HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Capítulo 14. EL TIGRE, CAZADO

Poco a poco, diversos países iban dando su apoyo a Obiang, mientras España se volcaba con el nuevo régimen, que parecía vivir un proceso irreversible, aunque en Guinea, según se iba cerrando el cerco sobre "el Tigre", en lugar de dar la impresión de estar más acorralado, crecía el mito. No se hablaba de otra cosa y apenas interesaba lo que decía el nuevo Gobierno. Los guineanos, imbuidos de creencias africanas que mantenían la influencia de los poderes ocultos, la magia de los hechiceros, la medicina del país, pensaban que "papá Masié" podía resurgir y entonces sería de nuevo el horror y todos sufrirían espantosas palizas, especialmente quienes más habían celebrado su caída. Teodoro estaba preocupado. Era necesario atraparlo.

Una buena noticia fue la captura de Bienvenido Micha, sobrino del dictador. El doce de agosto los perseguidores encontraron unas ropas y algunos efectos personales de Macías, al sureste de la carretera entre Mongomo y Ebebiyín, no muy lejos de donde había abandonado su Land Rover, y en dirección hacia la frontera con Gabón. Por la mañana del día 13 se descubrieron dos bolsas y una maleta llenas de medicinas, y el Kalasnikov que le regaló Fidel Castro. En el mismo lugar quedaban restos de un desayuno abandonado precipitadamente. "El Tigre" no podía estar lejos. El 15 de agosto fue capturado el capitán Micha, jefe de la guardia personal de Macías, el último que se mantenía fiel al presidente derrocado, cerca del poblado Abam-Eba y a sólo una decena de kilómetros de la frontera. En la captura resultó lesionado y fue hospitalizado en Oyem, localidad gabonesa, donde se comentaba que "el Tigre" había herido a un sargento del Ejército guineano que intentaba detenerlo.

Macías llevaba más de una semana en la selva, acompañado por medio centenar de soldados. Algunos guineanos afirmaban que jamás lo encontrarían, pues "se ha convertido en un animal salvaje para seguir haciendo correr la sangre de las personas". Otros aseguraban que una avioneta había aterrizado en un claro de la selva para sacarlo del país, hasta que pudiera regresar con unos mercenarios pagados con el dinero que tenía en Suiza.

Mientras, los periodistas han podido llegar hasta la última residencia del "Tigre" y transmiten a España terribles relatos que confirman la idea que se tenía sobre la barbarie que reinaba en Guinea. En la verja del palacete de Nzangayong, en las puertas de la casa, en la matrículas de los Mercedes oficiales y otros vehículos presidenciales se ven las iniciales MNBÑN que corresponde al nombre que le gustaba utilizar, Masié Nguema Biyogo Ñegué Ndong, y numerosas flores de lis, para el dictador símbolo del poder desde que el rey Juan Carlos subió al poder en España, junto al gallo que utilizó como emblema electoral en 1968.

El médico personal de Macías, Agustín Loery, a quien el golpe le salvó pues se encontraba condenado a muerte, asegura que el ex—presidente es un "loco secular". El doctor afirma que la región de Mongomo ha quedado devastada y que la mayoría de sus habitantes ha huido. Muchos han muerto al cruzar a nado el río que separa a Guinea de Gabón. En Mongomo se han registrado en los últimos meses epidemias de poliomielitis, tifus, sarampión y tos ferina. En el país hay dos millares de casos de lepra y la filaria está muy extendida. Los niños tienen síntomas de raquitismo y los vientres abultados, debido a la pobre alimentación y a los gusanos intestinales que los devoran por dentro.

Un soldado que participaba en la búsqueda de Macías dijo a Rafael Fraguas que era imposible matarle, pues llevaba un collar que le protege de las balas. "Puede pincharse con una hierba y se convierte en pájaro. De este modo va a otro lado del bosque a alimentar a una parte de sus hijos. El elefante que nació a la misma  hora que él puede vengarle si le pasa algo. Tal vez sea mejor que vaya a Gabón y se lleve con él su medicina. Es muy diabólico. Camina con su bastón negro por la selva y va rechinando los dientes. Malo acercarse”, decía el soldadito guineano.

