HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capitulo 47. ALTERCADO EN LA MONCLOA.

Puesto que el presidente del Gobierno español, Felipe González, no iba a Guinea, Teodoro Obiang presionó para poder desplazarse a Madrid. El guineano quería sacar provecho del rehén que tenía, el sargento Venancio Mico, condenado a muerte, y obtener algunos beneficios de España. La tensión era latente, como demuestra el incidente qua ocurrió en La Moncloa, entre la policía secreta española y los escoltas de Obiang.

Aquel 28 de julio de 1983 hacía un calor agobiante en las pistas de Barajas. A la mitad de los españoles se les estaban acabando las vacaciones y la otra mitad preparaba las maletas para iniciarlas. La familia real se encontraba en Mallorca. Una vez más el Gobierno español había enviado un DC-8 de la Fuerza Aérea para transportar a Obiang en un desplazamiento a Europa, como siempre acompañado por un nutrido séquito en el que destacaban unas caras blancas: los marroquíes que hacían de guardaespaldas del presidente africano.

Aterrizó el DC-8, atravesó la zona destinada al estacionamiento y desembarque de los aviones comerciales y llegó hasta la terminal de autoridades. Se detuvo justo donde estaba preparada la alfombra roja, paró los motores, se abrió la puerta y acercaron la escalerilla para que descendieran los pasajeros. Felipe González, flanqueado por el ministro Fernando Moran, se acercó hasta el pie de la escalerilla. En perfecta formación aguardaban la banda que debía interpretar el himno guineano y la escuadrilla de Aviación que rendía honores al jefe del Estado visitante.

Pero pasaban los minutos y nadie descendía del avión. Felipe González comenzaba a impacientarse. Era una situación un tanto incómoda con los periodistas observando y además caía un sol de justicia. "¿Que pasa, que no sale?", pudieron oír quienes se encontraban cerca que preguntaba González a Moran, quien tampoco entendía nada. Alrededor de diez largos minutos hizo esperar Obiang a las autoridades españolas. La visita no empezaba con buen pie.

La prensa había comentado que Obiang pretendía presionar a las autoridades españolas y obtener la ratificación formal de la ayuda económica y la condonación, reducción o renegociación de la deuda de Guinea con España. Obiang jugaba la baza de la pena de muerte impuesta a Mico, y pensaba que la apuesta podía ser alta.

Tras unos instantes de descanso en una salita, que policías españoles aprovecharon para desarmar a casi todos los miembros de la escolta de Obiang, las autoridades salen hacían los coches que les esperan. El séquito de Obiang sigue a su jefe en formación compacta, dándose los primeros codazos con inspectores y agentes españoles. Están acostumbrados a no distraerse en esos momentos, pues en más de una ocasión se han quedado algunos en tierra. En su país casi siempre faltan plazas en los coches que forman las comitivas. Uno de los escoltas del presidente guineano piensa que está en Guinea y trata de introducirse en el vehículo donde ya estaban sentados Obiang y González. Hay un pequeña forcejeo y el que se mete es un policía español. El guineano masculla algo a media voz pero corre a un coche situado más atrás. La tensión era evidente.

Obiang, una ves que se había anunciado que iba a viajar a España, se había permitido realizar unas declaraciones criticando la actividad española en su país, que molestaron profundamente al Gobierno de Madrid. "Falta cohesión en la cooperación", manifestó el guineano con toda razón, aunque también con bastante impertinencia y falta de delicadeza y oportunidad.

Nada más llegar, como señal de buena voluntad, Obiang confirmó verbalmente a González su compromiso de conmutar la pena capital al sargento Mico. Los dos jefes de Gobierno estuvieron reunidos durante una hora y luego almorzaron juntos en el palacio de La Moncloa. Sin embargo, al llegar al palacio había ocurrido un incidente grave, anormal en la visita de una personalidad amiga.

Felipe González y Fernando Moran recibieron a Teodoro Obiang en la escalinata del palacio. Entraron y se dispusieron para ser fotografiados en el patio de columnas, mientras el secretario del presidente español, Julio Feo, pedía a la guardia de Obiang que se quedara fuera, a la sombra de unos árboles, o que fueran a la cantina para tomar lo que les apeteciera. Uno de los escoltas guineanos replicó en francés que él no se iba porque no entendía español. Julio Feo. haciendo gala de una buena dosis de paciencia, le repitió al guineano lo que había dicho antes, en esta ocasión en francés. Tres marroquíes y dos guineanos apoyaron al que parecía llevar la voz cantante y trataron de penetrar en palacio. Un guardia civil de los que custodiaban el edificio se puso delante y les invitó a retirarse. Entonces, uno de los guineanos sacó una pistola que llevaba en el cinto, lo que obligó a un teniente de la Guardia Civil a montar su sub-fusil. En ese momento intervino el jefe de ceremonias de la Presidencia guineana, Manuel Nzé Nzogo, un hombre de Mongomo de la máxima confianza de Obiang. A grandes voces, tartamudeando más de lo habitual en él, por los nervios del momento, gritó que la guardia personal debía seguir en todo momento a su Presidente.

