HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 56. UNA GRANJA SOSPECHOSA.

Obiang Nguema se ha ido haciendo más pragmático. Ha aprendido que muchas de las promesas que hacen los países amigos no se cumplen y, por un buen precio, está dispuesto a vender lo que sea. Fue capaz de permitir la penetración de surafricanos blancos en el país, con el pretexto de organizar la producción ganadera, hasta que no pudo soportar la presiones de su poderoso vecino nigeriano y, en mayo de 1988, los expulsó tranquilamente.

La historia comienza en 1984, cuando Obiang recibió una delegación de surafricanos, posiblemente ayudados por los representantes de Estados Unidos en Malabo. Los surafricanos no se anduvieron con rodeos. Expusieron al mandatario guineano, su plan de crear una granja en las alturas de Moka, al sur de Bioco, para criar ganado vacuno. En un momento en que se quedaron a solas con Obiang, le prometieron una "participación" personal en el negocio, que podría ser en metálico. El presidente guineano no podía negarse. Corrían malos tiempos para el país, en el momento del ingreso en la UDEAC y los franceses imponían cierta seriedad en la economía nacional que repercutía en sus propios negocios. Para rematar la operación, los surafricanos deslumbraron a algunas guineanos influyentes con una "visita guiada" por su país. Pedro Nsue, alto cargo del Ministerio de Asuntos Exteriores, fue uno de los invitados.

En 1987 los surafricanos habían organizado ya sus instalaciones en Moka, tras haber desembarcado en la isla de Bioco enormes camiones, maquinaria pesada, elementos de construcción, comida, animales y todo lo que pudieran necesitar unos colonos apoyados por su Gobierno para establecerse en un territorio, si no hostil, si al menos poco amigable. Llegaron en aviones Hércules, sin señales de identificación externas, y en barcos de carga con banderas de conveniencia que atracaban en el discreto puerto de Luba. Desde la antigua ciudad de San Carlos, en cuya amplia bahía los soviéticos habían instalado su base naval en la época de Macías, sólo hay unos 30 kilómetros de subida hasta el valle de Moka donde, gracias a sus 1.200 metros de altitud sobre el nivel del mar, se disfruta de un agradable clima, sin el calor agobiante de aquellas latitudes ecuatoriales.

Oficialmente, nunca hubo surafricanos en Guinea Ecuatorial. El proyecto ganadero del valle de Moka era obra de "los extranjeros", pero ni en estos términos se atrevían a hablar de manera oficial las autoridades guineanas,  dando origen  a  un secretismo que favoreció la propagación de rumores de todo tipo.

Se llegó a decir que los surafricanos habían establecido una base de misiles desde donde quedaban a tiro las costas de Nigeria, uno de los países más agresivos contra la política del "apartheid". Otros comentaban que no había armas en Moka, pero que el lugar se utilizaba para observar al detalle la costa nigeriana. También se dijo que era una estación de controladores para ayudar a la navegación de los aviones surafricanos, en su vuelo desde Johanesburgo a Europa, pues los países negros no les permiten sobrevolar su espacio aéreo. Esta teoría quedaba reforzada por el hecho de que la costa Este del continente está plagada de conflictos y el paso hacia Europa es más difícil y largo que volar por el Atlántico, donde además ya cuentan con apoyo en la isla de la Sal, en Cabo Verde, y en Madeira.

Algunos europeos aseguraban que los surafricanos pudieron instalarse en Guinea tras haber pagado 200 millones de dólares al presidente Obiang, cosa imposible de demostrar.

Las autoridades guineanas contribuyeron a crear cierto clima de misterio. El 24 de febrero de 1987 enviaron una nota verbal a las embajadas y organismos internacionales acreditados en Malabo, prohibiendo el desplazamiento del personal diplomático en un radio superior a los 15 kilómetros de Malabo, "por razones de seguridad y hasta tanto se concluyan las averiguaciones que se llevan a cabo para determinar las actividades de ciertos elementos de dudosa procedencia, en evitación de cualquier tropiezo desagradable que pudieran tener".

