EL HORIZONTE
DE LA DESCOLONIZACIÓN
"Una cuestión que desempeñó un papel de gran
importancia en la política española de los años sesenta,
mucho mayor de la que se suele pensar, atendiendo a la
carencia de monografías a ella dedicadas, fue la
descolonización. A Carrero le llevaban a enfrentarse con
ella dos realidades, biográfica la una y administrativa la
otra. En el primer capítulo de este libro hemos podido
comprobar cómo la vida profesional de marino de nuestro
biografiado le había puesto en contacto no sólo con
Marruecos sino también con Guinea.
Las posesiones coloniales estaban unidas tan
estrechamente al Ejército español de la época que se puede
decir que entre los estamentos militares y los civiles había
una óptica no sólo distinta sino incluso por completo ajena.
Pero, además, se daba otra circunstancia que contribuía a
reavivar esta vinculación: de Carrero, como ministro
subsecretario de Presidencia (y diez años antes como
subsecretario) dependió desde 1941 la Dirección General que
llevaba la administración civil de las colonias españolas y
que fue desempeñada por el general José Díaz de Villegas, lo
que ratifica cuanto acabamos de afirmar. Este tenía una
visión paternalista y poco propicia a la independencia
respecto de los que denominaba como «los morenos» y su
superior no estaba muy lejano a ella.
No tenemos noticias acerca de lo que supuso
para Carrero la independencia de Marruecos, aunque es muy
posible que para él constituyera, como fue el caso de la
mayor parte de los militares españoles de la época, una
amargura. En cambio, tenemos alguna noticia de su opinión
respecto de una de las posesiones que le quedaron a España
partiendo, además, de unos planteamientos de carácter
general que permiten reconstruir su posición ante el proceso
descolonizador. Para conocerlos debemos remontarnos a
finales de la década de los cincuenta, en concreto a 1957,
cuando todavía faltaban cuatro años para que las tropas
españolas abandonaran de manera definitiva Marruecos43.
Eran los momentos en que Mauritania era
todavía una colonia francesa mientras que en el Marruecos
recién independizado había organizaciones militares que, con
mayor o menor tolerancia del nuevo Estado, practicaban una
guerrilla de liberación cuyos resultados, aunque no
afectaran a los españoles, no podían menos de inquietar a
sus autoridades; no tardaría en producirse una agresión a
Ifni que se convirtió en una auténtica guerra con muchas
bajas. Pues bien, en estas circunstancias Carrero escribió
al responsable español en el Sahara dándole unas
instrucciones de las que nos interesa el hecho de que
revelan su posición de fondo sobre esta cuestión. En primer
lugar hacía un juicio crítico retrospectivo acerca de lo
ocurrido en Marruecos que nos interesa porque revela una
seria reticencia respecto de la independencia de cualquier
colonia: «Allí —aseguraba— se dieron demasiadas facilidades
a los partidos políticos que querían la independencia [...]
y, aunque en cierto modo no hubo otro remedio a causa de los
anteriores errores de Francia con el Sultán, lo cierto fue
que tiramos piedras contra nuestro propio tejado porque la
independencia del Marruecos francés trajo como consecuencia
inmediata la del Marruecos español». Eso presuponía la
condena radical de la política de que había sido
protagonista e inspirador el alto comisario García Valiño.
Por esa razón, las partidas guerrilleras,
aunque fueran adversarias de Francia y no de España, no
debían ser ayudadas pero, sobre todo, también debido a otro
motivo que derivaba del juicio que el ministro subsecretario
hacía de la descolonización en general: «Todos los Ejércitos
de Liberación que han venido actuando en el norte de África
son instrumentos de la URSS mediante los cuales viene
persiguiendo (y a fe que lo ha conseguido) crear
dificultades a los occidentales en África». En consecuencia,
a los indígenas de la zona española debía decírseles que
aquéllos estaban formados por «unos malos musulmanes que
sirven a Rusia, que es enemiga de Dios y que son traidores
al Sultán y, en general, a los musulmanes». Por otra parte,
respecto del Sahara español tenía una idea muy clara y
firme: esa zona «no fue jamás dominada por el imperio
marroquí» y «es tan territorio español como la provincia de
Cuenca». Añadamos que lo que sabemos acerca de la posición
de Franco hace pensar en una coincidencia sustancial con él,
porque en pleno Consejo de Ministros, ya en los años
setenta, repitió que el Sahara no había sido marroquí y que
«no se empezara a repartir la tarta». En Franco, sin
embargo, hubo, siempre y en todo, mayor ductilidad en la
expresión de sus posturas.
