HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 LOS ERRORES POLÍTICOS DE ATANASIO (*)

 

A) Su casamiento con Marta Moumié.

Cuando empiezo este capítulo en el que, como «atanasista» que fui por pura convicción, deseo criticar la actuación política de ese gran hombre de estado que fue el Secretario General del «MONALIGE» me sangra el cora­zón. Nunca creí que vería fisuras y más que fisuras esas grandes grietas en su obra política. Y, a pesar de ello, seguiré admirándole, no ya por lo que pudo haber hecho -que nunca se sabe-, sino por lo que de bueno hizo por Guinea.

Desgraciadamente, los políticos no son los humanos que no se equivocan; al contrario, se da la paradoja de que a veces pocos humanos son tan torpes como los políticos. Son los que piensan por los demás, por el pueblo; disponen de las vidas y haciendas ajenas; se creen eternos; son los sabios, los que todo lo hacen bien; se hacen dioses; fundan credos; hacen tabla rasa dé todo lo que no les conviene o no les gusta; los demás, los gusanos de los administrados, no saben nada, no pueden hacer nada. Se dirigen al pueblo cuando le piden su confianza, su poder, y una vez obtenidas estas dos cosas, el pueblo ya no cuenta; para los políticos, el pueblo es su patrimonio. Claro que esa camisa no sienta a Maclas o a Idi Amín lo mismo que a un lord inglés.

El político no es consciente de que sus errores arrastran a los pueblos; él mismo podrá morir y se le llorará, lo malo es que muera o llore todo el pueblo.

Por eso el político debe estar en condiciones de derrochar ingenio, vi­sión de futuro y caminar con pies de plomo, aunque piense con la celeridad del rayo.

 

El compañero Ndong lo hizo todo bien, tan bien, que se sintió autosuficiente y por eso no consultaba. Y cuando lo hacía, no sé si por falsa modestia, no escuchaba; y si escuchaba, no atendía. Es como si cumpliera con un trámite inútil y molesto.

La autosuficiencia es el peor pecado de un político. Le llevará a rodearse de individuos que no le discuten nada; al contrario, que le asienten todo por complacerle y obtener su favor.

A lo largo de sus quince años de exilio, Atanasio acumuló todos los conocimientos políticos. Tuvo tan sólida formación política que dudo que haya en Guinea y a corto plazo otro político de su talla.

Pero una larga ausencia desconecta a cualquiera de la realidad, y ya no sólo del país que se ha dejado concretamente, sino de todas las circunstancias generales que envuelven a la nación.

Guinea Ecuatorial por su situación, su población y su propia independencia, está condicionada por la Historia a estar en buenas relaciones y entenderse plenamente con Camerún, Gabón, Nigeria y Sao Tomé.

 

Quizá no se gane gran cosa por esas amistades, pero se perdería mucho sin ellas. Haciendo fronteras con Guinea Ecuatorial tenemos a Camerún, uno de los países más difíciles de África, por su composición y diversidad pero uno de los países más maduros, políticamente hablando, quizá el más estable y equilibrado.

El Presidente del Camerún, Ahidjo, ha sabido conjugar, como quizá no lo hubiera hecho ningún intelectual, y él no lo es, la inmensa variedad de un país que es conocido, con razón, por su fauna, clima, composición geográfica y étnica como una mini África, para obtener un país que, si se prefiere, puede clasificarse como económicamente desarrollado, aunque está en vías de desarrollo; pero no obstante ello, muchos quisieran estar social, política y culturalmente como el Camerún.

Y es curioso, me he convencido de ello cada vez más, tomando a Camerún como ejemplo, que la libertad conquistada es la que más se valora. Como el dinero ganado con el propio esfuerzo y no por regalo o lotería.

¿Hubiera sido mejor que España no nos sirviese la independencia en bandeja?

¿Nos hubiera arrebatado Macías la libertad tan fácilmente, si hubiéramos tenido que luchar por ella allí en nuestro lugar, entre el Ntem, Kié y Wele, en la falda del Pico de Santa Isabel, en la ribera del Mitemele, en la selva toda?

 

Todo lo que Camerún tiene hoy de ecuanimidad y equilibrio político, lo obtuvo sudando sangre.

