| |
|
Paludismo, explotación y
racismo en Guinea Ecuatorial (1900-1939)
de Rosa María
Medina Doménech
Este artículo forma parte del libro "Terratenientes
y parásitos. Historia social del paludismo en España",
publicado en 2003 por el Consejo Superior de Investigaciones
Científicas (CSIC). Su autora, Rosa María Medina Doménech, es
profesora titular del
departamento de Anatomía Patológica e Historia de la Ciencia de
la Universidad de Granada. La profesora Medina Doménech dirige,
entre otros, un grupo de estudios sobre "Medicina, enfermedad e
identidad colonial en Guinea Ecuatorial".
1.Desconocimiento y desidia en la
interpretación colonial de la morbilidad palúdica
Es difícil obtener una visión histórica precisa de la
incidencia del paludismo en Guinea Ecuatorial. Por una parte,
son hoy numerosas las críticas generales sobre el uso de las
estadísticas históricas y, en particular, en el caso del
continente africano y del paludismo. Para empezar, existe el
hecho de la dificultad en la identificación precisa del
padecimiento, con anterioridad a su definición parasitológica,
como mostraba la obra de López Saccone, médico de la marina, en
1893 (1). La dificultad diagnóstica se veía complicada por el
hecho que los habitantes de esta zona de África solían padecer
una forma clínica específica llamada "fiebre africana" o
continua atípica, no reconocida por los propios médicos
europeos, muy parecida clínicamente a la enfermedad tifoidea,
pero que también ofrecía similitudes con la disentería (2).
Junto a ello, hay que añadir la insuficiencia de fuentes
españolas precisas por la tardía introducción de estadísticas
demográficas por parte de la administración colonial y la
existencia de grupos de población segregados que recibieron
muestras muy distintas de interés por la administración. Incluso
tras la introducción de los métodos de laboratorio, las
dificultades metodológicas en la realización del examen y la
desigual dotación técnica de los centros harían controvertidas
las afirmaciones muy precisas sobre la incidencia de la
enfermedad. Entre todos los grupos de población, de los que
menos noticia puede obtenerse son las mujeres y los niños,
sectores de población ignorados por una sanidad orientada al
mantenimiento de la mano de obra productiva masculina.
La escasa historiografía sobre nuestro pasado colonial
africano a lo largo del XIX ya ha mostrado la severidad con la
que la población procedente de la metrópoli padeció diversos
procesos encuadrabas bajo la categoría de paludismo. Así hay
noticias de que la llegada en 1859 de un contingente de
población española, atraída al oeste, de África por incentivos
económicos gubernamentales para llevar a cabo la colonización
efectiva del territorio, padeció los rigores de la enfermedad.
De un total de 128 colonos, sólo tres no enfermaron y, entre la
tropa, aproximadamente, la mitad de los 166 soldados desplazados
contrajeron el paludismo (fiebres intermitentes). Como medida
terapéutica, el gobernador, brigadier la Gándara, distribuyó
quinina pero no aceptó las solicitudes de repatriación hasta la
devolución de las ayudas económicas del gobierno que muchos
colonos ya habían gastado en tratamientos. Con todo, la
incidencia de la enfermedad afectó con menor intensidad a la
marinería y la tropa. Gándara atribuyó las diferencias entre los
grupos de población a los aires malsanos de la costa y propuso
la instalación inicial de los civiles a bordo de buques viejos.
Algunos de los enfermos fueron asistidos en un sencillo hospital
ubicado en la principal ciudad de la isla de Fernando Poó,
Santa Isabel. Así en 1860 se produjeron en el establecimiento
un total de 10 defunciones, 7 por paludismo (fiebres
intermitentes malignas) y 3 por disentería. A lo largo, de esa
década los colonos fueron retirándose a la metrópoli,
decreciendo la asistencia a civiles en el hospital. Según el
patrón de los pacientes europeos asistidos en el
establecimiento, el paludismo constituyó la principal causa de
ingreso,.a distancia de otras dolencias como la
disentería, calenturas exantemáticas, úlceras, enfermedades
venéreas, fiebres tifoideas, tuberculosis, afecciones
oftálmicas, etc. (3). López Seccone señalaba, igualmente, en su
tesis doctoral de 1893, que la mortalidad general entre la
marinería que osciló entre el 2 y el 0.84% de 1869 y 1873, fue
casi exclusivamente producida por el paludismo (4). También
entre la tropa, durante el cambio de siglo, al menos en los
destacamentos de Basilé y de la zona continental de Bata, de los
que se dispone información, el paludismo era la principal causa
de enfermar a distancia de otras afecciones como los abscesos o
las heridas por arma de fuego (5). En 1900 se registraron hasta
900 casos de morbilidad palúdica, frente a los 198 de 1895,
siendo el número de soldados asignados a la isla de 1176.
Otro grupo de población asentado en Guinea fueron filipinos,
cubanos y españoles deportados. Aunque la enfermedad palúdica
les afectó, no parece, a tenor de las estadísticas, que la
mortalidad fuera desmesurada pues, según la correspondiente a la
década 1892 - 1902, el número de fallecimientos no pasó de cinco
(7). Sin embargo a pesar de estos datos, esta colonización
penitenciaria contribuyó a una imagen negativa de la colonia en
la metrópoli y una percepción de la isla como un lugar de
enfermedad y reclusión, una "isla cementerio" para los reclusos
allí confinados, que frenó la inmigración de colonos libres y el
consiguiente desarrollo de la colonia (8).
Puede pues concluirse, a pesar de las limitaciones de la
información disponible, que el paludismo fue una causa principal
de enfermar y morir entre los diversos sectores de la población
colonizadora de Guinea en la segunda mitad del siglo XIX. Es
difícil, sin embargo, asegurar que la percepción de insalubridad
que se tenía sobre la colonia estuviera justificada por la
morbilidad palúdica. De hecho, la percepción de la gravedad del
paludismo fue reemplazada en años posteriores por la enfermedad
del sueño.
La actividad asistencial del Hospital Reina Cristina de Santa
Isabel fue incrementándose con el cambio de siglo. De hecho, en
1902, el diagnóstico de paludismo, la mayoría recidivas,
ocasionó 490 ingresos entre miembros del ejército que se
tradujeron en 3.904 estancias. Entre la población indígena, sólo
ingresaron 62 personas y entre la población europea 33. Es
decir, al igual que en otros contextos coloniales africanos los
dispositivos asistenciales orientaron, inicialmente, su
actividad asistencial hospitalaria hacia los miembros del
ejército (9). Pero los enfermos también recibieron asistencia
domiciliaria. En 1902, 60 pacientes indígenas, fueron asistidos
en su domicilio a causa del paludismo que ocasionó cuatro
fallecimientos frente a un total de 677 asistidos (46
fallecidos). Es decir, la enfermedad causó, aproximadamente, el
9% de los desplazamientos médicos a domicilios de la población
indígena. El porcentaje de asistidos debido a las fiebres
palúdicas fue mucho más alto entre los europeos, ocasionando el
72% de los desplazamientos domiciliarios (493 con 39
fallecimientos frente a 681 pacientes asistidos con 3
fallecimientos). La mortalidad achacable al paludismo fue más
alta entre europeos que entre indígenas de la etnia bubi y de
los llamados fernandinos, un grupo de población muy
occidentalizado constituido por miembros de la etnia Kru
procedente de Costa de Marfil, y Liberia. Las autoridades
sanitarias achacaron la mortalidad de las comunidades indígenas
al alto consumo de alcohol, sobre todo, entre aquellos que
vivían en las proximidades de Santa Isabel por la facilidad para
adquirirlo. Las estadísticas parciales correspondientes al año
1909 y al área norte de la isla (Santa Isabel, Basilé, Benapé,
Basupé), mostraban una inversión en las proporciones de
afectados de manera que, en este año, se produjeron mayor número
de fallecimientos debidos al paludismo entre los indígenas,
tanto en él medio hospitalario (22) como en los domicilios (11),
frente a los europeos (5 y 3, respectivamente) (10). Estas
informaciones fragmentarias sobre la incidencia del paludismo
fueron corroboradas por Pittaluga en su expedición al golfo de
Guinea en 1909, al destacar la alta incidencia del paludismo
"casi siempre en formas tropicales en la sangre periférica" y
con un gran número de casos graves entre la población europea
(fiebre hemoglobinúrica). Entre los miembros de la " expedición
afectó, sobre todo, a los indígenas remadores, pero no los
expedicionarios españoles con excepción de Bengoa, que fue
incriminado por Pittaluga por su falta de celo en el
cumplimiento de las medidas preventivas (11).
Por los datos que conocemos de algunas enfermerías, no parece
que el paludismo afectara por igual a los pobladores de las
diferentes regiones guineanas. Así desde lugares como Río de
Oro, en 1913, no se notificó ningún enfermo de paludismo o
fiebre (12).
Como hemos venido señalando la información sobre el estado de
salud en la colonia era fragmentaria y ocasional, no es de
extrañar que surgiera cierta preocupación gubernamental por el
conocimiento extenso de la salud de la población como
herramienta indispensable para el proyecto colonial. Ya en las
primeras Instrucciones generales para el servicio sanitario
colonial, de 1913, se legislaba la obligación de elaborar
estadísticas sanitarias, generales y específicas para
enfermedades como el paludismo o la enfermedad del sueño, por el
cuerpo de inspectores sanitarios de distrito. En el caso del
paludismo, se recomendaba la elaboración de un índice endémico y
la descripción y valoración de los focos de larvas y mosquitos.
Sin embargo, la puesta en marcha de una estadística seria nunca
llegó a producirse de una manera sistemática, salvo para los
primeros años, probablemente por la presencia de personal médico
militar más disciplinado en la práctica de una burocracia
administrativa que permitió la confección de la información con
la que hemos podido describir con algo más de detalle el
acontecer de la enfermedad hasta el estallido de la primera
guerra (13).
