HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 34. EL PAPA VISITA GUINEA.

En medio de enormes tensiones entre España y Guinea, con una situación  económica que cada día se deterioraba más, el régimen guineano recibe un balón de oxigeno con la visita del papa Juan Pablo II a la antigua colonia española, en el curso de una peregrinación que realizó, en febrero de 1982, a Nigeria, Benín, Guinea Ecuatorial y Gabón. Diversas fuentes aseguraban que el porcentaje de católicos entre la población guineana oscilaba entre el 85 y el 96 por ciento.    

Monseñor Squicciarini, el nuncio de Su Santidad, aprovechó su visita a Malabo preparatoria de la llegada de Juan Pablo II, el 5 de febrero, para presentar cartas credenciales. Era un paso necesario pues jamás se habían establecido relaciones diplomáticas entre Guinea y el Vaticano. Según el obispo Rafael María Nzé Abuy, máxima autoridad religiosa del país, la visita del Papa, que ya se sabia iba a ser de una sola jornada, era "un aliciente moral y una inyección de ánimo para los mandatarios y también para la Iglesia y pueblo de Guinea Ecuatorial, que acaban de salir de un largo periodo de persecución, cuyas funestas consecuencias aparecen en todas las esferas y ambientes de nuestra sociedad".

Fue muy curioso el hecho de que el acto de presentación de cartas credenciales del nuncio se repitiera tres días después. Las autoridades religiosas quedaron muy decepcionadas por lo deslucida que había quedado la primera ceremonia y hubo presiones para que se repitiera "con el realce y la solemnidad que merecía". En la segunda ceremonia de presentación de cartas credenciales se intercambiaron discursos y se hizo una pequeña recepción.

Obiang trataba de sacar provecho del acontecimiento incluso antes de que comenzara. "Nos sentimos muy emocionados y contentos ante la visita del Papa, que patentiza el éxito de nuestro Gobierno, por la sencilla razón de que Guinea Ecuatorial tiene en este momento las puertas abiertas al mundo exterior", dijo el gobernante a un equipo de la televisión francesa que le entrevistó tres días antes de la llegada de Juan Pablo II. Obiang veía que aquella visita podía dar a conocer el nombre de su país en "el concierto internacional" y aseguraba que "el Papa nos visita por la libertad que hemos dado en lo que respecta a  la Iglesia".

Otro pintoresco hecho ocurrido en aquellas fechas fue que el presidente de las vecinas islas de Sao Tomé y Príncipe, Manuel Pinto da Costa, tras realizar una visita de tres días de duración, quiso prolongar su estancia en Guinea para poder estar presente en la llegada del Papa. Las autoridades guineanas se las vieron y desearon para convencer a Pinto da Costa, alineado con Moscú, que regresara a su país. Ya tenían suficientes problemas con la visita del Pontífice. Según comentaban algunos maledicentes, entre los muchos conflictos serios que se habían planteado estaba el que todas las mujeres del presidente Obiang querían participar desde lugares preferentes en los actos protagonizados por el Papa, igual que los hijos del obispo Nzé Abuy.

Debido a la falta de infraestructura, el Vaticano decidió que el Papa no pernoctara en Guinea, aunque era necesario hacer escala tanto en la isla de Bioco, donde está la capital, como en Río Muni , donde habita la mayoría de la población del país. Para lograr esto, el Papa salió de Benin muy temprano el día 18 de febrero, pasó dos horas en el aeropuerto de Malabo, se trasladó a Bata, donde concelebró una eucaristía y, nada más comer, viajó a Libreville, donde durmió esa noche. Los guineanos de Bioco que quisieron ver al Papa tuvieron que acudir al aeropuerto de Malabo y los Río Muni a la plaza principal de Bata.

Como es habitual, Juan Pablo II besó el suelo guineano nada más aterrizar en Malabo y luego Qbiang le dio la bienvenida con un discurso pronunciado en la misma pista del aeropuerto, ante varios miles de personas allí congregadas. El militar habló del "nefasto régimen pasado" y aseguró que aquel día quedaría "impreso con letras de oro en las páginas del libro de la historia de Guinea Ecuatorial".

