HISTORIA DE GUINEA

 
   

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La etnología y la política indígena

POR EL

 EXCMO. SR. D. JUAN FONTÁN Y LOBÉ, Director General de Marruecos y Colonias

Señoras y señores:

Mi situación en este momento, mi presencia en esta cátedra, necesita una explicación, pues sería manifiesta osadía el venir a hablaros quien, por su falta de conocimiento de las disciplinas que aquí se estudian y difunden, sólo puede aprender de vosotros, y no enseñaros.  

Pero así como en el momento en que una persona se pone repentinamente enferma, todo el mundo empieza a pedir a voces un médico y a buscarlo por todos lados, así yo, que veo nuestra política indígena en Guinea, si no enferma, sí raquítica, por no haber tenido en cuenta en ella la etnología, vengo aquí, y con igual vehemencia que se llama a un médico para salvar a un enfermo, os pido etnólogos para el último jirón de nuestro imperio colonial, para los territorios españoles del Golfo de Guinea.  

 

Mi preocupación por la influencia de la psicología en el mando  

Mi vida ha permanecido por completo alejada de los estudios a que se dedica esta culta Sociedad. Mi primera carrera de artillero y mi segunda de ingeniero naval, ya comprenderéis que me llevaron por rutas bien lejanas de las que vosotros pisáis. Pero en mis tiempos de artillero y de ingeniero me correspondió siempre mandar hombres; formarlos para la guerra mientras fui artillero, regirlos en la industria cuando actué de ingeniero. Y en esta función de mandar hombres, pude apreciar la importancia, la enorme importancia que tenía el conocer la psicología de los que mandaba.

En los regimientos, todos hemos visto que una batería funcionaba mejor que las demás, y no porque su jefe fuese técnicamente superior a sus compañeros, sino porque era técnico en una especialidad a la que se da poca importancia, pero que la tiene enorme: en el arte de mandar. Otro tanto podríamos decir de la industria. Un ingeniero sabe poner una empresa en rendimiento, sin gritos, sin castigos, sin violencias. Parece que las dificultades con que los demás tropiezan, a él se le allanan, que todo marcha suavemente, como un organismo perfectamente engrasado, sin un rechinamiento, sin una parada. Ahondad un poco sobre este aparente misterio y os encontraréis con que ese ingeniero conoce a sus obreros, los ama y sabe hacerles rendir sin esfuerzo, para poner la empresa en prosperidad.

Pues bien: un día de junio de 1937, la voluntad del Caudillo me designó para un cargo de gran responsabilidad y, desde luego, enormemente superior a mi preparación. En los últimos días de diciembre de 1937 tomaba posesión del Gobierno General de nuestra última colonia del África ecuatorial, y la tomaba bajo la impresión de la vehemencia con que el Caudillo me hablaba de sus preocupaciones por los habitantes de aquellos territorios, de su afán por civilizarlos, por mejorar su vida espiritual y material.

Allí permanecí cerca de cinco años, y esta charla va a ser un reflejo fiel de mis preocupaciones de ese tiempo, de mis preocupaciones de hoy, para lograr una labor política profunda, rápida y eficaz.

Si antes de ir a Guinea consideré siempre funda­mental el conocer a mis soldados, o a mis obreros, y saber cuáles eran sus reacciones, a fin de llevar a los primeros a esa cumbre de la gloria que es el heroísmo, y a los segundos a esa gloria oscura que es la perseverancia en el trabajo de cada día. mejorándolo sin cesar, no es de extrañar que mi primera preocupación en el Gobierno de la colonia fuese la de saber cómo es el negro, cuáles son sus resortes morales, para emplear estos resortes del modo más convenien­te al fin de la colonización, que si. para algunas naciones, consiste sólo en producir, explotar, exportar, para España significa civilizar, lo que supone, en primer lugar, extender la religión de Cristo Nuestro Señor y orientar toda la política a mejorar al indígena en su alma y en su bienestar.  

Dificultades para un estudio serio

Pero mi deseo de conocer al negro luchó siempre con dos dificultades, prácticamente invencibles: la primera dificultad estribaba en que no es el puesto de gobernador general el más propicio para establecer un contacto directo, íntimo, constante, con el indígena. Los administradores territoriales ya luchan con esta dificultad, pues representando la autoridad del gobernador en las distintas demarcaciones, el indígena no se presenta a ellos en su verdadera personalidad, sino que, por temor al que manda, al que juzga, procura presentarse mejor de lo que es. Los que más eficazmente pueden captar la psicología del indígena son, en primer lugar, los misioneros; después, los médicos y los ingenieros agrónomos y de montes, que recorren el bosque en funciones siempre beneficiosas para el indígena y alejadas de cuanto pueda ser autoridad.

