HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

 

Capítulo 19. GRAULLERA QUIERE LLEVAR TROPAS.

Pese a las opiniones contrarias, Graullera sigue pensando que la única solución para encauzar la cooperación integral en Guinea era la presencia de tropas españolas en el país africano. En realidad, el embajador veía que era ya muy difícil que pudiera enviarse a Guinea una unidad militar, pero sí creía que era factible iniciar un programa de cooperación en materia de seguridad, con un nutrido destacamento de fuerzas policiales.

El embajador español había logrado establecer una buenísima relación con Obiang. Todos los sábados el matrimonio Graullera cenaba en palacio o en su residencia con el presidente y su esposa Constancia Mangue Okomo Nsue. Eran unos momentos en los que, sin apenas protocolo, se daba repaso a lo realizado durante la semana. Constancia, que participaba siempre en la conversación, veía las cosas sin los condicionantes y las presiones que debía sufrir el presidente. Quienes la conocen aseguran que es mujer de gran inteligencia, un poco ambiciosa .quizá, pero con mucho sentido común. Constancia ha vivido mucho tiempo fuera de Guinea y ha soportado situaciones muy complicadas. Tiene una gran capacidad para adaptar las formas europeas a la idiosincrasia africana. Algunas personas aseguran que da seriedad a Obiang y él le pide consejo, especialmente opiniones sobre quienes le rodean. Siempre se ha mostrado muy cercana a España y ha procurado tener buenas relaciones personales con las esposas de los diplomáticos españoles que han demostrado cierta sensibilidad por la situación guineana y han querido hacer algo más de lo que estaban obligadas.

En aquellos momentos, Graullera llegó a sentir que el país estaba en sus manos. El embajador español sabía todo sobre todos y en muchas ocasiones se atrevía a expresar opiniones muy comprometidas. Su fuerza moral era la sinceridad con Obiang -toda la que podía- y emplearse a fondo para que los planes de cooperación fueran saliendo adelante. Siempre le decía que cumplía lo que prometía. Obiang sabía que Graullera era una persona muy cercana a Suárez y se acordaba de que llegó a Guinea de la mano del rey Juan Carlos. Graullera se sentía seguro y notaba que aumentaba su prestigio entre los guineanos. Los ministros le pedían consejo.

Graullera llegó a identificarse tanto con el país africano que no le molestó, e incluso le hizo gracia, una deformación de su apellido para "guineanizarlo". Al embajador de España le llamaban Mbá Micó, según cuenta él mismo, desde que una vez un técnico de televisión tuvo que identificar un cartucho de video en el que había rodada una secuencia del representante español. Quiso escribir "embajador Graullera Mico" -sus dos apellidos—, pero,  como no le cabía todo, lo resumió con "Mba Mico".

El embajador analizó la situación y pensó que todavía era posible la sustitución de los soldados marroquíes, no por militares españoles, sino por una unidad de la Policía Nacional, o, al menos, por policías guineanos que fueran formados en España con mandos españoles. Al regreso de estos guineanos a su país, o mientras tanto, se podían formar patrullas mixtas con dos o tres policías guineanos y un español que los acompañara, como una especie de instructor que impartiera clases prácticas, y les impidiera cometer atropellos. Graullera creyó necesario primero convencer a los guineanos para que enviaran un grupo de jóvenes policías a entrenarse en España. Durante el año y medio que el embajador pasó en Guinea le dio muchas vueltas a este proyecto, que debía llevarse a cabo previa negociación con Francia y Marruecos. Se convenció definitivamente al viajar un fin de semana a Libreville para conversar con su colega, el embajador Manuel Urcelay, y ver cómo actuaba Francia en Gabón. "Seguro que algunos me acusarán de neocolonialista, pero serán personas que no conocen África", pensó Graullera, que definía su plan como "una tercera, vía que nada tiene que ver con el neocolonialismo".

Graullera disfrutaba haciendo que los guineanos se entusiasmaran con la idea de crear una unidad similar a los recién nacidos GEO, pero, a finales de 1980, Suárez estaba claramente a la defensiva, tratando de superar la grave crisis de su partido, y el embajador comenzó a tener problemas para cumplir lo que prometía. Nada más terminar Suárez su mandato y ceder la Presidencia a Leopoldo Calvo Sotelo, en febrero de 1981, Graullera quiso dejar Malabo, pero todavía siguió allí hasta finales de mayo de ese año. La puesta en práctica de su proyecto de capacitación de los policías tuvo que seguirla desde España.

