HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 15. JUICIO Y MUERTE DE MACIAS

Hasán II no necesitó mucho tiempo para pensarlo. No comprendía la razón por la que España no había querido enviar tropas a Guinea, pero él no iba a dejar pasar la ocasión. Vio que unas decenas de soldados bastarían para controlar al país africano y, además de extender su influencia en el continente, suponía un voto más .en la OUA, donde la República Árabe Democrática Saharaui (RADS) había logrado importantes avances diplomáticos.

Macías ya estaba en Malabo y el juicio a punto de iniciarse. Aunque casi nada estaba preparado, el presidente Obiang deseaba que todo estuviera terminado antes del 12 de octubre, para poder celebrar con tranquilidad el undécimo aniversario de la independencia, el primero tras el "golpe de libertad", como le gustaba llamarlo al teniente coronel.

Sánchez Jara había salido de Guinea y Juan Bautista de Andrada, primer embajador de España ante el nuevo régimen, había presentado cartas credenciales. Fue una lástima, pero Severino Mansur Jorge, el embajador de Cuba, se adelantó cuatro días al representante español y le quitó el privilegio de ser el primer diplomático en entregar las cartas de acreditación ante el presidente del Consejo Militar Supremo, cosa que Andrada hizo el 3 de septiembre. Según opinaba un editorial de El País casi cuatro años después, al comentar las causas del fracaso de las relaciones que entonces comenzaban, aquel primer embajador era "un funcionario a punto de jubilarse, encargado de una rutinaria tarea protocolaria". Justo lo contrario de la persona que se necesitaba en aquellos momentos.

Cuando Sánchez Jara dijo a Obiang que España no enviaría tropas para proteger al presidente, y darle así la seguridad personal que hiciera posible una estabilidad política, el guineano acudió al Rey de Marruecos. El viernes 21 de septiembre aterrizó en el aeropuerto de Malabo un Hércules de la Fuerza Aérea de Marruecos con el color de la arena del desierto. Un centenar de soldados comenzaron a descargar petates y otros materiales de la panza del poderoso avión de transporte. Llevaban sus armas personales. Fue. una de las primeras sorpresas que se llevaron los diplomáticos españoles destinados en Guinea. La situación era de tranquilidad, pero todavía estaba vivo Macías y corrían rumores de intentos de liberar de la prisión al ex-presidente.

El vicepresidente del Consejo Militar Supremo, Florencio Mayé, trataba de propagar en Madrid las bondades del régimen recién creado y, repitiendo las palabras de Obiang, ofrecía a los exiliados la posibilidad de regresar al país y trabajar en favor de la reconstrucción nacional» El astuto primer ministro de Exteriores del nuevo régimen reconocía su anterior apoyo a Macías, pero aireaba su participación en el derrocamiento y captura del dictador. El hasta muy pocos días antes comandante de Marina de Bata manifestaba que todos los que trabajaban con Macías "cambiamos como un sólo hombre, al ver que las cosas no podían seguir por aquel camino".

Lo más urgente era terminar con "Su Excelencia". Con los marroquíes la situación cambió para Obiang. Sus compatriotas se acostumbraron rápido a ver al "jefe" rodeado por unos soldados blancos, de pelo rizado y cara de pocos amigos, que golpeaban sin contemplaciones a quien se acercara al presidente más de la cuenta. El lunes 24 de septiembre comenzó el juicio del siglo en Guinea. El escenario iba a ser el decrépito y destartalado cine Marfil, donde faltaba pintura por todas partes, caía el agua por numerosas goteras en el patio de butacas y estaban rotos muchos de los asientos.

En el estrado se encontraba el presidente del Tribunal, el capitán Eulogio Oyó Riqueza, acompañado por los vocales. En un lado, solitario en un pequeño pupitre, José Luis Jones Dougan, el fiscal, encendía cigarrillos sin parar. Enfrente de él se situaba el abogado defensor de Macías, Eloy Eló, y el del resto de los acusados, Alfredo Thomas King. Los marroquíes estaban desplegados por el cine y las proximidades. Las puertas del local se abrieron para quien quisiera presenciar el acontecimiento. Sólo entraron los más valientes. Dos docenas de blancos destacaban entre los guineanos, la mitad periodistas y la otra mitad diplomáticos y un observador de la Comisión Internacional de Juristas, con sede en Ginebra, el uruguayo Alejandro Artucio. En la mesa del tribunal había un crucifijo y una bandera guineana. Al fondo del escenario, sobre la pared blanca en la que se proyectaban antiguamente las películas, una gran enseña nacional dejaba ridículamente minúsculo un retrato del nuevo presidente, en el que se clavaban los ojos de Macías como si no acabara de creer que Teodoro, su sobrino, le había traicionado.