Una anécdota os señalará esta diferencia de posibilidades para llegar a conocer al indígena. Visitaba, el año 1938, el ingeniero agrónomo, una región del bosque, del interior de nuestra colonia. Había gran animación, porque unos jóvenes habían dado muerte a un mono de gran tamaño, y esto suponía un banquete de carne fresca. Pues bien: un grupo de viejos se acercó al ingeniero agrónomo y le pidió que interviniese cerca del administrador territorial para que sólo los viejos comieran la carne de aquel mono. Extrañado de tal pretensión el ingeniero, puesto que aquellos viejos para nada habían intervenido en la muerte del animal, preguntó en qué se fundaban paro pretender la exclusiva de la carne del mono, y entonces le explicaron que era una lástima que aquella carne se diese a los jóvenes, que no sabían apreciar lo delicioso de su sabor, que sólo los viejos la estiman en lo que vale, porque—añadieron—: "la carne de mono es muy buena, es muy dulce, casi como la carne de persona". Es evidente que una confidencia de esta clase, en la cual, implícitamente, declaraban haber comido alguna vez carne humana, no la hubieran hecho nunca a un administrador territorial, entre cuyas funciones saben muy bien, que figura el castigo de la antropofagia. Se la hicieron al ingeniero confiados en que éste se preocupaba mucho del cuidado del cacao, o de los insectos que atacan la cereza del café, pero nada tiene que ver con la gobernación del país.

La segunda dificultad con que he tropezado es mi falta de preparación. Así como el mozo de un laboratorio de química ve que al echar un reactivo en el tubo de ensayo, que contiene determinado líquido, se produce un precipitado verde, sin poder ir más allá en su raciocinio, en tanto que el químico verdadero saca del color de ese precipitado consecuencias profundas, así yo, al analizar las cualidades del negro, por mi falta de conocimientos de las disciplinas que vosotros domináis, me tengo que limitar a decir: un negro sometido en tal ocasión a tal circunstancia, obra de este modo, pero sin poder seguir mis consecuencias más lejos.

Os voy a presentar, por tanto, unos cuantos tubos de ensayo, que son otros tantos hechos, para que vuestra inquietud de investigadores aprecie cuan amplio campo tenéis por investigar.

Lo primero que salta a la vista, es que en la colonia son muy pocos los que sienten la curiosidad de conocer al negro y sus costumbres. La mayoría marcaron el día de su llegada una línea de separación entre blancos y negros, y todo lo que está más allá de esa línea pertenece a un mundo extraño, que no les interesa. Así como los negros, cuando nos ven ha­cer algo incomprensible para ellos, no se asombran, sino que resumen su sorpresa en una frase: "Cosa de blanco", así los blancos, que debieran sentir la curiosidad de ahondar en la manera de ser del negro, cubren su falta de interés con la misma frase, cambiada: "Cosa de negros".

No os sobrarán, por tanto, fuentes de información, y sólo podréis hablar de vuestra inquietud, de vuestra obsesión, con algún misionero, con algún administrador territorial, con algún ingeniero.  

Qué se entiende por Etnología, y evolución de esta ciencia  

Pero antes de entrar en el examen de los hechos concretos, veamos lo que es la Etnología y las razones que existen para que su conocimiento sea la base fundamental de la política indígena.

Bien sé que estas ligerísimas ideas sobre lo que es la Etnología, serían no sólo innecesarias, sino impertinentes, si sólo me dirigiese a los miembros de esta culta Sociedad, pero espero que baya entre los que me escuchan algunos coloniales que quieran saber lo que se abarca con esta ciencia.

El Padre Schmidt, sabio etnólogo, fundador de la magnífica revista "Anthropos”, define la Etnología diciendo, que "es la ciencia que tiene por objeto estudiar el desarrollo del espíritu humano y de su actividad exterior en la vida de los pueblos, describiendo: no los individuos, sino los diferentes grupos étnicos, e investigando en ellos las culturas y las leyes generales y fundamentales de su origen y desenvolvimiento"; entendiéndose por cultura, en esta definición, el conjunto de los valores mentales de un hombre, de una tribu, de un pueblo, etc., que viene a ser como el desarrollo y cultivo de la humana inteligencia.

Se puede decir que, a medida que el tiempo avanza, la Etnología va dando más importancia al análisis, con criterio objetivo, de los principios y tradiciones sociales, mitológicas, éticas y religiosas, con otras muchas manifestaciones externas del espíritu humano.

