Capítulo 16.
LA
RECONSTRUCCIÓN NACIONAL
Una
vez desaparecido "el único milagro" de Guinea
quedaba la tarea
de reconstruir el país. La opinión pública internacional había
casi olvidado que Obiang Nguema era. hijo del régimen
depuesto
y le daban un voto de confianza. Se iniciaba un período de
esperanza. Apenas se
había dado difusión al comentario de Alejandro
Artucio, el uruguayo enviado como observador por la Comisión
Internacional de Juristas al juicio de Macías "el proceso
se limitó a juzgar solamente a algunos de los responsables
del régimen de terror... la investigación con respecto
a asesinatos, torturas y detenciones ilegales se refirió en
general a hechos que tuvieron lugar los primeros años del
Gobierno de Macías. Y es conocido que en épocas recientes
no disminuyó
en nada la intensidad represiva del régimen".
España
había enviado un avión Hércules. Entre otras cosas,
llegaron uniformes marrones para la policía guineana, que
quedó vestida
como la española. Se inició una primera etapa de cooperación
que podríamos llamar "de emergencia”, con especial
preocupación por la asistencia humanitaria. Se envían
alimentos, medicinas
y médicos. Muy pronto llegan también asesores militares y
de los Cuerpos de Seguridad del Estado, dirigidos por el
entonces comandante Laguna, por quien Obiang guardaba
un cariño especial desde los tiempos Zaragoza.
El pequeño destacamento de la Policía Nacional, enviado
con la doble finalidad de proteger a los españoles e
instruir a la policía guineana,
estaba mandado por el comandante Arjona, un hombre
que llegó a hacerse amigo personal de Obiang y a gozar de
gran confianza del Presidente.
Durante
esta etapa "de emergencia" se firman una serie de acuerdos
bilaterales que van creando las bases de la futura cooperación,
pero surgen dos graves inconvenientes. Por una parte,
no había ninguna experiencia en organizar una cooperación a
gran escala y la mayoría de las funcionarios enviados apresuradamente
a Guinea desconocían la idiosincrasia africana. Además, cuando llegaron a Guinea se encontraron con un poder fáctico
que les estorbaba: los marroquíes.
El
teniente coronel Obiang Nguema escogió la celebración del
12
de octubre para realizar la ceremonia de investidura como presidente
del Consejo Militar Supremo, jefe del Estado y del Gobierno.
Las nuevas autoridades decidieron reinstaurar la Fiesta
Nacional en ese día, aniversario de la independencia, pues
Macías cambió
la fecha. Se volvía a hablar del Día de la Hispanidad. El Gobierno
de Madrid envió a Malabo al ministro de Economía. José Luis
Leal, y al secretario de Estado de Asuntos Exteriores, Carlos
Robles Piquer. Los guineanos exigieran que la delegación española
estuviera encabezada por un ministro. Pronto empezaban los
roces y suspicacias.
Obiang
seguía mostrando gran simpatía por España. Ya se había
acordado poner en marcha una amplia cooperación en varias áreas,
incluida la de seguridad y defensa, pero sólo con un puñado
de mandos escogidos que debían intentar formar al Ejército
guineano, teniendo siempre en cuenta la presencia del destacamento
marroquí, que primero estuvo formado por un centenar de
hombres, pero que después llegó a contar con unos 500, una
compañía
al mando de un coronel, que se convirtió en la fuerza militar
más poderosa de Guinea Ecuatorial.
Guinea
pidió entonces a España que la peseta diera respaldo al
ekuele, algo parecido a lo que ocurre con el franco de la Comunidad
Francófona de África (franco CFA) y el franco francés, siempre
en una relación de uno a cincuenta. La operación era mucho
más sencilla en el caso del ekuele pues el franco CFA es utilizado
en una docena de países francófonos de la costa occidental
de África, con economías muy poderosas. Los responsables
de la Economía española se asustaron ante la posibilidad
de no poder controlar a los guineanos. Temían que en Malabo empezara a funcionar una "maquinita" que emitiera
moneda a costa del Banco de España. De todas formas, las
autoridades españolas prometieron a Obiang estudiar
el asunto, aunque adelantaron que sería
necesario situar asesores españoles, con capacidad
ejecutiva, en el Ministerio de Hacienda y Comercio, en la
Aduana y en el Banco de Guinea.