 

Primero combatió a los alemanes, tras montar el macabro número de Ambam, cosa típica de ellos, donde en un día ahorcaron a nueve jefes de tribu; atacó a Francia, estando el Camerún con carácter de fideicomiso de la Sociedad de las Naciones bajo la administración francesa; después, alcanzada la independencia, sofocó una belicosa oposición de U.P.C. -Unión de Pueblos Camerunenses- y que encabezaba Moumié, Um Nyobe, Ouan-dié y Mayim Matip entre otros.

 

Ahora, vencida esta pesadilla, Camerún respira aire de alivio. Es un país que ha ganado a pulso el respeto del mundo.

 

Aunque sigue el régimen genético africano de partido único, hay que reconocer que el existente, llamado U.N.C., no es un partido creado desde arriba; fueron las bases de muchas fuerzas políticas las que quisieron unir, sus esfuerzos bajo una línea única.

Y aún así es el único país africano en que se habla de oposición y se practica la autocrítica y discusión en el seno del partido.

Ahidjo es hoy respetado y venerado por el pueblo, por lo bien que lo ha hecho en medio de tantas dificultades.

 

No entro en problemas internos, como en el último sonado proceso de Yaundé en que fue condenado a muerte Monseñor Alberto Ndongmo, por haber propiciado un golpe de estado contra Ahidjo.

 

Hoy, Monseñor Ndongmo está libre, mientras que Monseñor Nzé Abui, Obispo de Bata, fue expulsado de Guinea, y ahora se encuentra exiliado, sólo porque tenía un parentesco con Atanasio Ndong.

 

¡Qué diferencia tan abismal! Y hay que preguntarse: ¿De quién toma ejemplo Macías?

 

Como se sabe, el líder marxista camerunés Félix-Roland Moumié, murió según rumores, envenenado por el médico de cabecera en Suiza, creo que al principio de la década de los sesenta; su cuerpo, embalsamado, está hoy en Conakry en espera de que se autorice su entrada en Camerún para ser enterrado en su país.

 

Moumié, con otros líderes «basa» -su grupo étnico-, así como algunos «bamiliké» -otra etnia poderosa del país-, encabezaba la belicosa oposi­ción que tuvo primero el Gobierno de Mbida, luego, y de forma alarmante, el de Ahidjo, y tan importante fue esa oposición, que se temió por la viabilidad de la independencia camerunesa.

El General de Gaulle echó un cable a Ahidjo enviando a paracaidistas franceses de la base de Brazzaville sobre Edea, ciudad industrial camerunesa, que los «maquisards» o guerrilleros habían convertido en la base de sus operaciones. En esta acción cayó Um Yobe con la tapa de los sesos volada.

Moumié estaba casado con Marta Moumié, una de las mujeres con mayores dotes políticas que he conocido. Marta dominaba el juego dé la política camerunesa tanto como su marido.

Por sus actividades políticas, y por la posibilidad que tenia de agrupar a los grupos étnicos que seguían a su marido para continuar la lucha, pues tiene esa capacidad rara en una mujer, Marta fue condenada a muerte en rebeldía en un proceso que tuvo lugar en Yaounde. Marta se encontraba exiliada entonces en Conakry, donde custodiaba el cadáver embalsamado de su marido. Fue allí, en dicha población de Conakry, capital de Guinea, la ex-Guinea francesa, o en un congreso que tuvo lugar en El Cairo, donde ella y Atanasio se conocieron.

Ndong era un político con mucho futuro en Guinea, conocía perfecta­mente la ineludible necesidad de entendernos con Camerún y mantener buenas relaciones, y no obstante esto, no tuvo reparo en tomar por esposa a Marta Moumié, viuda del más temido y odiado adversario político de Ahidjo, Presidente de Camerún.

Se podrá decir que esto del matrimonio es un asunto privado, una cuestión personal, un derecho que no se le podía negar. Eso es cierto, in­discutiblemente. Pero no hay que olvidar que la vida privada de un político, al ser un hombre público tiene repercusiones también públicas. Y por tanto, no caben ligerezas en ella. Y esto es especialmente significativo en África donde por especial idiosincrasia predomina la persona del líder sobre su programa político, el sentimiento de tribu sobre el de Nación.  