Los guineanos que superaron unas pruebas y ejercicios, mas algunos recomendados de Mongomo, viajaron a España en octubre de 1980 para iniciar un curso en la Academia de Policía de El Escorial. Un total de 65 alumnos estudiaban en centros de la policía, en la Academia General Militar de Zaragoza o en la de Suboficiales de Talarn. El primer curso lo terminaron sin contratiempos, pero cuándo tenían que regresar a Guinea, a mediados de 1982, se corrió la voz de que habían sido entrenados para dar un golpe a Obiang. Esto causó gran nerviosismo en el entorno palaciego de Malabo, aunque posiblemente los rumores habían surgido de este mismo círculo, propagados por elementos que no deseaban la salida de los marroquíes o contrarios a que España incrementara su presencia de forma tan vital. El caso es que los jóvenes policías guineanos regresaron a su país sin sus mandos españoles. Nada más aterrizar en Malabo el avión que los traía de; regreso de España fueron desarmados y desperdigados por distintas poblaciones del interior, con lo que se perdió todo el trabajo realizado por España y se fue al traste el último intento de organizar la seguridad y defensa del presidente y de Guinea.

Ya se había visto que los marroquíes cumplían a la perfección su misión de garantizar la seguridad de Obiang. Eran unos formidables guardaespaldas y la población sabía que no se podía andar con bromas con ellos. Sus mandos se integraron bien con los guineanos, pues todos ellos procedían del norte de Marruecos y eran hispano-parlantes. Realizaban una política de buena vecindad con los españoles y de cordialidad y entendimiento con los franceses. No dejaban sólo al presidente ni a sol ni a sombra e incluso por las mañanas le acompañaban en sus sesiones de gimnasia, footing o tenis.

Sin embargo, la tropa no tenía ningún contacto con otros blancos y las relaciones con la población nativa no eran muy buenas. Los marroquíes circulaban libremente por las abandonadas calles de la ciudad, donde con cierta frecuencia se producían enfrentamientos, casi siempre por asunto de mujeres. Los habitantes del norte del continente africano se solidarizara con sus vecinos negros, con quienes se saben unidos en la miseria y el subdesarrollo, que ambos achacan a causas coloniales, pero en muchos aspectos los árabes se sienten más cerca de los europeos que de los negros y superiores a estos. La palabra árabe "abid" sirve igual para denominar al negro y al esclavo, asociación lingüística que posiblemente influye en el subconsciente de los árabes, por lo demás un pueblo orgulloso de su cultura, tradiciones y religión.

En los últimos años han aumentado las peleas con la población guineana y a menudo emplean la fuerza cuando desean acostarse con una joven nativa. La mayoría de los guineanos sienten repugnancia por los marroquíes, aunque se ven impotentes para evitar sus abusos.

Por otra parte, en Marruecos preocupa la incidencia que ha tenido el destacamento guineano en el aumento del paludismo en el país árabe, una enfermedad que estaba casi erradicada. Por mucha quinina que se tome es casi imposible salir de Guinea, después de vivir algunos meses en el país africano, sin haber quedado infectado par las picaduras de la hembra del mosquito anofeles. En este momento se puede considerar que toda la población guineana sufre paludismo, enfermedad que causa cada año millones de muertes en el Tercer Mundo.

De todas formas, a Hasán II le sigue resultando rentable el mantener allí a sus hombres, pues logra el apoyo de Guinea en todos los foros internacionales, cosa que necesita ya que incluso en la OUA se encuentra en minoría cuando se trata el asunto de la anexión del antiguo Sahara español y la lucha contra el Frente Polisario.

Los militares marroquíes han sabido salvaguardar la vida de Obiang y darle una gran seguridad y estabilidad, pero jamás ; se han planteado, como posiblemente hubieran podido hacer España o Francia, organizar al Ejército guineano y transmitirle el sentido de disciplina necesario en la institución armada. Francia, con gran experiencia en proyectos de cooperación estructural en numerosos países africanos, ha dejado siempre desde un principio muy bien atada la cuestión de la seguridad y la defensa, que consideran elemento básico.

Especialmente durante los primeros años del Gobierno de Obiang, los uniformados, por el hecho de serlo, podían cometer cualquier atropello, especialmente con los blancos. Se daba el caso de que muchos militares, incluso soldados rasos, confiscaban camiones o se establecían en plantaciones en una total impunidad. Quienes no tenían "la suerte" de ser militares, pedían el uniforme prestado a algún "hermanito" para lograr la autoridad necesaria. El hecho de que la Justicia no tuviera ninguna fuerza ante los militares fue una de las causas del retraimiento de los inversores privados y una de las razones que motivó la lentísima recuperación económica de Guinea.  Nadie se atrevía a invertir en el país, al saber que cualquier guineano podía disponer de los bienes allí trasladados, cosa que ocurría en el aeropuerto, en .los puertos o en cualquier lugar del país.

