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LOS
ERRORES POLÍTICOS DE ATANASIO (*)
A)
Su casamiento con Marta Moumié.
Cuando
empiezo este capítulo en el que, como «atanasista» que fui
por pura
convicción, deseo criticar la actuación política de ese
gran hombre de estado
que fue el Secretario General del «MONALIGE» me sangra el
corazón. Nunca creí que vería fisuras y más que fisuras
esas grandes grietas en su
obra política. Y, a pesar de ello, seguiré admirándole, no
ya por lo que pudo
haber hecho -que nunca se sabe-, sino por lo que de bueno hizo
por
Guinea.
Desgraciadamente,
los políticos no son los humanos que no se equivocan;
al contrario, se da la paradoja de que a veces pocos humanos
son tan torpes
como los políticos. Son los que piensan por los demás, por
el pueblo; disponen de las
vidas y haciendas ajenas; se creen eternos; son los sabios, los que todo lo hacen bien; se hacen dioses; fundan credos; hacen tabla rasa
dé todo lo que no les conviene o no les gusta; los demás,
los gusanos de los administrados, no saben nada, no pueden
hacer nada. Se dirigen al pueblo cuando le piden su confianza,
su poder, y una vez obtenidas estas dos cosas, el pueblo ya no
cuenta; para los políticos, el pueblo es su patrimonio. Claro
que esa camisa no sienta a Maclas o a Idi Amín lo mismo que a
un lord inglés.
El
político no es consciente de que sus errores arrastran a los
pueblos; él
mismo podrá morir y se le llorará, lo malo es que muera o
llore todo el pueblo.
Por
eso el político debe estar en condiciones de derrochar
ingenio, visión
de futuro y caminar con pies de plomo, aunque piense con la
celeridad del
rayo.
El
compañero Ndong lo hizo todo bien, tan bien, que se sintió
autosuficiente
y por eso no consultaba. Y cuando lo hacía, no sé si por
falsa modestia,
no escuchaba; y si escuchaba, no atendía. Es como si
cumpliera con un trámite
inútil y molesto.
La
autosuficiencia es el peor pecado de un político. Le llevará
a rodearse
de individuos que no le discuten nada; al contrario, que le
asienten todo por
complacerle y obtener su favor.
A
lo largo de sus quince años de exilio, Atanasio acumuló
todos los conocimientos
políticos. Tuvo tan sólida formación política que dudo que
haya en Guinea y a corto plazo otro político de su talla.
Pero
una larga ausencia desconecta a cualquiera de la realidad, y
ya no
sólo del país que se ha dejado concretamente, sino de todas
las circunstancias generales que envuelven a la nación.
Guinea
Ecuatorial por su situación, su población y su propia
independencia,
está condicionada por la Historia a estar en buenas
relaciones y entenderse plenamente con Camerún, Gabón,
Nigeria y Sao Tomé.
Quizá
no se gane gran cosa por esas amistades, pero se perdería
mucho sin ellas. Haciendo fronteras con Guinea Ecuatorial
tenemos a Camerún, uno de los países más difíciles de África,
por su composición y diversidad
pero uno de los países más maduros, políticamente hablando,
quizá el más estable y
equilibrado.
El
Presidente del Camerún, Ahidjo, ha sabido conjugar, como quizá
no lo hubiera hecho ningún intelectual, y él no lo es, la
inmensa variedad de un país que es conocido, con razón, por
su fauna, clima, composición geográfica
y étnica como una mini África, para obtener un país que, si
se prefiere, puede
clasificarse como económicamente desarrollado, aunque está
en vías
de desarrollo; pero no obstante ello, muchos quisieran estar
social, política y culturalmente como el Camerún.
Y
es curioso, me he convencido de ello cada vez más, tomando a
Camerún
como ejemplo, que la libertad conquistada es la que más se
valora. Como el dinero ganado con el propio esfuerzo y no por
regalo o lotería.
¿Hubiera
sido mejor que España no nos sirviese la independencia en bandeja?
¿Nos
hubiera arrebatado Macías la libertad tan fácilmente, si
hubiéramos
tenido que luchar por ella allí en nuestro lugar, entre el
Ntem, Kié y Wele,
en la falda del Pico de Santa Isabel, en la ribera del
Mitemele, en la selva
toda?
Todo
lo que Camerún tiene hoy de ecuanimidad y equilibrio político,
lo obtuvo
sudando sangre.
Primero
combatió a los alemanes, tras montar el macabro número de
Ambam, cosa típica de ellos, donde en un día ahorcaron a
nueve jefes de tribu;
atacó a Francia, estando el Camerún con carácter de
fideicomiso de la
Sociedad de las Naciones bajo la administración francesa;
después, alcanzada
la independencia, sofocó una belicosa oposición de U.P.C.
-Unión de Pueblos Camerunenses- y que encabezaba Moumié, Um
Nyobe, Ouan-dié y Mayim Matip entre otros.
Ahora,
vencida esta pesadilla, Camerún respira aire de alivio. Es un
país
que ha ganado a pulso el respeto del mundo.
Aunque
sigue el régimen genético africano de partido único, hay
que reconocer
que el existente, llamado U.N.C., no es un partido creado
desde arriba; fueron las bases de muchas fuerzas políticas
las que quisieron unir, sus
esfuerzos bajo una línea única.
Y
aún así es el único país africano en que se habla de
oposición y se practica
la autocrítica y discusión en el seno del partido.
Ahidjo
es hoy respetado y venerado por el pueblo, por lo bien que lo
ha hecho en medio de tantas dificultades.
No
entro en problemas internos, como en el último sonado proceso
de Yaundé en que fue condenado a muerte Monseñor Alberto
Ndongmo, por haber
propiciado un golpe de estado contra Ahidjo.
Hoy,
Monseñor Ndongmo está libre, mientras que Monseñor Nzé
Abui, Obispo
de Bata, fue expulsado de Guinea, y ahora se encuentra
exiliado, sólo
porque tenía un parentesco con Atanasio Ndong.
¡Qué
diferencia tan abismal! Y hay que preguntarse: ¿De quién
toma ejemplo
Macías?
Como
se sabe, el líder marxista camerunés Félix-Roland Moumié,
murió
según rumores, envenenado por el médico de cabecera en
Suiza, creo que
al principio de la década de los sesenta; su cuerpo,
embalsamado, está hoy
en Conakry en espera de que se autorice su entrada en Camerún
para ser enterrado en su país.
Moumié,
con otros líderes «basa» -su grupo étnico-, así como
algunos «bamiliké»
-otra etnia poderosa del país-, encabezaba la belicosa oposición
que tuvo primero el Gobierno de Mbida, luego, y de forma
alarmante, el de Ahidjo, y
tan importante fue esa oposición, que se temió por la
viabilidad de la independencia camerunesa.
El
General de Gaulle echó un cable a Ahidjo enviando a
paracaidistas franceses de la base de Brazzaville sobre Edea,
ciudad industrial camerunesa, que los «maquisards» o
guerrilleros habían convertido en la base de sus
operaciones. En esta acción cayó Um Yobe con la tapa de los
sesos volada.
Moumié
estaba casado con Marta Moumié, una de las mujeres con mayores
dotes políticas que he conocido. Marta dominaba el juego dé
la política camerunesa
tanto como su marido.
Por
sus actividades políticas, y por la posibilidad que tenia de
agrupar a los
grupos étnicos que seguían a su marido para continuar la
lucha, pues tiene esa capacidad rara en una mujer, Marta fue
condenada a muerte en rebeldía
en un proceso que tuvo lugar en Yaounde. Marta se encontraba exiliada
entonces en Conakry, donde custodiaba el cadáver embalsamado de
su marido. Fue allí, en dicha población de Conakry, capital
de Guinea, la ex-Guinea
francesa, o en un congreso que tuvo lugar en El Cairo, donde ella
y Atanasio se conocieron.
Ndong
era un político con mucho futuro en Guinea, conocía perfectamente
la ineludible necesidad de entendernos con Camerún y mantener
buenas
relaciones, y no obstante esto, no tuvo reparo en tomar por
esposa a
Marta Moumié, viuda del más temido y odiado adversario político
de Ahidjo,
Presidente de Camerún.
Se
podrá decir que esto del matrimonio es un asunto privado, una
cuestión
personal, un derecho que no se le podía negar. Eso es cierto,
indiscutiblemente.
Pero no hay que olvidar que la vida privada de un político, al
ser un hombre público tiene repercusiones también públicas.
Y por tanto, no
caben ligerezas en ella. Y esto es especialmente significativo
en África donde por especial idiosincrasia predomina la
persona del líder sobre su programa
político, el sentimiento de tribu sobre el de Nación.
Tratándose
Camerún y Guinea de países limítrofes, y no solamente países
con frontera común, sino con relaciones comerciales intensas,
con grandes vinculaciones entre sus respectivos habitantes, al
ser gentes de un
mismo origen, arbitrariamente separados por una Europa
colonialista, cualquier
acción que pueda afectar las relaciones de los dos Estados
debe ser
sopesada.
Por
tanto, las relaciones entre Guinea y Camerún habían de ser
necesariamente frecuentes, y las actuaciones de Atanasio Ndong,
como político, lo
mismo Presidente, que ministro o embajador, hubieran creado
dificultades
por su matrimonio con Marta Moumié.
¿Se
sentaría alguien del Gobierno camerunés a la mesa de una condenada
a muerte?
Era
indudable el estado de tensión que aquel matrimonio crearía
para nosotros
innecesariamente, las dificultades que por esa cuestión
secundaria
podrían suscitarse entre Camerún y Guinea.
Por
eso, y por otras razones que ya expondremos, el Gobierno camerunés
vetó a Atanasio Ndong desde un principio y pasó a apoyar a
Macías, que no era bien mirado ni por la España
metropolitana ni por la España colonial.
Ya
no sólo la presencia de Marta Moumié en la vida personal de
Atanasio,
ni tampoco el hecho de que la gestión de Ndong Miyone podría
significar una incómoda competencia para el Camerún puesto
que aquel podría atraer
a los grupos «fang» de la rama «ntumu» de Camerún y Gabón,
que podría hacer realidad
la unión de todo el pueblo «fang-ntumu» bajo una federación
o confederación de los países atravesados por los ríos Wele-Ntem.
Como decimos antes, la presencia tan cercana de Marta Moumié,
con la posibilidad de que esta mujer levantase a las
tribus «basa» y «bamiliké»
contra la Administración Ahidjo, obligaron muy
explicablemente a Camerún
a alejarse de Atanasio, cosa fatal en aquel momento.
El
Comité Ejecutivo del «MONALIGE», los líderes exiliados de
nuestro movimiento,
lo entendieron así, y así se lo dijeron a Atanasio, como me
lo confirmó el maestro Don Benito Mengüé Nvumba Bidang;
pero Atanasio Ndong
no los atendió. Un gravísimo error.
El
«MONALIGE» nunca aprobó dicha unión, a pesar de que no
dejaba de
reconocer los beneficios que el talento y la gran eficacia política
de Marta
podrían aportar al Movimiento. Pero era de esperar y temer
dificultades con
un país, que no había escatimado esfuerzos para, a su
manera, ayudarnos a alcanzar la independencia.
A
mi entender la unión Ndong-Marta fue una actitud
inconveniente, un acto
de imprudencia, inconcebible en un político de su talla.
Repito: Un error gravísimo.
Después
de los tristes sucesos de Bata del 5 de marzo de 1969 a raíz
de los cuáles Macías, su régimen y su gente abdicaron por
completo de la razón
humana, de forma incomprensible pero con propósitos bien
definidos se
procedió a una extradición no solicitada por Yaundé. Dato
curioso para la
Historia, negra anécdota de que es protagonista, una vez más,
Macias. Se
expulsó de Guinea a Marta y fue precisamente enviada a Camerún
para
ser entregada a las autoridades del país vecino.
Macias
creía que la dignísima dama sería fusilada nada más pisar
el suelo
camerunés, pero, para su pena, Ahidjo no es un asesino
escudado en el poder como él mismo. Marta fue encerrada y el
lugar donde está se mantiene
en el mayor de los secretos por el Gobierno de Ongola.
En
la última comunicación que Marta envió a los seguidores de
su esposo Atanasio dijo que si bien no la maltrataban físicamente
temía no obstante por su vida. Nos es imposible ahora al
escribir esto poder afirmar que Marta sigue viva. Si bien
confiamos que el Gobierno de Ahidjo actúe con la cordura
que le ha caracterizado siempre, respete su vida, e incluso,
cuando los intereses de Estado lo permitan, la libere.
En
la aludida carta, Marta, desde su celda de prisión, hacía
otra revelación
más sorprendente: Macias envió a un emisario cerca del
Gobierno camerunés para pedir su puesta en libertad y su
regreso a Guinea. El enviado
de Macias no reveló su verdadera identidad, dándole a Marta
el falso nombre
de Fernando Nguema, aunque acreditó su parentesco de consanguinidad
con Macias.
El
tal supuesto Fernando dijo a Marta que Macias le proponía una
relación matrimonial, por lo que debía volver a Guinea si
aceptaba casarse con Macias; éste ya había llegado a un
acuerdo con Ahidjo para su liberación. Por otra parte, Macias
añadía a la proposición de matrimonio, y quizá para imitar
a su amigo Idi Amin, la cartera de Asuntos Exteriores, que no
ha tenido hasta aquí digno sucesor desde la muerte de
Atanasio Ndong.
Personalmente
nos inclinamos a creer que esta es una más de las maniobras
que la perturbada mente de Macias le hace intentar.
Trataría
simplemente de ejecutar una obra que Camerún, por las razones
que fueren, no ha querido realizar: Macias quería traer a
Guinea a Marta para hacerla matar.
Macias
tiene miedo, Macias es un cobarde, como ya hemos dicho con la
extensión necesaria. Macias hizo matar a Atanasio Ndongo de
forma cruelísima, tras muchos días de suplicios. Y es
natural que tenga miedo, miedo horrible que le desencaja a que
Marta Moumié, mujer excepcional, pueda
lanzar contra su corroído régimen a los magníficos
guerreros de las tribus
«basa» o «Nvele» que todavía quedan en
Camerún. Salvo que los soviéticos
y cubanos que hay en Guinea actuaran directamente los temibles
guerreros citados no tendrían en las presentes circunstancias
quien les
hiciera frente con la menor posibilidad de impedir su paseo
militar hasta Bata
y Río Benito incluso.
Marta
es una mujer de gran visión política, y por tanto, es obvio
que ha de
preferir con mucho la caída de Macias, la muerte que le
corresponda o su
desaparición por cualquier modo, que no la renovación de las
hostilidades
en Camerún, produciendo con eso una desestabilización de un
país que
en justicia ya ha logrado un equilibrio político y avanza con
firmeza por la
vía del desarrollo.
B)
Política de rascacielos.
El
africano, generalmente, y creo que eso es debido a la falta de
tradición
o costumbre, no sigue el plan político, o la ideología; no
sigue conscientemente
a un partido y cumple con su disciplina; no sigue la teoría
política,
sino la praxis. Ni siquiera se detiene a pensar cuál es el
criterio de un líder, o en lo que pueda hacer su dirigente,
no; le basta con saber a quién sigue,
de dónde viene, cómo vive, dónde nació, de quien es hijo.
Si
después de conocer el nombre del líder, de quién es hijo y
en donde nació,
aparece un parentesco remoto, ya era suficiente, ya no pide más.
Si en
su día, su hombre escogido le invita a tirarse de lleno a un
hoyo, no lo dudará.
Porque si lo dice él que es hijo de aquel amigo o conocido
suyo, es evidente y seguro que será lo apropiado.
Por
otra parte, también a mi entender por falta de costumbre, el
concepto
de nación es muy poco perceptible en el africano. .
La
perspectiva que tiene de lo que es la nación o Estado son
cortos; se limita a la tribu, al clan, al pueblo al contorno
geopolítico, y muy poco más.
