HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

Paludismo, explotación y racismo en Guinea Ecuatorial (1900-1939) 

de Rosa María Medina Doménech

 

   Este artículo forma parte del libro "Terratenientes y parásitos. Historia social del paludismo en España", publicado en 2003 por el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Su autora, Rosa María Medina Doménech, es profesora titular del departamento de Anatomía Patológica e Historia de la Ciencia de la Universidad de Granada. La profesora Medina Doménech dirige, entre otros, un grupo de estudios sobre "Medicina, enfermedad e identidad colonial en Guinea Ecuatorial".

 

   1.Desconocimiento y desidia en la interpretación colonial de la morbilidad palúdica 

  Es difícil obtener una visión histórica precisa de la incidencia del paludismo en Guinea Ecuatorial. Por una parte, son hoy numerosas las críticas generales sobre el uso de las estadísticas históricas y, en particular, en el caso del continente africano y del paludismo. Para empezar, existe el hecho de la dificultad en la identificación precisa del padecimiento, con anterioridad a su definición parasitológica, como mostraba la obra de López Saccone, médico de la marina, en 1893 (1). La dificultad diagnóstica se veía complicada por el hecho que los habitantes de esta zona de África solían padecer una forma clínica específica llamada "fiebre africana" o continua atípica, no reconocida por los propios médicos europeos, muy parecida clínicamente a la enfermedad tifoidea, pero que también ofrecía similitudes con la disentería (2). 

   Junto a ello, hay que añadir la insuficiencia de fuentes españolas precisas por la tardía introducción de estadísticas demográficas por parte de la administración colonial y la existencia de grupos de población segregados que recibieron muestras muy distintas de interés por la administración. Incluso tras la introducción de los métodos de laboratorio, las dificultades metodológicas en la realización del examen y la desigual dotación técnica de los centros harían controvertidas las afirmaciones muy precisas sobre la incidencia de la enfermedad. Entre todos los grupos de población, de los que menos noticia puede obtenerse son las mujeres y los niños, sectores de población ignorados por una sanidad orientada al mantenimiento de la mano de obra productiva masculina. 

   La escasa historiografía sobre nuestro pasado colonial africano a lo largo del XIX ya ha mostrado la severidad con la que la población procedente de la metrópoli padeció diversos procesos encuadrabas bajo la categoría de paludismo. Así hay noticias de que la llegada en 1859 de un contingente de población española, atraída al oeste, de África por incentivos económicos gubernamentales para llevar a cabo la colonización efectiva del territorio, padeció los rigores de la enfermedad. De un total de 128 colonos, sólo tres no enfermaron y, entre la tropa, aproximadamente, la mitad de los 166 soldados desplazados contrajeron el paludismo (fiebres intermitentes). Como medida terapéutica, el gobernador, brigadier la Gándara, distribuyó quinina pero no aceptó las solicitudes de repatriación hasta la devolución de las ayudas económicas del gobierno que muchos colonos ya habían gastado en tratamientos. Con todo, la incidencia de la enfermedad afectó con menor intensidad a la marinería y la tropa. Gándara atribuyó las diferencias entre los grupos de población a los aires malsanos de la costa y propuso la instalación inicial de los civiles a bordo de buques viejos. Algunos de los enfermos fueron asistidos en un sencillo hospital ubicado en la principal ciudad de la isla de Fernando Poó, Santa  Isabel. Así en 1860 se produjeron en el establecimiento un total de 10 defunciones, 7 por paludismo (fiebres intermitentes malignas) y 3 por disentería. A lo largo, de esa década los colonos fueron retirándose a la metrópoli, decreciendo la asistencia a civiles en el hospital. Según el patrón de los pacientes europeos asistidos en el establecimiento, el paludismo constituyó la principal causa de ingreso,.a distancia  de  otras  dolencias  como  la  disentería,  calenturas exantemáticas, úlceras, enfermedades venéreas, fiebres tifoideas, tuberculosis, afecciones oftálmicas, etc. (3). López Seccone señalaba, igualmente, en su tesis doctoral de 1893, que la mortalidad general entre la marinería que osciló entre el 2 y el 0.84% de 1869 y 1873, fue casi exclusivamente producida por el paludismo (4). También entre la tropa, durante el cambio de siglo, al menos en los destacamentos de Basilé y de la zona continental de Bata, de los que se dispone información, el paludismo era la principal causa de enfermar a distancia de otras afecciones como los abscesos o las heridas por arma de fuego (5). En 1900 se registraron hasta 900 casos de morbilidad palúdica, frente a los 198 de 1895, siendo el número de soldados asignados a la isla de 1176. 

   Otro grupo de población asentado en Guinea fueron filipinos, cubanos y españoles deportados. Aunque la enfermedad palúdica les afectó, no parece, a tenor de las estadísticas, que la mortalidad fuera desmesurada pues, según la correspondiente a la década 1892 - 1902, el número de fallecimientos no pasó de cinco (7). Sin embargo a pesar de estos datos, esta colonización penitenciaria contribuyó a una imagen negativa de la colonia en la metrópoli y una percepción de la isla como un lugar de enfermedad y reclusión, una "isla cementerio" para los reclusos allí confinados, que frenó la inmigración de colonos libres y el consiguiente desarrollo de la colonia (8). 

   Puede pues concluirse, a pesar de las limitaciones de la información disponible, que el paludismo fue una causa principal de enfermar y morir entre los diversos sectores de la población colonizadora de Guinea en la segunda mitad del siglo XIX. Es difícil, sin embargo, asegurar que la percepción de insalubridad que se tenía sobre la colonia estuviera justificada por la morbilidad palúdica. De hecho, la percepción de la gravedad del paludismo fue reemplazada en años posteriores por la enfermedad del sueño. 

   La actividad asistencial del Hospital Reina Cristina de Santa Isabel fue incrementándose con el cambio de siglo. De hecho, en 1902, el diagnóstico de paludismo, la mayoría recidivas, ocasionó 490 ingresos entre miembros del ejército que se tradujeron en 3.904 estancias. Entre la población indígena, sólo ingresaron 62 personas y entre la población europea 33. Es decir, al igual que en otros contextos coloniales africanos los dispositivos asistenciales orientaron, inicialmente, su actividad asistencial hospitalaria hacia los miembros del ejército (9). Pero los enfermos también recibieron asistencia domiciliaria. En 1902, 60 pacientes indígenas, fueron asistidos en su domicilio a causa del paludismo que ocasionó cuatro fallecimientos frente a un total de 677 asistidos (46 fallecidos). Es decir, la enfermedad causó, aproximadamente, el 9% de los desplazamientos médicos a domicilios de la población indígena. El porcentaje de asistidos debido a las fiebres palúdicas fue mucho más alto entre los europeos, ocasionando el 72% de los desplazamientos domiciliarios (493 con 39 fallecimientos frente a 681 pacientes asistidos con 3 fallecimientos). La mortalidad achacable al paludismo fue más alta entre europeos que entre indígenas de la etnia bubi y de los llamados fernandinos, un grupo de población muy occidentalizado constituido por miembros de la etnia Kru procedente de Costa de Marfil, y Liberia. Las autoridades sanitarias achacaron la mortalidad de las comunidades indígenas al alto consumo de alcohol, sobre todo, entre aquellos que vivían en las proximidades de Santa Isabel por la facilidad para adquirirlo. Las estadísticas parciales correspondientes al año 1909 y al área norte de la isla (Santa Isabel, Basilé, Benapé, Basupé), mostraban una inversión en las proporciones de afectados de manera que, en este año, se produjeron mayor número de fallecimientos debidos al paludismo entre los indígenas, tanto en él medio hospitalario (22) como en los domicilios (11), frente a los europeos (5 y 3, respectivamente) (10). Estas informaciones fragmentarias sobre la incidencia del paludismo fueron corroboradas por Pittaluga en su expedición al golfo de Guinea en 1909, al destacar la alta incidencia del paludismo "casi siempre en formas tropicales en la sangre periférica" y con un gran número de casos graves entre la población europea (fiebre hemoglobinúrica). Entre los miembros de la " expedición afectó, sobre todo, a los indígenas remadores, pero no los expedicionarios españoles con excepción de Bengoa, que fue incriminado por Pittaluga por su falta de celo en el cumplimiento de las medidas preventivas (11). 

   Por los datos que conocemos de algunas enfermerías, no parece que el paludismo afectara por igual a los pobladores de las diferentes regiones guineanas. Así desde lugares como Río de Oro, en 1913, no se notificó ningún enfermo de paludismo o fiebre (12). 

   Como hemos venido señalando la información sobre el estado de salud en la colonia era fragmentaria y ocasional, no es de extrañar que surgiera cierta preocupación gubernamental por el conocimiento extenso de la salud de la población como herramienta indispensable para el proyecto colonial. Ya en las primeras Instrucciones generales para el servicio sanitario colonial, de 1913, se legislaba la obligación de elaborar estadísticas sanitarias, generales y específicas para enfermedades como el paludismo o la enfermedad del sueño, por el cuerpo de inspectores sanitarios de distrito. En el caso del paludismo, se recomendaba la elaboración de un índice endémico y la descripción y valoración de los focos de larvas y mosquitos. Sin embargo, la puesta en marcha de una estadística seria nunca llegó a producirse de una manera sistemática, salvo para los primeros años, probablemente por la presencia de personal médico militar más disciplinado en la práctica de una burocracia administrativa que permitió la confección de la información con la que hemos podido describir con algo más de detalle el acontecer de la enfermedad hasta el estallido de la primera guerra (13). 

   Durante la primera guerra mundial, tras la ocupación de la, hasta entonces, colonia alemana en el Camerún por los franceses hacia 1917, fueron desplazados 3000 soldados procedentes de zonas endémicas (Ayos y Doumé), y establecieron sus campamentos en Fernando Poo. La ayuda española a Alemania tuvo sin duda sus compensaciones económicas pues Alemania se convirtió en "rico y espléndido cliente para el comercio colonial" que favoreció la prosperidad de los hausas, de religión musulmana (14), y el establecimiento de empresas y grandes explotaciones que ocasionaron concentraciones de braceros y un recrudecimiento de las enfermedades endémicas. El cómputo de las autoridades sanitarias españolas, en esas fechas, no fue alarmista hablándose en la primera memoria de Antonio González, médico de la armada, de una epidemia "reducida en relación con la densidad de acogidos". Pero el extenso informe de Luis Figueras, también médico de la armada, solicitada por el gobernador ante la insuficiencia de la realizada por González, puso de manifiesto el impacto sanitario que supuso el desplazamiento de unos 12.000 soldados, mayoritariamente indígenas de diferentes etnias, y un séquito numeroso que incluía a niños en diferentes edades. Este contingente humano fue desplazado hacia la costa de la Guinea continental para terminar asentándose en Fernando Poo. Según el informe, la población movilizada padecía todo tipo de afecciones (viruela, gripe, tuberculosis, lepra, enfermedades del sistema nervioso, cardio-respiratorio, digestivo, genito-urinario, de piel, ojos, enfermedades venéreas, ginecológicas, traumatismos o tétanos) incluyendo la disentería, bilharziosis, tripanosomiasis y el paludismo ("el primero entre las dolencias propias de los países tropicales"). Sin embargo, la importancia del paludismo quedaba depreciada con argumentos racistas ("siendo negros mis enfermos y habituados a un clima tropical, el paludismo hará pocos estragos entre ellos", "no ha revestido nunca caracteres alarmantes al desarrollarse entre la población indígena") aunque en el informe se reflejaba la gravedad de la endemia con un número considerable de enfermos, también entre los niños. El número de enfermos diarios (especialmente afectados de paludismo, gripe y disentería) fue calificado de "un máximo verdaderamente desconsolador" "límites extremos", sobre todo, en sus etapas iniciales sin viviendas ni alimentos disponibles. La mortalidad general anual rondaba entre las 320 y las 25-30 personas por mil, muertos sobre todo de disentería, inflamaciones broncopulmonares e inanición. La población blanca fue trasladada con celeridad a la península, siendo el paludismo la principal causa de morbilidad y con una mortalidad prácticamente nula. La quinina profiláctica (1 gr/4 días) sólo fue utilizada en el grupo de blancos no trasladados. El promedio diario de enfermos palúdicos asistidos se calculaba en unos 50 a 60, con periodos de recrudecimiento coincidentes con la epidemia de gripe, aunque en términos generales, según el informe, se desdeñaba la importancia de la enfermedad, pues; "el número de enfermos que el paludismo ha ocasionado ha sido siempre muy pequeño y daré como prueba de este aserto el número 0.93% como máximo observado" (15). 

   Unos años después, en 1928, el balance no era tan optimista desde las paginas de la Medicina de los Países Cálidos, tachándose de error el haber permitido el movimiento de tropas sin inspecciones médicas ni cuarentenas. Nájera, en 1932, también destacó el papel desempeñado por los desplazamientos de tropas en las epidemias (16). 

   Algunos informes constatan la aparición de otros brotes epidémicos esporádicos. Así, en 1922, hay constancia del brote que afectó a los habitantes de las proximidades de Bata en el territorio continental y que, al parecer, generó un alto índice de mortalidad. Según se refería, "despobló casi por completo los poblados" (17). También hay constancia, hacia 1924, de una comunicación del gobernador indicando la aparición de otro foco importante de paludismo y tripanosomiasis entre la población de Concepción, en la costa este de Fernando-Poo18. Otros territorios considerados palúdicos se localizaban, hacia 1928, en la zona continental costera de Bata y Cabo San Juan (19). 