Durante la primera guerra mundial, tras la ocupación de la,
hasta entonces, colonia alemana en el Camerún por los franceses
hacia 1917, fueron desplazados 3000 soldados procedentes de
zonas endémicas (Ayos y Doumé), y establecieron sus campamentos
en Fernando Poo. La ayuda española a Alemania tuvo sin duda sus
compensaciones económicas pues Alemania se convirtió en "rico y
espléndido cliente para el comercio colonial" que favoreció la
prosperidad de los hausas, de religión musulmana (14), y el
establecimiento de empresas y grandes explotaciones que
ocasionaron concentraciones de braceros y un recrudecimiento de
las enfermedades endémicas. El cómputo de las autoridades
sanitarias españolas, en esas fechas, no fue alarmista
hablándose en la primera memoria de Antonio González, médico de
la armada, de una epidemia "reducida en relación con la densidad
de acogidos". Pero el extenso informe de Luis Figueras, también
médico de la armada, solicitada por el gobernador ante la
insuficiencia de la realizada por González, puso de manifiesto
el impacto sanitario que supuso el desplazamiento de unos 12.000
soldados, mayoritariamente indígenas de diferentes etnias, y un
séquito numeroso que incluía a niños en diferentes edades. Este
contingente humano fue desplazado hacia la costa de la Guinea
continental para terminar asentándose en Fernando Poo. Según el
informe, la población movilizada padecía todo tipo de afecciones
(viruela, gripe, tuberculosis, lepra, enfermedades del sistema
nervioso, cardio-respiratorio, digestivo, genito-urinario, de
piel, ojos, enfermedades venéreas, ginecológicas, traumatismos o
tétanos) incluyendo la disentería, bilharziosis, tripanosomiasis
y el paludismo ("el primero entre las dolencias propias de los
países tropicales"). Sin embargo, la importancia del paludismo
quedaba depreciada con argumentos racistas ("siendo negros mis
enfermos y habituados a un clima tropical, el paludismo hará
pocos estragos entre ellos", "no ha revestido nunca caracteres
alarmantes al desarrollarse entre la población indígena") aunque
en el informe se reflejaba la gravedad de la endemia con un
número considerable de enfermos, también entre los niños. El
número de enfermos diarios (especialmente afectados de
paludismo, gripe y disentería) fue calificado de "un máximo
verdaderamente desconsolador" "límites extremos", sobre todo, en
sus etapas iniciales sin viviendas ni alimentos disponibles. La
mortalidad general anual rondaba entre las 320 y las 25-30
personas por mil, muertos sobre todo de disentería,
inflamaciones broncopulmonares e inanición. La población blanca
fue trasladada con celeridad a la península, siendo el paludismo
la principal causa de morbilidad y con una mortalidad
prácticamente nula. La quinina profiláctica (1 gr/4 días) sólo
fue utilizada en el grupo de blancos no trasladados. El promedio
diario de enfermos palúdicos asistidos se calculaba en unos 50 a
60, con periodos de recrudecimiento coincidentes con la epidemia
de gripe, aunque en términos generales, según el informe, se
desdeñaba la importancia de la enfermedad, pues; "el número de
enfermos que el paludismo ha ocasionado ha sido siempre muy
pequeño y daré como prueba de este aserto el número 0.93% como
máximo observado" (15).
Unos años después, en 1928, el balance no era tan optimista
desde las paginas de la Medicina de los Países Cálidos,
tachándose de error el haber permitido el movimiento de tropas
sin inspecciones médicas ni cuarentenas. Nájera, en 1932,
también destacó el papel desempeñado por los desplazamientos de
tropas en las epidemias (16).
Algunos informes constatan la aparición de otros brotes
epidémicos esporádicos. Así, en 1922, hay constancia del brote
que afectó a los habitantes de las proximidades de Bata en el
territorio continental y que, al parecer, generó un alto índice
de mortalidad. Según se refería, "despobló casi por completo los
poblados" (17). También hay constancia, hacia 1924, de una
comunicación del gobernador indicando la aparición de otro foco
importante de paludismo y tripanosomiasis entre la población de
Concepción, en la costa este de Fernando-Poo18. Otros
territorios considerados palúdicos se localizaban, hacia 1928,
en la zona continental costera de Bata y Cabo San Juan (19).
De 1928 data el primer intento de realizar una estadística
sanitaria de cierto rigor. Ya en 1927, Ramón Giner Borras,
director interino de la Sanidad colonial, había planteado que
las investigaciones sobre paludismo estaban "hoy día casi
completamente abandonadas" y sugirió la conveniencia de
transformar el laboratorio de Santa Isabel en un laboratorio
unifuncional para la realización de pasaportes sanitarios e
investigaciones centradas en el paludismo (20). En el mismo año,
Pittaluga recomendó al nuevo director de sanidad, Plácido
Huerta, la creación de un servicio estadístico y demográfico
(21). Al año siguiente, José Gutiérrez Lara, director del
Laboratorio Central de Santa Isabel y miembro del cuerpo de
médicos de la Comisión Central antipalúdica, realizó las
primeras estadísticas de mortalidad utilizando el registro
civil. Lara planteó las dificultades, hasta la fecha, para poner
en marcha las estadísticas: personal interino, asientos hechos
por indígenas desconocedores de la legislación sobre registros
civiles, mala conservación de los documentos y multitud de
incorrecciones en el registro de causas de muerte. Otro de los
obstáculos residía en las dificultades para un diagnóstico
microscópico preciso, pues, al parecer, las tareas eran
realizadas por personal indígena que hasta la fecha no había
sido entrenado en el reconocimiento de la morfología de los
plasmodios (22).
La elaboración de un censo de afectados por las enfermedades
endémicas fue también una herramienta colonizadora de vigilancia
y control de la población y muestra la visión uniformizada de la
población característica de la medicina metropolitana (23). Esta
forma de inspección extrema mostraba la transformación histórica
que el proceso colonizador marcaba en los cuerpos de los nativos
convirtiéndolos en cuerpos vigilados, una parte esencial del
proyecto colonizador (24). Las masivas extracciones de sangre
realizadas por Gustavo Pittaluga (1876-1955) en la expedición
científica de 1909 a territorio guineano (373 extracciones, 339
a indígenas, salvo alguna excepción se trataba de trabajadores
de las fincas) siguieron efectuándose en años siguientes con un
interés más bacteriológico que diagnóstico o terapéutico (25).
El análisis de sangre acabó convirtiéndose, en 1927, en una
tecnología médica de vigilancia y dominación sobre los varones
indígenas trabajadores de las explotaciones agrícolas o
emancipados (26). En esto España no le anduvo a la zaga a otras
potencias coloniales. El modelo de équipes mobiles ideado
por Jamot para el servicio sanitario francés, fue utilizado
también por Bélgica en el despliegue entre la población nativa
de extracciones sanguíneas masivas para el diagnóstico de la
enfermedad del sueño o en Suráfrica para la vigilancia de
viajeros nativos ante la epidemia de tifus de 1922 (27).
Siguiendo la reglamentación establecida en la península en 1924
por la Comisión Central Antipalúdica, sobre la obligatoriedad de
disponer de certificación médica, el certificado médico con los
resultados de los análisis realizados en los laboratorios
oficiales ("certificado de análisis") fue obligatorio en Guinea
desde el 28 de diciembre de 1927 (28). Sin embargo, las
implicaciones coercitivas sobre la población indígena fueron más
graves que en la península. El certificado, sustituido por la
tarjeta sanitaria o pasaporte médico, era imprescindible para la
obtención de un estatus social digno pues permitía rebasar la
línea divisoria entre la no-persona nativa y la persona con
derecho a desplazarse por el territorio, firmar un contrato,
realizar cualquier transacción comercial, obtener licencia de
caza o permiso de armas o construir una casa. Para 1932 ya se
habían realizado 20.000 pasaportes, con sus extracciones
sanguíneas consiguientes, no sin la resistencia, en ocasiones
enérgica, de la población nativa (29).
Una idea aproximada de los padecimientos de una comunidad
indígena urbana puede obtenerse a través de la morbilidad de
1929 del personal nativo - 717 trabajadores — que prestaban sus
servicios en brigadas de obras públicas de Santa Isabel. Según
los diagnósticos positivos del laboratorio central de Santa
Isabel, la filariasis era la enfermedad más frecuente afectando
al 71% (512) del personal, seguida del paludismo con un 40% de
afectados (288), mientras que la tripanosomiasis sólo afectaba a
51 (7%) y los infartos ganglionares a 21 (3%). Un patrón de
morbilidad parecido presentaba otro grupo de población, la
guardia colonial indígena de Santa Isabel, con un 43% de
diagnósticos positivos de paludismo o la guardia de la zona de
San Carlos, al oeste de la isla, aunque, en este caso, con
porcentajes menores de paludismo (30). Para la zona continental
de Bata, la incidencia de enfermedades era bastante similar pues
según las estadísticas elaboradas por el médico del laboratorio
central, Gutiérrez Lara, en 1928, el 81% de los diagnósticos del
laboratorio habían resultado positivos a la filariasis (1864
enfermos), el 41% al paludismo (897), el 12% a los infartos
ganglionares cervicales (266) y el 1% a la tripanosomiasis (33).
En total de los 2308 diagnósticos realizados a la población de
Bata, el 75% fue realizado en varones (1716) frente al 22% en
mujeres y el 2% en niños (74). Para la población de las islas de
Elobey y Corisco el panorama era análogo para la filariasis
(68%) y el paludismo (42%) aunque no se diagnosticó ningún caso
de tripanosomiasis. Para el personal indígena procedente de
Annobón (18 personas), paludismo y filariasis compartían el
porcentaje de morbilidad (26%) (nota 31). Aunque estas cifras de
morbilidad correspondían a una parte de la población, llama la
atención que las enfermedades que afectaban a la zona guineana
no coincidieran con el mapa sanitario del África occidental
elaborado por la Comisión Internacional de Higiene. Según el
informe de Guillermo Rocafort y Gasulla, miembro de la Comisión,
las cuatro enfermedades que asolaban esta zona africana eran la
fiebre amarilla —Sierra Leona, Costa de Oro, Nigeria (Kalabar,
Accra, Sekondes, Comassi)—, el tifus recurrente —Senegal, Sudán,
Guinea Francesa, Dahomey—, la peste bubónica —Lagos (Nigeria)— y
el Kalabar —Sierra Leona— y, en todo el territorio, la
enfermedad del sueño (32).
Otra cuestión era la de las causas de hospitalización en la
colonia. Según estadísticas correspondientes a 1929, de las
314.928 hospitalizaciones, el 25% se debieron a pacientes
ingresados por padecer tripanosomiasis, el 14% por padecer de
Pian y el 13% por filariasis. El paludismo sólo supuso el 4% de
las causas de hospitalización. Cómo el mismo Gutiérrez Lara
señalaba, las hospitalizaciones no eran reflejo de la "realidad
morbológica general".
