HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

 

Notas sobre la Geografía humana de los territorios españoles del Golfo de Guinea

POR EL 

EXCMO. SR. D. JUAN BONELLI Y RUBIO 

Gobernador General de los Territorios españoles del Golfo de Guinea.

Señores: La mañana del día 26 de Septiembre último fue para mí bastante atareada. Estaba anunciada para media tarde la salida del vapor correo que había de traerme a la Metrópoli, y aquellas últimas horas de estancia en la colonia me obligaban a desplegar toda la actividad posible para atender a las necesarias instrucciones, encargos, normas a seguir en mi ausencia, visitas, etc. En el período álgido de ese entrar y salir de mi despacho personas de las más diversas clases; traerme toda clase de papeles a la firma, y hacerme consultas sobre las más heterogéneas cuestiones, y cuando ya me faltaba muy poco para no saber ni quién era yo ni cómo me llamaba, me trajeron un radio en el que la Real Sociedad Geográfica y el Ilmo. Sr. Director General de Marruecos y Colonias solicitaban mi colaboración para este ciclo de conferencias, entonces en proyecto.

La respuesta fue inmediata y afirmativa, por varias razones. Porque me ligan con la Sociedad Geográfica viejos y poderosos lazos de admiración y cariño, y siempre estoy dispuesto a servirla como Dios me dé a entender. Porque, abstracción hecha de la subordinación jerárquica, el Director General de Marruecos y Colonias es persona tan correcta, tan amable y con un don de mando tan fino, que hay que decirle que sí a todo lo que pida, y además darle las gracias por haberlo pedido. Y, por último, porque entra de lleno en las obligaciones de mi cargo —y obligación bien grata por cierto— hacer cuanto esté en mi mano y velar porque en España se conozca y se ame el último jirón de lo que fue un día orgullo de los españoles y asombro de las gentes.

Total: que contesté que sí, y por eso estoy aquí. Pero pasaron los días, y cuando vine a meditar sobre la aventura en que me había metido, en esas largas y tranquilas horas de la navegación propicias al examen de conciencia, empecé a sentir una vaga inquietud, porque yo quisiera despertar en vuestros corazones un interés y un cariño tan grande como el que yo siento por aquel pedacito de tierra española escondido en lo más frondoso del bosque africano, y no sé si yo seré capaz de conseguir que latan vuestros corazones al mismo ritmo de los que allí vivimos entregados en cuerpo y alma a una labor tan ingrata como apasionante y atractiva.

La conferencia, en sí, tiene motivos para no ser fatigosa. Su tema es el hombre, que es el ser más digno de estudio de toda la Creación, y el ambiente en que vive, que es su complemento natural. Vamos a ver, con la ayuda de Dios y con vuestra benevolencia, qué es lo que me sale.

 

*   *   *

 

Cuando yo estudiaba Sismología, recuerdo que Suess, el padre de esta ciencia, en su libro La faz de la Tierra, invitaba al lector a embarcarse en la barquilla de un globo con la imaginación, subir alto, muy alto, y desde allí contemplar el panorama tendido a sus pies. Yo también os invito a hacer lo mismo; pero con la diferencia de que así como el geólogo y el geógrafo a secas sólo ven y miran en el trozo de tierra que abarca su vista los montes y los valles, los lagos y los ríos, los mares y las costas, los bosques y los desiertos, y adquieren una visión de conjunto de la fisonomía específica de cada comarca del globo terrestre en función tan sólo de las alteraciones sufridas por la corteza a través de los siglos por obra de los agentes naturales, nosotros vamos a ver más, porque nos fijaremos en los cambios y aspectos que produjo en aquel sitio la labor del hombre y su presencia sobre el suelo. Y así, nos fijaremos en las carreteras, los ferrocarriles, los pantanos de riego, las presas para la obtención de la energía hidráulica, las ciudades inmensas y las aldeas humildes, y en una palabra, nuestra mirada tenderá a descubrir desde lo alto la mutua influencia que puede existir entre un pedazo de tierra y la actividad del hombre que allí vive.

 

Esta mutua influencia; esta relación recíproca entre el hombre y la pura geografía, es la geografía humana, y desde este punto de vista vamos a contemplar nuestra pequeña Colonia de Guinea.