En forma muy lenta comenzó a negociarse
con los guineanos, sin estar demasiado clara la posición oficial española, ni haberse diseñado un plan general.
Durante
las semanas posteriores al "golpe de libertad"
viajaron a Guinea una serie de expertos de diversos
ministerios y áreas de
actividad, con el fin de analizar la situación y conocer las
necesidades más urgentes.
Comenzó
a trompicones una cooperación, que nadie atinaba a
racionalizar. Primero se centralizó la organización de las
cuestiones relacionadas
con la cooperación en Guinea en Alberto Recarte un técnico
comercial del Estado que se encargaba de asesorar sobre
asuntos económicos en la secretaría personal de Adolfo
Suárez. Recarte coordinaba el equipo interministerial que se
formó para impulsar la ayuda a Guinea. Luego se creó la
Oficina de Cooperación con Guinea Ecuatorial (OCBE), como
una dependencia de
Exteriores, con muy poca fuerza en la Administración
y sin que hubiera un jefe de la cooperación en el país
africano, como tienen los franceses. Al principio era
el mismo
embajador quien dirigía personalmente los diversos proyectos
y luego se creó la figura del coordinador general de la
cooperación, pero sin residencia habitual en Malabo hasta
1988 pasaba temporadas en
España y otras en Guinea, por supuesto con una
dependencia absoluta de la Embajada. Los presupuestos para Guinea
no se presentaban ante el Parlamento, donde tampoco se discutió
jamás un plan general de ayuda.
El
31 de octubre de 1979 España y Guinea firman los primeros acuerdos
bilaterales. El vicepresidente Salvador Elá viaja a Madrid
y estampa su rúbrica junto a la del ministro español de Economía,
José Luis Leal, en un tratado de pesca, otro de cooperación
en materia de hidrocarburos, otro sobre capacitación y
extensión agraria, y un último de cooperación
financiera. España prestaba
su apoyo y Guinea, a cambio, permitía la pesca de 110 barcos
españoles en sus aguas territoriales. También se acordó
la realización de un
estudio sísmico para analizar las posibilidades petroleras
de Guinea, que debía llevar a cabo la empresa
Hispanoil. Un artículo de este
acuerdo afirmaba que "el Gobierno de Guinea dará
preferencia en el otorgamiento de áreas de exploración, en el citado país,
a las solicitudes presentadas por Hispanoil siempre y cuando las
mismas sean competitivas con
las formuladas
por otras compañías".
España,
en esa misma fecha, concedió a Guinea un crédito de
diez millones de dólares, libres de cualquier
impuesto, cargo o comisión, en veinte años, incluyendo cinco de
carencia, con un tipo de interés del 3 por 100 anual. El
Gobierno español se comprometió
también a construir en Malabo una Escuela de Capacitación
Agraria, valorada en unos 25 millones de pesetas.
Aunque
habían surgido algunos roces, que los funcionarios españoles achacaban a los elementos pro—soviéticos
enquistados en la Administración guineana, las cosas parecían
ir bastante bien. José Luis
Leal y los altos funcionarios del Gobierno español
preferían siempre tratar con Salvador Elá. Le
consideraban, un hombre firme y serio, además de
bastante capaz. Un ministro español llegó a decir que era
una suerte tener que negociar con Elá, "el tuerto en el país
de los ciegos". Seguramente por esta razón, Obiang lo
alejó de Malaba muy pronto, perdiendo así una persona muy necesaria para esos
primeros momentos de reconstrucción. El presidente lo envió
de embajador a Pekín y luego pasó a encargarse de la Embajada ante la OUA,
con sede en Adis Abeba, donde seguía en 1988.
En
Madrid comenzaba a prepararse un viaje de los Reyes a Guinea,
con la idea de dar un nuevo apoyo al Gobierno de Obiang
Nguema y un impulso a la cooperación entre los dos países.
Ya había presentado
cartas credenciales al Monarca español el nuevo embajador
de Guinea. Alejandro Evuna Owono Asangono.