Por
eso creo que la preocupación actual de un político africano
responsable debe ser ésta: Informar y preparar al pueblo, con
llaneza, en términos elementales, en esa grande y para él
extraña idea de nación, de patria.
Mis
compañeros de facultad se extrañan cuando me preguntan si el
idioma
«guineano», lengua que suponen se ha de hablar en Guinea, es
muy difícil; y les
contesto que no conozco la existencia de tal lengua; que en
ninguna parte de Guinea Ecuatorial se habla el «guineano»,
que, a lo sumo, el «guineano» seria el castellano o español
que, con acento propio, como tiene
que ser, ya que no se trata de hablar el castellano, sino de
españolear, hablamos
allí en Guinea, y que conservamos con orgullo porque en el
mundo se nos
clasifica como hispanófonos.
Como
se sabe -y ya ha quedado apuntado- tras la lotería de Berlín
en el
año 1885, se dividió África al capricho europeo, sin
fundamento ni respeto
a las entidades naturales. Se crearon con ello unidades geopolíticas
fantasmas,
que generalmente nunca unieron, pero sí separaron pueblos
enteros.
Un buen ejemplo de esto lo constituye la rama «ntumu» de los
«fang» que
se halla dividida entre tres países, vecinos: hay «ntumu»
en Camerún, en
Gabón y en Guinea Ecuatorial.
Para
no crear un auténtico rompecabezas con guerras de conquistas
y reconquistas,
los dirigentes africanos, al crear la O.U.A., optaron por lo más
fácil, cómodo y seguro: respetar las fronteras comunes
heredadas de la colonización,
so pena de hacer desaparecer ciertos Estados. Pero lo más cómodo
y lo más seguro puede no ser lo mejor y más justo.
Lo
ideal, al menos así lo pienso yo, sería que en el caso
concreto de Guinea
Ecuatorial, Camerún y Gabón, donde la Ley arbitraria, la
colonización ignorante, ha separado lo que la Historia y la
naturaleza unieron, seria el conservar esas fronteras como
limitaciones administrativas, no como barreras entre hermanos
divididos, esto es, quedando como simples signos o referencias
territoriales de nuestras respectivas soberanías, creando un verdadero
entendimiento que nos permita cacarear menos la palabra hermandad
y practicarla más mucho más...
Cuando
allá a principios de la década de los cincuenta Atanasio
abandona Guinea Ecuatorial camino del exilio, después de los
disturbios de Banapá,
nadie le conocía a nivel nacional más que de nombre.
Luego,
ya en el exilio, se le siguió conociendo por sus escritos,
fotografías,
intervenciones y otras actividades políticas, cuyas
referencias nos llegaban
a través de la Secretaría de Coordinación del Movimiento.
Djamanene,
en esto como en todo lo demás, prestó al Movimiento y al país
inmejorables servicios, que
le merecerían una gratitud nacional, al menos un respeto. Macias sabrá por qué primero mandó a Mariano Ndemsogo, un completo
y sádico desquiciado, que le reventara un ojo, y luego, que
le matara. Cosa no por común y generalizada menos horrible.
Gran
parte del tiempo de exilio lo pasa Atanasío en los Estados
Unidos, donde,
por mucho empeño que ponga, es muy difícil practicar aquello
de asimilar
sin ser asimilado. El ambiente influye permanentemente en el
individuo,
y acaba por dar carácter a la persona. Se adquieren fácilmente
los modales
yanquis, creando así en el político, una imagen muy
especial, como postiza, y
muy negativa para el paisano africano que lo aprecia.
Esta
imagen extraña para el nativo, distancia al electorado, hace
la figura
menos propia y entrañable, y además, es fácil presa de la
critica demagógica.
Ante
un pueblo políticamente analfabeto, sin experiencia ni
reflexión, dejándose
guiar por sensaciones y movimientos primarios, que no por razón
o
convencimiento maduro; ante gente que está acostumbrada a
estar pendiente de quién es y no de qué dice, ante un pueblo
que no sabe distinguir entre
una sana y constructiva oratoria política y simples berridos
demagógicos,
presentarse con una política profunda, sutil y casi
sofisticada, al estilo occidental
y europeo; trasplantar esquemas occidentales para aplicarlos a
la
realidad africana es el mayor error de cálculo que puede
cometer un político
africano. Y lamentablemente muchos políticos de este
continente han caído
en este error, para su mal.
Si
Atanasio hubiera hecho su política, si hubiera desarrollado
su actividad
política en Washington o en cualquier Estado de los que
forman la Unión,
a pesar de su piel de ébano, habría estado, sí no dentro,
al menos muy
cerca de la puerta grande de la Casa Blanca.
La
Política de rascacielos hecha entre chabolas y cabañas; la
política de
altura pero practicada en la hondonada, está siempre
condenada al fracaso.
Pronunciar elegantes palabras de oro, ante un pueblo que sólo
ha oído
el caer de la chatarra, garantizaba la derrota.
Atanasio
era un político agudo y extraordinariamente culto; buena
oratoria en un fluido y elegante castellano, que producía una
envidia que consumía
a sus adversarios, luego sus enemigos políticos. Era un
africano que sin perder sus esencias propias se había
occidentalizado mucho para dirigir a
un pueblo que, en su mayoría, el castellano lo entendía muy
poco, por ecos
como dicen los fang.
Atanasio
hablaba muy mal el «fang» natal, yo diría que casi nada. Y para
colmo de males, lo poco que hablaba lo hacía con ese difícil
acento «okak»
de Río Benito, tan difícil de entender para quien no esté
bien versado
en la lengua de Esono «mon obuk».
Pude
convencerme de ello cuando en plena campaña en el referendum sobre
la Constitución a favor del «si», el maestro señor Elá
Nsué puso en aprietos a Atanasio, tras su excelente explicación
en castellano, al pedirle que
se explicara de la misma forma en «fang» ante la masa que no
entendía el castellano.
Ndong se las vio y deseó para hacer una síntesis de su intervención en castellano en lengua «fang». Hábilmente acudió en su auxilio
Don Benito y se expresó en ese fluido «ntumu» que él
hablaba a la perfección con todo simbolismo, giros y
refranes.
Esto,
a ojos de un occidental, sería absurdo, evidentemente, pero
para un
pueblo fácil de manejar como era el nuestro -y digo «era»,
porque ahora es
el más desconfiado que conozco- resultaba sumamente negativo.
Macías y su camarilla ya habían pasado por allí sentando cátedra
de oratoria en
«fang» llena de argumentos fácilmente rebatibles, para
cualquier otro que
pudiera expresarse con facilidad como ellos en «fang», por
inconsistentes
y pueriles, de pura efervescencia demagógica, diciendo al
pueblo, no lo
que había que decirle, que eso no atrae votos ni arranca
ovaciones, sino lo
que el pueblo quería oír, que no era, desgraciadamente, la
verdad. De ese modo tan
falso y poco honrado, Macias y su camarilla llevaban al pueblo
a confundir la
realidad.
Quiero
insistir aquí, antes de seguir, que en política hay que
distinguir, muy
bien y especialmente en política africana, porque son
perfectamente diferenciables,
lo que el pueblo quiere oír, aquello que suena bien y halaga,
de lo que un político honrado debe decir al pueblo.
Decir
al pueblo lo que éste quiere escuchar es rentable cara a las
urnas;
si se practica ante un pueblo preparado en el juego político
democrático
hasta se puede considerar permisible, ya que el mismo pueblo
puede discernir y juzgar sobre quien habla solamente para
obtener votos y quien dice
lo que puede hacer o aquello que es viable de llevar a la práctica.
Pero,
para un pueblo como el nuestro que salía de la nada, que tenía
delante
de sí no sólo los problemas acumulados durante la colonización
sino
los inherentes a todo Estado que nace, no decirle al pueblo lo
que se debía
decirle, no hablarle con claridad, no contarle la verdad de su
situación,
limitarse a engañarlo para obtener su confianza, como el
timador, el descuidero,
era una traición. Una gran alevosía en política.
Macias
habló al pueblo en su lenguaje, quería votos y la confianza
del pueblo;
para ello, según él, todas las armas son lícitas.
Nunca
entendimos dónde y cómo iba a cumplir lo que prometía; de dónde
iba a sacar el dinero para pagar los sueldos que prometió a
los funcionarios; en
qué mercado podría vender el café y el cacao al precio que
anunciaba. Y
mucho más difícil todavía, cómo iba a cumplir todas esas
difíciles promesas
teniendo a su lado incondicionalmente solo a un equipo de
borregos, consumados maestros en hacer ruido, aplaudir y
quemar incienso, pero totalmente analfabetos en la política como ciencia y como arte.
Macias
trepó y trepó, en su desenfrenada carrera hacia el poder;
trepó y se agarró a todo y a todos prometió profusamente lo
que jamás podría cumplir.
Según él, con Macias el país iba a pasar de las ruinas
coloniales a la
era espacial. Nos catapultaría a la gloria infinita... ¡Qué
pena! El pueblo lo creyó
ingenuamente y ahora lo está pagando con usura, un error
tremendo del
pueblo, del que no fuimos capaces de convencerle, y ahora paga
con su sangre, y mucha sangre, su equivocación.
En
antifranquismo trasnochado de Macias -más bien emulación y
envidia que postura crítica o razonable en él-, curiosamente
no le impidió acoplar
a su jerga política -como el castellano a su apellido-, la
terminología que
el régimen de Franco hizo popular: El 5 de marzo de 1969 en
que conmemora
su triunfo sobre el pueblo, le llama «Alzamiento Nacional» o
«Día de
la Victoria». Todo el que políticamente no piense como él
-y salvo un demente, un comprometido o un asesino, nadie puede
pensar como él- es un «subversivo». Las confabulaciones
dirigidas contra él, aunque no sean «judeo-masónico-comunistas»,
se parecen mucho.
En
Guinea hoy, incomprensiblemente, las milicias populares -la
nueva versión
de la «juventud» en marcha con Macias- de Macias, especie de
«tontón macutes» haitianos, que habría que suponer
marxistas, terminan el
«cara al sol» con... «en Guinea empieza a amanecer»,
aunque en realidad,
más cierto y honrado seria decir que «en Guinea ya oscureció»...
Una
de las acusaciones contra Atanasio que tanto gustaba a Macias
y a
sus lacayos antes, durante y después de la campaña era de
que Atanasio era
«blanco».
¡Ay,
si otro hubiera cambiado su apellido «fang» Mesié por Macías»,
lo que
hubiera dicho de él Macías!
Argüían
con placer que ni siquiera hablaba el «fang», por presunción,
puesto
que se creía más blanco que Suances...
José
Martínez Bikié, fanático seguidor de Macías que era
mulato, llegó a
decir en un mitin que odiaba su piel, porque era demasiado
clara, y con ello
arrancó una ovación descomunal de la masa que tragaba moscas
escuchando
a esa especie de Castelar mulato, salido de la escuela de
Macias.
También,
el que hoy está en permanente luna de miel con los rusos, cubanos
y coreanos del norte, gracias a cuyo apoyo sigue en el poder,
acusó a Atanasio
Ndong de ser comunista y de «querer instaurar un régimen comunista
dictatorial en Guinea». Es decir, lo mismo que él ha hecho
ahora.
Esta
acusación satisfacía a la España colonial, a la que el sólo
pronunciar
el nombre comunista provocaba disentería.
Contra
la Constitución redactada en la Conferencia que al efecto
tuvo lugar en Madrid, alegaban los siguientes argumentos,
risibles, dislocados, sin
el menor fundamento, pero que tampoco muchos se tomaban el
trabajo de
examinar su falta de fundamento:
Que
en la portada aparecía un chica que decían nigeriana.
La
joven que prestó su imagen para una cierta edición del texto
constitucional,
para su divulgación y conocimiento, vivía en Santa Isabel,
era «bubi»,
y trabajaba en un establecimiento llamado «Almacenes Madrid».
Que
la Constitución no contenía la Ley de Hidrocarburos. Decir
eso es simplemente,
desconocer lo que es una Constitución. Ser analfabeto integral
en ese tema.
Que
daba a los diputados tantos privilegios, «porque estos serían
blancos». Cosa inverosímil, aun mirado todo desde entonces,
porque no era fácil suponer que la población nativa eligiera
a los blancos del país como sus mandatarios
políticos.
Y
tantas y tantas cosas por el estilo que hoy avergüenza
escribirlas...
¡Y
pensar que por Madrid andan ahora, diciendo que combaten a Macias,
los que aplaudían a conciencia estas estupideces!...
Claro
que el pueblo guineano está enterado de quién es cada cual y
no se
le podrá engañar dos veces...
Aparte
de Madrid, donde se encontraba el poder central, qué duda
cabe que en Santa Isabel
estaban también los interlocutores válidos, a los que había
que convencer a base de diálogo y multitud de razones, para
contrarrestar sus
maniobras dilatorias.
Por
eso la presencia de Atanasio Ndong en la virtual capital del
futuro Estado
era explicable.
Ahora
bien, lo que nunca he podido entender es cómo Atanasio se inmovilizó
hasta llegar a echar raíces en Santa Isabel, donde se tenía
ya la batalla
ganada de antemano, como bien lo sabía la ejecutiva del
Movimiento,
al ser la capital y tener un elevado coeficiente de
intelectualidad.
Así
tampoco he llegado a entender el sentido práctico que tuvo
aquel viaje
a Madrid que efectuaron, Ndong, Torao y el traidor Grange
Molay, para entregar a
Franco un escrito con trescientas mil firmas, en solicitud de
independencia, si
ésta se veía ya venir.
El
precioso tiempo que Ndong podía haber dedicado a adentrarse
en el pueblo
-de Río Muni-, relacionarse con él, que no le conocía, que
se moría de
ganas de conocerle y que era el que, al fin y al cabo, iba a
inclinar la balanza
electoral, se perdió en Santa Isabel, donde ya casi todo
estaba hecho.
Además,
¿por qué no se negoció seriamente y con respeto con la «Unión
Bubi» en peso, en lugar de limitarse a atraer a Gori Molubela
si se sabia
que al no tener ya el suficiente carisma, no atraería a la
base? Ndong no
aprovechaba la estima que le mostraba el pueblo Bubi.
Se
sabe que había obcecación y fanatismo en todo esto, pero la
«Unión Bubi» tenia gente
recuperable y buenos nacionalistas que, aunque errados, se
les veía calidad y altura, que podían y debían ser salvados
para la nación eran como
los casos de Bosío, Watson, Copariate e Itoha.
Estoy
seguro que se hubiera llegado a un buen acuerdo con ellos para
evitar
que Bosío actuara de comparsa y francotirador para restarle a
Ndong los
votos de Fernando Póo.
Nada,
una vez más, la autosuficiencia de Atanasio hizo su aparición
para
nuestra desgracia.
Mientras
tanto, Macías, bien aleccionado y asesorado, aparte de la innata
observación de un buen «fang», había lanzado ya a sus
sabuesos a la caza
de votos entre los «ntumu».
El
mismo no dejaba de aparecer en público, en actos políticos,
para hablar directamente al pueblo, darse a conocer; engañando
y prometiendo; en una palabra, minando el terreno de Atanasio
con la complicidad de la España
colonial, que nunca se ha enterado de que llueve, sino cuando
ya está mojada.
Macías
supo trabajar bien, de eso no le cabe duda a nadie.
Yo
viví intensamente la campaña electoral, y me las vi con sus
seguidores
que entonces estaban dispuestos a emplear incluso la
violencia, además de la mentira y la calumnia, para conseguir
sus fines. Aquí, el fin que justificaba
cualquier medio era alcanzar la Presidencia. Movido Macias por
su
ambición, incluso cabe teóricamente que con buena fe, quería
ser Presidente aunque se reconocía incapacitado para el
cargo, estaba dispuesto en todo
momento de forma obsesiva a pararle los pies a Atanasio.