Tratándose Camerún y Guinea de países limítrofes, y no solamente países con frontera común, sino con relaciones comerciales intensas, con grandes vinculaciones entre sus respectivos habitantes, al ser gentes de un mismo origen, arbitrariamente separados por una Europa colonialista, cualquier acción que pueda afectar las relaciones de los dos Estados debe ser sopesada.

Por tanto, las relaciones entre Guinea y Camerún habían de ser necesariamente frecuentes, y las actuaciones de Atanasio Ndong, como político, lo mismo Presidente, que ministro o embajador, hubieran creado dificultades por su matrimonio con Marta Moumié.

 

¿Se sentaría alguien del Gobierno camerunés a la mesa de una condenada a muerte?

 

Era indudable el estado de tensión que aquel matrimonio crearía para nosotros innecesariamente, las dificultades que por esa cuestión secundaria podrían suscitarse entre Camerún y Guinea.

Por eso, y por otras razones que ya expondremos, el Gobierno camerunés vetó a Atanasio Ndong desde un principio y pasó a apoyar a Macías, que no era bien mirado ni por la España metropolitana ni por la España colonial.

 

Ya no sólo la presencia de Marta Moumié en la vida personal de Atanasio, ni tampoco el hecho de que la gestión de Ndong Miyone podría signifi­car una incómoda competencia para el Camerún puesto que aquel podría atraer a los grupos «fang» de la rama «ntumu» de Camerún y Gabón, que podría hacer realidad la unión de todo el pueblo «fang-ntumu» bajo una federación o confederación de los países atravesados por los ríos Wele-Ntem. Como decimos antes, la presencia tan cercana de Marta Moumié, con la posibilidad de que esta mujer levantase a las tribus «basa» y «bamiliké» contra la Administración Ahidjo, obligaron muy explicablemente a Camerún a alejarse de Atanasio, cosa fatal en aquel momento.

El Comité Ejecutivo del «MONALIGE», los líderes exiliados de nuestro movimiento, lo entendieron así, y así se lo dijeron a Atanasio, como me lo confirmó el maestro Don Benito Mengüé Nvumba Bidang; pero Atanasio Ndong no los atendió. Un gravísimo error.

 

El «MONALIGE» nunca aprobó dicha unión, a pesar de que no dejaba de reconocer los beneficios que el talento y la gran eficacia política de Marta podrían aportar al Movimiento. Pero era de esperar y temer dificultades con un país, que no había escatimado esfuerzos para, a su manera, ayudarnos a alcanzar la independencia.

A mi entender la unión Ndong-Marta fue una actitud inconveniente, un acto de imprudencia, inconcebible en un político de su talla. Repito: Un error gravísimo.

Después de los tristes sucesos de Bata del 5 de marzo de 1969 a raíz de los cuáles Macías, su régimen y su gente abdicaron por completo de la razón humana, de forma incomprensible pero con propósitos bien definidos se procedió a una extradición no solicitada por Yaundé. Dato curioso para la Historia, negra anécdota de que es protagonista, una vez más, Macias. Se expulsó de Guinea a Marta y fue precisamente enviada a Camerún para ser entregada a las autoridades del país vecino.

Macias creía que la dignísima dama sería fusilada nada más pisar el suelo camerunés, pero, para su pena, Ahidjo no es un asesino escudado en el poder como él mismo. Marta fue encerrada y el lugar donde está se mantiene en el mayor de los secretos por el Gobierno de Ongola.

En la última comunicación que Marta envió a los seguidores de su esposo Atanasio dijo que si bien no la maltrataban físicamente temía no obstante por su vida. Nos es imposible ahora al escribir esto poder afirmar que Marta sigue viva. Si bien confiamos que el Gobierno de Ahidjo actúe con la cordura que le ha caracterizado siempre, respete su vida, e incluso, cuando los intereses de Estado lo permitan, la libere.

En la aludida carta, Marta, desde su celda de prisión, hacía otra revelación más sorprendente: Macias envió a un emisario cerca del Gobierno camerunés para pedir su puesta en libertad y su regreso a Guinea. El enviado de Macias no reveló su verdadera identidad, dándole a Marta el falso nombre de Fernando Nguema, aunque acreditó su parentesco de consanguinidad con Macias.