A
mediados de noviembre surge de nuevo la cuestión del envío
de tropas españolas a Guinea. El corresponsal de ABC
enviado a las
maniobras militares conjuntas hispano—norteamericanas "Crisex—79"
afirma que una gran parte del Tercio de Armada, infantes
de marina con cuartel en Cádiz, y dos de las banderas del
Tercio Juan de Austria de la Legión, acuarteladas, en Fuerteventura,
saldrán casi de inmediato a Guinea. Según el periodista,
el objetivo es disuadir a la URSS de la idea de mantener
su base en Luba. Añadía que se había descartado la idea de
enviar a la Guardia Civil -ya estaban en Guinea algunos policías
nacionales— y que con la llegada de las tropas españolas a
Malabo regresaría a Marruecos la unidad de este país
llegada en septiembre.
La misma información anotaba que los transportes de ataque
"Aragón", "Castilla" y
"Galicia" trasladarían a los infantes de marina y
a los legionarios a Guinea, todo con la anuencia
de Francia, Marruecos. Camerún y Gabón.
Parece
que algo de esto se había hablado en círculos castrenses y
con cierto entusiasmo, por cierto, entre varios mandos. El
periódico reconocía, en recuadro aparte, que
fuentes oficiales habían desmentido a ABC las
informaciones, obtenidas de medios
militares, aunque precisaron que en los acuerdos hispano-guineanos
estaba prevista la ayuda militar española a petición del
Gobierno de Malabo. Todo esto denota un cierto interés español,
cuando ya es muy tarde pues la unidad marroquí no pensaba
marcharse de Guinea.
ABC afirma que Suárez se había reunido el día 9 de
noviembre con su ministro de Defensa y que en una
reunión entre el presidente del Gobierno y el líder de la oposición,
Felipe González, se había hablado de Guinea. Además, el
ministro de Industria guineano había declarado unos días
antes en
Las Palmas que el posible envío de unidades militares españolas
a su país podría servir quizá para garantizar la seguridad
del Rey en su próximo viaje a Malabo.
Con
el fin
de preparar el viaje de los
Reyes, ya fijado entre
los días 13 y 16 de diciembre, llega a Malabo el ministro
español de Transportes y Comunicaciones, Salvador Sánchez
Terán, acompañado
de nuevo por Robles Piquer. El ministra español firma un
convenio de transporte marítimo, la concesión de un nuevo crédito
de cuatro millones de dólares que debería emplearse en bienes
y servicios españoles para diversas obras de
infraestructura como contrapartida por las facilidades de
pesca, un
convenio de transporte aéreo y mantenimiento de
aeropuertos, otro de telecomunicaciones y un estatuto de los expertos españoles.
Excepto el último de los acuerdos, el resto los firma por
Guinea Eulogio Oyó Riquesa, entonces ya gobernador militar
de Bioko y miembro
del Consejo Militar Supremo.
Hasta
ese mes de diciembre, además de los créditos concedidos,
España había destinado a la ayuda para Guinea mil millones
de pesetas en donaciones diversas, incluidos los fletes en
barcos o aviones. Se habían enviado ya 40 toneladas de alimentos
y medicinas y otros productos, como uniformes militares o
fotografías oficiales del teniente coronel Obiang Nguema, y
ya estaban
destinados en Guinea dos Aviocar para garantizar el enlace
aéreo entre Malabo y Bata.
En
un análisis de la situación elaborado por Juan Carlos Algañaraz,
tras definir las angustiosas necesidades alimenticias y
sanitarias
y explicar los planes de emprender proyectos de cooperación
en áreas muy diversas, se decía que era factible
una recuperación
económica de Guinea, debido a los casi 20 millones de
dólares de reservas con que contaba el país africano en el
momento de la caída de Macías, a que su deuda externa era
prácticamente
nula y a las posibilidades de recuperar las exportaciones de cacao, café y madera. La gran esperanza era entonces
el petróleo y se decía que "con un sistema
arancelario que la equipare a Canarias, Andorra o Hong Kong,
Guinea Ecuatorial puede constituirse en un provechoso cruce
de caminos de grandes rutas comerciales".
Era
la primera ocasión que se presentaba a España en su historia
moderna, a juicio del periodista de Cambio-16, de enfrentarse
"con un desafío como el que ahora comienza a desarrollar
para auxiliar a los ecuatoguineanos en su reconstrucción".
El optimismo del momento queda reflejado en las palabras
expresadas por una alta fuente del Ministerio de Hacienda:
"no permitiremos que ningún grupo de intereses monopolice
este esfuerzo común que compromete al pueblo español para
beneficiar, exclusivamente, al pueblo ecuatoguineano".
