HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 44. UN GOLPE EXTRAÑO Y UN REFUGIADO COMPROMETIDO.

En Madrid tardó en saberse que se había producido un extraño intento de golpe de estado en Guinea y que uno de sus protagonistas, el sargento Venancio Mico, se había refugiado en la Embajada de España. El encargado de negocios, Norberto Ferrer, en nombre del derecho de asilo y de la hospitalidad española, se negaba a entregar el suboficial guineano a las autoridades de Malabo, pues sabía que su vida correría peligro. Este hecho, definido por un diario madrileño como "la situación de política internacional más delicada en la que España se ha visto envuelta desde la llegada del PSOE al poder", empujó a los socialistas a salir de Guinea y dejar el espacio libre a Francia.

Las autoridades guineanas habían desbaratado una intentona golpista, el 10 de mayo, que se dijo pretendía asesinar al presidente Obiang, aunque no quedó claro si durante un viaje que tenia previsto realizar a Bata para inaugurar una central eléctrica construida por los chinos, o en un club nocturno de  Malabo, llamado "Los enamorados", que Obiang frecuentaba de ves en cuando. Entre los detenidos, alrededor de un centenar, se encontraba Carmelo Owono, el comisario de Interior destituido en junio de 1982 tras haberse denunciado su participación en negocios turbios.

Se sabía que había ocurrido algo en Malabo, pero nadie sospechaba que fuera tan grave, seguramente porque todo quedó "en familia", al pertenecer la mayoría de sus protagonistas al círculo de Mongomo. Quienes estaban más ligados a las estructuras del clan, dispuestos a conservar sus privilegios a ultranza con el pretexto de una ideología nacionalista, y llamados "halcones" por algunos analistas, estaban molestos por lo que ellos consideraban una posición demasiado "hispanista" de Obiang, y desde luego alejada de la influencia de la URSS, donde casi todos ellos se habían formado. Además, aumentaba el sentimiento de frustración entre la población, por la pésima situación económica que se vivía en el país.

Unos golpes en la puerta de cristal de la Embajada de España en Malabo, un edificio de módulos preconstruidos, despertaron al policía nacional de guardia hacia las 3 de la madrugada del 13 de mayo. "Ayúdame, me persiguen y me quieren matar", dijo el guineano al policía español. En un primer momento, pensó que se trataba de un borracho, pero cuando el guineano empezó a contarle atropelladamente la historia, llamó inmediatamente por teléfono al comandante Arjona.

El jefe de la policía pensó que aquella cuestión tenía que resolverla el jefe de la misión, Norberto Ferrer, por ausencia del embajador. Quizá si en aquel momento se hubiera expulsado a aquel hombre, las cosas habrían sucedido de manera distinta, aunque tarde o temprano era inevitable que algún suceso hiciera saltar las frágiles relaciones de Guinea y España.

Dijo que se llamaba Venancio Mico, y que era sargento, aunque iba vestido con ropas civiles. Contó que se había escapado de Blabich, la cárcel donde le estaban torturando, tras romper un falso techo con sus puños y con la cabeza. Seguramente pudo fugarse gracias a que conocía bien la siniestra prisión de Malabo, pues durante la época de Macías fue carcelero. En su alocada carrera por una ciudad desierta pasó por la Embajada de la URSS, donde ni siquiera le abrieron la puerta, luego llegó a la de Francia, en punta Cristina, donde un vigilante guineano le dijo sin contemplaciones que allí no podía entrar y finalmente acabó en la de España, ya en el otro extremo de la ciudad. Estaba agotado y desesperado y convenció al policía español de que le permitiera ingresar para salvar su vida.

Norberto Ferrer se había acostado tarde. Cuando le despertó Arjona dijo que no hicieran nada, que permitieran el ingreso del guineano y le esperan..., pero no llegó hasta pasadas las ocho de la mañana. No era. consciente del problema en que se estaba metiendo. Aquellas horas fueron las únicas en las que la iniciativa perteneció al encargado de negocios. Luego todas las decisiones las tomó el Ministerio de Exteriores en Madrid. Después, a consecuencia de este asunto, se envió una circular a las embajadas españolas diciendo que en un caso similar intentaran que nadie penetrara en las legaciones para refugiarse.