Hasta la primera mitad del siglo xix, la Etnología estaba todavía unida a la Antropología, y podemos decir que reflejó primero las tendencias idealistas de la Filosofía y, más tarde, del materialismo.

En la segunda mitad del siglo xix, la Etnología queda constituida como una ciencia autónoma y se espiritualiza cada vez más, siendo de esperar que esta nueva corriente, fundada sobre bases ortodoxas, aporte muy útiles aplicaciones, tanto a la política indígena como al campo misional.

No tengo yo la menor autoridad para hablaros de los métodos etnológicos y de su trayectoria desde el evolucionismo, pasando por la teoría de Bastían sobre los pensamientos elementales, hasta el método etnológico moderno histórico cultural, pues sólo ligeras ideas tengo sobre ellos, derivadas de mis lecturas sobre Misionología, porque creo vivamente que entre el colonizador y el misionero hay tantos puntos de contacto, que es difícil trazar, en una colonización cristiana, la línea que separa los campos. Muchas veces, los misioneros se han lamentado del mal que a su obra evangelizadora hace el ejemplo—el mal ejemplo—del blanco, y, por el contrario, hemos de admitir que un colonizador verdaderamente cristiano producirá un beneficio enorme, incalculable, al trabajo del misionero; que no en vano el apostolado del ejemplo es tremendamente eficaz ante unos primitivos que nos observan sin cesar y que tienen, por otra parte, un espíritu de imitación muy desarrollado.    

Necesidad   de   la   Etnología al misionero y al colonizador  

Si, como afirma el autorizado misionólogo doctor Schmidlin, es absolutamente indispensable para el ministerio y enseñanza del misionero, la ciencia etnológica; si, como señala Kopers, "una fundamental instrucción etnológica es tanto más deseable, por no decir necesaria, si se quieren evitar lamentables equivocaciones y desvíos del camino recto", es evidente que igual necesidad existe para quien con ese misionero ha de colaborar en la obra de civilizar a nuestros indígenas.

La Iglesia nos ha señalado el camino, primero con las Semanas etnológicas, de las cuales la de Lovaina. en 1914, fue de excepcional importancia; y después, con la creación de la Exposición Vaticana, por el Papa de las Misiones, Pío XI, que al inaugurarla dijo, que: "Vivimos en irnos tiempos en que todos los heroísmos y todos los sacrificios inherentes a la vida de misión no bastan para asegurar el éxito del apostolado, pues si se quiere recoger por completo el fruto de esos sacrificios y de toda esa labor, es preciso pedir a las ciencias luces que permitan distinguir el camino más recto y que sugieran los medios más eficaces."

Bien sé que no os tengo que convencer de la importancia de la Etnología para realizar una acertada política indígena, pues me basta recordar que, hace nueve años, Martínez Santa-Olalla clamaba por convencer a los Poderes públicos de que los estudios etnográficos eran la base científica en que habían de orientarse para dar solución a numerosas cuestiones coloniales. Pero creo que a los que, entre la indiferencia de todos, habéis trabajado con fe por extender los estudios etnográficos, os llenará de satisfacción el hecho de que sea un director general del nuevo Estado, el que venga a esta tribuna para deciros que los tiempos han cambiado, y que el Gobierno de Franco cree, como vosotros, que no puede hacer colonización racional y eficaz sin el conocimiento científico y profundo de los pueblos indígenas.    

Los hechos y su posible interpretación  

Y como demostración de esta necesidad, vamos, por fin, a señalar algunos hechos concretos, vividos en la colonia.

Un día llega un misionero, en visita evangélica, a determinada región del bosque. Allí se encuentra con el oficial administrador, y éste le cuenta que en la tribu X tiene que nombrar a un jefe de poblado, y está en dudas entre nombrar a Fulano o a Mengano. El misionero, que, por su ministerio, conoce perfectamente las cualidades de ambos, le aconseja que no nombre a ninguno de esos dos, sino que designe a otro que él le indica, católico verdadero, trabajador, honrado, un "mirlo blanco", en suma. El oficial, que sabe con cuánta buena fe y con cuan profundo conocimiento le informa el misionero, nombra al propuesto por éste, y en el mismo instante en que el nombrado ostenta sobre su pecho la placa, distintivo del jefe de poblado, empieza a variar en sus cualidades morales y, al poco tiempo, se convierte en un verdadero indeseable.

Mi opinión, si los mozos de laboratorio podemos opinar, es que ese negro no tenía suficientemente arraigadas sus perfecciones morales, y como el atavismo de tantos siglos le hace tener de la autoridad un concepto despótico e inmoral, insensiblemente va hacia lo que él estima la verdadera autoridad, dejándose por el camino, en jirones, aquellas excelentes cualidades que efectivamente tenía, pero cuyas raíces no eran bastante sólidas y profundas para contrarrestar el atavismo de su raza.