No
perdió la oportunidad de hacer propaganda, en ningún
momento.
Hasta
entonces, diría yo que toda la acción política de Macias
estaba orientada fundamentalmente a esa propaganda, con la que
antes quería convencer
al pueblo a toda costa, con las contradicciones más
radicales; el hambre
era de libertad; la miseria era de libertad; la ignorancia era
de libertad; la sequía era
de libertad; la lluvia era de libertad; el sol era de
libertad; etc. Todo
entonces era para él libertad.
Ahora,
con su machacona propaganda monocorde, sigue gritando al pueblo
-cuando su atormentada conciencia, si la tiene, se lo permite-
que los
males actuales de Guinea son producidos por España, son de
España, vienen de España; que los refugiados en España son
los traidores; que los cubanos,
los rusos y los chinos, son la libertad.
Sigue
diciendo siempre y siempre igual, que las cosas irán bien,
que el cacao
y el café -que ya no dan para nada- se venderán mejor; que
España no
le hace ninguna falta a Guinea; que abajo el colonialismo, el
neocolonialismo,
el «apartheid»...
Para
terminar con la coletilla que siempre grita un incondicional
obligado,
o en espera de su premio:
-
«¡En marcha con Macias, siempre con Macias, nunca sin Macías»!-
Lo
que no dicen esas voces «espontáneas» de las dictaduras, es
a dónde, a qué sitio va a ir Guinea con Macias. Esa es la más
preocupante cuestión.
Atanasio
creyó que Guinea era como Norteamérica o Inglaterra, donde un
buen discurso por radio o televisión, con sonrisa de anuncio
de dentífrico,
ya tendría ganada la masa.
Una
tarde advertí a Santiago Djamanene de nuestro error de cálculo;
de la falta de una visión
política certera; él me confirmó lo molesto que estaba con
esa actitud de Atanasio.
¿Por
qué no nos lanzábamos ya a conquistar políticamente Río
Muni donde el pobre maestro Benito Mengüé y otros compañeros,
se las veían negras - valga la expresión - para explicarle
al pueblo quién era Atanasio, como
si éste estuviera en la luna y no dentro del país.
Cuando
ya era demasiado tarde, y todo estaba perdido, y basado en unas
previsiones hechas a la ligera, se presentó Atanasio en Río
Muni acompañado por un equipo que envidiaría un Kennedy:
Ibongo, Obieng, Monsuy, Mbuamangongo, Djamanene, Loeri y
otros, todos expertos políticos
a la americana pero que al no desenvolverse en «fang» como
lo hacían Macias
y los suyos, nunca llegaban al pueblo. Fue bochornoso. Se
perdieron
unas elecciones que ya se tenían ganadas, pero por esas
paradojas tan frecuentes
en toda sociedad, los payasos del circo se llevaron los votos,
porque
gustaron y entretuvieron más al público con sus dichos
absurdos y sus figuras grotescas. Luego, con una falta de
medios económicos tan grave,
se organizó tan mal la campaña que nunca llegamos ni los
primeros ni a tiempo a ningún sitio.
Recuerdo
a este respecto que un mitin que teníamos programado en Río
Benito a las doce del día, no llegó a iniciarse sino a las
cuatro de la madrugada
del día siguiente. El público, cansado de esperar, se fue, a
pesar de haber aguantado
mucho y nos cruzamos a altas horas de la madrugada con los que
volvían de esperarnos (1).
En
un mismo día Ngong habló en Ebibeying -había poca gente,
era el terreno abonado de Macias; pasamos de largo por
Mikogmeseng, llegamos a Binvili, y de allí a Río Benito,
donde, como era lógico, llegamos tarde. En resumen,
no se habló a quienes se debía hablar, y querían
escucharnos; allí,
donde había que asegurar trece o catorce mil votos...
Muy
de mañana ya estábamos en el aeropuerto de Bata para acompañar
a Atanasio que tenia que tomar el avión que había de
conducirle a Santa
Isabel para intervenir en un programa electoral de la Televisión
de España
-como suena-, en Guinea.
La
campaña organizada por el «MONALIGE» no tenía un buen
asesoramiento; si a esto se
añade la carencia de medios que nos capacitasen para enfrentarnos
a dos candidatos que tenían una cierta fortuna personal, con un
asesoramiento inteligente y con un apoyo económico importante
nos encontrábamos en evidente desventaja, aparte de las
maniobras y zancadillas electorales
que realizaba la España colonial contra nosotros. Y si se
tiene en cuenta que
Ndong montó una campaña a la americana, en un pueblo en que
sólo tenían televisores -los pocos que entonces había- los
que precisamente no tenían derecho al voto, los blancos, ya
se comprende cómo se ayudó
al avispado Macias a ganar las elecciones.
¡Con
lo fácil que hubiera sido el emplear contra Macias sus mismas
armas!
Una
vez minado el terreno a Atanasio, ganar a Ondó Edú ya era
coser y cantar.
La
campaña a favor y en contra de la aprobación de la
Constitución del 11
de agosto de 1968, sirvió de ensayo: dos candidatos -Ndong y
Ondó Edú-
estaban a favor de la ratificación de la Constitución;
mientras que Macias
-abiertamente opuesto a la ratificación del texto
constitucional, que encrespó
a la masa contra los que estaban a favor, diciendo que ellos
querían enmascarar la continuidad del poder colonial blanco
con una independencia
asociada a España- se encontraría con la gran cantidad de
votos del
NO a la Constitución, Atanasio y Ondó Edú se dividirían
los votos del SI al
texto constitucional.
Y
hay que tener en cuenta que a pesar de lo que oficialmente se
hizo creer, el SI no ganó al NO. Es decir, que en el
Referendum constitucional, Macías derrotaba ampliamente a sus
dos oponentes.
¿Como
no advirtieron este aviso tan claro ni Ondó Edú, ni
Atanasio, ni la
España colonial?
Los
candidatos, los tres importantes candidatos, no cuento a Bosío,
el candidato de los cultivadores de cacao, que no entró en
liza sino para restarle
votos a Atanasio Ndong en Fernando Póo, aunque a pesar de
ello sus seguidores
provocasen desagradables incidentes como el de Baney donde se
sacó a relucir, se cree que por Watson, una navaja de resorte
con la que se
hirió en el vientre a un joven de Baney, que afortunadamente
no murió, sigo
insistiendo, Bosío no actuaba sino de comparsa y por tanto no
tenia importancia
a escala nacional. Los candidatos quedaron divididos así a
falta de una ideología
concreta: Ondó Edú era el candidato de los Jefes de tribu, las mujeres de edad, y los más o menos acomodados. Era el candidato de
los madereros de la España colonial; idóneo para Carrero
Blanco. Ndong Miyone representaba a la intelectualidad, los
funcionarios, los estudiantes, y todo aquel que entendía que
la dirección del Estado exigía una mínima preparación.
Por
su parte, Macías asume la representación de los marginados -drogadictos,
delincuentes, libertinos, vagos, resentidos, etc.- en una palabra,
los que se clasificaban a sí mismos como obreros y
cargadores. Es decir,
visto como estaba el panorama electoral, Macías llevaría los
votos de nuestra
escoria social: ex-boxeadores sonados, inadaptados, gentes sin
profesión u oficio, todos los frustrados. Los que pese al
ruido, tenían nueces.
Desgraciadamente
esta clase, si es que cabe hablar de clases, constituía
la mayoría de nuestro cuerpo electoral, y, por tanto, la que
iba a inclinar la
balanza.
Esa
ciase que, al saber gritar más que ninguna, hace sonar la
aclamación
donde no hay la más mímina oportunidad, se llevó el gato al
agua.
Por
Decreto, es decir, por obra y gracia del Gobierno de Madrid,
ya éramos demócratas, de
la noche a la mañana; ya éramos hombres llamados a votar
libremente. Me pregunto, ¿se puede realmente votar libremente
cuando se vota por símbolos?
Gracias
a estos símbolos: «gacela» -Ondó Edú- «palmera datilera
tropical»
-Ndong Miyone- y «gallo rojo» -Macías-, tres nuevas tribus
pueblan hoy
la Guinea: Los «gallos» dominantes como lo es ese animal; y
los perdedores «palmeras» y «gacelas». En Guinea hoy es
preferible que le llamen a uno
ladrón, asesino y de todo lo que se quiera, es casi mejor
serlo incluso;es
mejor eso, repito, a que le llamen «gacela» o «palmera».
Bosio se representaba
por un «cencerro» bubí.
Con
ese bagaje de analfabetismo y un nacionalismo exacerbado por los
exaltados y fanáticos seguidores de Macías, nuestro pueblo
se sentenció.a
muerte en las urnas, nombrando verdugo a Macías.
Pero
la inestimabilísima ayuda con que contó Macías en su
carrera hacía el poder fue, sin duda, las contradicciones de
España.
La
inexperiencia de los funcionarios de la Administración española
en la
ex-colonia; su indiferencia, a todo lo que no fuese sus
sueldos, dietas, porcentajes,
complementos, gratificaciones, y un largo etcétera de emolumentos,
a dónde irían a pasar sus vacaciones en España, deformación
que se
advierte también en la metrópoli, pero que en Guinea alcanzó
cotas increíbles; la falta de una verdadera dirección política
sensata, intuitiva, aguda, penetrante, para lo que estaba
totalmente incapacitada la España colonial
y sus grupos destacados en la Guinea; la autosuficiencia, en
que por desenfoque
o vanidad, se minimizaban las fuerzas contrarias; la ineptitud
y malicia
generales; las prisas locas de última hora; la estéril
defensa a ultranza de los mezquinos intereses creados, defensa
que se intentaba de forma
bien torpe y miope, como ocurre al mono que no quiere soltar
los granos
de arroz que ha cogido en la calabaza con la que es capturado;
con todo
ello, hacia que España apareciera muy clara y radicalmente
disociada en
dos: la España central y metropolitana y la España colonial.
Siempre fueron
distintas ambas imágenes, pero nunca de manera tan notoria
como entonces.
La
España central -con sus contradicciones- estaba a su vez
subdivídida
entre los tecnócratas del OPUS de una parte y los falangistas
que desde
hacía tiempo sostenían una lucha intestina por el poder,
forcejeo que,
para nuestra desgracia, repercutió en la causa guineana.
Hombres
como Fraga Iribame y Castíella veían bien, con buenos ojos
-quiero repetir e insistir en esto, veían bien, cosa distinta
a apoyar y asesorar
resueltamente-, que Ndong Miyone se hiciese con el poder en
Guinea. Las razones no eran ideológicas, ni había tampoco
una afinidad personal -amistad-entre Ndong y los ministros
españoles. Simplemente, que tanto Fraga
como Castiella conocían que la persona con la suficiente
capacidad para
culminar la obra española en Guinea era Atanasío. Era el único
hombre con
quien se podía dialogar y obtener algo positivo.
No
era hostil a España, si bien tampoco estaba entregado a ella
como para
que con él España pudiera iniciar una neocolonizacíón.
En
una palabra, era el político idóneo para Guinea en aquellos
momentos en que íbamos a partir de cero.
Por
su parte, los madereros y otros explotadores, con Carrero
Blanco al frente, es decir, la España colonial, querían a
Ondó Edú, mejor garantía de sus intereses. El hombre ideal
para perpetuar la colonización. El tonto útil, imagen
política tan multiforme, con el que nuestra independencia - a
pesar de sus indiscutibles buenas intenciones -, no pasaría
más allá del nombre, de una bandera y un himno.
Y
sentado en medio de la cuerda tirada en los extremos por las
dos Españas,
que no eran capaces de ponerse de acuerdo y hacer que Ndong
y Ondó
Édú fundiesen sus candidaturas, estaba Macias, el
trepador, el demagogo, para sacar ventaja al juego.
Que
lo sepan los que ignoraron y no tuvieron posibilidad de
enterarse. Que
los que lo sabían, pero no quisieron enterarse, ni acaso
les importaba, que
lo sepan. Que todos sepan que el pueblo guineano, ignorante,
sí, pero no
tonto, que no veía dos dedos donde no había más que uno,
conoció muy bien
la decepcionante maniobra y tensión entre las dos Españas
y las partió
a su pesar, por el eje.
Es
muy probable -y lo pude comprobar hablando con sus
seguidores-que
el pueblo no creyese en la competencia de Macías como
Presidente; pero
para seguir bajo la bota de los jefes de tribu y de los
catequistas teledirigidos
desde Madrid, o ir de la mano de la intelectualidad que como
en un nuevo
caso de despotismo ilustrado no supo llegar hasta él y a su
corazón, prefirió a Macias.
"Al
fin y al cabo es muy lógico que el vulgo siga al
vulgo", como decía bien
mi amigo, Ikaka.
Se
hicieron mal, muy mal, las cosas. Y se perdió sin dignidad
ante un adversario
que realmente no era tal. Macías no era más que un gigante
con pies de barro, al que la prudencia y sabiduría de viejo
«fang» de Ondó Edú, y la aguda, pero ineficaz
inteligencia de Ndong, no supieron combatir.
Como
existía la prohibición de presentar una candidatura a la
Presidencia que no estuviera hecha por un movimiento político,
los secuaces de Macías
se sacaron de la manga un grupo político realmente
inexistente, el «Secretario
Conjunto», que tenia detrás a la señalada eminencia
gris/y no precisamente
el Cardenal.
De
este modo se violaban deliberadamente las normas que
regulaban las elecciones, porque el «Secretariado Conjunto»
no era un grupo o partido
político determinado y concreto, sino una especie de buzón,
como un organismo
al servicio de los partidos guineanos para el enlace entre
los grupos del país y la Administración española y su
Gobierno. El «Secretariado Conjunto» era un organismo de
enlace para facilitar el diálogo, y abreviar tiempo con
ello y esa era su nota característica. Carecía incluso de
iniciativa
funcional propia.
El
«Secretariado Conjunto» nació en virtud del acuerdo de
base de los grupos políticos guineanos, sobre estos puntos:
a) Petición de la independencia,
b) Fijación de la fecha de su concesión; y c) No a la
separación.
Como
se dice, nunca fue un grupo o movimiento político en
sustantivídad
propia, capaz de presentar por si un candidato a la
Presidencia.
Fue
una auténtica ilegalidad, consentida, dada la tendencia de
todos a
minimizar a Macías, el loco, el ignorante; pero el
demagogo, el trepador.
Ni
el Embajador Durán-Lóriga, llegado a Guinea con la aureola
de gran intelectual,
de lumbrera, el número uno de su promoción, pero con nula experiencia
profesional, aún más necesaria en países pequeños llenos
de resabios y traumas, que dan el salto de la colonia a la
independencia; ni el viejo
zorro de Suances Díaz del Río, que conocía al pueblo «fang»
mejor que
a su pueblo español, supieron hacer nada para evitar el
triunfo electoral de un paranoico que tanto ha desgraciado a
nuestro pueblo.
El
segundo error de Ndong, fue precisamente éste: no supo
llegar al pueblo;
no se dio a conocer bien al pueblo.
Y
como el pueblo no votaba ideologías ni programas, escogió
al hijo de Nguiema
Biyogo, que a pesar de haber sido como tábano en su oído,
les supo
encantar con sus sofismas y mentiras.
Ahora
bien, me creo obligado a aclarar y puntualizar cuestiones.
Siempre
que se habla de la habilidad de Maclas para engañar o
trepar en
su carrera hacia el poder no se matiza bien, aun admitiendo
que lo anterior es sustancialmente verdad.
Con
esas referencias a sus condiciones de trepador, o sus dotes
de embaucador
y falsario, lo cual, dicho sin más explicación, haría
pensar que Macías
sea el más astuto político que se haya conocido. Y no es así.
