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Notas
sobre la Geografía humana de
los territorios españoles del Golfo de Guinea
POR
EL
EXCMO.
SR. D. JUAN BONELLI Y RUBIO
Gobernador
General de los Territorios españoles del Golfo de Guinea.
Señores:
La mañana del día 26 de Septiembre último fue para mí
bastante atareada. Estaba anunciada para media tarde la salida
del vapor
correo que había de traerme a la Metrópoli, y aquellas últimas
horas de
estancia en la colonia me obligaban a desplegar toda la
actividad posible
para atender a las necesarias instrucciones, encargos, normas a
seguir en mi ausencia, visitas, etc. En el período álgido de
ese entrar y
salir de mi despacho personas de las más diversas clases;
traerme toda
clase de papeles a la firma, y hacerme consultas sobre las más
heterogéneas cuestiones, y
cuando ya me faltaba muy poco para no saber
ni quién era yo ni cómo me llamaba, me trajeron un radio en
el que la Real Sociedad Geográfica y el Ilmo. Sr. Director General de Marruecos
y Colonias solicitaban mi colaboración para este ciclo de conferencias,
entonces en proyecto.
La
respuesta fue inmediata y afirmativa, por varias razones. Porque
me ligan con la Sociedad Geográfica viejos y poderosos lazos
de admiración
y cariño, y siempre estoy dispuesto a servirla como Dios me
dé a entender. Porque, abstracción hecha de la subordinación
jerárquica,
el Director General de Marruecos y Colonias es persona tan correcta,
tan amable y con un don de mando tan fino, que hay que decirle
que sí a todo lo que pida, y además darle las gracias por
haberlo pedido.
Y, por último, porque entra de lleno en las obligaciones de
mi cargo
—y obligación bien grata por cierto— hacer cuanto esté
en mi mano
y velar porque en España se conozca y se ame el último jirón
de
lo que fue un día orgullo de los españoles y asombro de las
gentes.
Total:
que contesté que sí, y por eso estoy aquí. Pero pasaron los
días,
y cuando vine a meditar sobre la aventura en que me había
metido,
en esas largas y tranquilas horas de la navegación propicias
al examen
de conciencia, empecé a sentir una vaga inquietud, porque yo
quisiera
despertar en vuestros corazones un interés y un cariño tan
grande
como el que yo siento por aquel pedacito de tierra española
escondido
en lo más frondoso del bosque africano, y no sé si yo seré
capaz de
conseguir que latan vuestros corazones al mismo ritmo de los
que allí
vivimos entregados en cuerpo y alma a una labor tan ingrata
como apasionante
y atractiva.
La
conferencia, en sí, tiene motivos para no ser fatigosa. Su
tema es
el hombre, que es el ser más digno de estudio de toda la
Creación, y el
ambiente en que vive, que es su complemento natural. Vamos a
ver, con
la ayuda de Dios y con vuestra benevolencia, qué es lo que me
sale.
*
* *
Cuando
yo estudiaba Sismología, recuerdo que Suess, el padre de
esta ciencia, en su libro La faz de la Tierra, invitaba
al lector a embarcarse en la
barquilla de un globo con la imaginación, subir alto, muy
alto, y desde allí contemplar el panorama tendido a sus pies.
Yo también os invito
a hacer lo mismo; pero con la diferencia de que así como
el geólogo y el geógrafo a secas sólo ven y miran en el
trozo de tierra que
abarca su vista los montes y los valles, los lagos y los ríos,
los mares y las
costas, los bosques y los desiertos, y adquieren una visión
de conjunto de la fisonomía específica de cada comarca del
globo terrestre en función tan sólo de las alteraciones sufridas por la corteza
a través de los siglos por obra de los agentes naturales, nosotros
vamos a ver más, porque nos fijaremos en los cambios y aspectos
que produjo en aquel sitio la labor del hombre y su presencia
sobre el suelo. Y así,
nos fijaremos en las carreteras, los ferrocarriles, los
pantanos de riego, las presas para la obtención de la energía
hidráulica, las
ciudades inmensas y las aldeas humildes, y en una palabra,
nuestra mirada tenderá a descubrir desde lo alto la mutua
influencia que puede existir entre un pedazo de tierra y la
actividad del hombre
que allí vive.