 

Para empezar, y con objeto de seguir un orden y un método, vamos también nosotros a subirnos con la imaginación en el globo de Suess, que supondremos situado en el aeródromo de Bata, en la Guinea continental, y a remontarnos lo más alto posible hasta conseguir que nuestro horizonte comprenda no tan sólo nuestros territorios de Guinea, sino un trozo del continente donde están situados. Ahora ya no tenemos más que asomarnos a la barquilla y mirar a nuestros pies. Ante nuestros ojos se extiende la porción más bella del continente negro: el rincón del Golfo de Biafra, la región eternamente verde, cubierta por el bosque ecuatorial. Allí están: Nigeria, Calabar, el actual Mandato francés del Camerún, el Gabón francés, y quizá parte del territorio belga del Congo. Y en medio de ese inmenso espacio, como testigo mudo del trato que España ha recibido del egoísmo de otros pueblos, una insignificante parcela; algo así como un ladrillo en comparación con la Lonja del Monasterio de El Escorial, y unas cuantas islas desparramadas en el Océano, que es todo lo que queda de las grandezas y glorias pasadas...

Geográficamente, la Guinea continental forma parte de la zona occidental ecuatorial del África, Tectónicamente, pertenece al eje cristalino o cristalófico que, según nuestro sabio y querido Presidente, va desde el Camerún hasta el Cabo. En realidad, desde nuestra barquilla apenas si vamos a poder darnos cuenta de la configuración del terreno porque el tupido manto forestal que todo o casi todo lo cubre enmascara el suelo suavizando accidentes y prestando una impresión uniforme y monótona. Pero como la imaginación es la imaginación y sirve para todo, vamos ;a suponer que nada nos estorba. Entonces podremos atisbar tres zonas distintas, escalonadas desde la orilla de la mar hacia el interior: una faja costera, estrecha, de veinte a veintitantos kilómetros de anchura, de. terrenos sedimentarios que emergieron del mar en época imprecisa, posterior al secundario; un escalón gneísico, del que forman parte los núcleos montañosos más importantes de la Guinea continental: Monte Chocolate, Monte Alen, las Siete Barrigas, Monte Mitra, etc., y una zona granítica, que constituye toda la parte oriental, caracterizada por un terreno ligeramente .movido, formas envejecidas de una antigua cordillera.

Como consecuencia de aquel plegamiento herciniano que constituye el eje cristalino de que os hablaba antes, y que forma la divisoria de aguas entre la región costera y la cubeta del Gabón, los ríos de Guinea corren prácticamente de Este a Oeste, y así, el Campo, el Kie, el Utonde, el Benito, el Ekuko, el Ñaño y el Muni, o más bien, el Utamboni, marchan todos en esa dirección, formando los elementos principales de la red fluvial del continente.

Esta es, a grandísimos rasgos descrita, la morfología geográfica de la parte continental de la Colonia. El resto, como bien sabéis, lo forman las islas de Fernando Póo y Annobón, únicos trozos que emergen, junto con Santo Tomé y Príncipe, de un antiguo plegamiento que comienza en el Camerún y corre sumergido en el Atlántico en dirección aproximada ENE.-SSO. Las pequeñas islas inmediatas al continente, de Corisco y los Elobeyes debieron de formarse, de acuerdo con la opinión del Dr. Báguena, en el movimiento epirogénico que dio lugar a la aparición de la zona o franja litoral.

Sobre todos estos territorios —con excepción de Annobón, cuya situación excéntrica la hace diferenciarse climatológicamente del resto de la Colonia— reina el clima específicamente ecuatorial, de temperatura media de veintitantos a 30o centígrados, con escasas oscilaciones anual y diurna, y con un elevadísimo grado higrométrico, producto de la abundante pluviosidad, de la elevada temperatura y de la poderosa vegetación. Enclavada la Colonia en las inmediaciones del Ecuador, su cielo rara vez se encuentra despejado por encontrarse en la zona del "Cloud ring" de los ingleses; este anillo de nubes que rodea al Ecuador, consecuencia del choque de los alisios de ambos hemisferios, y que acompaña en cierto modo al sol en su variación anual de declinación. Ese doble paso del anillo de nubes sobre el cenit de la Colonia en el transcurso del año, da lugar a dos períodos de lluvia y dos secos, de diferente duración e intensidad, función de la diferencia en latitud que hay entre nuestros territorios y el Ecuador térmico de la Tierra que, como es sabido, no coincide con el geográfico a causa del distinto repartimiento de masas continentales en uno y otro hemisferio.