Poco a poco los militares se han ido comportando con más corrección, al darse cuenta las autoridades de la necesidad de controlar al menos a la tropa, aunque todavía los oficiales tienen gran influencia en todas las esferas de la vida guineana.

La mayoría de los países africanos accedieron a la independencia alrededor de 1960 y muchos de sus habitantes han pasado directamente de la choza, a la televisión y al ordenador. Es el continente donde se ha producido un mayor número de golpes de estado en la historia reciente y en casi todas las naciones hay un único partido político. Su grado de democracia no se mide todavía por el juego político que se permite, sino por el respeto a los derechos fundamentales de la persona. Sin entrar en analizar las causas que han motivado esta situación» se puede apuntar que buena parte de la responsabilidad corresponde a las potencias coloniales, que sólo se preocuparon de obtener una rentabilidad económica de sus territorios. En casi todos los países, el poder colonialista fue reemplazado por la dominación de la etnia más fuerte, que sometía a las mas débiles o minoritarias, como ocurrió en Guinea con los fang. En estos últimos años han surgido movimientos esperanzadores que tratan de crear unas nuevas relaciones y fortalecer la participación popular, ahora que empiezan a surgir generaciones que, al menos, tienen una formación cultural básica.

Sin embargo, en algunos países todavía, se plantea la revalorización de los elementos autóctonos, como pasó en Guinea durante el mandato de Macías, y el rechazo de las influencias occidentales. También sería largo analizar esta cuestión polémica que se planteó en el seno de la UNESCO durante el mandato del senegalés Amadu M'Bow, concluido en otoño de 1987 con la elección del español Federico Mayor Zaragoza. En algunos países africanas se ha comprendido que lo mejor es revalorizar sus culturas autóctonas, sin rechazar lo que les puede resultar positivo y aprovechable de la occidental, en una amalgama de valores permeables y complementarios.

En cualquier caso, la presencia de trapas españolas en Guinea hubiera permitido sacar mucha más rentabilidad a la cooperación, en el sentido de la eficacia, además de sembrar la semilla del orden en el país, necesario para un desarrollo económico y comercial. Una indecisión veraniega de Adolfo Suárez, que no quiso enfrentarse al PSOE, costó un mejor futuro a Guinea y motivó la pérdida para España de una zona de influencia política y económica.

Graullera seguía estrechando sus relaciones con Obiang. En privado ambos se hablaban de tú, tratamiento que el presidente guineano sólo permitía a otro español el rey Juan Carlos. En un momento determinado surgieron recelos en ciertos sectores guineanos, debido a los múltiples contactos de Obiang con el embajador español. De común acuerdo, ambos decidieron espaciar sus encuentros oficiales -uno por semana- y tratar de verse con más discreción. Poco a poco iban surgiendo también los primeros conflictos, cuando Graullera veía que algo no iba bien o que era necesario exigir un poco más de seriedad a la parte guineana.

Obiang, por su parte, se quejaba, también con mayor frecuencia según pasaba el tiempo, de la lentitud, y el desorden de la ayuda española. Pero, por lo general la relación seguía siendo muy afectuosa y cordial, a la par que provechosa y eficaz. Algunos acusaron entonces a Graullera de ser "el primer ministro blanco de Guinea Ecuatorial", pero él siempre decía que era "el primer asesor del Presidente", aunque sus opiniones, que eran escuchadas con atención por Obiang, no siempre podían ser llevadas a la práctica, pues el mandatario estaba mucho más supeditado que ahora a las personas de su entorno y a la tribu.

El embajador seguía muy de cerca, la marcha de la cooperación. Los viernes, mientras Obiang estaba reunido con sus ministros, convocaba a los jefes de área en la Embajada para que le expusieran el trabajo realizado y los avances logrados. Escogió ese día de la semana para hacer esta reunión, a la que también asistían los diplomáticos de la misión, porque sabía que era la mañana en la que los ministros no le podían telefonear.

De vez en cuando surgían problemas con las autoridades guineanas, algunas veces por motivos ideológicos, por parte de personas opuestas a la presencia española en Guinea. Otras veces, la posibilidad de sacar un pellizco de cualquier operación, o un premio por no poner trabas en la llegada de un avión, servían a los mal pagados funcionarios guineanos para obtener un pequeño sobresueldo.

El embajador procuraba también tener mucho trato con los cooperantes. Al principio, pasaba mucho tiempo en el Ciudad de Pamplona y luego, cuando el barco regresó a España al quedar listas las "caracolas" -viviendas prefabricadas que hasta hoy sirven de residencia a los cooperantes- se iba con su mujer a charlar con los españoles en sus casas, o los invitaba a su residencia.