El presidente del Gobierno español dejó a Obiang dentro y salió para ver que ocurría. Felipe González, que pudo escuchar las últimas palabras del Manuel Nzé, trató de tranquilizarle y calmar los ánimos. Con tono sereno, pero con cierta energía, afirmó que la seguridad del presidente de la República de Guinea en el palacio de la Moncloa era la misma que la del presidente del Gobierno español. "Estén tranquilos, porque estamos en la casa del presidente del Gobierno español, que respeta a Obiang. Estén tranquilas, porque estarnas en un ambiente de amistad y cordialidad", recordó González.

Sin embargo, los guineanos no quedaron satisfechos con aquella explicación. "Sucesos como estos hacen que luego desconfiemos de todo lo que se vaya a hacer. Por eso consideramos descalificable diplomáticamente la actitud española en el aeropuerto a nuestra llegada", dijo unos minutos después el jefe del Gabinete de Prensa del Gobierno guineano. Josué Abaga Ondó, a un periodista. "Las autoridades españolas procedieron a desarmarnos, del mismo modo que prohibieron el  acceso a la Moncloa de la guardia de Obiang", se quejaba el funcionario.

Alberto Míguez comentaba que las primeras horas de la visita oficial, o "de trabajo", del presidente guineano en Madrid se caracterizaron por el alto grado de tensión en que transcurrieron y por el tono agresivo del servicio de seguridad guineano, formado, en parte, por "especialistas" marroquíes. El periodista añadía a la larga lista de altercados y desavenencias que una reunión de Moren con su colega guineano, Marcelino Nguema, fue suspendida en el último momento, con el argumento de que primero debían ponerse de acuerdo Obiang y González.

En aquel primer día de reuniones Felipe González anunció que el objetivo de la visita se había cumplido, al haberse "desbloqueado políticamente" las relaciones entre los dos países. Afirmó, por ejemplo, que se habían logrado acuerdas diversos, como por ejemplo la renegociación de la deuda guineana.

El rey Juan Carlos se desplazó desde Palma de Mallorca a Madrid, el 30 de julio. para entrevistarse con Obiang antes de que el presidente guineano iniciara el viaje de regreso a su país, una muestra de que efectivamente algo había cambiado en las relaciones entre España y Guinea.

Pese a los altercados de la primera parte de la visita, y a la tensión existente, los análisis que se hacían el día del regreso de Obiang a Malabo tenían tonos positivos, aunque estaba claro que se habían dejado muchos cabos sueltos. En una rueda de prensa que ofrecieron González y Obiang en Barajas, el presidente del Gobierno español dijo que la deuda de Guinea con España, unos 45 millones de dólares (6.700 millones de pesetas), iba a ser renegociada con la supervisión del Fondo Monetario Internacional.

Ambos afirmaron que el "asunto Micó" había quedado zanjado y Obiang anunció públicamente que conmutaría la pena de muerte impuesta al sargento y anotó que posiblemente sería extrañado, aunque quiso resaltar el valor de su gesto al decir que aquella medida era impopular en su país, "pues el pueblo guineano desea la ejecución, para escarmiento al golpismo".

Obiang hizo un canto a la cultura hispánica. Expresó su orgullo por hablar español y dijo que debido a los lazos históricos España tenía una obligación moral con Guinea y debía apoyarla, como hicieron otros países europeos con sus antiguas colonias. Según dijo José V. Colchero en Ya, Obiang "capitalizó bien su hispanidad".

Felipe González anunció que había sido invitado a viajar a Guinea, y dijo que lo haría antes de que terminara el año en curso, pero se le notó que criticaba el comportamiento de las autoridades guineanas cuando anotó que era imposible ayudar a alguien -al responder a las reiteradas solicitudes de Obiang- si la otra parte no se dejaba.