En el palacio de Nzangayong encuentran sus bastones de ébano con incrustaciones de marfil con los que rompía cabezas a diestro y siniestro. Los retratos de Macías son golpeados o arañados con las bayonetas, en tardía venganza, por los soldados. Así se sienten más seguros. Los reporteros, tras haber viajado los 230 kilómetros que hay entre Bata y el distrito de Mongomo, van encontrando los pequeños tesoros del dictador: su portafolios de piel con las iniciales grabadas en oro, repleto de preservativos, una carta de su hijo Teonesto desde Cuba, informes de la policía política, textos de discursos, lencería parisiense de la bella Ngale -la última de sus amantes-, medicinas, agendas» partes de la guardia, una camiseta con su efigie grabada, resúmenes de la prensa española, catálogos turísticos de Camerún, una pelota naranja, maletas llenas de ropa, perfumes con olor a jazmín fabricados en China.

El relato de Fraguas se hace delirante. Los periodistas se detienen ante la cama de caoba del dictador, todavía con la ropa revuelta como si acabara de ser abandonada. El dinero ya ha sido recogido. Dicen que encontraron mil millones de bikueles, moneda que antes de estar tan devaluada equivalía a la peseta española, y muchos billetes de divisas extranjeras. En el patio están aparcados dos de sus Mercedes,  que nadie se atreve a tocar. Algo más retirada está la “casa-bidón”, el lugar donde torturaba a sus prisioneros y los dejaba morir de gangrena, hambre y sed tras haberles pegado sin piedad. En todas partes el ambiente es pesado y reina el silencio. Casi no se ve la población.

Le buscaban en la selva y apareció cerca de Mongomo, a escasos metros de la aldea de su madre, Noankien. Como una fiera herida, regresó a la querencia de su pueblo natal. Posiblemente esperaba encontrar allí refuerzos. Quizá estaba perdido, es posible que se hubiera dado cuenta de que ni sus “hermanos” Bongo, de Gabón, o Aidyo, de Camerún, le iban a dar asilo político. Quizá pensó que todavía iba a poder recuperar el poder. Conocía a Teodoro y sabía que su sobrino no tenía demasiado carácter. Una mujer lo vió cerca del poblado, en la linde con la selva, y avisó a los soldados. Ya no pensaba en huir. Estaba agotado, hundido, con una pequeña herida en el antebrazo izquierdo, descalzo. Solo le quedaba su mirada arrogante, orgullosa. "No sé por qué me queréis perseguir, cuando yo os he dado todo mi dinero", repetía Macías.

"El Tigre" ha sido capturado vivo. La noticia vuela. Fue el día 18 de agosto, a las catorce horas y diez minutos. Teodoro puede respirar tranquilo. Claro que ahora habrá que juzgarle y todavía puede ocurrir de todo.

Florencio Mayé informa que lo han llevado prisionero a Bata. Obiang piensa en repartir cargos y formar Gobierno. Ya puede empezar la fiesta y el "balele". Los bubis de la isla se vuelven locos de alegría, aunque algunos recuerdan que todavía está vivo.

El lunes, 20 de agosto, por la mañana, Obiang llama a Sánchez Jara. Obiang está preocupado con el asunto de Macías. Pregunta al diplomático si van a llegar pronto los aparatos Aviocar que ha prometido España para servir de enlace entre Malabo y Bata y si en uno de ellos se puede trasladar al ex-presidente hasta la capital. Obiang no sabe qué hacer. En algunos momentos piensa que sería mejor expulsar a Macías del país, pero sus asesores le dicen que hasta que el dictador no muera no podrá gobernar con tranquilidad.

Cuando Sánchez Jara regresa a la Embajada por la tarde se lleva una sorpresa. Acaban de llamar por teléfono. Obiang desea verle inmediatamente. En aquellos primeros días los contactos eran frecuentes, pero si ha habido una entrevista por mañana...¿Qué habrá pasado?