   De 1928 data el primer intento de realizar una estadística sanitaria de cierto rigor. Ya en 1927, Ramón Giner Borras, director interino de la Sanidad colonial, había planteado que las investigaciones sobre paludismo estaban "hoy día casi completamente abandonadas" y sugirió la conveniencia de transformar el laboratorio de Santa Isabel en un laboratorio unifuncional para la realización de pasaportes sanitarios e investigaciones centradas en el paludismo (20). En el mismo año, Pittaluga recomendó al nuevo director de sanidad, Plácido Huerta, la creación de un servicio estadístico y demográfico (21). Al año siguiente, José Gutiérrez Lara, director del Laboratorio Central de Santa Isabel y miembro del cuerpo de médicos de la Comisión Central antipalúdica, realizó las primeras estadísticas de mortalidad utilizando el registro civil. Lara planteó las dificultades, hasta la fecha, para poner en marcha las estadísticas: personal interino, asientos hechos por indígenas desconocedores de la legislación sobre registros civiles, mala conservación de los documentos y multitud de incorrecciones en el registro de causas de muerte. Otro de los obstáculos residía en las dificultades para un diagnóstico microscópico preciso, pues, al parecer, las tareas eran realizadas por personal indígena que hasta la fecha no había sido entrenado en el reconocimiento de la morfología de los plasmodios (22). 

   La elaboración de un censo de afectados por las enfermedades endémicas fue también una herramienta colonizadora de vigilancia y control de la población y muestra la visión uniformizada de la población característica de la medicina metropolitana (23). Esta forma de inspección extrema mostraba la transformación histórica que el proceso colonizador marcaba en los cuerpos de los nativos convirtiéndolos en cuerpos vigilados, una parte esencial del proyecto colonizador (24). Las masivas extracciones de sangre realizadas por Gustavo Pittaluga (1876-1955) en la expedición científica de 1909 a territorio guineano (373 extracciones, 339 a indígenas, salvo alguna excepción se trataba de trabajadores de las fincas) siguieron efectuándose en años siguientes con un interés más bacteriológico que diagnóstico o terapéutico (25). El análisis de sangre acabó convirtiéndose, en 1927, en una tecnología médica de vigilancia y dominación sobre los varones indígenas trabajadores de las explotaciones agrícolas o emancipados (26). En esto España no le anduvo a la zaga a otras potencias coloniales. El modelo de équipes mobiles ideado por Jamot para el servicio sanitario francés, fue utilizado también por Bélgica en el despliegue entre la población nativa de extracciones sanguíneas masivas para el diagnóstico de la enfermedad del sueño o en Suráfrica para la vigilancia de viajeros nativos ante la epidemia de tifus de 1922 (27). Siguiendo la reglamentación establecida en la península en 1924 por la Comisión Central Antipalúdica, sobre la obligatoriedad de disponer de certificación médica, el certificado médico con los resultados de los análisis realizados en los laboratorios oficiales ("certificado de análisis") fue obligatorio en Guinea desde el 28 de diciembre de 1927 (28). Sin embargo, las implicaciones coercitivas sobre la población indígena fueron más graves que en la península. El certificado, sustituido por la tarjeta sanitaria o pasaporte médico, era imprescindible para la obtención de un estatus social digno pues permitía rebasar la línea divisoria entre la no-persona nativa y la persona con derecho a desplazarse por el territorio, firmar un contrato, realizar cualquier transacción comercial, obtener licencia de caza o permiso de armas o construir una casa. Para 1932 ya se habían realizado 20.000 pasaportes, con sus extracciones sanguíneas consiguientes, no sin la resistencia, en ocasiones enérgica, de la población nativa (29). 

   Una idea aproximada de los padecimientos de una comunidad indígena urbana puede obtenerse a través de la morbilidad de 1929 del personal nativo - 717 trabajadores — que prestaban sus servicios en brigadas de obras públicas de Santa Isabel. Según los diagnósticos positivos del laboratorio central de Santa Isabel, la filariasis era la enfermedad más frecuente afectando al 71% (512) del personal, seguida del paludismo con un 40% de afectados (288), mientras que la tripanosomiasis sólo afectaba a 51 (7%) y los infartos ganglionares a 21 (3%). Un patrón de morbilidad parecido presentaba otro grupo de población, la guardia colonial indígena de Santa Isabel, con un 43% de diagnósticos positivos de paludismo o la guardia de la zona de San Carlos, al oeste de la isla, aunque, en este caso, con porcentajes menores de paludismo (30). Para la zona continental de Bata, la incidencia de enfermedades era bastante similar pues según las estadísticas elaboradas por el médico del laboratorio central, Gutiérrez Lara, en 1928, el 81% de los diagnósticos del laboratorio habían resultado positivos a la filariasis (1864 enfermos), el 41% al paludismo (897), el 12% a los infartos ganglionares cervicales (266) y el 1% a la tripanosomiasis (33). En total de los 2308 diagnósticos realizados a la población de Bata, el 75% fue realizado en varones (1716) frente al 22% en mujeres y el 2% en niños (74). Para la población de las islas de Elobey y Corisco el panorama era análogo para la filariasis (68%) y el paludismo (42%) aunque no se diagnosticó ningún caso de tripanosomiasis. Para el personal indígena procedente de Annobón (18 personas), paludismo y filariasis compartían el porcentaje de morbilidad (26%) (nota 31). Aunque estas cifras de morbilidad correspondían a una parte de la población, llama la atención que las enfermedades que afectaban a la zona guineana no coincidieran con el mapa sanitario del África occidental elaborado por la Comisión Internacional de Higiene. Según el informe de Guillermo Rocafort y Gasulla, miembro de la Comisión, las cuatro enfermedades que asolaban esta zona africana eran la fiebre amarilla —Sierra Leona, Costa de Oro, Nigeria (Kalabar, Accra, Sekondes, Comassi)—, el tifus recurrente —Senegal, Sudán, Guinea Francesa, Dahomey—, la peste bubónica —Lagos (Nigeria)— y el Kalabar —Sierra Leona— y, en todo el territorio, la enfermedad del sueño (32). 

   Otra cuestión era la de las causas de hospitalización en la colonia. Según estadísticas correspondientes a 1929, de las 314.928 hospitalizaciones, el 25% se debieron a pacientes ingresados por padecer tripanosomiasis, el 14% por padecer de Pian y el 13% por filariasis. El paludismo sólo supuso el 4% de las causas de hospitalización. Cómo el mismo Gutiérrez Lara señalaba, las hospitalizaciones no eran reflejo de la "realidad morbológica general". 

   Tampoco las causas de hospitalización corrían paralelas a las de muerte. Así para 1929, de los 945 indígenas muertos en Santa Isabel, 131 murieron de neumonía, 116 por disentería, 110 por tripanosomiasis y unos 200 por varias causas que incluían la caquexia palúdica, bronquitis aguda, tuberculosis y meningitis (33). La primera acta de defunción asentada en Guinea en el Registro Civil databa de 1892 aunque existían registros de la propiedad y Notarial desde 1864. A partir de 1897 el Registro llevó un funcionamiento muy irregular. Para la elaboración de estadísticas a partir de los datos del registro, Gutiérrez Lara agrupó bajo el epígrafe de malaria los conceptos nosológicos de fiebres intermitentes, paludismo, perniciosas y anemia. Según los datos recogidos, entre 1920 y 1928, la mayoría (80%) de los registrados correspondían a los muertos en el hospital, tanto europeos como indígenas. Entre 1892 y 1928 las principales causas de muerte entre europeos se debieron, según la terminología de la época, a malaria, hemoglobinúrica, tuberculosis, tripanosomiasis, afecciones hepáticas y alcoholismo (34). 

   Frente al desinterés y desconocimiento metropolitano por la situación cotidiana en las costas africanas, un incidente de 1929 es un claro indicador de la desmedida alarma social causada en la península por enfermedades consideradas "exóticas". En noviembre, el buque Legazpi partió del puerto de Santa Isabel, a su llegada al de Cádiz fueron desembarcadas dos personas enfermas. La Vanguardia, Las Noticias, El Sol y La Nación, con celeridad se hicieron eco de la noticia y, en tono alarmista y poco riguroso, hablaron de "pasajeros muertos y arrojados al mar" por epidemia de paludismo. El alto número de enfermos (17), la elevada mortalidad (4) y la sospecha de un caso de fiebre amarilla, impulsaron la intervención de Barcenas, director general interino de Sanidad, quien solicitó una investigación a la Dirección General de Marruecos y Colonias. El informe fue redactado por el asesor técnico Pittaluga quien restó importancia a la morbilidad, "17 casos en el buque no constituye un hecho que pueda sorprender", aunque no así a la mortalidad pues sólo era esperable que esta rondara alrededor del 1%, si se había prestado la ayuda médica necesaria. Pittaluga informó que, posiblemente, se tratara de fiebre amarilla dado que los laboratorios de Cádiz no habían podido mostrar la presencia de parásitos en la sangre de los afectados. El informe fue aprovechado por el gobernador para ensalzar las buenas condiciones sanitarias de la colonia destacando que la mortalidad de los europeos era del 4:1000 (35). 

   En julio de 1930, las autoridades sanitarias planeaban la publicación de un boletín de enfermedades infecto-contagiosas para su impresión en la metrópoli. El boletín seguiría el diseño del publicado en la colonia inglesa de Nigeria, iría en edición trilingüe en francés inglés y castellano y seguiría el bosquejo sanitario tradicional de la metrópoli (Sanidad Exterior/Sanidad Interior) distinguiendo entre zona sanitaria con puerto habilitado y zona sanitaria sin puerto habilitado o del interior (36). Sin embargo, no parece que el boletín viera finalmente la luz pues, en 1932, Alfonso de Vivanco, practicante del servicio sanitario de la colonia, remitía al director general de Marruecos y Colonias un informe reiterando, las "posibilidades estadísticas en la Sanidad de los territorios de las colonias" (37). 

   Un nuevo intento de conocer la situación sanitaria general se produjo en 1933. La recién designada Misión Especial de Endemias, creada con el objetivo de establecer un plan para la lucha contra la enfermedad del sueño y otras endemias, incluía entre sus objetivos más inmediatos establecer un censo sanitario de la isla. Sin embargo, como veremos más adelante, el objetivo no se completó (38). 

   El cambio de régimen político de la metrópoli, en los primeros años de la guerra civil, acabó por invisibilizar la presencia del paludismo como problema sanitario tanto en los informes de inspección sanitaria de 1937 como de 1938. En una sanidad pensada para mantener la fuerza productiva la percepción de las urgencias sanitarias quedaban así expresadas: "Las enfermedades que constituyen el grave problema colonial son como ya hemos dicho en anterior estudio Lepra, Tuberculosis, y por el estado de astenia general a que conducen y síndromes consecutivos que colocan al indígena en estado de inutilidad real para el trabajo, la Uncinariosis y el Pian" (39). 

   Puede concluirse que durante el primer tercio de siglo la administración sanitaria colonial no elaboró ningún mapa sanitario de la zona que contribuyera a un conocimiento preciso de las enfermedades más frecuente de la zona y que permitiera abordar la acción sanitaria con'.' cierta fundamentación para la época. 

 

   2.Explicaciones etiológicas del paludismo: raza, segregación y esclavitud 

Como hemos señalado, desde comienzos de siglo las autoridades sanitarias españolas advirtieron la alta incidencia de la enfermedad palúdica. Sin embargo, la percepción racista de la población autóctona condicionó la explicación médica sobre el riesgo de enfermar que se percibía más nítido para la población europea. En el contexto de la India colonial, Ronald Ross estableció la vinculación de la enfermedad palúdica a la degeneración racial de los hindúes. De esta manera, al luchar contra la enfermedad no sólo se cumplimentaba el proyecto colonial sino que se evitaba la degeneración racial de los ingleses (40). 

   En la primera tesis doctoral sobre la situación sanitaria de la colonia africana, López Saccone, en 1893, aún reconociendo que no existían razas inmunes al paludismo, señalaba la caucásica como la más proclive a enfermar y destacaba el "cruzamiento de razas" como el único procedimiento para la adquisición de inmunidad. Pero, la disparidad racial en la susceptibilidad del padecimiento ("una especie de tolerancia muy relativa"), cuestión admitida al menos durante las dos primeras décadas del siglo (41), venía a corroborar científicamente la explotación de los nativos ("la raza negra parece poseer cierta resistencia [frente al paludismo] que le permite soportar con alguna esperanza de no sucumbir, los trabajos rudos del campo") (42) y contribuyó a construir la imagen de los africanos mitad niños, mitad diablos (43). En 1902, el médico director del Hospital Reina Cristina, Manuel García, en su informe sobre la salud pública e higiene en la colonia señalaba el alto riesgo de enfermedad palúdica entre la población europea y su relación con factores clásicos en la fisiopatología hipocrática (temperamento) u otros de carácter más contagionista (sexo, edad, tiempo de estancia en la colonia). Frente a los europeos, la enfermedad en las comunidades indígenas la asociaba García a características tribales de "miseria, suciedad y abandono" que afectaban, sobre todo, a la etnia bubi frente a la comunidad de los fernandinos más del gusto de los europeos por sus costumbres anglófilas, "carácter pacífico, tenaz, desconfiado y con poca afición al trabajo", la propensión a la enfermedad de los bubis era vinculada, en el discurso regeneracionista del médico, a características degeneradas "viven en la inmundicia y padecen alcoholismo" (44). No es de extrañar que a esta percepción de la etnia bubi contribuyera su mayor beligerancia contra la colonización española. En 1910 protagonizaron, al mando de Luba, la revuelta contra la ley que obligaba a trabajar a quienes no fueran propietarios de fincas de más de una hectárea (45). 