Obiang podía regresar satisfecho a su país había convencida a Felipe González de que se mantuviera la cooperación. El presidente del Gobierno español aseguró que no se producirían recortes en las ayudas, aunque dijo que se debía intentar alcanzar mejores resultados e incentivar la inversión privada en Guinea. Con este objetivo se acordó crear el cargo de coordinador general de la Cooperación española en Guinea, una idea que parecía estar cargada de lógica para racionalizar su funcionamiento, pero lo lamentable se que se nombró a Enrique Bernaldo como responsable, a pesar de la mala fama que tenía en el país africano este funcionario de Aduanas y de los fracasos que había cosechado en sus misiones anteriores, especialmente en la reorganización de la Aduana guineana. Acordaron que se mantuviera también la cooperación militar, aspecto que había causada graves problemas durante la reunión de la Comisión Mixta, dos semanas antes del viaje de Obiang a Madrid.

Colchero anotaba que "hay que acoger de manera escéptica la viabilidad de los compromisos prendidos con alfileres en la cumbre de Madrid". El periodista recordaba que ya se habían sufrido muchos "desengaños" en los casi cuatro años que duraba el régimen de Obiang.

Para Rafael Fraguas el balance de aquella visita ofrecía "un activo nuevo, pero exiguo, y un pasivo holgado y ya conocido". En cuanto a la parte positiva, el periodista de El País anotaba que las dos partes se habían convencido de que el mantenimiento de la cooperación exigía "hacer las cosas de un modo diametralmente diferente de como hasta ahora se han hecho". Esto suponía que España incrementaría sus actividades, con un mayor control, mientras los guineanos se comprometían a cumplir los acuerdos, es decir, mayores inversiones pero más seriedad y contando con un marco jurídico aceptable. Fraguas resaltaba como aspectos negativos que no se había acordada respaldar el ekelue, y que el Gobierno español no había ejercido su influencia para que se democratizara el régimen guineano.

Obiang aseguró que durante su estancia en Madrid no había mantenido ningún contacto con los dirigentes de la oposición guineana, a quienes acusó de no tener ninguna legitimidad. Reiteró que todos podían volver cuando quisieran.

No tuvo que pasar mucho tiempo para que pudiera comprobarse que apenas habían cambiado las cosas. Una ves más, los buenos propósitos se quedaron en nada. Obiang no llegó nunca a conmutar la pena de muerte de Micó, aunque le respetó la vida, y siguieron ocurriendo incidentes entre España y Guinea.

Pocos días después del regreso de Obiang a Malabo, tras su tumultuosa visita a Madrid, se supo que había dimitido el ministro de Sanidad del Gobierno de Obiang, Emiliano Buale Boricó, hecho muy poco frecuente en Guinea. La noticia tuvo una relevancia especial en la prensa española por el acontecimiento en sí, por la forma de producirse y por la personalidad de Emiliano Buale, un bubi , de gran formación, y uno de los pocos ministros civiles del Gobierno de Obiang.

Su carta manuscrita de dimisión enviada a Obiang, fechada el 13 de agosto de 1983 y publicada en exclusiva por el diario Ya, era una denuncia de la arbitrariedad, la ineficacia y la corrupción de la camarilla presidencial, del clan de Mongomo, y de los fang en general. Aunque ya no se cometían matanzas y atropellos contra los bubis, habituales durante el tiempo de Macías, denunciaba que las discriminaciones que sufrían los originarios de la isla de Bioco hacían imposible la convivencia en Guinea.

Emiliano Buale, nacido en 1932, fue ministro de Agricultura desde poco después del golpe de 1979 hasta octubre de 1982, cargo que le iba como anillo al dedo pues había estudiado agronomía en Zurich.  Además del español, "pichinglis" e idioma bubi, Buale habla alemán, francés e inglés. Era uno de los pocos técnicas capaces que quedaban en el país y realmente en el área de agricultura se habían producido ciertas mejoras, aunque los cultivos del cacao, el principal recurso de la isla, no se habían desarrollado, debido fundamentalmente a cuestiones estructurales, como la falta de mano de obra o la inseguridad global.

Al comienzo de su carta, el guineano aseguraba que estaba "decepcionado y sensiblemente afectado por el trato discriminatorio y humillante que de un tiempo a esta parte se me está dispensando en mi calidad de ministro de su Gobierno", y "hastiado y escandalizado de los numerosos actos vandálicos que constantemente y por doquier están llevando a cabo ciertos miembros y altos funcionarios de su Gobierno". Más adelante se mostraba "sorprendido por el carácter familiar que van adquiriendo los asuntos de Estado" y denunciaba las discriminaciones contra bubis y annoboneses. Con un lenguaje muy respetuoso se manifestaba "convencido de que en tanto dure o perdure la actual situación de su Gobierno nada puede hacerse en beneficio del pueblo", por lo que había decidido "presentar a V.E. mi dimisión en el cargo de ministro de su Gobierno".

