HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

Concepto del indígena en nuestra colonización de Guinea

POR EL

EXCMO. SE. D. JUAN Mª BONELLI RUBIO

Gobernador General de los Territorios españoles del Golfo de Guinea

Señoras y Señores:

Entre los temas apasionantes que pueda haber en el mundo, no me parece que deba considerarse como el menor de ellos el que da motivo a una obra de colonización, porque el que colo­niza, si coloniza con el alma limpia, el corazón puro y el ánimo desprendido, siéntese a la vez un poco creador y un poco maes­tro, y como la labor de crear es la que más nos aproxima al Creador de todo, que es Dios mismo, y el mismo Dios fue el Maestro por excelencia, síguese que el que se sienta o pueda sentirse un poco maestro y un poco creador está más cerca de la fuente inagotable de todos los verdaderos goces. Nada más que por esta razón, paréceme que bien puede calificarse el tema de apasionante.

Como contrapartida, porque en el mundo lo amargo y lo dulce no suelen andar muy distantes, el que quiera ser al mismo tiempo un poco creador y un poco maestro ; esto es, el que quiera colonizar, no ha de estar exento de muchas y graves preocupa­ciones por la responsabilidad que le pueda alcanzar por la mal­dad posible de la cosa creada o por el torcimiento del ser edu­cado, porque no basta crear, ni siquiera interesa crear, si ha de  ser nocivo lo creado, como no basta educar, ni siquiera interesa educar, si de la educación no ha de nacer una mejor aptitud para obrar bien ; de donde resulta, en fin de cuentas, que la obra de colonizar puede ser bellísima y loable si con ella se crea un pueblo, en el que los nobles atributos del hombre estén lo menos dañados  posible  por  sus  torpes  instintos,  pero  que  ni basta colonizar, ni siquiera interesa colonizar, si el resultado ha de dar origen a una muchedumbre gregaria más, que se mueva en la sociedad al impulso funesto de sus concupiscencias.

Supongo yo que, por las palabras y los conceptos que hasta ahora llevo expresados, los que me hacen el honor de estarme escuchando se habrán dado cuenta de que cuando yo empleo la palabra colonización quiero hablar de la colonización en cuanto a su aspecto social y moral; es decir, en cuanto a la influencia ética que el pueblo colonizador ha de ejercer sobre el colonizado. Estoy hablando, o más bien, quiero hablar, de lo que -para darle un nombre- pudiéramos llamar «colonización sociológica» ; forma de la colonización que se podría enunciar diciendo : «Doctrina y método que ha de seguir el colonizador para civilizar al colonizado, entendiéndose por civilizar, elevar el nivel cultural, social y moral del que se civiliza».

 

Así pues, y cómo es evidente, el objeto de la colonización es el colonizado, y, por tanto, el que pretende colonizar lo primero que necesita es tener un concepto claro del sujeto de la obra que pretende, porque mal puede obrar y actuar sobre aquello que no conoce. Un ejemplo práctico para aclarar ideas : se puede hacer el mismo objeto —una caja, un teléfono, o una parte de la carrocería de un coche— de madera, de chapa, o de esa substancia moderna mal llamada cristal, pero, evidentemente, el proceso que haya de sufrir la materia que se emplee será profundamente distinto en uno u otro caso. Del mismo modo, como colonizar es civilizar, se puede civilizar todavía a muchos pueblos —más de los que parece a primera vista, ¿verdad, señores ?—pero el camino a seguir será distinto de acuerdo con las características de la materia prima que se emplee y que ha de ser objeto de la colonización.

Con esta cuestión que acabo de esbozar, nos hemos tropezado los españoles en muchas ocasiones de nuestra historia y, últimamente, en nuestro pequeño pero maravilloso y atrayente territorio de Guinea, y lo mismo que nuestros abuelos en otros tiempos, hoy nosotros, los que porque Dios así lo ha permitido estamos en la Colonia, tenemos que meditar sobre este asunto y tomar una decisión que nos permita obrar.