Ni Camerún, uno de los países más pragmáticos del continente, que en 1987 restableció relaciones diplomáticas con Israel, ni Gabón, que de una forma muy discreta cuenta también con la presencia de algunas surafricanos en su territorio, presentaron la más mínima protesta por el hecho de que los sudafricanos se establecieran en Bioco. Sus dirigentes incluso sonrieron con benevolencia cuando, en diciembre de 1986, supieron que los guineanos habían podido ultimar los preparatorios de la cumbre de la UDEAC, gracias al esfuerzo de unos blancos que sabían mover a los trabajadores negros. Pero Nigeria es otra cosa.

Unos días antes de la reunión de la UDEAC, el presidente de Nigeria, el general Ibrahim Babangida, llamó a capítulo a su "hermano" Obiang. La tensión fue tan evidente que en la cena que le ofreció el gobernante nigeriano al presidente guineano, el primero no respondió al brindis, a pesar de que Obiang no se recató en condenar al "régimen racista y oprobioso de Pretoria".

El secreto de la presencia de los surafricanos en Guinea sólo se pudo mantener unos meses. Muy pronto comenzaron a aterrizar grandes aviones en el aeropuerto de Malabo. "Era una visión increíble. Salían los camiones de la panza de los Hércules conducidos por fornidos jóvenes blancos", relataba un cooperante español que fue testigo de los hechos. Los guineanos miraban todo aquello en silencio y el sargento Cayo, la temida autoridad del aeropuerto de Malabo siempre dispuesto a incordiar a los españoles, colaboraba para que todo saliera bien.

El ministro guineano de Asuntos Exteriores, Marcelino Nguema, ante la oleada de rumores, se veía obligado a negar, a principios de marzo de 1987, que allí hubiera una base militar. Precisaba que era un programa de desarrollo agrícola y ganadero, incluido en los esfuerzos del Gobierno para relanzar la economía nacional.

David Hilton, el jefe del grupo, decía en su recién inaugurada oficina de Malabo, en junio de 1987, que el total de gastos ocasionados por aquel proyecto ganadero oficial de su Gobierno había sido de un millón y medio de rands (unos 2,4 millones de dólares). Claro que sólo en la preparación de la cumbre de la UDEAC, incluida la construcción de seis chalets para albergar a los jefes de Estado, gastaron casi un millón de rands (unos 200 millones de pesetas).

Aunque no se ocultaba, no era fácil dar con Hilton, que actuaba con gran discreción. En un correcto castellano, aprendido en Argentina, quiso "dejar claro que se han contado muchas mentiras sobre nuestra presencia en Guinea. ¡No hay ninguna base militar en Moka. Nuestro único objetivo es beneficiar al pueblo guineano". Hilton aseguraba que su objetivo era desarrollar la granja para que permitiera alimentar a todo el país: "si en el futuro hay excedentes, Guinea podría exportar carne a sus vecinos". Quien para muchos era "el comisario político de los surafricanos", opinaba que el valle de Moka ofrecía grandes posibilidades y que era necesario crear una cierta infraestructura para que otros empresarios, que él decía podrían ser surafricanos, acudieran a invertir en Guinea y crear riqueza en el depauperado país. "Hemos calculada que en Moka sé puede producir unas 30 toneladas de tomate por hectárea, lo cual permitirá en un futuro próximo la instalación de una planta envasadora de tomate".

En ese mismo valle los españoles criaban ganado en la época de la colonia. Casi toda la tierra pertenecía al duque del Infantado y los potentados de Santa Isabel subían a Moka para disfrutar de su frescor. Casi veinte años después de aquella época dorada de Guinea, los diplomáticos norteamericanos y algunos cooperantes españoles, incluidos los militares que llegaron a cocinar una paella en la granja, eran acogidos con hospitalidad por los jóvenes surafricanos durante los fines de semana.

Visitar la granja producía una enorme sorpresa, pues nadie que conozca Guinea podía esperar encontrar algo así. Destacaba una sólida vivienda de madera, al mismo tiempo oficina central y dispensario médico en su parte baja, como si fuera una casa de campo suiza, rodeada de preciosas praderas. Todo estaba cuidado al detalle y cerrado con alambres de espino. En la puerta, unos carteles advertían que estaba prohibida el paso, pero a quien conseguía llegar hasta Moka -pocos blancos pues hacía falta un permiso especial- le enseñaban la granja con gran cordialidad. La visita comenzaba en el confortable salón de la residencia principal, con unos sofás mullidos y una pequeña biblioteca, casi tan grande como la colección de videos.