   Con la bacteriología dejó de identificarse la enfermedad sólo con un paisaje patogénico (46). La negritud pronto quedó asociada a "amenaza infecciosa" donde el color de la piel (biología) y la falta de civilización (cultura) quedaban entremezclados, al igual que la presencia de germen malárico (bacteriología) con los miasmas (higiene), como vectores determinantes de la enfermedad. 

   "El negro... saturado del germen malárico, y al parecer inmune, por lo mismo no se huye de él como de un contaminado; pero es menester vigilarlo, reducirlo a barriadas de casas higiénicas... Las casas particulares, especialmente las de los negros, focos permanentes de mefitismo que conviene desterrar de la ciudad...'" (47) 

   El "contacto" con el negro era irremediable para el europeo ("qué con ellos tiene que convivir de algún modo en aquellos países") pues el nativo era un auxiliar imprescindible en las tareas del blanco. Por tanto, no extraña que el médico colonial afirmara "la salubridad del negro es la sanidad del europeo". Junto con la legitimación proporcionada por el uso de políticas similares en otras colonias africanas, las medidas segregacionistas —respecto a "las casas habitadas por europeos y negros civilizados"—, que en otras colonias fueron justificadas al amparo de los nuevos conocimientos sobre el vector (48), en el discurso médico colonial español quedaban también científicamente justificadas amparadas en conocimientos más tradicionales (higienizar sus viviendas, desinfectar su mísero ajuar, hospitalización segregada). 

   Las ideas medioambientales (localización geográfica, clima caluroso, "emanaciones del Níger", gérmenes maláricos de los bosques y ríos continentales) también sirvieron para destacar la insalubridad de algunas zonas del territorio insular. De hecho, hacia 1911, se planteó el traslado de la capital desde Santa ísabel a San Carlos, aunque el coste de expropiar las fincas hizo desechar la idea. Coexistiendo con estas ideas medioambientalistas, el conocimiento bacteriológico y los recientes hallazgos sobre el vector inspiraron las medidas legislativas propuestas en 1913 para la realización de estadísticas sanitarias, que incluían, en el caso del cuestionario sobre paludismo, el estudio del índice endémico, extensión de focos de larvas, mosquitos, etc. Aunque como hemos señalado no hay constancia de que estos llegaran a practicarse (49). 

   Cuando en 1926 Plácido Huerta y Naves redactó las medidas recomendables para viajeros a Guinea, aún suscribía las ideas hipocráticas y recomendaba el uso de ropa "pues las madrugadas son frescas y húmedas y determinan con frecuencia enfriamientos que se localizan en diversas partes del cuerpo y son principio de afecciones más importantes o motivos de menor resistencia para la invasión palúdica" (50). Igualmente, destacaba la estacionalidad del anofelismo. Estaciones extremas, seca o lluviosa, donde "la igualdad de ambiente" producía "estabilidad fisiológica" que favorecía la salud (hipocratismo) y hacían desfavorable el ambiente para el anofeles. Por el contrario, las estaciones intermedias eran poco recomendables para el viajero por los cambios climáticos bruscos causantes de la menor resistencia a las infecciones. 

   Sin embargo, casi simultáneas a las recomendaciones de Huertas, basadas en teorías medioambientales con medidas de corte individual, fueron las propuestas ingenieriles contenidas en la Memoria sobre ingeniería sanitaria redactada con atención al paludismo y la enfermedad del sueño así como plan para aplicar en Santa Isabel redactadas por Pedro Diz y Ramón Montalbán, en 1927, encaminadas a luchar contra el vector. En el informe de los ingenieros Diz y Montalbán las altas tasas de paludismo de la capital de Fernando Poo se achacaban al aumento de población, y el incremento consiguiente de enfermedades de origen hídrico; a características del terreno, llano y propicio al estancamiento de lluvias por subsuelo impermeable y evaporación insuficiente por la humedad del clima; a infraestructuras deficitarias carentes de alcantarillado, con pozos negros y falta de tanques para vaciarlos (51). En la memoria también se mencionaba la efectividad, para disminuir la morbilidad, de las medidas profilácticas contra el vector pero de efecto limitado pues sólo eran observadas por "el elemento culto" de la población. 

   En 1928, se produjo un enfrentamiento en la administración médica colonial entre el director de sanidad interino saliente, Juan Bote y el recién nombrado Plácido Huerta y Naves. El cruce de acusaciones sobre quejas por traslados injustificados e incumplimiento de promesas de destinos era signo de las frecuentes corruptelas en el seno de la administración sanitaria que se manifestaban en el cobro de igualas por los médicos coloniales y, especialmente, en la distribución discrecional de la exigua medicación existente tanto por parte de Bote —lo justificó por la pobreza de los pacientes—, como por el mismo repuesto general de medicación. Huertas intentó restar crédito a la actividad profesional de Bote destacando la falta de interés de sus investigaciones tachándolas de responder a "necesidad personal" y a la ignorancia.  

   "Los trabajos que dice está realizando acerca de la medida de la endemia palúdica, para el conocimiento universal, sobran todos pues este conocimiento es vulgar para el que ha leído y no debe de olvidar ningún médico que a los seis meses de permanecer en un lugar fuertemente palúdico como éste, todos lo son, y desde luego los indígenas en los que a los seis meses de edad, en investigaciones mejor llevadas, mucho más competentes, desde hace muchos años y en muy diversos lugares demuestran esta paludización total" (52). 

   La polémica no sólo ponía de manifiesto las refriegas internas de la administración colonial, también indica el conocimiento discordante de la época. 

   Hasta 1929, no mencionan los médicos coloniales el papel desempeñado por la tropa en la extensión de la enfermedad en Guinea. En ese año, la tropa ya estaba integrada por población indígena. En las estadísticas del laboratorio central de Santa Isabel se indicaba que casi un tercio de la plantilla militar (unos 50 de un total de 196 soldados) variaban anualmente, con los consiguientes desplazamientos a sus lugares de origen y nuevos reemplazos procedentes de zonas con alta morbilidad (53). 

   Nájera, unos años después, señalaba explícitamente la relación de las endemias con las migraciones forzosas de indígenas, causantes de altas concentraciones de población en zonas con alta morbilidad. Estas migraciones bien podían etiquetarse de tráfico de esclavos pues, desde 1908, el gobernador Ramos Izquierdo había institucionalizado la denominada "prestación personal" que obligaba a los jefes de tribus a ofrecer a los miembros varones de su comunidad ante las autoridades españolas que después los distribuía entre los finqueros. Con posterioridad, los trabajadores eran reclutados entre la etnia fang de las zonas continentales y bajo cualquier excusa delictiva mínima eran desplazados a las fincas de la isla de Fernando Poo o forzados por capataces a su desplazamiento (54). 

   A pesar de la existencia hacia 1930 de explicaciones de la enfermedad palúdica en las que, junto a los elementos medioambientales se habían introducido conocimientos bacteriológicos y epidemiológicos, tras el estallido de la guerra —Guinea fue del bando nacional desde el comienzo—, se recrudecieron las explicaciones estigmatizantes en las que "el indígena" se contemplaba como un todo homogéneo, reservorio de la enfermedad (55). Frente a lo que se ha señalado, para el caso de algunos territorios bajo control colonial inglés, donde una concepción de la enfermedad individual y medioambiental dio paso a otra concepción tribal que patologizaba la cultura cuando ya esta se entendía desvinculada de la naturaleza (56), en España pervivieron las concepciones medioambientalistas. La causa de la enfermedad, de carácter individual, se entendía aún en el marco de la identificación naturaleza-cultura donde el "modo de ser" de los indígenas, vinculado a su condición racial (naturaleza), era el causante de su peligrosidad infectífera ("dado el modo de ser de los indígenas y por cuidado que se procure tener, son peligro de infecciones"). El destino último de los indígenas enfermos era la locura, más allá de toda clasificación médica, alcanzada desde situaciones de enfermedad tan variadas como el alcoholismo, el pian o la tripanosomiasis, pero destino común a ojos del médico colonial franquista, de un único proceso de deterioro, degradación y salvajismo (57).

 

   3.Percepciones equívocas y realidades escasas en las medidas sanitarias 

   A pesar de la alta incidencia del paludismo entre la población de Guinea, no fue esta la enfermedad endémica a la que mayor interés prestó la sanidad colonial. El dramatismo con el que la enfermedad del sueño era percibida por los médicos coloniales eclipsó la importancia del paludismo. Así quedaba patente en el testimonio del Enrique Lalinde, Jefe de Sanidad en 1947, sobre sus impresiones a su llegada a Guinea en 1930: "Se trabajaba intensamente y con gran actividad, por entonces, en la lucha contra la tripanosomiasis humana que hacía pocos años se había adueñado del país amenazando despoblarlo" (58). 

   La enfermedad del sueño, con una incidencia muy inferior entre la población como hemos analizado en un apartado anterior, recibió pronta atención con medidas legisladas específicas y previas a las adoptadas frente al paludismo. Así en 1909 ya se dictaron medidas preventivas (Boletín Oficial de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea, en adelante BOTEGG, 1-1-1909, Prevenciones para evitar la propagación de la enfermedad del sueño), completadas en 1912 (BOTEGG 1-II-1912, Bando sobre la enfermedad del sueño) y 1923 (BOTEGG 15-1-1923, Decreto sobre la tripanosomiasis). De igual forma, las medidas institucionales desarrolladas fueron una buena muestra del interés primordial por la tripanosomiasis en las diversas etapas políticas. En 1927, Ramón Giner Borras puso en marcha un censo de enfermos de tripanosomiasis59, se crearon unos dispositivos asistenciales especiales, las hipnoserías, y durante la República la Misión Especial de Endemias (1932), bajo la dirección de Abelardo Lloret, centró sus trabajos casi completamente en la tripanosomiasis, y se estableció el Plan para la lucha contra la enfermedad del sueño y otras endemias (60). Aunque es difícil explicar con precisión el mayor interés despertado por la enfermedad del sueño, pueden conjeturarse algunas razones. El desinterés por una enfermedad crónica, como el paludismo, con la que los pacientes acababan conviviendo, sin duda restaba dramatismo a la percepción de la enfermedad; además, en el contexto de una medicina "enclavista", orientada por los intereses de los europeos (61), es probable que la posibilidad para la población europea de poder realizar una profilaxis como la que suponía la quinina, actuara en el mismo sentido. Igualmente, el interés científico internacional estuvo más orientado hacia la tripanosomiasis, una enfermedad más "exótica" a ojos científicos y quizá percibida socialmente como más contagiosa que el paludismo. Aún desconociendo con exactitud las causas del interés por una enfermedad con mucha menor incidencia en la población, es indudable que muchas de las medidas adoptadas eran superponibles a los métodos de lucha frente a la enfermedad palúdica. 

De la higiene urbana a los proyectos de ingeniería 

   En 1907 el gobernador en funciones de la colonia, Ramos Izquierdo, sancionó un Proyecto de Colonización (BOTEGG 6-IV-1907) que trataba de favorecer la emigración de peninsulares a los territorios africanos con medidas ventajosas (pasaje gratuito, herramientas agrícolas exención del servicio militar, asistencia médica, manutención gratuita el primer año y siete años de exención de impuestos) (62). No es de extrañar que para estimular la colonización Ramos se propusiera combatir los temores colectivos sobre la insalubridad de los trópicos mediante una serie de medidas de higiene urbana que además aclimataran el aspecto de los núcleos urbanos a los gustos metropolitanos (BOTEGG 1-III-1907). La ejecución de estas medidas era, en algunos casos, responsabilidad individual de la población (desinfección y blanqueo de casas y edificios amplios, sin hacinamiento ni convivencia con animales, prohibición de encharcamientos y basuras en las calles, incineración de pertenencias de enfermos). En otras, era la propia administración la encargada y consistían, fundamentalmente, en la segregación de los indígenas en el extrarradio o de las prostitutas en barrios aislados. También, se contemplaba la construcción de mercados municipales y de infraestructuras para el abastecimiento del agua (lavaderos, aljibes, alcantarillado), se establecían las normas para los', asentamientos urbanos (zonas secas sin lagunas ni pantanos o si era necesario desecarlos o desaguarlos), o se regulaban medidas urbanísticas (calles rectas, 16 m de ancho y casas distanciadas 12 m) para prevenir la propagación de incendios o, siguiendo la concepción miasmática, mejorar la circulación del aire para evitar epidemias. También, se proponía la construcción de viviendas para los trabajadores de las plantaciones. Precisamente, la masiva roturación del territorio para su conversión en tierras de cultivo llevó al gobernador a legislar la reforestación con eucaliptos en las proximidades de las poblaciones, para que la descomposición generada por la tala de árboles "no infeccionase la atmósfera". No parece necesario insistir en el impacto ocasionado, tanto en el hábitat natural como humano de los antiguos pobladores, por medidas que desestructuraban las formas de convivencia habituales. Otras medidas legislativas, a lo largo del año, estaban encaminadas a la mejora del abastecimiento y potabilización de aguas tanto en Fernando Poó como en la zona continental de Bata (63). 