Esta
mutua influencia; esta relación recíproca entre el hombre y la
pura geografía, es la geografía humana, y desde este punto
de vista
vamos a contemplar nuestra pequeña Colonia de Guinea.
Para
empezar, y con objeto de seguir un orden y un método, vamos
también nosotros a subirnos con la imaginación en el globo
de Suess,
que supondremos situado en el aeródromo de Bata, en la Guinea
continental, y a remontarnos lo más alto posible hasta
conseguir que
nuestro horizonte comprenda no tan sólo nuestros territorios
de Guinea,
sino un trozo del continente donde están situados. Ahora ya no
tenemos más que asomarnos a la barquilla y mirar a nuestros pies.
Ante nuestros ojos se extiende la porción más bella del
continente
negro: el rincón del Golfo de Biafra, la región eternamente verde,
cubierta por el bosque ecuatorial. Allí están: Nigeria,
Calabar, el
actual Mandato francés del Camerún, el Gabón francés, y
quizá parte
del territorio belga del Congo. Y en medio de ese inmenso espacio,
como testigo mudo del trato que España ha recibido del egoísmo
de otros pueblos, una insignificante parcela; algo así como
un ladrillo en comparación con la Lonja del Monasterio de El
Escorial, y unas cuantas
islas desparramadas en el Océano, que es todo lo que queda de
las grandezas y glorias pasadas...
Geográficamente,
la Guinea continental forma parte de la zona occidental
ecuatorial del África, Tectónicamente, pertenece al eje cristalino
o cristalófico que, según nuestro sabio y querido
Presidente, va desde el Camerún hasta el Cabo. En realidad,
desde nuestra barquilla apenas
si vamos a poder darnos cuenta de la configuración del terreno
porque el tupido manto forestal que todo o casi todo lo cubre
enmascara
el suelo suavizando accidentes y prestando una impresión uniforme
y monótona. Pero como la imaginación es la imaginación
y sirve para todo, vamos ;a suponer que nada nos estorba. Entonces
podremos atisbar tres zonas distintas, escalonadas desde la
orilla
de la mar hacia el interior: una faja costera, estrecha, de
veinte a veintitantos
kilómetros de anchura, de. terrenos sedimentarios que emergieron
del mar en época imprecisa, posterior al secundario; un escalón
gneísico, del que forman parte los núcleos montañosos más
importantes
de la Guinea continental: Monte Chocolate, Monte Alen, las
Siete Barrigas, Monte Mitra, etc., y una zona granítica, que
constituye
toda la parte oriental, caracterizada por un terreno ligeramente
.movido, formas envejecidas de una antigua cordillera.
Como
consecuencia de aquel plegamiento herciniano que constituye
el eje cristalino de que os hablaba antes, y que forma la
divisoria
de aguas entre la región costera y la cubeta del Gabón, los
ríos de Guinea
corren prácticamente de Este a Oeste, y así, el Campo, el
Kie, el Utonde, el Benito,
el Ekuko, el Ñaño y el Muni, o más bien, el Utamboni,
marchan todos en esa dirección, formando los elementos
principales de la
red fluvial del continente.
Esta
es, a grandísimos rasgos descrita, la morfología geográfica
de
la parte continental de la Colonia. El resto, como bien sabéis,
lo forman
las islas de Fernando Póo y Annobón, únicos trozos que emergen,
junto con Santo Tomé y Príncipe, de un antiguo plegamiento
que comienza en el Camerún y corre sumergido en el Atlántico
en dirección aproximada ENE.-SSO. Las pequeñas islas inmediatas
al continente, de Corisco y los Elobeyes debieron de formarse,
de acuerdo
con la opinión del Dr. Báguena, en el movimiento epirogénico
que dio lugar a la aparición de la zona o franja litoral.