Buale, igual que había hecho Severo Moto o después José Luis Jones, el fiscal del proceso de Macías, fijó su residencia en España en compañía de su esposa que es enfermera y matrona y no pudo desempeñar su trabajo en Guinea, y sus seis hijos. José V. Calcinero, que había conseguido aquel "scoop", comentaba que Buale había sufrido cárcel durante la dictadura de Macías, La familia habitaba en un pequeño y modesto piso del madrileño pueblo de Móstoles, donde viven numerosos guineanos. Aunque obtenía un sueldo extra por ciertas ayudas concedidas por España -pequeños favores, como becas de estudio para sus hijos, que las autoridades de Madrid nunca supieron utilizar correctamente para dignificar a los ministros guineanos y que no tuvieran que dedicarse a cometer irregularidades- su familia pasaba muchas estrecheces, pues el salario oficial de un ministro era de unas 5.000 pesetas al mes.

Por ejemplo a Buale, que se declaró incapaz de poner orden en un ministerio tan desorganizado y corrupto como era el de Sanidad, le acusaban de haberse apropiado de algunas fincas de cacao y decían que había cobrado una jugosa cantidad para permitir la importación de unos tractores, que vendía un español llamado Diez-Terán, demasiado grandes para poder circular por los cacaotales.

Ante el asombro general, y en aquella situación, Obiang decide convocar unas apresuradas elecciones parlamentarias para el 23 de agosto. Colchero afirmaba que al Gobierno español le había sorprendido aquella convocatoria, pues se esperaba que tuvieran lugar en otoño, "y no responden, en absoluto, al proceso de liberalización" que Obiang había tratado con Felipe González en sus dos encuentros de aquel año. El jefe del Estado guineano decidió acelerar el proceso, pero con ello ponía en entredicho cualquier credibilidad democrática. Los 41 candidatos para la Cámara de Representantes, en una lista única, habían sido elegidos por él mismo a dedo. Para el especialista del diario Ya en asuntos internacionales, aquellos comicios eran "una prueba de que el presidente ecuatoguineano está reforzando su dictadura de inspiración tribal".

España "está corriendo el riesgo -con su pasividad ante las elecciones amañadas- de ser cómplice en el endurecimiento del régimen de Obiang", opinaba Colchero, para quien lo más grave era que aquello se podría interpretar como "una muestra de que se va a ampliar la manga ancha ante la indescriptible corrupción que se genera con la ayuda española".

Rafael Fraguas comentaba en El País que aquellos comicios, los primeros desde la independencia, se iban a celebrar "con limitaciones que han sido duramente criticadas por medios políticos de aposición al régimen de Malabo". Estas fuentes decían que no había un censo fiable de votantes y criticaban el proceso seguido para designar a los candidatos. Los Consejos de Poblados presentaban cuatro nombres, entre los cuales Obiang elegía uno para incluirle en una lista de 41 personas que debía ser ratificada o rechazada en bloque por los electores, para ejercer un mandato de cinco años.

Las relaciones entre España y Guinea seguían siendo frías. En el discurso que Qbiang pronunció el 3 de agosto de aquel año, cuarto aniversario del "golpe de libertad", el guineano no hizo ninguna referencia a España, ni agradeció la ayuda que recibía. Culpó de la mala situación económica a sus conciudadanos, y criticó a la oposición y a los descontentos, sin hacer mención a la intentona golpista abortada un par de meses antes ni al caso Mico. Sin embargo, afirmó que se habían logrado "progresos muy importantes en las negociaciones con vistas a nuestra integración en' la UDEAC y el Banco de África Central".

A finales de agosto, la religiosa española Carmen Samaranch apareció estrangulada en su humilde vivienda situada en la localidad de Ebebiyín, fronteriza con Camerún. La monja, licenciada en Química y Matemáticas, pertenecía a la Congregación de Jesús y María y llevaba cuatro años en Guinea como profesora de la Cooperación. La OID distribuyó una nota en la que señalaba que el Gobierno español había pedido a las autoridades guineanas que realizaran una investigación a fondo de la muerte de la religiosa y que se tomaran medidas de protección para todos los españoles residentes en Guinea. Aunque los guineanos se comprometieron a hacer ambas cosas, jamás se aclaró el caso.