El tal supuesto Fernando dijo a Marta que Macias le proponía una relación matrimonial, por lo que debía volver a Guinea si aceptaba casarse con Macias; éste ya había llegado a un acuerdo con Ahidjo para su liberación. Por otra parte, Macias añadía a la proposición de matrimonio, y quizá para imitar a su amigo Idi Amin, la cartera de Asuntos Exteriores, que no ha teni­do hasta aquí digno sucesor desde la muerte de Atanasio Ndong.

 

Personalmente nos inclinamos a creer que esta es una más de las maniobras que la perturbada mente de Macias le hace intentar.

 

Trataría simplemente de ejecutar una obra que Camerún, por las razones que fueren, no ha querido realizar: Macias quería traer a Guinea a Marta para hacerla matar.

 

Macias tiene miedo, Macias es un cobarde, como ya hemos dicho con la extensión necesaria. Macias hizo matar a Atanasio Ndongo de forma cruelísima, tras muchos días de suplicios. Y es natural que tenga miedo, miedo horrible que le desencaja a que Marta Moumié, mujer excepcional, pueda lanzar contra su corroído régimen a los magníficos guerreros de las tribus «basa» o «Nvele» que todavía quedan en Camerún. Salvo que los soviéticos y cubanos que hay en Guinea actuaran directamente los temibles guerreros citados no tendrían en las presentes circunstancias quien les hiciera frente con la menor posibilidad de impedir su paseo militar hasta Bata y Río Benito incluso.

Marta es una mujer de gran visión política, y por tanto, es obvio que ha de preferir con mucho la caída de Macias, la muerte que le corresponda o su desaparición por cualquier modo, que no la renovación de las hostilidades en Camerún, produciendo con eso una desestabilización de un país que en justicia ya ha logrado un equilibrio político y avanza con firmeza por la vía del desarrollo.

 

B) Política de rascacielos.

El africano, generalmente, y creo que eso es debido a la falta de tradición o costumbre, no sigue el plan político, o la ideología; no sigue conscientemente a un partido y cumple con su disciplina; no sigue la teoría polí­tica, sino la praxis. Ni siquiera se detiene a pensar cuál es el criterio de un líder, o en lo que pueda hacer su dirigente, no; le basta con saber a quién sigue, de dónde viene, cómo vive, dónde nació, de quien es hijo.

Si después de conocer el nombre del líder, de quién es hijo y en donde nació, aparece un parentesco remoto, ya era suficiente, ya no pide más. Si en su día, su hombre escogido le invita a tirarse de lleno a un hoyo, no lo dudará. Porque si lo dice él que es hijo de aquel amigo o conocido suyo, es evidente y seguro que será lo apropiado.

Por otra parte, también a mi entender por falta de costumbre, el concepto de nación es muy poco perceptible en el africano.  .

La perspectiva que tiene de lo que es la nación o Estado son cortos; se limita a la tribu, al clan, al pueblo al contorno geopolítico, y muy poco más.

Por eso creo que la preocupación actual de un político africano responsable debe ser ésta: Informar y preparar al pueblo, con llaneza, en términos elementales, en esa grande y para él extraña idea de nación, de patria.

Mis compañeros de facultad se extrañan cuando me preguntan si el idioma «guineano», lengua que suponen se ha de hablar en Guinea, es muy difícil; y les contesto que no conozco la existencia de tal lengua; que en ninguna parte de Guinea Ecuatorial se habla el «guineano», que, a lo sumo, el «guineano» seria el castellano o español que, con acento propio, como tiene que ser, ya que no se trata de hablar el castellano, sino de españolear, hablamos allí en Guinea, y que conservamos con orgullo porque en el mundo se nos clasifica como hispanófonos.

Como se sabe -y ya ha quedado apuntado- tras la lotería de Berlín en el año 1885, se dividió África al capricho europeo, sin fundamento ni respeto a las entidades naturales. Se crearon con ello unidades geopolíticas fantasmas, que generalmente nunca unieron, pero sí separaron pueblos enteros. Un buen ejemplo de esto lo constituye la rama «ntumu» de los «fang» que se halla dividida entre tres países, vecinos: hay «ntumu» en Camerún, en Gabón y en Guinea Ecuatorial.

Para no crear un auténtico rompecabezas con guerras de conquistas y reconquistas, los dirigentes africanos, al crear la O.U.A., optaron por lo más fácil, cómodo y seguro: respetar las fronteras comunes heredadas de la colonización, so pena de hacer desaparecer ciertos Estados. Pero lo más cómodo y lo más seguro puede no ser lo mejor y más justo.