Algo similar ocurre acerca de la manera de reaccionar el indígena cuando recibe un premio. He presenciado una amigable discusión entre dos misioneros. Uno me decía que el Gobierno debía distinguir a los pocos indígenas que habían asimilado la civilización, y el otro mantenía que el dar premios a los indígenas era sumamente peligroso. El primer misionero señalaba un caso concreto. En el poblado R, los bubis iban abandonando la costumbre de casarse por la Iglesia, porque siendo norma  entre ellos el celebrar una gran fiesta cuando se casan, y teniendo tan poco desarrollada la costumbre del ahorro, la realidad era que nunca reunían lo necesario para la fiesta, y preferían, aun siendo católicos, amancebarse simplemente, antes que sufrir las burlas de sus convecinos por no celebrar la fiesta de bodas. Pero hubo uno que rompió la costumbre.  Convencido por los razonamientos del misionero, el indígena C decidió casarse con una chica también católica, sin fiesta. Se casaron,  tuvieron un hijo, y al decir del misionero, habían asimilado tan de veras nuestra civilización, que la mujer comía en la misma mesa del marido. Lo que se pedía era bien poco: que el Gobierno les regalase una casa de cemento, pues allí la generalidad son de madera o de ñipa. Atendidas las razones expuestas por el misionero, se hizo lo que él deseaba, y hace dos años se entregó a C la casa que el Gobierno de España le regalaba. Tenemos, pues, en el poblado R, un tubo de ensayo, en espera de que dé precipitado blanco o precipitado negro. Y digo esto porque, creyendo que en este caso particular tenía razón el Padre A, estimo que en la generalidad de los casos tiene razón el Padre F, y que, por tanto, en general, es pernicioso premiar a los negros. La experiencia de los colegios lo demuestra plenamente.  

Mi interpretación de profano es la siguiente: La primera reacción del negro ante el premio, es la sorpresa. Su falta de fijeza, de atención, su poco interés por el trabajo, nos permiten asegurar que ningún esfuerzo puso de su parte para conseguir el premio. Pero esa sorpresa del primer instante deja paso bien pronto a la cualidad más característica de la raza negra: la vanidad. Y esta vanidad le plantea en su fuero interno el siguiente razonamiento: "Cuando el blanco me premia es que algo muy extraordinario he debido hacer." Y, acariciada esta idea constantemente, llego a la conclusión de que, para aquello tan extraordinario, el premio que le han concedido es pequeño. Y así, lo que debía ser un sentimiento de gratitud, se transforma en el dolor del que sufre una injusticia, o sea. en un sentimiento de odio. 

Otro hecho que señala la diferente psicología del negro, es su reacción ante la pena de muerte. El año 1938, en la demarcación de N, se descubrió un repugnante caso de antropofagia, que, por circunstancias especiales, pudo probarse hasta en sus menores detalles. Se trataba de un negro que sucesivamente había matado, para comérselos, a siete sobrinos suyos. Conocido el caso, un clamor general se extendió por la colonia. Misioneros, administradores, jefes indígenas, todos, de un modo unánime, pedían que se le aplicase la pena de muerte. Se tenía la impresión de que la ejemplaridad del castigo tendría gran eficacia  para  extirpar la antropofagia. Yo no  era  tan optimista. Había leído que los alemanes, durante su estancia en Camarones, aplicaban la pena de muerte a los antropófagos del modo más espectacular, ahorcándolos en las palmeras y dejando el cuerpo colgado varios días. Pensaba que si con esa severidad no habían conseguido acabar con la antropofagia, no había razón para pensar que nosotros obtuviéramos un resultado distinto. Pero el caso era tan claro y tan abrumadoras las pruebas de los siete asesinatos, que se aplicó la pena de muerte, y se procuró dar la mayor publicidad al acto de la ejecución. Asistieron cinco mil indígenas, y parecía lógico que la primera ejecución aplicada por este delito, dejaría en la región que fue testigo del ejemplar castigo, un recuerdo que sirviese de freno a la realización de actos análogos. Pues bien: casi no había pasado un año, y en la misma localidad, se registraron seis nuevos casos de antropofagia, no tan claros como el anterior, pero sí lo bastante, para tener, si no la prueba material del hecho, una plena prueba moral.  

