HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 26. LA TRISTE PARTIDA DE GRAULLERA.

José Luis Graullera se marchó de Guinea un sábado de finales de mayo de 1981, en un ambiente muy distinto al de su llegada, en diciembre de 1979. La situación seguía complicada en España. Justo el día en que volaba de Malabo a Madrid, unos delincuentes llevaron a cabo aquel famosa atraco a las oficinas principales del Banco Central en Barcelona, que tuvieron que abortar los GEO en una brillante operación.

Muestra del creciente sentimiento de fracaso que se daba en sectores de la Administración española sobre la cooperación con Guinea son dos artículos firmados por Luis Velasco Rami, secretario de estado de Comercio durante un posterior Gobierno socialista. El consejero comercial de la Embajada de España en Malabo entre octubre de 1979 y diciembre de 1980 pensaba, a principios de 1981, que el "balance" de la cooperación española en Guinea era "favorable", pues veía que la situación había mejorado sensiblemente desde el 3 de agosto de 1979, aunque consideraba que los avances eran "incompletos e insuficientes" en la reconstrucción del Estado de Derecho, la organización de la economía, educación, sanidad y alimentación. Según el técnico comercial, se habían producido "errores por parte española y trabas y obstáculos por parte de elementos locales que no quieren que la situación mejore, con lo que ello lleva aparejado de pérdida de beneficios en la miseria y de posiciones de dominio y extorsión".

Velasco entendía que era necesario iniciar una nueva etapa de "institucionalización de los mecanismos de cooperación integral". Esto exigía un replanteamiento por parte de los dos países. Según el funcionario socialista, no podía ser que España sólo tuviera obligaciones y Guinea sólo derechos. A los guineanos les exigía más decisión en el establecimiento de un Estado de Derecho, incluida la profesionalización del Ejército y el regreso de los refugiados y exiliados, aplicar efectivamente los principios económicos aprobados, así como la 1iberalización de la economía con presencia limitada y disciplinada del sector público, para lo que era necesario eliminar privilegios y hábitos heredados del período de Macías. Tanto en el plano jurídico como en el económico, "debe ir avanzándose hacia una corresponsabilidad mayor en la cooperación española en materia de asesoramiento para la toma de decisiones y en la aplicación de esas decisiones". Velasco reconocía que era muy difícil que los cooperantes españoles conocidos en Guinea coma "asesores ejecutivos" lograran la confianza de los guineanos, pero consideraba que era necesario para conseguir una mayor eficacia.

Por parte española se hacía necesario, a juicio de Velasco, "institucionalizar un esquema administrativo simple que centralice la toma y discusión de las decisiones" y que tanto el Ejecutivo como el Legislativo dedicaran al tema la atención que merecía. Era asombrosa la falta de reflejos de la Administración española. Todas   las   personas  implicadas  en  los   asuntos relacionados con Guinea pedían que se modificara el organigrama de la cooperación y se creara un organismo "ad hoc", pero transcurrieron muchos  meses hasta que se produjo algún cambio.

Velasco consideraba "imprescindible" la presencia de inversores privados españoles y de otros países, para lo cual era necesario que se creara un clima jurídico y económico adecuado para lograr la confianza necesaria y que España concediera "estímulos especiales". Como no se daban estas condiciones, en lugar de inversores, lo que había llegado a Guinea en aquellos primeros meses eran "especuladores o aventureros de todo tipo, salvo contadas excepciones".

Medio año después, a primeros de julio de 1981, pese a las concesiones de las cuadrículas petroleras por parte del Gobierno guineano, Velasco Rami tenía una opinión mucho más pesimista del estado de la cooperación. Graullera aseguraba que el petróleo guineano podría servir, al menos, para cubrir el 10 % del consumo español, pero todavía faltaba por promulgarse la Ley de Hidrocarburos.