Sobre
todos estos territorios —con excepción de Annobón, cuya situación
excéntrica la hace diferenciarse climatológicamente del resto
de la Colonia— reina el clima específicamente ecuatorial,
de temperatura media de veintitantos a 30o centígrados, con escasas
oscilaciones anual y
diurna, y con un elevadísimo grado higrométrico, producto
de la abundante pluviosidad, de la elevada temperatura y de la
poderosa vegetación.
Enclavada la Colonia en las inmediaciones del Ecuador,
su cielo rara vez se encuentra despejado por encontrarse en la zona del "Cloud ring" de los ingleses; este anillo de
nubes que rodea al
Ecuador, consecuencia del choque de los alisios de ambos hemisferios, y que acompaña en cierto modo al sol en su variación anual
de declinación. Ese doble paso del anillo de nubes sobre el
cenit
de la Colonia en el
transcurso del año, da lugar a dos períodos de lluvia
y dos secos, de diferente duración e intensidad, función de
la diferencia en
latitud que hay entre nuestros territorios y el Ecuador térmico
de la Tierra que, como es sabido, no coincide con el geográfico
a causa del distinto repartimiento de masas continentales en
uno y otro
hemisferio.
El
suelo de la Colonia es fértil en Fernando Póo y extremadamente
pobre en el continente. Esa extendida leyenda sobre la prodigiosa
feracidad del suelo africano no pasa de ser eso: una leyenda,
y en cuanto a Guinea
se refiere, los trabajos y publicaciones de D.
Jaime Nosti, actual Jefe del Servicio Agronómico de la
Colonia y persona
competentísima, han dejado demostrado bien claro la pobreza
del suelo de Guinea, hasta tal punto, que si aquellos terrenos
se trasladaran
a un clima como el de la meseta castellana, se convertirían
en un desierto. Gracias al clima y al manto forestal la
Colonia es
apta para múltiples cultivos, pero suprimid el bosque, dejad
el terreno
expuesto a los rayos del sol y a la erosión violenta de las
aguas y
empobrecerá rápidamente
hasta quedar
totalmente improductivo.
* *
*
En
este escenario que acabo de pintar, escondida entre los maravillosos
bosques ecuatoriales, vive una raza de hombres de color, tan curiosa,
primitiva y desconcertante que creo sin exageración que es
una de
las más dignas de estudio entre todas las que pueblan el
planeta. En la Colonia viven tribus distintas con interesantes
y notables diferencias entre sí, mas todas ellas pertenecen a
una misma familia y tienen un mismo origen, y como no es
posible que os hable de todas y
cada una de ellas, permitidme y perdonadme si sólo me refiero
a aquella tribu que predomina sobre todas las demás, hasta el
punto de
constituir casi el 90 por 100 de la población total de la
Colonia. Esta
tribu es la pamue.
El
pamue no es autóctono
en nuestros territorios. Hubo un tiempo
—escondido hoy por hoy entre las brumas de lo no bien
conocido --- que
habitaron aquellas tierras unos hombres de color oscuro y
pequeña
estatura, que forman parte de la familia pigmoide que figura
en la
clasificación de las razas autóctonas de África hecha por
Derniker. De esta raza quedan todavía algunos grupos que
viven ocultos en el bosque, sin trato con el blanco y ausentes
por completo de todo aquello
que significa civilización. El núcleo más importante se
encuentra al
Norte de la Colonia, en las inmediaciones de Río Campo, en la
región
de Ayamaken. Cuando yo fui por primera vez a Bata como
Gobernador General —ya había estado otras veces como
ciudadano sin importancia—
tuvo la idea el Comandante Bosch, que hacía las veces
de Subgobernador, de preparar como uno de los más importantes
festejos con que se celebraría mi llegada la presentación de
unos cuantos
pigmeos que no habían visto jamás una población civilizada.
Un jefe pamue, Alfonso Nguema, de prestigio y conocedor del país,
recibió
el encargo de buscar estos pigmeos. Marchó al bosque y se trajo
media docena, que pasaron unos días en Bata sumidos en una extraña
mezcla de asombro, temor, admiración y atontamiento. Cuando
se les dejó marchar regresaron al bosque y no han vuelto a
dar señales
de vida.
