XV.6. GUINEA ECUATORIAL
Nuestras relaciones con Guinea Ecuatorial son el mejor
ejemplo de cómo las condiciones internas imperantes en el
Régimen anterior hacen fracasar políticas formalmente
correctas. La descolonización no es, evidentemente, el mero
cumplimiento de unas fórmulas de autodeterminación de los
pueblos decretadas por las Naciones Unidas. Se trata de la
tarea de construir nuevas estructuras, algo que exige una
delicada relación de la potencia ex administradora con el
nuevo Estado para facilitar la sustitución de los antiguos
vínculos. Hablamos de una labor de Estado, no de una mera
relación diplomática, encaminada a sustituir la estructura
económica y social colonial. De encauzar el motor —nacido de
la pugna descolonizadora— del nacionalismo en un factor de
integración nacional y en un medio de cura del trauma
colonial. Una labor tan difícil, delicada y con tantas
facetas que pocas veces se ha podido llevar a cabo
satisfactoriamente.
Una estructura política tan elemental y rudimentaria como
era la autocracia franquista —y su falta de pluralismo
político junto con la carencia de crítica y la deficiente
coordinación administrativa— iban a dar como resultado que
Guinea no se descolonizara, sino formalmente. Es decir que
Guinea fue declarada independiente sin que estuviese en
marcha siquiera el proceso de su formulación nacional.
Resisto la tentación de detenerme a analizar las causas y de
seguir el proceso que llevó primero a la independencia (12
de octubre de 1968) y luego a la crisis (febrero y marzo de
1969). Y lo hago para no detallar el verdadero sabotaje
llevado a cabo por Presidencia del Gobierno para abortar los
intentos del Ministerio de Asuntos Exteriores por corregir
la situación (mayo de 1969 a 1972). No puedo, tampoco,
narrar la configuración del monstruoso Régimen de Macias ni
la progresiva demencia que atenazó a aquel dictador. Dejando
ciertos datos en el tintero para un futuro tratamiento de
esta Historia —que tanta luz arroja sobre nuestra política
me limitaré a tomar el tema en su nivel actual y a
analizarlo de manera genérica. (Lo que a continuación se
escribe está motivado por el temor de que la repetición de
pasados errores conduzca a nuevas operaciones fallidas de
parejo calibre.)
:
XV.6.1. Guinea Ecuatorial, la descolonización pendiente.
El golpe de Estado que derrocó al Régimen tiránico del
presidente Macías abre en aquel país la esperanza de la
posible construcción de una nacionalidad adaptada a las
condiciones de su cultura africana y que permita la
modernización y progreso de su pueblo. Para España ello
representa el reto de ayudar a esa construcción, respetando
la natural tendencia de una nación definida frente, y en
base, a la antigua relación de dependencia colonial,
facilitando su modernización. Para que la acción española no
conduzca a la inoperancia y la frustración es necesario que
aparezcan entre nosotros análisis congruentes con la
situación guineana, ya que las buenas intenciones no bastan.
El entusiasmo acrítico es, a veces, más entorpecedor que
constructivo; como también lo suele ser la consideración de
una situación ajena desde el, enfoque de los planteamientos
exclusivamente propios. El gran fracaso de nuestro intento
de descolonización en 1968 se debió a:
a)
Su puesta en marcha para lograr un objetivo distinto a la
relación España-Guinea. En concreto, mejorar nuestra
posición en las Naciones Unidas y prestar un tinte
progresista a la política internacionalista del franquismo.
b)
Un desconocimiento casi total —lo que no deja de
sorprender— de la naturaleza de toda relación colonial y del
sentido del nacionalismo africano.
En la actualidad conduciría a la frustración —el abandono
a media tarea o la simplificación que se derivaría del
intento de implantar un modelo propio español— la
consideración del tema desde uno de estos enfoques:
a) Como política de prestigio.
b) Como reacción desde el sentimiento de
culpabilidad histórica.
c) Como justificación de alguno de los enfoques
anteriores-a posteriori y para explicar la acción a
la opinión española—desde supuestos de una política de
poder.
El proyecto nacional no realizado.
Lo primero que hay que tener presente es que el movimiento
que condujo al fin de Macías '".' es absolutamente endógeno
al sistema. Cualesquiera que hayan sido el conocimiento
previo, la cooperación o la orientación, de otros,— incluso
de factores españoles—, es del todo cierto que
esencialmente, y como dijo el actual presidente Obiang, más
que de un golpe militar se, trató de una reacción espontánea
del pueblo que los militares interpretaron y consumaron.