Se puede decir que hasta casi mediados de 1980 Graullera esta como pez en el agua en Guinea. Le gusta repetir la anécdota que le ocurrió en Niefang, escenario de la "gran batalla" del golpe del 79. El embajador llegó hasta aquella población acompañado por su mujer. Esther siempre le seguía en aquellos viajes por el interior de Río Muni, por lo general duros e incómodos, pero tremendamente gratificantes por los contactos humanos que lograban, tanto con la población nativa como con los españoles que se encontraban allí realizando algún trabajo relacionado con la enseñanza o la sanidad, en unas condiciones heroicas pues no tenían casi de nada. Allí les esperaban unos viejos del lugar, que habían desempolvado sus trajes de la época de la colonia, que tuvieron escondidos durante el periodo de Macías, muy raídos pero sorprendentemente limpios.

Graullera aprovechó la ocasión para pronunciar un florido discurso, por otra parte muy del gusto de los nativos, en el que asumió su responsabilidad personal en el casa de que fracasara la cooperación. "Si esto sale mal, será por mi culpa, porque no habré , sido capaz de llevar adelante los planes trazados por España", dijo. Los mayores del lugar, utilizando un cuidado castellano, le respondieron: "Usted no fracasará, porque no le dan asco los negros". Aquellos ancianos estaban acostumbrados a ver dos tipos de blancos, los que son capaces de trabajar y tratar a los guineanos como iguales, sin prejuicios raciales, y los que pasan por Guinea intentando no contagiarse de la miseria.

En el segundo semestre de año comenzaron a surgir los primeros conflictos. Algunos españoles denuncian en la prensa que Graullera hace lo que quiere en Guinea. Reconoce que expulsó a un par de cooperantes, pero dice que lo hizo al descubrir irregularidades en sus actividades. En otros casos eran personas que acudían allí con intenciones poco claras y el embajador les obligaba a salir del país. Otras veces son celos por privilegios que piensan concede a algunos de sus amigos, especialmente a Francisco Roig, un valenciano como él que se. convierte en el principal inversor. Roig instala un supermercado en Malabo y vende productos españoles de dudosa calidad. El mercado es tan amplio que le compensa llevar productos etiquetados con su mismo apellido, como una mortadela que se hizo famosa pues casi siempre llegaba con moho, o unas hamburguesas congeladas que los españoles sólo utilizaban para alimentar a sus perros. A cambio, se convirtió en el principal exportador de la madera guineana y un gran productor y exportador de cacao. Mortadela por caoba.

Graullera asegura que Roig no sólo no disfrutó de un trato especial, sino que el hecho de ser valenciano como él le supuso un inconveniente, pues le exigió demasiado. Afirma que primero le obligó a invertir mucho dinero y que le impuso multas en dos o tres ocasiones por elevar los precios de sus productos en el supermercado. En cualquier caso, Roig adquirió una gran importancia en Guinea Ecuatorial. A juicio de un cooperante "se sabía trajinar muy bien" a las autoridades. Pero poco a poco sus negocios fueron cayendo y los créditos no le eran suficientes para superar sus dificultades.

Según Graullera, aquellas críticas en los diarios españoles le hicieron mucho daño en Guinea, al deteriorar su imagen, y además considera que algunas iban dirigidas contra el presidente Suárez, por intereses políticos.

En una ocasión supo que dos españoles habían llegado para poner en funcionamiento alguno de los hoteles de Malabo, pero que habían chocado con las autoridades guineanas. Les llamó a la Embajada y les dijo que se marcharan. Ellos respondieron que sentían miedo pues estaban amenazados. Entonces, él mismo se brindó a llevarles al aeropuerto de Malabo, los dejó personalmente en el avión de Iberia, y se volvió a la oficina. Los guineanos aprovecharon la ausencia del embajador y dijeron al comandante que si no bajaban aquellos dos españoles no dejarían que el avión despegara. Cuando se enteró Graullera, montó en cólera, rescató a los españoles de las manos de los guineanos, los. acogió en la Embajada y al día siguiente los despachó para Canarias en un avión Hércules que, por causalidad, tenía que llegar a Malabo con ayuda. Graullera piensa que en ocasiones eran necesarias aquellas actitudes prepotentes, ante la carencia, de leyes y debido a los muchos casos de abusos que se producían.

Desde aquella ocasión trató de reforzar la presencia de policías nacionales españoles en el aeropuerto, aunque estos no tenían ninguna autoridad formal pues su misión se limitaba a garantizar la seguridad de la Embajada y del embajador.

 

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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