Un día —hace dos años—; un día afortunado para mí porque me deparó el honor de ocupar esta tribuna, hablé ya de este tema. Pero entonces me limité a plantear el problema de una manera doctrinal haciendo un esbozo, que no tuvo otro mérito que el de ser breve, y que me parece que va a ser el mismo de esta conferencia de hoy ; haciendo un esbozo —digo— de los distintos conceptos que por el mundo andaban y que, al intentar clasificarlos, habían dado lugar a los sistemas de colonización. Aquel día expuse la teoría, o, más bien, las teorías que, sobre este asunto, pululan por el mundo. Hoy, me parece que es llegado el momento de pasar de la teoría a la práctica y, por eso, trataré de daros una idea general de cómo, a la hora de actuar, hemos entendido los españoles de Guinea el problema de la colonización.

Decía, hace un momento, que lo más importante. para el que ha de colonizar es tener un concepto claro del pueblo que coloniza. Esto es evidente, y puesto que lo es, resulta que lo más interesante para nosotros es definir el concepto que tenemos del indígena de nuestros territorios, porque así tendremos el fundamento y la explicación de. por qué colonizamos como estamos colonizando.

Pero surge una cuestión: ¿cómo podría yo definir ese concepto de una manera clara y escueta? Las definiciones son siempre difíciles y, las más de las veces, incompletas. Yo recuerdo que Rey Pastor, el matemático eminente, es opuesto a definir lo que es un punto y una recta y un triángulo ; prefiere hablar de ellos sin definirlos, porque entiende que si el que estudia llega a adquirir conceptos claros, sabrá matemáticas sin que le haya hecho falta para nada saber definiciones. Yo voy a seguir una norma parecida ; los hechos de la obra que en Guinea se realiza me servirán para ir dando conceptos acerca de las distintas facetas del hombre indígena en cuanto es colonizable y el conjunto de todos ellos servirá —si es que acierto a expresarme de una manera fiel y comprensible— para que forméis vuestro propio concepto de cómo se concibe al indígena en la colo­nización de Guinea.

Puesto que España es católica, y, por serlo, concede valor excepcional y primordial a los valores religiosos, quizá la primera pregunta que debiéramos hacernos al colocarnos con la imaginación delante del indígena, es el concepto que de él tenemos desde el punto de vista religioso, pero precisamente porque somos católicos, la pregunta es innecesaria, porque un católico no puede pensar de otro hombre, sea de la religión que sea, nada más que una cosa misma : que es un hijo de Dios más, y que como a tal hay que mirarle.

Dejada, pues, esta pregunta aparte, creo yo que la más importante y la más decisiva que podemos hacernos es aquella que se refiera al concepto jurídico que nosotros tenemos del pueblo indígena y, por consecuencia, la situación jurídica del mismo. 

El primer punto a tratar cuando se quiere encauzar jurídicamente una colonización, es saber qué se piensa de la psicología y de la mentalidad indígena. La cuestión es así: ¿piensa un indígena de nuestro territorio igual que nosotros? ¿Tiene los mismos conceptos de lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, lo noble y lo desleal?

Si la contestación es afirmativa, el procedimiento a seguir es extraordinariamente sencillo, porque todo consiste en aplicar al indígena las mismas reglas, las mismas normas y los mismos conceptos que se aplican a los ciudadanos de la. nación colonizadora y, claro está, que de esta manera, el trabajo del legislador colonial se ha reducido a la nada porque la legislación se la darán hecha desde la metrópoli. Pero lo que pasa es que no hay nadie que se atreva a contestar -afirmativamente a estas pre­guntas, primero y principalmente, porque su conciencia le dice a gritos y a todas horas que no son ciertas, y segundo—y esto es lo más grave—, porque si son ciertas y si el indígena es exactamente igual en su psicología y en su mentalidad al habitante de un país civilizado, ¿quieren ustedes decirme qué pinta en la colonia el colonizador ? ¿ Por qué va a mandar a los que, por hi­pótesis, son tan capaces como él para el mando? Y si no va a mandar, y sí solamente a dar un consejo y a ofrecer una enseñanza, ¿ se los han pedido acaso ? Porque si no se los han pedido, y todos sabemos perfectamente que no se los han pedido, ¿a santo de qué se mete donde nadie le llama?

