HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

 

Capítulo 17. JOSÉ LUIS GRAULLERA.

José Luis Graullera Micó no se desanimó ante el panorama que observó en Guinea. Jamás había defraudado a Adolfo Suárez y entre los dos se había fraguado una profunda amistad. De nuevo estaba decidido a derrochar toneladas de ilusión en la misión que le encomendaban. La tarea no le parecía, nada fácil, pero se consolaba pensando que la población guineana era, muy inferior al colectivo de funcionarios que trabajan en la Administración española.

La idea era que un embajador político, con capacidad para dirigirse directamente a La Moncloa. y. negociar lo que considerase oportuno y con un profundo conocimiento de la Administración española, impulsara ese difuso proyecto de cooperación integral que algunos pensaban que España podría desarrollar en Guinea.

Graullera, nacido en 1939, piensa que fue nombrado para ese cargo porque entendía el funcionamiento de la Administración, donde además gozaba de cierto nombre. Había sido subsecretario de la Presidencia y secretario de Estado de la Función Pública. Iba dispuesto a solucionar los problemas tomando decisiones sobre el terreno, sin pararse en trámites, sin necesidad de atravesar el lento y tortuoso camino reglamentario que deben seguir los diplomáticos vía Ministerio de Asuntos Exteriores. Su experiencia anterior le podía servir en la tarea de reconstruir la Administración guineana, entonces inexistente.

Graullera tuvo la suerte de ser presentado ante Obiang por el Rey de España, cosa que no es normal en un embajador. Su acceso al país africano fue mejor que el que había tenido su antecesor, Juan Bautista de Andrada, quien además demostró que no era el hombre adecuado y que le faltaba empuje para cumplir aquella difícil misión, aunque fuera un buen conocedor de África.

De origen valenciano, Graullera tiene unas maneras muy mediterráneas de convencer y engatusar. Compensaba su casi absoluto desconocimiento de Guinea con una ilusión y un entusiasmo enormes. Tras estudiar Derecho y convertirse en profesor mercantil, aprobó las oposiciones de interventor de Hacienda y uno de sus primeros destinos fue en la delegación de Lugo. A mediados de los años 60 Fraga Iribarne organizó unas juntas provinciales de Información, Turismo y Educación Popular, para promover actividades que luego desarrollaba el Ministerio que dirigía. Se fijó que en Lugo, provincia a la que dedicaba una atención muy especial por ser su lugar de origen, la persona que normalmente planteaba los problemas por tener que poner el dinero, el interventor de Hacienda, era un joven dinámico y animoso, a la par que capaz. En un momento determinado, Adolfo Suárez, que era director de RTVE, estaba buscando un interventor. Fraga recomendó a Suárez que hablara con el ministro de Hacienda para que permitiera el traslado de Graullera de Lugo a la televisión. Desde entonces, Graullera se convirtió en un incondicional de Suárez, un valioso asesor y un fiel amigo.

Cuando se diseñó el retrato robot de la persona indicada para Guinea ahora con más conocimiento de la situación y sin la premura de agosto, se pensó que debía ser un gestor acostumbrado a desenvolverse con soltura en, la Administración, sin importar que fuera un poco brusco para los habituales usos diplomáticos, pues aquello no era Versalles. "José Luis, te tienes que ir a Guinea", le dijo simplemente Suárez y él ni siquiera respondió. El 21 de diciembre fue nombrado embajador y, como tenía tantas ganas de ponerse a trabajar, adelantó los regalos de Reyes de sus cinco hijos, y se marchó a Malabo el 27 de diciembre.

En España habría cenado la noche de Fin de Año con su familia. Juntos habrían tomado las uvas y luego, si no hubiera estado invitado a alguna fiesta, se habría quedado un rato viendo la televisión. Pero en Malabo, de Embajador, se le presentaba una salida del año 1979 muy distinta. Todavía no se había acostumbrado a que la temperatura no bajase de los 18 grados, siempre con una humedad superior al 90 por ciento, pero sentía la necesidad de hacer algo aunque el ambiente, además de caliente, estaba un poco hostil. A la euforia españolista motivada por el viaje de los Reyes habían seguido unos días de reacción antihispana. Muchos se habían desplazado a España para pasar las fiestas de Navidad y pensó que cabría toda la colonia en su residencia. Como no había comida, ni bebidas, pidió al capitán del Ciudad de Pamplona que buscase algo en las cámaras del barco y lo llevase a su casa, donde podrían pasar todos los españoles juntos la noche de Fin de Año. Graullera pensaba que eso serviría para conocerlos a todos y, además, evitaba que alguno se metiera en líos. No sabía que aquella iba a ser la peor Nochevieja de su vida.

