HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 38. SEGUNDA VISITA A ESPAÑA DE OBIANG.

Tras la celebración de la Conferencia de Donantes los guineanos volvieron de nuevo sus ojos a España y presionaron para que se realizase la anunciada visita de Obiang a Madrid. En realidad no había ninguna razón para que el jefe del Estado guineano viajara a España, pues no se habían cumplido los acuerdos militares y económicos.

Con el fin de preparar la visita de Obiang a España, a principios de mayo viajó a Guinea una misión militar que tenía el objetivo de revisar la situación de los acuerdos castrenses. Los militares se mostraron dispuestos a volver a reunirse con los guineanos, durante toda una semana, partiendo de cero y sin condiciones previas, para tratar de salvar alguna de las ideas analizadas durante la visita del general Saénz de Santamaría. El plan era que los militares españoles escucharan las propuestas de los guineanos, en lugar de traer elaborado ya un proyecto, y luego discutieran su viabilidad y la disponibilidad de las autoridades de Madrid para emprenderlas. Querían demostrar que no pretendían imponer nada. En aquel momento estaban destacados en Guinea dos jefes (uno de Aviación y otro de Marina), seis capitanes y cuatro suboficiales del Ejército de Tierra, bajo el mando del teniente coronel Jaime Ríos, que era también asesor del presidente Obiang en materia de Defensa. Los policías nacionales, unos 40, tenían como jefe al comandante Luis Arjona.

El sábado 1 de mayo llegó a Guinea la delegación de militares españoles, encabezada por el general de brigada Arnaíz Torres, jefe de la división de Logística del Estado Mayor del Ejército de Tierra. Le acompañaban cuatro jefes —uno de ellos era el comandante Laguna, el amigo de Obiang- y un oficial. El general Arnaíz, nada más llegar, dijo que aquella nueva reunión de la Comisión Mixta en Materia de Defensa y Seguridad, órgano previsto en los acuerdos de Defensa firmados en 1980, era "continuación" de la presidida por el general Saénz de Santamaría en septiembre de 1981. El militar español afirmó que el objetivo era lograr la firma de proyectos concretos sobre ideas que ya estaban expuestas, lo que puede interpretarse como un intento de resucitar alguno de los acuerdos firmados con anterioridad.

El teniente coronel Fructuoso Mbá Oñana, entonces verdadero hombre fuerte del Gobierno con el cargo de inspector general de la Fuerzas Armadas de Guinea Ecuatorial (de hecho era el ministro de Defensa, aunque formalmente este cargo estaba en manos del teniente coronel Obiang Nguema), se limitó a comentar escuetamente que aquella visita serviría para fortalecer las buenas relaciones que existían entre Guinea y España en el área militar, haciendo gala del laconismo que le caracterizaba.

En ningún área de la cooperación las cosas iban sobre ruedas, pero concretamente en la de Seguridad y Defensa casi todo había fracasado. Especialmente grave fue el hecho de que la unidad enviada a España para dar forma al proyecto de los GESP había sido desarticulada y sus miembros desperdigados por todo el país. Excepto un puñado de fieles que se mantenían en el entorna del presidente. El resto de los acuerdos firmados por Saénz de Santamaría se habían convertido también en papel mojado.

A pesar de las declaraciones de optimismo que los militares españoles prodigaban durante las primeras jornadas de negociaciones, un hecho imprevisto dio motivos para pensar que aquel encuentro iba a terminar en un fracaso. El martes, día 4, el teniente coronel Mbá Oñana inició un inesperado y misterioso viaje a Marruecos. Aquello fue un desplante que los militares españoles tuvieron que encajar como si no pasara nada, aunque algunos propusieron que el general Arnaíz regresara a España, en señal de protesta por el abandono de la máxima autoridad militar.

Durante una semana, los militares españoles se reunieron con mandos guineanos que tenían muy poca capacidad de decisión. Cuando ya se habían logrado una serie de acuerdos y estaban a punto de firmar un convenio, los militares guineanos recibieron nuevas instrucciones y toda tuvo que volverse a replantear, hasta el punto de que el avión de Iberia del sábado 8 de mayo tuvo que atrasar una hora su salida, debido a que los convenios fueron redactados en el último momento y se firmaron casi con un pie en la escalerilla del avión. Mientras el general Arnaíz pasaba revista a las tropas guineanas que le rendían honores en el aeropuerto, casi a la carrera, un militar español aseguraba que no sabía lo que se había firmado, "porque a última hora se ha cambiado casi todo".

