| |
|
LOS
ERRORES POLÍTICOS DE ATANASIO (*)
A)
Su casamiento con Marta Moumié.
Cuando
empiezo este capítulo en el que, como «atanasista» que fui
por pura
convicción, deseo criticar la actuación política de ese
gran hombre de estado
que fue el Secretario General del «MONALIGE» me sangra el
corazón. Nunca creí que vería fisuras y más que fisuras
esas grandes grietas en su
obra política. Y, a pesar de ello, seguiré admirándole, no
ya por lo que pudo
haber hecho -que nunca se sabe-, sino por lo que de bueno hizo
por
Guinea.
Desgraciadamente,
los políticos no son los humanos que no se equivocan;
al contrario, se da la paradoja de que a veces pocos humanos
son tan torpes
como los políticos. Son los que piensan por los demás, por
el pueblo; disponen de las
vidas y haciendas ajenas; se creen eternos; son los sabios, los que todo lo hacen bien; se hacen dioses; fundan credos; hacen tabla rasa
dé todo lo que no les conviene o no les gusta; los demás,
los gusanos de los administrados, no saben nada, no pueden
hacer nada. Se dirigen al pueblo cuando le piden su confianza,
su poder, y una vez obtenidas estas dos cosas, el pueblo ya no
cuenta; para los políticos, el pueblo es su patrimonio. Claro
que esa camisa no sienta a Maclas o a Idi Amín lo mismo que a
un lord inglés.
El
político no es consciente de que sus errores arrastran a los
pueblos; él
mismo podrá morir y se le llorará, lo malo es que muera o
llore todo el pueblo.
Por
eso el político debe estar en condiciones de derrochar
ingenio, visión
de futuro y caminar con pies de plomo, aunque piense con la
celeridad del
rayo.
El
compañero Ndong lo hizo todo bien, tan bien, que se sintió
autosuficiente
y por eso no consultaba. Y cuando lo hacía, no sé si por
falsa modestia,
no escuchaba; y si escuchaba, no atendía. Es como si
cumpliera con un trámite
inútil y molesto.
La
autosuficiencia es el peor pecado de un político. Le llevará
a rodearse
de individuos que no le discuten nada; al contrario, que le
asienten todo por
complacerle y obtener su favor.
A
lo largo de sus quince años de exilio, Atanasio acumuló
todos los conocimientos
políticos. Tuvo tan sólida formación política que dudo que
haya en Guinea y a corto plazo otro político de su talla.
Pero
una larga ausencia desconecta a cualquiera de la realidad, y
ya no
sólo del país que se ha dejado concretamente, sino de todas
las circunstancias generales que envuelven a la nación.
Guinea
Ecuatorial por su situación, su población y su propia
independencia,
está condicionada por la Historia a estar en buenas
relaciones y entenderse plenamente con Camerún, Gabón,
Nigeria y Sao Tomé.
Quizá
no se gane gran cosa por esas amistades, pero se perdería
mucho sin ellas. Haciendo fronteras con Guinea Ecuatorial
tenemos a Camerún, uno de los países más difíciles de África,
por su composición y diversidad
pero uno de los países más maduros, políticamente hablando,
quizá el más estable y
equilibrado.
El
Presidente del Camerún, Ahidjo, ha sabido conjugar, como quizá
no lo hubiera hecho ningún intelectual, y él no lo es, la
inmensa variedad de un país que es conocido, con razón, por
su fauna, clima, composición geográfica
y étnica como una mini África, para obtener un país que, si
se prefiere, puede
clasificarse como económicamente desarrollado, aunque está
en vías
de desarrollo; pero no obstante ello, muchos quisieran estar
social, política y culturalmente como el Camerún.
Y
es curioso, me he convencido de ello cada vez más, tomando a
Camerún
como ejemplo, que la libertad conquistada es la que más se
valora. Como el dinero ganado con el propio esfuerzo y no por
regalo o lotería.