Hacia las 4 de la madrugada se fueron los últimos invitados. Cuando estaba a punto de dormirse, pasadas las 4, 30, escuchó que llamaban a la puerta. Pensó que alguien se había olvidado alguna cosa. Era el teniente coronel que mandaba el destacamento de los Aviocar.

- Embajador, hay un problema serio, uno de los marinaros del barco ha sido golpeado, ha habido una pelea, parece que incluso se han sacado armas...

Graullera deja a su mujer, Esther, en la residencia y va hasta el Hotel Ureka, donde había ocurrido el incidente. Se encontró a uno de los marineros del Ciudad de Pamplona con la cara tumefacta, como si le hubieran pegado un buen puñetazo, rodeado por un grupo de militares españoles. Cuando le estaban explicando lo sucedido llegó un guineano con aire decidido y cuerpo de luchador de catch, con un bigote que le descendía por las comisuras de los labios. Era Félix Mbá Nchama, entonces comisario militar encargado del Ministerio del Interior.

- "Todos a la cárcel", ordenó como primera medida Félix Mbá, ante la sorpresa de Graullera, que no le conocía, y la indignación de los militares españoles que no podían permitir que nadie tratase así al Embajador de España, quien todavía no había presentado cartas credenciales.

- "Un momento, que yo soy el Embajador de España", dijo Graullera sin conseguir que el ministro guineano adoptara una posición más moderada.

- "Bueno, pues todos a la cárcel menos el Embajador",replicó Félix Mba.

Graullera pidió entonces hablar a solas con él y poco a poco se fue tranquilizando. Al parecer algún miembro del Gobierno había tenido unas palabras con unos españoles que habían consumido demasiado alcohol.

El percance no llegó a más, pero Graullera se dio cuenta de que su misión en Guinea iba a ser todavía más dura de lo que había imaginado al observar la cruda realidad del país junto a los Reyes. Por fortuna, contaba con la ayuda de José Luis Pera, el vicecanciller que transmitió al Gobierno español la noticia del golpe en agosto pasado y que conocía muy bien a los guineanos. Algunos diplomáticos se sentían un tanto celosos de Pera, un simple auxiliar administrativo, porque pensaban que se entrometía en su terreno cuando Graullera le encargaba alguna gestión delicada.

"Cuando llegué a Malabo no había ni siquiera conciencia de sociedad guineana. No existían los elementos que definen un Estado. Además, en líneas generales había desconfianza contra España como consecuencia de la mentalidad forjada en el régimen anterior. Macías, según me contaron, era un paranoico sectorial que sólo reaccionaba de forma violenta ante dos temas. España y la Iglesia. Pero la gente no sólo estaba dolida con España porque se lo había inculcado Macías. Algunos guineanos estaban dolidos porque España no había sabido producir un proceso de independencia vigilada", decía Graullera en una entrevista posterior al final de su gestión en Guinea.

Con la llegada de Graullera comienza una nueva etapa de la cooperación española en Guinea. Entre enero y octubre de 1980 se inicia realmente la reconstrucción del Estado guineano. Con la ayuda de España, que se redobla tras la visita real, se ponen en marcha servicios públicos como la educación, la sanidad y se crea una infraestructura para la distribución de alimentos. Comienzan también a elaborarse las normas básicas de un estado de derecho. El periodo culmina, en octubre de 1980, con la rúbrica del Tratado de Amistad y Cooperación entre la República de Guinea Ecuatorial y el Reino de España, un compendio de todos los acuerdos firmados durante el primer año de relaciones diplomáticas. Durante estos meses se constituyen también, aunque tardan en ponerse en funcionamiento, las empresas mixtas GEPSA (Guineo-española de Petróleos) y GEMSA (Guineo-española de Minas). En la primera participan al 50 % el Estado guineano y la empresa estatal española Hispanoil S. A. y en la segunda, que tenía como objetivo la investigación y exploración de los recursos minerales, la Empresa Nacional Adaro de Investigaciones Mineras aportaba formalmente un 45 % de la sociedad.

