Capítulo
31.NAVIDADES EN EL TRÓPICO.
Para
un español vivir unas Navidades en Guinea resulta chocante,
sobre todo por la costumbre de relacionar esas fiestas con
un tiempo invernal. Cerca del Ecuador parece que no encajan
los belenes ni los abetos de Navidad. Buena parte de los
cooperantes regresaban a sus hogares para pasar las
Navidades con sus familias -especialmente los que tenían a
sus hijos en España-y muchos de los que se quedaban en
Guinea si estaban destinados en Malabo se iban a Río Muni
y, por el contrario, los de Bata pasaban esos días en la
isla de Bioco, haciendo turismo dentro de los límites que
imponía la situación del país. El turrón llegaba de España
por medio de viajeros o por valija diplomática.
Era
buena época para ir a las playas, aunque fuera una tortura
soportar las picaduras de los mosquitos y las moscas
"bubis", que muerden hasta hacer sangrar, por lo
que tomar el sol en la playa era casi imposible y había que
estar siempre sumergido en las cálidas aguas. Algunos españoles
se dedicaban a la pesca submarina y muchos otros simplemente
utilizaban gafas de bucear para disfrutar de la belleza del
fondo de aquellos mares, plagados de coral y peces de vivos
colores que contrastaban con las negras rocas volcánicas
del fondo. En la isla de Bioco sólo hay una playa de arenas
blancas, la de Aleñá, en la costa oeste, a la que se
accede por un difícil camino lleno de barro, piedras y
grandes raíces aéreas de ceibas y otros enormes árboles.
Pera vale la pena llegar hasta esta playa, de gran belleza
natural, una amplia bahía cerrada por la isla de los Loros.
En
la isla también se podía ascender al pico Bioco, antes
Santa Isabel, de 3.007 metros de altura, y en cuya cima se
encuentra una gran estación transmisora de televisión, que
envía la señal hasta Río Muni y toda la costa da Camerún.
Era una excursión difícil, pues la pista de tierra estaba
muy descuidada y algunas veces el camino quedaba cortado por
árboles que derribaba el viento. Pero es precioso ver cómo
cambia la vegetación, desde los cacaotales situados al
nivel del mar hasta las peladas laderas de la cumbre apenas
sin vegetación, pasando por los distintos niveles de selva,
cada uno con un tipo determinado de flora y fauna. Si
estando en la cima se tenía la suerte de que se despejaran
las nubes, cosa harto extraña, se divisaba toda la parte
norte de la isla y las costas de Camerún, dominadas por el
pico del mismo nombre, de cuatro mil metros de altitud, un
eslabón más de la cadena volcánica que desciende en
dirección noreste-suroeste, por el límite entre Nigeria y
Camerún y luego se sumerge en el Atlántico para aparecer
en las islas de Bioco, Sao Tomé, Principe y Annobón.
Mucho
más fácil que subir al pico era acercarse a Luba a unos 40
kilómetros al sur de Malabo) donde un extraño alemán del
que se contaban mil historias, casado con una joven
malgache, había abierto un restaurante frecuentado por
blancos, o llegar hasta el valle de Moka, donde la
temperatura es más fresca por estar a unos mil metros sobre
el nivel del mar.
En
Río Muni se podía ir hacia el sur y llegar al estuario del
Mbini, o adentrarse en el territorio fang hasta cualquier
población del interior, siempre si se tenía suficiente espíritu
de aventura como para circular por unas carreteras llenas de
baches, lodazales en la época de lluvias, en las que se ponía
a prueba la dureza de los vehículos con tracción en las
cuatro ruedas, o ríos sin puentes. Tan sólo estaba bien
asfaltada la carretera entre Niefang y Mongomo, construida
por los chinos a petición de Macías.