¿Hubiera
sido mejor que España no nos sirviese la independencia en bandeja?
¿Nos
hubiera arrebatado Macías la libertad tan fácilmente, si
hubiéramos
tenido que luchar por ella allí en nuestro lugar, entre el
Ntem, Kié y Wele,
en la falda del Pico de Santa Isabel, en la ribera del
Mitemele, en la selva
toda?
Todo
lo que Camerún tiene hoy de ecuanimidad y equilibrio político,
lo obtuvo
sudando sangre.
Primero
combatió a los alemanes, tras montar el macabro número de
Ambam, cosa típica de ellos, donde en un día ahorcaron a
nueve jefes de tribu;
atacó a Francia, estando el Camerún con carácter de
fideicomiso de la
Sociedad de las Naciones bajo la administración francesa;
después, alcanzada
la independencia, sofocó una belicosa oposición de U.P.C.
-Unión de Pueblos Camerunenses- y que encabezaba Moumié, Um
Nyobe, Ouan-dié y Mayim Matip entre otros.
Ahora,
vencida esta pesadilla, Camerún respira aire de alivio. Es un
país
que ha ganado a pulso el respeto del mundo.
Aunque
sigue el régimen genético africano de partido único, hay
que reconocer
que el existente, llamado U.N.C., no es un partido creado
desde arriba; fueron las bases de muchas fuerzas políticas
las que quisieron unir, sus
esfuerzos bajo una línea única.
Y
aún así es el único país africano en que se habla de
oposición y se practica
la autocrítica y discusión en el seno del partido.
Ahidjo
es hoy respetado y venerado por el pueblo, por lo bien que lo
ha hecho en medio de tantas dificultades.
No
entro en problemas internos, como en el último sonado proceso
de Yaundé en que fue condenado a muerte Monseñor Alberto
Ndongmo, por haber
propiciado un golpe de estado contra Ahidjo.
Hoy,
Monseñor Ndongmo está libre, mientras que Monseñor Nzé
Abui, Obispo
de Bata, fue expulsado de Guinea, y ahora se encuentra
exiliado, sólo
porque tenía un parentesco con Atanasio Ndong.
¡Qué
diferencia tan abismal! Y hay que preguntarse: ¿De quién
toma ejemplo
Macías?
Como
se sabe, el líder marxista camerunés Félix-Roland Moumié,
murió
según rumores, envenenado por el médico de cabecera en
Suiza, creo que
al principio de la década de los sesenta; su cuerpo,
embalsamado, está hoy
en Conakry en espera de que se autorice su entrada en Camerún
para ser enterrado en su país.
Moumié,
con otros líderes «basa» -su grupo étnico-, así como
algunos «bamiliké»
-otra etnia poderosa del país-, encabezaba la belicosa oposición
que tuvo primero el Gobierno de Mbida, luego, y de forma
alarmante, el de Ahidjo, y
tan importante fue esa oposición, que se temió por la
viabilidad de la independencia camerunesa.
El
General de Gaulle echó un cable a Ahidjo enviando a
paracaidistas franceses de la base de Brazzaville sobre Edea,
ciudad industrial camerunesa, que los «maquisards» o
guerrilleros habían convertido en la base de sus
operaciones. En esta acción cayó Um Yobe con la tapa de los
sesos volada.
Moumié
estaba casado con Marta Moumié, una de las mujeres con mayores
dotes políticas que he conocido. Marta dominaba el juego dé
la política camerunesa
tanto como su marido.
Por
sus actividades políticas, y por la posibilidad que tenia de
agrupar a los
grupos étnicos que seguían a su marido para continuar la
lucha, pues tiene esa capacidad rara en una mujer, Marta fue
condenada a muerte en rebeldía
en un proceso que tuvo lugar en Yaounde. Marta se encontraba exiliada
entonces en Conakry, donde custodiaba el cadáver embalsamado de
su marido. Fue allí, en dicha población de Conakry, capital
de Guinea, la ex-Guinea
francesa, o en un congreso que tuvo lugar en El Cairo, donde ella
y Atanasio se conocieron.