Se trata del desenlace normal de un proceso de
descomposición del poder y de la resistencia de una
identidad nacional potencial, o en embrión, a volver al
tribalismo; no a la cultura tradicional, sino a la
aculturación. El Ejército, estructura más formal que otras y
por lo tanto más resistente a la descomposición, posee una
mínima capacidad de reacción y su acción tiene las
características y responde a las complejidades de base de
cualquier reacción modernista y nacionalista. Pero sus
posibilidades de acción dependen de que supere, en el tiempo
debido, el nivel de mera operación de contención de la
desintegración o de mera administración, pasando de la
legitimidad de lograr la subsistencia del pueblo a la
legitimidad de su constitución como nación.
Porque la acción destructora del régimen de Macías —y la
explicación del mismo no puede, naturalmente, limitarse a la
anécdota del personal desequilibrio del dictador- ha
impedido el desarrollo normal del nacionalismo guineano;
único motor, como en toda el África Negra, de cualquier vida
política que supere a las etnias.
El nacionalismo tercermundisita es intrínsecamente
ambivalente. Se trata de un factor —el único, podría
decirse— de modernización. Pero modernización es aquí algo
diferente a asimilación, transmisión mecánica de la cultura
superior tecnológicamente en el dominado. Y asimilación es
el trasplante secular del concepto religioso de
evangelización. Asimilación y evangelización son, pues,
términos absolutos. Ambos se basan en la superioridad
axiomática de una cultura o de una religión. Modernización,
por contra, es una operación de síntesis: se trata de
recibir, y adaptar, los medios técnicos de la cultura
dominante para lograr la propia supervivencia en un primer
momento, y la igualdad posterior con la cultura dominada.
Tal recepción no puede desprenderse de un carácter polémico,
casi agónico: se lucha para la aceptación por parte del otro
de .lo propio y utilizando sus mismas armas.
Nación, Estado, partido político, democracia son términos
modernizantes. Originados en otros ámbitos culturales, se
emplean aquí para poder defender lo propio, pues en las
adaptaciones y deformaciones de tales instrumentos reside la
dinámica de la vida poscolonial. De ahí resulta que la vida
política de los pueblos ex coloniales se define siempre
durante este período en relación con la cultura y sociedad
coloniales. Relación compleja: en principio agónica, de
oposición, es a. la vez complementaria y de cooperación
desde una oposición irrenunciable. Poco habríamos entendido
los occidentales del mundo actual; si no comprendemos y
asimilamos esto: frustrarse porque la acción de aquel con
quien cooperamos no se salde con expresiones de gratitud y
con posturas de alineación junto a nuestras., causas
internaciones es una actitud inmadura, como lo es toda,
mentalidad paternalista.
Pero el nacionalismo africano de los países ex coloniales
encierra otra compleja ambivalencia. De entrada es un
nacionalismo panafricanista que se reclama desde la
aspiración general africana para que sus pueblos y culturas
sean considerados en pié de igualdad, superando toda
discriminación: se trata de acabar con el monopolio de la
legitimidad como nación de quien se ha formado en una
cultura determinada, la occidental, presentada como la única
válida. En un segundo plano es un nacionalismo autóctono, el
de cada pueblo, que se define por sus características
propias frente a las de otros pueblos africanos —camerunés,
gabonés, calabar, etc., en el caso guineano—. Estas
características propias, deficientes y no consolidadas, se
han formado a través del contacto colonial y como herencia
de la acción colonial: fronteras artificiales pero que
permiten el statu quo, lengua franca del colono,
etc., etc.
De ahí que, en su dimensión universalista, el
nacionalismo se defina desde la oposición a la familia de
pueblos colonos y al orden económico que han creado; y que,
en lo particular, se defienda la propia nacionalidad, debida
en parte a la herencia colonial. Esta última, acción reclama
la colaboración entre país ex colono y país ex descolonizado
con todos los peligros de paternalismo y dependencia que
ello puede comportar.
La unificación del pueblo africano colonizado.