La finca contaba con una superficie total de unas 300 hectáreas» donde también experimentaban gran variedad de cultivos. Para Martin, el veterinario y enfermero del grupo, el único inconveniente del lugar era la humedad que facilitaba la propagación de hongos y ciertas enfermedades.

Toda la granja era accesible por buenos caminos de tierra, abiertos con una enorme niveladora que utilizaban también para reparar la carretera que sube desde Luba hasta Moka. Entre más de dos centenares de vacas y terneros pastaba un huidizo toro retinto español, único superviviente de la carnada llevada allí en 1981 por el empresario valenciano Francisco Roig, quien fracasó en su intento de criar ganado en la zona. La mayoría de sus animales murieron por los disparos de cazadores furtivos guineanos, casi siempre con la aquiescencia de las autoridades locales. En otro campo vallado pacían 25 extraordinarios sementales. También contaban con unas lustrosas ovejas y una docena de caballos.

Realmente, la granja no parecía, una instalación militar, aunque se adivinaba la existencia de poderosos equipos de radio por las antenas que salían de, algunos tejados que aparentaban ser establos o almacenes, aunque no parecían más complejas que la que tiene la Embajada de España en Malabo. Martin aseguraba que "nuestro proyecto pretende hacer amigos en África. Lo único que hacemos es producir carne para la población guineana". Luego añadía que siempre acostumbran a instalar una clínica o un dispensario para atender a la población local. Por su botiquín pasaban mensualmente unos 200 pacientes, vecinos de Moka que estaban encantados con "los extranjeros", que les curaban. les daban trabajo y encima transportaban sus modestas producciones de tomates o patatas hasta el mercado de Malabo. El sueldo que recibían, entre 22.000 y 35.000 francos cfas (sobre 9.000 y 14.000 pesetas), casi doblaba al salario medio de un funcionario guineano.

Ramón Bioco, nacido en 1920, hijo del último rey de Bioco que murió en 1944 según aseguran sus descendientes a la edad de 115 años, no disimulaba su satisfacción por la prosperidad que se vivía en el valle y soñaba con que de nuevo hubiera empleo para todos, como en la época de la colonia.

Sin embargo, en el exterior iba tomando cuerpo una campaña de protesta contra el Gobierno guineano, instrumentada fundamentalmente por la oposición y por las autoridades nigerianas.

En el verano de 1987, en la subcomisión de Prevención de Discriminaciones y Protección a las Minorías de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU se presentaron mociones contra la presencia surafricana en Guinea, en buena medida inspiradas por Cruz Melchor Eyá Nchama, líder de la Alianza Nacional de Restauración Democrática de Guinea Ecuatorial (ANRD). Acusaban a los surafricanos de instalar bases militares en países africanos y el Movimiento Internacional para la Unión Fraternal entre las Razas y los Pueblos pedía a la comunidad internacional que ejerciera presiones sobre el Gobierno de Guinea para que cortara sus relaciones con Suráfrica.

"La presencia de los surafricanos racistas en Guinea Ecuatorial es una amenaza para la paz y la seguridad de todos los pueblos de este continente", decía la comunicación presentada ante el organismo de la ONU, donde se aprobó, por consenso, una moción contra Suráfrica que pedía el aislamiento del resto de los países del mundo y condenaba cualquier relación o colaboración con el Gobierno de Pretoria. Además, "exhorta a todos los países que aún no lo hayan hecho, en particular a Israel y Guinea Ecuatorial, a que interrumpan todo vínculo militar can Suráfrica". Nunca se había equiparado a Guinea con un país tan lejano en todos los aspectos.

En noviembre de 1987 la revista Jeune Afrique afirmaba que los surafricanos planeaban utilizar el aeropuerto de Malabo como una escala alternativa para sus vuelos hacia Europa, como apoyo de la habitual en- la isla de Sal, de Cabo Verde.