   Sin embargo, no hay que olvidar que estas eran las medidas legislativas propuestas por la administración colonial y cosa bien distinta era su ejecución efectiva. Estas medidas iniciales eran más bien una declaración de buenas intenciones del proyecto del colonizador en el que el interés por la salud quedaba íntimamente ligado al mismo, 

"base esencial de los pueblos es la salud pública; pues con su disfrute puede el individuo dedicarse al desarrollo de los múltiples problemas de la Ciencia, de la Industria, de la Agricultura y del comercio y deber imprescindible de todo gobernante". (64) 

   Las propuestas de mejoras del puerto o creación de estaciones de desinfección participaban del bosquejo institucional sanitario de la metrópoli (sanidad exterior/interior) (65). La consecución de algunas de las medias previstas fue muy deficiente con los resultados consiguientes. Ángel Barrera, nuevo gobernador, en su informe de 1911, señalaba como la proyectada canalización de aguas del Hospital Reina Cristina, se había visto reducida a la apertura de una zanja ciega que acababa en una de plaza de la ciudad "aumentando el mefitismo del aquel paraje" (66). Las críticas a los edificios sanitarios también se hicieron extensivas a la propia arquitectura. En 1912, en la carta que dirigía Tomás Ramos Pabalán, director de servicios sanitarios coloniales, al ministro de estado para proponer diversas reformas del servicio, se hacía eco de los comentarios de Diego Saavedra (ex comisario), en su trabajo España en el África Occidental (1910). Saavedra ya había señalado los déficits arquitectónicos del Hospital Reina Cristina construido con pavimento de madera, paredes y mamparas con planchas de hierro adornadas con relieves donde se acumulaba el polvo y la suciedad, del Hospital de Bata donde el edificio en madera estaba construido sobre pilares de mampostería con techumbre medio destruida, era pequeño, mal distribuido y sin condiciones higiénicas. En el mismo escrito Ramos solicitaba filtros de agua para los puestos sanitarios de los destacamentos (67). 

   Esta primera etapa de promesas, más que realidades, de corte higienista, dio paso, hacia los primeros años de la década de los veinte, a ciertas iniciativas ingeníenles de gran saneamiento, aunque siguieran legislándose medidas de higiene urbana68. En 1922, se llevó a cabo la desecación del pantano ubicado entre San Carlos y Batete, en la costa oeste de la isla, gracias a la iniciativa del Delegado del Gobierno General, Emilio García Loygorri, ayudado por los terratenientes (69). En 1924, el gobierno colonial encargó al perito agrónomo Atanagildo Alaiz la elaboración de un informe para la desecación del pantano de Concepción, en la costa este de la isla, zona bien conocida por su morbilidad palúdica. A pesar de las dificultades iniciales para la realización del informe (el funcionario alegó que era competencia de Obras Públicas y no contó con la colaboración inicial de los propietarios de fincas), tras un segundo llamamiento el gobernador obtuvo un crédito reducido y unos veinte indígenas para los trabajos. Alaiz, finalmente, obtuvo la colaboración de la Compañía Transatlántica y de algunos propietarios de fincas que cedieron sus braceros para la realización del informe. Más que de un pantano se trataba, según el ingeniero, de tres lagunas unidas y alimentadas por las aguas de los ríos Viapa, Grande de Boloko, Boloko Chico y sus afluentes, con un total de 12 hectáreas, una profundidad media de 1.41m y un contenido total de agua de 172.020 m3. Anaiz propuso varias medidas para obtener la desecación: drenarlas abriendo zanjas de 2 m por 2 m en el muro de arena que separaba las lagunas del océano; terraplenar o cegar las lagunas y así convertirlas en zonas de cultivo. El coste de la obra se calculaba en 285.931,50 ptas. Además, proponía la plantación de eucaliptos o mimbreras en los márgenes de los ríos, a manera de muros de contención, para evitar las avenidas y darles uso comercial con posterioridad (70). Sin embargó, no parece que las obras de desecación acabaran realizándose. 

   Un lustro después, tras la ocupación efectiva del interior de la zona continental iniciada en 1926 por Muñoz Núñez de Prado, se le encargó a un ingeniero la revisión de las obras de abastecimiento de aguas en el territorio. Según el informe, en Kogo, en la zona del estuario del Muni, existía un aljibe con desperfectos fáciles de reparar pero de urgente arreglo para evitar su conversión en vivero de mosquitos. En las islas de Elobey, frente al estuario, no se había finalizado la construcción de un aljibe nuevo por falta de material y otros estaban faltos de reparación. El técnico proponía detener los traslados de población a estas zonas recientemente colonizadas hasta que se reparasen los aljibes y se comprobara su correcto funcionamiento durante la época de lluvias (71). 

   Hasta 1927 no se realiza un proyecto de ingeniería sanitaria de cierta envergadura para la capital Santa Isabel, aunque al parecer, en 1915, el comandante Río Joan, ingeniero de la sección colonial, había realizado un cierto bosquejo inicial. El proyecto fue encargado a Pedro Diz y Ramón Montalbán, ingenieros de la asesoría de Obras Públicas de la Dirección General de Marruecos y Colonias y fue expuesto en la Memoria sobre ingeniería sanitaria redactada con atención al paludismo y la enfermedad del sueño así como plan para aplicar en Santa Isabel. Para los ingenieros, los problemas sanitarios de la zona estaban lejos de estar resueltos siendo necesario un saneamiento integral, previo a cualquier otra acción sanitaria, que sin duda reportaría beneficios económicos estimulando las inversiones del "personal y capital metropolitano". La clave preventiva era evitar el contacto del anofeles con los enfermos y el único medio eficaz la destrucción del insecto, medio mucho más económico que el tratamiento farmacológico de los enfermos. La destrucción del insecto, en la fase de larva, se basaba en privarle de agua para su desarrollo actuando sobre pantanos, charcas y marismas mediante saneamiento por drenaje (canalizaciones y rectificaciones de corrientes) que dirigiera los estancamientos hacia aguas corrientes. Asimismo, se proponía cegar las charcas y terraplenar los terrenos bajos para evitar su inundación o el petróleo sobre las aguas para hacerlas tóxicas y evitar el desarrollo de larvas o destruirlas mediante el uso de peces larvicidas. Contra el mosquito adulto se proponía el uso de mallas metálicas y exterminio del mosquito. Las medidas propuestas en la memoria se limitaban a la zona de Santa Isabel cuyos abastecimientos habían de reformarse vertiendo las aguas a la bahía del Nervión en lugar de a la de Santa Isabel. Los ingenieros defendieron una intervención coercitiva eficaz mediante medidas administrativas y policía sanitaria que forzase la colaboración de la población (72). 

   En 1928 se sancionó un aluvión de medidas legislativas, no sólo sanitarias (73). Entre las razones de este súbito afán legislador del gobierno por la colonia guineana pueden señalarse: la intensificación del reformismo social como única fuente de legitimación nacional e internacional de la dictadura en esta etapa del régimen dirigida a la creación de un nuevo estado (74); la pacificación de Marruecos (1927) y la consiguiente liberación presupuestaria para las arcas estatales; la reforma administrativa de la estructura política colonial —ahora dependiente directamente de Presidencia dentro de la recién creada Dirección General de Marruecos y Colonias— ; y, quizá, cierto clima cultural proclive a lo africano (75). Todo ello permitió al conde de Jordana, Director General de Marruecos y Colonias, librar un presupuesto extraordinario de 22 millones para obras públicas (76). Pero, es muy verosímil que el factor determinante para la promulgación de las medidas fuera el acuerdo alcanzado en 1927 con el gobierno de Liberia. España, como otras colonias europeas, tuvo que afrontar el problema de organizar la mano de obra para la explotación de los territorios y enfrentarse a formas nativas de vida basadas en una economía de subsistencia. Sin embargo, en el caso español, se añadía el problema del declive de la población bubi nativa en Fernando Poó ocasionado por la profunda disrupción social causada por la colonización. Las migraciones forzadas de población fang, procedente de la zona continental, no bastaron para corregir la escasez de mano de obra. Por otra parte, los rumores sobre la explotación laboral en la colonia española redujeron las migraciones de población kru proveniente de las colonias británicas. Desde 1903, Liberia se convirtió en el país suministrador de trabajadores a través de acuerdos con firmas comerciales alemanas que hacían de intermediarias y, posteriormente, por pactos directos con el gobierno español firmados por Sánchez Arévalo en 1905 y Ángel Barrera en 1914. Entre 1919 y 1926, 4.268 trabajadores fueron enviados desde Liberia. En este año, por dificultades crecientes de alcanzar alianzas con el gobierno de Liberia, los trabajadores reclutados procedían de la etnia fang, asentada en la zona continental guineana. Tras la ruptura de negociaciones con Liberia en 1927, el tráfico volvió a formalizarse en 1928, y, en apenas un año, fueron desplazados 2.431 trabajadores libértanos. No es pues de extrañar que las medidas asistenciales legisladas persiguieran el objetivo de tranquilizar al gobierno de Liberia, garantizar, sobre la letra, las condiciones laborales de sus trabajadores y conseguir mejorar la imagen desacreditada de España ante la comunidad internacional (77). Estrategias similares fueron habituales en otros gobiernos coloniales, como fue el caso de Bélgica, donde el desarrollo de los servicios médicos coloniales, sirvió para justificar internacionalmente la intervención colonial en el Congo llevada a cabo por Leopoldo II (78). 

   Algunas medidas sanitarias se establecieron con carácter obligatorio para las denominadas "enfermedades evitables" (tripanosomiasis, paludismo y disentería amebiana), mientras que en otras disposiciones se recomendaba su cumplimiento apelando al deber y a sentimientos patrióticos (79). En general, se hacía más hincapié en cuestiones individuales contra el estancamiento de aguas que en propuestas ingeníeriles de mayor calado a cargo del gobierno. Así se prohibían los jardines con vegetación abundante, los adornos que recogieran aguas o el uso de recipientes para la recogida de basuras que pudieran producir estancamientos, se obligaba al aislamiento de aljibes con telas metálicas y al correcto desagüe de retretes y tejados80. Algunas de estas recomendaciones, como las encaminadas a evitar instalaciones de lavaderos en huecos y sótanos y vertidos de aguas de los lavados, o el petróleo de las bocas de alcantarillado, seguían haciéndose en 1934 (81). 

   A tenor de los informes de los colonizadores, algunas de las obras de saneamiento emprendidas fueron bienvenidas por la población autóctona. Así en 1928, en Bakato (82), los nativos bubis mostraron su descontento por el incumplimiento de las obras de saneamiento (construcción de un canal de conducción y una presa) en la proximidad del poblado. Al parecer, las obras habían sido relegadas por la prioridad concedida a la construcción de una estación sanitaria. En Guinea la ley colonial (Estatuto Orgánico de la Administración Local, 12-XI-1 1868) había implantado lo que eufemísticamente se denominó "prestación personal para la construcción de obras públicas", es decir, una fórmula encubierta de esclavismo que afectaba a los varones y que, en 1907, el gobernador Luis Ramos Izquierdo hizo extensiva a trabajos en fincas particulares próximas al lugar de residencia de los nativos. Según el informe de Huertas, director de sanidad, la comunidad bubi se resistió (83), en protesta a la paralización de las obras de encauzamiento, a trabajar en la construcción de la estación de Basako, el cabo europeo no prestó cooperación eficaz, el cabo indígena se dio a la fuga, y los sacerdotes de Bososo y Laka alentaron la protesta recomendando a la población a trabajar menos, "como entretenimiento y no como obligación pues corresponden a sanidad [los trabajos]". Para el director de sanidad, estos hechos tenían un efecto deplorable para la acción "humanitaria, colonizadora, patriótica, científica y técnica." Huerta, tras la visita de inspección, declaraba que "La finalización de esta obra de saneamiento y pulcritud elevaría mucho la moral de este poblado, algo defraudado en sus nobles aspiraciones por el retraso y suspensión de esta obra" (84). 

   Recién entrado, el gobierno republicano planteó una reorganización sanitaria. Con relación al paludismo, la novedad consistió en incorporar las medidas agrícolas a la agenda sanitaria. Sin embargo, las medidas propuestas no acababan de asumir las propuestas de saneamiento integral, que venía haciendo Pittaluga desde 1927 recogiendo experiencias ya conocidas en Holanda o Italia. Pittaluga era consciente de la persistencia —cifraba en un 50% de los médicos— de un concepto de saneamiento aún anclado en ideas prebacteriológicas que atribuían a la acción de las grandes obras hidráulicas la desaparición de los miasmas procedentes de las aguas corruptas y agentes de la enfermedad. Era necesario actualizar el concepto en un sentido integral incorporando la mejora en las condiciones sociales de la población agrícola (salario, vivienda, asistencia médica precoz) para incidir en la morbilidad palúdica, siguiendo el ejemplo de las reformas realizadas en Italia y Holanda (85). El proyecto de las autoridades republicanas consistía en una aplicación restrictiva del saneamiento integral, pues se limitaba a plantear la expansión del área cultivable, desecando tierras pantanosas y roturando la tierra, y la aplicación de medidas encaminadas al aislamiento de enfermos y tratamiento precoz de los afectados sin abordar la cuestión de las condiciones laborales de los braceros. Las tareas asistenciales se plantearon, además, en términos de mayor acometividad que en periodos anteriores, no limitando la actuación al requerimiento de los enfermos sino capturándolos mediante unidades móviles desplazadas a las áreas rurales ("no hay que esperar a que venga, el enfermo hay que ir a buscarle para curarlo"). El marco institucional seguía el modelo de la sanidad urbana/sanidad rural recién propuesto en la metrópoli. Remedios de corte ambientalista estaban también previstos para las zonas urbanas mediante saneamientos de aguas y subsuelo y desplazamiento de la población instalada en lugares de saneamiento costoso hasta que la agricultura los transformara en zonas exentas de riesgos (86). 