Como
os decía, el pamue, y con él las demás tribus de la Colonia:
los
combes, bapukos, balengues, bengas, bujebas, bubis, etc., han
llegado a la Guinea en fechas diversas como consecuencia de la
emigración
de la gran familia Bantu, de la que todos proceden, y que los
emparenta con los habitantes de toda la inmensa zona central
de África.
Estos bantus son oriundos de Asia; penetraron por Egipto y Abisinia
en el continente negro en época tan remota como incierta. De origen
semítico, varios ilustres etnólogos pretenden que su color
primitivo no era negro, sino que tenían el tinte de los árabes,
tipo clásico
del semita por excelencia, y que, en su emigración, a su paso
por tierras y países habitados por hombres de la raza Hamítica,
Egipto,. Etiopía
y Abisinia, adquirieron su pigmentación actual al mismo tiempo
que asimilaban algunas de sus costumbres.
Esta
emigración desde Asia de un pueblo que había de dar lugar en
África a la creación del gran grupo Bantu, tiene un interés
extraordinario para el estudio y conocimiento del actual indígena
de nuestros
territorios, pues muchas de sus actuales costumbres,
supersticiones
y leyendas conservan el recuerdo del lugar de donde proceden. Y
así, la manera de construir el plural en las lenguas pamue,
combe,
ewondo, etc. es la típica de la lengua hebrea. En el libro más
grande
de todos los libros, en la Biblia, Isaías clama contra
una serie de supersticiones y prácticas supersticiosas que;
tienen inexplicables puntos
de contacto con las del pamue. La circuncisión, ese rito
específicamente
mosaico, se practica en África... Hay motivos para sospechar
que ,el bantu y el hebreo tienen las mismas fuentes prehistóricas
de
religión y cultura.
¿Cómo hay que mirar entonces al bantú y, con él, a nuestros
indígenas? ¿Es posible un pueblo de cultura primitiva, o lo que nosotros
presenciamos son los tenues vestigios de una civilización
pretérita,
apenas reconocible? Porque hay muchos que piensan que el indígena
de Centro África es un pueblo ahistórico que jamás conoció
eso
que se suele llamar progreso. En América encontramos al
azteca, y
al inca; en Asia quedan testigos de milenarias y estupendas
civilizaciones.
En África no parece que queda nada... ¿Pero es esto
totalmente cierto...?
Yo dejo aquí esta pregunta inquietante y atrayente para que
otros más doctos que yo la contesten si pueden, y como me he
alejado sin querer
del tema fundamental de mi conferencia vuelvo a él.
No
sé si ya os acordaréis de que nos habíamos subido en un globo,
y desde allí estábamos contemplando el paisaje, y de que yo
decía que lo que caracterizaba la geografía humana era la
visión de lo que
la presencia del hombre había tenido de modificativa para la
Geografía a secas. Verdad
es que. la presencia del pamue es casi imperceptible
desde nuestro observatorio,.porque su actuación no se distingue,
como es natural, ni por las grandes vías de comunicación, ni
por la extensión y
perfección de sus cultivos, ni por la grandeza de las obras
hidráulicas, ni por la presencia de poblaciones amplias y
bien trazadas. Y es
lógico que así sea, porque dejando aparte el grado de cultura del indígena, no es posible olvidar que durante cientos de años
ha sido un pueblo en emigración que ha tenido que atravesar toda
la inmensidad de África, de donde resulta que todo aquello
que sea representativo de la permanencia y la continuidad está fuera de los
hábitos del pamue. Hubo un tiempo —seguramente cuando todavía
no habían penetrado en el bosque tropical y vivían en las
praderas cubiertas por las altas hierbas— en que se
dedicaron al pastoreo, y por eso en las leyendas y tradiciones
de todas las tribus de Guinea se
habla de rebaños inmensos. Después la penetración en el
bosque dio al traste
con el ganado, porque en él las condiciones de vida son incomparablemente
más desfavorables, y el pueblo pastor se convirtió en
agricultor sui generis, viviendo gracias al bosque y en
perpetua lucha con
él, hasta tal punto y extremo que para Jean Bruhnes, el sabio
geógrafo francés, la cultura de los pamues, o de los fangs —como
él los llama, bien llamados, porque los pamues forman parte
de los fangs—, es el tipo específico y característico de
lo que se conoce por
"cultivos devastadores".