Santiago Aroca, corresponsal de Diario-16 en Londres, recogía en diciembre un informe del Congreso Nacional Africano (ANC) el principal grupo "anti-apartheid", en el que denunciaba el acuerdo secreta entre Suráfrica y el Gobierno del general Qbiang Nguema. En virtud de este acuerdo, los aviones de la Sudafrican Airways (SAA) podrían aterrizar en Malabo para repostar, se estaba preparando ya una estación de seguimiento de satélites en la isla de Bioco y organizaban una oficina comercial para establecer contactas con otros países de la zona y comprar allí productos europeos de países que tenían dificultades para vender a Pretoria por los controles existentes. Según el ANC, Guinea había comenzado a comprar petróleo a Nigeria, para enviarlo después a Suráfrica.

El ANC afirmaba que los sudafricanos habían adquirido una residencia en las afueras de Malabo, junto a la autopista que une a la ciudad can el aeropuerto, para remodelar esas instalaciones. A cambio de las facilidades concedidas "para instalar en África por métodos pacíficos la primera base militar", precisaban que el Gobierno surafricano entregaba al guineano una ayuda de 20 millones de dólares por año (unos 2.400 millones de pesetas), cantidad superior a la destinada por España para su cooperación con Guinea.

Posiblemente éstas afirmaciones estaban un tanto exageradas, pero es cierto que los surafricanos se fueran hacienda cada día más asados. A principias de 1988, habían abierta un restaurante de lujo en la urbanización "Abayak" de Malabo, junto a la carretera que va hacia el aeropuerto, en un chalet comprado al presidente Obiang, donde, además de platos exquisitos que durante unos meses hicieron las delicias, de la sufrida colonia extranjera, se degustaba un excelente tinto surafricano. Fuentes diplomáticas confirmaron al delegado da EFE, Andreu Claret, que el régimen de Pretoria tenía un proyecto para ampliar sus posibles puntos de aterrizaje entre el sur del continente y Europa, para poder aterrizar no sólo en Cabo Verde, sino además en Comaras, Mauricio y Guinea Ecuatorial, islas cercanas a las costas africanas.

El semanaria suizo L'Hebdo afirmaba que aquella operación surafricana podía perseguir el establecimiento de una base comercial discreta para crear vías alternativas comerciales ante el boicot internacional que sufre Suráfrica y comprar allí diversos productos, incluido el petróleo nigeriano. "Las países vecinos de Guinea Ecuatorial se preguntan si no se habrá introducido el lobo, de manera subrepticia, en el rebaño", decía L'Hebdo a finales de diciembre de 1987.

Desde entonces, Nigeria redobló sus esfuerzos para que Guinea expulsara a los surafricanos. La prensa nigeriana insistía en el peligro que suponía la presencia militar surafricana en la isla, frente a sus costas, aseguraba que Suráfrica había convencido a Guinea para instalar una base aérea, una estación de seguimiento de satélites, una central de escucha de las comunicaciones de los países de la zona y una central nuclear. En el mejor de los casos, decían los periódicos nigerianos, Suráfrica pretende con su operación en Guinea Ecuatorial crear una buena imagen en África, cuando dentro de sus fronteras segrega a los negros y practica una política de continua represión.

Por otra parte, aquel conflicto no venía mal a las autoridades de Lagos para distraer a la población de otras cuestiones internas quizá más graves. Nigeria vivía una dramática crisis económica con elevada tensión social. Obiang estaba profundamente molesto al darse cuenta de este hecho, comentaba EFE. En ciertos círculos habían llegado a expresar que la actitud nigeriana era "una intolerable ingerencia en los asuntos internos de Guinea Ecuatorial". Pero Guinea es una mosca comparada con el elefante nigeriana, con una superficie 33 veces mayor y unos cien millones de habitantes, que viven en una densidad algo superior a cien personas por kilómetro cuadrado, mientras en Guinea apenas hay 12 habitantes por kilómetro cuadrado y es crónica la falta de mano de obra.

Una delegación del Gobierno nigeriano viajó a Malabo, a comienzos de abril de 1988, para ofrecer a Guinea la concesión de un crédito por valor de unos 4 millones de dólares, para la importación de artículos de primera necesidad producidos en Nigeria. Dos semanas después se supo oficialmente que Nigeria, entre otras condiciones, exigía que fueran expulsados los surafricanos de la isla.