La primera reestructuración del Gobierno, a finales de enero, coincide con la llegada de un centenar de cooperantes españoles, fundamentalmente médicos, enfermeros y profesores, buena parte de ellos religiosos, pues los problemas mas acuciantes de los guineanos eran los relacionados con la alimentación, la sanidad y la educación. Las dificultades para poner en marcha aquellos sectores básicos fueron enormes. La corrupción de los guineanos se veía favorecida por el descontrol y, en ocasiones, la inexperiencia o incompetencia de los asesores y cooperantes españoles. Graullera tenía que estar en todas partes. En una ocasión seguía a un camión cargado de alimentos, que tenía que recorrer los 52 kilómetros que median entre Luba y la capital. Como estaba previsto, el camión fue asaltado por soldados. Querían quedarse con todo. Gracias a la mediación del embajador, los soldados aceptaron dejar circular el vehículo, si recibían una parte de lo que transportaba. Justificaban su acción por la seguridad que tenían de no recibir nada de la ayuda si la dejaban pasar.

Tras su presentación de cartas credenciales, el 7 de enero, Graullera establece una relación muy cordial con Obiang. El carácter mandón e impetuoso del embajador molestaba formalmente a algunos ministros guineanos, pero enseguida logró una fama de "gran masa", el patrón indiscutido que fascina a muchos africanos, precisamente por ejercer la autoridad con rigor. Graullera no se calla nada cuando presenta cartas credenciales. "No vengo sólo para consolidar la asistencia educativa, sanitaria y humanitaria. España viene, sobre todo, a ayudar a reconstruir un Estado y a establecer unas libertades democráticas, fundamentales para poder olvidarnos de la etapa pasada. Pero estas libertades, soy consciente, no pueden construirse al margen de las instituciones naturales de Guinea Ecuatorial", dijo el nuevo embajador, dejando bien clara su condición de político.

Graullera se ganó a los guineanos cuando dijo que antes de colaborar en el establecimiento de unas instituciones democráticas en Guinea debía familiarizarse con la realidad del país, conocer sus gentes, sus organizaciones sociales y aprender lo que es, por ejemplo, la "casa de la palabra". Obiang decide prohibir la difusión de las palabras de Graullera por televisión, aunque en el fondo le gusta el nuevo embajador. Tras superar la sorpresa inicial, piensa que Dios le ayuda de nuevo y que la suerte está de su lado, pues ahora tiene un colaborador con empuje.

Comienzan unas breves, pero apasionantes relaciones entre dos hombres muy distintos. Empieza a actuar el embajador español más polémico de cuantos han pasado por Guinea. No le molesta demasiado que le llamen "virrey", pero asegura que aquel nombramiento no fue un favor que le hizo su admirado Adolfo Suárez. Graullera asegura que, ayudado siempre por su mujer, se empleó a fondo en Guinea. Unos le odiaban y le acusaban de favoritismo, personalismo, actuar a su antojo, pero otros sentían pasión por aquel embajador tan poco diplomático. Nadie quedaba indiferente. Posiblemente, el fracaso de su gestión se debió en buena medida a un conjunto de factores, unos anteriores a su llegada y otros de carácter estructural, que ya habían sentenciado al pueblo guineano a pasar a depender de Francia.