Ya en los sesenta Marruecos siguió causando a
los dirigentes españoles quebraderos de cabeza. Hubo una
intervención especialmente dura de Franco en el verano de
1961 que recoge el acta del Consejo de Ministros
correspondiente: «Habla también (el Jefe del Estado) de la
actitud antiespañola de la prensa gubernamental de
Marruecos. Parece ser que el Gobierno marroquí conspira para
crear dificultades a España. Se acuerda prevenir a las
naciones (Estados Unidos... etc.) y a la ONU que si hay
alguna agresión responderemos violentamente y ya será la
guerra con todas sus consecuencias.»
44
La indudable simpatía sentida por Franco hacia De
Gaulle no derivaba tan sólo de su condición de militar sino
de político de derechas, y de que de él se pensaba que
mantendría a Argelia como posesión francesa. Las
intervenciones del Jefe del Estado en los consejos de
ministros testimonian también un juicio muy negativo acerca
de la ONU en cuestiones relativas a la descolonización, como
las de Goa y Katanga.
A esa resistencia de fondo de Carrero a
aceptar la descolonización hay que sumar una actitud
paternalista que partía de la consideración muy positiva de
la presencia española en África, que él había comprobado con
sus propios ojos. A fines de 1961 visitó Guinea y, meses
después, presentó un informe al Consejo de Ministros en el
que, aparte de hacer mención a esa realidad, no dio la
sensación de que fuera necesaria ninguna medida de carácter
político45. Su texto partía de una visión de
África como un conjunto de estados libres «que han entrado
en su independencia prematuramente» por la doble influencia
del anticolonialismo ruso y norteamericano y por la acción
de sus «escasos intelectuales negros» que «fueron captados
en su mayor parte durante el período de estudios por los
partidos comunistas de Europa». A este peligro había que
añadir la presencia de supuestos pesqueros soviéticos que,
en realidad, tenían una función subversiva muy peligrosa.
El único problema de Guinea, para Carrero,
era el contexto africano y no la situación en ella
existente. «La población indígena española», decía, «se
muestra contenta y vive tranquila; está bien tratada y
protegida por las autoridades y tiene conciencia de que su
nivel de vida es superior al de cualquier otra región
africana», pero resultaba posible que fuera pronto la única
zona en que se mantuviera la dependencia de los países
europeos, por lo que cabía esperar una ofensiva en favor de
la independencia. Lo que Carrero propuso fue que se evitara
traer braceros exclusivamente de Nigeria y que se
incrementara, aunque en términos modestos, la presencia
militar en la zona con el envío, por ejemplo, de una fragata
más. Como ya se ha señalado, el ministro subsecretario no
preveía ninguna medida de carácter autonómico. Esta, sin
embargo, acabó imponiéndose como una necesidad y en el
verano de 1964 quedó aprobada una Ley de Bases de Régimen
Autónomo para Guinea. A mediados de los años sesenta se
establecieron, también, los primeros acuerdos con Marruecos
en relación con las explotaciones de fosfatos del Sahara. En
octubre de 1966, Carrero, que en mayo anterior había
visitado la zona, donde había asegurado que «si vuestra
voluntad es continuar la secular unión con España, ésta no
os abandonará jamás», presentó ante el Consejo de Ministros
los resultados de una consulta popular celebrada allí. De
acuerdo con ella, el 88 por ciento de los varones saharauis
mayores de edad habían optado por permanecer unidos a España46.
Por lo que acaba de indicarse se puede apreciar que con
lentitud se había ido abriendo en Carrero la idea de que una
cierta autonomía o, al menos, una consideración del voto de
los indígenas resultaba necesaria, pero, sin duda, quería
que la presencia española se mantuviera el mayor tiempo
posible y que la independencia (que debía considerar
inevitable en Guinea e inaceptable en el Sahara) estuviera
apadrinada y conducida por la antigua metrópoli.
Pero ya en estos momentos en sus propósitos
se había cruzado la decisión de Castiella de convertir la
reivindicación gibraltareña en eje absorbente de la política
exterior española. Eso a Carrero siempre le pareció
excesivo, pero, sobre todo, el ministro de Exteriores acabó
por resultarle (a él, que sin duda había contribuido a
nombrarlo) un obseso y, lo que es peor, un pesado. Hay un
acta de Consejo de Ministros que lo revela y es la única que
contiene algo parecido a un juicio personal de todas las
redactadas por Carrero, habitualmente escuetas y frías.