Tampoco las causas de hospitalización corrían paralelas a las
de muerte. Así para 1929, de los 945 indígenas muertos en Santa
Isabel, 131 murieron de neumonía, 116 por disentería, 110 por
tripanosomiasis y unos 200 por varias causas que incluían la
caquexia palúdica, bronquitis aguda, tuberculosis y meningitis
(33). La primera acta de defunción asentada en Guinea en el
Registro Civil databa de 1892 aunque existían registros de la
propiedad y Notarial desde 1864. A partir de 1897 el Registro
llevó un funcionamiento muy irregular. Para la elaboración de
estadísticas a partir de los datos del registro, Gutiérrez Lara
agrupó bajo el epígrafe de malaria los conceptos nosológicos de
fiebres intermitentes, paludismo, perniciosas y anemia. Según
los datos recogidos, entre 1920 y 1928, la mayoría (80%) de los
registrados correspondían a los muertos en el hospital, tanto
europeos como indígenas. Entre 1892 y 1928 las principales
causas de muerte entre europeos se debieron, según la
terminología de la época, a malaria, hemoglobinúrica,
tuberculosis, tripanosomiasis, afecciones hepáticas y
alcoholismo (34).
Frente al desinterés y desconocimiento metropolitano por la
situación cotidiana en las costas africanas, un incidente de
1929 es un claro indicador de la desmedida alarma social causada
en la península por enfermedades consideradas "exóticas". En
noviembre, el buque Legazpi partió del puerto de Santa Isabel, a
su llegada al de Cádiz fueron desembarcadas dos personas
enfermas. La Vanguardia, Las Noticias, El Sol
y La Nación, con celeridad se hicieron eco de la noticia
y, en tono alarmista y poco riguroso, hablaron de "pasajeros
muertos y arrojados al mar" por epidemia de paludismo. El alto
número de enfermos (17), la elevada mortalidad (4) y la sospecha
de un caso de fiebre amarilla, impulsaron la intervención de
Barcenas, director general interino de Sanidad, quien solicitó
una investigación a la Dirección General de Marruecos y
Colonias. El informe fue redactado por el asesor técnico
Pittaluga quien restó importancia a la morbilidad, "17 casos en
el buque no constituye un hecho que pueda sorprender", aunque no
así a la mortalidad pues sólo era esperable que esta rondara
alrededor del 1%, si se había prestado la ayuda médica
necesaria. Pittaluga informó que, posiblemente, se tratara de
fiebre amarilla dado que los laboratorios de Cádiz no habían
podido mostrar la presencia de parásitos en la sangre de los
afectados. El informe fue aprovechado por el gobernador para
ensalzar las buenas condiciones sanitarias de la colonia
destacando que la mortalidad de los europeos era del 4:1000
(35).
En julio de 1930, las autoridades sanitarias planeaban la
publicación de un boletín de enfermedades infecto-contagiosas
para su impresión en la metrópoli. El boletín seguiría el diseño
del publicado en la colonia inglesa de Nigeria, iría en edición
trilingüe en francés inglés y castellano y seguiría el bosquejo
sanitario tradicional de la metrópoli (Sanidad Exterior/Sanidad
Interior) distinguiendo entre zona sanitaria con puerto
habilitado y zona sanitaria sin puerto habilitado o del interior
(36). Sin embargo, no parece que el boletín viera finalmente la
luz pues, en 1932, Alfonso de Vivanco, practicante del servicio
sanitario de la colonia, remitía al director general de
Marruecos y Colonias un informe reiterando, las "posibilidades
estadísticas en la Sanidad de los territorios de las colonias"
(37).
Un nuevo intento de conocer la situación sanitaria general se
produjo en 1933. La recién designada Misión Especial de
Endemias, creada con el objetivo de establecer un plan para la
lucha contra la enfermedad del sueño y otras endemias, incluía
entre sus objetivos más inmediatos establecer un censo sanitario
de la isla. Sin embargo, como veremos más adelante, el objetivo
no se completó (38).
El cambio de régimen político de la metrópoli, en los
primeros años de la guerra civil, acabó por invisibilizar la
presencia del paludismo como problema sanitario tanto en los
informes de inspección sanitaria de 1937 como de 1938. En una
sanidad pensada para mantener la fuerza productiva la percepción
de las urgencias sanitarias quedaban así expresadas: "Las
enfermedades que constituyen el grave problema colonial son como
ya hemos dicho en anterior estudio Lepra, Tuberculosis, y por el
estado de astenia general a que conducen y síndromes
consecutivos que colocan al indígena en estado de inutilidad
real para el trabajo, la Uncinariosis y el Pian" (39).
Puede concluirse que durante el primer tercio de siglo la
administración sanitaria colonial no elaboró ningún mapa
sanitario de la zona que contribuyera a un conocimiento preciso
de las enfermedades más frecuente de la zona y que permitiera
abordar la acción sanitaria con'.' cierta fundamentación para la
época.
2.Explicaciones etiológicas del
paludismo: raza, segregación y esclavitud
Como hemos señalado, desde comienzos de siglo las autoridades
sanitarias españolas advirtieron la alta incidencia de la
enfermedad palúdica. Sin embargo, la percepción racista de la
población autóctona condicionó la explicación médica sobre el
riesgo de enfermar que se percibía más nítido para la población
europea. En el contexto de la India colonial, Ronald Ross
estableció la vinculación de la enfermedad palúdica a la
degeneración racial de los hindúes. De esta manera, al luchar
contra la enfermedad no sólo se cumplimentaba el proyecto
colonial sino que se evitaba la degeneración racial de los
ingleses (40).
En la primera tesis doctoral sobre la situación sanitaria de
la colonia africana, López Saccone, en 1893, aún reconociendo
que no existían razas inmunes al paludismo, señalaba la
caucásica como la más proclive a enfermar y destacaba el
"cruzamiento de razas" como el único procedimiento para la
adquisición de inmunidad. Pero, la disparidad racial en la
susceptibilidad del padecimiento ("una especie de tolerancia muy
relativa"), cuestión admitida al menos durante las dos primeras
décadas del siglo (41), venía a corroborar científicamente la
explotación de los nativos ("la raza negra parece poseer cierta
resistencia [frente al paludismo] que le permite soportar con
alguna esperanza de no sucumbir, los trabajos rudos del campo")
(42) y contribuyó a construir la imagen de los africanos mitad
niños, mitad diablos (43). En 1902, el médico director del
Hospital Reina Cristina, Manuel García, en su informe sobre la
salud pública e higiene en la colonia señalaba el alto riesgo de
enfermedad palúdica entre la población europea y su relación con
factores clásicos en la fisiopatología hipocrática
(temperamento) u otros de carácter más contagionista (sexo,
edad, tiempo de estancia en la colonia). Frente a los europeos,
la enfermedad en las comunidades indígenas la asociaba García a
características tribales de "miseria, suciedad y abandono" que
afectaban, sobre todo, a la etnia bubi frente a la comunidad de
los fernandinos más del gusto de los europeos por sus costumbres
anglófilas, "carácter pacífico, tenaz, desconfiado y con poca
afición al trabajo", la propensión a la enfermedad de los bubis
era vinculada, en el discurso regeneracionista del médico, a
características degeneradas "viven en la inmundicia y padecen
alcoholismo" (44). No es de extrañar que a esta percepción de la
etnia bubi contribuyera su mayor beligerancia contra la
colonización española. En 1910 protagonizaron, al mando de Luba,
la revuelta contra la ley que obligaba a trabajar a quienes no
fueran propietarios de fincas de más de una hectárea (45).
Con la bacteriología dejó de identificarse la enfermedad sólo
con un paisaje patogénico (46). La negritud pronto quedó
asociada a "amenaza infecciosa" donde el color de la piel
(biología) y la falta de civilización (cultura) quedaban
entremezclados, al igual que la presencia de germen malárico
(bacteriología) con los miasmas (higiene), como vectores
determinantes de la enfermedad.
"El negro... saturado del germen malárico, y al parecer
inmune, por lo mismo no se huye de él como de un contaminado;
pero es menester vigilarlo, reducirlo a barriadas de casas
higiénicas... Las casas particulares, especialmente las de los
negros, focos permanentes de mefitismo que conviene desterrar de
la ciudad...'" (47)
El "contacto" con el negro era irremediable para el europeo
("qué con ellos tiene que convivir de algún modo en aquellos
países") pues el nativo era un auxiliar imprescindible en las
tareas del blanco. Por tanto, no extraña que el médico colonial
afirmara "la salubridad del negro es la sanidad del europeo".
Junto con la legitimación proporcionada por el uso de políticas
similares en otras colonias africanas, las medidas
segregacionistas —respecto a "las casas habitadas por europeos y
negros civilizados"—, que en otras colonias fueron justificadas
al amparo de los nuevos conocimientos sobre el vector (48), en
el discurso médico colonial español quedaban también
científicamente justificadas amparadas en conocimientos más
tradicionales (higienizar sus viviendas, desinfectar su mísero
ajuar, hospitalización segregada).
Las ideas medioambientales (localización geográfica, clima
caluroso, "emanaciones del Níger", gérmenes maláricos de los
bosques y ríos continentales) también sirvieron para destacar la
insalubridad de algunas zonas del territorio insular. De hecho,
hacia 1911, se planteó el traslado de la capital desde Santa
ísabel a San Carlos, aunque el coste de expropiar las fincas
hizo desechar la idea. Coexistiendo con estas ideas
medioambientalistas, el conocimiento bacteriológico y los
recientes hallazgos sobre el vector inspiraron las medidas
legislativas propuestas en 1913 para la realización de
estadísticas sanitarias, que incluían, en el caso del
cuestionario sobre paludismo, el estudio del índice endémico,
extensión de focos de larvas, mosquitos, etc. Aunque como hemos
señalado no hay constancia de que estos llegaran a practicarse
(49).
Cuando en 1926 Plácido Huerta y Naves redactó las medidas
recomendables para viajeros a Guinea, aún suscribía las ideas
hipocráticas y recomendaba el uso de ropa "pues las madrugadas
son frescas y húmedas y determinan con frecuencia enfriamientos
que se localizan en diversas partes del cuerpo y son principio
de afecciones más importantes o motivos de menor resistencia
para la invasión palúdica" (50). Igualmente, destacaba la
estacionalidad del anofelismo. Estaciones extremas, seca o
lluviosa, donde "la igualdad de ambiente" producía "estabilidad
fisiológica" que favorecía la salud (hipocratismo) y hacían
desfavorable el ambiente para el anofeles. Por el contrario, las
estaciones intermedias eran poco recomendables para el viajero
por los cambios climáticos bruscos causantes de la menor
resistencia a las infecciones.