La primera generación de teóricos africanistas partían de la
utópica idea de que, una vez libres de colonos, se
produciría la homogeneidad social. Según esa lectura,
durante la colonia existían dos clases: el pueblo dominado y
los colonos. Una vez lograda la independencia y excluido el
colono, el pueblo se homogeneizaría no teniendo sentido la
lucha de clases. Tal era la base de las lecturas
comunalistas del llamado socialismo africano. Pero a partir
de los estudios de Asane Afana sobre los pequeños
propietarios tradicionales en Costa de Marfil y de las
generalizaciones del reciente premio Nóbel de Economía,
Arthur Lewis, está claro que la estructura de clases es
mucho más compleja: la descolonización crea una vinculación
entre el pueblo africano y los representantes del mundo
desarrollado que se asienta en una nueva clase, la burguesía
nacional, que sucede en ciertas funciones y status a los
colonos. Clase creada desde el poder y, en su origen, clase
burocrática, y política, esta clase es el soporte de una
nueva relación: la relación neocolonial.
En Guinea Ecuatorial, Macías impidió la formación de una
burguesía nacional y su lucha, durante la Conferencia
Constitucional de 1967, contra bubis, fernandinos -y
representantes de las cooperativas tenía ese sentido. En un
primer momento, la lucha contra las oligarquías de color
(clase de «compradores») se identifica con la etnia de
campesinos de, subsistencia, los fangs, y la exclusión de
los- calabares ('braceros de plantaciones) tiene ese
alcance. Pero incapaz Macías de crear una mínima vida
política —aun dentro del partido único o preponderante—,- no
aparece una nueva clase: sí grupos de privilegiados que
dependen,- no del ejercicio de una función económica o
social sino del favor del tirano y de su complicidad con
él.
El resultado lógico es que la clase nacionalista, la
burguesía nacional, no aparece y, en consecuencia las únicas
realidades son el tribalismo y, potencialmente, la
estructura más formal, la oficialidad militar. La conclusión
es más bien aterradora: España no se encuentra en su posible
colaboración con Guinea Ecuatorial con una situación
neocolonial, sino con una estructura colonial y, en ciertos
aspectos, precolonial.
La relación neocolonial es indirecta, difusa, centrada en
el control de las articulaciones comerciales y financieras
esenciales; la relación con una situación precolonial es,
forzosamente, más directa y omnipresente. Frente a la
dependencia neocolonial la lucha es compleja, tecnificada;
frente a la dominación sobre una" estructura de subsistencia
frontal áspera, ideologizada y demagógica.
Lo que puede y lo que no puede hacer España.
El dilema reside en que, para ayudar al proceso de crear una
sociedad nacional guineana, España tendría que tener mayor
presencia que la que soportan los valores políticos y
culturales de un pueblo que desea su identidad nacional
independiente. Una presencia indirecta, prudente y reclamada
en cada caso, quizá no cubra el mínimo que la situación
socioeconómica requiere. Una acción decidida creará a corto
plazo el rechazo de quienes' han de constituirse en clase
burguesa nacionalista. En todo caso España debe:
1)
Evitar una reconstrucción económica conforme al modelo de
1968; es decir, el pacto colonial, el cuasimonopolio de
importaciones y exportaciones; El monopolio, de hecho, de la
actividad tecnológica. El imperialismo cultural. En este
último aspecto, el problema reside en que, el español es la
lingua franca, el vehículo de unificación nacional, y el
signo distintivo frente al subsistema francófono.
2)
Prestar una ayuda sin criterios de rentabilidad
individuales. Es difícil ante una opinión pública
nacionalista no justificar una ayuda exterior sin alegar que
se garantizan con ella los intereses nacionales o sin apelar
a valores de política exterior (estratégicos, de influencia,
etc.). Los servicios públicos en la época colonial —muy
aceptables en lo que se refiere a Sanidad y Enseñanza, a
escala africana— estaban pensados y justificados como
garantía de los intereses de los colonos.
Hay que admitir sin reservas que la nueva clase será
nacionalista —o Guinea Ecuatorial no logrará su identidad
nacional— y que en su composición jugarán un papel esencial
los exiliados. Y algunos de éstos, universitarios, se han
formado en España bajo el clima estudiantil del progresismo
universitario de la última fase del franquismo, estando
imbuidos de la ambivalente relación de reivindicación y
comprensión frente y ante lo español.
XV.6.2. Guinea Ecuatorial, espejismo y realidades de la
política de poder.
Un excesivo sentimiento de culpabilidad histórica,
conjugado con los intereses privados en la puesta en
explotación al máximo de los recursos guineanos, podría
conducir a una reconstrucción económica que desvirtuaría las
estructuras en que ha de basarse la vida nacional. El mismo
Arthur Lewis prevenía contra las inversiones para
incrementar los productos agrícolas de exportación,
primándolas sobre el desarrollo de la, agricultura de
subsistencia y las pequeñas explotaciones, fuente de una
capitalización adaptada a los niveles tecnológicos y de
futura inversión nacional.