De todas formas, los militares españoles lograron "colocar" en Guinea un crédito FAD de 400 millones de pesetas para uniformes, obras de infraestructura en los cuarteles y vender algunos vehículos ligeros. Además, se potenció la capacidad decisoria de los militares destacados en Guinea, al crear un nuevo órgano de dirección conjunta de la cooperación en materia de Defensa y Seguridad, formado por jefes y oficiales guineanos y los militares españoles, con el fin de reunirse en el momento en que fuera necesario.

Se acordó enviar a España a 15 miembros escogidos de la seguridad del presidente Obiang, para que realizaran un curso de formación militar. Eran personas de la máxima confianza del jefe del Estado, incluido su hermano Armengol, y estuvieron dos meses en la Academia de la Policía Nacional situada en la localidad madrileña de El Escorial. Si las cosas iban bien, una ves pasadas las vacaciones de verano en Guinea, volverían a España para culminar el curso durante el último trimestre de 1982, pero también esta idea fracasó y los guineanos estuvieron sólo dos meses escasos en España. Fue el último intento español ae participar en la seguridad presidencial.

Los marroquíes estaban más fuertes que nunca. Según apuntó Carlos Mendo en El País, Hasán II había pedido a Juan Carlos, en una entrevista que mantuvieron los dos monarcas en Mallorca, que España no insistiera ante Obiang para conseguir la sustitución de su unidad. El periodista explicaba el interés de Hasán II en mantenerse allí, pues "mientras permanezcan los marroquíes en Malabo, Guinea Ecuatorial votará a favor de Marruecos en la cuestión del Sahara". El momento era crítico, pues se estaba preparando una reunión de la Organización para la Unidad Africana en  Trípoli  en  la que Hasán II tendría que utilizar  todos  los recursos a su alcance para tratar de impedir que fuera admitida definitivamente la República Árabe Saharaui Democrática. La dependencia de Guinea con Marruecos era total. Se dio el caso de que, en una reunión de la OUA, Guinea llegó a votar en contra de que el organismo panafricano adoptara el español como lengua de trabajo, junto con el inglés y el francés, porque lo había solicitado el Frente Polisario y Marruecos se oponía.

En vísperas del viaje de Obiang a España, la oposición socialista y comunista protestó por la forma de presentar en el Parlamento el presupuesto de cooperación con Guinea, e intentaron que fuera devuelto al Gobierno un crédito de 1.950 millones de pesetas para ayuda a Guinea Ecuatorial. Los grupos parlamentarios de los partidos de izquierda lamentaron la falta de precisión en el desglose de la ayuda y expresaron sus dudas de que el destinatario fuera el pueblo guineano. El socialista Néstor Padrón acusó al Gobierno de la UCD de despilfarrar la ayuda, "que se queda en el camino", y permitir la existencia de una corrupción incontrolada. Una ves más, el Gobierno prefirió utilizar la vía de la concesión urgente de ayudas a Guinea, aprovechando su mayoría parlamentaria, en lugar de elaborar una ley que fuera discutida en el Congreso,  con presupuestos claros.

El viaje de Obiang se realizó por inercia, pues no había ninguna razón que lo aconsejase, y por la falta de decisión y energía de la diplomacia española en plantear las cosas claras y tratar de enderezar la situación. La finalidad del viaje, definida durante la visita de Calvo Sotelo a Guinea en diciembre de 1981, era analizar el cumplimiento de los acuerdos que se suponía iban a dar un nuevo impulso a la cooperación. Nada de esto había ocurrido y las cosas estaban peor cada día. Desde la visita de Calvo Sotelo habían tenido lugar las mayores ofensas guineanas a España, como la violación de la valija diplomática, la detención a tiros de un Aviocar a punto de despegar o el cierre del supermercado de la cooperación. Cada día surgía un nuevo obstáculo que entorpecía la labor de España, pero el Gobierno de Madrid no parecía hacer nada para que cambiaran las cosas. Los errores se disimulaban y el objetivo era que no trascendieran, aunque se multiplicasen las concesiones ante los guineanos, quienes tampoco daban facilidades.