Sin embargo, casi simultáneas a las recomendaciones de
Huertas, basadas en teorías medioambientales con medidas de
corte individual, fueron las propuestas ingenieriles contenidas
en la Memoria sobre ingeniería sanitaria redactada con atención
al paludismo y la enfermedad del sueño así como plan para
aplicar en Santa Isabel redactadas por Pedro Diz y Ramón
Montalbán, en 1927, encaminadas a luchar contra el vector. En el
informe de los ingenieros Diz y Montalbán las altas tasas de
paludismo de la capital de Fernando Poo se achacaban al aumento
de población, y el incremento consiguiente de enfermedades de
origen hídrico; a características del terreno, llano y propicio
al estancamiento de lluvias por subsuelo impermeable y
evaporación insuficiente por la humedad del clima; a
infraestructuras deficitarias carentes de alcantarillado, con
pozos negros y falta de tanques para vaciarlos (51). En la
memoria también se mencionaba la efectividad, para disminuir la
morbilidad, de las medidas profilácticas contra el vector pero
de efecto limitado pues sólo eran observadas por "el elemento
culto" de la población.
En 1928, se produjo un enfrentamiento en la administración
médica colonial entre el director de sanidad interino saliente,
Juan Bote y el recién nombrado Plácido Huerta y Naves. El cruce
de acusaciones sobre quejas por traslados injustificados e
incumplimiento de promesas de destinos era signo de las
frecuentes corruptelas en el seno de la administración sanitaria
que se manifestaban en el cobro de igualas por los médicos
coloniales y, especialmente, en la distribución discrecional de
la exigua medicación existente tanto por parte de Bote —lo
justificó por la pobreza de los pacientes—, como por el mismo
repuesto general de medicación. Huertas intentó restar crédito a
la actividad profesional de Bote destacando la falta de interés
de sus investigaciones tachándolas de responder a "necesidad
personal" y a la ignorancia.
"Los trabajos que dice está realizando acerca de la medida de
la endemia palúdica, para el conocimiento universal, sobran
todos pues este conocimiento es vulgar para el que ha leído y no
debe de olvidar ningún médico que a los seis meses de permanecer
en un lugar fuertemente palúdico como éste, todos lo son, y
desde luego los indígenas en los que a los seis meses de edad,
en investigaciones mejor llevadas, mucho más competentes, desde
hace muchos años y en muy diversos lugares demuestran esta
paludización total" (52).
La polémica no sólo ponía de manifiesto las refriegas
internas de la administración colonial, también indica el
conocimiento discordante de la época.
Hasta 1929, no mencionan los médicos coloniales el papel
desempeñado por la tropa en la extensión de la enfermedad en
Guinea. En ese año, la tropa ya estaba integrada por población
indígena. En las estadísticas del laboratorio central de Santa
Isabel se indicaba que casi un tercio de la plantilla militar
(unos 50 de un total de 196 soldados) variaban anualmente, con
los consiguientes desplazamientos a sus lugares de origen y
nuevos reemplazos procedentes de zonas con alta morbilidad
(53).
Nájera, unos años después, señalaba explícitamente la
relación de las endemias con las migraciones forzosas de
indígenas, causantes de altas concentraciones de población en
zonas con alta morbilidad. Estas migraciones bien podían
etiquetarse de tráfico de esclavos pues, desde 1908, el
gobernador Ramos Izquierdo había institucionalizado la
denominada "prestación personal" que obligaba a los jefes de
tribus a ofrecer a los miembros varones de su comunidad ante las
autoridades españolas que después los distribuía entre los
finqueros. Con posterioridad, los trabajadores eran reclutados
entre la etnia fang de las zonas continentales y bajo cualquier
excusa delictiva mínima eran desplazados a las fincas de la isla
de Fernando Poo o forzados por capataces a su desplazamiento
(54).
A pesar de la existencia hacia 1930 de explicaciones de la
enfermedad palúdica en las que, junto a los elementos
medioambientales se habían introducido conocimientos
bacteriológicos y epidemiológicos, tras el estallido de la
guerra —Guinea fue del bando nacional desde el comienzo—, se
recrudecieron las explicaciones estigmatizantes en las que "el
indígena" se contemplaba como un todo homogéneo, reservorio de
la enfermedad (55). Frente a lo que se ha señalado, para el caso
de algunos territorios bajo control colonial inglés, donde una
concepción de la enfermedad individual y medioambiental dio paso
a otra concepción tribal que patologizaba la cultura cuando ya
esta se entendía desvinculada de la naturaleza (56), en España
pervivieron las concepciones medioambientalistas. La causa de la
enfermedad, de carácter individual, se entendía aún en el marco
de la identificación naturaleza-cultura donde el "modo de ser"
de los indígenas, vinculado a su condición racial (naturaleza),
era el causante de su peligrosidad infectífera ("dado el modo de
ser de los indígenas y por cuidado que se procure tener, son
peligro de infecciones"). El destino último de los indígenas
enfermos era la locura, más allá de toda clasificación médica,
alcanzada desde situaciones de enfermedad tan variadas como el
alcoholismo, el pian o la tripanosomiasis, pero destino común a
ojos del médico colonial franquista, de un único proceso de
deterioro, degradación y salvajismo (57).
3.Percepciones equívocas y realidades
escasas en las medidas sanitarias
A pesar de la alta incidencia del paludismo entre la
población de Guinea, no fue esta la enfermedad endémica a la que
mayor interés prestó la sanidad colonial. El dramatismo con el
que la enfermedad del sueño era percibida por los médicos
coloniales eclipsó la importancia del paludismo. Así quedaba
patente en el testimonio del Enrique Lalinde, Jefe de Sanidad en
1947, sobre sus impresiones a su llegada a Guinea en 1930: "Se
trabajaba intensamente y con gran actividad, por entonces, en la
lucha contra la tripanosomiasis humana que hacía pocos años se
había adueñado del país amenazando despoblarlo" (58).
La enfermedad del sueño, con una incidencia muy inferior
entre la población como hemos analizado en un apartado anterior,
recibió pronta atención con medidas legisladas específicas y
previas a las adoptadas frente al paludismo. Así en 1909 ya se
dictaron medidas preventivas (Boletín Oficial de los
Territorios Españoles del Golfo de Guinea, en
adelante BOTEGG, 1-1-1909, Prevenciones para evitar la
propagación de la enfermedad del sueño), completadas en 1912 (BOTEGG
1-II-1912, Bando sobre la enfermedad del sueño) y 1923 (BOTEGG
15-1-1923, Decreto sobre la tripanosomiasis). De igual forma,
las medidas institucionales desarrolladas fueron una buena
muestra del interés primordial por la tripanosomiasis en las
diversas etapas políticas. En 1927, Ramón Giner Borras puso en
marcha un censo de enfermos de tripanosomiasis59, se crearon
unos dispositivos asistenciales especiales, las hipnoserías, y
durante la República la Misión Especial de Endemias (1932), bajo
la dirección de Abelardo Lloret, centró sus trabajos casi
completamente en la tripanosomiasis, y se estableció el Plan
para la lucha contra la enfermedad del sueño y otras endemias
(60). Aunque es difícil explicar con precisión el mayor interés
despertado por la enfermedad del sueño, pueden conjeturarse
algunas razones. El desinterés por una enfermedad crónica, como
el paludismo, con la que los pacientes acababan conviviendo, sin
duda restaba dramatismo a la percepción de la enfermedad;
además, en el contexto de una medicina "enclavista", orientada
por los intereses de los europeos (61), es probable que la
posibilidad para la población europea de poder realizar una
profilaxis como la que suponía la quinina, actuara en el mismo
sentido. Igualmente, el interés científico internacional estuvo
más orientado hacia la tripanosomiasis, una enfermedad más
"exótica" a ojos científicos y quizá percibida socialmente como
más contagiosa que el paludismo. Aún desconociendo con exactitud
las causas del interés por una enfermedad con mucha menor
incidencia en la población, es indudable que muchas de las
medidas adoptadas eran superponibles a los métodos de lucha
frente a la enfermedad palúdica.
De la higiene urbana a los proyectos de ingeniería
En 1907 el gobernador en funciones de la colonia, Ramos
Izquierdo, sancionó un Proyecto de Colonización (BOTEGG
6-IV-1907) que trataba de favorecer la emigración de
peninsulares a los territorios africanos con medidas ventajosas
(pasaje gratuito, herramientas agrícolas exención del servicio
militar, asistencia médica, manutención gratuita el primer año y
siete años de exención de impuestos) (62). No es de extrañar que
para estimular la colonización Ramos se propusiera combatir los
temores colectivos sobre la insalubridad de los trópicos
mediante una serie de medidas de higiene urbana que además
aclimataran el aspecto de los núcleos urbanos a los gustos
metropolitanos (BOTEGG 1-III-1907). La ejecución de estas
medidas era, en algunos casos, responsabilidad individual de la
población (desinfección y blanqueo de casas y edificios amplios,
sin hacinamiento ni convivencia con animales, prohibición de
encharcamientos y basuras en las calles, incineración de
pertenencias de enfermos). En otras, era la propia
administración la encargada y consistían, fundamentalmente, en
la segregación de los indígenas en el extrarradio o de las
prostitutas en barrios aislados. También, se contemplaba la
construcción de mercados municipales y de infraestructuras para
el abastecimiento del agua (lavaderos, aljibes, alcantarillado),
se establecían las normas para los', asentamientos urbanos
(zonas secas sin lagunas ni pantanos o si era necesario
desecarlos o desaguarlos), o se regulaban medidas urbanísticas
(calles rectas, 16 m de ancho y casas distanciadas 12 m) para
prevenir la propagación de incendios o, siguiendo la concepción
miasmática, mejorar la circulación del aire para evitar
epidemias. También, se proponía la construcción de viviendas
para los trabajadores de las plantaciones. Precisamente, la
masiva roturación del territorio para su conversión en tierras
de cultivo llevó al gobernador a legislar la reforestación con
eucaliptos en las proximidades de las poblaciones, para que la
descomposición generada por la tala de árboles "no infeccionase
la atmósfera". No parece necesario insistir en el impacto
ocasionado, tanto en el hábitat natural como humano de los
antiguos pobladores, por medidas que desestructuraban las formas
de convivencia habituales. Otras medidas legislativas, a lo
largo del año, estaban encaminadas a la mejora del
abastecimiento y potabilización de aguas tanto en Fernando Poó
como en la zona continental de Bata (63).