Macías entró como agobiado y hundido. Llevaba una camisa naranja, pantalón azul y unas zapatillas de lona que no le ayudaban a mejorar la imagen. Conservaba una venda en su antebrazo izquierdo, que cubría una herida que se produjo al huir por la selva al verse derrocado. Muchos de sus allegados aseguran que él siempre decía: “el que gana, gana, y el que pierde, muere”. Había un silencio tenso y expectante.

Un vocal leyó el sumario, redactado apresuradamente pues apenas había pasado un mes desde la captura del "Tigre", en el que se acusaba al ex-dictador de genocidio, violación de los derechos humanos, malversación de fondos públicos y traición al pueblo guineano. Macías se iba encolerizando por momentos. Sus gestos iniciales fueron como de extrañeza, pero algo más tarde empezó a negar lo que escuchaba y a repetir a media voz "mentira, eso es mentira". Buena parte del sumario eran sus declaraciones previas. Aseguró que los únicos incidentes graves que se habían producido durante su mandato fueron los del golpe de estado de marzo de 1969, financiado con 50 millones de pesetas por España. Afirmó desconocer los asesinatos y torturas que se cometían en las prisiones durante su mandato, así como otros excesos. Pidió clemencia a los nuevos gobernantes y que le restituyeran sus tierras y propiedades para poderse retirar al distrito de Mongomo con su familia. Lanzó varias cargas de profundidad contra Obiang, pues aseguró que se encontraba muy satisfecho de que uno de sus más fieles servidores fuera el nuevo presidente de Guinea.

Varios miles de personas seguían el juicio desde las calles cercanas al cine y desde el estadio de fútbol que se encuentra junto al mercado de Malabo gracias a un rudimentario sistema de megafonía. En un principio escuchaban en silencio, pero poco a poco la población expresaba sus sentimientos con más intensidad según transcurría la vista, contagiando también a quienes estaban en el interior de la sala.

Macías pareció no inmutarse cuando la población rió abiertamente al decir que no debía verse sólo lo malo, "sino también lo bueno que hice en estos años". Lamentó que muchas de las obras planeadas fueron cobradas sin haberse realizado y citó, entre otros casos, a la empresa española de construcción Escuder y Galiana, un avión pagado a la URSS y no entregado, cemento que debía llegar de Polonia o las boyas gabonesas para el puerto de Bata jamás recibidas.

José Luis Jones, que ya en la primera sesión dio muestras de no poder controlar sus nervios ni desempeñar con dignidad el difícil papel que le había tocado representar, comparó a Macías con Hitler y con Idí Amín Dada, el dictador loco de Uganda, y le acusó de ser un criminal de guerra por haberse resistido al golpe, motivando así la muerte de varios guineanos, según relata Perú Egurbide, uno de los miembros españoles de la "tribu" que asistieron al proceso. Jones había estudiado derecho en la Universidad de Oviedo y amplió conocimientos jurídicos en la Universidad de Deusto. Los últimos años de la dictadura de Macías los pasó en la cárcel de Blabich.

Macías fue llamado a declarar el segundo día del juicio. El ex-presidente, que había recobrado buena parte de su prestancia, alzaba la cabeza y lanzaba miradas desafiantes contra los miembros del tribunal, los diplomáticos extranjeros, especialmente el embajador Andrada, y el público de las primeras filas. Muchos no eran capaces de aguantar esas miradas y desviaban sus ojos hacia el suelo.

La actitud histérica de Jones realza la posición de Macías quien responde a sus gritos con las palabras "la justicia no es violencia", relata Rafael Fraguas en El País. Macías niega las inculpaciones y el interrogatorio fue convirtiéndose en un gran guirigay entre acusaciones, negaciones, relatos espeluznantes de atrocidades, cuestiones políticas, insultos personales que se mezclaban con situaciones surrealistas o tragicómicas que hacían estallar de ira o de alegría a la población guineana que seguía el juicio.

Acompañaban a Macías en el banquillo de los acusados, aunque algo separados, Bienvenido Micha Nsué, sobrino de Macías y jefe de su guardia personal, Norberto Nsué Micha, ex-director general de Seguridad, Santiago Nsué Bela, ex-director de protocolo, Alberto Ndong Ayang, el cartero de Mangomo a quien Macías hizo ministro de Cultura, Miguel Eyegue, ex-gobernador de Río Muni y ex-vicepresidente del Gobierno, Salvador Ondó Elá, sargento jefe de la cárcel de Malabo, Fortunato Nsono, ex-director de la cárcel de Bata, el alférez Pastor Nsué, ex-director de la cárcel de Nzangayong, Todos trataban de eludir responsabilidades, aunque para ello tuvieran que acusar a "Su Excelencia".