Cuando llegó Ferrer a la Embajada el guineano le contó la historia y pidió protección. El diplomático supo que el sargento tenía 33 años y seis hijos. Era originario de Mongomo y miembro de la seguridad de Presidencia. Durante la dictadura de Macías había hecho un curso de electricista en la URSS. Empezó a relatar también una confusa historia de conspiraciones, traiciones y detenciones y afirmó que obedecía ordenes de Carmelo Owono, que ya estaba apresado en Mongomo. Se alojó al sargento en un despacho vacío del ala derecha de la Embajada y le entregaron para que se entretuviera, mientras decidían qué hacer con él, la novela "La conspiración del Golfo", del diplomático Fernando Schwartz. Norberto comunicó el hecho a Madrid y Peidró le dijo que esperara instrucciones, pero mientras tanto que no entregara a Mico a sus perseguidores.

A primera hora de la mañana llegaron a la Embajada unos elementos de la Seguridad de Presidencia. Estaban muy alterados. Se habían enterado de que Mico estaba allí y querían llevárselo como fuera. Pero las autoridades españolas habían tomado ya algunas medidas y casi todos los policías nacionales destacadas en Malabo, una veintena, estaban en la Embajada. El secretario Ramón Gil Casares, que se encontraba en Guinea desde casi un año antes en su primera misión diplomática, dijo que aquella persona estaba refugiada en el edificio y les recordó que ningún guineano podía entrar allí sin autorización, al ser territorio español e inviolable según la convención de Viena.

Aquella historia había comenzado a primeros de mayo. Reinaba el malestar y aumentaban las desavenencias en la cúpula del poder. El día 7 se celebró una reunión de militares y altos cargos de Mongomo con Obiang para discutir la situación económica y otros asuntos, como la posibilidad de permitir el regreso de algunos exiliados, que habían hecho algo de ruido con su reunión de Zaragoza. El teniente Pablo Obama Esono, ex-comisario de Comercio y director general de Agricultura, Norberto Elá, director  general de Obras públicas,  y Jaime  Obama  Owono,  ex-director general de Armamento, eran partidarios del diálogo con la oposición. Fructuoso Mbá Oñana y el director general de Seguridad, Isidoro Eyí Monsui, eran los más duros e intransigentes. Llegaron a decir que lo único que se merecían los opositores eran buenas palizas y, si persistían en sus ideas, "una ración de plomo". Parece que eran mayoría los "moderados", partidarios de una cierta apertura, y la discusión fue adquiriendo tonos mas agrios.

El grupo que pretendía introducir cambios era muy heterogéneo. En él se incluían personas como Carmelo Owono Ndongo, aunque no está clara su participación desde el principio, dada su condición de "represaliado", recluido en Mongomo desde casi un año antes. A Carmelo Owono, quien sentía pocas simpatías hacia España, se le corrompía con facilidad. También se mencionaba a Florencio Mayé entre los partidarios de modificar la situación, aunque seguía destinado en Nueva York, y a Félix Mbá, embajador ante la OUA en Adis Abeba. Mayé envió luego un telegrama en el que desmentía estar implicado en aquel asunto y expresaba su "adhesión inquebrantable" a Obiang.

Otras fuentes aseguraron que un sector de "oficiales nacionalistas" del Ejército había intentado derrocar al presidente Obiang, aprovechando un relevó de la guardia marroquí, pero ciertos fallos de coordinación entre los sublevados y la retirada a última hora de algunos implicados, permitieron a Obiang recuperar el control de la situación. Después se supo también que la Embajada soviética denunció los preparativos de un golpe, pues ninguno de los conspiradores, aunque algunos habían estudiado en la URSS, gozaba de la confianza de Moscú. Al parecer, se enteraron del complot porque uno de los conjurados se fue de la lengua debido a un exceso de alcohol.

El caso es que aquellas tensiones y conflictos en el seno de la etnia dominante terminaron con la detención de un centenar de personas, en su gran mayoría fang de Monqomo.

Estos hechos, ocurridos durante los primeros días de mayo, no trascendieron a la opinión publica española hasta el 23 de mayo, cuando se supo que al día siguiente viajaría a Malabo el ministro de Asuntos Exteriores, Fernando Moran. Entonces también se dijo que ya estaba allí desde el día 18, el director general de África y Asia Continental, Manuel Sassot.