Comprenderéis
que si el pamue está acostumbrado por tradición a
vagar de un lado para otro; si durante generaciones y
generaciones constantemente
andaba guerreando con las tribus vecinas con un tesón,
una constancia y un afán de exterminio comparable tan sólo
al que
dan muestras inequívocas las razas de civilización más
vanguardista,
sus poblados y sus viviendas tengan un aire de cosa pasajera y
circunstancial.
En medio de un sendero abierto en el bosque, apto para
el paso de un indígena con. su machete o de una mujer cargada
con
su "nkué", deciden un buen día unos cuantos pamues
con sus mujeres
construir un poblado. Desboscan concienzudamente a uno y otro
lado del sendero hasta dejar un rectángulo de dimensiones
apropiadas,
y a ambos lados, dejando una amplia plaza en medio, construyen
de ñipa, corteza o "poto-poto" las casas donde van
a habitar por
un lapso seguramente no muy largo. Estas casas son también, como
el poblado, de forma rectangular, de techo con dos vertientes
y compuestas
las más de las veces de una sola habitación, donde se hace
la vida en común. La ñipa y la corteza, que son por antonomasia
los materiales de construcción, son productos vegetales
obtenidos del
bosque. El "poto-poto" es un barro arcilloso
abundantísimo, desesperación
y tortura del que ha de caminar por el bosque, por lo que entorpece,
ensucia y fatiga la marcha, y que se ha empezado a emplear
hace poco en la construcción por aquello de que la vivienda
indígena
se parece entonces un poco más a la casa del blanco.
En
los dos extremos de la plaza rectangular, en donde comienza nuevamente
el sendero cuyo ensanchamiento dio lugar al nacimiento del
nuevo poblado, se encuentra la edificación más característica
de la
vida del pamue:, la que tantas veces habréis oído nombrar
con el
curioso y significativo apodo de "la casa palabra".
En realidad, no es
propiamente una casa, porque carece de paredes. Más
exactamente es un cobertizo rectangular, con entrada por los
lados menores, y que
tiene a lo largo de los mayores unos bancos o unos troncos. En
medio
hay siempre unas brasas ardiendo a fuego lento, y allí,
alrededor de este rescoldo, pasa su vida el pamue fumando su
pipa y enfrascado
en interminables discusiones y cuentos.
En
las cercanías del poblado el pamue hace sus fincas de banana,
malanga, yuca o cualquiera de los productos que le sirven para
su sustento,
porque el pamue per se cultiva tan sólo lo que
necesita para subsistir, y
si hoy parte de lo que recoge lo lleva al mercado, ha sido
empujado por el blanco, no por su propio impulso. El pamue,
como agricultor, es una verdadera desdicha, pues la creación y cultivo de una
finca es el destrozo y aniquilamiento de una parte más o
menos grande del
bosque con arreglo al siguiente proceso. Empieza por desboscar la parcela donde proyecta poner su finca, y este desbosque viene a
ser algo así como el paso del caballo de Atila por aquel
lugar, pues corta y
apea toda clase de plantas y árboles: para prenderlas fuego una
vez secos, con lo que toda la materia orgánica que podía ser
alimento y vida de
aquel terreno desaparece totalmente. Este trabajo preliminar lo ejecuta el hombre. Después viene la siembra, que corre ya
por cuenta de la mujer, o la plantación, hecha de la manera más
rudimentaria y
deplorable, y tanto ésta .como todas las demás operaciones
que exigen el cuidado de la finca: la recolección y el
transporte del fruto al mercado, los hace la mujer, mientras
el pamue holgazanea
por el poblado, sestea en "la casa palabra" o anda
por .el bosque
entregado al deporte de la caza.