   Un balance sobre los resultados obtenidos con las diversas medidas propuestas, a lo largo del primer tercio del siglo, fue realizado por los propios médicos protagonistas. Luis Nájera Ángulo, médico de la administración colonial desde 1928, en 1932 calificaba el periodo tras la expedición de Pittaluga de "esfuerzo estéril", debido a la mezquina atención prestada por los gobiernos, y achacaba a la falta de medios el interés casi exclusivo por los europeos que por aquella época suponían unas 2.000 personas que apenas alcanzaban el 5% del total de. Pobladores (87) (media docena de médicos sin laboratorio ni hospitales "apenas podían hacer otra cosa que atender en sus dolencias a la población europea"). Respecto a las endemias (paludismo, anquilostomiasis y otros parásitos intestinales) el cómputo no podía ser más negativo "nada se ha hecho fuera de algunos trabajos aislados" (88). Al parecer el nombramiento, en 1935, de Sánchez Guerra, ingeniero de caminos como Gobernador de la colonia (89) favoreció ciertas medidas de saneamiento de zonas pantanosas, aunque la brevedad de su gobierno hace difícil pensar que terminaran verificándose. En ese año estaba previsto realizar una expedición a Guinea, "filial de la expedición Iglesias" al Amazonas, patrocinada por la Inspección General de Colonias. Los objetivos, respecto al paludismo, estaban encaminados a fines estrictamente biomédicos (índices esplénico y plasmódico, datos epidemiológicos generales, recogida de muestras, de mosquitos e investigaciones hematológicas en monos) (90). 

   Tampoco los médicos coloniales del gobierno golpista, en 1938, realizaban un balance más optimista, "Es inexplicable que no se haya conseguido un resultado enormemente mayor en estas luchas sobre todo en la última". Las propuestas tras la guerra incluían la destrucción con fuego y agua salada de la vegetación "peligrosísima y no aprovechable" que rodeaba el hospital y otras zonas de Santa Isabel, Concepción y San Carlos ("exigiendo la colaboración de los finqueros") y la eliminación de los estancamientos de agua alrededor dé núcleos urbanos. Aún resonaban en las palabras de la autoridad sanitaria dedicadas a la lucha antipalúdica los ecos militares de la contienda fraticida, 

   "Estoy de acuerdo con el servicio agronómico; él va a pedir un par de lanzallamas y quemar millas de eucaliptus. El razonamiento es sencillo. En cualquier terreno salvaje a medida que avanza la roturación y la agricultura, se retiran por incompatibilidad de existencia, tanto los grandes como los pequeños enemigos del hombre" (91). 

 

Las medidas individuales 

   En 1926, el Negociado de Sanidad de la Dirección General de Marruecos y Colonias encargó a Plácido Huerta y Naves, comandante médico de Sanidad de la Armada, médico colonial y futuro director de Sanidad de la colonia, la redacción de un folleto con las recomendaciones para viajeros a Guinea. La tirada fue de unos 400 ejemplares aunque las recomendaciones también obtuvieron difusión a través de La Voz de Fernando Poo. Una carta del editor de la revista, fechada el 28-VII-1927, daba noticia del "completo éxito" de la cartilla divulgativa y de las numerosas peticiones de copias recibidas. Huerta presentaba sus consejos con la legitimidad de lo científico ("recomendadas por la ciencia") e intentaba rechazar el escepticismo de la población sobre el valor de las medidas aconsejadas. Las tres enfermedades consideradas eran el paludismo, disentería, y enfermedad del sueño. Las recomendaciones podían resumirse en las propias palabras de Huerta "Quinina, el mosquitero y el salacoff, constituyen el trípode sanitario sobre el que descansan los colonizadores tropicales". 

   La quinina (en forma de cloruro), se recomendaba contra la picadura casual "para aniquilar las generaciones escasas de hematozoarios" y a dosis de 0.25 mgr en toma nocturna que aliviaba la percepción de efectos secundarios (zumbidos, pesadez de cabeza), o bien, en caso de destemplanza se recomendaba duplicar o triplicar la dosis en lugar del uso tradicional y frecuente de purgantes, reducto de la práctica hipocrática. La dosis había de incrementarse a 2 gr diarios en inyección intramuscular en caso de fiebre y siempre bajo consejo médico. 

   El mosquitero había de revisarse en el interior y ajustado a la cama. Contra la picadura del día recomendaba llevar botas y mantener puertas y ventanas protegidas. Huertas combinaba estas precauciones específicas con otras de carácter higiénico personal que detallaba de forma exhaustiva (baño diario vespertino, cambio de ropa interior y ducha rápida matinal diarios, trajes lavables y de etiqueta para, los días festivos; cambio de ropa de cama dos veces semanales). Las indicaciones contra el mosquito estaban impregnadas de la metáfora bélica: 

   "No debe hacerse caso de los que no sienten los mosquitos por la noche: están tan seguros como el centinela dormido que no se diese cuenta de la presencia de patrullas enemigas" (92). 

   La lista incluía medidas frente a la disentería (reducir conservas;' eludir ensaladas crudas y guisar para esterilizar los alimentos; consumo de frutas aisladas del exterior y beber agua mineral o hervida). Frente a la mosca glosina se recomendaba vestir traje blanco con guantes, por su presencia durante el día, realizar expediciones al crepúsculo, evitar acampar en las proximidades de los ríos y, en caso de picadura, una inyección de atoxil cerca del lugar de mordedura. 

   No fueron estas las únicas medidas planteadas de carácter individual, aunque el folleto de Huerta fuera el más difundido. En su memoria sobre ingeniería, Diz y Montalbán, a los que hemos hecho mención anteriormente, tradujeron las propuestas del ingeniero americano Hardenburg, para su divulgación en la colonia como hojas sanitarias y obtener la alianza y colaboración de la población. En el folleto traducido, se recomendaba la inspección semanal del domicilio para eliminar cualquier agua doméstica estancada por escasa que fuera (barriles, botes de hojalata, canalones,...); desecación o petroleado de estanques, peces larvicidas obtenidos a través del suministro que habría de hacer el servicio sanitario o cubrir aguas de uso con mallas. La administración había de hacerse responsable de crear piscifactorías para el suministro de peces larvicidas, prestar ayuda técnica y obligar al cumplimiento de estas medidas por los particulares mediante inspecciones y multas (93). Otras recomendaciones contra el mosquito, publicadas en el Folletón de España Colonial y en el Boletín Oficial de los Territorios del Golfo de Guinea, añadían el uso de insecticidas para aniquilar mosquitos en lugares cerrados con azufre, Zampironi, y, especialmente, Fly-Tox. Pero lo esencial seguía siendo la destrucción indirecta eliminando el hábitat de los mosquitos persiguiendo con celo obsesivo el estancamiento de aguas no sólo en el medio urbano y natural sino en el doméstico ("el agua de las escupideras descuidadas, de los jarros de lavabo no atendidos, así como de toneles, vasijas bebederos, botes, latas, canalones y techos abollados, pisos desconchados, caracoles y fondos de botellas, puestos de adornos en los jardines o simplemente abandonados en ellos, así como los botes y jarros de conservas tirados sobre el terreno, alcantarillas obstruidas, etc."). Otras medidas en el ámbito doméstico incluían, además del vestido completo y botas, el aislamiento mediante telas metálicas finas, puertas de cierre automático, cancelas de tela metálica y mosquiteros (94). 

   Hasta 1938, no hay muestras de interés de las autoridades sanitarias por los indígenas como candidatos a recibir educación sanitaria. Andrés Pizón, director de Sanidad, en su informe sobre la situación sanitaria, por primera vez hacía alusión a la necesidad de educar al indígena en la adopción de formas de vida higiénica (lavado de pies y calzado para evitar elefantiasis) vinculando la educación religiosa con la sanitaria, "con la misma constancia que se predica el catecismo, voy a intentar instruirles en prácticas de preservación y limpieza" (95). 

   El trabajo asistencial, casi exclusivamente centrado en el diagnóstico, se llevaba a cabo en las estaciones sanitarias. Fue excepcional la iniciativa institucional de 1924 para la creación de un sanatorio de enfermos convalecientes de paludismo y tripanosomiasis. El centro descansaba sobre un fundamento funcional de base hipocrática en el que el clima no era un simple coadyuvante terapéutico sino una terapéutica para estados debilitantes, "verdaderas anemias perniciosas", causados no sólo por la infección palúdica sino por la propia acción del clima (temperatura, humedad atmosférica y tensión eléctrica) y de la alimentación y el estilo de vida, sobre todo en los europeos. El sanatorio cumpliría funciones de vigilancia para el logro de un cambio en el género de vida y, sobre todo, del hábito en el consumo de alcohol tenido por "aperitivo" y "tónico" ("un sanatorio donde estarán sometidos a un reglamento riguroso, la mejoría será más rápida y más franca"). El centro, para cuya ubicación se barajaban las localidades de Moka, Basilé y Musola, estaba previsto albergara tanto pacientes indígenas como europeos, habitualmente desplazados a la península para su recuperación. Finalmente, el director optó por Basilé, a 8 km de la capital y de condiciones climáticas similares a las de Santa Isabel, aunque mejor comunicado que los otros emplazamientos. La propuesta era instalar a los europeos en el antiguo domicilio del gobernador y segregar a los indígenas en el cuartel de infantería que había albergado una sala de pacientes con Beriberi (96). 

   En el caso de paludismo, y al menos sobre el papel, las estaciones sanitarias perseguían un programa de actuación muy ambicioso, según las medidas propuestas en 1928. Estaban a cargo del diagnóstico de enfermedades epidémicas en pacientes particulares o braceros mediante análisis periódicos, trimestrales en el caso del paludismo y mensuales en el de la tripanosomiasis. Aunque, inicialmente, las autoridades sanitarias pretendían extender la vigilancia a toda la población, finalmente, se limitó a los indígenas que consultaban voluntariamente y se pospuso la de otros grupos ("cuando haya lugar a los de los pantanos"). En el caso de la tripanosomiasis las medidas eran más coercitivas y se trataba de enviar a los enfermos a la Central de lucha contra la enfermedad "aún por la fuerza si fuese preciso". También se proyectaba que desde las estaciones el personal sanitario realizara un seguimiento mensual de los afectados, proporcionando la medicación necesaria (quinina y plasmoquina en el paludismo) y estudiaran los brotes epidémicos y las condiciones de salubridad de las zonas bajo su jurisdicción (pantanos, focos de glosina, anofeles, etc.) Pero la estación también era el centro desde donde colonizar las vidas de los indígenas aconsejando prácticas higiénicas individuales y utilizando al personal nativo como agentes de colonización ("que influenciará con su prestigio la colaboración espontánea de todos"). A las estaciones se le adjudicaba, asimismo, una tarea explícita de vigilancia sobre la población sobre "las faltas cometidas por los particulares europeos e indígenas" (97)

 

   4.La quinina, instrumento de colonización 

   Los colonos emplearon la quinina desde mediados del siglo XIX, si bien se le achacaba un menor efecto, producto de la profusa sudoración (98). A lo largo del primer tercio del siglo la administración colonial siempre anduvo corta de suministro y fueron constantes las quejas de los médicos coloniales, como hemos dado cuenta en el capítulo 4. En 1927, el propio Pittaluga, seguía recomendando al recién nombrado Director General Sanidad, Plácido Huerta, añadir a los planes sanitarios "el empleo a gran escala de medicamentos de eficacia reconocida" y, especialmente, la Plasmoquina de Bayer, y contar con depósito abundante para un abastecimiento adecuado (99).

   Guinea fue un laboratorio de experimentaciones sobre el uso de insecticidas y de fármacos antipalúdicos, entre otros productos (100). En el caso de los insecticidas hay constancia del envío, en 1926, por Manuel Gil Cala, representante de la casa que comercializaba la Piretrina, de tres kilos de insecticida para ser ensayado por los servicios competentes (101). El primero de los medicamentos en ensayarse, de los que hay noticia, fue el Quinotanhol o Kinotanhol en 1925. Desde Bilbao, José Vicente de Velar, representante del farmacéutico José María Goicochea y Alzuarán, ofreció al ministro de estado un nuevo específico antipalúdico fabricado por el farmacéutico. Uno de los argumentos reiterados en la propaganda del específico fue el de la eficacia y alivio sintomático desde la primera dosis. De Velar ofreció 20 frascos para su ensayo en enfermos palúdicos, aduciendo la seguridad del producto avalada por el registro del Ministerio de Gobernación. La oferta de ensayo fue aceptada por el servicio sanitario colonial. En 1926, se dio otra oferta algo peculiar. Un(a) estudiante de Boston, Jesse G. Webl, ofreció un antipalúdico que, al parecer, también tenía propiedades terapéuticas frente a la gripe, escarlatina y la enfermedad del sueño. Webl apelaba a razones humanitarias para el uso de su producto del que destacaba su mayor celeridad de acción (a partir de las 36 horas en lugar de los doce días del sulfato) (102) y acreditaba su eficacia mediante los testimonios de soldados franceses y del presidente de Cruz Roja de Madagascar y Argelia. Dos años después, Alejandro Uriarte igualmente ofertaba un nuevo antipalúdico a la Dirección General de Marruecos y Colonias, que solicitó un informe al gobierno provincial de Logroño sobre el fabricante de quien, al parecer, se desconocía que poseyera conocimientos para fabricar el antipalúdico salvo por el hecho de haber residido en América (103). No hay constancia que estos dos ofrecimientos fueran aceptados por el gobierno colonial. 

   En 1928 se aceptaba oficialmente que la dosis diaria preventiva de quinina debía ser de 0,25-0,50 grs/día y se recomendaba la "quininación sistemática de todos los que en el examen hematológico periódico resulten paludizados". En el folleto con las recomendaciones para viajeros a Guinea se recomendada la quinina Ziemer (104). 