Lo ideal, al menos así lo pienso yo, sería que en el caso concreto de Guinea Ecuatorial, Camerún y Gabón, donde la Ley arbitraria, la colonización ignorante, ha separado lo que la Historia y la naturaleza unieron, seria el conservar esas fronteras como limitaciones administrativas, no como barreras entre hermanos divididos, esto es, quedando como simples signos o referencias territoriales de nuestras respectivas soberanías, creando un verdadero entendimiento que nos permita cacarear menos la palabra hermandad y practicarla más mucho más...

Cuando allá a principios de la década de los cincuenta Atanasio abandona Guinea Ecuatorial camino del exilio, después de los disturbios de Banapá, nadie le conocía a nivel nacional más que de nombre.

Luego, ya en el exilio, se le siguió conociendo por sus escritos, fotografías, intervenciones y otras actividades políticas, cuyas referencias nos llegaban a través de la Secretaría de Coordinación del Movimiento. Djamanene, en esto como en todo lo demás, prestó al Movimiento y al país inmejorables servicios, que le merecerían una gratitud nacional, al menos un respeto. Macias sabrá por qué primero mandó a Mariano Ndemsogo, un completo y sádico desquiciado, que le reventara un ojo, y luego, que le matara. Cosa no por común y generalizada menos horrible.

Gran parte del tiempo de exilio lo pasa Atanasío en los Estados Unidos, donde, por mucho empeño que ponga, es muy difícil practicar aquello de asimilar sin ser asimilado. El ambiente influye permanentemente en el individuo, y acaba por dar carácter a la persona. Se adquieren fácilmente los modales yanquis, creando así en el político, una imagen muy especial, como postiza, y muy negativa para el paisano africano que lo aprecia.

Esta imagen extraña para el nativo, distancia al electorado, hace la figura menos propia y entrañable, y además, es fácil presa de la critica demagógica.

Ante un pueblo políticamente analfabeto, sin experiencia ni reflexión, dejándose guiar por sensaciones y movimientos primarios, que no por razón o convencimiento maduro; ante gente que está acostumbrada a estar pendiente de quién es y no de qué dice, ante un pueblo que no sabe distinguir entre una sana y constructiva oratoria política y simples berridos demagógicos, presentarse con una política profunda, sutil y casi sofisticada, al estilo occidental y europeo; trasplantar esquemas occidentales para aplicarlos a la realidad africana es el mayor error de cálculo que puede cometer un polí­tico africano. Y lamentablemente muchos políticos de este continente han caído en este error, para su mal.

Si Atanasio hubiera hecho su política, si hubiera desarrollado su actividad política en Washington o en cualquier Estado de los que forman la Unión, a pesar de su piel de ébano, habría estado, sí no dentro, al menos muy cerca de la puerta grande de la Casa Blanca.

La Política de rascacielos hecha entre chabolas y cabañas; la política de altura pero practicada en la hondonada, está siempre condenada al fracaso. Pronunciar elegantes palabras de oro, ante un pueblo que sólo ha oído el caer de la chatarra, garantizaba la derrota.

Atanasio era un político agudo y extraordinariamente culto; buena oratoria en un fluido y elegante castellano, que producía una envidia que consumía a sus adversarios, luego sus enemigos políticos. Era un africano que sin perder sus esencias propias se había occidentalizado mucho para dirigir a un pueblo que, en su mayoría, el castellano lo entendía muy poco, por ecos como dicen los fang.

Atanasio hablaba muy mal el «fang» natal, yo diría que casi nada. Y para colmo de males, lo poco que hablaba lo hacía con ese difícil acento «okak» de Río Benito, tan difícil de entender para quien no esté bien versa­do en la lengua de Esono «mon obuk».

 

Pude convencerme de ello cuando en plena campaña en el referendum sobre la Constitución a favor del «si», el maestro señor Elá Nsué puso en aprietos a Atanasio, tras su excelente explicación en castellano, al pedirle que se explicara de la misma forma en «fang» ante la masa que no entendía el castellano. Ndong se las vio y deseó para hacer una síntesis de su intervención en castellano en lengua «fang». Hábilmente acudió en su auxilio Don Benito y se expresó en ese fluido «ntumu» que él hablaba a la perfección con todo simbolismo, giros y refranes.