Como
el indígena desbosca mal, cultiva mal, y además las plantas que
cultiva suelen ser esquilmantes —caso típico de la yuca—,
al cabo de
unos años la parcela aquella ha quedado totalmente
improductiva; entonces
el pamue piensa en formar una nueva finca, y la devastación
del bosque prosigue ininterrumpidamente. Por último, cuando en
las inmediaciones del poblado no queda zona por esquilmar, el
indígena carga a su mujer con los bártulos y enseres de la
casa, abandona
el poblado y se traslada a otro rincón del bosque a proseguir
su labor
destructora.
Esta
idiosincrasia del pamue, fatal para la conservación de la riqueza
forestal y agrícola de la Colonia, forzosamente ha de ser
modificada
si se quiere hacer una labor útil y provechosa. En mi próxima
conferencia,
al tratar de la geografía económica de Guinea, volveré a
insistir con. más detalle sobre este punto.
He
intentado hasta ahora pintar a grandes rasgos cómo es el escenario
donde vive el pamue y cómo influye la presencia de éste en
la modificación de ese
escenario. Para seguir más adelante, para estudiar cómo vive después de haber visto dónde vive, hora es ya que bajemos
de aquella barquilla de globo y, una vez en tierra, marchar al
bosque, acomodarnos en un poblado o, mejor dicho, sentarnos en
"la casa
palabra", dejar que los indígenas nos rodeen... y dejar
que nos hablen.
Lo
primero que nos llamará la atención es ver que el pamue no nos
recibe con recelo, sino que, por el contrario, lo
encontraremos de carácter
abierto, curioso, expansivo y alegre. A la menor indicación que
le hagamos organizará un poco de fiesta —"balele",
como ellos dicen—,
y se dedicarán a bailar y cantar con tanto fervor y tanta tenacidad
que no pasará mucho tiempo sin que nos arrepintamos de haberles
hecho aquella indicación, porque los gritos de los bailarines
y
bailarinas, el monótono golpeteo de las "tumbas" y
tambores, repetido
incansablemente hora tras hora, ensordece y atonta al blanco más
robusto y más paciente.
Poco
a poco nos iremos enterando de que los pamues están divididos
en tribus que, las más de las veces, abarcan tan escaso número
de
individuos que me parece a mí que mejor que tribus deberían
llamarse
familias o clanes. En la Guinea están los pamues divididos en
dos grandes grupos: los Ntumos y los Okak, separados prácticamente
por la cuenca del Benito, quedando los Ntumos al Norte y los Okak
al Sur de dicho río. Estos grupos son los que se subdividen
en las
llamadas tribus, cuyo nombre recuerda normalmente el de algún
pamue
de prestigio que vivió en época más o menos remota, y que puede
considerarse el fundador de la familia o clan correspondiente.
Una
prueba de esta consideración de familia que tienen las tribus
es que
sus componentes no pueden contraer matrimonios entre sí, sino
que
los varones deben buscar su mujer, o sus mujeres, entre las de
otras
tribus distintas.
Al
llegar a este punto, tocamos el núcleo fundamental de toda la
vida del indígena, que se halla cimentada sobre dos pilares básicos
: el
concepto que tiene de la mujer y del matrimonio, y la creencia
en innumerables fábulas,
leyendas, ritos, tabús y supersticiones que rigen y gobiernan
casi todos los actos y actividades del pamue, y que son la
base del prestigio y la influencia que tienen unos cuantos sobre
todos los demás. En lo que se refiere al concepto de la
mujer, es. que ésta
es un objeto de compra-venta, por cuya adquisición el futuro
marido paga más o menos con arreglo a la ley de la oferta y
la demanda. De aquí que quien tiene más mujeres da claras muestras de
ser más rico, por donde llegamos a la poligamia por el camino
de la vanidad y de
la presunción; pero como además la mujer es la que trabaja la finca, carga con los frutos para llevarlos al mercado y es la
que lleva el peso de toda la labor en el seno de la sociedad
pamue, cuantas más
mujeres se tengan más fincas se podrán cultivar —porque
más brazos se tiene para ello— y más poderoso se es. Únase
a esto que el pamue
piensa, en su inefable y trágico primitivismo, que cuantas
más mujeres tenga tanto mayores serán las probabilidades de
tener muchas hijas y, por consiguiente, tanto más dinero para
él cuando llegue la hora de venderlas. Pero, ¿qué pasa en la realidad? Pues
pasa que el que suele tener dinero para comprar mujeres no es el
joven, sino el viejo. Que el viejo compra las mujeres jóvenes;
que el joven se
encuentra sin mujer, y que así aparece un amor ilícito que
lleva camino de arruinar la raza indígena.