Sin embargo, no hay que olvidar que estas eran las medidas
legislativas propuestas por la administración colonial y cosa
bien distinta era su ejecución efectiva. Estas medidas iniciales
eran más bien una declaración de buenas intenciones del proyecto
del colonizador en el que el interés por la salud quedaba
íntimamente ligado al mismo,
"base esencial de los pueblos es la salud pública; pues con su
disfrute puede el individuo dedicarse al desarrollo de los
múltiples problemas de la Ciencia, de la Industria, de la
Agricultura y del comercio y deber imprescindible de todo
gobernante". (64)
Las propuestas de mejoras del puerto o creación de estaciones
de desinfección participaban del bosquejo institucional
sanitario de la metrópoli (sanidad exterior/interior) (65). La
consecución de algunas de las medias previstas fue muy
deficiente con los resultados consiguientes. Ángel Barrera,
nuevo gobernador, en su informe de 1911, señalaba como la
proyectada canalización de aguas del Hospital Reina Cristina, se
había visto reducida a la apertura de una zanja ciega que
acababa en una de plaza de la ciudad "aumentando el mefitismo
del aquel paraje" (66). Las críticas a los edificios sanitarios
también se hicieron extensivas a la propia arquitectura. En
1912, en la carta que dirigía Tomás Ramos Pabalán, director de
servicios sanitarios coloniales, al ministro de estado para
proponer diversas reformas del servicio, se hacía eco de los
comentarios de Diego Saavedra (ex comisario), en su trabajo
España en el África Occidental (1910). Saavedra ya había
señalado los déficits arquitectónicos del Hospital Reina
Cristina construido con pavimento de madera, paredes y mamparas
con planchas de hierro adornadas con relieves donde se acumulaba
el polvo y la suciedad, del Hospital de Bata donde el edificio
en madera estaba construido sobre pilares de mampostería con
techumbre medio destruida, era pequeño, mal distribuido y sin
condiciones higiénicas. En el mismo escrito Ramos solicitaba
filtros de agua para los puestos sanitarios de los destacamentos
(67).
Esta primera etapa de promesas, más que realidades, de corte
higienista, dio paso, hacia los primeros años de la década de
los veinte, a ciertas iniciativas ingeníenles de gran
saneamiento, aunque siguieran legislándose medidas de higiene
urbana68. En 1922, se llevó a cabo la desecación del pantano
ubicado entre San Carlos y Batete, en la costa oeste de la isla,
gracias a la iniciativa del Delegado del Gobierno General,
Emilio García Loygorri, ayudado por los terratenientes (69). En
1924, el gobierno colonial encargó al perito agrónomo Atanagildo
Alaiz la elaboración de un informe para la desecación del
pantano de Concepción, en la costa este de la isla, zona bien
conocida por su morbilidad palúdica. A pesar de las dificultades
iniciales para la realización del informe (el funcionario alegó
que era competencia de Obras Públicas y no contó con la
colaboración inicial de los propietarios de fincas), tras un
segundo llamamiento el gobernador obtuvo un crédito reducido y
unos veinte indígenas para los trabajos. Alaiz, finalmente,
obtuvo la colaboración de la Compañía Transatlántica y de
algunos propietarios de fincas que cedieron sus braceros para la
realización del informe. Más que de un pantano se trataba, según
el ingeniero, de tres lagunas unidas y alimentadas por las aguas
de los ríos Viapa, Grande de Boloko, Boloko Chico y sus
afluentes, con un total de 12 hectáreas, una profundidad media
de 1.41m y un contenido total de agua de 172.020 m3. Anaiz
propuso varias medidas para obtener la desecación: drenarlas
abriendo zanjas de 2 m por 2 m en el muro de arena que separaba
las lagunas del océano; terraplenar o cegar las lagunas y así
convertirlas en zonas de cultivo. El coste de la obra se
calculaba en 285.931,50 ptas. Además, proponía la plantación de
eucaliptos o mimbreras en los márgenes de los ríos, a manera de
muros de contención, para evitar las avenidas y darles uso
comercial con posterioridad (70). Sin embargó, no parece que las
obras de desecación acabaran realizándose.
Un lustro después, tras la ocupación efectiva del interior de
la zona continental iniciada en 1926 por Muñoz Núñez de Prado,
se le encargó a un ingeniero la revisión de las obras de
abastecimiento de aguas en el territorio. Según el informe, en
Kogo, en la zona del estuario del Muni, existía un aljibe con
desperfectos fáciles de reparar pero de urgente arreglo para
evitar su conversión en vivero de mosquitos. En las islas de
Elobey, frente al estuario, no se había finalizado la
construcción de un aljibe nuevo por falta de material y otros
estaban faltos de reparación. El técnico proponía detener los
traslados de población a estas zonas recientemente colonizadas
hasta que se reparasen los aljibes y se comprobara su correcto
funcionamiento durante la época de lluvias (71).
Hasta 1927 no se realiza un proyecto de ingeniería sanitaria
de cierta envergadura para la capital Santa Isabel, aunque al
parecer, en 1915, el comandante Río Joan, ingeniero de la
sección colonial, había realizado un cierto bosquejo inicial. El
proyecto fue encargado a Pedro Diz y Ramón Montalbán, ingenieros
de la asesoría de Obras Públicas de la Dirección General de
Marruecos y Colonias y fue expuesto en la Memoria sobre
ingeniería sanitaria redactada con atención al paludismo y la
enfermedad del sueño así como plan para aplicar en Santa Isabel.
Para los ingenieros, los problemas sanitarios de la zona estaban
lejos de estar resueltos siendo necesario un saneamiento
integral, previo a cualquier otra acción sanitaria, que sin duda
reportaría beneficios económicos estimulando las inversiones del
"personal y capital metropolitano". La clave preventiva era
evitar el contacto del anofeles con los enfermos y el único
medio eficaz la destrucción del insecto, medio mucho más
económico que el tratamiento farmacológico de los enfermos. La
destrucción del insecto, en la fase de larva, se basaba en
privarle de agua para su desarrollo actuando sobre pantanos,
charcas y marismas mediante saneamiento por drenaje
(canalizaciones y rectificaciones de corrientes) que dirigiera
los estancamientos hacia aguas corrientes. Asimismo, se proponía
cegar las charcas y terraplenar los terrenos bajos para evitar
su inundación o el petróleo sobre las aguas para hacerlas
tóxicas y evitar el desarrollo de larvas o destruirlas mediante
el uso de peces larvicidas. Contra el mosquito adulto se
proponía el uso de mallas metálicas y exterminio del mosquito.
Las medidas propuestas en la memoria se limitaban a la zona de
Santa Isabel cuyos abastecimientos habían de reformarse
vertiendo las aguas a la bahía del Nervión en lugar de a la de
Santa Isabel. Los ingenieros defendieron una intervención
coercitiva eficaz mediante medidas administrativas y policía
sanitaria que forzase la colaboración de la población (72).
En 1928 se sancionó un aluvión de medidas legislativas, no
sólo sanitarias (73). Entre las razones de este súbito afán
legislador del gobierno por la colonia guineana pueden
señalarse: la intensificación del reformismo social como única
fuente de legitimación nacional e internacional de la dictadura
en esta etapa del régimen dirigida a la creación de un nuevo
estado (74); la pacificación de Marruecos (1927) y la
consiguiente liberación presupuestaria para las arcas estatales;
la reforma administrativa de la estructura política colonial
—ahora dependiente directamente de Presidencia dentro de la
recién creada Dirección General de Marruecos y Colonias— ; y,
quizá, cierto clima cultural proclive a lo africano (75). Todo
ello permitió al conde de Jordana, Director General de Marruecos
y Colonias, librar un presupuesto extraordinario de 22 millones
para obras públicas (76). Pero, es muy verosímil que el factor
determinante para la promulgación de las medidas fuera el
acuerdo alcanzado en 1927 con el gobierno de Liberia. España,
como otras colonias europeas, tuvo que afrontar el problema de
organizar la mano de obra para la explotación de los territorios
y enfrentarse a formas nativas de vida basadas en una economía
de subsistencia. Sin embargo, en el caso español, se añadía el
problema del declive de la población bubi nativa en Fernando Poó
ocasionado por la profunda disrupción social causada por la
colonización. Las migraciones forzadas de población fang,
procedente de la zona continental, no bastaron para corregir la
escasez de mano de obra. Por otra parte, los rumores sobre la
explotación laboral en la colonia española redujeron las
migraciones de población kru proveniente de las colonias
británicas. Desde 1903, Liberia se convirtió en el país
suministrador de trabajadores a través de acuerdos con firmas
comerciales alemanas que hacían de intermediarias y,
posteriormente, por pactos directos con el gobierno español
firmados por Sánchez Arévalo en 1905 y Ángel Barrera en 1914.
Entre 1919 y 1926, 4.268 trabajadores fueron enviados desde
Liberia. En este año, por dificultades crecientes de alcanzar
alianzas con el gobierno de Liberia, los trabajadores reclutados
procedían de la etnia fang, asentada en la zona continental
guineana. Tras la ruptura de negociaciones con Liberia en 1927,
el tráfico volvió a formalizarse en 1928, y, en apenas un año,
fueron desplazados 2.431 trabajadores libértanos. No es pues de
extrañar que las medidas asistenciales legisladas persiguieran
el objetivo de tranquilizar al gobierno de Liberia, garantizar,
sobre la letra, las condiciones laborales de sus trabajadores y
conseguir mejorar la imagen desacreditada de España ante la
comunidad internacional (77). Estrategias similares fueron
habituales en otros gobiernos coloniales, como fue el caso de
Bélgica, donde el desarrollo de los servicios médicos
coloniales, sirvió para justificar internacionalmente la
intervención colonial en el Congo llevada a cabo por Leopoldo II
(78).
Algunas medidas sanitarias se establecieron con carácter
obligatorio para las denominadas "enfermedades evitables"
(tripanosomiasis, paludismo y disentería amebiana), mientras que
en otras disposiciones se recomendaba su cumplimiento apelando
al deber y a sentimientos patrióticos (79). En general, se hacía
más hincapié en cuestiones individuales contra el estancamiento
de aguas que en propuestas ingeníeriles de mayor calado a cargo
del gobierno. Así se prohibían los jardines con vegetación
abundante, los adornos que recogieran aguas o el uso de
recipientes para la recogida de basuras que pudieran producir
estancamientos, se obligaba al aislamiento de aljibes con telas
metálicas y al correcto desagüe de retretes y tejados80. Algunas
de estas recomendaciones, como las encaminadas a evitar
instalaciones de lavaderos en huecos y sótanos y vertidos de
aguas de los lavados, o el petróleo de las bocas de
alcantarillado, seguían haciéndose en 1934 (81).