Mucho he meditado sobre la absoluta discrepancia entre el efecto que se había pretendido producir y el que en realidad se produjo. Y he llegado a aventurar una explicación, que los técnicos habrán de analizar para determinar si es o no acertada. En primer lugar, lodos sabéis mejor que yo que en la antropofagia influye mucho la creencia del indígena en la participación. El que come los órganos del cuerpo de un guerrero, en los que se supone radica el valor, asimila su decisión para el combate. El que come carne de joven, se rejuvenece. Esta teoría no afecta sólo a la antropofagia, sino que es mucho más extensa. El diente de leopardo que el indígena lleva en su muñeca, le proporciona la agilidad de ese animal. Para matar a un elefante, es preciso que con la metralla que se introduce en el cañón del fusil de beneficencia, vaya un pequeño trozo del cráneo de un experimentado cazador de elefantes. Todo lo mágico, todo lo sobrenatural, lo consideran ligado al cráneo. Los negros veneran los espíritus de sus antepasados a través de los cráneos, y hace bien poco tiempo, desapareció del cementerio de Santa Isabel, la mandíbula inferior del cadáver de un indígena.  

Para mí, el indígena que, sin duda, presenció el fusilamiento y cometió después otro acto de antropofagia, creía, con la solidez que el atavismo da a sus creencias supersticiosas, que efectivamente se rejuvenecería si comía carne de niño, y pensó, además, que era posible que no lo descubriesen, y que, aun en el caso de ser descubierto—y aquí empieza a jugar la vanidad—, no estaría mal que vinieran cinco mil hom­bres a presenciar su muerte... Por si estábamos en lo cierto, en lo sucesivo limitamos la publicidad de la sentencia a los límites normales.  

Otro hecho que merece ser citado, es que, contra lo que la generalidad de los blancos cree, el indígena tiene una habilidad grandísima para captar la personalidad del blanco, y los motes que nos adjudican son una demostración de la exactitud de captación, pues si en la mayoría de los casos se refieren a circunstancias físicas—la manera de andar, o el color de los ojos, por ejemplo—, hay otros que reflejan las cualidades del carácter, o de la personalidad. Es también de señalar, que el indígena acepta complacido el mando del blanco que tiene personalidad, independientemente de que éste sea duro, o blando. Parecía lógico que el indígena, acostumbrado a su sociedad primitiva, habría de preferir el tipo de administrador —que a veces ha existido—que se esforzaba en desco­nocer que sus gobernados eran negros, precisamente negros. Pero la realidad nos dice que el administra­dor que tiene personalidad, se capta fácilmente la adhesión, la obediencia y hasta, en lo posible, la confianza de los indígenas; y esto se aprecia tanto mejor, cuanto más advierten en él un carácter firme, enérgico y justo. Cuando los indígenas dicen de un admi­nistrador "que tiene fuerte", no quieren expresar que sea duro con ellos, sino que es decidido, valeroso, tenaz, enérgico, justo. Sólo quienes reúnen estas cualidades, pueden llegar a conocer al indígena, su psicología, sus resortes morales.

 

  Evolución del negro con la edad

El niño negro es en sus primeros años un tipo despierto, con excelente memoria e inteligencia clara. Recuerdo haber oído recitar en español, a una niña bubi de siete u ocho años, la vida de Santa Teresa, en un relato de más de media hora. Los exámenes que por sorpresa se hacen en una escuela del bosque y que impiden toda preparación, nos asombran siempre agradablemente. Pero al llegar a los quince o dieciséis años, no sólo se detiene el desarrollo intelectual sino que baja, y ya a los veinte años tienen una inteligencia equivalente a la de los doce. Este hecho, señalado por todos los pedagogos que han educado ne­gros, fue resumido por el doctor Cureau en un gráfico que publica en su libro "Las sociedades primitivas del África Ecuatorial". Según este doctor francés, la inteligencia del negro es superior a la del blanco hasta los doce años. Nuestra experiencia personal no corrobora, sin embargo, esta afirmación y estimamos más reales las curvas que da el doctor español, Beato, en su tesis doctoral titulada "Contribución al estudio del desarrollo somático-morfológico del niño en Fernando Póo, y causas que influyen en su anómala evolución". De las curvas del doctor Beato puede deducirse que, en los primeros años, las líneas son sensiblemente paralelas, o sea que, más que inferioridad de la inteligencia, podemos decir que es un retraso, puesto que el niño negro empieza su educación casi tres años después que el europeo. Si desplazamos la curva co­rrespondiente al niño negro hacia su origen, unos dos años y medio, veremos que coincide con la de los primeros años del niño blanco; pero a partir de los doce años, la separación se va acentuando, y ambos gráficos coinciden exactamente al señalar los dieciséis años como el máximo de la inteligencia del muchacho negro, para descender luego rápidamente.  