Obiang había iniciado un cierto despliegue diplomático para darse a conocer en el exterior. A mediados de noviembre viajó a Gabón, quizá el vecino con el que más problemas se han planteado a lo largo de la historia. Nunca se ha podido comprobar si es cierta la versión que circuló sobre su estancia en Libreville. Aseguran que Ormar Bongo no pudo lograr jamás que Macías le firmara el reconocimiento de cesión de los islotes de Mbañé y los Cocoteros, cosa que pudo hacer con Obiang, en una especie de bacanal que le organizó en su palacio. Lo cierto es que poco tiempo después llegaron al puerto de Malabo tres Mercedes negros. Esta será la supuesta contrapartida por la concesión definitiva de los islotes ricos en petróleo» que estuvieron a punto de causar una guerra en la época de Macías si las fuerzas hubieran sido más parejas. Uno de los Mercedes quedó durante varios años en un rincón del puerto de Malabo, como una suerte de escultura moderna, reventado al dejarlo caer la grúa que lo descargaba del buque.

La segunda visita de Obiang al exterior fue a Camerún, invitado por Amadu. Aidjo, a finales de enero de 1980. El régimen de Yaunde no tenía ambiciones territoriales formales sobre Guinea, aunque en algún momento anterior se había planteado abiertamente que pasara a formar parte de la federación de estados que comprende Camerún, pero sí tenía intereses comerciales. Ambos países comparten una extensa frontera, todo el norte de Río Muni, y Duala, la principal ciudad comercial de Camerún, fue siempre la puerta natural de acceso al continente desde la isla de Bioco.

Mayé y Elá realizaron en aquellos meses varios viajes a España, Marcos Mbá, comisario militar encargado de la Secretaría de Estado para el Plan de Desarrollo y Cooperación, se desplazó a Bruselas para negociar con las autoridades comunitarias, Tarsicio Mañé, el triste y oscuro comisario militar encargado de Educación y Cultura, y otros altos funcionarios son enviados a diversos países africanos.

Fueron muchos los altos cargos guineanos que viajaron a Madrid en aquellas primeros meses de relaciones, para realizar visitas en las que se solapaba lo oficial con lo privado, incluido el siniestro Isidoro Eyí, nombrado más tarde comisario militar encargado de Información y Turismo y, al mismo tiempo, director general de Seguridad. Se trata de un hombre gris con gran influencia ante Obiang por extrañas fuerzas ligadas a su origen tribal de Mongomo que le apoyan y le hacen incombustible. Ya entonces era, uno de los guineanos más anti—españoles.

A mediados de diciembre la embajadora de Estados Unidos, Mabel Smythe, presentó cartas credenciales, acto que supuso el restablecimiento de relaciones diplomáticas entre los dos países, aunque todavía la Embajada norteamericana estaba establecida en Yaundé. Le siguieron numerosos países» casi todos con sede en Camerún o en Nigeria.

Obiang repitió que no quería romper lazos con nadie, y que estaba abierto a recibir la ayuda de todos los países que la ofrecieran, en clara alusión a la URSS y al resto de los países comunistas que habían colaborado con el régimen de Macías y ante las presiones de los países occidentales que le recomendaban cortar los lazos con Moscú. Por otra parte, estos países tenían colocados peones fundamentales en la Administración y en el ejército de Guinea, personas jóvenes, en su mayoría fang de Mongomo, que jamás fueron depurados por pertenecer al mismo entorno de la clase dirigente. Los españoles que acudieron en aquellos primeros meses a Guinea se sorprendían al ver a guineanos hablar en coreano o ruso con los diplomáticos de estos países, o al encontrar que los únicos libros que quedaban en los ministerios eran las obras completas del camarada Kim Il Sung, por supuesto en coreano.

El nuevo régimen guineano se presentó ante las naciones del Tercer Mundo en la VI Cumbre de Países No Alineados, celebrada en septiembre en La Habana. Era la primera delegación guineana que acudía a un foro internacional tras el golpe de agosto, además en la reunión de los países del tercer Mundo. Carlos Robles Piquer encabezaba la delegación española, invitada en calidad de país que había solicitado formar parte de la organización como observador. Mayé se encontró con que le intentaban seducir los anfitriones, incluido el jefe del Estado cubano, Fidel Castro, y Robles Piquer, por otra parte. Los cubanos querían restablecer su presencia en Guinea, quizá por encargo de la URSS, mientras Robles perseguía al pequeño Mayé, de gran inteligencia natural y muy taimado, para que no se dejara impresionar por Fidel Castro, que le doblaba en altura y envergadura. Robles tenía que hacer continuos contralavados de cabeza con el guineano.