No puede ser. Contestar afirmativamente a las preguntas anteriores nos lleva inevitablemente a la consecuencia de que en las colonias sobran los colonizadores, y que hay que dejar al indígena que haga lo que le venga en gana. Pero esto sería otro disparate mayúsculo porque el indígena no es capaz de orientarse por sí mismo en este terrible y complicado mundo de la civilización, ni puede navegar por su cuenta en ese mar turbulento y alborotado de las naciones que a sí mismas se llaman cultas y sapientísimas. No puede ser; no hay ningún pueblo colonizable que tenga tras sí el legado inmenso de la civilización europea., Ningún pueblo colonizable sabe quién fue Aristóteles, ni quién Santo Tomás, y por eso su filosofía y su sabiduría es, cuando más, un vago reflejo de la ley natural. Ignora que hubo un hombre, hace muchísimos años, que se llamó Pericles, y otro, Catón, el de Utica, y que los hombres han escrito unos libros que se llaman las Pandectas, el Fuero Juzgo y las Siete Partidas, y por eso su sentido de la Justicia es sólo un atisbo de aquella tendencia hacia el bien con que el hombre salió de las manos perfectísimas de su Creador. No conoce el heroísmo de Leónidas a la sombra de las flechas persas, ni la indomable arrogancia de los numantinos frente al orgullo de los romanos, ni el gesto noble y doloroso de Guzmán el Bueno en las almenas de Tarifa, ni el poderoso aliento que necesita un corazón humano para sobreponerse al tormento de la Noche Triste y llegar altivo y confiado a con­quistar la gloria inexplicable de Otumba, y por eso no comprende 'por qué se puede entregar la vida cuando parece  innecesario aceptar la muerte, y cuál es .el verdadero mérito del sacrificio y en qué estriba la grandeza de la lealtad.

No puede ser ; el indígena no piensa ni siente como nosotros, y, ni que decir tiene, que no sabe lo que nosotros sabemos, luego ponerle en igualdad de condiciones con el elemento hombre procedente de un país civilizado, no es hacerle un beneficio —aunque parezca que se le otorga un honor—, sino dejarle indefenso en una lucha, la de la existencia, en la que irremisiblemente va a perecer.

Porque la realidad es que el indígena es menor de edad, por­que tiene mucho de infantil en su modo de sentir y en su manera de proceder, y, por eso mismo, es preciso tratarle con el mismo exquisito cuidado con que se trata al niño. Los locos y los insensatos —si es que no son malvados— que se erigen en representantes exclusivos de la libertad y piden con voces trémulas igualdad de trato para el indígena, son esos mismos insensatos, locos, o malvados, que piden gimiendo que se respete la conciencia del niño, como si la tierra en la que no se siembra y en donde no se cultiva pudiera dar por sí misma y espontáneamente los frutos que, por esencia, es capaz de producir. Dejad rienda suelta al niño para que crezca libremente al solo influjo de sus propios instintos, y habréis hecho cuanto está en vuestra mano para conseguir el día de mañana un hombre inútil, parásito de la sociedad en que viva, si es que no es un peligro para ella. Otorgad a un indígena la plena posesión de su capacidad jurídica, y habréis dado el primer paso y el más decisivo para hacer de él un esclavo.

Hay pueblos dejados de la mano de Dios, que en su vesania y locura, embriagados por el veneno corrosivo de unas ideas mil veces malditas que van a dar al traste con esta desdichada civilización en que vivimos, han caído en la estupidez y en la incoherencia de conceder a los indígenas de sus colonias un grado tan excelso de ciudadanía, que tienen derecho al voto ; es decir, tienen derecho a ejecutar ese acto estúpido que permite a los hombres opinar de lo que no entienden, y con el agravante de que, a esa opinión, se le concede una cierta validez. Pero esos mismos que tal hacen, en los demás actos de la vida económica y social de la colonia, e incluso en la jurídica, desprecian al pueblo colonizado, se alejan de su trato y le aplican normas distintas. El disparate y la inconsecuencia saltan a la vista. Sí se concede el acto más sublime y más importante del «ciudadano consciente» —como dicen ellos en términos escalofriantes por su altisonancia—, acto : que lo menos que debe requerir es una madurez completa, ¿ por qué no se le conceden los demás derechos que son más simples que el que se ha concedido ? ¿ Por qué no se les concede la total igualdad? Y una vez concedida la igualdad que es lógico conceder después de dado aquel primer paso, ¿por qué no se marcha la nación colonizadora de aquella colonia y deja a los indígenas en paz para que se las arreglen como quieran? Pero... ¿a que prefieren ser ilógicos, y no se van ?