   En ese año, probablemente alentados por la recomendación oficial de la quininización sistemática, se produjeron dos nuevos ofrecimientos. De una parte, el Salutiferum (metilquinina). Isaac Asteinza, representante del médico Puerto, propuso su uso en los hospitales de la colonia avalando el producto con las certificaciones de Luis Limpo Rabocho, médico jefe del dispensario antipalúdico de Olivenza (82 enfermos tratados en 1927) y de Pittaluga (dos pacientes en 1926) (105). La dirección general de Marruecos y Colonias solicitó un informe a Pittaluga quien delegó en Elósegui. Aunque Elósegui cuestionó que la eficacia del antipalúdico fuera el único criterio de aceptación del fármaco y que eran necesarias condiciones físicas o de posología adecuadas a la situación de la colonia, aceptó el envío de una cantidad de fármaco suficiente para su ensayo oficial. Otro fármaco aceptado a ensayo fue el Antipalúdico-Sanavida enviado por la casa Sanavida de Sevilla. El preparado carecía de literatura científica de apoyo porque, según testimonio del laboratorio, el médico "Dr. Goldmann que lo aplicó con brillantes resultados en Bulgaria, hace años murió." Sin embargo, Huerta aceptó 20 muestras con la promesa de remitir el oportuno informe una vez ensayado "por si sus resultados fuesen dignos de ser tenidos en cuenta" (106). 

   El fármaco que obtuvo más aceptación por el gobierno fue el Kinotanhol. El propio Director General de Marruecos se volvió a dirigir, en 1927, a José Vicente de Velar, representante del fármaco, solicitando nuevas muestras de Kinotanhol para su ensayo en Fernando Poo. Al parecer, aunque los frascos enviados en 1925 se habían recibido, no había constancia de su uso y el fabricante había reclamado los informes del ensayo del fármaco (107). Dos años después, el director general pedía una nueva remesa, "por la actual reorganización sanitaria sería conveniente efectuar en la actualidad los ensayos." La petición se reiteró en 1933. El específico fue enviado por el fabricante a la Dirección general de Marruecos y Colonias para su ensayo e informe acerca de los resultados obtenidos y el por entonces Director general de Marruecos y Colonias, Plácido Buylla, lo dirigió al gobernador general de los Territorios. 

   Hasta 1933 no se remitió el primer informe científico sobre los ensayos con diferentes clases de quininas. José Mª Goicochea y Alzuarán realizó un nuevo envío de una caja con 15 frascos para ensayo en todo tipo de fiebres palúdicas (cotidianas, alternas, tercianas, cuartanas, "por rebeldes y refractarias que a otros tratamientos se hayan mostrado"). La originalidad del fármaco residía, según sus promotores, en su efectividad a la primera dosis, su asimilación fácil y completa en el tubo digestivo y su forma de presentación en líquido o solución y sellos. El fármaco venía avalado ("es un preparado científico de quinina") por Casadevante, Director-Jefe del laboratorio de San Sebastián y legitimado por las nuevas teorías farmacodinámicas. Se trataba, según la certificación, de una sal orgánica de quinina que por hidratación se desdoblaba en "derivados tanoquímicos orgánicos" cuyas propiedades, hasta fechas recientes denominadas del "estado naciente" y explicadas por la teoría electro-cinética al uso, poseían mayor "potencialidad dinámica". El fármaco fue utilizado por la Misión Especial de Endemias (M.E.D.E.), sin ensayo oficial, cuando se agotó el clorhidrato de quinina presupuestado. El informe del médico jefe de la Misión fue taxativo y crítico en casi todos los aspectos esenciales del fármaco: "pobreza científica del prospecto", y acción más bactericida que específica contra el plasmodium; objeciones a la fórmula (influencias de la tensión superficial y la acidez iónica sobre cualidades químico farmacéuticas y cuestionamiento de la posible formación de tanato de quinina ante un exceso de ácido sulfúrico e incompatibilidad entre tanino y quinina); críticas a la dosificación (principios contrarios a los mantenidos por la mayoría de los malariólogos que recomendaban dosis medias y fraccionadas en lugar de dosis masivas que agravaban los efectos secundarios digestivos). El medicamento se había utilizado, en los centros de tratamiento de la tripanosomiasis de Basupú y Basakato, en la costa oeste de Fernando Poo, a falta de clorhidrato de quinina y a la dosis equivalente de 1 gr de quinina. Los pacientes tratados eran indígenas con brotes activos de paludismo, síntomas de accesos febriles y algias, con parásitos en sangre y esplenomegalia. Al parecer el fármaco aliviaba los síntomas pero se mantenía la esplenomegalia y los parásitos en sangre. El informe concluía afirmando su escepticismo respecto a la utilidad de la dosificación propuesta por el fabricante y aceptando su potencial aplicación en enfermos de paludismo afectados por el Plasmodium malaríe o vivax (pero no en caso de infecciones por falciparum, el más frecuente agente causal de los paludismos crónicos en Guinea). En este último supuesto, simplemente reputaba como "disparatado" y sumamente costoso su empleo (108). 

   Al menos desde 1929, según establecía el Reglamento de Hospitales de la colonia, los centros hospitalarios volvieron a vender quinina a particulares siguiendo la lista de precios oficial más una cantidad establecida a discreción ("según se estime conveniente"). Para el personal administrativo ("elemento oficial") estaba fijada la distribución gratis de quinina profiláctica a dosis de 0.25 gr (109) a pesar de las recomendaciones hechas por la Liga de Naciones que recomendaba una dosis de 1.2 gr al día (110). Sin duda, la discrecionalidad en la fijación de precios permitía cierta corrupción, al menos así fue puesto de manifiesto por el director saliente de sanidad Juan Bote ante el nuevo director Plácido Huerta: "Estos tratamientos (antitripanosomiasis) son la principal fuente de ingresos de los médicos en la colonia; ni se entera (Huerta) de que en el repuesto general de medicación, a pesar de estar en la misma dirección de sanidad, hayan sido vendidos productos medicinales a los particulares, cosa que al parecer ya no se puede hacer" (111). 

   Una de las dificultades para la extensión del uso de quinina fue el problema del suministro, que se abordó activamente durante el periodo republicano mediante el nombramiento de una comisión de vigilancia de los productos farmacéuticos y material sanitario remitidos a la colonia (112). Los integrantes de la comisión fueron Eduardo Delgado (presidente), Rafael de Garay (vocal), Joaquín Velasco (vocal) y Juan Blanco (secretario). Eduardo Delgado, informaba con prontitud de los problemas ocasionados por el sistema de concurso con el que normalmente se realizan los envíos de fármacos: lentitud en la tramitación de expedientes (25 días para dar a conocer a las casas comerciales el concurso, estudio de precios y adjudicaciones y otro mes de plazo de entrega), retraso debido a la periodicidad de salida de barcos, imposibilidad de garantizar la pureza química de los medicamentos y reemplazamiento de unos medicamentos por otros denominados "sinónimos" y de precios más altos. De hecho, en otro escrito, se informaba de los precios abultados por algunas casas comerciales, sobre todo, con medicamentos licitados a una sola casa comercial y tan básicos como el alcohol desnaturalizado y el Quinotorium, las diferencias de precios para un mismo producto, además del "afán desmesurado" en solicitar productos comercializados muchos más caros que los específicos. En la nueva propuesta la comisión pretendía comprar genéricos a la farmacia militar y limitar el concurso de medicamentos a aquellos que no figuraban en la farmacia. Este sistema se suponía que garantizaría la pureza química, la rapidez en los envíos, y el ahorro. Se calculaba que el ahorro entre 200 tubos de 50 cápsulas de 0,25 gr de Quinotorium, un antipalúdico comercializado (2.050 ptas) frente a 10.000 pastillas (3,5gr) de sulfato químico (689,15 ptas) podía ser de unas 1.360,85 ptas. En el caso de los inyectables, frente al producto comercial Quinotorium (ampollas de 1 gr y 0,50 gr, 3.500 ptas), con el cloruro químico básico (ampollas de 0,50gr, 962,50 ptas) la diferencia de precio podía ser de unas 2.537,50 ptas. De hecho, ese mismo año se procedió al envío de genéricos por la farmacia militar. 

   En 1930, el informe sobre la organización sanitaria admitía, por primera vez, la vinculación entre salud de la población y economía al señalarse "el valor económico de la quininización profiláctica general" como medio para evitar las frecuentes pérdidas laborales de los nativos trabajadores enfermos de paludismo. Junto al paludismo, se destacaba el impacto económico de las otras dos enfermedades dé más alta incidencia en la isla, la tripanosomiasis y el parasitismo intestinal. La dirección de los servicios sanitarios expresó su interés en emprender un estudio de la cuestión (113). Extraña esta tardía vinculación de salud y economía en el discurso médico colonial, en un contexto colonizador de explotación de las riquezas naturales. La escasez de la mano de obra — clave para el mantenimiento de la producción agrícola - había generado prácticas de migración forzada por parte de los propietarios que dieron pie, en 1930, al escándalo sobre tráfico de esclavos que hemos mencionado anteriormente. Precisamente estos intereses productores espolearon las promulgación de medidas asistenciales precoces (114), adelantadas a la propia metrópoli, como la asistencia hospitalaria gratuita a braceros indígenas de la isla, habían sido legisladas en 1910 - por estas fechas los propietarios criollos (fernandinos) aún no habían sido marginados en la propiedad de la tierra — y se hicieron extensivas a los braceros de la zona continental en 1922 (115). Sin embargo, la desatención al impacto económico de la salud de los trabajadores fue patente y, a mi entender, puede explicarse desde varias claves. De una parte, por el racismo que asignaba al nativo una condición infrahumana y que hacía del bracero una mera herramienta de trabajo sustituible. También, por una formación médica deficitaria aún anclada en ideas ambientalistas, y, por último, por el secular déficit presupuestario y organizativo del proyecto colonial. Es probable que la carencia de mano de obra que hacía peligrar el objetivo productivo de la colonia, contribuyera a fomentar la percepción del valor económico de la quinización. 

   El servicio de intervención y contabilidad de la Dirección General de Marruecos y Colonias, en Madrid, criticó algunos aspectos de la propuesta de surtirse de la Farmacia militar, por la persistencia de retrasos en el envío por falta de existencias o el incumplimiento del examen de medicamentos para garantizar la pureza. Madrid solicitó volver al sistema de suministro por concursos públicos con dos argumentos: "ser el reglamentario" y "garantizan a la administración el perfecto suministro". Sin embargo, el asesor médico, Eduardo Delgado refutó los argumentos señalando que los medicamentos suministrados contaban con "la garantía y solvencia de un establecimiento del estado", figuraban en las guías oficiales correspondientes, y se certificaban mediante un documento oficial del laboratorio central de medicamentos, avalado con las firmas del Director Comisario de Guerra y Jefe del Detall. Además, indicaba que la carencia de medicamentos en un momento dado no cuestionaba el procedimiento, pues las cantidades no servidas eran escasas, y se debía más a la inadaptación del sistema de envases que a la falta de existencias. Delgado insistía de nuevo en el beneficio económico obtenido con este procedimiento que calculaba en unas 7.260,70 ptas para ese año.También se pidió asesoramiento legal para aclarar si la adquisición a la Farmacia militar era reglamentaria (Orden 2-II-1933). Finalmente, se llegó a una posición de compromiso. Los pedidos se harían, generalmente, a la farmacia militar, aunque la falta de existencias de algún medicamento se comunicaría con celeridad para proceder a su compra por concurso público. No es de extrañar que los inconvenientes puestos a la modificación del sistema de suministro escondiera ciertas corruptelas o cobros indebidos e intereses de las casas comerciales. 

   No parece, sin embargo, que la propuesta mejorara el abastecimiento, pues en el informe de 1934 del Jefe Interino de Sanidad sobre el estado de la sanidad colonial, se reiteraba la carencia de quinina, de instrumental quirúrgico y material de cura que obligaba a los enfermos a comprar personalmente el material que necesitaban. El almacén de medicamentos (Repuesto General) era considerado "anticuado y absurdo", al igual que el sistema de pedidos y la carencia de memorias que facilitaran la actualización ("mientras no se realice una renovación del petitorio, no podremos contar con repuesto general efectivo"). La falta de suministro ordinario por la farmacia militar obligaba a la adquisición' de medicamentos en la península a precios muy elevados y con presupuestos específicos que no alcanzaban ni un 25% de lo que se pedía y retrasos en la distribución, de tres a cuatro meses, debidos al largo trámite en cursar la petición. Las propuestas planteadas ese año sugerían' una mayor racionalización: elaboración de informes de morbilidad para adecuar los pedidos a las necesidades, realización de pedidos directos' de la colonia a las casas comerciales que favorecerían la elección de' envases adecuados para el envío de medicamentos, créditos especiales para adquisición de medicamentos en plaza y se reiteraba la necesidad' de excluir los específicos e inyectables dando preferencia a preparaciones magistrales. Unos años después, antes de finalizada la guerra, sorprende que el informe sobre la situación sanitaria de 1938 hablara de un botiquín en la isla Annobón "perfectamente surtido de quinina", aunque no se indicaba la situación general de la colonia (116). 

 

   5.Terapias indígenas frente al paludismo

   Desde los inicios del proceso colonizador efectivo, hacia mitad del XIX, era conocido el uso de terapias herborísticas por las comunidades indígenas (117). Sin embargo, hasta la década de los treinta no recogieron los colonizadores, de forma sistemática, el uso medicinal de plantas por los nativos guiñéanos, en los informes sanitarios coloniales. A pesar de ello estos remedios de amplia base empírica nunca llegaron a incorporarse a las campañas auspiciadas por la metrópoli (118). 