Ndong
era un político con mucho futuro en Guinea, conocía perfectamente
la ineludible necesidad de entendernos con Camerún y mantener
buenas
relaciones, y no obstante esto, no tuvo reparo en tomar por
esposa a
Marta Moumié, viuda del más temido y odiado adversario político
de Ahidjo,
Presidente de Camerún.
Se
podrá decir que esto del matrimonio es un asunto privado, una
cuestión
personal, un derecho que no se le podía negar. Eso es cierto,
indiscutiblemente.
Pero no hay que olvidar que la vida privada de un político, al
ser un hombre público tiene repercusiones también públicas.
Y por tanto, no
caben ligerezas en ella. Y esto es especialmente significativo
en África donde por especial idiosincrasia predomina la
persona del líder sobre su programa
político, el sentimiento de tribu sobre el de Nación.
Tratándose
Camerún y Guinea de países limítrofes, y no solamente países
con frontera común, sino con relaciones comerciales intensas,
con grandes vinculaciones entre sus respectivos habitantes, al
ser gentes de un
mismo origen, arbitrariamente separados por una Europa
colonialista, cualquier
acción que pueda afectar las relaciones de los dos Estados
debe ser
sopesada.
Por
tanto, las relaciones entre Guinea y Camerún habían de ser
necesariamente frecuentes, y las actuaciones de Atanasio Ndong,
como político, lo
mismo Presidente, que ministro o embajador, hubieran creado
dificultades
por su matrimonio con Marta Moumié.
¿Se
sentaría alguien del Gobierno camerunés a la mesa de una condenada
a muerte?
Era
indudable el estado de tensión que aquel matrimonio crearía
para nosotros
innecesariamente, las dificultades que por esa cuestión
secundaria
podrían suscitarse entre Camerún y Guinea.
Por
eso, y por otras razones que ya expondremos, el Gobierno camerunés
vetó a Atanasio Ndong desde un principio y pasó a apoyar a
Macías, que no era bien mirado ni por la España
metropolitana ni por la España colonial.
Ya
no sólo la presencia de Marta Moumié en la vida personal de
Atanasio,
ni tampoco el hecho de que la gestión de Ndong Miyone podría
significar una incómoda competencia para el Camerún puesto
que aquel podría atraer
a los grupos «fang» de la rama «ntumu» de Camerún y Gabón,
que podría hacer realidad
la unión de todo el pueblo «fang-ntumu» bajo una federación
o confederación de los países atravesados por los ríos Wele-Ntem.
Como decimos antes, la presencia tan cercana de Marta Moumié,
con la posibilidad de que esta mujer levantase a las
tribus «basa» y «bamiliké»
contra la Administración Ahidjo, obligaron muy
explicablemente a Camerún
a alejarse de Atanasio, cosa fatal en aquel momento.
El
Comité Ejecutivo del «MONALIGE», los líderes exiliados de
nuestro movimiento,
lo entendieron así, y así se lo dijeron a Atanasio, como me
lo confirmó el maestro Don Benito Mengüé Nvumba Bidang;
pero Atanasio Ndong
no los atendió. Un gravísimo error.
El
«MONALIGE» nunca aprobó dicha unión, a pesar de que no
dejaba de
reconocer los beneficios que el talento y la gran eficacia política
de Marta
podrían aportar al Movimiento. Pero era de esperar y temer
dificultades con
un país, que no había escatimado esfuerzos para, a su
manera, ayudarnos a alcanzar la independencia.
A
mi entender la unión Ndong-Marta fue una actitud
inconveniente, un acto
de imprudencia, inconcebible en un político de su talla.
Repito: Un error gravísimo.