Lo grande del caso es que si no se van —y no tengan ustedes cuidado, que no se van—, harán bien y será lo mejor que pueden hacer en beneficio del pueblo indígena, porque aunque sus doctrinas y sus ideas son verdaderamente deplorables, al enfrentarlas con la realidad, la realidad se impone y hacen cosas que recuerdan muy poco a las doctrinas porque tienen atisbos de sentido común. En teoría, le conceden al indígena unas cualidades desorbitadas; luego, en la práctica, la fuerza de los hechos les obliga a poner cada cosa en su sitio y a desmentir con sus actos las vanas pretensiones de sus teorías.

A Dios gracias, porque en El nos fundamos, nuestra colonización de Guinea no se parece a esto en nada, y aunque en la práctica tiene facetas similares a las de otras colonizaciones, la doctrina que la sustenta y el fin que persigue son fundamentalmente no ya distintos, sino opuestos. «A priori» los españoles pensamos que el indígena, que es un hermano nuestro, porque del mismo barro nos hizo Dios a todos, no es por eso nuestro igual, sino que está en condiciones de inferioridad con respecto a nosotros, y puesto que lo está, y puesto que es nuestro hermano, tiene derecho y le debemos protección y amparo. Con arreglo a este concepto primario,  qué es aplicable para todas  las  cuestiones de la vida, ya sean económicas, ya sean sociales, ya sean jurídicas, el colonizador cuando legisla debe olvidarse un poco de la metrópoli y hacer una ley que sea apropiada y eficaz para el sujeto de la colonización.

 

Ya empezamos a fijar conceptos de acuerdo con el plan que. dije al principio que pensaba seguir ; ya hemos expresado claramente :

1.°    Que el indígena no es nuestro igual.

2.°    Que tiene derecho y le debemos protección y amparo.

Y ahora, surge la pregunta : ¿ Responde nuestra legislación y nuestra actuación en la colonia actuación en la colonia a estos principios que acabamos de fijar?...

Vamos a ver que sí; vamos a ver que nuestra legislación es eco fiel de la buena doctrina, y vamos a ver el reflejo práctico de aquella teoría en aquello que,  por sí mismo,  es específicamente jurídico ;  esto es, en la Organización y atribuciones de los Tribunales de Justicia.

Pues bien ; el indígena de nuestros territorios ni está sometido a nuestro Código civil, ni al penal, ni a la Jurisdicción de nuestros Tribunales. Existe una organización completa de Justicia indígena compuesta por los Tribunales de  Demarcación, Tribunales de Distrito y Tribunal Superior Indígena, cuya equivalencia pudiéramos encontrarla en el Juzgado de Primera Instancia, Audiencia Territorial y Tribunal Supremo. En esos Tribunales se juzga con arreglo a la costumbre indígena, en cuanto no se oponga a la moral cristiana, y se procura en las sentencias ir aplicando discreta y paulatinamente los conceptos jurídicos de nuestra sociedad.

Claro está, que este modo de actuar no es nuestro exclusivamente. Con rara unanimidad, todas las naciones colonizadoras le emplean, y no hace mucho, por ejemplo —dos años escasos— los franceses promulgaron un nuevo Código penal de aplicación para los indígenas. Lo que sí es exclusivo en nosotros es la constancia y lógica en el modo de pensar, porque admitir que son necesarios unos Tribunales especiales para los indígenas y concederles después el derecho al voto, es un contrasentido que sólo puede caber en el cerebro de un liberal; el más paradójico de los cerebros, porque en él cabe todo y entra todo, y siempre está vacío. Nosotros, que no somos liberales, estamos a cubierto de semejantes desatinos y como empleamos una misma norma en todos los casos y esa norma es beneficiosa para el indígena, somos constantes en el beneficio mientras que los demás son intermitentes.