Sassot había logrado ciertos acuerdos en sus conversaciones con Obiang pero en un Consejo de Ministros, celebrado el viernes 20 de mayo, los sectores más duros del Gobierno, encabezados por Mbá Oñana, se negaron a comprometerse en nada con las autoridades españolas y exigieron la entrega incondicional de Mico. El sábado Felipe González llamó a Obiang por teléfono y acordaron que el mismo Moran iría a Malabo, nada más regresar de una visita oficial a Brasil y Uruguay en la que acompañaba a los reyes Juan Carlos y Sofía. Obiang aseguró a González que importantes miembros de su Gabinete, incluidos los ministros de Defensa y Exteriores, le presionaban para que sacara a Mico de la Embajada como fuera. El presidente español respondió que estaba todo preparado para que interviniera el ejército si la Embajada o algún español sufría algún daño. En ese momento se aceleró el plan militar de destacar varios barcos de la flota a Canarias y mantener a sus tripulaciones en estado de alerta por si tenían que zarpar inmediatamente hacia el sur.

La colonia española vivió unos días de gran tensión. La Embajada estaba rodeada y los militares detenían a todos los vehículos que circulaban por la zona, muy transitada pues es paso obligado hacia las "caracolas". Tampoco se libraban del registro los coches con matricula diplomática, pues los funcionarios españoles no se negaban a que les abrieran los maleteros, cosa que prohíbe la convención de Viena, para evitar mayores incidentes o el tener que entrar y salir andando a la Embajada y a sus residencias, que se encuentran a muy pocos metros de distancia. En tres ocasiones, los guineanos dieron plazos de 24 horas para que Mico fuera entregado, con la amenaza de asaltar la Embajada si no se hacía. El peor momento fue cuando vencía el primero de estos plazos, el sábado 21 a las seis de la tarde. La llamada de Felipe González a Obiang y las gestiones realizadas por los embajadores de Francia y Marruecos moderaron los ánimos de los guineanos.

En forma simultánea, trascendió en España que el navío de transporte de tropas de ataque Aragón había sido desplazado de su base de Cádiz hasta el puerto de Las Palmas, y se encontraba en estado de alerta, para poner rumbo hacia Malabo y Bata con el objetivo de evacuar a cooperantes y españoles residentes en Guinea en caso de que la situación empeorara. Una compañía del Tercio de la Armada (TEAR) esta embarcada en el Aragón, un buque construido en 1945 y entregado por los Estados Unidos a la Armada española en 1964, con una tripulación de 414 marineros, pero que puede transportar hasta 1.657 infantes de marina y también, lógicamente, personal civil. Cuenta con doce cañones y 24 lanchas de desembarco. También se encontraban en Canarias la fragata Asturias y el petrolero o buque-tanque de la Armada Teide y en camino el buque anfibio Velasco. Asimismo, fue puesto en estado de semialerta el Tercio Don Juan de Austria, de la Legión, con base en Fuerteventura.

La tensión fue aumentando a medida que pasaban los días. Ya no se podían echar atrás las autoridades de Madrid, en una situación muy comprometida, pues el Gobierno guineano había reconocido que se había producido un "intento de desestabilización".

La operación militar incluía a varias banderas de la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares, que hubieran sido transportadas a Malabo en aviones Hércules C-130 haciendo escala en Las Palmas, antes de emprender un vuelo que esos aparatos ya habían realizado en ocasiones anteriores para llevar ayuda humanitaria. Esto habría bastado para neutralizar a los 500 soldados marroquíes y al millar largo de hombres que componen el Ejército guineano, apenas armados con algunos Kalasnikov, pero la mayoría con mosquetones heredados de la Guardia Civil española, de los cuales pocos disparan todavía. En cualquier caso, no se pensaba que se fuera a producir un enfrentamiento bélico. El objetivo era disuadir al Gobierno guineano para que no obstaculizara la evacuación de los 700 españoles que residían en Guinea, si el golpe hubiera triunfado en el país africano o si hubiera estado en peligro la seguridad de los cooperantes.