A tenor de los informes de los colonizadores, algunas de las
obras de saneamiento emprendidas fueron bienvenidas por la
población autóctona. Así en 1928, en Bakato (82), los nativos
bubis mostraron su descontento por el incumplimiento de las
obras de saneamiento (construcción de un canal de conducción y
una presa) en la proximidad del poblado. Al parecer, las obras
habían sido relegadas por la prioridad concedida a la
construcción de una estación sanitaria. En Guinea la ley
colonial (Estatuto Orgánico de la Administración Local, 12-XI-1
1868) había implantado lo que eufemísticamente se denominó
"prestación personal para la construcción de obras públicas", es
decir, una fórmula encubierta de esclavismo que afectaba a los
varones y que, en 1907, el gobernador Luis Ramos Izquierdo hizo
extensiva a trabajos en fincas particulares próximas al lugar de
residencia de los nativos. Según el informe de Huertas, director
de sanidad, la comunidad bubi se resistió (83), en protesta a la
paralización de las obras de encauzamiento, a trabajar en la
construcción de la estación de Basako, el cabo europeo no prestó
cooperación eficaz, el cabo indígena se dio a la fuga, y los
sacerdotes de Bososo y Laka alentaron la protesta recomendando a
la población a trabajar menos, "como entretenimiento y no como
obligación pues corresponden a sanidad [los trabajos]". Para el
director de sanidad, estos hechos tenían un efecto deplorable
para la acción "humanitaria, colonizadora, patriótica,
científica y técnica." Huerta, tras la visita de inspección,
declaraba que "La finalización de esta obra de saneamiento y
pulcritud elevaría mucho la moral de este poblado, algo
defraudado en sus nobles aspiraciones por el retraso y
suspensión de esta obra" (84).
Recién entrado, el gobierno republicano planteó una
reorganización sanitaria. Con relación al paludismo, la novedad
consistió en incorporar las medidas agrícolas a la agenda
sanitaria. Sin embargo, las medidas propuestas no acababan de
asumir las propuestas de saneamiento integral, que venía
haciendo Pittaluga desde 1927 recogiendo experiencias ya
conocidas en Holanda o Italia. Pittaluga era consciente de la
persistencia —cifraba en un 50% de los médicos— de un concepto
de saneamiento aún anclado en ideas prebacteriológicas que
atribuían a la acción de las grandes obras hidráulicas la
desaparición de los miasmas procedentes de las aguas corruptas y
agentes de la enfermedad. Era necesario actualizar el concepto
en un sentido integral incorporando la mejora en las condiciones
sociales de la población agrícola (salario, vivienda, asistencia
médica precoz) para incidir en la morbilidad palúdica, siguiendo
el ejemplo de las reformas realizadas en Italia y Holanda (85).
El proyecto de las autoridades republicanas consistía en una
aplicación restrictiva del saneamiento integral, pues se
limitaba a plantear la expansión del área cultivable, desecando
tierras pantanosas y roturando la tierra, y la aplicación de
medidas encaminadas al aislamiento de enfermos y tratamiento
precoz de los afectados sin abordar la cuestión de las
condiciones laborales de los braceros. Las tareas asistenciales
se plantearon, además, en términos de mayor acometividad que en
periodos anteriores, no limitando la actuación al requerimiento
de los enfermos sino capturándolos mediante unidades móviles
desplazadas a las áreas rurales ("no hay que esperar a que
venga, el enfermo hay que ir a buscarle para curarlo"). El marco
institucional seguía el modelo de la sanidad urbana/sanidad
rural recién propuesto en la metrópoli. Remedios de corte
ambientalista estaban también previstos para las zonas urbanas
mediante saneamientos de aguas y subsuelo y desplazamiento de la
población instalada en lugares de saneamiento costoso hasta que
la agricultura los transformara en zonas exentas de riesgos
(86).
Un balance sobre los resultados obtenidos con las diversas
medidas propuestas, a lo largo del primer tercio del siglo, fue
realizado por los propios médicos protagonistas. Luis Nájera
Ángulo, médico de la administración colonial desde 1928, en 1932
calificaba el periodo tras la expedición de Pittaluga de
"esfuerzo estéril", debido a la mezquina atención prestada por
los gobiernos, y achacaba a la falta de medios el interés casi
exclusivo por los europeos que por aquella época suponían unas
2.000 personas que apenas alcanzaban el 5% del total de.
Pobladores (87) (media docena de médicos sin laboratorio ni
hospitales "apenas podían hacer otra cosa que atender en sus
dolencias a la población europea"). Respecto a las endemias
(paludismo, anquilostomiasis y otros parásitos intestinales) el
cómputo no podía ser más negativo "nada se ha hecho fuera de
algunos trabajos aislados" (88). Al parecer el nombramiento, en
1935, de Sánchez Guerra, ingeniero de caminos como Gobernador de
la colonia (89) favoreció ciertas medidas de saneamiento de
zonas pantanosas, aunque la brevedad de su gobierno hace difícil
pensar que terminaran verificándose. En ese año estaba previsto
realizar una expedición a Guinea, "filial de la expedición
Iglesias" al Amazonas, patrocinada por la Inspección General de
Colonias. Los objetivos, respecto al paludismo, estaban
encaminados a fines estrictamente biomédicos (índices esplénico
y plasmódico, datos epidemiológicos generales, recogida de
muestras, de mosquitos e investigaciones hematológicas en monos)
(90).
Tampoco los médicos coloniales del gobierno golpista, en
1938, realizaban un balance más optimista, "Es inexplicable que
no se haya conseguido un resultado enormemente mayor en estas
luchas sobre todo en la última". Las propuestas tras la guerra
incluían la destrucción con fuego y agua salada de la vegetación
"peligrosísima y no aprovechable" que rodeaba el hospital y
otras zonas de Santa Isabel, Concepción y San Carlos ("exigiendo
la colaboración de los finqueros") y la eliminación de los
estancamientos de agua alrededor dé núcleos urbanos. Aún
resonaban en las palabras de la autoridad sanitaria dedicadas a
la lucha antipalúdica los ecos militares de la contienda
fraticida,
"Estoy de acuerdo con el servicio
agronómico; él va a pedir un par de lanzallamas y quemar millas
de eucaliptus. El razonamiento es sencillo. En cualquier terreno
salvaje a medida que avanza la roturación y la agricultura, se
retiran por incompatibilidad de existencia, tanto los grandes
como los pequeños enemigos del hombre"
(91).
Las medidas individuales
En 1926, el Negociado de Sanidad de la Dirección General de
Marruecos y Colonias encargó a Plácido Huerta y Naves,
comandante médico de Sanidad de la Armada, médico colonial y
futuro director de Sanidad de la colonia, la redacción de un
folleto con las recomendaciones para viajeros a Guinea. La
tirada fue de unos 400 ejemplares aunque las recomendaciones
también obtuvieron difusión a través de La Voz de Fernando
Poo. Una carta del editor de la revista, fechada el 28-VII-1927,
daba noticia del "completo éxito" de la cartilla divulgativa y
de las numerosas peticiones de copias recibidas. Huerta
presentaba sus consejos con la legitimidad de lo científico
("recomendadas por la ciencia") e intentaba rechazar el
escepticismo de la población sobre el valor de las medidas
aconsejadas. Las tres enfermedades consideradas eran el
paludismo, disentería, y enfermedad del sueño. Las
recomendaciones podían resumirse en las propias palabras de
Huerta "Quinina, el mosquitero y el salacoff, constituyen el
trípode sanitario sobre el que descansan los colonizadores
tropicales".
La quinina (en forma de cloruro), se recomendaba contra la
picadura casual "para aniquilar las generaciones escasas de
hematozoarios" y a dosis de 0.25 mgr en toma nocturna que
aliviaba la percepción de efectos secundarios (zumbidos, pesadez
de cabeza), o bien, en caso de destemplanza se recomendaba
duplicar o triplicar la dosis en lugar del uso tradicional y
frecuente de purgantes, reducto de la práctica hipocrática. La
dosis había de incrementarse a 2 gr diarios en inyección
intramuscular en caso de fiebre y siempre bajo consejo médico.
El mosquitero había de revisarse en el interior y ajustado a
la cama. Contra la picadura del día recomendaba llevar botas y
mantener puertas y ventanas protegidas. Huertas combinaba estas
precauciones específicas con otras de carácter higiénico
personal que detallaba de forma exhaustiva (baño diario
vespertino, cambio de ropa interior y ducha rápida matinal
diarios, trajes lavables y de etiqueta para, los días festivos;
cambio de ropa de cama dos veces semanales). Las indicaciones
contra el mosquito estaban impregnadas de la metáfora bélica:
"No debe hacerse caso de los que no sienten los mosquitos por la
noche: están tan seguros como el centinela dormido que no se
diese cuenta de la presencia de patrullas enemigas" (92).
La lista incluía medidas frente a la disentería (reducir
conservas;' eludir ensaladas crudas y guisar para esterilizar
los alimentos; consumo de frutas aisladas del exterior y beber
agua mineral o hervida). Frente a la mosca glosina se
recomendaba vestir traje blanco con guantes, por su presencia
durante el día, realizar expediciones al crepúsculo, evitar
acampar en las proximidades de los ríos y, en caso de picadura,
una inyección de atoxil cerca del lugar de mordedura.
No fueron estas las únicas medidas planteadas de carácter
individual, aunque el folleto de Huerta fuera el más difundido.
En su memoria sobre ingeniería, Diz y Montalbán, a los que hemos
hecho mención anteriormente, tradujeron las propuestas del
ingeniero americano Hardenburg, para su divulgación en la
colonia como hojas sanitarias y obtener la alianza y
colaboración de la población. En el folleto traducido, se
recomendaba la inspección semanal del domicilio para eliminar
cualquier agua doméstica estancada por escasa que fuera
(barriles, botes de hojalata, canalones,...); desecación o
petroleado de estanques, peces larvicidas obtenidos a través del
suministro que habría de hacer el servicio sanitario o cubrir
aguas de uso con mallas. La administración había de hacerse
responsable de crear piscifactorías para el suministro de peces
larvicidas, prestar ayuda técnica y obligar al cumplimiento de
estas medidas por los particulares mediante inspecciones y
multas (93). Otras recomendaciones contra el mosquito,
publicadas en el Folletón de España Colonial y en
el Boletín Oficial de los Territorios del Golfo de Guinea,
añadían el uso de insecticidas para aniquilar mosquitos en
lugares cerrados con azufre, Zampironi, y, especialmente, Fly-Tox.
Pero lo esencial seguía siendo la destrucción indirecta
eliminando el hábitat de los mosquitos persiguiendo con celo
obsesivo el estancamiento de aguas no sólo en el medio urbano y
natural sino en el doméstico ("el agua de las escupideras
descuidadas, de los jarros de lavabo no atendidos, así como de
toneles, vasijas bebederos, botes, latas, canalones y techos
abollados, pisos desconchados, caracoles y fondos de botellas,
puestos de adornos en los jardines o simplemente abandonados en
ellos, así como los botes y jarros de conservas tirados sobre el
terreno, alcantarillas obstruidas, etc."). Otras medidas en el
ámbito doméstico incluían, además del vestido completo y botas,
el aislamiento mediante telas metálicas finas, puertas de cierre
automático, cancelas de tela metálica y mosquiteros (94).