Como las autoridades de Malabo no respondían, el ministro nigeriano de Asuntos Exteriores, general Ike Nuachuku, decidió presentarse en Malabo, el 4 de mayo, para pedir la salida de los odiados blancos del país vecino. Marcelino Nguema, su colega guineano, le contestó que su país no mantenía relaciones "ni políticas, ni económicas con Suráfrica", según informaba un cable de EFE desde Malabo. Para el presidente Obiang, la política de libre mercado de Guinea Ecuatorial posibilitaba el que "ciudadanos extranjeros, empresarios, se instalen en el país".

Antes de que la nutrida delegación nigeriana que encabezaba el ministro de Exteriores, formada por quince personas, se despidiera de Malabo, advirtieron que en breve regresaría otra comisión, formada por militares, para comprobar que se habían marchado "los agricultores surafricanos". Aquello sonaba a una amenaza. Unos días antes, la prensa de Lagos había anunciado que el general Paul Ofuoma Omu estaba preparado para encabezar una visita a Guinea de "una alta misión militar nigeriana".

Marcelino Nguema convocó a los embajadores y representantes de los organismos internacionales acreditados en Guinea y les aseguró que su país no mantenía relaciones políticas ni económicas con Suráfrica. Los diplomáticas apenas pudieron disimular una sonrisa, pues a ellos no les podían engañar, aunque desde luego a quien no le hizo ninguna gracia fue al representante nigeriano. Nguema afirmó que los señores que se habían instalado en Moka eran unos jóvenes que llevaban adelante una "iniciativa privada", aunque coincidía que tenían la nacionalidad surafricana, pero aseguraba que eran técnicos agropecuarios, alejados de cualquier otra actividad.

Aquel fue uno de los últimos esfuerzos de las autoridades guineanas para negar la evidencia. El 12 de mayo se produjo la expulsión de los cuatro jóvenes que trabajaban en Moka. Un Falcón 21 surafricano acudió a Malabo para recoger a los colonos, quienes se llevaron una veintena de maletas. La noticia no fue difundida en forma oficial, pero se corrió como la pólvora.

La colonia diplomática en Malabo comentaba que las presiones ejercidas por Nigeria, al más alto nivel, sobre el Gobierno de Obiang Nguema forzaron la decisión de expulsar a los surafricanos residentes en Guinea Ecuatorial. Parece que fue decisiva la visita del general Nuachuku, uno de los hombres fuertes del Gobierno militar de Lagos, quien llegó a comentar a Obiang que si los surafricanos no salían de allí, se verían obligados a realizar maniobras militares en las proximidades de la isla de Bioco, puesto que eran "una amenaza para la seguridad y la paz de la zona".

No era necesario que Nigeria hiciera una prueba de fuerza, teniendo en filas a cien mil hombres y una de las mejores fuerzas aéreas del África subsahariana. Los guineanos, que no poseen ningún avión de combate, cuentan con un perezoso ejército, formado por unos 1.600 hombres armados con vetusto material español y algunos "Kalasnikov" de la época de Macías, que poco a poco van quedando inútiles por la humedad del clima y el mal cuidado. La Marina está formada por un centenar de efectivas y unos 50 hombres forman la Fuerza Aérea.

La tensión entre Guinea Ecuatorial y Nigeria era tan grande que el embajador Antonio Núñez García-Saúco aplazó su regresa a España, previsto para el 14 de mayo, según supo EFE de fuentes diplomáticas en Malabo. El embajador se había despedido ya de las autoridades locales y colegas del cuerpo diplomático, en un acto en el cual el presidente Obiang le condecoró con la Gran Cruz de la Independencia. Se llegó a pensar que la población podría cometer algún acto de violencia contra los comerciantes nigerianos establecidos en Malabo, culpándoles por la expulsión de los surafricanos. Por primera vez desde la salida de los españoles empezaba a, verse carne en el mercado, además de otros productos agrícolas, y muchos no entendían la razón por la que otro país les obligaba a que expulsaran a aquellos jóvenes.

El ministro Nguema viajó a Lagos para comunicar directamente al general Babangida que ya habían sido expulsados los surafricanos, como "un acto de buena voluntad" del Gobierno guineano. Algunos medios periodísticos nigerianos habían pedido abiertamente la ocupación militar y anexión de la isla de Bioco. Las autoridades guineanas decidieron colocar vigilancia policial alrededor de la Embajada de Nigeria en Malabo y, tras ocurrir algunos incidentes menores, el 20 de mayo fueron detenidos los guineanos que trabajaban en la legación.