El suelo de la Colonia es fértil en Fernando Póo y extremadamente pobre en el continente. Esa extendida leyenda sobre la prodigiosa feracidad del suelo africano no pasa de ser eso: una leyenda, y en cuanto a Guinea se refiere, los trabajos y publicaciones de D. Jaime Nosti, actual Jefe del Servicio Agronómico de la Colonia y persona competentísima, han dejado demostrado bien claro la pobreza del suelo de Guinea, hasta tal punto, que si aquellos terrenos se trasladaran a un clima como el de la meseta castellana, se convertirían en un desierto. Gracias al clima y al manto forestal la Colonia es apta para múltiples cultivos, pero suprimid el bosque, dejad el terreno expuesto a los rayos del sol y a la erosión violenta de las aguas y empobrecerá  rápidamente  hasta  quedar  totalmente  improductivo.

 

*   *   *

 

En este escenario que acabo de pintar, escondida entre los maravillosos bosques ecuatoriales, vive una raza de hombres de color, tan curiosa, primitiva y desconcertante que creo sin exageración que es una de las más dignas de estudio entre todas las que pueblan el planeta. En la Colonia viven tribus distintas con interesantes y notables diferencias entre sí, mas todas ellas pertenecen a una misma familia y tienen un mismo origen, y como no es posible que os hable de todas y cada una de ellas, permitidme y perdonadme si sólo me refiero a aquella tribu que predomina sobre todas las demás, hasta el punto de constituir casi el 90 por 100 de la población total de la Colonia. Esta tribu es la pamue.

El pamue no es autóctono en nuestros territorios. Hubo un tiempo —escondido hoy por hoy entre las brumas de lo no bien conocido --- que habitaron aquellas tierras unos hombres de color oscuro y pequeña estatura, que forman parte de la familia pigmoide que figura en la clasificación de las razas autóctonas de África hecha por Derniker. De esta raza quedan todavía algunos grupos que viven ocultos en el bosque, sin trato con el blanco y ausentes por completo de todo aquello que significa civilización. El núcleo más importante se encuentra al Norte de la Colonia, en las inmediaciones de Río Campo, en la región de Ayamaken. Cuando yo fui por primera vez a Bata como Gobernador General —ya había estado otras veces como ciudadano sin importancia— tuvo la idea el Comandante Bosch, que hacía las veces de Subgobernador, de preparar como uno de los más importantes festejos con que se celebraría mi llegada la presentación de unos cuantos pigmeos que no habían visto jamás una población civilizada. Un jefe pamue, Alfonso Nguema, de prestigio y conocedor del país, recibió el encargo de buscar estos pigmeos. Marchó al bosque y se trajo media docena, que pasaron unos días en Bata sumidos en una extraña mezcla de asombro, temor, admiración y atontamiento. Cuando se les dejó marchar regresaron al bosque y no han vuelto a dar señales de vida.

   Como os decía, el pamue, y con él las demás tribus de la Colonia: los combes, bapukos, balengues, bengas, bujebas, bubis, etc., han llegado a la Guinea en fechas diversas como consecuencia de la emigración de la gran familia Bantu, de la que todos proceden, y que los emparenta con los habitantes de toda la inmensa zona central de África. Estos bantus son oriundos de Asia; penetraron por Egipto y Abisinia en el continente negro en época tan remota como incierta. De origen semítico, varios ilustres etnólogos pretenden que su color primitivo no era negro, sino que tenían el tinte de los árabes, tipo clásico del semita por excelencia, y que, en su emigración, a su paso por tierras y países habitados por hombres de la raza Hamítica, Egipto,. Etiopía y Abisinia, adquirieron su pigmentación actual al mismo tiempo que asimilaban algunas de sus costumbres.

   Esta emigración desde Asia de un pueblo que había de dar lugar en África a la creación del gran grupo Bantu, tiene un interés extraordinario para el estudio y conocimiento del actual indígena de nuestros territorios, pues muchas de sus actuales costumbres, supersticiones y leyendas conservan el recuerdo del lugar de donde proceden. Y así, la manera de construir el plural en las lenguas pamue, combe, ewondo, etc. es la típica de la lengua hebrea. En el libro más grande de todos los libros, en la Biblia, Isaías clama contra una serie de supersticiones y prácticas supersticiosas que; tienen inexplicables puntos de contacto con las del pamue. La circuncisión, ese rito específicamente mosaico, se practica en África... Hay motivos para sospechar que ,el bantu y el hebreo tienen las mismas fuentes prehistóricas de religión y cultura.