Otros peligros, como he apuntado, pueden ser la política
de prestigio del cooperante y la consideración, o
justificación a posteriori, de la cooperación desde
supuestos de poder.
La política de poder en África.
El Régimen franquista creó en los españoles un profundo
complejo de inferioridad internacional. La cura, que es
imprescindible, pudiera ser peligrosa si se trata de
corregir la tendencia mediante acciones espectaculares. En
algunos campos, Latinoamérica por ejemplo, se-ha tendido
mediante la política de viajes y formulaciones del tipo
Comunidad de Naciones a corregir un abandono real con una
terapéutica vistosa: la política de viajes es un elemento
positivo cuando se corona una acción ya trazada y en trance
de ejecución; o cuando son representativos por sí mismos,
función en sí misma muy valiosa. Pero los viajes al más alto
nivel no suelen corresponder sino a las fases de exploración
o inicio de relaciones complejas.
En África existe otro sistema de poder basado en la
coordinación establecida por Francia con un número
importante de países, con intereses comunes, con
instituciones de: cooperación multilateral y con una común
adscripción ideológica conservadora: La política de poder en
el Tercer Mundo es costosa, arriesgada y exige una
coincidencia entre el factor esencial —y extraafricano—y un
número vario de países. La política de poder con un solo
país cobra inevitablemente el carácter de una posición de
dominación política: Y esta posición entra en conflicto con
las potencias hegemónicas o termina por integrarse en el
sistema de estas potencias hegemónicas.
¿Qué sistema estratégico?
Si la relación con Guinea Ecuatorial se piensa —o repito, se
justifica— desde supuestos de poder o de aportes a un
sistema defensivo, la primera pregunta que cabe hacerse es:
¿a qué sistema defensivo nos referimos cuando se piensa en
eventuales envíos de contingentes, en acuerdos de defensa?,
¿a un sistema español exclusivamente?, ¿o a un sistema
coordinado occidental?
En el primer caso habría que pensar en las misiones
defensivas que para España cumple la-conexión guineana. Y
desde el punto de vista de Malabo frente a quién garantiza
el sistema bilateral.
Una primera respuesta al segundo supuesto sería el
mantenimiento del actual Régimen ante la eventualidad de una
subversión. Ello sería consecuencia de un estancamiento de
la vida política guineana o inducida desde el exterior por
una potencia africana o extraafricana. Es difícil pensar en
la legitimidad internacional de una acción española de apoyo
a un régimen guineano en el caso de estallar ciertos
acontecimientos internos, ya que los puntos sensibles de
nuestra política africana se resentirían. Tal acción de
policía nos implicaría en la inestabilidad derivada del
mismo proceso subversivo. No hay consenso suficiente por
otra parte, como el que existe en Francia, respecto a la
conveniencia de tal implicación. Y coadyuvar a la creación
de un aparato de orden público, tan necesario en este
período tan dificultoso para Guinea Ecuatorial, se puede
lograr gracias a otros medios: formación de cuadros, envío
de un número reducido de instructores, etc.
Los supuestos de una acción contra la integridad o
estabilidad de Guinea Ecuatorial desde otra potencia
africana nos enfrentaría o con el sistema francés —presente
en Gabón e influyente en Camerún— o con una gran potencia
autóctona, como lo es Nigeria. En cualquier caso, la acción
de cooperación y cobertura sería siempre más adecuada en el
terreno diplomático, de las Naciones Unidas, etc.
Por lo que se refiere a los intereses de defensa
españoles éstos pueden ser: a) generales, en el caso
de un conflicto global, comenzando por Europa; b)
locales, en escenarios concretos. Y parece evidente que la
conexión guineana en Defensa no añade nada positivo en
nuestros escenarios.
Tampoco es ningún secreto que cuando, en 1967, el
Gobierno español resolvió seguir adelante con el proyecto
descolonizador, la opinión: del Estado Mayor fue que Guinea
no podía ser , defendida desde España y que la permanencia
en Guinea Ecuatorial no añadía nada a nuestra defensa
nacional: la distancia existente, los medios de qué se
disponía y las implicaciones políticas que podrían derivarse
hacían negativo un enfoque del tema guineano desde supuestos
de Defensa. Pese a la mejora de nuestro sistema aeronaval es
posible que los datos militares sigan siendo los mismos y
los saldos políticos idénticos o acrecentados a los
recibidos tras las campañas en la OUA sobre Canarias.