Después
de los tristes sucesos de Bata del 5 de marzo de 1969 a raíz
de los cuáles Macías, su régimen y su gente abdicaron por
completo de la razón
humana, de forma incomprensible pero con propósitos bien
definidos se
procedió a una extradición no solicitada por Yaundé. Dato
curioso para la
Historia, negra anécdota de que es protagonista, una vez más,
Macias. Se
expulsó de Guinea a Marta y fue precisamente enviada a Camerún
para
ser entregada a las autoridades del país vecino.
Macias
creía que la dignísima dama sería fusilada nada más pisar
el suelo
camerunés, pero, para su pena, Ahidjo no es un asesino
escudado en el poder como él mismo. Marta fue encerrada y el
lugar donde está se mantiene
en el mayor de los secretos por el Gobierno de Ongola.
En
la última comunicación que Marta envió a los seguidores de
su esposo Atanasio dijo que si bien no la maltrataban físicamente
temía no obstante por su vida. Nos es imposible ahora al
escribir esto poder afirmar que Marta sigue viva. Si bien
confiamos que el Gobierno de Ahidjo actúe con la cordura
que le ha caracterizado siempre, respete su vida, e incluso,
cuando los intereses de Estado lo permitan, la libere.
En
la aludida carta, Marta, desde su celda de prisión, hacía
otra revelación
más sorprendente: Macias envió a un emisario cerca del
Gobierno camerunés para pedir su puesta en libertad y su
regreso a Guinea. El enviado
de Macias no reveló su verdadera identidad, dándole a Marta
el falso nombre
de Fernando Nguema, aunque acreditó su parentesco de consanguinidad
con Macias.
El
tal supuesto Fernando dijo a Marta que Macias le proponía una
relación matrimonial, por lo que debía volver a Guinea si
aceptaba casarse con Macias; éste ya había llegado a un
acuerdo con Ahidjo para su liberación. Por otra parte, Macias
añadía a la proposición de matrimonio, y quizá para imitar
a su amigo Idi Amin, la cartera de Asuntos Exteriores, que no
ha tenido hasta aquí digno sucesor desde la muerte de
Atanasio Ndong.
Personalmente
nos inclinamos a creer que esta es una más de las maniobras
que la perturbada mente de Macias le hace intentar.
Trataría
simplemente de ejecutar una obra que Camerún, por las razones
que fueren, no ha querido realizar: Macias quería traer a
Guinea a Marta para hacerla matar.
Macias
tiene miedo, Macias es un cobarde, como ya hemos dicho con la
extensión necesaria. Macias hizo matar a Atanasio Ndongo de
forma cruelísima, tras muchos días de suplicios. Y es
natural que tenga miedo, miedo horrible que le desencaja a que
Marta Moumié, mujer excepcional, pueda
lanzar contra su corroído régimen a los magníficos
guerreros de las tribus
«basa» o «Nvele» que todavía quedan en
Camerún. Salvo que los soviéticos
y cubanos que hay en Guinea actuaran directamente los temibles
guerreros citados no tendrían en las presentes circunstancias
quien les
hiciera frente con la menor posibilidad de impedir su paseo
militar hasta Bata
y Río Benito incluso.
Marta
es una mujer de gran visión política, y por tanto, es obvio
que ha de
preferir con mucho la caída de Macias, la muerte que le
corresponda o su
desaparición por cualquier modo, que no la renovación de las
hostilidades
en Camerún, produciendo con eso una desestabilización de un
país que
en justicia ya ha logrado un equilibrio político y avanza con
firmeza por la
vía del desarrollo.
B)
Política de rascacielos.
El
africano, generalmente, y creo que eso es debido a la falta de
tradición
o costumbre, no sigue el plan político, o la ideología; no
sigue conscientemente
a un partido y cumple con su disciplina; no sigue la teoría
política,
sino la praxis. Ni siquiera se detiene a pensar cuál es el
criterio de un líder, o en lo que pueda hacer su dirigente,
no; le basta con saber a quién sigue,
de dónde viene, cómo vive, dónde nació, de quien es hijo.
Si
después de conocer el nombre del líder, de quién es hijo y
en donde nació,
aparece un parentesco remoto, ya era suficiente, ya no pide más.