Francisco Javier Elá Abeme, presidente de la Junta de Coordinación  de  las Fuerzas de Oposición de Guinea  Ecuatorial, comentaba en Tenerife que "la lucha se situaba en el seno del clan en el poder para sustituir al presidente Obiang" y que todo se debía a las penurias y al hambre que pasaban los guineanos, incluidos los dirigentes. Algunos medios lo calificaron como una "conspiración palaciega". La Alianza Nacional de Restauración Democrática pidió al Gobierno español que no entregara al sargento Mico "a los sanguinarios que desgobiernan Guinea Ecuatorial para que sea asesinado". El principal partido de la oposición hizo "un llamamiento a todos los patriotas del Ejército para que se subleven contra Teodoro Obiang Nguema y Fructuoso Mbá Oñana, que no son dignos de ser sus mandos". Elá y Severo Moto opinaban que el intento de golpe lo habían protagonizado los sectores que menos deseaban la democratización.

Entre los cooperantes y españoles residentes en Guinea las opiniones estaban divididas. Unos pensaban que no merecía la pena crear aquel conflicto entre los dos países para salvar la vida de un suboficial guineano. Otros opinaban que, aparte de consideraciones humanitarias, España no debía ceder en esta cuestión, para conservar el escaso prestigio que todavía le podía quedar. Algunos aseguraban que aquello era una prueba de fuerza del Gobierno guineano, un pulso para ver cómo respondía el nuevo "masa", Felipe González, y comprobar hasta dónde podían llegar.

Un editorial de El País resaltaba "la gravedad del asunto", al tener que superar el presidente Obiang una revuelta protagonizada por militares de su propia etnia, El periódico comentaba que la población estaba perdiendo el temor a expresar su descontento por la situación económica, social y política, que apenas había mejorado con respecto al régimen de Macías. La situación era también muy complicada para España. "El Gobierno de Felipe González se encuentra frente al primer conflicto serio de política internacional con una reducida capacidad de maniobra, acosado por los intereses de potencias aliadas mucho más poderosas y en la embarazosa situación de negociar el futuro de un prisionero escapado y refugiado en la Embajada de nuestro país. Duro hueso de roer para Moran", opinaba El País.

El ministro llegó a Malabo hacia el mediodía del día 24 y, nada más aterrizar, dijo que deseaba hablar con el presidente Obiang esa misma tarde, para, regresar a España antes de que anocheciera. Desde el primer momento, los guineanos se aprovecharon de la prisa de Moran. Marcelino Nguema, ministro de Exteriores, dijo a su colega español que Obiang le concedería audiencia el día siguiente. Moran respondió que aunque el presidente no le recibiera, él no podía retrasar un día su regreso a España. El miércoles 25 debía asistir a un Consejo de Ministros y ese mismo día tenia previsto llegar a Madrid el ministro belga de Asuntos Exteriores, Leo Tindemans. Con el fin de poder regresar inmediatamente a Madrid en el Mystere Falcon habían viajado dos tripulaciones.

Moran pretendía lograr la salida de Micó de Guinea, pero, si esto no era posible, estaba dispuesto a entregarlo, siempre que recibiera garantías de que no le ocurriría nada, que seria sometido a un juicio justo y que se le conmutaría la pena de muerte, en caso de que recibiera esta condena.

Mientras Marcelino Nguema hablaba con Presidencia, la televisión guineana entrevistó a un Moran sudoroso en la incómoda sala de autoridades del aeropuerto, donde no hay aire acondicionado. El ministro español, visiblemente molesto y enfadado, tuvo que aguantar que le preguntaran, por ejemplo, su opinión sobre la decisión de la Embajada española de "proteger a un acusado de acciones criminales" o si eran ciertos los rumores de que había zarpado de Canarias un buque de guerra hacia Guinea. También aprovecharon para preguntarle sobre la actitud española si Guinea decidía integrarse en el área del franco. "La UDEAC no provocará malos humores, ni penalizaciones por parte del Gobierno español, que tratará de estudiar cual es la cooperación que puede prestar bajo esas nuevas condiciones" dijo Moran. El ministro aseguró que "la política del Gobierno socialista" era "mantener la cooperación desde un respeto escrupuloso de la independencia de Guinea y haciendo un examen atento de los medios más eficaces para lograr los resultados deseados".