   ¿Cómo hay que mirar entonces al bantú y, con él, a nuestros indígenas? ¿Es posible un pueblo de cultura primitiva, o lo que nosotros presenciamos son los tenues vestigios de una civilización pretérita, apenas reconocible? Porque hay muchos que piensan que el indígena de Centro África es un pueblo ahistórico que jamás conoció eso que se suele llamar progreso. En América encontramos al azteca, y al inca; en Asia quedan testigos de milenarias y estupendas civilizaciones. En África no parece que queda nada... ¿Pero es esto totalmente cierto...?

   Yo dejo aquí esta pregunta inquietante y atrayente para que otros más doctos que yo la contesten si pueden, y como me he alejado sin querer del tema fundamental de mi conferencia vuelvo a él.

   No sé si ya os acordaréis de que nos habíamos subido en un globo, y desde allí estábamos contemplando el paisaje, y de que yo decía que lo que caracterizaba la geografía humana era la visión de lo que la presencia del hombre había tenido de modificativa para la Geografía a secas. Verdad es que. la presencia del pamue es casi imperceptible desde nuestro observatorio,.porque su actuación no se distingue, como es natural, ni por las grandes vías de comunicación, ni por la extensión y perfección de sus cultivos, ni por la grandeza de las obras hidráulicas, ni por la presencia de poblaciones amplias y bien trazadas. Y es lógico que así sea, porque dejando aparte el grado de cultura del indígena, no es posible olvidar que durante cientos de años ha sido un pueblo en emigración que ha tenido que atravesar toda la inmensidad de África, de donde resulta que todo aquello que sea representativo de la permanencia y la continuidad está fuera de los hábitos del pamue. Hubo un tiempo —seguramente cuando todavía no habían penetrado en el bosque tropical y vivían en las praderas cubiertas por las altas hierbas— en que se dedicaron al pastoreo, y por eso en las leyendas y tradiciones de todas las tribus de Guinea se habla de rebaños inmensos. Después la penetración en el bosque dio al traste con el ganado, porque en él las condiciones de vida son incomparablemente más desfavorables, y el pueblo pastor se convirtió en agricultor sui generis, viviendo gracias al bosque y en perpetua lucha con él, hasta tal punto y extremo que para Jean Bruhnes, el sabio geógrafo francés, la cultura de los pamues, o de los fangs —como él los llama, bien llamados, porque los pamues forman parte de los fangs—, es el tipo específico y característico de lo que se conoce por "cultivos devastadores".

   Comprenderéis que si el pamue está acostumbrado por tradición a vagar de un lado para otro; si durante generaciones y generaciones constantemente andaba guerreando con las tribus vecinas con un tesón, una constancia y un afán de exterminio comparable tan sólo al que dan muestras inequívocas las razas de civilización más vanguardista, sus poblados y sus viviendas tengan un aire de cosa pasajera y circunstancial. En medio de un sendero abierto en el bosque, apto para el paso de un indígena con. su machete o de una mujer cargada con su "nkué", deciden un buen día unos cuantos pamues con sus mujeres construir un poblado. Desboscan concienzudamente a uno y otro lado del sendero hasta dejar un rectángulo de dimensiones apropiadas, y a ambos lados, dejando una amplia plaza en medio, construyen de ñipa, corteza o "poto-poto" las casas donde van a habitar por un lapso seguramente no muy largo. Estas casas son también, como el poblado, de forma rectangular, de techo con dos vertientes y compuestas las más de las veces de una sola habitación, donde se hace la vida en común. La ñipa y la corteza, que son por antonomasia los materiales de construcción, son productos vegetales obtenidos del bosque. El "poto-poto" es un barro arcilloso abundantísimo, desesperación y tortura del que ha de caminar por el bosque, por lo que entorpece, ensucia y fatiga la marcha, y que se ha empezado a emplear hace poco en la construcción por aquello de que la vivienda indígena se parece entonces un poco más a la casa del blanco.

En los dos extremos de la plaza rectangular, en donde comienza nuevamente el sendero cuyo ensanchamiento dio lugar al nacimiento del nuevo poblado, se encuentra la edificación más característica de la vida del pamue:, la que tantas veces habréis oído nombrar con el curioso y significativo apodo de "la casa palabra". En realidad, no es propiamente una casa, porque carece de paredes. Más exactamente es un cobertizo rectangular, con entrada por los lados menores, y que tiene a lo largo de los mayores unos bancos o unos troncos. En medio hay siempre unas brasas ardiendo a fuego lento, y allí, alrededor de este rescoldo, pasa su vida el pamue fumando su pipa y enfrascado  en interminables discusiones y cuentos.