Del
lado religioso aparece otra nueva tragedia, porque el pamue cree
en un Dios único; pero un Dios tan alto, tan poderoso y
lejano, y,
sobre todo, tan bueno, que como de El no puede venirle ningún
mal
es de todo punto innecesario prestarle la más .mínima atención.
Pero,
en cambio, hay tanto influjo misterioso de unas cosas sobre otras,
hay tantas supersticiones, hay tantos maleficios y tantos
"males
de ojo", que la vida del indígena se vuelve
terriblemente complicada.
Hay una palabra que se emplea para todo y que es sintomática de
esta manera de ser y de sentir del indígena. Esta palabra es:
medicina.
El indígena necesita y busca medicina para todo. Unos tienen "medicina
de coche", y esos pueden viajar por carretera tranquilamente,
porque nunca les puede pasar nada; pero, en cambio, otros
tienen "medicina de pinchazo", y con esos tales no
hay manera de hacer
cinco kilómetros sin que quede una rueda en el suelo. Con ocasión
de una velada de boxeo que se celebró en Santa Isabel, sucedió
que,
al ir a dar comienzo uno de los combates, se dio cuenta un boxeador
de que su contrincante tenía una pluma de ave en el cinturón,
y
como la pluma aquella era "medicina de boxeo", según
su apreciación,
se negó terminantemente a boxear, y se tuvo que suspender el encuentro.
Fácil
es comprender que, con esta manera de pensar, el hechicero, el
medianero y cuantos puedan desempeñar un papel más o menos
misterioso, son personajes importantísimos en la vida del indígena,
y que sus brujerías y trapisondas les dan en grado sumo lo
que pudiéramos
llamar influencia política, hasta tal punto, que las autoridades
coloniales tropezamos siempre en nuestra labor civilizadora con
esas sectas religiosas que ejercen verdadera fascinación
entre sus, adeptos,
y que se traduce en una hegemonía social y política de los
jefes de la secta sobre el resto de los indígenas que se
opone a nuestra
actuación con tanto tesón como eficacia. En la Guinea se
pueden citar
tres sectas principales: el "Mbuetí", el "Beyen"
y el "Nguí", por orden
de importancia. Todas ellas existen también en las colonias-fronterizas,
de donde son oriundas, y en donde hay algunas otras, como
los "Anyoto", los famosos
"hombres-tigres", y la "Mambela", terriblemente
poderosos. Alguna vez el "hombre-tigre" ha llegado hasta
la Guinea, pero siempre de una manera circunstancial y pasajera.
Y
no paran aquí las cosas, por desgracia; pues si sólo fuera
esto, la
influencia social y política sería grave, pero no trágica.
Es que llevados
de esta creencia a pie juntillas en maleficios y
"medicinas", vienen
a dar en actos repugnantes y peligrosos. Por ejemplo: en Guinea
hay gente, y no poca, que come carne humana. Bien lo saben los
misioneros, y bien lo persiguen y combaten con escaso éxito.
Pero no es ese
antropófago clásico, de las novelas a quien se le hace la
boca agua cuando ve un
explorador con escopeta y salacot, no; el blanco puede pasear
tranquilamente por el bosque, con las manos en los bolsillos, sin que corra el menor peligro, porque el pamue, cuando come carne, no
lo hace por el gusto de comer, sino para cumplir un rito semi-religioso
y adquirir "evú"; esto es, unas cualidades
determinadas y unos privilegios
perfectamente definidos. Sin ir más lejos, en el mes de Mayo
último, descubrimos en Akurenan una partida de la secta del "Beyen"
que se habían comido a 16 personas. Uno de ellos había matado
a su hermano por recomendación de su abuelo. Lo enterraron, y
al cabo de dos meses
se lo comieron; pero tuvieron que esperar este tiempo
porque era una de las prescripciones del rito.