Si en
su día, su hombre escogido le invita a tirarse de lleno a un
hoyo, no lo dudará.
Porque si lo dice él que es hijo de aquel amigo o conocido
suyo, es evidente y seguro que será lo apropiado.
Por
otra parte, también a mi entender por falta de costumbre, el
concepto
de nación es muy poco perceptible en el africano. .
La
perspectiva que tiene de lo que es la nación o Estado son
cortos; se limita a la tribu, al clan, al pueblo al contorno
geopolítico, y muy poco más.
Por
eso creo que la preocupación actual de un político africano
responsable debe ser ésta: Informar y preparar al pueblo, con
llaneza, en términos elementales, en esa grande y para él
extraña idea de nación, de patria.
Mis
compañeros de facultad se extrañan cuando me preguntan si el
idioma
«guineano», lengua que suponen se ha de hablar en Guinea, es
muy difícil; y les
contesto que no conozco la existencia de tal lengua; que en
ninguna parte de Guinea Ecuatorial se habla el «guineano»,
que, a lo sumo, el «guineano» seria el castellano o español
que, con acento propio, como tiene
que ser, ya que no se trata de hablar el castellano, sino de
españolear, hablamos
allí en Guinea, y que conservamos con orgullo porque en el
mundo se nos
clasifica como hispanófonos.
Como
se sabe -y ya ha quedado apuntado- tras la lotería de Berlín
en el
año 1885, se dividió África al capricho europeo, sin
fundamento ni respeto
a las entidades naturales. Se crearon con ello unidades geopolíticas
fantasmas,
que generalmente nunca unieron, pero sí separaron pueblos
enteros.
Un buen ejemplo de esto lo constituye la rama «ntumu» de los
«fang» que
se halla dividida entre tres países, vecinos: hay «ntumu»
en Camerún, en
Gabón y en Guinea Ecuatorial.
Para
no crear un auténtico rompecabezas con guerras de conquistas
y reconquistas,
los dirigentes africanos, al crear la O.U.A., optaron por lo más
fácil, cómodo y seguro: respetar las fronteras comunes
heredadas de la colonización,
so pena de hacer desaparecer ciertos Estados. Pero lo más cómodo
y lo más seguro puede no ser lo mejor y más justo.
Lo
ideal, al menos así lo pienso yo, sería que en el caso
concreto de Guinea
Ecuatorial, Camerún y Gabón, donde la Ley arbitraria, la
colonización ignorante, ha separado lo que la Historia y la
naturaleza unieron, seria el conservar esas fronteras como
limitaciones administrativas, no como barreras entre hermanos
divididos, esto es, quedando como simples signos o referencias
territoriales de nuestras respectivas soberanías, creando un verdadero
entendimiento que nos permita cacarear menos la palabra hermandad
y practicarla más mucho más...
Cuando
allá a principios de la década de los cincuenta Atanasio
abandona Guinea Ecuatorial camino del exilio, después de los
disturbios de Banapá,
nadie le conocía a nivel nacional más que de nombre.
Luego,
ya en el exilio, se le siguió conociendo por sus escritos,
fotografías,
intervenciones y otras actividades políticas, cuyas
referencias nos llegaban
a través de la Secretaría de Coordinación del Movimiento.
Djamanene,
en esto como en todo lo demás, prestó al Movimiento y al país
inmejorables servicios, que
le merecerían una gratitud nacional, al menos un respeto. Macias sabrá por qué primero mandó a Mariano Ndemsogo, un completo
y sádico desquiciado, que le reventara un ojo, y luego, que
le matara. Cosa no por común y generalizada menos horrible.
Gran
parte del tiempo de exilio lo pasa Atanasío en los Estados
Unidos, donde,
por mucho empeño que ponga, es muy difícil practicar aquello
de asimilar
sin ser asimilado. El ambiente influye permanentemente en el
individuo,
y acaba por dar carácter a la persona. Se adquieren fácilmente
los modales
yanquis, creando así en el político, una imagen muy
especial, como postiza, y
muy negativa para el paisano africano que lo aprecia.