En las cercanías del poblado el pamue hace sus fincas de banana, malanga, yuca o cualquiera de los productos que le sirven para su sustento, porque el pamue per se cultiva tan sólo lo que necesita para subsistir, y si hoy parte de lo que recoge lo lleva al mercado, ha sido empujado por el blanco, no por su propio impulso. El pamue, como agricultor, es una verdadera desdicha, pues la creación y cultivo de una finca es el destrozo y aniquilamiento de una parte más o menos grande del bosque con arreglo al siguiente proceso. Empieza por desboscar la parcela donde proyecta poner su finca, y este desbosque viene a ser algo así como el paso del caballo de Atila por aquel lugar, pues corta y apea toda clase de plantas y árboles: para prenderlas fuego una vez secos, con lo que toda la materia orgánica que podía ser alimento y vida de aquel terreno desaparece totalmente. Este trabajo preliminar lo ejecuta el hombre. Después viene la siembra, que corre ya por cuenta de la mujer, o la plantación, hecha de la manera más rudimentaria y deplorable, y tanto ésta .como todas las demás operaciones que exigen el cuidado de la finca: la recolección y el transporte del fruto al mercado, los hace la mujer, mientras el pamue holgazanea por el poblado, sestea en "la casa palabra" o anda por .el bosque entregado al deporte de la caza.

Como el indígena desbosca mal, cultiva mal, y además las plantas que cultiva suelen ser esquilmantes —caso típico de la yuca—, al cabo de unos años la parcela aquella ha quedado totalmente improductiva; entonces el pamue piensa en formar una nueva finca, y la devastación del bosque prosigue ininterrumpidamente. Por último, cuando en las inmediaciones del poblado no queda zona por esquilmar, el indígena carga a su mujer con los bártulos y enseres de la casa, abandona el poblado y se traslada a otro rincón del bosque a proseguir su labor destructora.

Esta idiosincrasia del pamue, fatal para la conservación de la riqueza forestal y agrícola de la Colonia, forzosamente ha de ser modificada si se quiere hacer una labor útil y provechosa. En mi próxima conferencia, al tratar de la geografía económica de Guinea, volveré a insistir con. más detalle sobre este punto.

 

He intentado hasta ahora pintar a grandes rasgos cómo es el escenario donde vive el pamue y cómo influye la presencia de éste en la modificación de ese escenario. Para seguir más adelante, para estudiar cómo vive después de haber visto dónde vive, hora es ya que bajemos de aquella barquilla de globo y, una vez en tierra, marchar al bosque, acomodarnos en un poblado o, mejor dicho, sentarnos en "la casa palabra", dejar que los indígenas nos rodeen... y dejar que nos hablen.

 

Lo primero que nos llamará la atención es ver que el pamue no nos recibe con recelo, sino que, por el contrario, lo encontraremos de carácter abierto, curioso, expansivo y alegre. A la menor indicación que le hagamos organizará un poco de fiesta —"balele", como ellos dicen—, y se dedicarán a bailar y cantar con tanto fervor y tanta tenacidad que no pasará mucho tiempo sin que nos arrepintamos de haberles hecho aquella indicación, porque los gritos de los bailarines y bailarinas, el monótono golpeteo de las "tumbas" y tambores, repetido incansablemente hora tras hora, ensordece y atonta al blanco más robusto y más paciente.

 

Poco a poco nos iremos enterando de que los pamues están divididos en tribus que, las más de las veces, abarcan tan escaso número de individuos que me parece a mí que mejor que tribus deberían llamarse familias o clanes. En la Guinea están los pamues divididos en dos grandes grupos: los Ntumos y los Okak, separados prácticamente por la cuenca del Benito, quedando los Ntumos al Norte y los Okak al Sur de dicho río. Estos grupos son los que se subdividen en las llamadas tribus, cuyo nombre recuerda normalmente el de algún pamue de prestigio que vivió en época más o menos remota, y que puede considerarse el fundador de la familia o clan correspondiente.

 

Una prueba de esta consideración de familia que tienen las tribus es que sus componentes no pueden contraer matrimonios entre sí, sino que los varones deben buscar su mujer, o sus mujeres, entre las de otras tribus distintas.