Fue una lástima que tan
buenas intenciones se vieran reducidas a la nada
por la inexperiencia, la incapacidad y la corrupción.
En
este ambiente de optimismo y esperanza se inicia la visita
de los Reyes de España a Guinea, primera de un jefe Estado
español a la antigua colonia, pues es bien conocida la
aversión de Franco a los aviones. Para paliar en parte el
gravísimo problema del alojamiento de los españoles, tanto
los que
iban llegando para. desempeñar diversos cometidos
como los estaban
relacionados con la visita real, se encontraba ya en el puerto
de Malabo el Ciudad de Pamplona, buque mixto de carga y pasaje
de la Compañía Transmediterránea, habilitado como hotel flotante.
Los
Reyes se encontraron un país destruido sin moneda que tuviera
una cotización internacional, con la producción paralizada,
graves carencias alimenticias, sanitarias y educativas
y todavía con un elevado número de exiliados, pues muchos
de ellos no se habían atrevido a regresar a Guinea,
especialmente las élites preparadas que se encontraban en
España y
otros países europeos. La comida y bebida para los diversos
banquetes y recepciones la llevaron en el DC-8 de la Fuerza
Aérea Española,
igual que otros detalles como ropa de cama. Aunque las
autoridades españolas deseaban que los monarcas durmieran
en la residencia del Embajador, los guineanos se empeñaron
en que lo hicieran en el antiguo Palacio del Gobernador,
rebautizado por Macías
como Palacio del Pueblo, de la antigua plaza de España, ahora
de la Independencia.
Aquella
visita pudo haber servida para dar realce a un gran proyecto
del Estado español. Por lo pronto, los españoles se enteraron
de que en Guinea faltaba de todo y que, por las dimensiones
del país y por el número de sus habitantes, a España le
sobraba capacidad para poner aquello en funcionamiento. En todos
los medios de comunicación se repetía que su superficie
era menor
que la de Galicia y su población, inferior a 300.000 habitantes,
parecida a la de Córdoba.
Además
de algunas consideraciones de carácter político, como podía
ser la deuda moral que había adquirido la metrópoli al
abandonar el país en manos de un loco o el ser el
único país africano
de habla hispana, estaba claro que España podía lograr una
rentabilidad con su cooperación en Guinea. En primer lugar,
si
las cosas salían bien, el resto de los países africanos podrían
recobrar la imagen que tenían de España cuando su única colonia
del África negra era un modelo, con una de las rentas per cepita
más altas del continente y con unas aceptables relaciones entre
negros y blancos. Lo de Macías podía convertirse en un borrón
a olvidar y España vería facilitada su entrada en los mercados
africanos. Los empresarios españoles también podían haber
convertido a Guinea en el trampolín situado en el punto
estratégico para iniciar proyectos en el continente negro.
Los pesqueros
españoles que faenaban en toda la costa occidental de África,
hasta el cabo Buena Esperanza, podrían haber encontrado un
puerto seguro y una base en la que se habla el mismo
idioma. Todo
esto sin olvidar las riquezas naturales de Guinea, su cacao,
café,
madera y pesca, o tesoros descubiertos más tarde, como el petróleo
o los minerales, y los intereses que allí
tenían muchos españoles,
la mayoría con la posibilidad de regresar para recuperarlos
si se lograba una evolución favorable de los
acontecimientos y se podía obligar a Obiang a cumplir sus promesas
de devolución de estas propiedades.
Don
Juan Carlos y doña Sofía se dieron cuenta de la
miseria que sufrían los guineanos cuando casi los
arrollan en el puerto de Bata, mientras intentaban presidir
un reparto de víveres llegados en barco desde España. Una
muchedumbre de unas 15.000
personas? que durante la tarde se habían
congregado en la plaza del Reloj de Bata —la misma en la
que Macías acostumbraba a insultar
a España y a sus gobernantes hasta que, en 1977, esto motivó
la ruptura de relaciones diplomáticas- para escuchar a don Juan
Carlos y ver por primera vez al nuevo presidente de la República.