Macías
tiene mucho más de charlatán de feria que no de la virtud
de la habilidad
política, aunque es preciso reconocer que también el
feriante, que vende hojas de afeitar o crecepelo en una
feria, también le hace falta cierta habilidad, cierto
conocimiento de la gente.
En
honor de la verdad, y haciendo una disección justa y
objetiva de la situación
comentada, Macías logró engañar sólo a la masa en su
sentido más
peyorativo, al pueblo, o mejor dicho, a aquel Importante
sector del pueblo
guineano menos representativo y menos capacitado, que
embaucado por su campaña agitadora y creyéndolo capaz de
todo lo que prometía, le entregó
su voto.
Pero
aún así, en esta afirmación de que Macias engañó al
pueblo también
hay que matizar.
El
pueblo guineano, en su mayoría, estaba soliviantado por la
presencia colonial
española; había almacenado durante largos años el odio
hacia el colono
que tanto le despreció a lo largo de la coexistencia
colonial; y en su ignorancia
política llegó a creer que sus males sólo se arreglarían
con la marcha
de los blancos, por lo menos, con esa marcha de los españoles
se convencería
de que ya no volvería a recibir ese trato de bestia.
Macías
era el único de los contendientes de la pugna electoral que
conocía esa realidad que subyacía en el fondo del pueblo.
No en vano había sido
un fiel colaborador de la Administración colonial.
Era
también el único a quien su incapacidad podía llevarle a
interpretar de
esta forma toda una política de Estado.
Era
el único que no podía discernir entre la realidad de una
época inevitable que ya estaba feneciendo y la de otra época
que iba a nacer. Para él y sus
seguidores lo importante de ¡a independencia era alcanzarla
como fuera,
ya el tiempo diría si se podía mantener o no, y cómo iba
a serlo.
Y
a pesar de esta filosofía simplista habría que distinguir
tres tipos de seguidores
de Macías en el electorado guineano, partiendo de la nula
preparación
política y sobre todo democrática con que contaba nuestro
pueblo, pues
no hay que olvidar que políticamente éramos alumnos del
franquismo y
es evidente que nadie puede dar lo que no tiene: a) Había
electores que votaron
a Macías por cumplir un puro trámite; es decir, que habían
decidido entregar su voto a Macías, no porque fuera el más
idóneo para la Presidencia,
sino por no abstenerse, bien porque creían que el voto era
obligatorio, bien por hacer algo que nunca habían podido
hacer en la vida, que era votar;
a estos les daba lo mismo votar a Macías, que a Ndong o a
Ondó. Pero prefirieron
a Macías, sin más razones de fondo.
b)
Otros
electores guiñéanos que dieron su voto a Macías eran los
que, en
su buena fe, y
dadas las limitaciones propias de una falta de preparación política,
creyeron sinceramente que Macías era el más indicado para
el puesto
que se votaba.
c)
El
tercer grupo electoral que siguió a Macías era el de los
fanáticos. Impermeables a toda razón y dialéctica sana;
aseguraban, con esa malicia que
anima una ignorancia pedante, que para el bien o para el
mal, Macias era
el mejor. Conozco casos como el de Andrés de Zómo Oveng,
en Binvili, que
nunca dejaba de afirmar que Macias era el «Mesías».
Cuando se le preguntaba
el porqué de su gratuita aseveración, decía -«No se
pueden dar razones;
él es Dios y nada más. Yo le votaría -terminaba-, incluso
si supiera
que nos va a llevar al infierno».
A
estos tres grupos hay que añadir uno muy importante, pero
que en cierto modo
sale de la simple calificación de un cuerpo electoral en
sus tendencias.
Este
grupo, un tanto especial, estaba integrado por políticos
guineanos, unos,
distinguidos e incluso de primera fila, como son los casos
de Nsué Angüe
Osa, Eñeso Ñeñe, Federico Ngomo (a éste, Nsué Angüe le
arrastró a última
hora, nunca creyó en Macías), Justino Mbá Nsué,
Celestino Obiang Mbá, Crisanto Mesié, entre otros
del grupo llamada «Munge Nacionalista», es
decir, de los que abandonaron a Ondó Edú -líder del
partido «Munge»- y presentaron la lista electoral
simbolizada por la paloma mensajera».
El
caso de Antonino Eworo, Clemente Ateba, Jovino Edú Mbú
(uno de los
políticos guiñéanos más inseguros, siempre iba a donde
olía una posible victoria,
ejemplo muy extendido), Pedro Ekong Ándeme, Agustín
Menyane me
Abaha, y otros, del llamado «I.P.G.E. Auténtico», como
si hubiera otro I.P.G.E.,
adulterado. Y que al no tener un líder representativo que
diera la cara
por ellos -el venerable anciano Antonino Eworo no se atrevió
a encabezar
una candidatura-, se escudaron detrás de Macías para
beneficiarse de
la popularidad que Macías se iba ganando a pulso, echándole
mucha cara
y valor a la cosa -como dicen los castizos-. Son los que
presentaron la
lista simbolizada por la «pina de cacao».
El
caso de Ángel Mesié Ntutumu y su hermano Miguel Eyegue
Ntutumu; Buenaventura Ocha Ngomo; Norberto Nsué Micha; José
Martínez Bikié; Salvador
Nsué Miko; Filiberto Beka; Andrés Moisés Mbá Ada, que
.se fueron con
su «MONALIGE VERDADERO» a esconderse detrás de Macías,
ya que eran
tan conocidos del pueblo que solo valiéndose de Macías,
lograrían colarse
amparados en la lista que presentó el mismo Macías y que
simbolizó con el «gallo rojo».
Estos
últimos, convencidos de su ineptitud, advirtiendo las
sombras que
les iban a envolver en el equipo de Ndong, prefirieron a Macías,
a cuyo lado estaban seguros de que brillarían.
Cosa
natural y lógica por demás: Ndong no hubiera nombrado
ministro por nada del mundo a ninguno de ellos dejando a
Ibongo, Evita, Loeri o Djamanene,
por señalar un ejemplo.
Todos estos políticos, como digo, unos de primera y aún
primerísima fila
y otros de la pedrea, son los que contribuyeron
considerablemente al éxito
de Macías. Son los que se encargaron de convencer a sus
respectivos
sectores electorales para que estos dieran el voto a Macías.
Son los que
presentaron a Macias al pueblo.
Por
todo ello, el pueblo tampoco fue totalmente engañado,
absolutamente
confundido. Más bien yo diría que fue arrastrado al error
por los ambiciosos, los que querían ser ministros a toda
costa.
Bastaría
señalar para confirmar lo que digo, el hecho de que la
propia lista
de Macías, la citada del «Gallo Rojo», alcanzó muy pocos
votos. Y esto fue
bien significativo. Y durante la campaña a favor o en
contra del texto constitucional
pude asistir en Mongomo a una escena muy significativa: en su
Mongomo natal se le impedía a Macías hablar. Le echaron
materialmente entre
abucheos e insultos, de la villa de Mongomo. Por lo que
desde Ebibeyin
no paró para hablar hasta Binvili, pasando obligadamente de
largo por su
Mongomo.
Esto
me hace comprender hoy a Mongomo. Es por miedo que ahora se
ve obligado a participar en las orgías de sangre de Macías.
A
la Administración colonial española tampoco la engañó
Macías. Viejos
cucos como Suances Díaz del Río y otros muchos, que conocían
la idiosincrasia del pueblo «fang» mejor que Macías o
tanto como él, que conocían
a Macías más que nadie, nunca pudieron ser engañados por
Macías.
Hechos
como los que ya he señalado -el caso de Mongomo, el ataque verbal
a Don Luis, el doctor en Ebibeyin- y la anticipada campaña
embaucadora
que Macias montó intempestivamente, ya le había permitido
revelar a tiempo la verdadera personalidad que se escondía
detrás de aquel fiel servidor y colaborador de las
autoridades coloniales.
Simplemente
ocurrió que a Macías la España colonial, llevada por la autosuficiencia
que caracterizaba el comportamiento del «pequeño blanco» colonial
con el negro, al que considera siempre como ser inferior y
torpe, débil
mental, que cambia su oro, marfil y ébano por un trozo de
espejo, no le concedió
la debida importancia. No tomó a Macías en serio confiando
en que
saldría victorioso su domesticado candidato.
En
lo que respecta a García Trevijano, tampoco le engañó
Macias.
Hay
que tener bien presente que, con Macias, García Trevijano
no buscaba
ni la implantación de la democracia en Guinea -no en vano
sostiene siempre
que los negros no estamos capacitados para asimilar la
democracia
racial de Occidente- ni la auténtica liberación del
guineano que en el fondo
le importaba muy poco.
El
hecho es que García Trevijano pertenece al antifranquismo
folklórico y trasnochado, que al no serle posible llevarlo
a la práctica en la España de entonces,
utiliza a Guinea como campo de experimentación, utilizando
a Macías
como arma ofensiva con la que atacar e incomodar a Franco y
a su Gobierno.
La
cuestión para el «notario excedente», era bien sencilla:
llevar la contraria
al franquismo como fuese, sin importarle las consecuencias
que ello podía
derivar para nuestro pueblo.
No
es, pues de extrañar que no quiera reconocer hoy lo craso
de su error
porque, para él, no hubo tal error. No apoyó a Macias por
sus emanaciones democráticas, no. Es más, García
Trevijano conocía el carácter despótico
de Macías; conocía su ostentosidad, sus engaños, su
sinrazón para la
dialéctica política.
Macías
reunía, precisamente, todas las cualidades idóneas que
García Trevijano buscaba en un político guineano para que
pudiera servirle en sus deseos de estigmatizar al
franquismo.
Si
hubiera habido honradez en García Trevijano, si él buscara
fundamentalmente
el bien de Guinea, ya habría retirado su apoyo a Macías
desde hacía
tiempo.
El
lucro vino después, porque tampoco el negocio era el móvil
que animaba a García Trevijano al apoyar a Macias. Si sacó
una muy buena tajada de Guinea fue simplemente porque, en
política no existen intereses desinteresados.
Pero García Trevijano no buscaba primordialmente el dinero
de Guinea.
Buscaba un azote del franquismo; alguien que dijera a Franco
y a su régimen todo lo que García Trevijano llevaba dentro
pero que la dictadura
no le dejaba expresar. En realidad Macias no es sino el micrófono
oxidado por el que sale la bilis antifranquista, en forma de
palabras, de García Trevijano.
Lo
que quizá ha comprendido muy tarde García Trevijano es que
Macías no es útil ni siquiera como instrumento, sino que
es una personalidad negativa por donde se la mire. Y por eso
se da ese aparente o real distanciamiento
entre los dos personajes.
Posteriormente,
gracias a unas oportunas revelaciones en España, y el muy
justificado recelo del PSOE hacia ese «demócrata de toda
la vida», si por
causa de García Trevijano a Guinea se la rompió la cabeza,
por Guinea, ahora,
la de Garcia Trevijano se ha hecho añicos. El futuro político
de García Trevijano se ha nublado por culpa de
Guinea. Lo cual ya es de consuelo.
La
noble causa guineana, el genocidio e infamia de Macias, han
truncado
la ambiciosa carrera política de García-Trevijano al menos
de momento. Y
entendemos que es lo más suave, lo menos que en justicia
podía haberle ocurrido.
Lo que pasa es que por nuestras venas, como decía antes, sólo
corre
agua.
Finalmente,
tampoco Macias engañó a Ndong, ya que éste acudió a aquel
voluntariamente. Ndong no fue víctima de las vanas promesas
de Macias.
Macias no estaba capacitado para engañar a Ndong.
Atanasio,
eso sí actuando por despecho, no quiso de ninguna manera
que la España colonial, -los madereros y Carrero Blanco-
que lo había hecho
todo para bloquear su accesión al poder, se saliese con la
suya obligándole
por lógica, dado el planteamiento de la situación, a
apoyar a Ondó Edú.
Para que ganara Carrero Blanco, diría Ndong, mejor que
perdamos todos.
Y
esto fue, sencillamente y ni más mi menos, la tan traída y
llevada habilidad de Macias, para hacerse con la gente y
engañarla.
Quizá
un poco excepcionalmente la verdaderamente engañada fue la «Unión
Bubi» que creyó a Macias, al darle sus votos, capaz de
regalarles la
utópica separación, como si Macias, fuera el dueño y señor
de nuestra integridad
y soberanía territorial, como si Guinea fuera la finca
particular de Macias.
Todo
esto fue lo que preparó el camino de Macias al poder. Las
circunstancias -algunas bien creadas por Macias- le han dado
la aureola de una
habilidad poco común para alcanzar el poder.
Pero,
como de lo expuesto se desprende, esto tampoco es verdad. No
se le concedió la debida importancia; jugaron una serie de cuestiones
meramente fortuitas, casualidades evidentes, que produjeron
una carambola
trágica.
No
se detuvo a tiempo Macías. Eso fue todo, y ahí está la
causa de los males
que hoy lamentamos.
La
Administración española, al quedar frustrada en sus deseos
de continuidad,
adoptó la táctica desdeñosa del «allá vosotros,
arreglaos como podáis».
En realidad es la misma táctica que sigue hoy tratando de
explicar los
millones de pesetas que inexplicablemente se siguen
enviando, con los que
el Gran Jefe va pagando los plazos de su avión ruso,
mientras la oposición
guineana, clama como en el desierto, sin ningún resultado,
como en los más
cerrados tiempos del régimen anterior.
Antes
y de forma clara, -«materia reservada» y demás- se prohibía
hablar incluso de Macias. Se prohibía todo acto de
hostilidad contra Macias, por ser éste el representante de
un país con el que España mantenía relaciones
diplomáticas. ¡Y qué relaciones!.
Ahora
ya ni prohíben ni toleran sino todo lo contrario.
B)
Unificación de candidaturas
Cuando
en política no se tiene la visión del futuro hay que
abandonar. En política hay que actuar cerebral y fríamente,
nunca por despecho o con vehemencia.
Despecho,
autosuficiencia o falta de visión o comprensión de la
realidad,
Ndong calibró muy mal la situación guineana. El mismo cavó
su propia fosa.
Juventud y madurez, prudencia o eficacia, son términos que
pueden conjugarse armónicamente en política. Hay errores
que un político no debe cometer.
Nadie debe arrastrar al pueblo en sus desgracias personales.
Por eso,
un buen político no debe limitarse sólo a oír a los demás,
sino que tiene necesidad
de escucharlos, incluso cuando no dicen nada.
El
que en política cree que lo sabe todo y lo puede todo, más
le vale dedicarse a hacer
castillos de arena en la playa. En política debe aprenderse
de los
adversarios, para corregir errores propios y poner a punto
los planes. Si te
hablan y no escuchas, puedes ahorrarle ei tiempo a los que
gastan la saliva
inútilmente.
¿Con
quién contó Ndong para dar sus votos a Macias? ¿Es que el
movimiento,
al menos su ejecutiva, no debía haber opinado en cuestión
tan trascendental?
Un
hombre como Macías para el que no valen normas ni
compromisos porque
para él no existen reglas de juego; que había combatido
obsesivamente
al «MONALIGE»; que desprestigió la figura de Atanasio;
que llevaba entre manos algo que él mismo llamaba programa,
y asimismo un campaña también
tan diametralmente opuesta a la nuestra, ¿cómo es posible
que Atanasio
cometiera esa torpeza?
Yo
me encontraba en Binvili en compañía del maestro Don
Benito Mengüé; habíamos realizado con interés y
entusiasmo una campaña que yo ya advertía
estéril debido a los errores cometidos y a la tardía
reacción. Faltaban medios y no se había aprovechado
tampoco debidamente el tiempo. Macías ya tenía
perfectamente abonado el campo, como no lo supo hacer Ndong.
Veía
venir nuestra derrota porque, teniendo en cuenta lo
fluctuante que era
nuestro pueblo en sus decisiones políticas, al percatarme
de que le hablábamos y no nos escuchaba, al observar que lo
nuestro era como echar agua a la mar, advertí a Don Benito
que sufriríamos una sonada derrota en la
primera vuelta.