En nuestra colonia de Guinea siempre los españoles hemos seguido el mismo criterio. Unas veces con más clarividencia ; otras, con ciertas nebulosidades, pero siempre se adivina en el fondo de nuestra legislación colonial como un  «leit motiv» de nuestra especial manera de ser, y así vemos que desde los primeros tiempos de nuestra presencia en Fernando Póo se piensa en el amparo y protección del indígena y se refleja esa preocupación en la obra de los Gobernadores aunque en algunas ocasiones sea —¿ cómo diría yo ?— sin serenidad ; sin visión clara y certera de lo que se pretende y por qué se pretende. Y así nos encontramos  con  que  existe  siempre  una  Curaduría  indígena, cuya misión es,  naturalmente,  ejercer una acción  tutora sobre los  nativos,  pero  que  defiende inexplicablemente  la teoría de que el indígena de Fernando Póo no trabaje, y esto, como me­dida de protección a la raza, como si el trabajo fuera una fuente de depauperación superior a la del ocio, y como si no fuera infinitamente más deseable trabajar, que es una obligación impuesta al hombre por Dios mismo, que llevar una vida de holganza con la secuela de todos los vicios y miserias. Esto pensó un tiempo la  Curaduría,   pero  a  la vez,   permitía  y  hasta  estimulaba  la recluta de braceros en nuestra zona continental concediendo de hecho una diferencia de trato al bubi y al pamue que no hay manera de explicar satisfactoriamente.

La razón de este desequilibrio está en que, en aquellos tiempos, reinaba en España un laberinto de ideas importadas del extranjero, que estaban muy de moda y que pugnaban y pugnarán siempre con la auténtica tradición española que es infinitamente mejor que todo lo que nos quieran ofrecer de fuera aunque venga vestido con las mejores galas y ropajes. El caso es que hubimos de padecer no poca confusión en las ideas y en las doctrinas, que fue causa de muchos desgraciados sucesos, y que repercutió en la Colonia como era lógico que repercutiera, enturbiando un tanto la limpieza y bondad de nuestra coloniza­ción y empañando el brillo de lo que siempre hemos sabido hacer los españoles con ventaja sobre los demás.

Por fortuna, pasaron aquellos años de indecisión y desconcierto, se purificaron las ideas, y al desechar lo que no estaba ni está de acuerdo con lo español y con lo cristiano, quedó la doctrina a aplicar, limpia, firme y decidida, y que puede definirse escuetamente en estos términos, ya expresados anteriormente : El indígena es menor de edad y como tal, necesita y tiene derecho a la protección de la nación colonizadora. Pero protección clara, definida, exacta ; no esa protección que sólo es de palabra y no se siente de hecho porque no está previsto el modo de ejercitarla, sino aquella otra en que lo primero es la creación y definición del órgano específicamente encargado de llevarla a cabo, de su misión y del modo de cumplirla.

Y así nace el Patronato de Indígenas, la más bella quizá de nuestras Instituciones coloniales y la que tiene un papel más digno y más hermoso, porque su misión es defender, amparar, educar y proteger. Es tutor del indígena y, según la ley, completa su capacidad jurídica para todos los actos de su vida que exijan de él una capacidad que no tiene. Contratos, ventas, cesiones, traspasos de dominio... ; todo ha de ser autorizado por el Patronato para que el acto pueda tener valor y efecto legal. El indígena no puede, aunque quiera, contraer deudas, porque el Patronato no autoriza préstamos onerosos; no. puede firmar contratos leoninos ; no puede hacer ventas ruinosas ; no puede dilapidar su hacienda... En una palabra; está a cubierto de todo quebranto y sólo puede obrar aquello que le beneficie» Y llega a tanto nuestra actual legislación en este aspecto que sí alguien a espaldas del Patronato hiciera préstamos a un indígena no emancipado, o firmara contrato de arrendamiento o trabajo, o compra o vendiera directamente, el acto es nulo y el indígena no viene obligado a cumplirlo, no sólo es nulo, sino que la parte contratante emancipada, cualquiera que sea su raza o color, incurre en delito y es acreedor a sanción.