Esta
imagen extraña para el nativo, distancia al electorado, hace
la figura
menos propia y entrañable, y además, es fácil presa de la
critica demagógica.
Ante
un pueblo políticamente analfabeto, sin experiencia ni
reflexión, dejándose
guiar por sensaciones y movimientos primarios, que no por razón
o
convencimiento maduro; ante gente que está acostumbrada a
estar pendiente de quién es y no de qué dice, ante un pueblo
que no sabe distinguir entre
una sana y constructiva oratoria política y simples berridos
demagógicos,
presentarse con una política profunda, sutil y casi
sofisticada, al estilo occidental
y europeo; trasplantar esquemas occidentales para aplicarlos a
la
realidad africana es el mayor error de cálculo que puede
cometer un político
africano. Y lamentablemente muchos políticos de este
continente han caído
en este error, para su mal.
Si
Atanasio hubiera hecho su política, si hubiera desarrollado
su actividad
política en Washington o en cualquier Estado de los que
forman la Unión,
a pesar de su piel de ébano, habría estado, sí no dentro,
al menos muy
cerca de la puerta grande de la Casa Blanca.
La
Política de rascacielos hecha entre chabolas y cabañas; la
política de
altura pero practicada en la hondonada, está siempre
condenada al fracaso.
Pronunciar elegantes palabras de oro, ante un pueblo que sólo
ha oído
el caer de la chatarra, garantizaba la derrota.
Atanasio
era un político agudo y extraordinariamente culto; buena
oratoria en un fluido y elegante castellano, que producía una
envidia que consumía
a sus adversarios, luego sus enemigos políticos. Era un
africano que sin perder sus esencias propias se había
occidentalizado mucho para dirigir a
un pueblo que, en su mayoría, el castellano lo entendía muy
poco, por ecos
como dicen los fang.
Atanasio
hablaba muy mal el «fang» natal, yo diría que casi nada. Y para
colmo de males, lo poco que hablaba lo hacía con ese difícil
acento «okak»
de Río Benito, tan difícil de entender para quien no esté
bien versado
en la lengua de Esono «mon obuk».
Pude
convencerme de ello cuando en plena campaña en el referendum sobre
la Constitución a favor del «si», el maestro señor Elá
Nsué puso en aprietos a Atanasio, tras su excelente explicación
en castellano, al pedirle que
se explicara de la misma forma en «fang» ante la masa que no
entendía el castellano.
Ndong se las vio y deseó para hacer una síntesis de su intervención en castellano en lengua «fang». Hábilmente acudió en su auxilio
Don Benito y se expresó en ese fluido «ntumu» que él
hablaba a la perfección con todo simbolismo, giros y
refranes.
Esto,
a ojos de un occidental, sería absurdo, evidentemente, pero
para un
pueblo fácil de manejar como era el nuestro -y digo «era»,
porque ahora es
el más desconfiado que conozco- resultaba sumamente negativo.
Macías y su camarilla ya habían pasado por allí sentando cátedra
de oratoria en
«fang» llena de argumentos fácilmente rebatibles, para
cualquier otro que
pudiera expresarse con facilidad como ellos en «fang», por
inconsistentes
y pueriles, de pura efervescencia demagógica, diciendo al
pueblo, no lo
que había que decirle, que eso no atrae votos ni arranca
ovaciones, sino lo
que el pueblo quería oír, que no era, desgraciadamente, la
verdad. De ese modo tan
falso y poco honrado, Macias y su camarilla llevaban al pueblo
a confundir la
realidad.
Quiero
insistir aquí, antes de seguir, que en política hay que
distinguir, muy
bien y especialmente en política africana, porque son
perfectamente diferenciables,
lo que el pueblo quiere oír, aquello que suena bien y halaga,
de lo que un político honrado debe decir al pueblo.