A los técnicos corresponde analizar el hecho. Mí opinión es que este derrumbamiento de la inteligencia del negro está fuertemente ligado a la cuestión sexual, que en la sociedad negra no tiene freno alguno, ni es fácil ponérselo.  

 

Otras cualidades del negro   

Quizá de la flojedad de carácter se derive la debilidad de la voluntad, pero lo cierto es que el negro es inconstante, desigual en su trabajo, perezoso, y estas cualidades, conjugadas con la superstición, tienen tumo consecuencia el hacerlo versátil, susceptible, caprichoso, mentiroso, ladrón e inmoral; pero bien entendido que a estos calificativos no se les debe dar el mismo valor que tienen para los europeos, pues entonces llegaríamos a la conclusión, completamente errónea, de que el negro es un ser depravado cuando nada hay más lejos de la realidad.  

Mentiras, que juzgadas con un concepto europeo podríamos llamar cínicas, son dichas ingenuamente por un negro. Un finquero se da cuenta un día de que hace mucho tiempo que no ve un par de botas suyas. Le pregunta al chico negro, y éste le dice que se han perdido. El negro advierte que su amo no le da demasiada importancia a la pérdida, y al día siguiente aparece calzado con las botas perdidas. Lo ve el finquero y le pregunta: "Pero ¿no son esas botas las que dijiste que se habían perdido?" Y él contesta, sin inmutarse: "Sí, señor; pero han aparecido." Como se ve, ni la mentira ni el hurto pueden tener en este caso la importancia que le daría un europeo.  

Otra característica del negro, de la que yo os he hablado anteriormente, consiste en que jamás se presenta ante el europeo tal como es; y esto se notará más, cuanto más solemne sea la manera de recibirlo. Un misionero francés dice en sus memorias que sólo en las charlas alrededor de la hoguera, después de una jornada larga, se pueden sorprender los rasgos reales de la intimidad del negro. En cualquiera otra ocasión, está a la defensiva, y finge.  

Su ignorancia de muchísimas cosas y lo concreto de su lenguaje y de sus raciocinios, le dan una apariencia de niño. Algunos dicen que el negro no llega nunca a ser hombre, y Wilbois afirma que si se le preguntara si el negro es un niño y se le obligase a contestar concretamente sí o no, no dudaría en responder que sí; y agrega que el negro tiene del niño la lógica infantil, que le hace despreciar la experiencia, una lógica de acción caracterizada por deseos vehementes e invencibles, una vanidad extremada, una generosidad espontánea y una confianza que se pierde tan fácilmente como se conquista.

Por otra parte, el niño o el muchacho negro está desprovisto de toda la formación que el niño o el muchacho blanco recibe fuera de la escuela, en la familia, en el medio en que se mueve, sin que se dé cuenta siquiera de la continua influencia que el medio ejerce so­bre él. Veinte siglos de cristianismo dan a la familia cristiana una solidez, un respeto mutuo entre sus miembros, unos lazos de abnegación y de cariño entre los que la forman, que es la piedra en que se asienta la educación. El negro, por el contrario, lucha constante­mente con la desventaja que supone el hecho de que lo que el misionero y el maestro le enseñan como bueno, como modelo a imitar, en su casa lo estiman al contrario, y esto incluso en las familias que no se opo­nen a que sus hijos vayan a la escuela de la Misión o a la escuela del Estado.  

Por eso, quizá está en lo cierto nuestro glorioso Caudillo cuando concibe la educación en la colonia a base de una separación absoluta del ambiente familiar, y ya se habría llevado a la práctica su ambiciosa y noble idea, si no existiera el temor de que un cambio tan excesivamente brusco pudiera trastornar la estructura actual de la sociedad negra.  

Y por último, señalemos que el desarrollo del alma del negro, a quien se ha quitado súbitamente toda la base de sus costumbres y sus creencias, sin haber logrado, pese a nuestro buen deseo, sustituirlas por las nuestras, deja a estas almas en un verdadero desequilibrio mental, e indefensas contra cualquier teoría por extravagante o peligrosa que sea. Quizá el desarrollo que van tomando las sociedades secretas negras, como el "Embueti", esté favorecido por esa crisis producida al no creer en lo que antes creían, sin tener tampoco suficientemente arraigadas las nuevas creencias.  

Pero así como hemos señalado los hechos anteriores, que aun no interpretados plenamente suponen cualidades negativas del alma negra, también hemos de señalar las cualidades positivas, que hacen abrir el corazón a la esperanza de una evolución, más o menos rápida, hacia la civilización.  