En un momento determinado, el fiscal pierde los estribos y se le cae la toga. No soporta la tensión y siente que los fang le están utilizando a él, que es fernandino y tiene una cultura superior, educado en el seno de una de las pocas familias que se podían considerar de la burguesía guineana, para terminar con el tirano. Con mucha más habilidad, el presidente Oyó, un bubi, supo conducir el juicio. El único fang entre los papeles estelares lo desempeñaba el defensor Eló. Las personas que intervienen en la vista se confunden repetidas veces y llaman presidente a Macías. Otras veces le tratan de "excelencia" o ex-presidente, hasta que poco a poco se va imponiendo el "señor Macías".

"El Tigre" experimenta ciertos altibajos. En ocasiones parece que recupera su dignidad y que no es a él a quien se juzga. Otras veces se hunde. En algunos momentos se hace el loco o acentúa su sordera y obliga a que le repitan las preguntas o se las traduzcan al fang. En realidad, el proceso es una afirmación del hispanismo que tanto combatió Macías. Todos los miembros del tribunal se habían educado en España y se utilizó el Código de Justicia Militar  español, a falta de otra legislación vigente.

El miércoles prosiguen las declaraciones e interrogatorios y ya el jueves el fiscal solicita una pena capital por cada una de las muertes cometidas por orden de Macías, cifradas en más de 500. Pide también treinta años de cárcel para cinco de sus colaboradores y cuatro para otros dos.

Cuando Oyó da la palabra a Macías para que se defienda, el ex-presidente logra provocar el enfado de la población. Quienes están en la sala y en las proximidades levantan la voz y le insultan al escucharle decir que no es responsable de las muertes ocurridas después del golpe de 1969. Macías se vuelve a la sala y ordena silencio al público, como si todavía tuviera poder. Luego, con desprecio, se dirige a quienes le acompañan en el banquillo de los acusados. Según relata Fraguas, un Macías altivo asegura que "es falso que yo ordenara esas detenciones masivas. Cada uno de ellos hacia uso a su antojo de sus facultades. Los episodios de la cárcel y de las muertes corresponden por completo a ellos. Yo no tenía ninguna relación con las cárceles. Mi alta función me impedía preocuparme de baratijasssss como esas".

Utiliza aquel último parlamento para recordar a los guineanos que él ha sido "el único milagro del país" y que lo tuvo que hacer todo, pues Guinea sólo recibió "un poco de ayuda de China y dos aviones de la URSS, pero los hombres verdaderamente revolucionarios son siempre mal pagados por los pueblos.».". Asegura que está en esa situación por "la envidia y el odio de mis enemigos".

Norberto Nsué, al alegar que se consideraba inocente, dijo que si el Tribunal consideraba que él era cómplice, "también lo son todos los demás que trabajaron con Macías", y sus ojos se fueron al retrato del teniente coronel Obiang Nguema.

Diversos rumores circulan el viernes por Malabo. En algunos sitios se asegura que Macías ha sido liberado, en otros que ha escapado hacia la selva, y por el mercado alguien corre la voz que se ha suicidado... La tensión es enorme. La población guarda silencio en las calles y teme que el tirano se salve y regrese de nuevo con más crueldad. El dictador intenta hablar con un funcionario de la Embajada de la URSS, para pedir ayuda. Le niegan esta posibilidad. Posiblemente pensó entonces en su antiguo asesor García-Trevijano. Cuando se dejaba aconsejar  por  el notario español le iban mejor las cosas.

Esa noche se desató una violenta tormenta tropical con vientos huracanados que cimbreaban las palmeras sagradas de bubis. Algunos árboles cayeron al partirse los troncos con un estallido seco, como un disparo, y la población, escondida en sus casas, volvió a sentir miedo.

El sábado por la mañana la expectación es máxima. Se corrio la noticia de que el Tribunal va a dar a conocer veredicto y la población vuela hacia el cine Marfil, Hay continuo ir y venir de vehículos oficiales por la ciudad. A toda velocidad entran y salen en punta Fernanda, donde está la residencia presidencial. El día, 29 de septiembre de 1968, justo once años antes, el hombre que espera sentencia fue nombrado presidente de Guinea Ecuatorial, al vencer en la segunda vuelta de las elecciones. Se preparaba apresuradamente la independencia. Nadie pensaba que en un década el país pudiera estar destruido y la población hambrienta y enferma.