Al llegar a este punto, tocamos el núcleo fundamental de toda la vida del indígena, que se halla cimentada sobre dos pilares básicos : el concepto que tiene de la mujer y del matrimonio, y la creencia en innumerables fábulas, leyendas, ritos, tabús y supersticiones que rigen y gobiernan casi todos los actos y actividades del pamue, y que son la base del prestigio y la influencia que tienen unos cuantos sobre todos los demás. En lo que se refiere al concepto de la mujer, es. que ésta es un objeto de compra-venta, por cuya adquisición el futuro marido paga más o menos con arreglo a la ley de la oferta y la demanda. De aquí que quien tiene más mujeres da claras muestras de ser más rico, por donde llegamos a la poligamia por el camino de la vanidad y de la presunción; pero como además la mujer es la que trabaja la finca, carga con los frutos para llevarlos al mercado y es la que lleva el peso de toda la labor en el seno de la sociedad pamue, cuantas más mujeres se tengan más fincas se podrán cultivar —porque más brazos se tiene para ello— y más poderoso se es. Únase a esto que el pamue piensa, en su inefable y trágico primitivismo, que cuantas más mujeres tenga tanto mayores serán las probabilidades de tener muchas hijas y, por consiguiente, tanto más dinero para él cuando llegue la hora de venderlas. Pero, ¿qué pasa en la realidad? Pues pasa que el que suele tener dinero para comprar mujeres no es el joven, sino el viejo. Que el viejo compra las mujeres jóvenes; que el joven se encuentra sin mujer, y que así aparece un amor ilícito que lleva camino de arruinar la raza indígena.

Del lado religioso aparece otra nueva tragedia, porque el pamue cree en un Dios único; pero un Dios tan alto, tan poderoso y lejano, y, sobre todo, tan bueno, que como de El no puede venirle ningún mal es de todo punto innecesario prestarle la más .mínima atención. Pero, en cambio, hay tanto influjo misterioso de unas cosas sobre otras, hay tantas supersticiones, hay tantos maleficios y tantos "males de ojo", que la vida del indígena se vuelve terriblemente complicada. Hay una palabra que se emplea para todo y que es sintomática de esta manera de ser y de sentir del indígena. Esta palabra es: medicina. El indígena necesita y busca medicina para todo. Unos tienen "medicina de coche", y esos pueden viajar por carretera tranquilamente, porque nunca les puede pasar nada; pero, en cambio, otros tienen "medicina de pinchazo", y con esos tales no hay manera de hacer cinco kilómetros sin que quede una rueda en el suelo. Con ocasión de una velada de boxeo que se celebró en Santa Isabel, sucedió que, al ir a dar comienzo uno de los combates, se dio cuenta un boxeador de que su contrincante tenía una pluma de ave en el cinturón, y como la pluma aquella era "medicina de boxeo", según su apreciación, se negó terminantemente a boxear, y se tuvo que suspender el encuentro.

Fácil es comprender que, con esta manera de pensar, el hechicero, el medianero y cuantos puedan desempeñar un papel más o menos misterioso, son personajes importantísimos en la vida del indígena, y que sus brujerías y trapisondas les dan en grado sumo lo que pudiéramos llamar influencia política, hasta tal punto, que las autoridades coloniales tropezamos siempre en nuestra labor civilizadora con esas sectas religiosas que ejercen verdadera fascinación entre sus, adeptos, y que se traduce en una hegemonía social y política de los jefes de la secta sobre el resto de los indígenas que se opone a nuestra actuación con tanto tesón como eficacia. En la Guinea se pueden citar tres sectas principales: el "Mbuetí", el "Beyen" y el "Nguí", por orden de importancia. Todas ellas existen también en las colonias-fronterizas, de donde son oriundas, y en donde hay algunas otras, como los "Anyoto", los famosos "hombres-tigres", y la "Mambela", terriblemente poderosos. Alguna vez el "hombre-tigre" ha llegado hasta la Guinea, pero siempre de una manera circunstancial y pasajera.