Por supuesto, la equivocación más grave - hay que repetirlo de nuevo aunque ya era irreparable - fue no haber enviado las fuerzas de seguridad en agosto de 1979, cuando lo solicitó el presidente Obiang, y haber dejado que aquel hueco lo llenaran los marroquíes. La ayuda española había sido generosa, aunque muy mal canalizada y entregada sin ningún orden. La cooperación se había desprestigiado por la falta de seriedad y coordinación. Además, un buen número de cooperantes parecían estar en Guinea de veraneo, cuando no se dedicaban a realizar negocios particulares. Los guineanos se habían quejado en repetidas ocasiones de todas estas deficiencias. Se sabía que Obiang prefería no ver a Martínez Pujalte, el director de la OCGE, quien por otra parte apenas se desplazaba al país africano, reacio a abandonar su confortable despacho del Palacio de Santa Cruz.

La situación económica no mejoraba absolutamente nada, el ekuele seguía sin convertibilidad y el mercado negro había adquirido unas proporciones escandalosas,  con uno de sus centros principales en la Embajada de España, por el dinero que allí se movía. España ya no insistía en la necesidad de nombrar asesores, con capacidad ejecutiva, en los puestos claves de la economía y se estaba planteando la idea de limitarse a realizar proyectos concretos de cooperación, abandonando el objetivo de reconstruir las estructuras del país africano para hacerlo salir de la situación da caos en que se encontraba. Parecía que conscientemente se estaba ya dejando el camino libre a los franceses y se empujaba a Guinea para que ingresara en la UDEAC. Quizá todo se debiera a que el Gobierno de Calvo Sotelo estaba prácticamente "en capilla", y la UCD en plena descomposición.

Sin embargo, Obiang estaba muy interesado en viajar a España. Pensaba que podían cambiar algunas cosas si hablaba con los jefes de Estado y de Gobierno españoles y, además, confiaba en conseguir algún crédito que resolviese la falta de fondos para la adquisición de bienes de primera necesidad. También quería pedir ayuda a los empresarios privados y a los banqueros. Qbiang había expresado su deseo de hablar en el Parlamento español, para explicar sus puntos de vista, cosa que no se le permitió. El programa final del viaje a España quedó muy recortado con respecto a un plan anterior y se recalcó que era una "visita de trabajo".

Obiang Nguema salió de Malabo el miércoles 12 de mayo, en un DC-8 de la Fuerza Aérea Española, con un séquito formado por más de medio centenar de personas, incluidos altos cargos, sus mujeres (que llevaban a una peluquera), miembros de la seguridad (varios marroquíes) y un equipo de la televisión. Durante el viaje, la obsesión del presidente Obiang era enviar mensajes a los jefes de Estado de los países que sobrevolaba. La tripulación del DC-8 los iba transmitiendo, sin demasiado entusiasmo, pues nadie respondía. Además, en África los aviones comerciales suelen estar muy atentos a la radio, pues no se fían de los controladores y prefieren ir escuchando la posición que van dando los pilotos, para saber dónde hay aviones en vuelo.

Una vez en España, el presidente guineano se entrevistó con el rey Juan Carlos y con el presidente Calvo Sotelo, recibió a representantes de los principales partidos del arco parlamentario y ofreció una recepción a destacados empresarios, banqueros y hombres de negocios en el hotel Ritz, donde estaba hospedado. El guineano, con esa mezcla de dramatismo e inocencia que cultivaba, pidió a unos y a otros que ayudaran a su país. Tras resaltar la labor realizada por España y destacar los lazos lingüísticos y culturales que unían a los dos países, pidió al sector privado español que invirtiera en Guinea. Aseguró que les daría las garantías necesarias para que la inversión fuera rentable, "porque Guinea Ecuatorial es un estado de orden, de paz y de justicia". Dijo a los empresarios que no debían tener ningún temor pues la Justicia, por ejemplo, iba a ser impartida por jueces españoles, un asunto que también se trató en aquella visita.