El relator sube al estrado. Se fija en la silla vacía utilizada por Macías los días anteriores. Comprueba que el micrófono funciona. La población estalla en un griterío ensordecedor cuando se entera de que el procesado Macías Nguema ha sido condenado a pena de muerte. Algunos españoles que se encontraban en la ciudad dicen que fue como un trueno prolongado. Ocurrió unos minutos antes del mediodía» Las gentes se abrazaban por las calles. Muchos hombres lloraban. Casi nadie se enteró en ese momento de que otros cinco colaboradores cercanos del ex-presidente compartirían el mismo destino, ni que el tribunal había conmutado la sentencia al cruel Salvador Ondó, que disfrutaba torturando con un perro al que ordenaba morder a los presos. Quizá fue por su edad, superior a los 70 años, o quizá para que siguiera acusando a otros sospechosos. Otros dos acusados fueron condenados a penas de 14 años de prisión» Ese día no se escuchó al gallo que acostumbraba a cantar durante las sesiones de la vista.

El embajador de Francia se sorprende cuando se entera de la sentencia. El único embajador occidental que siguió en su puesto hasta el final cree que conoce bien a los fang y asegura que estos no pueden matar a su jefe, según relata el economista Juan Velarde Fuertes en el diario Ya. Carnet no llegó a conocer el comportamiento de los fang, pero se llevó a Francia la mejor colección de mariposas que hay de Guinea.

El pico Santa Isabel quedó despejado de nubes, cosa muy rara pues su cumbre está casi todo el año cubierta. "La condena a muerte de Masié me cae muy favorablemente", dice un guineano a Rafael Fraguas, quien supo transmitir en sus crónicas de aquellos días la divertida forma de utilizar el castellano en Guinea.

El capitán Oyó se dirigió al Hotel Bahía, que a pesar de su estado deplorable seguía recibiendo clientes debido a su inigualable emplazamiento, en punta Cristina, uno de los dos brazos que cierran la bahía de Malabo... y también porque no había mucho donde elegir. Encargó a Antonio, cocinero del hotel, que preparara seis almuerzos, seis litros de vino y una botella de whisky. El problema de Antonio no era cómo elaborar la comida, sino encontrar los ingredientes. Pero rebuscó en la depauperada despensa  y logró preparar unas judías verdes, unas raciones de carne de lata, plátanos hervidos y algo de piña, según relata Juan Carlos Algañaraz en Cambio 16. Cuando lo tuvo listo, hacia las tres de la tarde, pidió a su ayudante Celestino que le acompañara y llevaron las comidas a la prisión de Blabich, nombre que a todos los guineanos produce sensación de terror. Antonio entró en la celda de Macías y se lo encontró muy alterado. Pero trataba de mantener el aire de autoridad, observó la comida y le dijo: “gracias hijo. No tengo tiempo. Y ya saben que el alcohol no me gusta”.

De todas formas, las comidas no se perdieron» Fortunato Nsono, ex-director de la cárcel de Bata, autor de numerosos asesinatos con sus propias manos, se comió el almuerzo de quienes no podían tragar alimentos, asegura Velarde Fuertes. Según añade el economista, los condenados confesaron y comulgaron. Macías, cuando le llegó el turno, dijo al sacerdotes "Yo no he hecho nada malo contra mi Patria. Por tanto, nada he de confesar, y no confesaré. Pero si alguien piensa que he hecho algo mal, ruego me perdone. Y ahora, padre, ¿le importaría, a pesar de todo, darme su bendición?". Parece que Macías pidió un poco de yuca antes de salir de su celda.

Mientras la población bailaba de alegría y se vaciaban botellas de “malanga”, un destacamento militar, siempre bajo la supervisión de los marroquíes sacó a los condenados de sus celdas de Blabich. Allí mismo, en el patio, se formó un piquete de ejecución con 21 soldados voluntarios de diversas etnias. Algunos gritaron que eran inocentes, que sólo obedecían ordenes. Macías les miró con desprecio. Pasaban unos minutos de las cinco de la tarde y el sol estaba muy caído.

“El dictador dio un pequeño paso adelante y habló en fang, con el rostro eclipsado por la turbación, el orgullo y el miedo. Pregonó su inocencia y pidió ayuda para los suyos. Las palmas de sus manos estaban vueltas hacia atrás, como dicen que los hechiceros las ponen antes de emprender el vuelo. Su voz ronca fue acallada por un oficial. Sonó una descarga potente, que al instante se alejó hacia el mar. Los seis cuerpos se arrugaron hacia adentro. El de Macías tardó en caer al suelo y allí recibió el tiro de gracia”, según relata Rafael Fraguas, basado en lo que le contaron los testigos de la ejecución.

En la caja de un camión llevaron los cadáveres hasta el cementerio de Malabo, que queda a la izquierda del camino que sube hacia Rebola, no lejos de Blabich. Los mismos soldados que dispararon contra los condenados tuvieron que cavar una gran fosa, fuera de las tapias del cementerio, y allí enterraron los seis cadáveres, sin dejar ninguna señal.

Esa noche fue la locura. Los guineanos podían celebrar ya sin temor la muerte del “Tigre” y Obiang se sintió presidente por primera vez.

 

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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