Don
Benito, cumpliendo su obligación del hombre maduro, me
tranquilizaba
y daba ánimos. Pero yo no me fiaba. Se había calculado
mal, se habían
medido mal las distancias, y salvo milagros, sabía que las
cuentas no nos
cuadrarían.
No
sé a qué gracioso o indocumentado se le ocurrió aquello
de que con conseguir
cien votos en cada Distrito, contando con todos los votos de
Río Benito
-hipótesis que no se hizo realidad-, y los de Bata, con
todos los de Santa
Isabel se obtendría una victoria aplastante.
Ligerezas
como esta en política son lamentables. En nuestro caso, ya ni
tuvimos el tiempo suficiente para lamentarlo.
Con
las cosas marchando tan desajustadamente fuimos a la primera
vuelta
y como le había afirmado a Don Benito, nos dimos estúpidamente
el batacazo. Hubo un momento en que llegué a decirle a
Santiago Djamanene que no acudiéramos a las elecciones. Podíamos
incluso haberlas boicoteado
y pedir a España que se formara un Gobierno de coalición
integrado por todas
las fuerzas políticas para consolidar la independencia y
preparar unas
verdaderas elecciones libres. Era esta sugerencia como una
especie de «status» equidistante entre la autonomía y la
verdadera independencia. No es que me preocupase ya obtener
la victoria de la independencia, pues esta ya tampoco daría
marcha atrás. Lo que me preocupaba y mucho, por las
consecuencias previsibles confirmadas hasta la saciedad,
incluso lejos de
lo supuesto, era que Macías obtuviese una aplastante
victoria y se viese obligado, al no poder cumplir con lo
prometido, a una frontal ruptura con España
que nos pusiera a las puertas de otra, más o menos
sofisticada, pero al
fin y a la postre colonización, que es precisamente lo que
ahora está ocurriendo. ¡Maldito el caso que me hicieron!
Sabia
que perderíamos la primera vuelta y que la única baza a
jugar que
nos quedaría era negociar debidamente nuestros votos, según
el criterio
de nuestros votantes.
Pero
la verdad es que nunca pensé que nuestra derrota fuera tan
ridicula. Me asombré cuando, al efectuar el escrutinio,
nuestro balance no arrojaba sino dos mil votos en Fernando Póo
y trece mil en Río Muni, en toda
la zona continental. ¿Tantos votos se llevó la «Unión
Bubi»? en Fernando
Póo?
Y
en lo referente a Río Muni, ¿cómo es que no obtuvimos
sino trece mil votos,
cuando calculábamos que sólo Río Benito -distrito del que
era originario
Ndong- nos proporcionaría esa cifra y algo más?
Don
Ángel Escudero, el Magistrado designado por España para
actuar como interventor de la votación, y sus
colaboradores, sabrán, en conciencia,
el recuento de votos que llevaron a cabo para establecer los
resultados oficiales y definitivos, que venían a proclamar
la victoria de Macías.
No
queremos ni podemos poner en tela de juicio la buena actuación
y honradez
del Magistrado, que fue a Guinea para el control del
resultado de las
elecciones. Estamos seguros completamente que Don Ángel
Escudero actuó
con la entereza y exactitud que avala su cargo. Pero si es
digno de señalar que Guinea Ecuatorial es el único caso en
toda la historia de la descolonización
de África en que el candidato favorito de la potencia
colonizadora
pierde las elecciones. Don Ángel indudablemente cumplió
dignamente su misión de llevar a cabo el escrutinio
oficial. Era la Administración española la que debió
evitar lo que contradictoriamente propició: confiar el destino
de un pueblo con una inadecuada preparación a un perturbado
manifiesto. La Administración española conocía bien a
Macias; pero empecinada
en poner a Ondó Edú para que no cambiara nada, nada quiso
hacer para evitar nuestra desgracia. Una vez más, los intereses bastardos vencieron,
para daño general
y que todos perdiesen.
Ni
Durán-Lóriga, el número uno de su promoción, ni Suancés,
supieron jugar su papel.
No
obstante, me seguirán atormentando las dudas si considero
que, no ya cien votos, sino que en todos los distritos de Río
Muni, obtuvimos, donde menos, más de cien votos. En los
casos concretos de Ebibeyin y Binvili, obtuvimos
más de doscientos y ciento cincuenta, respectivamente.
Mientras
esperábamos, en Binvili, como ocurría en todo el
territorio nacional,
resignados, el curso de los acontecimientos, Ndong cocía en
Santa Isabel,
a su manera, nuestra desgracia, la desgracia nacional.
Ndong
fue entonces la simple gota que iría a inclinar la balanza
para uno
de los candidatos que quedaban en liza para la segunda
vuelta.
Estábamos
pendientes de los telegramas pidiendo delegados a los comités
de base para que decidieran qué candidato se debía de
apoyar. No llegaron
los telegramas. Y, con nuestro asombro e indignación, llegó
la noticia bomba: nuestros votos irían, en la segunda
vuelta, a engrosar los de Macías.
Hasta
tipos rastreros como Owono Ekoro insistieron a Atanasio
Ndong para
que boicoteara la segunda vuelta de las elecciones, cuyo
escrutinio no nos
convencía.
Aún
recuerdo cómo pasamos la noche sin pegar ojo don Benito y
yo.
Al
llegar la noticia de que nuestros votos irían a sumarse a
los de Macías, los dos dimos un salto como impulsados por
un resorte de las butacas.
Dije
a Don Benito: -«Mire, todo menos esto. Por ahí no paso.
Esto será el
fin del «MOLANIGE».
En
conciencia no podía votar a Macías, fuera ya de
preferencias o afinidades,
pero dentro de límites lógicos y admisibles. La disciplina
del Partido nos obligaba, pero no quería acusarme toda mi
vida de haber votado a un sujeto
que, como me constaba con toda seguridad, destruiría a
Guinea Ecuatorial.
Atanasio,
despechado con la Administración colonial, había cometido
el error
de echarse en brazos de un hombre que no quería sino su
cabeza, como
bien pronto habría de demostrarse. Macías odiaba a
Atanasio con toda
la intensidad de que es capaz un perturbado de su clase, y
Ndong le ofrecía
neciamente su cabeza en bandeja, como la de un nuevo
Bautista.
Si
entonces en Guinea habla que combatir a alguien, ese alguien
era Macias,
o el pueblo lo lamentaría para siempre.
Internamente
me sentía herido y traicionado y frustrado. Mi ética me impedia
dar el voto a un loco que le había dado por jugar a líder;
no iba a ser yo
quien le votase cuando de sus vecinos y paisanos, que le
conocían bien, ni uno sólo de ellos le otorgó su
confianza. Solo UN voto, un solo voto -el de su
mujer- se
dio favorable en su Zangayong natal, distrito de Mongomo, a Macias.
Recuerdo
bien que antes de la segunda vuelta, volví a mi idea de
boicotear las elecciones,
absteniéndonos de apoyar a nadie.
Y
en todo caso, dije, puestos a apoyar a alguien, si ya no hay
otro remedio,
era mil veces mejor apoyar a Ondó Edú que, con su
prudencia, dignidad, ecuanimidad y dotes humanas, unidas a la inteligencia y preparación
de Atanasio Ndong y su equipo, hubiera dado un perfecto
combinado a la nación,
que no apoyar a Macías, el hombre que había combatido con
todas sus fuerzas
al «MONALIGE».
A
Ondó Edú los demagogos le acusaban de neocolonialista; y
algo de verdad,
no hay duda, había en ello, por lo que nosotros, auténticos
nacionalistas, no podíamos entregarle nuestros votos,
concluían.
Pero
me pregunto: ¿de verdad hay un hombre con criterio propio
que crea
que un país pobre y pequeño como el nuestro puede
escaparse realmente
del neocolonialismo?
Cosa
distinta es mitigar sus efectos y poner en condiciones al
pueblo -mentalizándolo
en el trabajo- para que se libre de él, el neocolonialismo,
lo más pronto posible. Además, tampoco hay que confundir
la necesaria interdependencia del mundo actual con el
neocolonialismo.
Por
otra parte, en política hay que diferenciar muy bien los
verbos «poder» y «deber». Intereses partidistas o
semiidelógicos aparte, el «MONALIGE» pudo y debió apoyar
a Ondó Edú antes que a Maclas, en beneficio del pueblo
al que decíamos servir. Y por el simple instinto de
conservación, Macias
quería destruir al «MONALIGE», Ondó Edú, no.
Es
verdad también que Ondó se mostró displicente, distante,
altanero y petulante con nuestros votos. Nos ofrecía una
miseria a cambio de nuestros votos,
porqué deslumbrado por la protección oficial, estaba
seguro de su triunfo.
No en vano repetía aquello de «seré Presidente de Guinea,
aunque sólo me vote mi mujer». Incluso dijo que no le hacían
falta los votos de Atanasio,
por lo que, si éste quería entregarle sus votos, debía
plegarse a las condiciones
que él, «Boko Ondo», le impusiera.
La
intransigencia de Ondó, muy propia de un advenedizo, colmó
el vaso de la poca
paciencia de Ndong. Ondó no le concedía sino un
ministerio. No aceptaba ni el himno ni la bandera que
el «.MONALIGE» había propuesto y que
ya eran conocidos de todos, rechazó también el escudo.
Todo lo tenia que inventar él, el gran «Boko Ondo».
Ante
tan injusto trato, ante tanta vulgar jactancia, Ndong optó
por adoptar
la decisión que daría al traste con los propósitos de la
España colonial que no escatimó esfuerzos por
arrinconarle: apoyar a Macias, su peor enemigo.
Pero,
¿y Macias, qué nos ofrecía Macias, aparte de la muerte
segura?
En
resumidas cuentas, se unió nuestra candidatura, la del «MONALIGE»,
a la de Macias, simbolizada por un gallo rojo, con lo que
Atanasio cometería
el mayor error político de su vida; de estos que sólo se
cometen una
vez... Como he señalado antes, a Atanasio le obcecaron las
actitudes y las
arbitrariedades de la Administración colonial.
Pero
esa reacción de despecho y rabia, inadmisible en un político
de su talla,
le conduciría, poco después, a la muerte. Y es que el político
ha de ser frió y
cerebral, debe saber esperar su momento; el político
apasionado y temperamental
corre siempre el peligro de cometer graves errores.
Dándose
cuenta más tarde de lo amenazador que era el futuro, Ndong
trataría de justificarse:
-
«Los colonos no me quieren en el poder, porque dicen que
soy comunista;
pues bien, para que ganen ellos, perdemos todos».
Sí,
señor, a esta actitud, como se deja apuntado, llamo yo
despecho. Cosa
tan poco aconsejable en política. Los colonos, ¿quiénes
eran los colonos?
Hoy no pueden con Macías; se han escudado en la
indiferencia, pero si
iban á poder con él y Ondó Edú juntos. ¡Vaya!
A
todo esto hay que añadir el coro insensato de lenguas sin
pelos ni freno,
de indiscreciones y hasta de insensateces que rodeaba a
Ndong, sobre
todo en el ministerio de AA.EE.
Cuentan
que el compañero Armando Balboa Dougan, en las vísperas de
consumar la unificación
de candidaturas, hizo un inexplicable comentario lleno
de irresponsabilidad, y que llegó rápidamente a Macías;
dijo: «Es mejor darle los votos a Macías, que no va a
mantener aquí a la Guardia Civil, y que por ello, nos será
fácil darle el golpe de Estado, que no a Ondó Edú...»
Sea
como fuere, también Armando conoció su error de apreciación
y su equivocación.
Quizás pensara en todo esto con el hueso frontal partido en
dos
por un certero golpe esperando la muerte que fue tan poco
piadosa con él.
Con
gente así, lo más que puede hacer quien tenga aspiraciones
o vocación
por la política es hacer el héroe o mártir tontamente,
sin sentido ni finalidad
alguna.
Mientras
tanto, Macías, riéndose a mandíbula batiente, sin bajar
la guardia en ningún momento y con la obsesión de ganar
las elecciones -hasta
en esto fue inteligente, torcidamente inteligente, aceptando
todas las
condiciones de Ndong- recibió los votos del «MONALIGE»,
ganó las elecciones,
y... dispuso una trampa en la que el ofuscado Atanasio Ndong
cayó
ingenuamente.
Macías
ya tenia en sus garras -recuerden el leopardo de su PUNT-todo
lo que había deseado en su vida: el Poder y todos sus
resortes.
Ahora,
poco a poco, su pequeño y desvencijado cerebro, bien
asesorado,
iría maquinando fríamente cómo eliminar sombras.
Lo
que parecía más difícil, el trepar, ya se había logrado.
Tenía ahora todos
los ases en la manga; sólo tenía que ir sacándolos uno a
uno, a su debido
tiempo, para completar las jugadas.
Quería
su Presidencia y ya la tenia. Pero quizá no del todo, al
menos para
su gusto, pues podrían venir en el futuro otras elecciones,
no estaba capacitado
para afrontar y resolver los problemas de gobierno; Ndong
era una
compañía incómoda y molesta; no veía clara su eternización
en el poder con Ndong al
lado.
Conclusión:
Había que eliminarle.
Pretexto:
el más reiterado y sencillo que la experiencia señala en
las tiranías: Intento de conspiración, de golpe de Estado.
D)
El pretexto de la intentona del «cinco de marzo»
A
Macías se le tiene por loco y tonto, y probablemente lo es,
al menos lo primero. Se le tiene por histrión y cómico, yo
diría más bien tragicómico. Pero Macías no es un tonto
de remate, no; no es el loco que le da por agarrarse
a un cable de alta tensión, ni por tirarse por un barranco
a ver si vuela, no. Es actor, pero de primera fila. Su
cerebro, como el de todo cobarde, funciona
y maquina muy bien. Coinciden en él todos los síndromes de
la paranoia:
sufre manías persecutorias, que cambian de sujeto, pero no
de entidad;
es megalómano, malvado, sustancialmente inestable, necesita
desesperadamente
mantener su «ego» hipertrofiado y de ahí que busque el aplauso
y el olor de multitudes de forma tan grotesca, y emplea el más
fácil de
los ganchos, la demagogia, para unir a sus prosélitos, los
inclinados al revanchismo.
A
Macías, para nuestra desgracia, -y tampoco para beneficio
de España- se le ha subvalorado, éste ha sido precisamente
el gran fallo de sus adversarios.
Macías
no salió de un aula universitaria, ni falta que tiene de
ello, para lo
que hace. Pero no hay duda de que como ordenanza, como
humilde y fiel servidor de la Administración colonial española, obtuvo una experiencia,
y aprendió también con toda amplitud en esa gran
Universidad que es el mundo.
No
se mueve merced a esquemas políticos. No se vale de lo que
otros dijeron; simplemente piensa, decide y actúa hasta las
últimas consecuencias;
por reflejos.
Los
que infravaloran a Macías, deberán, con el tiempo,
detenerse a pensar,
cómo un cerebro de babuino pudo realizar las maniobras que
le llevaron
al poder, contra todo pronóstico, y cómo pudo montar
perfectamente los
sucesos del tristemente célebre «Cinco de Marzo» en Bata.
Bien sé que
esta explicación no es fácil de entender, por eso creo que
antes de juzgar a la ligera a las personas, hay que
conocerlas.
A
veces pienso que Guinea es demasiado pequeña para Macias, y
dadas ¡as circunstancias, cada vez más pequeña.
Macias
seria un buen Presidente en Zaire o Angola, Argelia u otro
gran Estado
africano, donde se movería más a sus anchas y podría
permitir a sus
«súbditos» el librarse un poco de su molesta e insultante
presencia.