"A punto de cumplirse dos años desde que comenzó la ayuda española al nuevo régimen de Guinea Ecuatorial, resulta obligado analizar las cosas claramente: las autoridades guineanas no han demostrado interés alguno en establecer unas bases sólidas de cooperación con nuestro país con el objeto de luchar contra la miseria y el atraso material y cultural", comenzaba Velasco un durísimo artículo publicado en El País. Es necesario hacer notar que ya entonces había importantes sectores de la Administración española, especialmente fuertes en Economía y en Hacienda, contrarios a la opinión de quienes pensaban que había que proseguir con la cooperación en Guinea "como fuera". Velasco se había convertido en uno de los portavoces de la primera corriente, tras sufrir una gran evolución pues él se había entregado con total dedicación y entusiasmo a la causa de la cooperación y a la ayuda de Guinea Ecuatorial durante el período en que se encargó de la Agregaduría Comercial en el país africano, una época muy dura en la que se carecía de lo más elemental. Desengañado y decepcionado, descargaba su indignación tanto con los guineanos como con la propia Administración española, incapaz de reorganizar la vida en la antigua colonia.

Se imponía que las autoridades españolas realizaran "un examen a fondo" y dieran "un giro total respecto de lo hecho hasta el presente". Entre la actitud "ambigua, cuando no hostil" de los dirigentes guineanos y "la inexperiencia de la Administración española" en una tarea de cooperación de aquella envergadura, Velasco pensaba que no se cumplían "los requisitos mínimos que permitan entrar en una nueva etapa de cooperación integral, seria y eficaz". El técnico comercial afirmaba que los guineanos no habían avanzado en el camino del respeto a los derechos humanas, civiles y económicos y, "en el plano económico, el despilfarro y la corrupción siguen siendo prácticas, al parecer insuperables". Acusaba a las autoridades guineanas de haber sido "incapaces de crear" un mínimo marco que permita el desarrollo de la iniciativa privada nacional o extranjera" y señalaba que estaban "cerrando las vías al único desarrollo posible y echando por la borda una irrepetible oportunidad histórica",  pues  constataba que organismos como la CEE o el FMI habían comenzado a mostrar cierta reticencia con Guinea.

Velasco   añadía   que  las  autoridades  españolas   "están demostrando  en  los  últimos  meses que  el  tema  guineano  les interesa muy poco,  lo que resulta asombroso, pues se trata de un país  al  que  el jefe del Estado ha viajado  en  dos  ocasiones. Tampoco  parece interesar al primer partido de la  oposición,  el PSOE,  el cual en su último documento ante la situación política, despacha el  tema  con un par de  líneas  de  lugares  comunes". Afirmaba que la cuestión guineana era "de la mayor importancia en nuestra política  exterior,  aunque  unos y  otros,  Gobierno  y oposición, lo quieran ignorar por comodidad".

En vista de la situación, Velasco proponía que no se abandonara "bruscamente la ayuda", pero sí "situarla en términos más razonables, complementándola con más ayuda española en otras zonas, como, por ejemplo, Latinoamérica". Pedía que continuara la ayuda en campos básicos, como sanidad y educación, pero proponía realizar "un recorte drástico" en el resto de los sectores.

También habían levantado sus voces contra la cooperación española los antiguos colonos y propietarias. Los hermanos Amilivia, dueños del Hotel Bahía, de muchos edificios de Malabo y un buen número de fincas de cacao, reclamaban la devolución de sus bienes, o ayudas en concepto de indemnización para volver a establecerse en Guinea. Decían que los millones de pesetas utilizados para pagar sueldos de la cooperación habrían sido mejor empleados si se los hubieran dado a personas con experiencia en Guinea. Criticaban a la Administración española, a sus representantes en Guinea y a los propios gobernantes guineanos. "Teodoro vive aterrado, rodeado de conspiradores. La tiranía es la misma que la de Hacías", decía Manuel Amilivia a un periódico madrileño en mayo de 1981.

En ese estado de cosas se produjo la salida de Graullera  de Guinea.  El  embajador deseaba regresar a  Madrid,  especialmente desde  que su admirado Adolfo Suárez había abandonado La Moncloa. Una  vez lograda la concesión de la cuadrículas petroleras  había decidido marcharse y así se lo expuso a Obiang,  explicándole que era  necesaria  la llegada de un nuevo embajador para  que  diera impulso a la cooperación.  Estaba agotado, no podía aguantar más. Pero  Obiang  no acepta las razones del embajador  español  y  se enfada muchísimo,  "yo  creo  que por el propio  afecto  que  me tenía",  afirma  Graullera  en  su despacho  de  interventor  del Consejo de Seguridad Nuclear.  "Es como cuando riñen dos novios", apunta, y se iluminan los ojos.