Normalmente Obiang recibía a Sánchez Jara en la sala de guardia de oficiales del palacio. Era un cuarto pequeño bastante oscuro. Siempre había testigos y tomaban nota de todo lo que se hablaba, aunque fueran noticias intrascendentes. Pero en aquella ocasión, Obiang ordenó que los dejaran solos. Se sentaran juntos en el mismo sofá. El presidente recuerda que ya había hablado de una posible cooperación española en materia de defensa y seguridad y formalmente solicita que España le preste la protección que cree necesita. "Yo sé que la policía española es muy buena, porque Franco no ha tenido atentados. Estoy rodeado de gente en la que no confío plenamente. Hay muchos hipócritas a mi alrededor y así no puedo trabajar. Necesito sentirme seguro. Es muy importante para mí", dijo Obiang al diplomático español.

El militar parecía todo menos el presidente de una nación soberana. Sentía miedo físico y deseaba tener un mayor respaldo antes de afrontar el juicio de Macías. Por otra parte, son muchas los estadistas africanos que cuentan con una guardia extranjera para garantizar su seguridad personal. Francia tiene tropas en varios países de la zona y los israelíes tienen gran prestigio como asesores de seguridad.

Sánchez Jara le dijo que tenía que consultar con Madrid. El guineano estaba como agobiado. Deseaba saber cuándo respondería España a su petición. El también arriesgaba. Algunos compatriotas suyos odiaban a los españoles. Le urgía solucionar ese problema.

El encargado de negocios tenía razones para pensar que su teléfono estaba controlado. Vuela a Duala y, desde una cabina pública llama a Robles Piquer. 

-         Embajador, la situación es muy fluida en Guinea. No hay nada atado y todo puede cambiar. Considero que tenemos que responder positivamente a esta petición del presidente.

-         Antonio, ¿no crees que puede ser arriesgado?

-          Mira, embajador, yo pienso que compensa correr un mínimo riesgo. Se trata de una cuestión clave,  que nos puede facilitar muchísimo las cosas en todos los demás sectores y llevar nuestros asuntos en Guinea desde una posición de firmeza, que considero necesaria.

-          De acuerdo, Antonio. Espera allí y yo te respondo mañana con un si o con un no.

Robles Piquer llamó inmediatamente a La Moncloa. Explicó la situación y dijo que había que tomar una decisión urgente, para transmitirla al encargado de negocios. Adolfo Suárez consultó con los militares. Políticamente él pensaba que podía ser una medida acertada. En un primer momento, se pensó en la Legión. Además, de esta forma se encomendaba una misión a este cuerpo que no se sabía muy bien que hacer con él tras su salida del Sahara. Quizá por este planteamiento se complicó la operación. El desplazamiento de la Legión podía tener cierta connotación, de intervención neocolonial. Es posible que hubiera sido más acertado pensar en una compañía de la Reserva de la Policía.

Surgieron inconvenientes. La Armada no estaba segura de poder garantizar un apoyo naval a las unidades que se desplazaran a Guinea y les preocupaba el problema de las comunicaciones. La aviación consideraba que España no tenía una presencia suficiente en África como para gestionar los a veces latosos trámites necesarios para obtener los permisos de sobrevuelo en algunos países del continente negro, especialmente para aviones militares. Suárez no había llegado a su momento más débil, pero ya estaba muy atento a la oposición y temía tomar cualquier decisión que pudiera causarle problemas. El PSOE le acusaría de neocolonialista, según supo una persona de su entorno que hizo una gestión discreta ante un alto miembro de la Ejecutiva socialista. Suárez también pide conseja al ex—ministro José María de Areilza, quien desaconseja la operación. El político y diplomático recuerda el problema que encontraron los franceses al enviar tropas al Chad.

Por otro lado, Adolfo Suárez estaba sufriendo ya los rigores de la crisis económica, el desempleo se estaba disparando, la inflación era de dos dígitos, trataba por todos los medios de que la CEE aceptara la solicitud española de ingreso y ya había conversaciones para una posible adhesión a la OTAN. Demasiados asuntos importantes para un país que vivía un complejo proceso de transición de una dictadura a una democracia.

