionario menor de la dirección general de África en la
Cárcel de Corte,
quien se había ausentado unos minutos dejando sobre su mesa
una carta mía con comentarios sobre la personalidad
compleja del ministro guineano y su adicción a los
estupefacientes.
Las
perspectivas para los españoles en Guinea eran cada vez más
inciertas.
Es comprensible que arreciasen sus críticas contra el embajador
como representante de un gobierno por el que se creían abandonados.
Recibí cartas anónimas. En una de ellas un estimable
compatriota
me calificaba, entre otras lindezas, de "eunuco".
No es imposible
que fuese la misma persona que al estallar la crisis de
febrero me
acusó de haber puesto en peligro a los españoles "por
defender un
trapo".
Ya
he contado cómo Macías empezó a expulsar españoles, al estilo
colonial, sin motivo alguno. En algunos casos a los funcionarios
que pensaba podían estorbar la tristemente pintoresca operación
del "Banco de Guinea". Lo más grave fue la
aplicación de una nueva figura: la expulsión con retención. Se impedía en efecto al
funcionario expulso salir de Guinea sin un permiso especial,
que se retrasaba indefinidamente. Con todos los españoles
como rehenes potenciales
estábamos al borde de la crisis, de la que paso a hablar con
detalle.
Durante
los cuatro primeros meses el Presidente Macías había
regateado su presencia en el Continente, sintiéndose más
seguro en Santa
Isabel. Pero se fueron dando circunstancias que lo obligaron
a modificar esta actitud.
En
Fernando Póo le intimidaba el descontento de los braceros
nigerianos, el sector más numeroso de la población. En Río
Muni, según
le habían dicho, su ausencia estimulaba una agitación que podía
volverse contra él si no se ponía a su frente. La
popularidad de
Ondó, además, seguía siendo grande en sus antiguos
feudos. Este problema, como tantos otros, acabaría resolviéndolo mediante el asesinato,
tras la entrega de Ondó por el Camerún.
Los
partidarios de Atanasio Ndongo se sentían perjudicados por
el reparto de sinecuras en la coalición gubernamental y
unos pocos oficiales
guineanos de la Guardia Nacional esperaban el momento de alzarse.
El partido llamado "Idea Popular de la Guinea
Ecuatorial"
seguía
fiel a Clemente Ateba y a sus viejos proyectos de federación
con el Camerún. Este grupo, el más compacto y fanático,
azuzaba a unas llamadas "Juventudes¡ Guineanas"
constituidas por partidas de desempleados
entregadas al pequeño bandolerismo y responsables de
agresiones cada vez más frecuentes y graves contra súbditos
españoles.
Cuando planteé a Macías en Santa Isabel la necesidad de cortar
estos desmanes, me contestó que carecía de control sobre Río
Muni.
.
El
13 de febrero de 1968 salió Macías de Santa Isabel para
emprender su tercer viaje a Río Muni desde la
Independencia. Apenas
llegado a Bata pronunció un discurso, al liberar a unos presos,
lleno de amenazas para todos los españoles y ofensivo para nuestros
oficiales de la Guardia Nacional, a los que insultó ante
los nativos.
Había decidido, en efecto, encabezar la demagogia
antiespañola.
Emprendió una gira por e