En primer lugar, el negro de la sociedad primitiva no tenía personalidad, era un átomo en el conjunto del poblado, del clan, de la tribu. Darle personalidad, darle independencia es mejorar sensiblemente su situación, su bienestar. Para demostrar lo aventurado de toda suposición acerca de la influencia que una nueva economía puede tener en la civilización negra, os voy a señalar un hecho bien significativo. Charlaba yo un día con el ingeniero jefe del Servicio Agronómico sobre el problema base de la colonia: la explotación de un suelo cuya densidad de población es sólo de seis habitantes por kilómetro, de los cuales se pueden contar no más de dos hombres útiles. Nos preguntábamos mutuamente cómo se sacaría más rendimiento a los 55.000 hombres útiles que se calcula pueden existir en la colonia, si incitándoles a trabajar en las. fincas de los europeos o estimulándolos a crear fincas propias; pero no fincas para su alimentación, sino  fincas  de  productos  de  rendimiento,  fincas  de café. Y nos parecía a ambos que estando aún tan próxima la forma colectivista de la sociedad primitiva, no les iba a interesar nada que pudiera suponer propiedad privada. Esta suposición era lógica, pero queríamos comprobar si la realidad respondía a nuestras previsiones.  

Para ello, sin publicar ninguna disposición que legalizara la propiedad indígena, o sea, sin dar ninguna clase de solemnidad a la medida, se dieron instrucciones a los administradores para que, en vez de perseguir, como se venía haciendo, la creación de fincas, adoptasen la actitud de dedicar elogios a una finca bien cuidada, o prodigar palabras de aliento a los negros que trabajasen en ellas. A tres años fecha podemos decir que el resultado fue exactamente opuesto al que habíamos previsto, y hoy tiene nuestro continente algo del orden de 7.000 hectáreas de nuevas plantaciones de café, hechas por los indígenas. Esto supondrá un aumento de bienestar, que quizá a su debido tiempo haya que frenar, pues otra de las características del negro es que no sabe vivir en la opulencia sin perder el control. Tenemos la demostración de este aserto en la Isla, donde las fortunas negras. que a principios de siglo se podían contar por docenas. se ven hoy reducidas a dos o tres.

Cualidad muy apreciable del negro es también su docilidad y su alegría instintiva, especialmente en los muchachos. Dice Dubois, y tiene plena razón, que el negro se deja llevar tanto mejor cuanto mejor se le sepa llevar, y que trabaja lo que se le sepa hacer trabajar. Cuando se acierta a dirigirlo bien, los resultados son sorprendentes.  

También hay que señalar que el negro conserva un sentimiento muy delicado de la justicia y de la bondad. Es muy sensible al buen trato, a lo que él considera buen trato, quizá porque en la sociedad primitiva estaba habituado a lo contrario.  

En la actualidad, el negro tiene verdadero afán por aprender, por ilustrarse. Especialmente le atrae la lectura. Todo se une a esta atracción: el interés de lo nuevo, la satisfacción de un amor propio infantil, la esperanza de obtener con lo que aprende un porvenir mejor.  

Escuela hay en el bosque de nuestra Guinea a donde los indígenas acuden desde distancias insospechadas, y los que están demasiado lejos, para venir cada día, traen su comida indígena para toda la semana, y de nuevo, el domingo, van a su poblado a buscar la de la semana próxima.  

No quiere esto decir que la regla no tenga excepciones. En muchos casos, el ambiente frena el afán de mejorar. Recuerdo que visitando la escuela de Moka me llamó la atención la clara inteligencia de un muchacho de quince o dieciséis años. Me sorprendió que siendo tan joven tuviese la cara marcada por las cicatrices que constituyen el tatuaje de los bubis. Pregunté y me informaron que era el último niño que había sufrido la dolorosa operación del tatuaje, cuando éste estaba ya prohibido; que era hijo del rey de los bubis, Alobari, y que siempre había llamado la atención por su despejada inteligencia. Otro día que volví a la escuela le llamé, y le propuse venir conmigo a Santa Isabel para educarse y llegar a ser maestro, auxiliar de oficinas o lo que quisiese. No quiso, prefería seguir viviendo en el ambiente de Moka a trasladarse a Santa Isabel.  