Macias
pasará a la historia de nuestro pueblo como un fenómeno,
sobre el que cada historiador tendrá su versión, pero muy
probablemente, no la auténtica verdad. Es más, el propio
Macías no se podrá explicar a sí mismo.
Claro
que solo se alcanza tal grado de «inteligencia» cuando se
rodea uno
de tanta nulidad.
Cuando
se encuentra uno con una ex potencia colonizadora como España
que pierde la noción de su dimensión externa y se retira
en todos los
frentes, porque para ella el mundo empieza en Europa y
termina en Marruecos, es posible que se brille tanto.
Si
enfrente tenemos a una oposición que es una auténtica jauría
de perros
rabiosos, sin encontrar manera de que callen todos para que
al mismo tiempo
sólo hable uno; una oposición que piensa en sus grupos
antes que en Guinea, y con tantos grupos como cabezas;
cuando se tiene alrededor un auténtico grupo de plañideras
lloronas y quejumbrosas, con más facilidad
para empinar el codo que para empuñar un fusil, cualquier
infradotado como
Macías pasa por un superhombre.
Cuando
se domina a un pueblo como el guineano, masoquista y eternamente
confiado en la Divina Providencia, para que ésta le sirva
en bandeja, aparte
del maná del cielo, la libertad ahora como en su momento le
sirvió la independencia,
es lógico que el que domine de esa forma, como el hábil pescador
capaz de coger los peces que hay en una pecera, sea acreedor
al premio
Nóbel, por lo menos.
Cuando
se proponen diputados como Sebastián Oburu Mesíe, que
finge leer cogiendo el texto constitucional cabeza abajo, y
quiere intervenir en las sesiones parlamentarias en lengua
vernácula.
Cuando
se tiene a un Ministro de Asuntos Exteriores, como Bonifacio
Nquiema
Esono que pregunta si Addis-Abeba se escribe con doble «s»
o si Etiopia
va con «h», es lógico que cualquier indocumentado como
Macias pase
como lumbrera y doctor eminente.
Si
se es Presidente de un pequeño país que apenas se ve en el
mapa, y
que no tiene nada que levante la codicia de los grandes, es
posible sin excesiva
dificultad proclamarse dueño y señor de ese país.
Y
si este pequeño país está ubicado en un mundo que no se
entera o no
quiere enterarse, de los crímenes que se cometen en él,
porque no le interesa,
es perfectamente explicable que Macías haga su Agosto, masacrando
a la gente, a su pueblo.
Macías,
como hemos dicho antes, ya tenía su Presidencia, la que tan
afanosamente
había buscado. Y no tanto por su trabajo, aunque fue mucho,
como la ayuda que el desconcierto y estupidez ambiental le
proporcionaron. Ya
era el Jefe, el Caudillo, el Libertador, el Justiciero, el Héroe,
el Omnipotente,
el Primer Magistrado...
Ahora
no le queda sino demostrar a sus electores que él podía
hacer todo
lo que había prometido.
Los
madereros, cegados por sus intereses, le proporcionarían
excusa fácil para empezar por donde deseaba: echar al
blanco, para demostrar así que
el blanco no era invencible, como la masa lo creía.
Las
maquinaciones de los madereros con Ondó Edú habían
llegado a su
conocimiento.
Cuando
ya los madereros y Ondó Edú tenían madurados sus
infantiles planes,
Macías mandó detener a Ondó Edú, eso si, con respeto; el
ambiente no era todavía propicio para el actual desmadre.
Pero
éste, presintiéndolo, huyó y se refugió en Gabón,
creyendo que allí estaba todavía su amigo León Mbá.
Bongó,
el Presidente de Gabón, cometió uno de los mayores errores
de su
vida: incomprensiblemente, engañando a Ondó Edú, por que
le dijo que le llevaba a París y de ahí a Madrid, lo
devolvió a Macías, sin garantías de ninguna
clase. Si Ondó no fue fusilado nada más pisar el
aeropuerto de Santa
Isabel se debió a la oposición de Ndong. ¿Como
interpretaba Bongo el
derecho de asilo?.
Pero
los madereros que lo habían provocado todo, no movieron ni
un dedo
en favor de Ondó, su pupilo... Macias seguía creciendo.
Buscaba
cualquier pretexto para su ruptura con España; pues era contraproducente
para él, que tanto odiaba la «independencia asociada», seguir
observando aquel entendimiento con España, con la Guardia
Civil paseando sus uniformes, y los otros blancos
siguiendo allí como si nada hubiera
pasado, como si no fuera Macías el Presidente...
Todavía
había un casino en que sólo admitían a los socios
blancos.
Para
Macías aquello parecía más bien Suráfrica o Rhodesia que
una Guinea
Ecuatorial con su «independencia total». Las arengas, en
los estadios
de fútbol, arreciaban y se hacían más agresivas. Era como
si todavía se viviese la campaña electoral. Sus seguidores
estaban en guardia. Los demás,
nosotros, estábamos cautos, desconfiados y
esperanzadoramente tranquilos.
Las cosas iban tan bien, aparentemente, que aquello no se
parecía en nada a una independencia africana.
Pero
el dinero prometido tardaba en llegar de Madrid. La táctica
dilatoria
que ahora ensayaba Madrid como último recurso le ponía a
Macías, con su mente de niño mongólico, nervioso.
Incapaz
de dialogar, no hacia sino ladrar a la luna. Con lo que la mínima
confianza que inspiraba la
novedad de la situación se disipaba, y el dinero parecía
alejarse más ante la desesperación de Macias.
En
medio de este caldeado ambiente un nimio incidente que solo
podía darse
entre un Macías quisquilloso, nervioso y harto de los españoles
y un embajador sin experiencia entonces como Juan Durán-Lóriga.
Parece
ser que había en Bata ondeando un número excesivo de banderas
rojigualdas. Una cuestión que más bien caía dentro de la
competencia del Gobernador Civil y el Cónsul Español.
Es
de suponer que una simple llamada del Gobernador al Cónsul
hubiera resuelto ese
problema, reduciendo el número de banderas españolas hasta
lo justo e indiscutible en el soberano cielo de Maclas.
Tres
eran las banderas que irritaban a Macías y cuya exhibición
amenazaba
su independencia: una, en el domicilio particular del Cónsul;
otra, en la sede oficial
del Consulado; y la tercera, en e! cuartel de la Guardia
Civil.
Como
no entiendo del protocolo de las banderas, no sé decir cual
de las
tres sobraba. Cuál de las tres hería la susceptibilidad
del gran nacionalista
Macías.
La
cuestión es que Macías, que cree que ser Presidente de una
República
es como ser jefe de tribu, debe saber todo lo que pasa en el
país, pues no en vano la Administración es él, por lo que tiene que saber cuándo se
casa la hija del vecino, con quién y cuánto dan de dote
por ella.
La
tonta cuestión de banderas llegó a Macias a través de su
escucha «Elá
mon-angog»; Macias llamó a Duran y le propuso la reducción
de banderas,
lo que el Embajador se negó a cumplir, llevando a Macías
al borde de la histeria,
lo que no era demasiado difícil.
Un
«simple» embajador, que no es «nada» -así lo decía el
antiguo ordenanza a sus
seguidores-, con una mentalidad colonial, se atrevía a
ofender y
ultrajar la dignidad de la «República de negros de África,
Guinea Ecuatorial»,
pues, así le
gusta oír a Macías llamar a nuestra Guinea. Es cosa corriente
que cuando Macías pronuncia el nombre de Guinea Ecuatorial,
Rusia se
convierte, geográficamente, en un puntito en el mapa-mundi.
En
vista de la osadía de Duran-Loriga, Macías ordenó a su «Juventud»
arriar
la bandera del Consulado, seguramente la que con más razón
se exhibía.
Los exaltados, envalentonados por su Jefe que debía haber
pensado
en las consecuencias, partieron raudos a ultrajar la bandera
española. La bandera fue arriada sin contemplaciones y la
hicieron pasto de llamas. Lo
de quemar la bandera, estoy seguro porque conozco bien a Macías,
no partió
de él. Fue la añadidura de la «Juventud» que quería
merecer los favores del «Gran Jefe», demostrando su valentía de esta forma
irresponsable.
Duran
y sus asesores se sintieron abofeteados en pleno rostro. El
honor
de España, ultrajado...
De
este modo, lo que viniendo, como venia, de Macías y su
exaltada «Juventud»
cualquier persona sensata hubiera considerado obra de desquiciados,
vino a ser para la inexperiencia de Durán-Lóriga como una
auténtica declaración de guerra por parte de Guinea
Ecuatorial -un Estado que no tenía
fuerzas armadas-, contra España.
Personas
que podían haber pensado mejor las cosas frente a un perturbado,
las dramatizaron hasta el punto de provocar una verdadera
tragedia...
Durán-Lóriga,
ni corto ni perezoso, movilizó a las Fuerzas Armadas españolas
estacionadas en Guinea, y en menos de veinticuatro horas,
todas las
zonas estratégicas del pais fueron tomadas por la Guardia
Civil y la Marina
de Guerra Española.
-
Asi de sencillo, las fuerzas que en teoría debian proteger
y defender nuestra
independencia, pasaban a sitiarnos, a demostrarnos que no éramos
nada, absolutamente nada; que si España quería, podia continuar la
colonización.
Fue
la noche del 26 al 27 de febrero de 1969. Nuestra pequeña
independencia
no duró sino tres meses. Lo que había sido tan sencillo al
principio,
se iba a complicar estúpidamente para beneficiar a Maclas,
que se iba fortaleciendo.
Ahora
el pueblo, que si ya antes empezaba a comprender la
ineptitud de
Macias, al ver cómo se embotaba el desarrollo de la vida
del país, volvía a cerrar filas en torno a Macias para
defender el atropello a su independencia.
La
estupidez que siempre ha rodeado a Macias, también le ha
dado pie para
que explote todos los medios a su alcance que le permitan su
eternización
en el poder.
Macias
empezaba a comprender y darse cuenta de que la realidad de un
Estado, comienza alli donde termina la demagogia electoral,
lo que iría poniendo cada vez más de manifiesto su
ineptitud para el cargo que tanto deseó
ocupar. Era, pues, necesario buscar algo, de forma continua,
con que distraer la
atención del pueblo, para presentarlo como el causante de
sus males. No inédito de Macias, claro es, sino artimaña o
juego político muy viejo,
usado con profusión, especialmente por los regímenes
totalitarios.
Esta
obsesión de inventar enemigos contra su régimen, y en
consecuencia
contra «su» pueblo, ha sido la constante de la actuación
política de Macias.
Actuación que le ha convertido en un vulgar criminal, que
anda suelto,
como muchos, por las alturas del poder.
Macias
ha sabido crear sus enemigos, con los que distraer al pueblo
de sus
problemas actuales, apartando su mirada para ocultar su
verdadera situación, los defectos internos.
Primero
fueron los españoles, que con ese desgraciado incidente de las
banderas, le brindaron la ocasión para señalarlos al
pueblo, como causantes
de sus males, cuando toda persona consciente sabe que
nuestros males
son frutos de su incapacidad.
Podemos
distinguir asi las siguientes fases en la escalada de crímenes
del régimen de Macias:
a)
Una primera fase en la que el enemigo del pueblo guineano es
España, los españoles, b) En la segunda fase el enemigo
es ya la intelectualidad,
contra
la que se lanza el revanchismo de la mediocridad ignorante, c)
En la tercera
fase el enemigo es la minoría contra la que se lanza a los «fang».
Y, d)
la cuarta fase que culmina la aberración, es el grupito oligárquico
de Mongomó
y concretamente de Zangayong. Debiendo tenerse en cuenta que no
fue todo Mongomo el que votó a MaCías, y que es más, no le
votó, si bien ahora
participa en las orgías de sangre organizando hecatombes y
hasta crucifixiones
de presos políticos, como suena. Ese grupo de Mongomo martiriza
a todo el resto de Guinea Ecuatorial.
El
27 de febrero Macías convocó a sus incondicionales, la masa,
en el estadio
«Santa María» de Bata, el cual se llamaría desde entonces
«Estadio de la Libertad».
Demagogia en todas partes.
Allí,
ante la masa enfervorecida, más bien yo diría que ávida de
sangre, Macías
procedió a dar lectura a los tres telegramas que había
cursado aquella
misma mañana a su «colega» Franco -lo de «colega» era
habitual en
él cuando hablaba de Franco ante la masa enaltecida, como una
manera de
darse importancia-; al Secretario General de las Naciones
Unidas -U Than-, y al Secretario General de la O.U.A., a la
sazón el dinámico Diallo Telli.
Los
textos de los telegramas no eran que digamos una joya
literaria, pero
leídos por Macías ante tanto analfabeto, hasta las comas
arrancaban aplausos...
Tengo
que repetir de memoria aquella lectura que tanto encantó a la
plebe:
-
«¡Pueblo de Guinea Ecuatorial!» -empezó el «Gran Jefe»-...
(aplausos)...
Esta mañana nos hemos visto obligados a cursar una serie de
telegramas
a Franco, a U Than y a Diallo Telli, para explicarles la
agresión que desde anoche ha sido objeto nuestra nación por
parte de las Fuerzas Colonialistas
españolas estacionadas en nuestro suelo... (Aplausos)... El
texto de
los telegramas es el siguiente:
«El
telegrama a Franco: Al General Francisco Franco, Jefe del
Estado Español.
Dos Puntos... (aplausos)... Tan solo invitar embajador...
(aplausos) reducir número banderas, coma... (aplausos)... éste ordena fuerzas españolas
estacionadas... (aplausos)... ocupar nuestra nación punto...
(aplausos)... en
consecuencia... (aplausos)... le hemos declarado persona no
grata... (aplausos y
vivas a Macías y mueras a los colonos)... le reiteramos no
ruptura-de relaciones diplomáticas... (aplausos
prolongados)... alta consideración
punto... (aplausos) Francisco Macías Nguema... (larga ovación
y vivas)...
Una
vez cansadas las manos encallecidas de tanto aplaudir, se hizo
el silencio
que permitió a Macías leer el segundo telegrama:
«Al
Secretario General de la O.N.U., coma... (aplausos) U Than,
coma,
Nueva
York... (gritos de admiración, la voz de Macías ya había
llegado muy lejos)... dos puntos (aplausos)... Invitado
embajador español reducir número banderas,
coma... (aplausos)... ordena fuerzas coloniales estacionadas
invadir
nuestra nación punto. Ruego envío urgente cascos azules,
punto... Alta
consideración Francisco Macías Nguema. Tras la prolongada
ovación, Macias
continuó ya a tono, entrando en calor por tanta aplauso...
«...
Al Secretario General de la O.U.A., señor Diallo Telli en
Addis-Abeba
donde se encuentra también nuestro Ministro de Asuntos
Exteriores, Atanásio Ndong, le hemos dirigido el siguiente
telegrama:
Guinea
Ecuatorial invadida por Fuerzas coloniales estacionadas. Ruego
comunique Jefes de Estado
miembros de la Organización, agresión sufrida por país
hermano, punto... (aplausos)... Alta y fraternal consideración
Francisco Macías
Nguema».
Atanásio
Ndong se encontraba efectivamente en Addis-Abeba a donde se
había desplazado por primera vez en calidad de Ministro de
Asuntos Exteriores
para participar en la conferencia preparatoria de los
Ministros de Asuntos
Exteriores. Temiendo lo peor, abandonó aquel mismo día la capital
etíope
vía Madrid con destino a Santa Isabel para asi intentar
controlar la situación.
Todo el mundo estaba asustado: el mini-Congo había estallado.
Los
españoles, temiendo la estampida, temor acrecentado por los
desmanes
de los incontrolados de la «Juventud» -lo de incontrolados
es un decir,
pues los controlaba el mismo Macias antes de que se le
desbordaran-, abandonaban
la Guinea con lo puesto.