Aquel día, después de la intervención de Franco, que habló
sobre Gibraltar, Castiella empleó la mayor parte de la
mañana insistiendo sobre la misma cuestión hasta la hora de
comer. Cuando se reanudó la sesión, pasadas las cinco,
volvió a tomar la palabra y Carrero escribió: «¡Sigue
Asuntos Exteriores!»47 El ministro subsecretario
no tenía en cuenta, sin embargo, que a estas alturas, con
independencia de que Exteriores hiciera una política que,
por considerar a Gibraltar como una colonia, necesitaba del
apoyo de los países del Tercer Mundo, en la ONU la
resistencia a la descolonización resultaba ya impresentable.
Comoquiera que sea, la divergencia entre
Exteriores y Presidencia no hizo sino agudizarse con el
transcurso del tiempo y resultó profundamente disfuncional.
Las propias actas del Consejo de Ministros revelan los
distintos ritmos que seguían ambos departamentos
ministeriales. Cuando el acta se redactó siguiendo la
propuesta de Exteriores quedó previsto que se celebrara una
conferencia constitucional guineana a comienzos de 1967,
pero luego se retrasó y sólo en abril de 1968 concluyó de
manera definitiva48. Entonces llevó la batuta
Presidencia, y una buena prueba del interés que Carrero tuvo
en estas cuestiones es el hecho de que sea la única relativa
a su directa competencia que figura mencionada en su agenda
de trabajo de estos momentos. A lo largo de abril y mayo de
1968 mantuvo repetidas conversaciones con los dirigentes
políticos guineanos, en presencia o no del general Díaz de
Villegas. La impresión que tuvo fue positiva: «Creo
—escribió— que he conseguido ponerlos de acuerdo. Si éste es
efectivo podrá salvarse el porvenir de Guinea.» La frase es
significativa porque testimonia que consideraba problemático
el futuro, pero creía haberlo garantizado. Revela, además,
la dificultad de mantener en una misma unidad política a
Fernando Poo y Río Muni.
Sin embargo, la decepción vino pronto y,
además, en la fase final estallaron las divergencias
definitivas entre Castiella y Carrero. El primero aceleró el
ritmo comprometiéndose a una fecha para la independencia
durante 1968 mientras que el segundo quería dilatarla. El
reproche que el ya vicepresidente le hacía al ministro de
Exteriores fue que ponía en peligro la paz y la prosperidad
conseguida en los treinta últimos años. Al final, Guinea fue
independiente, pero entró pronto en una situación caótica
que supuso la ruptura con España y la caída en una dictadura
sangrienta. En marzo de 1969 el Consejo de Ministros mantuvo
una sesión tan movida sobre Guinea que el propio borrador de
las actas, confuso y lleno de tachaduras, revela las
discrepancias. Se decidía mantener la cooperación y la no
intervención con la Guinea independiente, pero también se
recomendaba el abandono del país por parte de los nacionales49.
Este debió ser, sin duda, un motivo de
irritación para Carrero que explica su actitud airada con
Castiella. Sin embargo no cabe olvidar que él también pudo
ser responsable de una parte de lo sucedido porque su
desconfianza en la ONU y, sobre todo, el hecho de no haber
contribuido a preparar a los dirigentes del nuevo país para
la independencia fueron factores muy negativos. Es cierto,
de todos modos, que la evolución de los países africanos
independientes no ofrece tantos ejemplos optimistas, por lo
que también cabe pensar que, fuera cual fuera la política
que se hubiera seguido, el destino del país, por desgracia,
hubiera podido ser el mismo. De cualquier modo, no parece
existir la más remota justificación a las afirmaciones de
que Carrero tuvo negocios personales en Guinea".
43
Carrero, 21-111-1957, PG, SMS, legajo 40, ns
4.
44
PG, CM, SG, BA, caja 081, ne 51.2,
correspondiente al ll-VIII-1961.
Conviene recordar, de nuevo, que Carrero era el redactor en
el acta de
lo que Franco decía.
45
Informe sobre la
situación de la Región Ecuatorial,
2Q-III-1962, en PG,
CM, SG, legajo Reservado.
46
PG, CM, SG, BA, caja 825, acta 21/66,
correspondiente al 28-X-1966.
47
PG, CM, SG, BA, caja 825, acta 12/66, correspondiente al
27-V-
1966.
48 Véanse las diferentes decisiones sobre el
particular en PG, CM, SG,
BA, caja 825, acta 24/66; caja 826, acta 18/67; caja 827,
acta 7/68.
49
PG, CM, SG, BA, caja 828, acta 5/69, c
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