Según Carlos Mendo, Obiang insistió a Calvo Sotelo en el "peligro de penetración soviética en la zona", y en el previsible incremento de la presencia francesa, si España no cumplía las misiones que se esperaban. Pidió más ayuda y aseguró que estaba haciendo lo posible para organizar su Administración.

En lo que parecía una campaña de imagen, Obiang se reunió también con directores de algunos medios nacionales de comunicación, a quienes solicitó "comprensión" con la situación de su país y que las informaciones sobre Guinea fueran "más objetivas". Pidió que siguieran el ejemplo de EFE y destacaran corresponsales en Malabo. Los directores de los periódicos le preguntaron por los miembros de la oposición y Obiang dijo que estaba dispuesto a permitir que regresaran al país, pero destacó que los grupos opositores estaban muy divididos, cosa absolutamente cierta, pero que a él le beneficiaba mucho. Señaló que se había realizado la planificación que faltaba en la cooperación española y aseguró que los problemas que habían surgido no se debían "realmente a diferencias profundas entre los dos países, como se ha dicho, sino que sólo ha habido fallos técnicos y burocráticos, que para nada afectan al fondo de amistad y deseo de cooperación que existe".

Aquella visita sirvió para que España y Guinea llegaran a un acuerdo sobre las líneas generales del Estatuto del Cooperante, delimitando las funciones y atribuciones de los españoles destinados en Guinea. Se acordó una situación intermedia, muy lejos de la idea española de que tuvieran capacidad ejecutiva, pero que satisfizo a los guineanos. Quedaron "ajustadas las facultades y condiciones de los asesores", según dijo Qbiang, pero España abandonó la idea de una cooperación global para reconstruir el país africano y levantar la economía guineana.

En muchas ocasiones, aquella visita, repleta de buenas palabras y promesas, parecía una representación teatral. Obiang dijo que se llevaba "una impresión alentadora", aunque no logró que las autoridades españolas le garantizaran que la peseta iba a respaldar al ekuele. Calvo Sotelo, al despedir a Obiang, manifestó que el Gobierno español iba a apoyar las inversiones privadas en Guinea, aunque no se precisaba la manera de hacerlo. El presidente guineano, en esa rueda de prensa conjunta en Barajas, aseguró que "hemos llegado a acuerdos concretos y hemos salvado los problemas existentes. Solicitábamos una cooperación planificada y se ha hecho así".

Antes de abandonar España con destino hacia Malabo, Obiang manifestó a los periodistas que España no debía preocuparse ni sentir recelos por su relación con Marruecos, "un país africano y hermano que acudió en nuestra, ayuda desde el primer momento". Para muchos, esas palabras implicaban una crítica, por no haber escuchado España esa solicitud y haber dejado el camino despejado a los marroquíes.

Tras la visita de Obiang a España siguió un período tranquilo en las relaciones, que de todas formas no duró mucho. El jefe del Estado guineano recibió a un equipo de TVE en Malabo y manifestó que "nosotros siempre esperamos que España, como madre patria, ayude a Guinea Ecuatorial como lo está haciendo". Obiang aseguró que el viaje a Madrid había servido para que las relaciones mejoraran mucho; "ahora todo está más claro entre nosotros".

Unos días después, Obiang asistió a un acto organizado  por los militares destinados  en Guinea,  en honor de  las  Fuerzas Armadas  españolas, y permitió a los diplomáticos  extranjeros, funcionarios   de organismos internacionales y españoles no cooperantes que hicieran de nuevo sus compras en el supermercado de Cabsáfrica. Aunque no se dijo, desde aquel momento, también los altos cargos guineanos pudieron volver a comprar en el economato y, como antes, seguían siendo los únicos que podían pagar con bikuele al cambio oficial, con lo que les salía baratísimo... cuando pagaban, pues muchos ni siquiera lo hacían. Se comentaba que algunos altos cargos guineanos revendían los productos que compraban en Cabsáfrica en los puestos que regentaban sus esposas o familiares en el mercado de Malabo, aunque también era "vox populi" que algunos cooperantes hacían negocios parecidos.