Si
se disponía de más días para hacer la excursión, y un
mayor espíritu de aventura, se podían emprender otras
rutas más complicadas, como por ejemplo llegar a la paradisíaca
isla de Corisco, casi en el límite con Gabón, o viajar
hasta Yaundé, la capital de Camerún. Los residentes en
Bioco podían llegar, en barca desde Luba, hasta la playa de
Ureka, una parte casi virgen del sur de la isla, y en cuyas
playas acostumbran a poner sus huevos miles de tortugas.
Los
españoles tenían poco contacto con la población guineana.
Casi siempre se reunían en sus casas, donde el video era un
medio importante de distracción, aunque lo más normal era
conversar, pues en Guinea los españoles recuperaban el
placer de la tertulia, eso sí, siempre en torno a un
botella de whisky. También se bebe una infusión autóctona,
el "contrití ", una palabra del pichinglis,
deformación de "country tee", o té del país,
parecida a la que los franceses llaman "citronell",
que tiene propiedades antipalúdicas, o al menos esto creen
los blancos. Algunas veces también conectaban la televisión
guineana, para ver qué ponían, pues nunca se anunciaba la
programación y los horarios no se respetaban. Muchos veían
el concurso "Un, dos, tres", aunque en ocasiones
perdía la emoción pues los guineanos acostumbran a repetir
en más de una ocasión los programas que les llegan,
cedidos por TVE.
Comer
o cenar fuera de casa era, algo difícil. En aquellos
primeros años de la década de los 80 empezó a funcionar
el restaurante Miramar, donde había cierta limpieza, con un
menú compuesto, en el mejor de los casos, por dos platas,
aunque uno estaba casi siempre agotado. También servían
cenas en el Hotel Ureka, con una terraza en la que corría
algo de brisa. La oferta se cerraba con el restaurante de
Alfonsina, una simpatiquísima guineana de origen camerunés
que cocinaba de maravilla. Tenía un grupo de personas que
le suministraban pescados, cangrejos, camarones, tortugas o
algún animal cazado en el bosque. Con estos ingredientes
hacía platos deliciosos en un pequeña cuchitril,
normalmente a la luz de un candil de petróleo, que era
preferible que no conocieran las personas un poco
escrupulosas. Entre sus especialidades estaba la rata de
bosque, el puercoespín, antílope, cualquier pescado o el
guiso de tortuga. De postre no había duda, lo mejor eran
los deliciosos frutos tropicales que allí se dan sin
cultivarlos, como las bananas, las piñas, los mangos o las
papayas.
De
todas formas, los cooperantes no vivían mal y aguantaban
ciertas penalidades al pensar que sus sueldos oscilaban
entre 250.000 600.000
pesetas mensuales, aunque
había algunos que cobraban más. En Guinea no tenían
gastos de vivienda y la vida les resultaba barata. Habitaban
en dos "barrios" de "caracolas", unas
situadas cerca de la Embajada de España y otras junto a la
playa de Carboneras, en un bellísimo palmeral junto al mar,
en ambos casos próximas a la salida de Malabo hacia el
aeropuerto. Las "caracolas" no eran grandes, pero
en ellas se vivía confortablemente, con el agua, la
electricidad y el aire acondicionado garantizado, además de
contar con el servicio de varios guineanos (se les llamaban
"boys" o "boyas"), a quienes se las
pagaba unas 4.000 pesetas al mes. Muchos cooperantes tenían
derecho a coche. Con el cambio de moneda en Guinea la vida
se puso más difícil y algunos tuvieron que prescindir de
parte del servicio y quedarse con una criada o un cocinero,
al que tenían que pagar unas 15.000 pesetas mensuales, en
francos CFA.
Vivían
tan bien, y con un trabajo tan relajado, que cuando después,
en abril, algunos de ellos fueron destituidos, debido a una
reestructuración que se hizo tras la reunión de la Comisión
Mixta, muchos se negaron a marcharse de Guinea. Esto podían
hacerlo debido a la falta de una autoridad clara que les
obligara a salir del país o, al menos, dejar las
"caracolas" de la Cooperación y devolver el coche
oficial. Había una total confusión entre las competencias
que tenían el embajador, el director de la OCGE -que estaba
siempre en Madrid- los jefes de área, y sus superiores en
los ministerios en Madrid, además del ministro guineano del
que teóricamente dependían. Algunos, cesados por las
protestas expresadas por los guineanos, maniobraron para
quedarse y otros se movían en procura de que la Cooperación española les destinara a otros cargos.