Decir
al pueblo lo que éste quiere escuchar es rentable cara a las
urnas;
si se practica ante un pueblo preparado en el juego político
democrático
hasta se puede considerar permisible, ya que el mismo pueblo
puede discernir y juzgar sobre quien habla solamente para
obtener votos y quien dice
lo que puede hacer o aquello que es viable de llevar a la práctica.
Pero,
para un pueblo como el nuestro que salía de la nada, que tenía
delante
de sí no sólo los problemas acumulados durante la colonización
sino
los inherentes a todo Estado que nace, no decirle al pueblo lo
que se debía
decirle, no hablarle con claridad, no contarle la verdad de su
situación,
limitarse a engañarlo para obtener su confianza, como el
timador, el descuidero,
era una traición. Una gran alevosía en política.
Macias
habló al pueblo en su lenguaje, quería votos y la confianza
del pueblo;
para ello, según él, todas las armas son lícitas.
Nunca
entendimos dónde y cómo iba a cumplir lo que prometía; de dónde
iba a sacar el dinero para pagar los sueldos que prometió a
los funcionarios; en
qué mercado podría vender el café y el cacao al precio que
anunciaba. Y
mucho más difícil todavía, cómo iba a cumplir todas esas
difíciles promesas
teniendo a su lado incondicionalmente solo a un equipo de
borregos, consumados maestros en hacer ruido, aplaudir y
quemar incienso, pero totalmente analfabetos en la política como ciencia y como arte.
Macias
trepó y trepó, en su desenfrenada carrera hacia el poder;
trepó y se agarró a todo y a todos prometió profusamente lo
que jamás podría cumplir.
Según él, con Macias el país iba a pasar de las ruinas
coloniales a la
era espacial. Nos catapultaría a la gloria infinita... ¡Qué
pena! El pueblo lo creyó
ingenuamente y ahora lo está pagando con usura, un error
tremendo del
pueblo, del que no fuimos capaces de convencerle, y ahora paga
con su sangre, y mucha sangre, su equivocación.
En
antifranquismo trasnochado de Macias -más bien emulación y
envidia que postura crítica o razonable en él-, curiosamente
no le impidió acoplar
a su jerga política -como el castellano a su apellido-, la
terminología que
el régimen de Franco hizo popular: El 5 de marzo de 1969 en
que conmemora
su triunfo sobre el pueblo, le llama «Alzamiento Nacional» o
«Día de
la Victoria». Todo el que políticamente no piense como él
-y salvo un demente, un comprometido o un asesino, nadie puede
pensar como él- es un «subversivo». Las confabulaciones
dirigidas contra él, aunque no sean «judeo-masónico-comunistas»,
se parecen mucho.
En
Guinea hoy, incomprensiblemente, las milicias populares -la
nueva versión
de la «juventud» en marcha con Macias- de Macias, especie de
«tontón macutes» haitianos, que habría que suponer
marxistas, terminan el
«cara al sol» con... «en Guinea empieza a amanecer»,
aunque en realidad,
más cierto y honrado seria decir que «en Guinea ya oscureció»...
Una
de las acusaciones contra Atanasio que tanto gustaba a Macias
y a
sus lacayos antes, durante y después de la campaña era de
que Atanasio era
«blanco».
¡Ay,
si otro hubiera cambiado su apellido «fang» Mesié por Macías»,
lo que
hubiera dicho de él Macías!
Argüían
con placer que ni siquiera hablaba el «fang», por presunción,
puesto
que se creía más blanco que Suances...
José
Martínez Bikié, fanático seguidor de Macías que era
mulato, llegó a
decir en un mitin que odiaba su piel, porque era demasiado
clara, y con ello
arrancó una ovación descomunal de la masa que tragaba moscas
escuchando
a esa especie de Castelar mulato, salido de la escuela de
Macias.