Recordemos que, una vez declarada la independencia, si bien
permanecieron en Guinea los contingentes de la Guardia
Civil, no se pensó en un Acuerdo de Defensa que previese las
misiones y formas de cooperación en acción precisamente por
las mismas razones. (Una consecuencia de esta carencia de
Acuerdo de Defensa fue la imposibilidad, por temor a
incurrir en ilegalidad internacional, de utilizar la
disuasión militar una vez declarada la crisis de febrero de
1969.)
Es evidente, en todo caso, que carentes de un texto legal
—como hace por ejemplo la War Powers Resolution 1973
del Senado norteamericano autorizando el empleo de, Fuerzas
Armadas fuera del territorio nacional en situaciones de
emergencia—, el acuerdo solamente sería operante una vez
aprobado por las Cortes conforme a lo establecido en el
artículo 94 de la Constitución.
Cuando se habla, pues, de una utilización de defensa del
apoyo guineano se está pensando, en una función conectada
con un sistema general que excede a la relación bilateral
hispano guineana.
¿Cuál puede ser este sistema? En primer lugar, el
subsistema -o sistema independiente— francófono: Francia ha
establecido un sistema de apoyo en diversos puntos africanos
basado en sus fuerzas de intervención aerotransportadas. La
prueba de su eficacia se ha demostrado en varias ocasiones,
por ejemplo en Shiba (ex Katanga), Los proyectos de
incrementar una fuerza móvil responden a una concepción
geoestratégica en que la influencia general de Francia
depende de su decisivo papel en África y del mantenimiento
del modelo conservador o moderado francófono. Se puede
criticar la concepción desde un plano ideológico, pero es
evidente que los intereses de Francia en África son
globales. Tal no es, desde luego, el caso de España.
En nuestro caso se produciría la paradoja de que,
motivada la cooperación militar por la eventual rivalidad
hispanofrancesa por Guinea, terminase nuestro dispositivo
siendo una pieza más del sistema francófono. (Es evidente
que la cooperación militar con Francia se impone, pero sobre
todo en el Mediterráneo y en el extremo noroccidental del
Finisterre; en este caso contando también con Portugal.)
Las fuerzas de proyección de poder.
El otro sistema en que estaríamos, de hecho, integrados
sería el general atlántico. Los analistas de Defensa
coinciden en que, en los años ochenta, las fuerzas de
proyección de poder o power-projeption forces
jugarán un papel muy importante.
En el primer quinquenio de los ochenta —que coincide con
la duración del protocolo del Tratado SALT II— la URSS
gozará de una paridad estratégica que en los teatros
europeos se acercará a una ligera superioridad. Como la
disuasión es; en, buena parte, una cuestión de percepción,
lo decisivo será si la URSS, saca la conclusión de si la
situación es coyuntural o significa una tendencia a plazo
medio.
En todo caso, la paridad permitirá acciones a' larga
distancia. La política de «guardianes de zona» —tan
resquebrajada con la caída del sha— conserva en este caso su
función, complementada con las fuerzas móviles de
intervención.
¿Podría en esta perspectiva tener sentido una -conexión
defensiva hispano-guineana? Aparte de que tal planificación
da por supuesta la decisiva intervención del Parlamento
español —y tal vez del electorado— en su sistema de
alianzas, no se ve lo decisivo del apoyo salvo que se piense
en términos atlantistas más amplios conforme a una visión
que englobe a Madeira y Canarias en la misma área.
Canarias quedaría implicada.
Parece claro que el riesgo es convertir, abierta o
encubiertamente, explícita o implícitamente, a Canarias en
un sistema defensivo global. Canarias debe tener un sistema
de defensa exclusivamente español y que no sea
desproporcionado.
Queda, pues, claro que una implicación militar española
en Guinea Ecuatorial con funciones —explícitas o provocadas
por los hechos— globales o regionales no es eficaz sin el
apoyo, por razones logísticas, de Canarias.
La
hipótesis de la falta de plan.
También podría ocurrir que las especulaciones careciesen de
base y que se tratase de un impulso concreto, no de un plan
general. Ante lo cual no hay que sorprenderse ni
escandalizarse: la historia de las implicaciones británicas,
francesas, y no digamos lusas, en África han sido la de
hechos aislados que luego desvelan su alcance general. La
Historia no es el resultado de la planificación de los
Gabinetes, pero las potencias medias como España, deben
tener muy en cuenta que hay otros países (las grandes
potencias) que, a falta nuestra, poseen concepciones
políticas globales.