HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capitulo 35.OBIANG PIDE COMPRENSIÓN A ESPAÑA.

Aunque proseguían los problemas entre España y Guinea, el presidente Obiang pidió "comprensión" a las autoridades españolas. El punto crítico de aquellas semanas era la imposición española de colocar asesores ejecutivos para dirigir la economía del país y las reticencias de los guineanos para aceptarlos.

En una entrevista concedida al corresponsal de la Agencia EFE en Malabo, Obiang afirmaba que "las relaciones de cooperación entre Guinea y España están en un momento de encaje". El jefe del Estado africano explicaba que estaban tratando de "puntualizar ciertas dudas" y precisaba que no se trataba de rechazar los acuerdos planteados por España, pero quería estudiar de nuevo la idea del nombramiento de asesores españoles con capacidad ejecutiva y su implantación en el ordenamiento jurídico guineano, "para que no haya fricciones entre funcionarios guineanos españoles". Esto significaba volver al principio, comenzar de nuevo a discutir lo que ya se había analizado durante los últimos seis meses de 1981.

El  teniente, coronel decía que la cooperación con España era "satisfactoria", sobre todo en sanidad y educación, pero anotaba que debía ofrecer más "frutos" para que los guineanos vieran "obras terminadas". Para que mejoraran las relaciones hispano-guineanas, Obiang pedía a los españoles que fueran "comprensivos", que aceptaran "las circunstancias por las que atraviesa actualmente Guinea Ecuatorial y que las pequeñas dudas existentes no constituyan un punto negativo en la cooperación". Afirmaba que España debía "respetar escrupulosamente la soberanía del Estado guineano".

Obiang estaba preparado, a fines de febrero, para viajar a Madrid y discutir "unas contrapropuestas de los acuerdos presentados por España", preparadas por funcionarios guineanos reunidos en tres comisiones. Esto significaba que Obiang se encontraba en una posición de debilidad. Parecía que no se atrevía a plantear una negativa a España ni a enfrentarse con su propio clan en la polémica decisión de abrir las puertas a la oferta española. Obiang se sentía presionado por los sectores más antiespañoles de su entorno y por el Gobierna de Madrid.

España no presentó ninguna protesta oficial tras el incidente de la valija, pero el presidente Calvo Sotelo envió una carta a Obiang que era una suerte de ultimátum, uno más, conminándole a definirse lo antes posible. Realmente, la situación en Guinea era insostenible y sólo un pueblo que había soportado ya lo indecible podía aguantar aquella carencia de los productos más necesarios.

Mientras las comisiones, presididas por los ministros de Hacienda, Asuntos Exteriores y Justicia estudiaban el plan español y el nombramiento de tres asesores o "supercooperantes" que dirigieran la política monetaria, la economía y el presupuesto y el comercio, las ciudades guineanas llevaban casi un mes sin electricidad -en el resto del país no la había nunca- además de los habituales problemas de cortes de agua y falta de alimentos y combustibles. La inversión estaba también paralizada, pues los empresarios llevaban meses esperando que se aclarase el panorama. España también había "ralentizado" algunos envíos de ayuda, para presionar a los guineanos.

Los tres grupos de trabajo, reunidos a principios de febrero, expusieron sus conclusiones a la Junta Técnica (Consejo de Ministros), que decidió formar una nueva comisión encargada de elaborar otro proyecto de acuerdo para presentar a España. Los guineanos rechazaban el planteamiento de España, que exigía una aceptación íntegra del proyecto presentado por Hidalgo de la Quintana. "No vamos a consentir que España se convierta en un país neocolonialista en Guinea", decía un alto funcionario de Exteriores. Las discusiones en el seno de la Administración eran muy fuertes, entre los partidarios de aceptar el plan español y quienes decían que "Guinea Ecuatorial, como país independiente y soberano, no puede aceptar extranjeros con rango de viceministros y sólo se aceptará la existencia de asesores técnicos".

La visita del Papa, en aquel mes de febrero, atrasó la solución del conflicto. El presidente Amadu Aiyo le echó una mano a Obiang enviándole un pequeño petrolero con un cargamento de gasoil, para que pudiera haber luz en la capital cuando llegara el Papa y mientras se negociaba con España la compra de combustible utilizando un crédito de apoyo a la balanza de pagos.

En Bata la situación era igual de mala que en Malabo y uno de los Aviocar españoles tuvo que transportar un peligroso cargamento de gasoil para el consulado de España en la capital de Río Muni. Tras el incidente de la valija los guineanos se habían crecido y los diplomáticos españoles en Guinea estaban en una actitud defensiva. El 14 de febrero fue golpeado el delegado en funciones de Iberia en Guinea, Manolo Zamora, en una celda de la Dirección General de Seguridad. Zamora se había negado a permitir, que unos funcionarios guineanos recogieran unas cajas llegadas por la compañía española. Pretendían que les abriera el almacén el domingo a la hora de comer y no sirvió de nada que el delegado de Iberia les dijera que no tenía las llaves.