Presidencia comunicó que Obiang recibiría a Moran esa misma tarde y entonces el ministro español fue llevado por Norberto Ferrer a su residencia, frente a la Embajada. Allí tuvo que esperar durante más de una hora la llamada de palacio. Moran se paseaba nervioso y amenazaba con regresar a Madrid sin ver a Obiang, cuando les avisaron que todo estaba dispuesto. El encuentro entre Obiang y Moran fue frío, pero dentro de una cierta cordialidad. Nada más comenzar la entrevista. Moran entregó a Obiang un mensaje de Felipe González en el que el presidente español prometía que continuaría la ayuda económica y la cooperación para el desarrollo de Guinea Ecuatorial, según informó el periodista Miguel Ángel Aguilar, que acompañó al ministro de Exteriores en aquel viaje. Obiang tardó unos minutos en leer el mensaje» Luego pasaron a exponerse los hechos, con la presencia de Sassot y Ferrer.

Pero, como no se avanzaba nada, Moran pidió que le dejaran a solas con Obiang. Casi una hora después el ministro salió de la sala con sonrisa de circunstancias. Comunicó a los diplomáticos españoles que estaba todo arreglado. "Ya podemos regresar a Madrid", añadió. Parecía que aquello era lo que más le preocupaba. El sol empezaba a caer y si se hacía de noche no podrían despegar. En el coche, camino del aeropuerto, explicó a Norberto Ferrer que debía entregar a Mico en cuanto Obiang firmara los acuerdos logrados, cosa que debía ocurrir antes de diez días, y que no tomara ninguna decisión sin consultar con el Ministerio en Madrid. Miguel Ángel Aguilar relató en El País que la negociación con Obiang "atravesó fases de considerable dureza", y que las representaciones diplomáticas de Francia y Marruecos en Malabo habían "prestado toda la cooperación posible en la búsqueda de una solución satisfactoria".

Nada más salir Moran de Malabo, Norberto Ferrer comunicó a los medios de comunicación españoles que se había logrado el acuerdo de entregar a Mico con la condición de que no sería ejecutado. Era lo máximo que España podía permitir para que no quedara demasiado maltrecha su imagen en Guinea, tras haber protegido al sargento durante dos semanas. Ferrer precisó que un letrado español actuaría como asesor del abogado defensor guineano de Mico. Además, un diplomático español y un médico podrían visitarle en la cárcel. También se dijo que Mico sería expulsado de Guinea, previsiblemente a España, cuando terminara el proceso judicial. El diplomático mallorquín declaró que Moran había desarrollado "toda su energía humanitaria y política para encontrar soluciones".

Felipe González, aquel mismo día, dijo en el Congreso que procuraría aprovechar "la primera oportunidad" para viajar a Guinea Ecuatorial. (En 1989, siete años después de iniciar su primer mandato, todavía no se había desplazado a Guinea). El político socialista afirmó que España sólo entregaría a Mico si se recibían garantías de que sería "sometido a un juicio justo".

El día 25, Moran declaró que estaba "resuelto" el conflicto con Guinea Ecuatorial. El presidente guineano había aceptado por escrito las condiciones españolas, excepto la de conmutar la pena de muerte si resultaba condenado, "pero confío en la palabra que me ha dado el presidente Obiang". Moran precisó que lo único que faltaba por concretar era el papel de España en la cooperación bilateral para reorganizar la ayuda que para 1983 tenía un presupuesto de 1.850 millones de pesetas. Ya se habían empleado en Guinea unos 15.000 millones desde agosto de 1979, según precisó el ministro, quien reiteró con energía que España no había tenido absolutamente nada que ver con la intentona golpista que se había producida en Guinea Ecuatorial, que no conocía previamente al sargento Mico y que no se habían tomado medidas militares precautelares como consecuencia de la crisis.

Fernando Reinlein, enviado especial de Diario-16 a Malabo, consideraba que Obiang había "podido más que el derecho de asilo consagrado por la legislación internacional". Comentaba también que tras la visita de Moran reinaba la tranquilidad en Malabo y entre los españoles allí residentes.

Finalmente, al filo de las diez de la noche del día 27 de mayo, viernes, se procedió a entregar al sargento Venancio Mico, en un acto lleno de dramatismo. "Me habéis engordado para que luego me maten", gritó Mico a Norberto Ferrar al salir de la Embajada de España y ser introducido en un vehículo de las fuerzas marroquíes de la seguridad del presidente, asustado por el despliegue que veía ante sus ojos. Los diplomáticos españoles, que consideraban que aquella entrega, de alguna forma humillante y triste, suponía también un grave deterioro de la imagen de España y de las relaciones bilaterales, se miraban sin saber qué decir. Norberto Ferrer, que sin dudarlo un instante decidió acoger a Mico, comenzaba a resquebrajarse y sus ojos estaban húmedos. Es un diplomático de gran cultura, quizá poco enérgico para tomar determinadas decisiones, pero que supo introducirse como pocos entre los guineanos y conocer su idiosincrasia.