Por si todo esto fuera poco, en nuestra legislación se define y especifica que el indígena, por el mero hecho de serlo, tiene derecho a una parcela de terreno completamente gratuita que, además, es inembargable. Es decir, que, como antes os decía, el indígena no puede perder nunca porque el Patronato está para impedirlo, pero aun en el peor de los casos, siempre tendrá esa parcela de terreno que le puede servir de habitación, base y sustento.

Sin que sea orgullo de español, sin vanagloria, sin presun­ción, creó sinceramente que no existe legislación alguna que sea tan proteccionista, tan eficaz y verdaderamente proteccionista para el indígena como la que ha dictado España en su obra de colonización de Guinea.

En el aspecto social, puede decirse otro tanto. La Humani­dad entera anda hoy a vueltas y revueltas —y esto de la revueltas puede tener hasta sentido literal— con las reformas sociales. Por todas partes se habla de protección al trabajador ; al empleado, al modesto. Por todas partes se inventan y crean subsidios y seguros de todas clases ; ventajas preferencias en racionamiento y viviendas... ; un sin fin de disposiciones y medidas para remediar, o aliviar al menos, los graves problemas y las insalvables dificultades de los tiempos presentes. Por doquier se crean organismos de previsión y protección para proteger y prever todo lo humanamente previsible y protegible, con la consecuencia extraordinaria' y meditable de que cuanto más nos ocupamos de las cuestiones sociales, tanto más difíciles y enconadas se vuelven.

En cambio en la Colonia, con una legislación qué casi se puede calificar de microscópica al lado de las que se estilan por el mundo, tenemos el problema completamente resuelto, y me parece que la forma más sencilla de demostrarlo es con unos cuantos ejemplos :

 

¿De qué queréis que se trate?, ¿del seguro de enfermedad? Pues no hay problema. Si el indígena tiene un contrato de trabajo, el patrono viene obligado, en virtud de ese contrato, a proporcionar al bracero la asistencia médica que necesite sin que el indígena tenga que abonar ni un solo céntimo. Y si el "indígena no tiene contrato de trabajo y vive del fruto de su esfuerzo en la pequeña finca que posea en su poblado, es considerado como de Beneficencia y tiene derecho a estancia, manutención y asistencia en los establecimientos oficiales. Es decir, que en cualquier caso el indígena tiene su asistencia médica garantizada sin desembolso de ninguna clase por su parte.

¿ Seguro contra el paro ? Está absolutamente garantizado porque como el indígena, por el mero hecho de serlo, tiene derecho a una parcela de terreno, siempre tendrá un sitio donde emplear sus actividades y un medio de vida lucrativo y apropiado al país donde vive.

¿Seguro contra la vejez?... Esa misma parcela es su mejor garantía. Si puede cultivarla, porque, haciéndolo, nunca le faltará el sustento. Sí no puede por imposibilidad física, cualquiera que sea el origen de esa imposibilidad, porque el Patronato de Indígenas —esa Organización tutelar y admirable— arrendará la finca en su nombre y representación, y proporcionará al indígena la renta suficiente para subvenir a sus necesidades.

¿Protección a las familias numerosas?... También la tienen porque nunca con más precisión se podrá decir que los hijos traen el pan debajo del brazo si, por el hecho de su nacimiento, el patrimonio familiar se ve incrementado con la parcela de terreno que corresponde de derecho al nuevo individuo de la sociedad familiar.