Obiang decide realizar una remodelación de su Gabinete en enero de 1980 y comienza a alejar de su entorno a los hombres más capaces, posiblemente celoso de que le robaran protagonismo, quizá preocupado por que le exigían avanzar más aprisa en el proceso hacia la democracia. El primer sacrificado, y quienes le conocen lamentaron profundamente esa decisión, fue Salvador Elá, entonces vicepresidente segundo, enviado como embajador a Pekín en ese mes de enero. La salida de Elá fue una conmoción en Guinea, pues era miembro de lo que ya se llamaba "la banda de los diez", incluyendo en ella a los jóvenes oficiales, casi todos formados en España, que habían dado el golpe contra Macías. En ese cambio introduce en el Gabinete a dos bubis, Cristino Seriche Bioko, encargado del Ministerio de Obras Públicas, Vivienda, Urbanismo y Transporte, y Eulogio Oyó Riquesa, uno de los captores de Macías y presidente del tribunal que juzgó y condenó a muerte al dictador. Oyó fue nombrado vicepresidente segundo y encargado del Ministerio de Trabajo.

En la cúspide de la administración se encontraba el Consejo Militar Supremo, con una docena de miembros, por supuesto todos militares. Luego se creó una Junta Técnica del Consejo Militar Suprema, formada por los ministros o secretarios de estado (los comisarios militares) y los secretarios técnicos, directores técnicos y delegados provinciales. Salvo algunas excepciones, la mayoría de los altos cargos procedían directamente del entorno de Macías, quizá algunos represaliados pero en momentos muy tardíos.Casi ninguno había cursado estudios superiores completos.

Obiang repitió que aquella remodelación se debió a un intento de mejorar la eficacia, de la Administración y amenazó con destituir a quienes se preocuparan más por sus asuntos personales y beneficio privado que por las tareas del Estado. El Gobierno formado el 29 de enero era casi una repetición del anterior, excepto por el ingreso de los dos militares bubis, la salida de Elá y el acceso de Marcos Mbá Ondó, encargado de la subsecretaría del Plan de Desarrollo, además del nombramiento en firme de los 14 secretarios técnicos, que se habían convertido en los verdaderos motores de cada ministerio, al tener cierta experiencia, de la que carecían por completo los comisarios militares que, sin embargo, deseaban controlar todo. La creciente importancia que se daba a los secretarios técnicos era muy bien vista, tanto por la población guineana como por la colonia diplomática y extranjera.

En febrero de 1980, una vez diseñada a grandes rasgos la cooperación española que debía ayudar en la construcción del Estado guineano, llegó a Malabo un gran grupo de cooperantes para trabajar en Guinea como asesores especiales. La idea es que en cada ministerio, o en cada área de actividad, hubiera altos funcionarios españoles que organizaran la estructuración de la Administración, las Finanzas o el Ejército de Guinea Ecuatorial. La mayoría de ellos no tenían nada claro cual iba a ser su misión, ni se habían trazado planes concretos de actuación. Algunos traían una mentalidad claramente colonialista, por su pasado, y los más no tenían ninguna experiencia en un trabajo similar ni sabían como era la vida en un país del Tercer Mundo.

Su primera impresión fue de susto. Al shock que produce pasar del gélido invierno madrileño al sofoco ecuatorial se unió el que, nada más aterrizar el DC-8 de la Fuerza Aérea Española que los transportó a Guinea, los cooperantes se dieron cuenta de que el aparato quedaba rodeado por soldados guineanos y dos tanquetas soviéticas que guardan siempre el aeropuerto, como para dar a quienes llegan una primera imagen de soberanía y fortaleza. Graullera tuvo que acudir al aeropuerto para solucionar el problema. Las autoridades locales se quejaron de que no habían sido avisadas de la llegada del avión español. Pasiblemente hubo negligencia española y faltó coordinación con las autoridades de Malabo, pero aquello demostró poca delicadeza por parte guineana al obstaculizar la llegada de ayuda. Estos dos elementos se repitieron en muchas ocasiones posteriores. La ineptitud de unos y la excesiva susceptibilidad de los otros hicieron crecer el resentimiento mutuo.

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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