Hasta 1938, no hay muestras de interés de las autoridades
sanitarias por los indígenas como candidatos a recibir educación
sanitaria. Andrés Pizón, director de Sanidad, en su informe
sobre la situación sanitaria, por primera vez hacía alusión a la
necesidad de educar al indígena en la adopción de formas de vida
higiénica (lavado de pies y calzado para evitar elefantiasis)
vinculando la educación religiosa con la sanitaria, "con la
misma constancia que se predica el catecismo, voy a intentar
instruirles en prácticas de preservación y limpieza" (95).
El trabajo asistencial, casi exclusivamente centrado en el
diagnóstico, se llevaba a cabo en las estaciones sanitarias. Fue
excepcional la iniciativa institucional de 1924 para la creación
de un sanatorio de enfermos convalecientes de paludismo y
tripanosomiasis. El centro descansaba sobre un fundamento
funcional de base hipocrática en el que el clima no era un
simple coadyuvante terapéutico sino una terapéutica para estados
debilitantes, "verdaderas anemias perniciosas", causados no sólo
por la infección palúdica sino por la propia acción del clima
(temperatura, humedad atmosférica y tensión eléctrica) y de la
alimentación y el estilo de vida, sobre todo en los europeos. El
sanatorio cumpliría funciones de vigilancia para el logro de un
cambio en el género de vida y, sobre todo, del hábito en el
consumo de alcohol tenido por "aperitivo" y "tónico" ("un
sanatorio donde estarán sometidos a un reglamento riguroso, la
mejoría será más rápida y más franca"). El centro, para cuya
ubicación se barajaban las localidades de Moka, Basilé y Musola,
estaba previsto albergara tanto pacientes indígenas como
europeos, habitualmente desplazados a la península para su
recuperación. Finalmente, el director optó por Basilé, a 8 km de
la capital y de condiciones climáticas similares a las de Santa
Isabel, aunque mejor comunicado que los otros emplazamientos. La
propuesta era instalar a los europeos en el antiguo domicilio
del gobernador y segregar a los indígenas en el cuartel de
infantería que había albergado una sala de pacientes con
Beriberi (96).
En el caso de paludismo, y al menos sobre el papel, las
estaciones sanitarias perseguían un programa de actuación muy
ambicioso, según las medidas propuestas en 1928. Estaban a cargo
del diagnóstico de enfermedades epidémicas en pacientes
particulares o braceros mediante análisis periódicos,
trimestrales en el caso del paludismo y mensuales en el de la
tripanosomiasis. Aunque, inicialmente, las autoridades
sanitarias pretendían extender la vigilancia a toda la
población, finalmente, se limitó a los indígenas que consultaban
voluntariamente y se pospuso la de otros grupos ("cuando haya
lugar a los de los pantanos"). En el caso de la tripanosomiasis
las medidas eran más coercitivas y se trataba de enviar a los
enfermos a la Central de lucha contra la enfermedad "aún por la
fuerza si fuese preciso". También se proyectaba que desde las
estaciones el personal sanitario realizara un seguimiento
mensual de los afectados, proporcionando la medicación necesaria
(quinina y plasmoquina en el paludismo) y estudiaran los brotes
epidémicos y las condiciones de salubridad de las zonas bajo su
jurisdicción (pantanos, focos de glosina, anofeles, etc.) Pero
la estación también era el centro desde donde colonizar las
vidas de los indígenas aconsejando prácticas higiénicas
individuales y utilizando al personal nativo como agentes de
colonización ("que influenciará con su prestigio la colaboración
espontánea de todos"). A las estaciones se le adjudicaba,
asimismo, una tarea explícita de vigilancia sobre la población
sobre "las faltas cometidas por los particulares europeos e
indígenas" (97)
4.La quinina, instrumento de
colonización
Los colonos emplearon la quinina desde mediados del siglo XIX,
si bien se le achacaba un menor efecto, producto de la profusa
sudoración (98). A lo largo del primer tercio del siglo la
administración colonial siempre anduvo corta de suministro y
fueron constantes las quejas de los médicos coloniales, como
hemos dado cuenta en el capítulo 4. En 1927, el propio Pittaluga,
seguía recomendando al recién nombrado Director General Sanidad,
Plácido Huerta, añadir a los planes sanitarios "el empleo a gran
escala de medicamentos de eficacia reconocida" y, especialmente,
la Plasmoquina de Bayer, y contar con depósito abundante para un
abastecimiento adecuado (99).
Guinea fue un laboratorio de experimentaciones sobre el uso
de insecticidas y de fármacos antipalúdicos, entre otros
productos (100). En el caso de los insecticidas hay constancia
del envío, en 1926, por Manuel Gil Cala, representante de la
casa que comercializaba la Piretrina, de tres kilos de
insecticida para ser ensayado por los servicios competentes
(101). El primero de los medicamentos en ensayarse, de los que
hay noticia, fue el Quinotanhol o Kinotanhol en 1925. Desde
Bilbao, José Vicente de Velar, representante del farmacéutico
José María Goicochea y Alzuarán, ofreció al ministro de estado
un nuevo específico antipalúdico fabricado por el farmacéutico.
Uno de los argumentos reiterados en la propaganda del específico
fue el de la eficacia y alivio sintomático desde la primera
dosis. De Velar ofreció 20 frascos para su ensayo en enfermos
palúdicos, aduciendo la seguridad del producto avalada por el
registro del Ministerio de Gobernación. La oferta de ensayo fue
aceptada por el servicio sanitario colonial. En 1926, se dio
otra oferta algo peculiar. Un(a) estudiante de Boston, Jesse G.
Webl, ofreció un antipalúdico que, al parecer, también tenía
propiedades terapéuticas frente a la gripe, escarlatina y la
enfermedad del sueño. Webl apelaba a razones humanitarias para
el uso de su producto del que destacaba su mayor celeridad de
acción (a partir de las 36 horas en lugar de los doce días del
sulfato) (102) y acreditaba su eficacia mediante los testimonios
de soldados franceses y del presidente de Cruz Roja de
Madagascar y Argelia. Dos años después, Alejandro Uriarte
igualmente ofertaba un nuevo antipalúdico a la Dirección General
de Marruecos y Colonias, que solicitó un informe al gobierno
provincial de Logroño sobre el fabricante de quien, al parecer,
se desconocía que poseyera conocimientos para fabricar el
antipalúdico salvo por el hecho de haber residido en América
(103). No hay constancia que estos dos ofrecimientos fueran
aceptados por el gobierno colonial.
En 1928 se aceptaba oficialmente que la dosis diaria preventiva
de quinina debía ser de 0,25-0,50 grs/día y se recomendaba la "quininación
sistemática de todos los que en el examen hematológico periódico
resulten paludizados". En el folleto con las recomendaciones
para viajeros a Guinea se recomendada la quinina Ziemer (104).
En ese año, probablemente alentados por la recomendación
oficial de la quininización sistemática, se produjeron dos
nuevos ofrecimientos. De una parte, el Salutiferum (metilquinina).
Isaac Asteinza, representante del médico Puerto, propuso su uso
en los hospitales de la colonia avalando el producto con las
certificaciones de Luis Limpo Rabocho, médico jefe del
dispensario antipalúdico de Olivenza (82 enfermos tratados en
1927) y de Pittaluga (dos pacientes en 1926) (105). La dirección
general de Marruecos y Colonias solicitó un informe a Pittaluga
quien delegó en Elósegui. Aunque Elósegui cuestionó que la
eficacia del antipalúdico fuera el único criterio de aceptación
del fármaco y que eran necesarias condiciones físicas o de
posología adecuadas a la situación de la colonia, aceptó el
envío de una cantidad de fármaco suficiente para su ensayo
oficial. Otro fármaco aceptado a ensayo fue el Antipalúdico-Sanavida
enviado por la casa Sanavida de Sevilla. El preparado carecía de
literatura científica de apoyo porque, según testimonio del
laboratorio, el médico "Dr. Goldmann que lo aplicó con
brillantes resultados en Bulgaria, hace años murió." Sin
embargo, Huerta aceptó 20 muestras con la promesa de remitir el
oportuno informe una vez ensayado "por si sus resultados fuesen
dignos de ser tenidos en cuenta" (106).
El fármaco que obtuvo más aceptación por el gobierno fue el
Kinotanhol. El propio Director General de Marruecos se volvió a
dirigir, en 1927, a José Vicente de Velar, representante del
fármaco, solicitando nuevas muestras de Kinotanhol para su
ensayo en Fernando Poo. Al parecer, aunque los frascos enviados
en 1925 se habían recibido, no había constancia de su uso y el
fabricante había reclamado los informes del ensayo del fármaco
(107). Dos años después, el director general pedía una nueva
remesa, "por la actual reorganización sanitaria sería
conveniente efectuar en la actualidad los ensayos." La petición
se reiteró en 1933. El específico fue enviado por el fabricante
a la Dirección general de Marruecos y Colonias para su ensayo e
informe acerca de los resultados obtenidos y el por entonces
Director general de Marruecos y Colonias, Plácido Buylla, lo
dirigió al gobernador general de los Territorios.
Hasta 1933 no se remitió el primer informe científico sobre
los ensayos con diferentes clases de quininas. José Mª Goicochea
y Alzuarán realizó un nuevo envío de una caja con 15 frascos
para ensayo en todo tipo de fiebres palúdicas (cotidianas,
alternas, tercianas, cuartanas, "por rebeldes y refractarias que
a otros tratamientos se hayan mostrado"). La originalidad del
fármaco residía, según sus promotores, en su efectividad a la
primera dosis, su asimilación fácil y completa en el tubo
digestivo y su forma de presentación en líquido o solución y
sellos. El fármaco venía avalado ("es un preparado científico de
quinina") por Casadevante, Director-Jefe del laboratorio de San
Sebastián y legitimado por las nuevas teorías farmacodinámicas.