Para muchos guineanos, el mayor éxito del viaje del presidente Obiang fue el acuerdo logrado con las autoridades españolas para recibir las imágenes del Mundial de Fútbol, que estaba a punto de comenzar. Los guineanos tenían simpatía por el equipo del vecino Camerún, aunque la mayoría prefería que ganara España. En todos los ministerios, oficinas y en la calle, los lunes por la mañana era tema obligado de conversación los resultados de la jornada dominical, que llegaban a Guinea gracias a las ondas da Radio Exterior de España. En Guinea también había un equipo "merengue", el Real Rebola, un Atlético de Malabo, un Sporting de Bioko y un Deportivo Duma Duma. Sigue jugándose una Copa de Su Excelencia, cuya final se celebra el 12 de octubre. El ídolo legendario del fútbol guineano es Jones, que militó varias temporadas en el Atlético de Madrid.

Obiang celebró su 40 cumpleaños, el 5 de junio, por todo lo alto, con un Te Deum en la catedral, una cena de gala y otros actos. Al día siguiente, participó en una maratón popular entre el aeropuerto y Malabo -7 kilómetros- acompañado en los últimos metros por su esposa Constancia. Obiang corrió rodeado por casi todos los ministros de su Gobierno, siempre fuera del círculo formado por los guardaespaldas marroquíes. Quienes no estaban en condiciones de correr, como el vicepresidente Seriche, se encontraban en la meta, situada en la plaza de la Libertad.

En ese nuevo ambiente de optimismo, Martínez Pujalte viajó a Malabo para coordinar con las autoridades guineanas la prioridad de los proyectos presentados en la Conferencia de Donantes que debía desarrollar España. Aunque no se había dicho públicamente, el Gobierno español había renunciado a la tarea global de organizar el país africano y el nuevo planteamiento era realizar proyectos concretos.

Las autoridades guineanas pidieron a Martínez Pujalte que España iniciara cuanto antes las obras de acondicionamiento del puerto de Luba, en la isla de Bioco, la construcción de las terminales de los aeropuertos de Malabo y Bata, un plan de fomento de cooperativas agrícolas, entrega de libros de enseñanza, un estudio técnico de la carretera de Bata a Ncue y la reparación de Instituto de Enseñanza Media de Malabo. España luego hizo lo que quiso.

Como ya era, habitual, Martínez Pujalte firmó una serie de acuerdos, negociadas durante su estancia en Malabo, unos minutos antes de subir al avión de Iberia que lo debía llevar de regreso a España, el 16 de junio. El más importante fue el texto definitivo del Estatuto del Cooperante, en el que se estipulaba que desde entonces habría tres tipos de cooperantes; asesores» expertos o técnicos.

Los "asesores" debían ser funcionarios de la Administración española cedidos a Guinea, can derechos y deberes fijados por las autoridades guineanas. Incluso, una parte de su sueldo debía ser pagado en bikuele. Las autoridades guineanas debían cursar las propuestas para nombrar a los asesores que desearan y España presentaría uno o más candidatos para cada puesto, que los guineanos tenían que aceptar o escoger. Se debían considerar como funcionarios guineanos, aunque con inmunidad e inviolabilidad (España se comprometió a iniciar acciones legales contra ellos si cometían algún delito en Guinea).

Los "expertos" eran los encargados de llevar adelante los proyectos y programas desarrollados por España, cuyo Gobierno los nombraba pero los dos países debían negociar sus reglamentos laborales, el calendario y horario de trabajo y hasta el tiempo de sus vacaciones, pues los guineanos se quejaban de la falta de control de los cooperantes y del poco rendimiento de algunos, así como de sus desapariciones para disfrutar vacaciones, o por otros motivos.

Por último, los "técnicos" serían los expertos que realizaran una misión muy concreta, durante un breve espacio de tiempo. También entraban en este grupo las personas encargadas de las tareas burocráticas y des asistencia de la cooperación.

Casi habían transcurrido tres años de cooperación española sin un estatuto que la regulase. Los cooperantes no estaban sujetos a ninguna ley que estipulara sus derechos y deberes, y además cada uno se regía por las normas de su propio ministerio o institución que le había enviado y le pagaba.