Entonces, el Gobierno español decidió sustituir a Peidró, quien apenas permaneció un año en la Dirección de la OCGE, por Salvador Bermúdez de Castro. Colchero decía en Ya que se preparaba una "profunda revisión" de las relaciones entre Guinea y España y consideraba que Bermúdez de Castro, que había sido embajador en Chile y director general para las Relaciones con Iberoamérica, era una "diplomático pragmático y eficaz". El comentarista pensaba que era prácticamente imposible que Felipe González viajara a Guinea en el plazo fijado durante la visita de Obiang a Madrid, "pues se ha avanzado poco en imbuir una mayor eficacia a la ayuda española porque el régimen de Obiang no progresa en el aminoramiento de la corrupción, ni es mejor la predisposición a dejarse asesorar por expertos españoles".

Las cosas no se enderezaban y cada vez que aparecía en la prensa española una noticia relacionada con Guinea era para dar cuenta de un nuevo atropello a un español o cualquier otro suceso que  fomentara  al alejamiento.  El Gobierno español había tomado la decisión, a finales de noviembre, de "suspender la relación especial de cooperación" con Guinea "y reorientará su contribución económica teniendo en cuenta la próxima integración de la ex-colonia en la zona del franco CFA". El País añadía que esa decisión había sido comunicada "a los representantes de los ocho departamentos ministeriales que han participado en proyectos de cooperación" y señalaba que el plan era reducirla a los aspectos educativo, sanitario y militar.

El periodista Juan Roldan comentaba que la situación de los 280 cooperantes españoles era "caótica", pues llevaban varios meses sin cobrar al estar bloqueadas las partidas presupuestarias de Guinea desde el verano. En la OCGE aseguraran que tardaría muy pocos días en quedar disponible el dinero que debía enviar el Ministerio de Hacienda, parte de los 1.600 millones de pesetas concedidos en los Presupuestos de 1983 para la ayuda a Guinea. Reinaba gran incertidumbre sobre el futuro de las relaciones con Guinea pues, a finales de 1983, todavía no se había presupuestado ninguna cantidad para la cooperación española durante 1984 y se comentaba que era excesiva la ayuda prestada hasta entonces al país africano, por valor de unos 2.000 millones de pesetas anuales.

De nuevo, a primeros de diciembre, llegaron noticias a España de un intento de golpe de estado en Guinea, desarticulado por Obiang con más detenciones. También se supo que habían sido destituidos algunos altos cargos de Exteriores acusados de facilitar pasaportes diplomáticos falsos, y dos funcionarios de Sanidad, por vender medicamentos y vehículos de su departamento a otros países.

Pronto se vió que Bermúdez de Castro tenía encomendada una tarea muy diferente a la que habían realizado sus antecesores. En diciembre de 1983, pocas semanas después de ser nombrado director de la OCGE, decía en una Tribuna Libre de El País que Guinea había ido adquiriendo "una carga emocional en la opinión pública y una entidad absolutamente desproporcionada con su realidad específica propia y con la magnitud de los intereses españoles allí en juego". El diplomático consideraba positivo que Adolfo Suárez hubiera optado por no enviar tropas a Guinea y señalaba que, aunque se organizó una generosa operación de ayuda, tuvo "un espíritu a la vez de empresa misionera y de aventura tropical" . En su análisis, Bermúdez de Castro aseguraba que España no tenía ninguna deuda histórica con Guinea, juicio que fundaba en los índices de desarrollo y bienestar de la colonia en 1968, sin tener en cuenta las carencias estructurales que había dejado el colonialismo franquista y la falta de una burguesía nacional guineana, entre otras cosas.

El diplomático se había comprometido a dirigir un organismo que, a su juicio, desempeñaba unas tareas sobrevaloradas. Bermúdez de Castro pensaba que era demasiado importante la ayuda concedida a Guinea en relación con la dedicada a otros países con más población española y mayores intereses económicos. Según el funcionario, España debía centrarse en "contribuir a mantener y potenciar el hecho diferencial tan singular" de que Guinea sea un país hispano en África, pero sin perder de vista que "si Guinea ha de asentarse como estado soberano, no podrá hacerlo sino en armonía e íntima relación con los demás países de su  subregión continental, desarrollando los lazos de vecindad, intercambios y comunidad de intereses lógicos y naturales en toda nación independiente". Por último, planteaba claramente que "no parecería hoy desacertado el ir pensando en una planificada contracción gradual del empeño, a través de una concentración futura en ciertas líneas de acción", lo que él llamaba "una más pragmática relación de coste-eficacia".

Estaba claro que Bermúdez de Castro había recibido instrucciones de dar un giro a la cooperación con Guinea Ecuatorial.

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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