Debido a que las noticias corren lentas por África, o quizá porque algunos no se creyeran la expulsión de los surafricanos, Nigeria pidió a Guinea en la XXIV cumbre de la OUA, celebrada a finales de mayo en Addis Abeba, que clarificara "sus relaciones con el régimen de Pretoria". En las sesiones preparatorias, el ministro de Asuntos Exteriores de Zimbabue, presidente del Comité de Liberación de la OUA, denunció que Suráfrica estaba "proyectando sus tentáculos hacia países de África Occidental", aunque John Makatini, encargado de Relaciones Exteriores del ANC, comentó que el caso guineano no era el más grave.

En las resoluciones de la cumbre se criticó a "los países africanos que colaboran con Suráfrica", excluyendo a las naciones de la "línea del frente", lo cual suponía una mención explícita a Guinea Ecuatorial, Mauricio y Seychelles. El ministro guineano de Exteriores, Marcelino  Nguema, que representaba al presidente Obiang, dijo a EFE que la mención era "improcedente, pues ya no quedan surafricanos en el país".

Unos días después circuló por Malabo el rumor de que habían regresado cinco surafricanos blancos y de nuevo se caldeó el ambiente entre Malabo y Lagos. Ana Camacho comentaba que "la retirada de España de Guinea Ecuatorial y su entrega a Francia esté convirtiendo al golfo de Guinea en un peligroso foco de tensiones". La enviada especial de El País a Malabo comprobó que la exigencia de Lagos de pedir la expulsión de los surafricanos de Guinea era un pretexto nigeriano para lograr que España recobrara su protagonismo. "Queremos que España recupere su papel de ex-potencia colonizadora en Guinea", manifestó el embajador nigeriano en Malabo, F.B.I. Porbeni. "No nos importa que los franceses tengan intereses en Guinea, pero no estamos dispuestos a que dominen este país ni a que los guineanos se francofonicen", añadía Porbeni, para quien la bancarrota que sufría Guinea probaba que la solución no estaba en la UDEAC, sino en la cooperación entre España y Nigeria, "base de la prosperidad de la época colonial del país". El diplomático afirmaba que Nigeria "considera sumamente necesario que España concrete las promesas de estrechar la colaboración en la zona realizadas por el rey Juan Carlos en su viaje a Lagos", en 1987.

La periodista especializada en asuntos africanos comentaba que Lagos sigue considerando a Guinea, donde en tiempos de la colonia trabajaron más de 40.000 nigerianos en las plantaciones de cacao que fueron humillados y expulsados por Macías, como parte de su zona de influencia. Ana Camacho recordaba la vieja tesis del reparto guineano entre sus vecinos. Nigeria se quedaría con la isla de Bioco, Gabón y Camerún podrían repartirse Río Muni y los islotes ricos en petróleo y Sao Tomé y Príncipe anexionarse la isla de Annobón.

El presidente Obiang manifestó que el problema había sido "creado por la prensa liberal nigeriana, que intentó presionar a su Gobierno con declaraciones falsas sobre una supuesta existencia de relaciones entre el Gobierno de Guinea y el Gobierno racista de Pretoria". Aunque Suráfrica había reconocido que aquella era una empresa oficial, Obiang seguía diciendo en junio de 1988 que "nosotros no veíamos ningún inconveniente en el proyecto agrícola del valle de Moka, ya que no fue presentado por un Gobierno, sino por un grupo de individuos europeos y surafricanos" y añadía que "hay un grupo de ciudadanos blancas en Suráfrica que también se opone al "apartheid", y muchos de ellos intentan instalarse en otros países para evitar que les afecten los conflictos que llegarán en su día".

Obiang sabía que en el complejo mundo de las relaciones internacionales hay que tener en cuenta numerosos factores. Le había ocurrida cuando su país tuvo que votar en contra de una propuesta de que el español fuera idioma oficial de trabajo en el seno de la OUA, porque la había presentado la República Árabe Saharaui Democrática, o al negarse a establecer relaciones diplomáticas con Israel, igual que hizo Camerún en 1987, por miedo a cualquier reacción violenta de uno de sus guardaespaldas marroquíes.

 

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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