Obiang, en aquel primer contacto con su gente fang de Río
Muni, se permitió hacer un chiste al decir que ahora que habían
desaparecido "los dos franciscos", por Franco y
Macías, las
cosas iban a mejorar, "pues han finalizado dos regímenes
de tiranías
y miseria".
La
visita vino muy bien a Obiang, que cuatro meses después del
golpe se sentía mucho más suelto y parecía que le estaba cogiendo
gusto al poder, tanto para mejorar su imagen entre sus compatriotas
como entre sus vecinos. Los miembros del séquito real,
entre quienes se encontraban los ministros de Exteriores, Marcelino
Oreja, y de Economía, José Luis Leal, comentaban que el Gobierno
pensaba plantear un plan global de cooperación en el Parlamento,
para obtener un consenso general en este asunto y poder
incrementar el exiguo presupuesto destinado en un principio
a la cooperación internacional. En ese momento todavía se comentaba
que España, además de enviar asesores .militares, podría mandar
fuerzas de seguridad.
Pero
los más sensatos veían que la presencia marroquí era un tremendo
handicap, no sólo para una posible cooperación militar española,
sino para el conjunto de las relaciones entre la metrópoli
y su ex-colonia. Los marroquíes cumplían con gran eficacia
su tarea de proteger a Obiang,
pero jamás se plantearon colaborar
en la reestructuración de las Fuerzas Armadas guineanas o
al menos, introducir un mínimo de disciplina en el Ejército.
Los
militares guineanos, igual que la policía que ya tenía
asesores españoles, seguían dando continuas muestras de
abuso de poder, debido a sus costumbres adquiridas durante
el régimen anterior. Además, en esos primeros meses apenas
si se había organizado
nada en serio. La Administración seguía siendo un caos.
España no había respondido a la solicitud de respaldo del ekuele,
ni a la petición que reiteró Obiang a los Reyes, de hacerse
cargo del Presupuesto guineano durante cinco años. Apenas firmado
el acuerdo de telecomunicaciones no estaba claro si Guinea
iba a seguir dependiendo del enlace por satélite contratado
a una empresa italiana por Macías. Guinea se ponía en manos
de España, y ofrecía a España un trato preferente, pero
el Gobierno de Madrid no
sabía que hacer con el país africano.
En
la prensa se decía que algo tan importante como el presupuesto
guineano no suponía una cantidad exagerada de dinero. Las
autoridades guineanas habían calculado que ascendería a
unos 2000 millones de pesetas, de los que el Estado africano podía afrontar
un tercio. María José Francés recordaba en Ya que
una empresa
pública como RENFE tenía un déficit crónico de
unos 80000 millones de pesetas. Unas semanas mas tarde se
aprobó un presupuesto
para 1980 que se elevaba a 2025 millones de
bikuele de gastos y 1951 millones en ingresos, cuando
el ekuele todavía valía una peseta. Este presupuesto,
considerado como "razonable" por los expertos, dedicaba a la sanidad, la
educación y el Ejército más de la mitad de sus gastos. Los
ingresos debían obtenerse fundamentalmente por los derechos
de aduana (un 75 %) y por la venta de mercancías chinas (un 15 %). Fue un
presupuesto muy elemental y simplificado, en el que todavía no
se preveían ingresos por impuestos directos, pero se
convirtió en algo importante: uno de los primeros intentos
de reorganizar el Estado guineano.
Obiang
seguía repitiendo que pronto habría elecciones y a
preguntas de los periodistas españoles sobre el apoyo
anterior de Guinea a los saharauis, respondió que el
Consejo Militar Supremo "tiene constancia de que
las fronteras históricas de Marruecos se extienden
hasta el río Senegal". Hasán podía estar contento, era
el
voto en la OUA que le había salido más barato. Obiang agradecía
la labor de los soldados marroquíes, resaltaba que
no era una
fuerza de ocupación, sino una escolta para garantizar su seguridad,
llamados por él debido a que las tropas guineanas no estaban
capacitadas para ello.
Cuando
terminaba la visita real, don Juan Carlos habló con José
Luis Graullera, que había acompañado a los monarcas en
aquel viaje
pues estaba ya designado por Adolfo Suárez como embajador de
España en Malabo. El Rey animó a Graullera y quizá le
dijo que estaba
a tiempo de arrepentirse. La tarea que debía llevar adelante
el Embajador de España era enorme.