Sánchez Jara aprovechó su estancia en Duala para hacer algunas compras. La ciudad camerunesa es caótica y polvorienta, el calor es agobiante y llueve con abundancia, pero la numerosa colonia francesa sabe divertirse en ella. El diplomático se alojaba en el Novotel, que no tiene nada que envidiar a los hoteles más confortables del mundo. Esa noche cenó en el Ackwa Palace, donde los negros vestidos de frak, pero descalzos, sirven los mejores manjares de la cocina francesa. Antes de saborear uno de los deliciosos postres elaborados en las cocinas del hotel, más antiguo que el Novotel pero con más sabor y además situado en pleno centro de la ciudad, se hace difícil rechazar una porción de camembert recién traído de Francia.

El miércoles 22 Sánchez Jara esperaba la llamada de Madrid. No sabía qué ocurría y la razón por la que se atrasaba. Ya había ojeado el Camerún Tribune, el diario gubernamental y único del país africano, donde se vivía una mayor libertad que en otros estados de la zona. Por fin, pasado el mediodía, suena el teléfono de su habitación.

-          Antonio, lo siento mucho,, pero la respuesta es no. Repito, me han dicho que no.

Sánchez Jara se queda helado, pero reacciona inmediatamente.

-         Embajador, perdona pero debo insistir una ves más en la importancia del asunto y el interés del "jefe".

-         Se ha tomado esta decisión al más alto nivel y ya no se puede replantear. Ahora no te lo puedo explicar, pero cuando nos veamos te contaré las razones.

-         De acuerdo embajador, es una lástima...

-          Trata de presentarlo lo mejor que puedas.

Sánchez Jara, al regresar a Guinea, desahoga su enfado con Manuel Piñeiro y con los otros diplomáticos españoles. "No entienden nada. Desconocen lo que es África y toman decisiones sin escuchar a quienes estamos aquí", se lamenta.

Pide una audiencia con el presidente y Obiang le recibe de inmediato, de nuevo sin testigos. Sánchez Jara emplea los recursos que conoce un diplomático para adornar una respuesta negativa. "Caray, yo no estoy seguro con estos aliados", piensa el presidente que tarda en asimilar el mensaje de Sánchez Jara, No puede disimular un gesto de fastidio. Se da cuenta de que no puede contar con España. La antigua metrópoli no es Francia. Obiang se plantea un dilema que le iba a atormentar durante años Madrid o Paris.

Cuando España dice que no puede enviar las tropas, Qbiang pide de nuevo consejo al presidente de Gabón. Salvador Elá había sido el primer emisario del nuevo régimen en conversar con Ornar Bongo. El gabonés le dijo que se buscara una guardia presidencial. Le recomendó soldados españoles, pues si sus relaciones con la metrópoli son buenas, y esto se logra permitiendo la existencia de una economía liberal, que además reporta sustanciosos beneficios a la nueva clase dirigente, se convierten en los mejores defensores del presidenta. El lo sabía por experiencia propia.

Bongo también le había pedido al director general de África subsahariana, Pedro López Aguirrebengoa, quien había viajado a Libreville para explicar la situación al gobernante gabonés y cambiar impresiones con él, que España enviara tropas para proteger a Obiang y garantizar el orden en Guinea.

Ante el rechazo de España, el presidente gabonés considera, que no debe enviar tropas a su vecino, pues recuerda los viejos problemas fronterizos y considera que la situación guineana no es nada estable. Pero Bongo tiene muy buenas relaciones con los países árabes, especialmente desde que se hizo musulmán. Recomienda a Obiang que hable con el rey Hasán de Marruecos, país donde se conoce  a los españoles, e incluso muchos militares marroquíes hablan castellano y tienen gran experiencia militar.

La idea le parece buena a Obiang. Además, no tiene mucho tiempo para pensarlo. El miedo le atenazaba. No quería que comenzara el juicio contra Macías y estar todavía sin protección. No se fiaba de nadie.