 

Esto, a ojos de un occidental, sería absurdo, evidentemente, pero para un pueblo fácil de manejar como era el nuestro -y digo «era», porque ahora es el más desconfiado que conozco- resultaba sumamente negativo. Macías y su camarilla ya habían pasado por allí sentando cátedra de oratoria en «fang» llena de argumentos fácilmente rebatibles, para cualquier otro que pudiera expresarse con facilidad como ellos en «fang», por inconsistentes y pueriles, de pura efervescencia demagógica, diciendo al pueblo, no lo que había que decirle, que eso no atrae votos ni arranca ovaciones, sino lo que el pueblo quería oír, que no era, desgraciadamente, la verdad. De ese modo tan falso y poco honrado, Macias y su camarilla llevaban al pueblo a confundir la realidad.

 

Quiero insistir aquí, antes de seguir, que en política hay que distinguir, muy bien y especialmente en política africana, porque son perfectamente diferenciables, lo que el pueblo quiere oír, aquello que suena bien y halaga, de lo que un político honrado debe decir al pueblo.

Decir al pueblo lo que éste quiere escuchar es rentable cara a las urnas; si se practica ante un pueblo preparado en el juego político democrático hasta se puede considerar permisible, ya que el mismo pueblo puede discernir y juzgar sobre quien habla solamente para obtener votos y quien dice lo que puede hacer o aquello que es viable de llevar a la práctica.

Pero, para un pueblo como el nuestro que salía de la nada, que tenía delante de sí no sólo los problemas acumulados durante la colonización sino los inherentes a todo Estado que nace, no decirle al pueblo lo que se debía decirle, no hablarle con claridad, no contarle la verdad de su situa­ción, limitarse a engañarlo para obtener su confianza, como el timador, el descuidero, era una traición. Una gran alevosía en política.

 

Macias habló al pueblo en su lenguaje, quería votos y la confianza del pueblo; para ello, según él, todas las armas son lícitas.

 

Nunca entendimos dónde y cómo iba a cumplir lo que prometía; de dónde iba a sacar el dinero para pagar los sueldos que prometió a los funcionarios; en qué mercado podría vender el café y el cacao al precio que anunciaba. Y mucho más difícil todavía, cómo iba a cumplir todas esas difíciles promesas teniendo a su lado incondicionalmente solo a un equipo de borregos, consumados maestros en hacer ruido, aplaudir y quemar incienso, pero totalmente analfabetos en la política como ciencia y como arte.

Macias trepó y trepó, en su desenfrenada carrera hacia el poder; trepó y se agarró a todo y a todos prometió profusamente lo que jamás podría cumplir. Según él, con Macias el país iba a pasar de las ruinas coloniales a la era espacial. Nos catapultaría a la gloria infinita... ¡Qué pena! El pueblo lo creyó ingenuamente y ahora lo está pagando con usura, un error tremendo del pueblo, del que no fuimos capaces de convencerle, y ahora paga con su sangre, y mucha sangre, su equivocación.

En antifranquismo trasnochado de Macias -más bien emulación y envidia que postura crítica o razonable en él-, curiosamente no le impidió acoplar a su jerga política -como el castellano a su apellido-, la terminología que el régimen de Franco hizo popular: El 5 de marzo de 1969 en que conmemora su triunfo sobre el pueblo, le llama «Alzamiento Nacional» o «Día de la Victoria». Todo el que políticamente no piense como él -y salvo un demente, un comprometido o un asesino, nadie puede pensar como él- es un «subversivo». Las confabulaciones dirigidas contra él, aunque no sean «judeo-masónico-comunistas», se parecen mucho.

En Guinea hoy, incomprensiblemente, las milicias populares -la nueva versión de la «juventud» en marcha con Macias- de Macias, especie de «tontón macutes» haitianos, que habría que suponer marxistas, terminan el «cara al sol» con... «en Guinea empieza a amanecer», aunque en realidad, más cierto y honrado seria decir que «en Guinea ya oscureció»...

Una de las acusaciones contra Atanasio que tanto gustaba a Macias y a sus lacayos antes, durante y después de la campaña era de que Atanasio era «blanco».

¡Ay, si otro hubiera cambiado su apellido «fang» Mesié por Macías», lo que hubiera dicho de él Macías!