Y así podríamos continuar la serie, pero creo que no es necesario, porque los ejemplos puestos son buena prueba de la garantía social de la vida indígena y de las ventajas que, por suerte para ellos, tienen sobre los habitantes de otros países en los que la vida es incomparablemente más difícil y el porvenir, infinitamente más incierto. Me inclino a temer que, por lo que llevo dicho, piense alguno que la vida del indígena en nuestra Colonia es verdaderamente envidiable. Quien tal piense no crea que está, muy lejos de la verdad, y habrá muchos seres de los países civilizados que si conocieran a fondo las ventajas de los habitantes de la colonia, al compararlas con. la miseria y el abandono en que viven, llegarían a exclamar : ¡ quién fuera indígena!... Yo no me atrevo a decir tanto., pero sí afirmo que ningún país civilizado se encuentra tan protegido y amparado por un Estado como lo está por España el indígena de nuestros territorios.

Pero todo esto no llega todavía a ser suficiente para dar un concepto claro de lo que nosotros tenemos entendido por colonización. Lo dicho hasta ahora, habla, sí, clara y certeramente a mi juicio, del interés y desvelo con que España, nación colonizadora, se ocupa de su misión, pero no basta para definir qué es lo que se piensa hacer y cuál será el camino a seguir en cuanto a la transformación del salvaje en civilizado. Ya sabemos, porque lo acabamos de ver, que los españoles no consideramos iguales a los civilizados y los que todavía no lo son ; somos distintos, y la desventaja está de su parte, pero por esa misma desventaja,  tenemos el deber moral de protegerlos y ampararlos. Y lo hacemos. Pero no basta con amparar y proteger; es preciso educar ;  es preciso formar todo un nuevo pueblo, y si al principio de esta conferencia os decía que la belleza de la obra de la colonización estribaba en la posibilidad de ser, a la vez, un poco educador y un poco maestro; y, en cierta manera, un poco creador,  nada habremos hecho si no conseguimos llegar a la cúspide de la misión que nos ha sido encomendada. Porque hasta ahora, yo he pretendido haceros ver la defensa eficaz que los españoles han ofrecido y ofrecen a los habitantes de la Guinea   española,   pero   queda  aún   sin   contestar   la   siguiente pregunta que pudiera muy bien, ser formulada:   “Muy bien; efectivamente la protección  al  indígena  es perfecta.  Y,   ¿ qué más ? ¿ O es que, acaso el indígena va a permanecer en su actual estado sin evolución alguna? Si, como es evidente, por el mero hecho de estar en contacto con el blanco el indígena evoluciona: ¿ se deja libre y espontánea esa evolución ? Y si no se deja libre, sino que se vigila y dirige: ¿ cómo se vigila ?¿Cómo y hacia dónde se dirige?”.

Muy cuerdamente obraría el que hiciera estas preguntas. Afortunadamente, también estamos en disposición de contestarlas. Es innegable que hay evolución por el solo acto de estar frente  a  frente  dos   civilizaciones   profundamente   distanciadas en el tiempo ; una, la blanca, la que pudiéramos llamar europea, actual, al día, fruto de un desarrollo intelectual y espiritual de siglos. Otra, la indígena, inmóvil desde hace un número incalculable de años y semejante en un todo a las primitivas civilizaciones de la prehistoria. Por cierto que, hasta tal punto es exacto este estado prehistórico de la civilización africana, que ha habido un cierto señor, aficionado y entendido en cuestiones de antropología, que llegó no ha mucho tiempo a la Colonia y exultó de júbilo ante el hallazgo, casi inmediato y milagroso, de objetos de arte y utensilios específicos de las civilizaciones primitivas. Su llegada a la colonia fue lo que se dice en términos vulgares, «llegar y besar el santo». Encontró hachas de piedra ; vasijas de barro con los clásicos dibujos prehistóricos y no sé cuántas maravillas más. Pero lo que yo no sé si él sabía, es que todo eso ya lo habían encontrado todos los coloniales que conocen de algún tiempo la colonia, porque todos han visto las hachas de piedra en manos de los bubis y porque, sin ir más lejos, en mi casa tengo unas vasijas de barro «como las prehistóricas», cocidas en Akurenan hace poco más de un año.

