HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 43.ESPAÑA Y FRANCIA PUGNAN POR GUINEA.

La prensa empieza a hablar abiertamente de la pugna entre Madrid y París por el control de la antigua colonia española. Se estaba viviendo una primavera caliente en las relaciones hispano- guineanas y el verano prometía ser tórrido.

Las relacionas entre España y Guinea, que habían sufrido diversos altibajos desde el "golpe de libertad", se encontraban en una situación "mutuamente insatisfactoria" a finales de abril de 1983, según afirmaba un editorial de El País, que acompañaba a un informe en el que se aseguraba que "España y Francia pugnan por Guinea Ecuatorial". También decía que el presidente francés, Francois Mitterrand, iba a efectuar una escala técnica en Malabo el 22 de junio, en el curso de una gira por diversos países africanos, hecho que luego no se produjo posiblemente por los sucesos que ocurrieron. Diversos medios periodísticos aseguraban que París ya había decido aceptar a Guinea en la UDEAC. Ignacio Cembrero afirmaba que los Estados Unidos, al principio neutrales en la pugna entre España y Francia, se habían convencido de la necesidad de que el país africano ingresara en la "zona franco", como única posibilidad de organizar la situación y de que Guinea no cayera de nuevo en la esfera de influencia soviética y permaneciera en la órbita occidental.

De todas formas, "fuentes solventes de la Administración española" dijeron a Cembrero que el Gobierno socialista de Felipe González estaba "dispuesto a hacer un último esfuerzo para evitar que el único país de habla española en África se deslice hacia otra zona de influencia". Se sabía que Jean Paul Cluzel, importante miembro del Consejo de Administración del BEAC, había pasado unos días en Malabo para evaluar el coste de la eventual integración de Guinea en la "zona franco". A su paso por Madrid, Cluzel se entrevistó con José María Castroviejo, entonces subdirector de la Oficina de Cooperación con Guinea Ecuatorial y antes consejero de la Embajada de España en Malabo durante algunos meses. El País decía que aquella entrevista había sido "decepcionante" para los funcionarios españoles de Exteriores, del Banco de España y del Ministerio de Comercio. Cluzel manifestó al diario español que estaba "disgustado" por el trato recibida en Madrid. Al parecer, el funcionario francés había pedido información y datos a los españoles sobre Guinea, pero apenas le revelaron nada, no está claro si debido a la voluntad política de no cooperar con París, o por desconocer lo que quería saber Francia.

En aquel momento estaba prevista la visita del vicepresidente Cristina Seriche a Madrid. Algunos medios de prensa aseguraban que las autoridades españolas iban a proponer a los guineanos el respaldo al ekuele para garantizar su convertibilidad internacional. La OCGE valoraba que, aunque no se lograran contrapartidas ni compensaciones, el déficit del presupuesta guineano era tan pequeño -entre 1.500 y 2.000 millones  de  pesetas- que asumirlo no supondría  gran  quebranto para la economía española. De todas formas, el Gobierno socialista pensaba que bastaba reordenar y dar seriedad a la cooperación para obtener mejores frutos, dado que aquel informe aseguraba que durante 1982 se habían destinado unos 6.000 millones de pesetas para la cooperación con Guinea.

Aquella visita de Seriche se consideraba muy importante para el futuro del país y para decidir la actitud definitiva del Gobierno socialista con respecto a Guinea. Había que optar por mantener el propósito inicial de sacar adelante a Guinea, o reducir progresivamente la cooperación y aceptar el ingreso de la antigua colonia en la zona de influencia francesa.

El embajador francés en Madrid, Pierre Guidoni, reconoció a Cembrero que el interés de su país por permitir la adhesión de Guinea Ecuatorial a la "zona franco" se basaba "en dar satisfacción a los deseos de sus aliados en aquella región africana". Sin embargo, debido a que su país no tenía "ningún interés" en que surgiera "un nuevo foco de tensiones con España", aseguraba que Francia estaba "dispuesta a coordinar su actuación con la ex-metrópoli y a intentar, si ésta lo desea, frenar el proceso de incorporación".

La revista Jeune Afrique aseguraba que Felipe González había llamado a Guidoni, molesto porque la compañía francesa Elf, en colaboración con la gabonesa Petrogab, seguía presionando para desplazar a Hispanoi1 de Guinea y controlar los recursos petroleros del país africano, mientras fuentes diplomáticas españolas comentaban a Cembrero que "el Gobierno de París, lejos de templar los deseos de sus aliados africanos, los alienta para eliminar así el único foco extraño en su amplia esfera de influencia africana".

La OCGE decía en un informe que la incorporación de Guinea a la "zona franco" supondría "el fin de la cooperación", pues España iba a quedar "visiblemente quebrantada, perdiendo un prestigio difícil de recuperar en África y puede que en el área iberoamericana".