El cónsul de España se habituó a escuchar los gritos de los detenidos en la Dirección General de Seguridad, mientras esperaba en la antesala del despacho de Isidoro Eyí, donde acudía para solucionar los múltiples conflictos que surgían.

También estuvo relacionada con esta campaña antiespañola la salida clandestina de Guinea del secretario Técnico de Información y Turismo, Severo Moto, por las fronteras terrestres de Río Muni, acosado por Isidoro Eyí, comisario de Información, y por Ricardo Eló, el censor oficial. Severo Moto vio que su integridad física corría peligro y, antes de tener que regresar a la cárcel, que conoció bien durante el  periodo de Macías, prefirió refugiarse en España.

A pesar da todo, el Banco Exterior de España debía ver las cosas  con más optimismo que otros organismos pues, a finales de febrero, fue inaugurada una sucursal del Guinextebank en Bata. El director de la entidad, Esteban Fernández, decía que si todo seguía como hasta entonces "se irán abriendo nuevas sucursales en otras ciudades guineanas".

Causó gran sorpresa, coincidiendo con la información de la apertura de la nueva sucursal bancaria, la difusión de la noticia de que Guinea Ecuatorial aprobaba el nombramiento de los "supercooperantes" españoles. A la vista de lo que ocurrió luego, parece que, en realidad, fue una maniobra para confundir a los españoles. Los medios informativos guineanos facilitaron la noticia,  corroborada por numerosos altos cargos, de que la Junta Técnica había aprobado un acuerdo para permitir el nombramiento de asesores españoles con capacidad ejecutiva en los ministerios de Hacienda, Comercio y Plan de Desarrollo Económico y Cooperación.

Obiang envió al vicepresidente Cristino Seriche a Madrid para presentar al Gobierno español la respuesta guineana. Seriche portaba también una carta para el rey Juan Carlos, cuyo contenido era secreto, y otra para el presidente Calvo Sotelo. Para acompañar al vicepresidente, un bubi, viajaron a Madrid Isidoro Eyí, director general de Seguridad, Eloy Eló, comisario adjunto de la Presidencia, y Pedro Nsue, director general de Europa y América, el funcionario guineano de más alto rango presente durante la violación de la valija diplomática española. Eran tres personas profundamente antiespañolas, que formaban una embajada como para contrarrestar cualquier inclinación en favor de las tesis cercanas a la antigua metrópoli. En Malabo se había sabido que la respuesta guineana "no difiere mucho del proyecto inicial", pero no se conocían exactamente cuales eran las diferencias y además España había mantenido que el plan no permitía modificaciones.

Justo mientras esta delegación guineana se encontraba en España fue apresado el pesquero Playa de Lourido, de 200 toneladas, y llevado al puerto de Bata, por faenar sin licencia en aguas jurisdiccionales guineanas. Una pequeña patrullera guineana, entregada por los soviéticos durante la época de Macías, ordenó al patrón del Playa de Lourido, de la empresa española García y Vidal S.A., dirigirse a puerto el día 3 de marzo. El pesquero estaba a la espera de que las autoridades guineanas tramitaran las licencias concedidas a diez barcos españoles.

El Playa de Lourido fue liberado cuando las autoridades guineanas se aseguraron de que el armador iba a pagar la multa impuesta, dos millones de pesetas, además de incautar toda la pesca almacenada en las bodegas del barco, en su mayoría langostinos y otros mariscos, valorados por un miembro de la tripulación en unos diez millones de pesetas.

Seriche, nada más descender del avión de Iberia que le llevó de regreso de Madrid a Malabo, manifestó que el diálogo con las autoridades españolas había sido "muy fructífero". Otro miembro de la delegación guineana dijo a EFE que habían preparado la reunión de la comisión mixta, cuya iniciación se había fijado para el 23 de marzo.

En aquellos primeros días del mes de marzo ocurrió también un suceso que refleja la tremenda inestabilidad jurídica, social, laboral y económica de Guinea. Carmelo Martín era un español que había acudido allí con la idea de hacerse cargo de algunas fincas de cacao de propietarios españoles que prácticamente las consideraban perdidas desde el periodo de Macías. Al mismo tiempo, se puso a organizar la empresa mixta hispano-guineana de transporte público, llamada OFICAR, cuyo presidente era el teniente coronel Fructuoso Mbá Oñana. Carmelo Martín veía que el cacao se estaba pudriendo en los árboles y se metió en una aventura de la que salió vivo de milagro, gracias a la ayuda que le prestaron unos diplomáticos franceses con quienes pudo escapar en una avioneta alquilada.