Madrid
empezaba a ser bombardeado por un chorro de bulos que no hacia
sino aumentar la confusión. En Europa no sólo se nos
recuerda por nuestra
hambre milenaria, -espiritual y corporal-, sino que se nos
identifica también
con el canibalismo, la violación, la barbarie, la lepra, la
ignorancia...
De
este modo, en Madrid ya hablaban de monjas violadas, iglesias
quemadas, ríos de sangre que corrían, gente que andaba
desnuda y sacaba los ojos a
los blancos y los comían, bebiendo además la sangre de los
blancos que mataban.
¿Una macabra caricatura de azules y rojos?.
La
ineptitud de un joven inexperimentado embajador español se
justificaba
acusando al pueblo guineano de celebrar orgías de sangre, que
no
tardarían
en llegar..., pero no contra los blancos.
La
danza macabra no había hecho sino empezar. La hora en que las
personas
-sin consideración de edad y sexo-, iban a morir aplastadas como
serpientes había sonado para Guinea.
La
tan buscada ocasión propicia para barrer a sus adversarios,
se le presentaba
a Macías. Lo del golpe de Estado no era sino uno de los ases
que tenía escondidos en la manga y que sacaría
oportunamente. Las contradicciones
ya de atrás entre Castellana 3 y el Palacio de Santa Cruz, beneficiaban
a Maclas, y de ahí una paradoja bien negativa y desoladora:
su peor enemigo, Carrero Blanco, abriría a Macías el camino
que le conduciría a
su eternización en el poder. Y no son sólo palabras, un
peligroso círculo se
iba cerrando en torno a Ndong, el hombre preparado y superior
al que todos
quieren quitar de en medio. Ser negro, inteligente y político
son demasiados
delitos juntos...
Ndong
fue a Madrid, no para preparar el golpe como han dicho sus detractores
guiados por las consignas que Maclas lanzó al mundo. Todo el
mundo sabía que si en ningún momento era conveniente que
peligrasen nuestras relaciones con España, mucho menos todavía
lo era en los comienzos
de nuestra independencia. Por eso era conveniente, casi mejor
se diría que necesario que el único hombre capaz de sostener
un diálogo serio y
coherente con España, fuese a Madrid para tranquilizar y
calmar al Gobierno
Español.
Hay
un dicho «fang» que dice que «si te bañas en el río y
dejas las ropas en la orilla, si viene un loco y te lleva la
ropa, no salgas en su persecución,
no sea que el loco lo parezcas tú».
Conocíamos
bien a los españoles, su orgullo y gallardía. Los españoles
en
Guinea, aparte de sus fuerzas armadas, estaban armados hasta los dientes.
Si se cansaban y respondían en su justa medida las bravatas
de Macias
y de su chusma, aquello podía ser una auténtica masacre.
Seria como
disparar contra perdices enjauladas. Además, Maclas y su
«Juventud»
eran una cosa y el pueblo guineano otra. No podíamos
permitirnos, salvo locura, el lujo de provocar a unas fuerzas bien armadas y adiestradas y
que ya tenían los
nervios a flor de piel. Unas fuerzas que ya sólo esperaban que
les mandaran abrir fuego.
Macias
confiaba en unos «cascos azules» que le lloverían del
cielo. Pero
nosotros sabíamos que el tiempo en que se convoca, se reúne
y toma decisión sobre ello el Consejo de Seguridad, era
suficiente como para que cuando llegaran las fuerzas de la
O.N.U., no encontrasen sino cenizas. Y a España
nadie le pedirla cuentas, nada le pasaría. Alguna protesta y
tierra encima.
Injusticias similares y más grandes incluso ya se habían
dado y el mundo estaba habituado. ¡Guinea no iba a ser, como
no lo es hoy, una excepción!.
Por
todo eso era oportuno que Ndong fuera a Madrid en calidad de
Ministro
de Asuntos Exteriores, para saber qué pensaba hacer, a través
de su colega
Castiella, el Gobierno español. Debía también, en todo
caso, pedir cordura
al Gobierno Español.
En
esos contactos perfectamente claros y justificados, suelen
encontrar las
lenguas viperinas el plan subversivo gestado para acabar con
Macías.
Se habla de un cheque de noventa millones de pesetas entregado
por Castiella
a Ndong; y no sé para qué, porque que yo sepa, los cheques
sirven para retirar fondos si hay remanente, pero no para
dar golpes de Estado.
¿Qué podría haber hecho Ndong en tan poco tiempo, prácticamente
unas
horas, con un cheque de noventa millones de pesetas: contratar
mercenarios,
adquirir armamento? En. fin, cosa insostenible, tendenciosa,
falsa.
En
un vuelo especial, Atanasio llegó a Santa Isabel, creo que el
dos de Marzo
de 1969. Llegó en el justo momento de evitar lo peor para Durán-Lóriga
por parte de los energúmenos de la «Juventud» que le
asediaban en el
aeropuerto. De ese modo pudo Duran abandonar el territorio
guineano, en el que ya se encontraba ilegalmente.
Y
con esto, Ndong no hizo sino cambiar de avión y seguir rumbo
a Bata, a la llamada de la muerte...
Todo
lo ocurrido fue tan infantil que resulta ofensivo llamar a
aquello «golpe
de estado fallido».
Nada
falló, porque no hubo nada. En ninguna mente cabe, sino en la
del que no conociera bien la persona que era Ndong que éste
incurriese en tanta
puerilidad, tratando de llevar a cabo, en serio, un golpe de
Estado.
Sólo
los personajes de un espectáculo cómico, los tontos de
circo, para distracción
de la gente, podrían hacer representación semejante; pero en
serio,
nadie.
Unos
hablan de una cena en que anunció su golpe; otros, de una
disputa con Macías que
terminaría con amenazas; hay terceros que aseguran que
Ndong estaba drogado. iVaya!
.
Ninguna versión de estas nos acercará nunca a la realidad de
los hechos
ocurridos en la noche del cuatro al cinco de marzo que tanto
han desgraciado
a Guinea y a su pueblo; porque, salvo éste presunto de Ndong,
ningún
golpe de Estado se pregona a los cuatro vientos.
Atanasio
no tenía ninguna necesidad de llegar hasta un golpe de
Estado,
al menos a los cuatro meses escasos de haber alcanzado la
independencia
el país.
Evidentemente,
era de general conocimiento la profunda ineptitud de Macías
para el cargo que ocupaba, pero, en honor a la verdad, todavía
no se
le podía acusar de nada.
Los
«fang» dicen que no pongas nombre a un niño que todavía no
ha nacido,
ni proclames que un bailarín no sabe bailar, si todavía no
ha empezado
el baile...
Que
Macías no nos llevaría a ningún sitio; que sería el
desastre de nuestro
pueblo; que no era el indicado para presidir una República
que empezaba de la nada... Todo eso se sabía. Pero todavía
no había hechos concretos
o pruebas fehacientes plenas de su incapacidad e inoperancia.
Los hechos
todavía no le acusaban.
Que
Ndong -si de verdad hubo intento de golpe- pudo haber previsto
con
antelación que pasaría lo que ahora estamos viendo, era muy
posible; pero se pudo, al menos, como en el dicho «fang»
dejar bailar a Macías por los
cinco años de su tiempo presidencial, que pasarían
volando... Quizá y durante esos cinco años de duración del
cargo se hubiese tenido suficientes
elementos de juicio para emitir criterios validos sobre la
obra política de Macías, lo que habría convencido a los
electores de su incapacidad para el cargo,
a la vista de los resultados... Pero, ¡ay prisas!
Había,
por el contrario, como es obvio, poderosas razones que no aconsejaban
-por otra parte, sin absolutas garantías del éxito-
cualquier intento de
derrocar a Macías.
La
primera es que, Macías, de forma obsesiva, desde que terminó
de nombrar
su primer Gobierno, en el que no pudo satisfacer a los muchos
que se
habían enronquecido berreando su nombre y sus «slogans»
estaba en guardia
respecto a Atanasio. No se fiaba lo más mínimo de la extraña
confianza
que depositaba en él el hombre que más había combatido en
su vida. Macias
estaba caviloso con Atanasio.
Personajillos
de alcantarilla como Gaudencio Asumu Oyono -ese Rasputín
guineano-, Bernardo Eloy Gómez -ex-legionario- que ahora
jugaba a político-, sugestionaban la mente enfermiza de
Macias con veladas acusaciones contra
Atanasio, asegurando a Macías que Ndong urdía un complot
contra él.
Un
hecho, insólito y casual, me lo confirma: Una tarde en que
iba al Instituto
a mis clases, me encontré en el cruce del Hospital de Santa
Isabel con
Atanasio Ndong que venía en su «Mercedes» oficial.
En
ese mismo instante apareció por allí Bernardo Eloy Gómez,
alias «Elá
mon-angog» con su clásica carpeta roja bajo el brazo y su
andar patizambo,
sudando como un condenado; venia de realizar sus batidas por
San Fernando -barrio de Santa Isabel, hoy llamado Elá Nguiema,
en memoria de Pedro
Elá Nguema, sobrino de Macías, su mejor y más positivo
colaborador-.
«Elá
mon-angog» era el agente secreto de Macías, el escucha número
uno,
que iba siempre presumiendo de Agente importante del Gobierno,
de su
amistad y confianza con el Presidente.
Era
uno de esos clásicos personajes que en los regímenes autócratas
como el de Macias siembran el pánico, aunque en realidad y
vistos en su propia
dimensión no son más que unos pobres muertos de hambre, unos
desgraciados,
que no hacen más que explotar una ocasional amistad personal
con el Jefe.
Pues
bien, en ese momento, Ndong ordenó al chofer que parase el coche;
bajó Atanasio del mismo y se dirigió directamente a «Elá
mon-angog» y
le increpó en términos duros. Esta fue la segunda vez que en
mi vida le vi alterado
a Ndong.
Le
dijo: -«Mira, Bernardo, no sé lo que eres en el Gobierno ni
me importa; pero mientras
yo sea Ministro de Asuntos Exteriores, no te quiero ver más
hurgando por mi Ministerio. Tenlo muy en cuenta, porque, de lo
contrario, te puedo pegar un tiro».
Ndong
volvió a su coche y se fue. Ese mismo día saldría para
Addis-Abeba, con el fin de efectuar su primera y última
visita como Ministro de Asuntos
Exteriores a la sede de la O.U.A.
Más
tarde pudimos saber que el enfado de Atanasio Ndong estaba
explicado,
pues el citado sujeto, «Bernardo Eloy Gómez» había ido a
Macias con el cuento de que Ndong celebraba reuniones secretas
con la Guardia Civil.
La
segunda razón de peso era que, hasta ese momento, se estaba
viviendo
la vida política del país como si estuviéramos todavía, en
pleno proceso
electoral. El Gobierno, como tal, aún no funcionaba
realmente. Con decir que
ni los Ministros cobraban todavía sus haberes, ya puede
hacerse idea de qué
tipo de Administración teníamos. El momento se podría
definir con estas certeras palabras de Nsue Angüe: «En
Guinea hay ministros pero sin ministerios».
Los
discursos que pronunciaba Macias entonces, más que de un Jefe
de
Estado, eran por inercia como de un candidato que todavía
anduviera a la
caza de los votos.
¿A
qué, entonces, precipitar las cosas? ¿Para qué iba Atanasio
a intentar
un golpe de Estado que indignaría a los seguidores de Macias
y que por otra parte pillaría de sorpresas a los partidarios
de Ndong y Ondó Edú? ¿Qué
se podría pretender con el golpe de Estado, iniciar una política
de hechos consumados? La caída violenta de Maclas, ¿no
habría provocado una guerrilla
en el Norte de Río Muni que, al ser contra Atanasio, hubiera
gozado de las simpatías del Camerún nuestro vecino del Norte?.
Sin
pretender que los actos humanos sean siempre lógicos, y que
Atanasio
se viera libre del error o de la insensatez, resulta
totalmente incomprensible
y por tanto inadmisible que Atanasio Ndong pretendiera un
golpe de
Estado.
Cuando
se está abocado a la perdición en política, cuando ya se ha
resbalado, no hay freno posible. En política sólo se. puede
equivocar uno una
vez, si el error es de entidad suficiente.
La
problemática y la tensión principales, venían del
Ministerio de Asuntos
Exteriores, que tanto trabajo nos costó conseguir. Ndong se había
rodeado
de individuos que perdieron los papeles a los pocos días.
Que
Atanasio recibiera a su lado a Gori Molubela estaba bien visto
porque
Gori era un político guineano cuya capacidad de trabajo,
seriedad, eficacia
y orden eran poco comunes, por lo que era justo que se le
recuperase siempre que fuera posible, y, dando de lado las
posibles discrepancias. Por eso su nombramiento como Jefe de
Gabinete no nos pareció desacertado.
La
presencia de Norberto Balboa en el Ministerio como Jefe de
Protocolo,
también se podía aceptar, quizá en memoria de su padre,
nuestro insigne
Alcalde Abilio Balboa Arkins. Norberto no me pareció de una
destacada
actividad nacionalista, habiendo sido funcionario del Gobierno
camerunés,
durante su exilio.
Pero
lo que nadie podrá explicarse es cómo Ndong dejó fuera del
Ministerio
la inestimable colaboración de hombres como Djamanene, Ndong Nvumba,
Mengüé Nvumba y otros ilustres nacionalistas que tanto
dieron para
la causa y que, políticamente, teniendo en cuenta que Ndong
era un potencial
Jefe de Estado le habrían proporcionado la necesaria asesoría
en política
nacional.
Ndong
cegado por no sé qué malos hados, se había rodeado de
charlatanes,
personajillos oscuros de los que nadie conocía su
procedencia.
Hombres
muy dados a decir «sí, señor», sin más explicaciones.
En
política claro es que no basta la fidelidad y la adhesión
inquebrantable e incondicional.
A
veces es necesario, justo y honrado discrepar. Y supongo que
en aquella
jauría de «ndowes» -NDOWE, es el nombra de unos grupos
playeros
del Continente, en tiempo de la Administración española
llamados «Combes»-
en que se había convertido el Ministerio de Asuntos
Exteriores, tan
difícilmente conseguido por el «MONALIGE», nadie discutiría
nada a Ndong.
Es
más, no había forma de guardar ningún secreto allí. Todo se
comentaba
con indiscreción increíble en las tertulias, con la habitual
locuacidad africana,
haciendo que lo que debiera haber quedado reservado, fuera pábulo
de comentarios y corriese como reguero de pólvora por todas
partes, cosas
que por elemental discreción debieron quedar reservadas y no
dar vueltas
y vueltas por la ciudad, la isla y el país, con los prefijos
de «he oído que...»
o «se dice que...».
Otra
poderosa tercera razón era la siguiente: la unión Macías-Ndong,
no
gustó sino a Macías y a sus seguidores que veían en ella la
culminación de sus aspiraciones.
La
unión no convencía a nadie. Ndong mismo lo sabia.
Por
eso le oí decir en aquel histórico acto político que tuvo
lugar en la sala
de cine «Okangon» de Bata.
-
«Espero, compatriotas -dijo-, que vuestro comportamiento esté
a la altura
de los momentos que vive el país. Todo el mundo está a la
espectativa.
Que no pase lo que todos están presagiando, que la unión
Macias-Atanasio va a destruir a Guinea... Sed respetuosos con
vuestros curas, pastores,
monjas y demás jefes espirituales, respetaos mutuamente...»
Pero
nadie le hizo caso. El triunfo se había subido a la cabeza de
los seguidores
de Macías. Y, desgraciadamente, los hechos vinieron a confirmar
los presagios. Efectivamente, la unión Macias-Atanasio,
destruyó
a Guinea
Ecuatorial, un pequeño país que había llegado con ilusión a
su independencia, tras casi dos siglos de colonización... De este modo moría
nuestro sueño antes
de florecer.