Seriche anunció al llegar a Madrid, el 23 de abril, que Obiang había invitado oficialmente a Felipe González para que visitara Guinea los días 1 al 3 de junio. El periodista Miguel Ángel Aguilar comentaba que la Administración socialista, "que tan crítica fue con la política de los Gobiernos de UCD respecto a Guinea, se enfrenta ahora con el dilema de dejar que se consume la integración de dicha república africana en el área de influencia francesa, o atender las peticiones que formulan las autoridades de Malabo para renunciar a ese proyecto".

Las autoridades guineanas deseaban proponer al Gobierno socialista español la posibilidad de coordinar una pasible integración en la UDEAC con la cooperación española. Además, utilizaban la idea del ingreso en la zona de influencia francesa como un elemento de presión ante el Gobierno español, que todavía tenía poco definido su plan global. De aquella visita se sacó poco en claro. Miguel Ángel Aguilar reproducía unas palabras del entonces ya destacado opositor Severo Moto, quien se lamentaba de que parecía que todavía estuviera vigente la ley de secretos oficiales del franquismo, debido al hermetismo que rodeaba a aquellos contactos y a la falta de claridad de la política española en  Guinea. No se sabía si esto se debía al deseo de guardar el secreto, o porque no había nada que mostrar a la opinión pública. La OID informó, mediante una breve nota, que no se había logrado ningún acuerdo "en los problemas más acuciantes" entre los dos países. Al parecer, ante el intento de chantaje de Seriche, las autoridades españolas, que no prometieron el envío de nuevas ayudas, aseguraron que serían cortadas drásticamente las existentes si Guinea ingresaba en la UDEAC.

Aquellas indecisiones de los gobiernos de España y Guinea prolongaban los sufrimientos de la población del país africano. La renta per capita se encontraba en unos 60 dólares anuales (8.160 pesetas). La situación estaba estancada y la economía no daba señales de iniciar una recuperación. La moneda seguía depreciándose en el mercado negro. Especialmente grave fue el aumento de la deuda externa. Debido al aislamiento de Macías, cuando ocurrió el golpe de 1979 Guinea sólo debía al exterior 28 millones de dólares, pero en los primeros meses de 1983 la deuda se había elevado a unos 140 millones de dólares, debido a los muchos créditos recibidos. Un tercio de esta deuda correspondía a España, otro tercio al FMI y el resto a diversos países, casi todos socialistas. En 1982, Guinea sólo había exportado 14 millones de dólares, dos millones menos que en 1981.

De todas formas, los datos económicos de Guinea no eran demasiado fiables. En Madrid se pensaba que los guineanos los habían dulcificado para no asustar a los miembros de la UDEAC y facilitar su ingreso en esa organización. En 1982 se habían exportado 7.500 toneladas de cacao, 700 menos que en 1981. Las exportaciones de café habían desaparecido (en 1981 todavía se vendieron unas 445 toneladas), pero era, porque los productores preferían comerciar su café en Gabón y Camerún, sacándolo de contrabando para poder recibir francos CFA y comprar con esos beneficios otros productos en los países vecinos. Lógicamente, debido a la escasez de bienes y a la falta de poder adquisitivo de la moneda, los precios se habían disparado y la inflación era tremenda. Los salarios quedaron ridículos, comparados con los precios. Por ejemplo, un bote de leche condensada valía unos mil bikuele, y una lata de cerveza dos mil, mientras los salarios oscilaban entre los diez mil y veinte mil bikuele.

La situación era más grave en la isla de Bioco, debido a la importancia que tenía en la capital el sector no productivo, sobre todo funcionarios, y a que era más difícil hacer contrabando. Gracias a las extensas fronteras terrestres de Río Muni, el territorio continental y su capital. Bata, estaban mejor abastecidos.

El consejero financiero francés para África, Jean Paul Cluzel, dijo a El País que los empresarios españoles en Guinea no tenían ningún interés en que la antigua colonia hispana pasara a tener una moneda fuerte, pues hacían sustanciosos negocios comprando el cacao a los agricultores en bikuele devaluados y vendiéndolo al exterior en divisas. La realidad es que durante aquellos meses se solicitaron numerosos créditos y licencias de importación, aprovechándose del cambio oficial que seguía siendo de una peseta por dos bikuele, mientras en el mecado negro la unidad monetaria española se valoraba en más de diez bikuele. Según Ignacio Cembrero, España estaba dispuesta a proponer el respaldo  de  la  moneda guineana, con la condición de que las autoridades de Malabo renunciaran a ingresar en la UDEAC.

Poco a poco el embajador francés, Pierre Corné, se iba haciendo el hombre más influyente de Malabo. En aquel momento, quien deseara enterarse con precisión de lo que estaba ocurriendo en Guinea debía conversar con los diplomáticos franceses. Corné, de origen provenzal, era gran conocedor de la cultura española. Su mujer, Mercedes, una mallorquina divorciada de un alto mando del Ejército español, fue ocupando el papel que unos años antes había desempeñado la esposa de Graullera y mantuvo una relación estrecha con Constancia. Los franceses iban captando a los mejores funcionarios guineanos, a quienes invitaban con cualquier pretexto a París. No se molestaban en pensar cómo desplazar a los españoles, simplemente tenían que tener los ojos abiertos para ir ocupando los huecos que dejaba la ineficiencia, la ineptitud o el desorden de la cooperación española. Comenzaron a llegar expertos, casi todos del sur de Francia con conocimiento del castellano.