Carmelo Martín se asoció con un empresario camerunés y ambos decidieron llevar a Malabo a tres centenares de trabajadores de la zona de Duala para sacar adelante la cosecha de cacao. Desde la salida de los 50.000 braceros nigerianos, a mediados de los años 70, faltaba la mano de obra pues los guineanos se negaban a trabajar en esas tareas, en buena medida debido a que el dinero que circulaba en el país estaba cada vez más deteriorado. Una peseta seguía valiendo, en el mercado oficial de cambios, dos bikuele, pero en la calle se llegaba a cambiar hasta por diez bikuele. Los sueldos no habían subido en esa proporción, pero sí los precios de los pocos productos que podían encontrarse en Guinea. Esta fue la primera cuestión que preocupó a los trabajadores cameruneses, quienes al llegar a Malabo exigieron que se les pagase en francos CFA.

Además, les parecieron indignas las residencias que les habían preparado y propias del período de la esclavitud, aunque un inspector de Trabajo guineano decía que estaban un poco deterioradas, pero que al fin y cabo eran viviendas. Lo que ocurría era que no se podía comparar la forma de vida de los habitantes de los dos países, pues en Camerún se ha alcanzado un nivel que nada tiene que ver con el de Guinea Ecuatorial.

Cuando los cameruneses llegaron a Malabo no vieron nada claro su futuro y se plantaron ante la Embajada de su país en la capital guineana. Exigían seguridad laboral o ser repatriados por cuenta del empresario que los había contratado. Tras unos días de negociaciones y tensiones, durante los cuales los cameruneses vivieron y durmieron en las calles cercanas a la Embajada comiendo unas latas de sardinas que les facilitaron, los trabajadores iban incrementando el tono de sus protestas ante el malestar de las autoridades guineanas que pensaban podían ser muy mal ejemplo. Carmelo Martín había desaparecido de la ciudad y, finalmente, el Gobierno camerunés decidió fletar unos aviones para que regresaran a Duala. Así terminó uno de los últimos intentos de llevar a trabajadores extranjeros para poner en funcionamiento los cultivos de cacao. Actualmente han sido contratados algunos nigerianos y ghaneses, pero no pasan de dos o tres centenares en toda la isla.

Aquella fue una época agitada en la que ocurrían los hechos más imprevistos. El día 17 de marzo comenzó con estruendo de cañonazos. Los habitantes de Malabo se despertaron sobresaltados, hacia las tres de la madrugada, por el ruido de disparos de cañones y ametralladoras que venia de punta Fernanda, donde se encuentra la zona de uso exclusivo del presidente. La población pensó que se había dado un golpe de estado y que la lucha era encarnizada, pero poco tiempo después se pudo apreciar cómo los disparos se dirigían hacia el mar, aunque curiosamente un tanto desviados hacia punta Cristina, en el otro extremo de la bahía de Malabo, donde se encontraban las residencias de los embajadores de España, la URSS y Francia. Parecía como si intentaran repeler un ataque desde el mar. Se trataba de un ejercicio con fuego real, realizado sin previo aviso a la población, motivo por el cual muchos guineanos cogieran sus machetes y se arrojaron a la selva. Todo terminó a hacia las 7 de madrugada y nadie dio una explicación oficial de aquellas maniobras.

El embajador de España recibió aquel día otro susto. Obiang le pidió que se adelantara al día 20 la celebración de la reunión de la Comisión Mixta, prevista para el 23 de marzo. Era un mal presagio para aquel nuevo intento de enderezar la situación. Aquella reunión debía servir para que se aclararan las posiciones ante los acuerdos de Defensa y Economía, firmados unos meses antes pero que no se habían puesto en práctica. El motivo del adelantamiento de la reunión era un imprevisto viaje que decidió hacer Obiang a Kuwait y Marruecos. Las autoridades guineanas estaban entonces muy preocupadas por obtener el mayor éxito posible en la Conferencia de Donantes que se estaba organizando, auspiciada por la ONU, y Obiang pensaba que era muy importante coordinar posibles proyectos de ayuda con países petroleros árabes, a los que viajó gracias a la mediación de Hasán II.

Guinea había dicho que se aceptaba la presencia de "consejeros ejecutivos españoles". pero "con un poder limitado, porque no es posible que manden más que los guineanos". Otro escollo fundamental eran los nombres propuestos por las autoridades españolas, que los guineanos no consideraban de prestigio y valía suficiente. Especialmente, en Guinea no tragaban a Enrique Bernaldos, el incombustible cooperante pese a fracasar en casi todo lo que realizaba, propuesto para controlar la Aduana del país. No sabían los guineanos que a Bernaldos le quedaban muchos años de seguir en puestos de responsabilidad de la cooperación, aunque el odio era mutuo. Hasta los españoles que presentaban una posición más despectiva hacia los guineanos se callaban cuando estos pedían "personas de prestigio y sólida formación" para ejercer aquellos cargas. Parecía razonable que al menos exigieran esto.

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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