Prueba del desorden que reinaba en la cooperación fue el incidente que se produjo a finales de junio, cuando alrededor de 40 religiosos y religiosas españolas se encontraron sin plaza para el avión de Iberia. Los profesores de la FERE y ayudantes sanitarios de diversas órdenes religiosas se quejaban también de atrasos en el pago de sus salarios, sensiblemente más reducidos que los del resto de los cooperantes, y de que no se les tenía en cuenta para nada, aunque casi todos ellos se encontraban en los puestos más duros, en lugares perdidos del interior de Río Muni. Además, estaban indignados con el comandante de un Hércules que los llevó de Bata a Malabo y les obligó a dejar en la pista a varios loros y algún mono que se querían llevar a España, por razones sanitarias.

Los religiosos decidieron que no saldrían de la Embajada de España, si los diplomáticos no les garantizaban plazas para todos en el vuelo de Iberia. Era una ocupación en toda la regla, de monjas y curas, seguramente la primera vez que ocurría algo así en una Embajada española. El conflicto se solucionó unas horas más tarde, cuando una docena de ellos aceptaron viajar a Las Palmas en el Hércules.

En medios oficiales españoles se tuvo la impresión de que la actitud del teniente coronel Obiang Nguema había cambiado cuando fue destituido el ministro de la Presidencia, Carmelo Owono, "por constantes irregularidades cometidas en el desempeño de sus funciones". Claro que el ministro se hizo merecedor de aquel castigo, al haberse excedido en sus atribuciones, además de que era ya un escándalo público su participación en negocios y actividades muy poco claras.

Carmelo Owono había destituido al juez Luis Maho por dictar un exhorto de embargo de una mercancía, propiedad del guineano Carmelo Modu, debido al recurso que había interpuesto el español Arturo Esteller, para que se le pagara una cantidad de 56 millones de pesetas que le debía el guineano desde 4 años antes. El juez nombrado para sustituir a Luis Maho envió inmediatamente un nuevo exhorto a un juzgado de Las Palmas para revocar la orden de embargo preventivo contra la mercancía de Modu. Unos meses antes, el mismo Carmelo Owono había roto los precintos de una mercancía embargada a Modu, en aquella ocasión en el puerto de Malabo.

El asunto era más grave esta vez, al encontrarse la mercancía embargada en Las Palmas, y al ocurrir dos semanas después del viaje de Obiang a España, en el que aseguró a los empresarios privados que Guinea era "un estado de derecho". A Obiang le costó mucho tomar esta medida contra Carmelo Owono, un hombre de Mongomo, pero se sintió obligado al recibir una llamada del ministro de Asuntos Exteriores español quien le planteó el peligro de que "se resintiera la probable inversión española en Guinea".

A las diplomáticos españoles y a varios empresarios privados establecidos en Guinea les pareció muy positiva la decisión de cesar a Carmelo Owono, un alférez que había resultado herido en el "golpe de libertad", condecorado por su acción, al parecer decisiva, para impedir que los hombres leales a Macías pudieran llegar hasta Bata. Durante el mandato del dictador pasó unos años de formación en la Unión Soviética, donde aprendió ruso.

La medida levantó ronchas entre los fang de Río Muni. Eloy Eló, viceministro de la Presidencia y la persona que sucedió a Owono, lamentó que la prensa española hubiera aireado el asunto protagonizado por Esteller. Eló era además el abogado de la empresa "Soguimpex", que dirigía Carmelo Modu -propietario del 70 % de las acciones-. Según Eloy Eló, el juez Luis Maho dictó la orden de embargo en favor de Arturo Esteller "porque es un politice separatista que siempre actúa contra los guineanos que somos de Río Muni (fang) y favorece a los isleños (bubis)". Las declaraciones que hizo Eló a la Agencia EFE, con muy poca visión política, demuestran que en determinados ambientes perdura el enfrentamiento étnico en Guinea. "Lo que necesita este joven país -decía el abogado-- son personas de buena voluntad, que ayuden a levantarlo y que no nos creen problemas con países amigos. Luis Maho es un político trasnochado que tiene como idea fija el que la isla de Bioco sea independiente de Rio Muni".

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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