Mientras la prensa española informaba de que el Gobierno socialista había decidido destinar a Guinea Ecuatorial la misma ayuda económica que el año anterior, unos 1.500 millones de pesetas, y proseguía la polémica sobre si Francia tenía interés o no en penetrar en Guinea y la actitud que adoptaría España, en el país africano se estaba gestando una suerte de golpe de estado, con el resultado de la rocambolesca fuga del sargento Mikó y posterior refugio en la Embajada española. Aquel suceso fue la gota que hizo derramarse el vaso de la paciencia socialista y el Gobierna de Madrid decidió abandonar, de una forma lenta pero inexorable, aquel país africano.

Algunos expertos españoles dijeron al periodista Juan Roldan que era necesario modificar la idea general de la cooperación, "para no incurrir en los mismos errores de planteamiento y actuación". Por ejemplo, anotaban que había que sustituir a la Comisión Mixta, que no funcionaba, por un enviada especial del Gobierno español en Guinea con plenos poderes para controlar las diversas áreas de la cooperación, e impulsar la formación de una comisión parlamentaria que observase y analizase continuamente la situación. Aunque Roldan comentaba que el peligro de sovietización de Guinea parecía haberse alejado, apreciaba que se seguía dando una "falta de interés real de Madrid en el futuro de Guinea", cuestión que, "unida a la mayor preocupación de Francia por la zona» podría llevar a norteamericanos y franceses a la conclusión de que la "occidentalidad" de Guinea Ecuatorial estará más asegurada si el país entra en la órbita francófona que si sigue en la española".

Por aquellos días de finales de maya, El País afirmaba que "por razones no bien conocidas, y mucho menos explicadas, el ministro Moran no ha tenido, como su antecesor, ninguna política tangible con Guinea, ni tampoco ha organizado una logística de la operación que indicara la aparición de un cambio razonable y firme en la postura española". Según el editorial de El País, Francia había decidido intervenir ante el temor de que se produjera una desestabilización en la zona debido al deterioro experimentado en la situación guineana, que seguía degradándose.

Un editorial del diario Ya afirmaba que el Gobierno español contemplaba "con una especie de encogimiento de hombros" el que Guinea pasara a depender del franco francés. El periódico se lamentaba de que entre las cuestiones propuestas para ser tratadas durante la reunión de La Granja, que iban a celebrar ministros franceses y españoles, no se incluía el asunto de Guinea. El periódico católico estaba mal informado, pues aquella reunión  iba a ser fundamental para el futuro del país  africano.

En la localidad segoviana, además de tratarse asuntos de mayor trascendencia para España como eran los obstáculos franceses para el ingreso de nuestro país en la CEE, se habló también de Guinea. Se dijo que fue una de las concesiones de Moran para contentar a los franceses y para lograr que suavizaran su posición sobre la adhesión española a la CEE, la cooperación contra el terrorismo etarra y para que París permitiera una cierta penetración española en el Magreb, cuestión que preocupaba especialmente a Morán. El Ya se preguntaba también si al "señor Moran sólo le va a importar la amistad francesa y ante ella será capaz de sacrificar nuestros intereses, nuestra historia y la cultura hispánica en aquellas tierras". Después se ha visto que ese temor si tenía fundamento.

En La Granja, donde el conde de Floridablanca planteó a los portugueses, en 1777, el deseo de que hubiera una presencia española en las castas occidentales de África, se pactó en 1983 la entrega de aquellos territorios a Francia.

Ya estaba claro que había un peligro real de alejamiento entre España y Guinea, aunque un editorial de El País resaltaba que, desde el punto de vista económico,"Guinea Ecuatorial ofrece interesantes indicios de petróleo y minerales estratégicos, amén de que tiene un potencial agrícola superior al de los países limítrofes", y subrayaba que Guinea podía convertirse en una zona franca y servir de base pesquera para las flotas españolas que faenan en la costa oeste africana. Aquel editorial terminaba aconsejando al Gobierno socialista que hiciera lo posible para que se resolviera rápidamente el dilema del país que se iba a responsabilizar del desarrollo guineano, sin que esto significara una cooperación exclusiva, entre Francia a España. En cualquier caso, recomendaba una coordinación con los países de la zona.

Parece que España había transmitido también a las autoridades guineanas, en alguno de los vaivenes que daba la diplomacia de Madrid, la idea de que si renunciaban a ingresar en la zona del franco todo podría volver a replantearse. "Podemos hacer de Guinea un Hong Kong africano, pero si os integráis en la zona del franco, Gabón y Camerún os absorberán, como está haciendo Senegal con Gambia", decían los españoles a los guineanos, según informó posteriormente la revista  Jeune Afrique.

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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