   Nájera, en 1932 en su informe sobre el estado sanitario, citaba el uso tradicional de un diurético, la kinquéleba, en enfermos con fiebre hemoglobinúrica y varias clases de quinas. Pero el informe más completo lo realizó ese mismo año Browne (119). El informe era respetuoso con las terapias ancestrales en tanto que éstas coincidían con los conocimientos de la medicina occidental ("[la terapia de los indígenas] empírica y los tratamientos sintomáticos, no por ello carecen de valor. Basta citar el hecho de que ellos hayan logrado reconocer el valor de la planta cro-cro"). El compendio, excluía, por tanto, aquellas plantas "cuyos usos parecen tener base solamente en el fetichismo o en la medicina supersticiosa". Esta exclusión respondía a la norma de la terapia occidental que separa y jerarquiza las nociones de curar y sanar. Los médicos coloniales menospreciaron las plantas relacionadas con tareas sanadoras que cumplían otros fines sociales en unas comunidades indígenas que compartían un significado más amplio de "medicina" que el sistema occidental (120). Entre los indígenas, al menos a ojos del colonizador, se daba un uso clandestino de las terapéuticas. La clandestinidad se explicaba, en primer término, por miedo al menosprecio de los colonizadores ("por temor a que el blanco se ría de él") aunque no faltaba la explicación que postergaba el conocimiento de los indígenas a una situación de inferioridad racial ("más frecuentemente por convencimiento de que los conocimientos del blanco sean superiores"). De esta forma, según el informe del colonizador, procedimientos como la analogía o el conocimiento empírico, fundamentos del conocimiento occidental, conducían, en manos de] indígena, al desacierto ("El indígena convencido de la eficacia de una planta para síntomas dados, la emplea, por analogía falsa, para una gran variedad de otras enfermedades")(121). 

   El informe recogía una gran riqueza herborística. En lo referente al paludismo, se destacaban las plantas del grupo apocynaceae o quininas indígenas entre las que destacaba la Alstonia Congenesis, Picralina Kleineana, strophantus gratus, glaber y spp. Dentro de este mismo grupo también señalaba la Rawolfia macrophylla, rauwolña vomitorio, voacanga spp, conocimiento pharyngea chipii, funtumia elástica, landolfia owarensis, landolfia spp, thevetia neriifolia, nerium oleander, lochnera rosea. Dentro del grupo de las solanaceae, destacaba el solanum nigrum. Otras eran conocidas por su efectividad frente a las fiebres. Del grupo gramineae destacaba el cymbopogon citratus; del grupo labiatae, el ocimun viride, del grupo poligaíaceae, la segurídaca longipedunculata. Frente a parásitos e insectos, los indígenas utilizaban plantas del grupo papilionaceae, como la tephrosia vogelü. En la práctica, era habitual la combinación de plantas, algunas utilizadas por generar irritación o estimulación causando un efecto aditivo con otras. 

   Sin embargo, a pesar de la riqueza terapéutica de las culturas nativas, en ocasiones se prestaba más interés a remedios extravagantes e insensatos que encontraban eco en la prensa. Queda constancia, junto a los informes antes mencionados, de una carta fechada en 1932 y enviada por el español Juan Mir, vicecónsul de Portugal en Argelia, informando al gobierno de Guinea de noticias aparecidas en la prensa, referentes a las colonias de San Mauricio, Reunión y Madagascar, qué describían la existencia de una planta "leguminosa amariposada" con efecto similar al de la quinina por contener una sustancia llamada cumarina de la que se alimentaban los mosquitos y que por analogía al mecanismo de acción de la quinina ("de la misma manera que opera la quinina inyectada en el cuerpo humano"), producía la muerte, en el interior del insecto, del germen de la malaria. Se decía que la sustancia, a través del mosquito, por mecanismos sofisticados incluso de inmunidad, podía producir beneficios en humanos (122). 

  Hay que concluir señalando que, en el contexto colonial de Guinea objeto de este trabajo, no puede hablarse de una verdadera campaña organizada contra el paludismo ni siquiera en lo que Nájera denomina políticas antiparasitarias (123) . A diferencia de la metrópoli, donde una médula bien institucionalizada vertebró la tarea, en Guinea se proyectaron numerosas medidas al socaire de los cambios en la administración colonial, no siempre puestas en práctica. El objetivo sanitario fundamental fue el diagnóstico hematológico de los nativos afectados por la enfermedad impulsado inicialmente por intereses de tipo científico y, fundamentalmente, por un afán de custodia y sometimiento de la población indígena. 

   Es necesario mencionar la escasa integración y comunicación entre la organización colonial frente al paludismo y la campaña e instituciones metropolitanas que, con centro en el Instituto de Navalmoral de la Mata, venían acumulando experiencia práctica en la lucha contra la enfermedad. Es probable que el carácter autónomo frente a la administración estatal con el que nació la Comisión Central Antipalúdica y la descoordinación administrativa del estado español, más acusada en el terreno colonial, sean algunos de los factores explicativos. 

   Las ideas bacteriológicas no fueron las únicas que determinaron las medidas sanitarias adoptadas perviviendo en la práctica diversas ideas higienistas más o menos retocadas a lo largo del periodo que hemos analizado124. Ambos enfoques coincidieron en racializar (125) la enfermedad y contribuir al oscurecimiento de las causas sociales (disrupción social) y económicas (explotación) del paludismo en Guinea (126). Pero las tecnologías sanitarias, introducidas con la bacteriología para el diagnóstico masivo de la población, fueron un eje esencial en la configuración de los cuerpos de los nativos guineanos como cuerpos vigilados y esclavizados al salvoconducto del test del laboratorio para la obtención de un estatus social mínimo. El propio-sistema asistencial colonial excluyó a las mujeres, niños y personas en edades no productivas.

   Hasta 1930 no sé tomó conciencia del interés económico de ciertas medidas, como la quininización masiva, que hubieran aliviado un problema esencial para la metrópoli, la carencia de mano de obra. A pesar de las condiciones ambientales de la colonia, favorables a la obtención de quinina autóctona, la escasez presupuestaria secular y la desidia gubernativa no consiguieron poner en marcha este proyecto. Guinea,' sin embargo, sirvió de campo de experimentación de algunas quininas e insecticidas patrios aunque no de forma sistemática. Tampoco supo' aprovecharse el conocimiento empírico de la población nativa sobre remedios herborísticos.

   Las medidas ingenieriles fueron de implantación muy tardía y dirigidas a empresas de gran saneamiento y con objetivos sanitarios. Nunca fue asimilado en la colonia el concepto de saneamiento integral ni las recomendaciones de la Comisión Internacional del Paludismo, de la que era miembro Pittaluga, que en 1927 señaló la fundamental vinculación del dominio de la malaria a la mejora de las condiciones de vida (127). Esto hubiera supuesto un cuestionamiento de las condiciones de explotación y hubiera requerido la colaboración dé los terratenientes para la mejora de la agricultura del país y, como consecuencia, de las condiciones de vida de los nativos.

   En este marco, las medidas individuales frente al vector apenas fueron aplicadas por los europeos y mucho menos por amplios sectores de la población autóctona muy desarticulada y sometida a condiciones laborales explotadoras. El capitalismo expansivo, recién instalado en la colonia, fomentó una mano de obra agrícola transeúnte, y muy empobrecida, con unas condiciones de vida muy degradadas en las fincas, lo que sin duda deterioró el estado de salud de la población y fue un factor principal en el padecimiento del paludismo al coexistir con la degradación medioambiental del territorio provocada por la expropiación, abandono y degradación de tierras y sistemas comunes de riego y la debilitación de la cohesión social (128). 

   La percepción del problema palúdico fue depreciado por la administración sanitaria colonial frente a endemias, como la tripanosomiasis, de menos impacto en la morbilidad de la población. Es probable que el carácter crónico del paludismo, la concepción racista extendida sobre la menor gravedad de la enfermedad entre los indígenas, la posibilidad de proteger a la población blanca con quinina, la clínica poco exótica del padecimiento y la deficiente incorporación en la práctica de las ideas sobre el valor económico de la salud y la enfermedad, obscurecieran la importancia del paludismo y sus costes humanos en la población nativa. 

   A mi entender dos fueron las causas principales de la prevalencia de la enfermedad palúdica. De una parte la profunda alteración del ecosistema que supuso la colonización agrícola mediante la expansión del terreno cultivable - en Fernando Poó había pasado de 2.166 en 1899 a 22.466 hectáreas en 1923 y 42.323 en 1940 - mediante la tala masiva de árboles129. Por otra, la disrupción social causada por la política colonial explotadora que forzó la depauperación y el empeoramiento del estado de salud de una población agrícola forzada a la migración. 

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(1)   LOPEZ SACCONE, 1983, p.55.

(2)   LOPEZ SACCONE, 1983, p.65. CEREZO, 1901.

(3)   LINIGER-GOUMAZ, 1979, p.70; CASTRO, CALLE, 1992, pp.219-220, 225 y 226.

(4)   LOPEZ SACCONE, 1893, p.72.

(5)   Archivo General de la Administración, Fondo África. (en adelante AGA. Afr), caja nº G-697, leg. 1.

(6)   Informe del médico primero de la armada, 1902. AGA. Afr. Cja nº G-2075, leg. 3

(7)   AGA, Ar., caja nº G-1447.

(8)   ESTEVA FABREGAT, 1983, p.62.

(9)   Informe del médico primero de la armada, nota 6.

(10)  AGA, Afr., caja nº G-799 (incluido en caja nº G-798), leg 8. Además del paludismo pernicioso y la caquexia paludismo, otros padecimientos febriles se agrupan bajo el nombre de fiebre tifoidea, tifo-malaria y tifoidea biliosa.

(11)   Informe de la Comisión del Instituto de Higiene Alfonso XIII, 1909, AGA, Afr., caja nº G-78, leg. 1.

(12)  AGA, Afr., caja nº G-800, leg.8.

(13)  Instrucciones generales para el servicio sanitario colonial, 1913, AGA. Afr., caja nº G-2075, leg. 3.

(14)  En la actualidad los hausas siguen siendo comerciantes y un grupo económico importante. MARTÍNEZ ALCÁZAR, MORAGRIEGA ALCALÁ, 1982.p 81.

(15)  AGA, Afr., caja nº G-77, leg. 12.

(16)  NÁJERA ANGULO. 1932.

(17)  AGA. Afr., caja nº G-9, leg. s.n.

(18)  AGA, Afr., caja nº 1445. leg, s.n.

(19)  Nota referente al presupuesto de sanidad con fines a una futura reorganización sanitaria, 1928-1929 (?). AGA, Afr., caja nº 213, leg. 9.

(20)  Memoria del Dr. Ramón Giner Borrás durante su actuación interina como Director de Servicios Sanitarios Coloniales, 1927. AGA. Afr., caja nº G-1446.

(21)  Sugerencias de Pittaluga a la Memoria de Plácido Huerta nuevo Director General de Sanidad sobre cambios en el personal y material del servicio sanitario colonial en los nuevos presupuestos, 1927. AGA, Afr., caja nº G-213, leg 4.

(22)  Estadísticas de morbilidad en el personal indígena que presta sus servicios al gobierno colonial. Análisis laboratorio central, 1929. AGA, Afr., caja nº G-1447 leg 341.

(23)  VAUGHAN, 1991, p.51, no es la única autora que ha llamado la atención sobre esta visión uniformada y uniformadora de la medicina occidental que hace irrelevantes los sentimientos e identidades subjetivas de los pacientes.

(24)  ANDERSON, 1995, ha descrito este tipo de prácticas en el proceso colonizador de Filipinas tras la derrota española. Sobre la reforma del cuerpo como práctica histórica puede verse CAMAROFF, 1992, pp. 69-91.

(25)  Boletín Oficial de los Territorios Españoles del Golfo de Guinea (en adelante BOTEGG), IX-1924 y 1-XII-1927; Misión científica de Pittaluga, 1909. AGA. Afr, caja nº G-1928. leg. 3. Informe de la comisión del Instituto Nacional de Higiene de Alfonso XIII enviada por el Ministerio de Estado a las Posesiones españolas del Golfo de Guinea y presidida por Pittaluga, 1909, AGA, Afr., caja nº G-167, leg 1.

(26)  Sobre el impacto en las mujeres de las medidas sanitarias adoptadas en las colonias españolas en África véase muestro trabajo MEDINA DOMENECH, MOLERO MESA (2002).

(27)  En 1925 se habían realizado análisis a un millón y medio de nativos, alrededor del 14% de la población, cifrándose el número de afectados en 100.000. LYONS, 1988. MARKS, ANDERSON, 1998, pp. 269-270.

(28)  NDONGO BIDYOGO, 1988. P.107.

(29)  BOTEGG, 1-1-1928. Folletón de España Colonial, número 14, 1928; AGA, Afr. Caja nº G-1º447; NÁJERA ANGULO, 1932. pp. 49-52.

(30)  Estadística de mrbilidad… nota 22.

(31)  GUTIERREZ LARA, 1929.

(32)  Las colonias francesas e inglesas del áfrica Occidental. Historia, Climatología, Etnografía y organización sanitaria, informe de Guillermo Rocafort. 1926. AGA. Afr. Caja nº G-213, leg 7.

(33)  GUTIERREZ LARA, 1931.

(34)  Laboratorio central, sección estadística, AGA. Afr., caja nº G-1446. He utilizado los diagnósticos que proporciona el autor.

(35)  AGA, Afr., caja nº G-213. leg 29.

(36)  AGA. Afr. Caja nº G-9. leg. 24.

(37)  No hemos hallado el informe sólo una nota que lo indica. AGA. Afr., caja nº G-77, leg.11.