Se trataba, según la certificación, de una sal orgánica de
quinina que por hidratación se desdoblaba en "derivados
tanoquímicos orgánicos" cuyas propiedades, hasta fechas
recientes denominadas del "estado naciente" y explicadas por la
teoría electro-cinética al uso, poseían mayor "potencialidad
dinámica". El fármaco fue utilizado por la Misión Especial de
Endemias (M.E.D.E.), sin ensayo oficial, cuando se agotó el
clorhidrato de quinina presupuestado. El informe del médico jefe
de la Misión fue taxativo y crítico en casi todos los aspectos
esenciales del fármaco: "pobreza científica del prospecto", y
acción más bactericida que específica contra el plasmodium;
objeciones a la fórmula (influencias de la tensión superficial y
la acidez iónica sobre cualidades químico farmacéuticas y
cuestionamiento de la posible formación de tanato de quinina
ante un exceso de ácido sulfúrico e incompatibilidad entre
tanino y quinina); críticas a la dosificación (principios
contrarios a los mantenidos por la mayoría de los malariólogos
que recomendaban dosis medias y fraccionadas en lugar de dosis
masivas que agravaban los efectos secundarios digestivos). El
medicamento se había utilizado, en los centros de tratamiento de
la tripanosomiasis de Basupú y Basakato, en la costa oeste de
Fernando Poo, a falta de clorhidrato de quinina y a la dosis
equivalente de 1 gr de quinina. Los pacientes tratados eran
indígenas con brotes activos de paludismo, síntomas de accesos
febriles y algias, con parásitos en sangre y esplenomegalia. Al
parecer el fármaco aliviaba los síntomas pero se mantenía la
esplenomegalia y los parásitos en sangre. El informe concluía
afirmando su escepticismo respecto a la utilidad de la
dosificación propuesta por el fabricante y aceptando su
potencial aplicación en enfermos de paludismo afectados por el
Plasmodium malaríe o vivax (pero no en caso de
infecciones por falciparum, el más frecuente agente
causal de los paludismos crónicos en Guinea). En este último
supuesto, simplemente reputaba como "disparatado" y sumamente
costoso su empleo (108).
Al menos desde 1929, según establecía el Reglamento de
Hospitales de la colonia, los centros hospitalarios volvieron a
vender quinina a particulares siguiendo la lista de precios
oficial más una cantidad establecida a discreción ("según se
estime conveniente"). Para el personal administrativo ("elemento
oficial") estaba fijada la distribución gratis de quinina
profiláctica a dosis de 0.25 gr (109) a pesar de las
recomendaciones hechas por la Liga de Naciones que recomendaba
una dosis de 1.2 gr al día (110). Sin duda, la discrecionalidad
en la fijación de precios permitía cierta corrupción, al menos
así fue puesto de manifiesto por el director saliente de sanidad
Juan Bote ante el nuevo director Plácido Huerta: "Estos
tratamientos (antitripanosomiasis) son la principal fuente de
ingresos de los médicos en la colonia; ni se entera (Huerta) de
que en el repuesto general de medicación, a pesar de estar en la
misma dirección de sanidad, hayan sido vendidos productos
medicinales a los particulares, cosa que al parecer ya no se
puede hacer" (111).
Una de las dificultades para la extensión del uso de quinina
fue el problema del suministro, que se abordó activamente
durante el periodo republicano mediante el nombramiento de una
comisión de vigilancia de los productos farmacéuticos y material
sanitario remitidos a la colonia (112). Los integrantes de la
comisión fueron Eduardo Delgado (presidente), Rafael de Garay
(vocal), Joaquín Velasco (vocal) y Juan Blanco (secretario).
Eduardo Delgado, informaba con prontitud de los problemas
ocasionados por el sistema de concurso con el que normalmente se
realizan los envíos de fármacos: lentitud en la tramitación de
expedientes (25 días para dar a conocer a las casas comerciales
el concurso, estudio de precios y adjudicaciones y otro mes de
plazo de entrega), retraso debido a la periodicidad de salida de
barcos, imposibilidad de garantizar la pureza química de los
medicamentos y reemplazamiento de unos medicamentos por otros
denominados "sinónimos" y de precios más altos. De hecho, en
otro escrito, se informaba de los precios abultados por algunas
casas comerciales, sobre todo, con medicamentos licitados a una
sola casa comercial y tan básicos como el alcohol
desnaturalizado y el Quinotorium, las diferencias de precios
para un mismo producto, además del "afán desmesurado" en
solicitar productos comercializados muchos más caros que los
específicos. En la nueva propuesta la comisión pretendía comprar
genéricos a la farmacia militar y limitar el concurso de
medicamentos a aquellos que no figuraban en la farmacia. Este
sistema se suponía que garantizaría la pureza química, la
rapidez en los envíos, y el ahorro. Se calculaba que el ahorro
entre 200 tubos de 50 cápsulas de 0,25 gr de Quinotorium,
un antipalúdico comercializado (2.050 ptas) frente a 10.000
pastillas (3,5gr) de sulfato químico (689,15 ptas) podía ser de
unas 1.360,85 ptas. En el caso de los inyectables, frente al
producto comercial Quinotorium (ampollas de 1 gr y 0,50
gr, 3.500 ptas), con el cloruro químico básico (ampollas de
0,50gr, 962,50 ptas) la diferencia de precio podía ser de unas
2.537,50 ptas. De hecho, ese mismo año se procedió al envío de
genéricos por la farmacia militar.
En 1930, el informe sobre la organización sanitaria admitía,
por primera vez, la vinculación entre salud de la población y
economía al señalarse "el valor económico de la quininización
profiláctica general" como medio para evitar las frecuentes
pérdidas laborales de los nativos trabajadores enfermos de
paludismo. Junto al paludismo, se destacaba el impacto económico
de las otras dos enfermedades dé más alta incidencia en la isla,
la tripanosomiasis y el parasitismo intestinal. La dirección de
los servicios sanitarios expresó su interés en emprender un
estudio de la cuestión (113). Extraña esta tardía vinculación de
salud y economía en el discurso médico colonial, en un contexto
colonizador de explotación de las riquezas naturales. La escasez
de la mano de obra — clave para el mantenimiento de la
producción agrícola - había generado prácticas de migración
forzada por parte de los propietarios que dieron pie, en 1930,
al escándalo sobre tráfico de esclavos que hemos mencionado
anteriormente. Precisamente estos intereses productores
espolearon las promulgación de medidas asistenciales precoces
(114), adelantadas a la propia metrópoli, como la asistencia
hospitalaria gratuita a braceros indígenas de la isla, habían
sido legisladas en 1910 - por estas fechas los propietarios
criollos (fernandinos) aún no habían sido marginados en la
propiedad de la tierra — y se hicieron extensivas a los braceros
de la zona continental en 1922 (115). Sin embargo, la
desatención al impacto económico de la salud de los trabajadores
fue patente y, a mi entender, puede explicarse desde varias
claves. De una parte, por el racismo que asignaba al nativo una
condición infrahumana y que hacía del bracero una mera
herramienta de trabajo sustituible. También, por una formación
médica deficitaria aún anclada en ideas ambientalistas, y, por
último, por el secular déficit presupuestario y organizativo del
proyecto colonial. Es probable que la carencia de mano de obra
que hacía peligrar el objetivo productivo de la colonia,
contribuyera a fomentar la percepción del valor económico de la
quinización.
El servicio de intervención y contabilidad de la Dirección
General de Marruecos y Colonias, en Madrid, criticó algunos
aspectos de la propuesta de surtirse de la Farmacia militar, por
la persistencia de retrasos en el envío por falta de existencias
o el incumplimiento del examen de medicamentos para garantizar
la pureza. Madrid solicitó volver al sistema de suministro por
concursos públicos con dos argumentos: "ser el reglamentario" y
"garantizan a la administración el perfecto suministro". Sin
embargo, el asesor médico, Eduardo Delgado refutó los argumentos
señalando que los medicamentos suministrados contaban con "la
garantía y solvencia de un establecimiento del estado",
figuraban en las guías oficiales correspondientes, y se
certificaban mediante un documento oficial del laboratorio
central de medicamentos, avalado con las firmas del Director
Comisario de Guerra y Jefe del Detall. Además, indicaba que la
carencia de medicamentos en un momento dado no cuestionaba el
procedimiento, pues las cantidades no servidas eran escasas, y
se debía más a la inadaptación del sistema de envases que a la
falta de existencias. Delgado insistía de nuevo en el beneficio
económico obtenido con este procedimiento que calculaba en unas
7.260,70 ptas para ese año.También se pidió asesoramiento legal
para aclarar si la adquisición a la Farmacia militar era
reglamentaria (Orden 2-II-1933). Finalmente, se llegó a una
posición de compromiso. Los pedidos se harían, generalmente, a
la farmacia militar, aunque la falta de existencias de algún
medicamento se comunicaría con celeridad para proceder a su
compra por concurso público. No es de extrañar que los
inconvenientes puestos a la modificación del sistema de
suministro escondiera ciertas corruptelas o cobros indebidos e
intereses de las casas comerciales.
No parece, sin embargo, que la propuesta mejorara el
abastecimiento, pues en el informe de 1934 del Jefe Interino de
Sanidad sobre el estado de la sanidad colonial, se reiteraba la
carencia de quinina, de instrumental quirúrgico y material de
cura que obligaba a los enfermos a comprar personalmente el
material que necesitaban. El almacén de medicamentos (Repuesto
General) era considerado "anticuado y absurdo", al igual que el
sistema de pedidos y la carencia de memorias que facilitaran la
actualización ("mientras no se realice una renovación del
petitorio, no podremos contar con repuesto general efectivo").
La falta de suministro ordinario por la farmacia militar
obligaba a la adquisición' de medicamentos en la península a
precios muy elevados y con presupuestos específicos que no
alcanzaban ni un 25% de lo que se pedía y retrasos en la
distribución, de tres a cuatro meses, debidos al largo trámite
en cursar la petición. Las propuestas planteadas ese año
sugerían' una mayor racionalización: elaboración de informes de
morbilidad para adecuar los pedidos a las necesidades,
realización de pedidos directos' de la colonia a las casas
comerciales que favorecerían la elección de' envases adecuados
para el envío de medicamentos, créditos especiales para
adquisición de medicamentos en plaza y se reiteraba la
necesidad' de excluir los específicos e inyectables dando
preferencia a preparaciones magistrales. Unos años después,
antes de finalizada la guerra, sorprende que el informe sobre la
situación sanitaria de 1938 hablara de un botiquín en la isla
Annobón "perfectamente surtido de quinina", aunque no se
indicaba la situación general de la colonia (116).
5.Terapias indígenas frente al paludismo
Desde los inicios del proceso colonizador efectivo, hacia
mitad del XIX, era conocido el uso de terapias herborísticas por
las comunidades indígenas (117). Sin embargo, hasta la década de
los treinta no recogieron los colonizadores, de forma
sistemática, el uso medicinal de plantas por los nativos
guiñéanos, en los informes sanitarios coloniales. A pesar de
ello estos remedios de amplia base empírica nunca llegaron a
incorporarse a las campañas auspiciadas por la metrópoli (118).
|