Lo cierto es que, como iba diciendo antes de esta pequeña disgresión momentánea, existen en la Colonia dos civilizaciones frente a frente y que como es más poderosa y más fuerte la europea, indefectiblemente obliga a evolucionar a la indígena. ¿Cómo vigilamos esa evolución? Por medio de la Escuela, de los Tribunales de Raza, de las Administraciones Territoriales, del Servicio Agronómico, del Sanitario, y, en realidad, de todos los organismos del Gobierno, porque unos más, y otros menos, todos tienen su faceta colonizadora por su contacto con el indígena y a todos alcanza aunque no a todos en las mismas proporciones, la obligación y el deber de cuidar la, evolución, y transformación del indígena.

Evidentemente, el Servicio que tiene una actuación más directa y más específica en este proceso es el de Enseñanza; es él el que ha de formar el nuevo pueblo africano. Entre el elemento europeo de la Colonia y el indígena hay hoy, salvo contadas excepciones, un abismo. Por un lado, el blanco, con su cultura y su nivel de vida, y por otro, la masa inmensa del elemento nativo en todo su primitivismo... Y, en medio, nada ;una laguna que es preciso llenar. Es demasiado brusco el escalón entre los dos elementos que conviven en Guinea y es obligado, necesario y conveniente dulcificar esas diferencias elevando la capa inferior para crear una especie de “burguesía indígena”que sirva de enlace entre las dos sociedades hoy profundamente distanciadas.

Esta es la labor de Enseñanza ya ella se tiende con las últimas recientes disposiciones. Hay que capacitar al indígena para ir ocupando puestos, tanto en la Administración como fuera de ella, que no sean los de las últimas capas sociales exclusivamente. Necesitamos hacer Auxiliares Administrativos y de Contabilidad, Capataces Agrícolas, Ayudantes Practicantes, Maestros; toda la gama, en fin, de los varios elementos auxiliares de una sociedad organizada, sin perjuicio de que, los que por su capacidad y facultades sean acreedores a ello, puedan escalar puestos más altos y llegar a los destinos técnicos principales.

Como puede verse, no es sólo la materialidad de la enseñanza primaria lo que interesa, sino grados más altos cada vez de cultura. Para ello se ha creado la Escuela Superior Indígena en donde se cursan los estudios necesarios de tipo general que pongan al indígena en condiciones de especializarse en la rama que desee, especialización que será dada por cada Servicio respectivo, coadyuvando así todos ellos a la labor común. Pero compete a la Enseñanza particularmente algo que no es el esfuerzo material de la cultura y del estudio, sino la formación moral de los nuevos hombres ; la solidez de principios que permitan esperar de ellos una conducta digna de la educación española y cristiana que ha de dárseles. El concepto de lo que se desea, lo expuse yo a los alumnos de la Escuela Superior Indígena, con ocasión de la inauguración de la nueva Escuela, en estas o parecidas palabras:

...Aprended sobre todo a ser nobles, a ser trabajadores, a ser honrados, a ser honestos, a ser sinceros; a ser dignos hijos de una Patria buena, que es cosa que podemos enseñar los españoles mejor que nadie. Amad a África con todas vuestras fuerzas y con todo vuestro corazón, porque es la tierra donde habéis nacido, y porque es bella y merecedora de ser amada. Y amad después a España con toda la hombría de bien que os quepa en el pecho, porque le debéis gratitud y cariño pues ella lo puso todo: maestros, edificios y material necesario, para haceros hombres y para que pudierais llevar más dignamente el nombre hermosísimo de hijos de Dios”.

Esto es lo que pretendemos hacer. De esta forma y con arreglo a estas doctrinas España va encauzando y llevando adelante su obra de colonización en Guinea ; quizá la última que haya de escribirse en el libro incomparable y maravilloso de su fecunda y asombrosa historia. Por ser quizá la última, ha de ser más cuidada y más bella como corresponde a un pueblo sereno, noble y generoso, que está ya de vuelta de las inquietudes y vanas pretensiones de los pueblos jóvenes. Y esto es lo que los españoles de Guinea estamos intentando hacer... ¡Que Dios nos ayude en nuestra tarea para su mayor gloria y para el bien de nuestra bien amada España.

He dicho