También,
el que hoy está en permanente luna de miel con los rusos, cubanos
y coreanos del norte, gracias a cuyo apoyo sigue en el poder,
acusó a Atanasio
Ndong de ser comunista y de «querer instaurar un régimen comunista
dictatorial en Guinea». Es decir, lo mismo que él ha hecho
ahora.
Esta
acusación satisfacía a la España colonial, a la que el sólo
pronunciar
el nombre comunista provocaba disentería.
Contra
la Constitución redactada en la Conferencia que al efecto
tuvo lugar en Madrid, alegaban los siguientes argumentos,
risibles, dislocados, sin
el menor fundamento, pero que tampoco muchos se tomaban el
trabajo de
examinar su falta de fundamento:
Que
en la portada aparecía un chica que decían nigeriana.
La
joven que prestó su imagen para una cierta edición del texto
constitucional,
para su divulgación y conocimiento, vivía en Santa Isabel,
era «bubi»,
y trabajaba en un establecimiento llamado «Almacenes Madrid».
Que
la Constitución no contenía la Ley de Hidrocarburos. Decir
eso es simplemente,
desconocer lo que es una Constitución. Ser analfabeto integral
en ese tema.
Que
daba a los diputados tantos privilegios, «porque estos serían
blancos». Cosa inverosímil, aun mirado todo desde entonces,
porque no era fácil suponer que la población nativa eligiera
a los blancos del país como sus mandatarios
políticos.
Y
tantas y tantas cosas por el estilo que hoy avergüenza
escribirlas...
¡Y
pensar que por Madrid andan ahora, diciendo que combaten a Macias,
los que aplaudían a conciencia estas estupideces!...
Claro
que el pueblo guineano está enterado de quién es cada cual y
no se
le podrá engañar dos veces...
Aparte
de Madrid, donde se encontraba el poder central, qué duda
cabe que en Santa Isabel
estaban también los interlocutores válidos, a los que había
que convencer a base de diálogo y multitud de razones, para
contrarrestar sus
maniobras dilatorias.
Por
eso la presencia de Atanasio Ndong en la virtual capital del
futuro Estado
era explicable.
Ahora
bien, lo que nunca he podido entender es cómo Atanasio se inmovilizó
hasta llegar a echar raíces en Santa Isabel, donde se tenía
ya la batalla
ganada de antemano, como bien lo sabía la ejecutiva del
Movimiento,
al ser la capital y tener un elevado coeficiente de
intelectualidad.
Así
tampoco he llegado a entender el sentido práctico que tuvo
aquel viaje
a Madrid que efectuaron, Ndong, Torao y el traidor Grange
Molay, para entregar a
Franco un escrito con trescientas mil firmas, en solicitud de
independencia, si
ésta se veía ya venir.
El
precioso tiempo que Ndong podía haber dedicado a adentrarse
en el pueblo
-de Río Muni-, relacionarse con él, que no le conocía, que
se moría de
ganas de conocerle y que era el que, al fin y al cabo, iba a
inclinar la balanza
electoral, se perdió en Santa Isabel, donde ya casi todo
estaba hecho.
Además,
¿por qué no se negoció seriamente y con respeto con la «Unión
Bubi» en peso, en lugar de limitarse a atraer a Gori Molubela
si se sabia
que al no tener ya el suficiente carisma, no atraería a la
base? Ndong no
aprovechaba la estima que le mostraba el pueblo Bubi.
Se
sabe que había obcecación y fanatismo en todo esto, pero la
«Unión Bubi» tenia gente
recuperable y buenos nacionalistas que, aunque errados, se
les veía calidad y altura, que podían y debían ser salvados
para la nación eran como
los casos de Bosío, Watson, Copariate e Itoha.
Estoy
seguro que se hubiera llegado a un buen acuerdo con ellos para
evitar
que Bosío actuara de comparsa y francotirador para restarle a
Ndong los
votos de Fernando Póo.
Nada,
una vez más, la autosuficiencia de Atanasio hizo su aparición
para
nuestra desgracia.
|