Mientras se sucedían estas consultas el problema fundamental seguía siendo "el único milagro", el presidente vitalicio, "el Tigre", ahora enjaulado en la prisión de Bata.

Una periodista española logra introducirse en la cárcel y llega hasta la celda en la que yace el primer presidente de Guinea y el único, hasta ahora, elegido democráticamente. Cuando Macías se da cuenta, increpa al enfermero que le atiendes "ineptos, sois un pueblo de ineptos. ¿No veis que son periodistas y que luego van a hablar mal de nuestro pueblo?".

El dictador parece más viejo de los 55 años que tiene, está como adormecido, pero se revuelve en el catre para gritar que "un tigre nunca tiene miedo a nadie. Son los demás los que tienen miedo al tigre". Durante la conversación golpea y rechina sus dientes y repite "humm" cada tres o cuatro palabras. Macías no cree que se atrevan a matarle. Sabe que para un fang sus mayores son sagrados. Además, se sigue considerando el jefe de la tribu y, por tanto, puede hacer lo que quiera sin rendir cuentas a nadie. Marisa Ares arranca unas cuantas respuestas al irascible Macías, mientras un militar trata de impedir a la periodista que establezca una conversación con el prisionero, pues la habían permitido entrar en la celda sólo para verlo. Macías pide agua, pero se enfada cuando se la llevan de un manantial cercano. Quiere "el agua de presidente". No se resigna a verse perdido e insulta con dureza al enfermero bubi que le atiende.

Poco a poco, Obiang va ganando confianza y cada día se siente mejor en su papel de jefe. Todavía no le molesta el protagonismo que va adquiriendo Salvador Elá. Por el contrario, le utiliza para todo y se convierte en el asesor insustituible. Interviú publica una entrevista con Obiang, que le hace Marisa Ares, y afirma que ser militar es lo mejor de su vida, pues "gracias a mi carrera me encuentro en esta posición". Asegura que las cosas se irán arreglando, que podrán regresar los propietarios españoles, los religiosos, la oposición, que tendrán relaciones con todos los países del mundo siguiendo una política de no alineación. Su idea es permitir una economía de libre mercado. Reconoce que Mónica, la ex-primera dama, y el ex-presidente "deben saber algo" de unos 60 millones de dólares que sacaron al exterior.

El 25 de agosto queda formado el primer Gobierno tras el derrocamiento de Macías. El teniente coronel Obiang Nguema asume la Presidencia de la República y del Consejo Militar Supremo. Nombra al teniente de navío Florencio Mayé vicepresidente primero del Gobierno, encargado de los Asuntos Exteriores, y al capitán Salvador Elá vicepresidente segundo y responsable de las Finanzas y el Comercio. El resto de las carteras, se las repartieron los alféreces Félix Mbá Nchama (Interior), Pablo Qbama Eyang (Sanidad), Policarpo Monduy Mbá (Justicia), Pedro Nsué Qbama (Industria y Minas), Paulino Obiang Enama (Agricultura, Ganadería y Forestal), Tarsicio Mané Abeso (Cultura y Obras Públicas), Pedro Edú (Transportes y Urbanismo) y Melchor Ndong (Trabajo), Estos once militares eran prácticamente los únicos supervivientes de la promoción de guineanos  que habían cursado estudios castrenses en España, casi todos en la Academis General de Zaragoza, entre los años 1963 y 1965, todos fang y la mayoría esangui. El resto de sus compañeros habían muerto durante la dictadura de Macías.

La decisión de no enviar una unidad militar o policial que protegiera a Obiang fue la razón fundamental del fracaso posterior de la actividad española en Guinea. Luego se intentó en ocasiones posteriores, especialmente durante el período en el que dirigió la Embajada en Malabo José Luis Graullera, pero ya era. muy tarde. Hubiera sido el elemento necesario para reorganizar uno de los pilares del Estado africano, el Ejército, dando además estabilidad al régimen, cosa imprescindible para que hubiera cierto orden y pudiera funcionar la justicia, lo que, a su vez, hubiera permitido que acudieran los inversores privados y surgiera cierta actividad económica.

 

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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