Por
eso, porque los humanos somos así, allí donde cupo el amor y
la vida,
sólo cabe ya el odio y la muerte; donde se soñó y se saboreó
la dulzura
y la dicha, ya se paladea la amargura, la desilusión y el
desengaño. La venganza
encuentra, por el lacerante dolor, lugar en el corazón del
noble pueblo
guineano. Ya solo hay que pedir a Dios que en nuestra rápida
marcha
hacia el primitivismo, no caigamos en el canibalismo y en las
guerras tribales;
que no vuelvan a aparecer los «leopardos de caminos» -asaltantes-;
que el hombre no deje de ser la noble bestia.
La
España colonial, no muy dada a perder, no asimilaría bien
ese tiro salido
por la culata. Ndong había obrado como no esperaban que lo
hiciese, pues en lugar de unirse a Ondó Edú lo había hecho
con la persona que más quería combatir.
No
estaban, entonces, dispuestos a perdonar a Atanasio Ndong su
decisión, los que veían peligrar sus intereses con esa
alianza, y por eso intentarían, a toda costa,
torpedearla, cosa que lograrían fácilmente, al no haber sinceridad
ni por parte de Ndong ni por parte de Macias. Era evidente
que esos dos políticos, en su unión, no pensaron en lo
mucho que con un poco de
buena voluntad podían haber dado al pueblo, que se sentía,
verdaderamente, nacionalista.
Pero
si bien es cierto que el pueblo no acababa de digerir la
extraña unificación
de candidaturas, sí es verdad que ante un hecho consumado
no le quedaba otra alternativa que la de esperar. Y el
pueblo esperaba mucho de
la fogosidad y celo nacionalista de Macías unidos a la
inteligencia y eficacia
de Ndong y su equipo.
Macías
había difundido durante la campaña, el famoso «slogan» de
«un hombre, un equipo,
un programa». Pero la verdad es que sólo existía lo primero,
el hombre, que era Macías, faltaban el equipo y el
programa, cosas que el pueblo creía que proporcionaría
Ndong.
Y
así estaba el pueblo esperando ver actuar a lo mejor que
tenia entonces el tandeo Ndong-Macias. Pero, como he
dicho antes, la unión se había hecho
sin sinceridad, sin pensar en el pueblo. Macias aceptó la
unión porque
sólo así ganaría la Presidencia y controlaría a Ndong,
neutralizándole, cosa
que él sabía que era altamente difícil.
Ndong,
por su parte, fue a la unión por propia iniciativa, sin
contar con nadie de los
suyos, en actuación unilateral y personalista, con
el propósito
de torpedear la posible acción política de Macias y
ridiculizarlo ante su
electorado, haciendo cada vez notoria y visible ante el
pueblo la incapacidad de Macias. No había confianza, que
era lo peor. Los dos se vigilaban al
saberse equipolentes, políticamente.
Macias
sabía que en las elecciones obtuvo un triunfo electoral
bien amañado,
pero no su soñada Presidencia.
Tenía
todavía por delante, a pesar de las difíciles maniobras
que realizó,
demasiados obstáculos que vencer para consolidar de una vez
por todas
su eternización en el poder.
La
eliminación de Atanasio, pues, era para Macias algo
perentorio e inexcusable,
bajo cualquier pretexto que presentase la oportunidad.
Macias quería
descansar tranquilo en su Presidencia y tanto él mismo como
sus sabuesos
coincidían en considerar que Atanasio era un peligro
latente.
Macias
le tendió la trampa mortal, ayudado por los contrastes
internos del
Gobierno de Madrid, y Atanasio, como un bisoño, cae en la
peligrosa telaraña y muere, dejándonos a los guineanos
sólo los ojos para llorar.
Y
la pena más grande no es su muerte como tal, sino el cómo
le mataron. Un hombre digno, un político de talla
internacional, cae molido a palos por
unos golfos callejeros, que apenas sabían lo que hacían.
Como
antes se dice, Ndong regresó de Madrid en un avión
especial: (fecha
exacta) el 1 de marzo de 1969, domingo.
Tras
departir en Santa Isabel con el embajador Durán-Lóriga,
coge el avión
que le llevaría a Bata. Ya en Bata, y como venía obligado,
se presentó a
Macías para rendir informe de su viaje, esto es, despachar
con el Presidente. En la entrevista, Macías le explicó a
su manera el incidente de las banderas
y también su versión personal de todo lo que había pasado
hasta entonces.
Ndong
pretendió hacer ver a Macias que todo eso no era motivo
suficiente
como para crear el clima de tensión que ya existía entre
Guinea y España; que no se debía hacer un mar de una gota
de agua; y que incluso no
convenía, así de entrada, quedar mal con España, que nos
conocía mejor que nadie
y que seria la primera, a pesar de todo, en venir a nuestro
lado. Finalmente pidió al Presidente que diera carpetazo
olvidando el incidente, que España tampoco le daría ya más importancia.
Pero
esas sensatas sugerencias no encajaban en el propósito de
Macias.
Macías
ávido de sed inextinguible de poder individual, de
aplausos, de estar
sólo en el mando sin sombra alguna, rechazó el criterio de
Atanasio, porque no le satisfacía. Maclas ya había advertido que el incidente le daría ocasión
para crecerse ante la masa y no iba a desaprovecharla. Ya se
habia creado un enemigo, o una víctima, con la que
distraer a la masa de la contemplación
de sus penas y dificultades, y claro es, no aceptó esa
postura
de Atanasio que calificó de «claudicante» él, que había
sido el perro fiel de
la Administración Colonial, y maltrataba a sus paisanos
para ganar la confianza
de sus amos.
Además,
¿quién era el Presidente él o Atanasio? ¿Quién debía decir lo que
había que hacer?
Por
eso arreció en sus arengas y discursos. Aprovechaba
cualquier oportunidad
para vejar a España y a su Gobierno.
Los
ataques a las fuerzas españolas estacionadas, que se
estaban retirando, al pequeño blanco que aún andaba por
allí para ver cómo defender o
salvar su finca, su comercio o sus enseres, fueron creando
tal estado de tensión
que a Guinea se le empezó a llamar el mini-Congo.
Maclas,
además, estaba demasiado comprometido con su «Juventud», y
ésta pedía acción -acción suicida, por supuesto-, y la única
manera de contentarla
en espera de los acontecimientos, era lanzarla contra el
blanco, causante
de sus males.
Esa
estúpida y negativa actitud de Maclas le iba distanciando
cada vez más
de su Ministro de Asuntos Exteriores que veía en todo ello
algo insensato e inútil una provocativa manera de
neutralizar sus buenos oficios ante España.
Ndong
estaba realmente molesto por la actitud infantil de Maclas.
¿Qué
sacaba con provocar a España? ¿Qué pasaría sí la
Guardia Civil, abandonando
su insólita actitud de inhibición, respondiera debidamente
a las
provocaciones de los golfos y maleantes que jugaban a ser héroes?
Por eso no se le
vio a Ndong en ningún acto oficial en que estuviera Macías.
Hasta que, en la noche del cuatro al cinco de marzo de 1969,
Ndong, convencido
totalmente de que con Macías ya no había nada que hacer
-no en vano
le volvió a llamar a la cordura- se fue a Río Benito
indignado. El Presidente
le había contestado como no se haría con un niño pequeño.
Ndong salió dando portazo. Aquello colmaba el vaso de su
paciencia. Maclas se había
olvidado de que Ndong no era un simple Ministro de Asuntos
Exteriores, sino
un aliado que formaba coalición con él, y de que por
tanto, tenía que
ser tratado con más respeto, tener consideración para las
ideas de quien era
su aliado en el Gobierno.
En
Rio Benito, según cuentan, formó un comando, integrado por
unos cuantos
números de la Guardia de Marina.
Pude
hablar más tarde con uno de los contados que integraron ese
comando
y que no perdió la vida en las torturas que siguieron al
fracaso. Me aseguró ese Guardia de Marina que Ndong no les
dijo nunca a qué iban a Bata;
de lo contrario, sabiendo que se jugaban la vida, no se
hubieran dejado
coger sin pegar ni un tiró. Además, como cuestión
accesoria ¿qué preparación
militar tenían esos hombres?
La
cuestión es que llegaron a Bata de noche, ya bien entrada
la noche, y
les situó en el palacio de la Presidencia en Bata, antiguo
Gobierno Civil de Bata...
Y
a partir de aquí, ya todo son conjeturas, empiezan las
versiones distintas, tan comentadas.
La
que Macías dio al mundo y que confirmaron sus
incondicionales era como una broma incongruente e inverosímil:
Esta fue su versión de los hechos:
Atanasio
inició el golpe deteniendo al Teniente Coronel Tray y Muery.
Acto seguido Atanasio detuvo a todos sus colegas de Gabinete
presentes en
Bata a los que fue a encerrar en el cuartel de la Guardia
Marina de dicha ciudad.
Entre los Ministros apresados según esta versión estaba el
entonces del Interior y ahora refugiado en Madrid, Ángel
Mesié Ntutumu. Este manifestó
que en el momento de ser capturado por Ndong, que llamó a
su puerta
y que confiado acudió a abrir, iba Ndong acompañado de un
grupo de sus seguidores, entre los que se encontraba el
infortunado compañero Pelagio Mbá. Pero éste, torturado
hasta morir, nunca admitió su participación
en la operación. (2).
Según
este mismo Ministro torturador y asesino que se adhirió a
la cuadrilla
de Macias, por su ambición de engancharse al carro del
vencedor, pues
antes era seguidor de Atanasio Ndong, éste tenia sobre el
hombro algo
así como una pequeña toalla, que desprendía un fuerte
olor a pimienta y
amoníaco y que pasaba por los ojos de sus victimas para
cegarlos -una especie
de «spray»- tiempo que aprovechaba para amarrarlos,
meterlos en el coche y llevarlos al cuartel de la Marina en
Bata.
Tan
fantástico relato, obviamente, no resiste ni merece un análisis
serio;
¿no es increíble, Angelito Mesié, que un hombre sólo
haga todo eso que contaste? Pero vuestra hora de triunfo, el triunfo de los trepadores, había
sonado y no
importaba mentir.
Otro
que también tiene mucho que contar es el aventurero Ciríaco
Mbomió,
actualmente refugiado en Madrid, tras derrochar su
exacerbado nacionalismo al servicio de Macias. Un sujeto
nada fiable.
Pero,
qué tendrá Maclas que tanto sus mujeres como sus eunucos huyen
de él. Dónde irán a lavar las manos manchadas de sangre
inocente tanto asesino y cobarde.
La
versión de Macias, cuando no desvariaba, y que pudiéramos
considerar como la «principal», respecto de las
variantes que dan sus seguidores, sigue siendo ésta:
Concluida la detención de todo el Gobierno y de los cuadros
no adictos de la Policía y de la Guardia Nacional -antigua
Guardia colonial,
que es lo que realmente sigue siendo, por su mentalidad-,
Atanasio
comenzó a buscar al mismo Macias.
Pero
no había manera de encontrarle. En realidad, Macias, que es
consciente de haber llegado a la Presidencia contra la
voluntad de poderosos
adversarios, sufre la manía persecutoria desde el primer día,
por lo que, precavido, no pasa la noche en el Palacio
presidencial de Bata. Tiene, como se
sabe, otros domicilios en esa ciudad.
Al
no encontrarle allí, sigue el relato que Macias hacia en
privado, Ndong
se dirigió al cuartel de la Guardia Nacional, donde todavía
se podía leer
la vieja inscripción colonial, ya reciclado, de «TODO POR
LA PATRIA», en la entonces calle del 18 de julio, hoy, me
parece, «Avda. de la O.U.A.».
Acudía
al recinto militar para ver si atraía a Salvador Elá Zeng,
Capitán de la Guardia Nacional que estaba al frente de las
Fuerzas de la guarnición de
Bata e, indudablemente, el militar mejor formado hoy en
Guinea. Elá Zeng
se opuso a la propuesta alegando la fidelidad que había
jurado a la Constitución
guineana y a su Presidente. Ndong insistió, pero el Capitán
fue inflexible.
Consciente
de que era inútil insistir, Atanasio le preguntó por donde
podría encontrar a
Macias, para despachar con él. El Capitán le contestó que
no tenía ni
idea.
Ndong
salió raudo de allí en busca de Macias, dejando la
custodia de la puerta
principal a cargo de su seguidor, el Alférez Marcos Bono,
de origen «basa»
o «nvele», como la esposa de Ndong. Al no encontrar a
Macias en ninguno
de los lugares en que le buscó, se dirigió al Palacio del
Gobierno para
ocuparlo, ya como Presidente, puesto que Macias se había
escapado...
Por
su parte, el propio Salvador Elá Zeng suele contar más
tarde lo siguiente:
Al
salir Atanasio Ndong, él, Salvador, corrió al lado de
Macias para decirle
lo que estaba pasando. Entonces, Macias, se dirigió al
palacio acompañado
del mismo Elá Zeng y de su «Juventud».
El
Capitán fue el primero en entrar en el palacio, simulando
aceptar la propuesta
de Ndong; entonces éste, confiado, le dio la espalda un
momento para
asomarse por un balcón al patio interior del edificio,
momento que Elá Zeng
aprovechó para darle un culatazo en la nuca, haciéndole
perder el equilibrio.
Ndong
cayó al patio central del palacio donde ya le esperaban
Maclas y la
masa ávida de sangre...
Y
aquí empieza lo que los ojos no debieron ver: Con una
pierna quebrada, Ndong,
inmovilizado en el suelo, recibió la primera sesión de
palos; y. cuando
le creyeron muerto, dejaron de golpearlo.
Uno
de los que participaron en aquella orgía de sangre formando
el grupo de la «Juventud»
y que curiosamente murió de «tétanos» en una celda de la
prisión de Santa Isabel, años más tarde, siendo ya
abogado, y cuyo nombre
no doy porque al estar ya muerto quiero respetar su memoria,
me contó con
morboso gozo:
-
«Cuando nos cansamos de pegarle, empezamos a orinarle
encima y a apagar las
colillas en su piel. Cada vez que daba muestras de vida le
dábamos
más palos. ¡No he visto hombre tan resistente! Queríamos
matarle allí mismo
como una serpiente, porque temíamos que Macías diese
marcha atrás y le perdonara la vida...».
Ya
el día más aciago de nuestra historia, el «Cinco de marzo»,
había amanecido.
La
ocasión con que tanto soñó Macías, se le había
presentado; de un mismo
tiro mataría todos los pájaros: Ndong y todo su equipo.
Bata
amaneció en medio de tumultos.
La
«Juventud» pedía sangre, la del «traidor», y en esas
cosas Macias siempre
ha sido muy complaciente con el pueblo.
Atanasio
yacía casi desnudo en el patio del palacio del Gobierno, en
medio
de un charco de sangre, bajo un sol que caía como plomo y
recibiendo
una lluvia de palos.
Como
en Santa Isabel se encontraban los seguidores de Ndong más importantes,
Djamanene, Ndong Nvumba, Armando Balboa, Gori Torao y otros,
que ya debían estar al tanto porque, según Macias, la
consigna era el silencio
de «Radio Ecuatorial Bata, La Voz de Río Muní», mandó
Macías poner un telegrama a Armando Balboa y a Marta
Moumié de Ndong cuyo texto decía: «Lo propuesto se ha
hecho, venid urgente...».
Para
recibirlos se formó un túnel humano que iba desde el
aeropuerto hasta la prisión de Bata, la «cárcel Modelo»
pasando por el edificio del Gobierno
Civil. En medio de este canal de la muerte y hostigados por
grupos de
la «Juventud» debían pasar las victimas recibiendo a cada
paso, una andanada de palos, piedras y todos los objetos
contundentes que la masa encontraba
a su alcance, en su tarea de administrar justicia, hasta que
el infortunado
de turno llegaba ya, hecho un guiñapo, piltrafa humana,
ante Ma |