Todas
estas deformaciones religiosas, así como la debilidad de la familia
pamue y la existencia de la poligamia, tienen, para mí, como fundamento
que el indígena desconoce lo que es el amor, en el sentido sublime y excelso que tiene esa palabra en el seno de la civilización
cristiana. Allí ni el marido ama a su mujer ni la mujer a su
marido, ni la madre al hijo, ni el hijo al padre. Tan sólo en
la primera infancia
de la criatura hay un atisbo de amor maternal. Después, nada.
Yo recuerdo que cuando fui a Añisok, en el mes de Agosto último,
salieron a recibirme —como en todas partes— los jefes de
las tribus que
residen en Añisok mismo y en los poblados inmediatos; todos
ellos vestidos a la europea y perfectamente presentables. Pero
cerca había unos
cuantos viejos, punto menos que totalmente desnudos,
y con deplorable aspecto de abandono y suciedad, a los que regalé unos "elotes", que son unos pedazos de tela que forman la
base de la
indumentaria indígena. Mientras se los repartían, uno de los
jefes, Eko Nguema, de la tribu Yenkeng, me dijo, señalándome uno de
aquellos viejos: "Ese es mi padre".
Sorprendido
por el contraste entre la que pudiéramos llamar elegancia
del hijo y la desnudez y miseria del padre, le dije en tono de
amonestación:
—¿Y cómo tienes así a tu padre? ¿No te da vergüenza?
—Ya
está viejo —me respondió—. Y puso en esta frase tanto desprecio
y un tono tan terminante de cosa ultimada y resuelta que constituyó,
por si sola, todo un compendio de amor filial. Lo mismo pudo
decir: "A mí que me importa". Y es que, como os decía,
ignoran por
completo el inefable sentido de la palabra más hermosa y más
profunda
de todo nuestro diccionario.
Comprenderéis
fácilmente que la lucha implacable contra estas monstruosidades
que no sé si llamar de origen religioso, y la persecución de
la poligamia hasta conseguir que desaparezca, son las dos
tareas, fundamentales
para todo el que vaya a Guinea y quiera hacer obra de
colonización española y cristiana. No es, ni mucho menos,
empresa
fácil, y requiere tiempo, tesón y constancia, pero es labor
que fascina
y cautiva: coger unos hombres tan increíblemente primitivos, que
son para nosotros casi incomprensibles, y fundirlos de nuevo
en el molde noble, humano y generoso de la moral cristiana y
de la ley de
Dios.
Esta
es la meta que nos hemos propuesto los que, en el nombre de
España, vamos dejando nuestra vida por aquellas tierras. El
camino
es difícil y está lleno de dificultades y tropiezos, por lo
que no sé
si nosotros llegaremos a ver el éxito y alcanzaremos la
tierra prometida.
No importa; otro vendrá que siga la marcha sendero adelante.
Lo que importa es que los españoles no nos olvidemos nunca de
la. última
misión colonial que tenemos y miremos hacia la Guinea
con el
mismo cariño y la misma ternura con que miran las madres a
los, hijos
cuando éstos empiezan sus primeros balbuceos. Los que allí
estamos seguiremos trabajando enamorados ciegamente de
aquellas bellísimas
y misteriosas tierras. Los que quedáis aquí ofrecednos el
consuelo
de saber que contamos con vuestra simpatía y vuestro aliento.
Y
que Dios os premie la paciencia con que me habéis oído, que
no ha
debido de ser poca, pues han sido tantas las cosas que quise
deciros
que mucho me temo no haber hablado de ninguna como debiera.
[Se
publica conforme a la edición de la Dirección General de
Marruecos y Colonias de 1945]
Editado y
distribuido por ASODEGUE

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"Doctrina colonial del primer franquismo"
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