Argüían con placer que ni siquiera hablaba el «fang», por presunción, puesto que se creía más blanco que Suances...

 

José Martínez Bikié, fanático seguidor de Macías que era mulato, llegó a decir en un mitin que odiaba su piel, porque era demasiado clara, y con ello arrancó una ovación descomunal de la masa que tragaba moscas escuchando a esa especie de Castelar mulato, salido de la escuela de Macias.

 

También, el que hoy está en permanente luna de miel con los rusos, cubanos y coreanos del norte, gracias a cuyo apoyo sigue en el poder, acusó a Atanasio Ndong de ser comunista y de «querer instaurar un régimen comunista dictatorial en Guinea». Es decir, lo mismo que él ha hecho ahora.

 

Esta acusación satisfacía a la España colonial, a la que el sólo pronunciar el nombre comunista provocaba disentería.

 

Contra la Constitución redactada en la Conferencia que al efecto tuvo lugar en Madrid, alegaban los siguientes argumentos, risibles, dislocados, sin el menor fundamento, pero que tampoco muchos se tomaban el trabajo de examinar su falta de fundamento:

Que en la portada aparecía un chica que decían nigeriana.

La joven que prestó su imagen para una cierta edición del texto constitucional, para su divulgación y conocimiento, vivía en Santa Isabel, era «bubi», y trabajaba en un establecimiento llamado «Almacenes Madrid».

 

Que la Constitución no contenía la Ley de Hidrocarburos. Decir eso es simplemente, desconocer lo que es una Constitución. Ser analfabeto integral en ese tema.

 

Que daba a los diputados tantos privilegios, «porque estos serían blancos». Cosa inverosímil, aun mirado todo desde entonces, porque no era fácil suponer que la población nativa eligiera a los blancos del país como sus mandatarios políticos.

Y tantas y tantas cosas por el estilo que hoy avergüenza escribirlas...

¡Y pensar que por Madrid andan ahora, diciendo que combaten a Macias, los que aplaudían a conciencia estas estupideces!...

 

Claro que el pueblo guineano está enterado de quién es cada cual y no se le podrá engañar dos veces...

Aparte de Madrid, donde se encontraba el poder central, qué duda cabe que en Santa Isabel estaban también los interlocutores válidos, a los que había que convencer a base de diálogo y multitud de razones, para contrarrestar sus maniobras dilatorias.

Por eso la presencia de Atanasio Ndong en la virtual capital del futuro Estado era explicable.

 

Ahora bien, lo que nunca he podido entender es cómo Atanasio se inmovilizó hasta llegar a echar raíces en Santa Isabel, donde se tenía ya la batalla ganada de antemano, como bien lo sabía la ejecutiva del Movimiento, al ser la capital y tener un elevado coeficiente de intelectualidad.

 

Así tampoco he llegado a entender el sentido práctico que tuvo aquel viaje a Madrid que efectuaron, Ndong, Torao y el traidor Grange Molay, para entregar a Franco un escrito con trescientas mil firmas, en solicitud de independencia, si ésta se veía ya venir.

 

El precioso tiempo que Ndong podía haber dedicado a adentrarse en el pueblo -de Río Muni-, relacionarse con él, que no le conocía, que se moría de ganas de conocerle y que era el que, al fin y al cabo, iba a inclinar la balanza electoral, se perdió en Santa Isabel, donde ya casi todo estaba hecho.

Además, ¿por qué no se negoció seriamente y con respeto con la «Unión Bubi» en peso, en lugar de limitarse a atraer a Gori Molubela si se sabia que al no tener ya el suficiente carisma, no atraería a la base? Ndong no aprovechaba la estima que le mostraba el pueblo Bubi.

Se sabe que había obcecación y fanatismo en todo esto, pero la «Unión Bubi» tenia gente recuperable y buenos nacionalistas que, aunque errados, se les veía calidad y altura, que podían y debían ser salvados para la nación eran como los casos de Bosío, Watson, Copariate e Itoha.

 

Estoy seguro que se hubiera llegado a un buen acuerdo con ellos para evitar que Bosío actuara de comparsa y francotirador para restarle a Ndong los votos de Fernando Póo.

 

Nada, una vez más, la autosuficiencia de Atanasio hizo su aparición para nuestra desgracia.