Es
de justicia reconocer que aunque una parte de los
cooperantes sólo estaban preocupados por el sueldo, otros
realizaron un trabajo encomiable durante su estancia en
Guinea, con una dedicación admirable. Debido al riesgo de
olvidarme de algunos, sólo diré que los mejores resultados
se obtuvieron en educación, sanidad, agricultura y trabajo.
En las dos primeras áreas había muchos cooperantes que
eran religiosos. Al mismo tiempo que enseñaban o trabajaban
en la sanidad, realizaban una labor misionera con los fondos
de la cooperación de un Estado teóricamente no
confesional. Contaban con la aquiescencia de las autoridades
españolas, que tenían así unos cooperantes a quienes les
pagaban tres veces menos que a los funcionarios o
contratados, tenían derecho a menos viajes a España y,
además, estaban destinados en los lugares más duros, en
mitad de la selva o en pequeños poblados sin disponer de
los bienes más elementales. Por citar un ejemplo, cinco
monjas españolas y dos jóvenes médicos, apenas sin medios
ni medicinas, se encargaban de atender a. los dos mil
enfermos de la leprosería de Micomeseng.
En
cuanto a los alimentos que suelen comer los guineanos, hay
que destacar la malanga y el ñame, unos tubérculos que
cuecen, el pollo con salsa de cacahuete acompañado de arroz
y plátano frito, o cualquier carne de caza, siempre con
mucho picante. Saborean con deleite una sopa de pimienta,
que en pichinglis llaman "pepe sup".
Los
nativos se han acostumbrado también a beber el alcohol
llevado hasta allí por el blanco. Cuando no tienen whisky,
cognac (abunda el pésimo Tres Cepas de Canarias) o ginebra,
beben malamba o licor de palma o de caña, con lo que se
animan en las fiestas. No puede decirse que sea un pueblo
triste, pese a la pobreza en la que viven, y gustan de
organizar bailes (que llaman "baleles" cuando
tienen reminiscencias autóctonas) en los que beben, cantan
y danzan sin cesar durante horas. Con cierta frecuencia
fuman banga y consumen otros alucinógenos que encuentran en
el bosque.
Las
ciudades seguían muy abandonadas, con grandes agujeros en
el suelo, las paredes de las casas despintadas, algunas
hundidas por abandono y la naturaleza que aprovecha siempre
cualquier rincón para brotar con fuerza. Los poblados
estaban formados por chozas con paredes de madera y tejados
de nipa, una suerte de ramas de palmera entrelazadas o
trenzadas.
En
Malabo había dos cines, pero los españoles jamás entraban
en ellos. Los guineanos disfrutan viendo copias de películas
antiquísimas y muy deterioradas. Les gustan especialmente
las de acción. Lo malo era, que cuando se iba la luz en
mitad de la proyección había que encender las lámparas de
petróleo y salir del local. En esos momentos de enfado,
algunos hasta se atrevían a criticar o insultar al
"clan" de Mongomo. Era habitual comentar, al paso
de un vehículo con la matrícula del Consejo Militar
Supremo, con las iniciales CMS, que aquello significaba
"con Mongomo siempre", igual que en la España del
franquismo se decía que los coches del PMM eran "para
mi mujer".
En
las ciudades seguían siendo muy frecuentes los apagones. Más
de la mitad de los días de aquel mes de enero de 1982 faltó
la luz. Algunas veces solo daban la electricidad un par de
horas al anochecer, aunque los cooperantes españoles apenas
si sufrían estos inconvenientes, pues en las
"caracolas" siempre había electricidad, ya que
tenían generadores propios; tampoco tenían restricciones
de agua en la época seca, por contar con depósitos.