Juan Pablo II, visiblemente cansado en su primer viaje al exterior tras el atentado que sufrió en mayo de Í981 en la plaza de San Pedro de Roma, debido al terrible calor que hacía en aquellos países africanos, alabó, en castellano, "la labor que Guinea está desarrollando en pro de la paz, amistad, y respeto de los derechos y la justicia".

Tanto los guineanos como los muchos españoles congregados allí quedaron sorprendidos cuando el Papa dijo que "los dolorosos acontecimientos del pasado no han empañado la voluntad de España de seguir sembrando el bien en Guinea". Resaltó las labores de cooperación "emprendidas por personas venidas de otros países, en especial de España, consagradas al ideal de servir al Evangelio. Su labor es el testimonio de sus propósitos", dijo en un baldaquino que protegía del sol ecuatorial a la blanca figura del Pontífice.

Tras  conversar unos minutos con el presidente Obiang en  la sala de autoridades del aeropuerto y acercarse a la multitud para que las  personas  llegadas de todos los  rincones de la isla pudieran verle mejor estrechar algunas manos e impartir bendiciones, Juan Pablo II se introdujo en el YAK—40 presidencial para  volar  hasta  Bata.  Debido a  las  malas  condiciones  del aeropuerto de Bata, no podía aterrizar allí el Airbús de Alitalia que  lo llevaba por la gira africana.  Aquella fue la primera vez que un papa católico era llevado por pilotos rusos, en un aparato soviético, protegido por los soldados y guardaespaldas marroquíes de Obiang.

Las empresas madereras españolas establecidas en Bata se vieron obligadas a colaborar en la visita del Pontífice. Construyeron un gran altar circular en la Plaza de la  Libertad, que costó unos 5 millones de pesetas, cubierto en la parte central para proteger al Papa del sol o la lluvia. Juan Pablo II presidió desde allí una eucaristía concelebrada con medio centenar de sacerdotes que trabajaban en Guinea y algunos de los cardenales y obispos que le acompañaban. El Pontífice estuvo flanqueado, durante la ceremonia, por monseñor Mzé Abuy y por el cardenal Gandin, nacido en Benín.

El Papa, apenas llegado a Guinea, señaló que "particularmente grata me es la presencia de vuestra querido pastor, monseñor Rafael María Nzé Afauy". Posiblemente, el obispo era el guineano que estaba más dichoso con la visita papal. Durante el mandato de Macías había sufrido innumerables penalidades y persecuciones, que le obligaron a vivir en el exilio. Luego, durante la misa, también tuvo palabras de reconocimiento para la labor del discutido obispo claretiano, que recibió un importantísimo apoyo con aquella visita.

Juan Pablo II volvió a referirse a España en la homilía pronunciada en Bata, hecho importante pues no mencionó expresamente a ningún otro país, excepto naturalmente a Guinea Ecuatorial, en sus dos discursos públicos.

Alrededor de 50.000 personas de todos los distritos de Río Muni , así como cameruneses y gaboneses de lugares fronterizos, en su mayoría fang, aunque también había konbes, bujebas y de otras etnias, llegaron hasta Bata. Muchos de ellos, ante la falta de medios de transporte, hicieron largas viajes a pie, para poder ver al Papa.

Obiang, seguramente feliz por el resultado de la visita, felicitó a la población "por su comportamiento y civismo", y premió a todos con dos días de vacación oficial. Durante las siguientes semanas, la televisión repitió una y otra vez un largo reportaje de la jornada, de más de dos horas de duración. Realmente, para la monótona vida de Guinea, aquel fue un acontecimiento que sus habitantes no olvidarán en muchos años. Algunos guineanos celebraban especialmente el hecho de que el Papa les hubiera visitado a ellos antes que a España.

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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