Constancia acepta mejor el hecho de la salida del matrimonio Graullera e invita a Esther, la mujer del embajador, a almorzar en palacio, donde la regala un precioso colmillo de marfil con un escudo del Estado guineano en la base. El embajador organiza un coktail de despedida para altos cargos del Gobierno y personas cercanas al presidente, pero Obiang no aparece. Ni siquiera le llama por teléfono para despedirle.

Por aquellos días también termina su misión en Guinea el embajador de Francia y Obiang le condecora, sin duda por sus méritos al ser el único diplomático accidental que aguantó en Malabo hasta el final de Macías, pero aquel hecho acentuó el desaire para con Graullera.

Al  embajador  de España y a su esposa les extrañó  el  gran número de policías que había en el camino del aeropuerto aquel sábado 23 de mayo. Pensaron que habían llevado a los presos para que limpiaran las cunetas de hierbas con el machete (chapear), pero luego supieron que la policía trataba de impedir a los guineanos que acudieran a despedirles al aeropuerto. Sobre todo eran mujeres que deseaban dar un último adiós a Esther y agradecerle el trabajo que había realizado en favor de los niños y enfermos. Era una persona muy popular y conocida en Guinea, pues continuamente participaba en todo tipo de tareas sociales, además de acompañar a su marido en los viajes que realizaba por el interior de Río Muni.

Según testigos presenciales, a pesar de los controles policiales, se habían congregado en el aeropuerto un millar de guineanos y casi dos centenares de españoles. Un funcionario de la Embajada se había encargado de facturar los equipajes y obtener las tarjetas de embarque, por lo que cuando llegaron los Graullera ya estaba estacionado el enorme DC-10, que allí parecía mucho más grande en comparación con los pequeños barracones que constituyen el Aeropuerto Internacional de Malabo.

Graullera se encontró en la sala de autoridades con el embajador chino, un gesto que agradeció, pero lo que más le emocionó fue ver allí a Félix Mbá, sin corbata, para demostrarle que era un amigo y que no le importaba que le vieran dar un abrazo de despedida al embajador de España. No había ningún otro miembro del Gobierno. Entre aquella masa de gente, sólo José Luis Graullera y Félix Mbá sabían lo que significaba aquella despedida. Ambos recordaron su primer encuentro., la noche de Fin de Año de 1979, cuando el impetuoso comisario del Interior quería llevarse a todos a la cárcel, incluido el embajador de España.

El avión estaba a punto de partir. Ya habían subido los pasajeros y terminaban de cargar los equipajes. José Luis Graullera y Esther debían avanzar hacia la puerta delantera del DC-10, la única que se abría en Malabo, y para ello tenían que pasar a unos 50 metros por delante de los edificios de la terminal. Cuando iban hacia el avión y saludaban con la mano a los amigos que veían, algunos empezaron a aplaudir e inmediatamente se escucharon gritas de ¡España, España! Esther se separó de su marido y avanzó hacia el grupo de españoles y guineanos para estrechar algunas manos. El embajador no quería acercarse, roto por el dolor de dejar Guinea y emocionado por la despedida popular. Con la vista nublada por las lágrimas esperó a Esther agarrado a la escalerilla del avión.

Al poco de regresar a Madrid, Graullera concedió una entrevista a El País, titulada "El último virrey", en la que todavía afirmaba que la cooperación española en materia militar tenía "más posibilidades que la marroquí", porque "el militar guineano se siente identificado con sus instructores españoles, cosa que no le sucede con los marroquíes". A una pregunta de Paco Zamora, Graullera reconoce que la situación económica del país no es buena: "hasta que no cambie la mentalidad guineana será muy difícil que algo cambie en Guinea. El sector privado necesita que se respeten las reglas de juego del libre mercado y, sobre todo, que se respeten los derechos civiles y económicos". Igual que Luis Velasco, Graullera afirmaba que "ha llegado el momento de que tanto Guinea como España deben definirse".

 

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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