(38)  Plan para la lucha contra la Enfermedad del Sueño y otras endemias, 16-11933 AGA, Afr., caja nº 1873. leg 5.

(39)  Informe general del servicio sanitario colonial. 1938 (¿). AGA. Afr., caja nº G-1834.leg 2.

(40)  ARNOLD, 1999.

(41)  Véase en este sentido el texto del médico alemán Eduard Reichenow (1917) sobre sus investigaciones en la población de Camerún donde defendía “la escasa acción patógena del parásito del paludismo en los negros”, p.12.

(42)  LÓPEZ SACCONE, 1893, pp. 35 y 72.

(43)  PRINS, 1991, P. 363.

(44)  Informe del médico primero de la Armada, nota 6.

(45)  MARTÍNEZ ALCAZAR, MORAGRIEGA ALCALÁ, 1982. p. 107.

(46)  ARNOLD, 1993.

(47)  Estado Sanitario de las posesiones españolas del Golfo de Guinea, s.a. (aprox. 1910-1912). AGA, Afr., caja nº G-2075, leg. 3. Es probable que el autor del informe fuera Leandro Antolín Ruiz Martínez. En un escrito de la Sección Colonial del Ministerio de Estado se solicitaba a Ruiz la redacción de una memoria sobre “paludismo en todas sus manifestaciones y demás enfermedades frecuentes en los territorios españoles del Golfo de Guinea” y dotaba una subvención de dos mil pesetas. AGA. Afr., caja nº G-696, leg. 16.

(48)  Señala HARRISON, 1978, pp. 123-129, que algunos experimentos llevados a cabo en África intentaban demostrar la afinidad de los mosquitos por los nativos para justificar de esta forma las prácticas segregacionzotas.

(49)  Instrucciones generales para el servicio sanitario colonial, nota 13.

(50)  HUERTA Y NAVES, 1926, p.9.

(51)  AGA. Afr., caja nº G-214, leg 8.

(52)  AGA, Afr., caja nº G-1447 leg. 1183.

(53)  Estadísticas de morbilidad, nota 22.

(54)  La esclavitud estaba abolida desde 1859 (R.O. 18-VIII-1859), al parecer no fueron infrecuentes los incidentes ocasionados por la resistencia de los nativos. De hecho los intentos de reclutar trabajadores en la isla de Annobón fracasaron. CASTRO y CALLE, 1992. pp.220-221: NDONGO BIDYOGO, 1998. pp. 147-151.

(55)  Esta imagen del colonizado como reservorio parece que ha pervivido en diferentes contextos coloniales ANDERSON, 1995. p. 651, lo ha señalado para el contexto de Filipinas pero en periodos más tempranos (1909). Puede que la idea proceda de la contribución de Schilling al texto de ROSS, 1910. como ha señalado NÁJERA, 1994, p.21.

(56)  Tomo aquí el trabajo de VAUGHAN, 1991, especialmente influyente en mi análisis.

(57)  Informe general del servicio sanitario colonial. AGA, Afr., caja nº G-1834, leg. 2.

(58)  LALINDE DEL RIO, 1947.

(59)  Memoria Dr. Ramón Giner Borrás durante su actuación interina como Director de Servicios Sanitarios coloniales, 1927. AGA, Afr., caja nº G-1446. En la memoria apenas se presta atención al paludismo.

(60)  AGA. Afr., caja nº G-1873, leg. 3 y 5.

(61)  ARNOLD, 1993; VAUGHAN, 1991. p. 39. MARKS, ANDERSON,      1998, han señalado que la importancia del tifus en Sudáfrica quedó eclipsada por otras epidemias que afectaban por igual a la élite blanca y a los nativos.

(62)  NDONGO BIDYOGO, 1998, pp. 151-152. Sobre el fracaso en los planes de inmigración de colonos españoles a Guinea véase ESTEVA FABREGAT, 1883, pp. 34ss.

(63)  Orden del gobierno general autorizando el aprovechamiento de las aguas que surten esta capital, BOTEGG 15-v-1907: Surtido de aguas potables a la capital de Bata y Estudio y formación de proyecto y presupuesto para realización de acueducto que conduzca agua desde río o manantial próximo que reúna condiciones. BOTEGG 15-VII-1907.

(64)  BOETGG 1-III-1907.

(65)  Estado sanitario de las posesiones españolas en el golfo de Guinea, 1910-1912 (¿) AGA, Afr., caja nº G-2075, leg. 3.

(66)  AGA, Afr., caja nº G-167.

(67)   AGA, Afr., caja nº G-1443.

(68) Consejo de vecinos de Santa Isabel. Aviso sobre las condiciones higiénicas mínimas para toda clase de construcciones en esta capital. BOTEGG 1-V-1925; Consejo de vecinos de Santa Isabel. Bando sobre limpieza de la población. pp. 99-100, BOTEGG 1-VII-1925; Gobierno general. Decreto referente a la higiene de la colonia. BOTEGG 1-XII-1927.

(69)   BOTEGG 15-VIII-1922. 

(70)   Memoria de Atanagildo Arnaiz sobre desecación de los pantanos de la Bahía de Concepción. 1924. AGA, Afr., caja nº 1445.

(71)   Viaje del ingeniero sobre el estado de las obras de establecimientos sanitarios (aljibes), Folletón de España Colonial número 15. 1929. AGA. Afr. caja nº G-1447.

(72)   AGA, Afr., caja nº G-214, leg. 8.

(73)   En ese año se creó el Patronato de Indígenas, un organismo de intenciones menos segregacionistas que la Curaduría Colonial, pues intentaba dar cierta representatividad y tutela a los indígenas no segregados. También se legislaron medidas relacionadas con la enseñanza, emancipación de nativos, etc., NDONGO BIDYOGO, pp 37-38 y NDONGO BIDYOGO, 1998.

(74)   GÓMEZ NAVARRO, 1991, pp 507-513.

(75)   NDONGO BIDYOGO, 1977. p.36. lo califica de "quizá la moda cultural más importante del siglo" extendiéndose por toda Europa el interés por fetiches, cerámicas o literatura africanas que interesó a intelectuales de la época como Apolinaire, Picasso o Stravinski. En España, por estas fechas, la Sociedad de Africanistas al parecer promovió la fundación de un museo etnológico y expediciones a la zona continental de Guinea.

(76)   ARROJAS, 1950.

(77)   En 1930, la Liga de Naciones investigó la situación sobre el tráfico de trabajadores en el golfo de Guinea. España acusó a la comunidad internacional de sabotear el desarrollo de la Guinea colonial y subrayó el silencio y connivencia de los abusos de otras zonas coloniales. Al parecer, el objetivo de la liga no fue tanto el proteger las condiciones laborales de los trabajadores sino el defender la conservación de la mano de obra de Liberia para su utilización en empresas internacionales instaladas en el propio territorio. SUNDIATA, 1974.

(78)   LYONS, 1988. pp 242-256.

(79)   Folletón de España Colonial número 4. AGA, Afr., caja nº G-1447. BOTEGG 15-VI-1928. Otras medidas publicadas fueron: Insectos transmisores de enfermedades. BOTEGG 1-III-1928: Medidas sanitarias que deben practicar los patrones e indígenas contra las enfermedades endémicas. BOTEGG 15-IV-1928. Aviso. "Publicadas en el B.O. del 15-IV-1928 las disposiciones sanitarias a seguir contra las enfermedades endémicas se hace saber cumplimiento voluntario a partir de su publicación y obligatorio a partir de los tres meses pudiendo ampliarse el plazo de construcciones hasta fin de año. Se castigará su no cumplimiento". BOTEGG 1-VII-1928.

(80)   Consejo de vecinos. Disposiciones Sanitarias dentro de la población. BOTEGG 30-iv-1928.

(81)   BOTEGG 15-VII-1934.

(82) Puede referirse con el toponímico Bakato a dos poblaciones situadas al este y oeste de la isla de Fernando Poo.

(83)   NDONGO BIDYOGO, 1998, pp. 145-148, ya ha señalado otros episodios de insurrección de los bubis frente a las condiciones de esclavismo que implicaba la prestación personal.

(84)   AGA, Afr., caja nº G-1447, leg.6.

(85)   PITTALUGA, 1927 y 1929.

(86)   Bases fundamentales para la reorganización de los servicios sanitarios de las posesiones españolas del golfo de Guinea, 1931, AGA. Afr., caja nº 1834. leg 2.

(87)   ESTEVA FABREGAT, 1983.

(88)   NÁJERA ANGULO, 1932, pp. 49-52.

(89)   Al parecer el nombramiento fue objeto de disputa entre Alcalá Zamora y Lerroux quien propició al naviero Taya. NDONGO BIDYOGO, 1977, pp 44-45.

(90)   NÁJERA ANGULO, 1935.

(91)   Informe del director interino de sanidad sobre la situación sanitaria colonial. 1938. AGA, Afr., caja nº G-1834. leg 2.

(92)   Esta fórmula era y sigue siendo habitual. Otro ejemplo puede verse en las recomendaciones publicadas en el Folletón de España Colonial número 5-6, 1928. AGA. Afr, caja nº G-1447. "Cualquier descuido puede hacer que un mosquito que casualmente entre, produzca toda una generación de ellos dentro de la casa".

(93)   Memoria sobre ingeniería sanitaria redactada con atención al paludismo y la enfermedad del sueño así como plan para aplicar en Santa Isabel, 1927, AGA. Afr., caja nº G-214, leg.8.

(94)   Folletón de España Colonial número 5-6 y 10. AGA, Afr. caja nº G-1447. BOTEGG 24-III-1928.

(95)   AGA, Afr., caja nº G-1834, leg 2.

(96)   AGA, Afr., caja nº G-1445.

(97)   Folletón de España Colonial número 6, AGA. Afr., caja nº G-1447.

(98)   CASTRO y CALLE, 1992, p. 225.

(99)   Sugerencias de Pittaluga a la Memoria de Plácido Huerta, nota 21.

(100)   ANDERSON, 1995, p. 654, en un sentido más representacional, también ha indicado la percepción de las Filipinas como un laboratorio por los colonizadores americanos.

(101)   AGA, Afr., caja nº G-214.

(102)   La formula consistía en "60 beam de quinina disueltos en 32 onzas de agua fría, se hierve y se añade ácido sulfúrico comercial".

(103)   AGA, Afr., caja nºG-848.

(104)   Folletón de España Colonial número 1. AGA, Afr., caja nº G-1447: Instrucciones sanitarias. Copia de una carta del Dr. Huertas al Sr. Santillana [borrador del folleto]. AGA. Afr., caja nº G-77. BOTEGG 24-III-1928.

(105)   La composición exacta y detalles de los enfermos palúdicos puede verse en AGA, Afr., caja nº G-215. leg. 5.

(106)   AGA, Afr., caja nº G-1447.

(107)   AGA, Afr., caja nº G-214.

(108)   AGA, Afr., caja nº G-1873, leg 18.

(109)   Reglamento de hospitales de la colonia, 1929. AGA, Afr., caja nº G-1447.

(110)   COHEN, 1983, p. 28.

(111)   AGA, Afr., nº G-1447, leg. 1183.

(112)   AGA, Afr., caja nº G-79, leg.3.

(113)   Informe y propuestas sobre organización sanitaria, 1930, AGA, Afr., caja nº 1834, leg.2.

(114)   El mismo objetivo se advierte en otros contextos coloniales, como Sri Lanka, SILVA, 1994.

(115)   La marginación de los propietarios africanos corrió paralela a la extensión del monocultivo del cacao. SUNDIATA, 1996.

(116)   AGA, Afr., caja nº G-1834, leg.2.

(117)   CASTRO, CALLE, 1992, citan AGA, Afr., caja nº G-781, leg. 22.

(118)   AMADOUNY, 1997, pp. 458-461, ha señalado que, en el caso de la campaña antipalúdica del protectorado inglés en Transjordania, los remedios tradicionales - uso de Teocrium polinum - se combinaron con otras tácticas occidentales.

(119)   Plantas medicinales en Guinea. V.R. Browne. AGA, Afr., caja nº G-1873, leg 1.

(120)   Véase en este sentido la reflexión que plantea VAUGHAN, 1994.

(121)   Algunas plantas medicinales de la Guinea Continental Española. 1932-33. AGA, AFr., caja nº G-1873, leg 1.

(122)   AGA, Afr., caja G-1873.

(123)   NÁJERA, 1994, p.18.

(124)   Otros autores han señalado la pervivencia de rutinas ambientalistas en la práctica entre los médicos coloniales que rompe con la idea tradicional del determinismo de la teoría bacteriológica. ANDERSON, 1998, p.523.

(125)   Utilizo este término, aún tratándose de un neologismo, pues creo que incorpora una significación que va más allá de la idea de racismo que hablaría más de actitudes, frente al de racialización que destaca la acción de imponer significados racistas (biológicos) a grupos sociales o culturales o conceptos como el de enfermedad. El término ha sido ya utilizado en castellano en textos tan relevantes para la teoría sobre el racismo como el WIEVIORKA, 1992. Agradezco a Aurelia Martín Casares sus comentarios sobre estos aspectos.

(126)   MARKS, 1997, pp. 213-214, también ha llamado la atención sobre este oscurecimiento que, a mi entender, aun pervive en muchas de las políticas sanitarias en el África Actual.

(127)   NÁJERA, 1994, p.22.

(128)   NÁJERA, 1994. Existen abundantes estudios de casos en este sentido, como los de PACKARD, 1984; AMADOUNY, 1997; MARKS y ANDERSON, 1998.

(129)   La deforestación parece un factor medioambiental decisivo. DUNN, 1993. P. 855; MOUCHET.J. et al. 1998, p.128.

 

  

 

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