Normalmente, la luz faltaba por la carencia de combustible
para alimentar los grupos electrógenos que daban energía a
la ciudad, aunque algunas veces se debía a la impericia o a
la desidia de los técnicos guineanos que mantenían los
motores, que dejaban parar o estropearse. En las casas donde
no había grupo electrógeno propio, el problema más grave
cuando se iba la luz eran los frigoríficos y los
congeladores, elementos fundamentales en un país tan
caluroso y donde había tanta carencia de productos de
primera necesidad, cosa que motivaba la tendencia a
almacenar cuando surgía la posibilidad de adquirir pescado
o carne. También era habitual hacer acopio de alimentos
cuando se podía ir a hacer la compra en un Aviocar, nada
menos que a la ciudad camerunesa de Duala. En los casos de
corte prolongado de electricidad, irremediablemente se
estropeaban alimentos que había costado mucho adquirir.
Durante
los primeros meses tras el derrocamiento de Macías,
especialmente mientras Graullera fue embajador, España
sufragaba el envío de un barco cargado con combustible
cuando se terminaban las reservas en el país, pero ya
entonces se había decidido no conceder nada sin
contrapartidas. A principios de 1982 España no quería
enviar un petrolero, o comprar el combustible a Camerún, y
los guineanos no tenían fondos.
Aquella
falta de energía se complicó para los españoles al arder,
en forma muy extraña, los tres grupos electrógenos de uno
de los "barrios" de "caracolas", cuestión
que obligó a retrasar el regreso de varios cooperantes a
Guinea tras las vacaciones navideñas. Solucionar aquella
avería costó más de 20 millones de pesetas.
Fue
muy duro aquel mes de enero en la capital guineana. También
escaseaba el agua. cosa gravísima en un país donde. sin
aire acondicionado, se suda sólo con levantarse de la silla
y es necesario ducharse varias veces al día. Igual que con
la electricidad, lo peor es que nadie sabía cuándo iba a
llegar el agua, pues los cortes eran totalmente irregulares
y arbitrarios. En dos años y medio de cooperación, ni España,
ni ningún otro país, habían resuelto algo tan básico
como el suministro de agua y luz en la capital del país.
El
presidente Obiang aparecía de nuevo a la defensiva. No le
había servido de nada la remodelación gubernamental de
primeros de diciembre. Por más que insistía en que la
población debía trabajar, allí nadie arrimaba el hombro,
pues no tenían ningún estímulo para hacerlo. Lo que ocurría
era que aumentaba el malestar y el recelo debido a que los
ciudadanos veían que a Obiang nunca le faltaba la luz. La
"ciudad prohibida" tenía una línea especial, que
siempre funcionaba, y a la que algunos avispados cuyas casas
pillaban "de paso" habían enganchado unos cables
y obtenían electricidad.
Parecía
que Obiang fuera el gobernante de otro país cuando
afirmaba, sin sonrojo, que además de "tomar decisiones
de Estado, es justo que las tareas pesadas se compensen con
momentos de ocio". Obiang comentó a Xavier Domingo que
para relajarse practicaba "mucho deporte". Además
de sus paseos a caballo en el valle de Moka, utilizando la
silla de montar que le llevó Carlos Robles, regalo de Rodríguez
Sahagún, en su primer viaje en agosto de 1979, decía que
practicaba el tenis de mesa, el tenis normal y el
baloncesto, "pero he abandonado otros deportes que me
gustaban, como el fútbol, que implican alguna violencia. Es
obligación de un jefe de Estado preservar su disponibilidad
física en cada momento".
Las
lecturas del jefe del Estado guineana. "debido a los
problemas que ahora tengo que enfrentar", eran "de
nivel mundial y de relaciones con grandes potencias".
Con ingenuidad, Obiang decía que "aunque antes me
gustaban más los libros que trataban de investigación
científica, por el momento tengo que dedicarme a libros
sobre las grandes cuestiones políticas y, sobre todo, los
que me informan de la situación política
internacional".