Y no paran aquí las cosas, por desgracia; pues si sólo fuera esto, la influencia social y política sería grave, pero no trágica. Es que llevados de esta creencia a pie juntillas en maleficios y "medicinas", vienen a dar en actos repugnantes y peligrosos. Por ejemplo: en Guinea hay gente, y no poca, que come carne humana. Bien lo saben los misioneros, y bien lo persiguen y combaten con escaso éxito. Pero no es ese antropófago clásico, de las novelas a quien se le hace la boca agua cuando ve un explorador con escopeta y salacot, no; el blanco puede pasear tranquilamente por el bosque, con las manos en los bolsillos, sin que corra el menor peligro, porque el pamue, cuando come carne, no lo hace por el gusto de comer, sino para cumplir un rito semi-religioso y adquirir "evú"; esto es, unas cualidades determinadas y unos privilegios perfectamente definidos. Sin ir más lejos, en el mes de Mayo último, descubrimos en Akurenan una partida de la secta del "Beyen" que se habían comido a 16 personas. Uno de ellos había matado a su hermano por recomendación de su abuelo. Lo enterraron, y al cabo de dos meses se lo comieron; pero tuvieron que esperar este tiempo porque era una de las prescripciones del rito.

Todas estas deformaciones religiosas, así como la debilidad de la familia pamue y la existencia de la poligamia, tienen, para mí, como fundamento que el indígena desconoce lo que es el amor, en el sentido sublime y excelso que tiene esa palabra en el seno de la civilización cristiana. Allí ni el marido ama a su mujer ni la mujer a su marido, ni la madre al hijo, ni el hijo al padre. Tan sólo en la primera infancia de la criatura hay un atisbo de amor maternal. Después, nada. Yo recuerdo que cuando fui a Añisok, en el mes de Agosto último, salieron a recibirme —como en todas partes— los jefes de las tribus que residen en Añisok mismo y en los poblados inmediatos; todos ellos vestidos a la europea y perfectamente presentables. Pero cerca había unos cuantos viejos, punto menos que totalmente desnudos, y con deplorable aspecto de abandono y suciedad, a los que regalé unos "elotes", que son unos pedazos de tela que forman la base de la indumentaria indígena. Mientras se los repartían, uno de los jefes, Eko Nguema, de la tribu Yenkeng, me dijo, señalándome uno de aquellos viejos: "Ese es mi padre".

Sorprendido por el contraste entre la que pudiéramos llamar elegancia del hijo y la desnudez y miseria del padre, le dije en tono de amonestación:

—¿Y cómo tienes así a tu padre? ¿No te da vergüenza?

—Ya está viejo —me respondió—. Y puso en esta frase tanto desprecio y un tono tan terminante de cosa ultimada y resuelta que constituyó, por si sola, todo un compendio de amor filial. Lo mismo pudo decir: "A mí que me importa". Y es que, como os decía, ignoran por completo el inefable sentido de la palabra más hermosa y más profunda de todo nuestro diccionario.

Comprenderéis fácilmente que la lucha implacable contra estas monstruosidades que no sé si llamar de origen religioso, y la persecución de la poligamia hasta conseguir que desaparezca, son las dos tareas, fundamentales para todo el que vaya a Guinea y quiera hacer obra de colonización española y cristiana. No es, ni mucho menos, empresa fácil, y requiere tiempo, tesón y constancia, pero es labor que fascina y cautiva: coger unos hombres tan increíblemente primitivos, que son para nosotros casi incomprensibles, y fundirlos de nuevo en el molde noble, humano y generoso de la moral cristiana y de la ley de Dios.

Esta es la meta que nos hemos propuesto los que, en el nombre de España, vamos dejando nuestra vida por aquellas tierras. El camino es difícil y está lleno de dificultades y tropiezos, por lo que no sé si nosotros llegaremos a ver el éxito y alcanzaremos la tierra prometida. No importa; otro vendrá que siga la marcha sendero adelante. Lo que importa es que los españoles no nos olvidemos nunca de la. última misión colonial que tenemos y miremos hacia la Guinea con el mismo cariño y la misma ternura con que miran las madres a los, hijos cuando éstos empiezan sus primeros balbuceos. Los que allí estamos seguiremos trabajando enamorados ciegamente de aquellas bellísimas y misteriosas tierras. Los que quedáis aquí ofrecednos el consuelo de saber que contamos con vuestra simpatía y vuestro aliento.

Y que Dios os premie la paciencia con que me habéis oído, que no  ha debido de ser poca, pues han sido tantas las cosas que quise deciros que mucho me temo no haber hablado de ninguna como debiera.

 

[Se publica conforme a la edición de la Dirección General de Marruecos y Colonias de 1945]

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

Volver a "Doctrina colonial del primer franquismo"