Se encontraban presentes los embajadores de Francia y de Marruecos, y dirigía la operación el teniente coronel Saad, jefe de las fuerzas marroquíes, un militar de exquisitos modales y que siempre que podía demostraba su simpatía hacia España, pero pocos confiaban en él en Malabo. Impresionaba el despliegue de vehículos militares marroquíes y guineanos en las proximidades de la Embajada para llevarse al sargento Mico, quizá no demasiado consciente de la trascendencia que tuvo su acción y de la fama que había adquirido en muy pocos días en España. Mico salió con dignidad, por su propia voluntad, y según los testigos presenciales parece que sólo se dio cuenta de lo que ocurría cuando le colocaron unas esposas, un instante antes de entrar en el coche de los marroquíes. Norberto Ferrer reconoció que  aquel fue el trago más amargo de su vida.

Para buen número de españoles conocedores de Guinea, que pensaron que si aquella prueba de fuerza se resolvía satisfactoriamente se podría orientar la cooperación de otra manera, la cesión suponía un retroceso irrecuperable.

Pocas horas después Obiang concedió una entrevista a Diario-16, protegido por un gran aparato de seguridad que incluía un soldado marroquí apostado junto a la entrada con el fusil en posición de tiro. El presidente guineana criticó la cooperación española, y pidió que se convirtiera en una cuestión de estado, y no del partido en el Gobierno. Para Obiang, el golpe vivido casi un mes antes, que reconoció fue un intento de asesinarle, se debía a "la ambición de poder" y al descontento de los militares que habían sido desplazados del Gobierno "por falta de competencia, naturalmente".

Aunque el caso Micó influyó de manera determinante en las relaciones hispano-guineanas, el sargento era simplemente un peón en aquel golpe, según los testimonios de quienes pudieron conversar con él durante los 16 días que permaneció en la Embajada española. Es reveladora, para conocer su personalidad, la carta que escribió a su esposa durante aquellas jornadas, publicada unos días después. Cuando la escribió posiblemente confiaba en ser llevado a España:

"Mi querida Delfina: Como verás estoy totalmente en malas condiciones de vida y no sé qué te puedo contar; la única cosa que te puedo decir es que desgraciadamente fui acusado por mi amigo Luis Ovono; a pesar de los muchos juramentos que hicimos, él no puede guardar ni siquiera un secreto.

Estuve en la cárcel de Blabit (se refiere a Blabich, deformación del pichinglis de Black Beach o Playa Negra), y en la celda fui maltratado; hasta incluso me desmayé, perdiendo conosimiento durante un par de horas y no pude revelar nada absolutamente, bajo varios juramentos que tuve con la mayoría de las gentes que son muy inemigos de la injusticia. Debido a esta mala condición de vida, yo tuve que hacer milagros y con la ayuda de Dios llegué a escapar sobre las 2.30 de la madrugada del día 12 de los corrientes. Gracias a España, me recibieron bien y me concedieron el axilo, que hasta esta parte no sé qué pasará conmigo. Estoy aquí esperando victoria o muerte. Procura bien a mis hijos. Soy tu querido. Venancio Micó.

Tu no sabias nada y así no me disculpes, puesto que estamos para buscar algunos medios de progreso de nuestro país, sobre todo lo que se refiere a la igualdad entre todos los ecuatoguineanos. Por otra parte hemos sido educados por los españoles y no debemos olvidar, caso de triunfar lo tendremos en mucha consideración.

España debe ser de Guinea y Guinea para España. Tu no sabías que al presidente Obiang no le gusta ni para nada a España; por otra parte, un país de pocos habitantes no debe morir de miseria como nos estamos muriendo a pesar de tener mucha riqueza vegetal y subterránea, mujer infinitas cosas que me conducieron tomar parte en este planeta y allí he tenido esperanza de que tarde o temprano triunfaremos. Estoy vivo todavía y si Dios mediante, nos veremos cara a cara. Adiós, y besos para toda la familia".

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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