Este hecho no es raro en la raza negra. Yo lo atribuyo a que teniendo por atavismo de raza la creencia de que viven bajo la protección de los. espíritus de sus antepasados, cuando se desplazan a otra región temen encontrarse sin protección. La realidad es que resulta difícil trasplantar al indígena fuera del lugar en que nació. En la colonia existen, desde el tiempo en que venían braceros de Liberia, muchas fincas propiedad de indígenas que pasaron de braceros a ser propietarios. Parecía lógico suponer que tuviesen un afecto grande, un cariño inmenso a aquella finca que elevó en tan alto grado su nivel de vida. Pues bien: la generalidad de ellos han vuelto a Liberia, y allí permanecen, a pesar de que desde el principio de nuestro Movimiento no se les pueden enviar las rentas de sus fincas por la legislación establecida acerca de la exportación de divisas y quedan depositadas en Santa Isabel, sumando en muchos casos bastantes miles de pesetas. Creíamos que cuando este constante aumento de la cifra llegase a una cantidad elevada, vendrían por lo menos a recogerla para emplearla en nuevos terrenos, o en la compra de algún edificio, pero no ocurrió así. Fue otra lógica predicción que no se cumplió.  

El negro goza intensamente al apreciar por sí mismo cómo se desarrollan sus facultades intelectuales. Lo que le entusiasma no es lo que aprende en los estudios, sino lo que estos estudios le hacen descubrir en sí mismo.  

Otras buenas cualidades del negro, consecuencia quizá de las condiciones miserables en que vivió en la sociedad primitiva, son una excelente memoria verbal y un don de observación muy desarrollado, que se manifiesta a veces en una disposición grande para los trabajos femeninos y también para la escultura.  

Un último hecho que merece destacarse es su capacidad para la virtud. Todos sabéis que la condición de la mujer indígena en la sociedad primitiva, y aun en la actual, puede compararse a la de una bestia útil para el trabajo. Parecía lógico suponer que en tal ambiente no fuese fácil formar religiosas indígenas que perseveraran en su vocación, ya que aunque todas las almas han sido redimidas por la sangre de Nuestro Señor Jesucristo, el atavismo y las supersticiones pesan mucho sobre la raza negra. Pues bien: no sólo hay ya un buen número de religiosas indígenas, alrededor de cuarenta, sino que muchas de ellas han tenido que sufrir oposiciones tales de sus familias, que han servido para demostrar lo sólido de su vocación y lo heroico de su virtud. Son pocas, poquísimas, las que no perseveran.  

 

Manera como han de trabajar los etnólogos para ser útiles a la política indígena

 Esta simple exposición de hechos creo demuestra mejor que copiosos razonamientos, lo ligada que está la Etnología a la política indígena. Por ello está plenamente justificado mi deseo, mi petición, de que vayan etnólogos a Guinea; pero hemos de advertirles que pongan en un orden jerárquico las diversas ramas del saber, que piensen que la etnología que van a estudiar no es la etnología pura, sino la aplicada.  

A un etnólogo puro le interesan tanto los tatuajes, la forma de las casas, la lingüística, los adornos y el modo de vestir, como la psicología. A nosotros, no. Para el fin que perseguimos, que es civilizar al negro, nos interesa más que nada conocer las cualidades de su alma, su psicología; y las demás ramas, en proporción a la utilidad que nos reporten en el fin civilizador. Así, el estudio del idioma plantea al etnólogo puro problemas interesantísimos sobre su origen, sobre su estructura, e incluso hay etnólogos, como Tessmann, que hacen de la lingüística la base principal de la Etnología. En cambio, para nuestro fin, el estudio del idioma nos interesa por ser el único medio de establecer contacto con el indígena y llegar a conocer su psicología, sin que, de momento, nos atraigan aquellos problemas de orden técnico.  

Podemos decir que el etnólogo que investiga en las costumbres antiguas de los negros, mira más al pasado que al porvenir. En cambio, a nosotros, el conocimiento del pasado nos interesa en cuanto nos sea útil para la mejor ordenación del porvenir. La organización de la sociedad primitiva negra, por ejemplo, nos interesa vivamente, pero especialmente a fin de lomar de ella todo lo que sea aprovechable para la sociedad futura negra, ya que civilizar al negro no debe ser en modo alguno convertirlo en europeo, sino organizado en una sociedad que tenga de nuestra civilización lo fundamental, o sea la religión y el amor a la Patria, pero que conserve de la sociedad primitiva cuanto no se oponga a esta civilización.  

Lo mismo podríamos decir acerca de la forma de construir las casas, de la estructura de los poblados, de los alimentos, de las artes y de las industrias indígenas.  

Si al construir las casas y los poblados del futuro seguimos, con la natural evolución, las directrices de las casas y los poblados primitivos, es evidente que el indígena se encontrará menos extraño en la nueva sociedad, que si todo lo alteramos a capricho. Si en vez de variarle la alimentación de un modo radical, conservamos la típica negra, complementándola para hacerla más completa, más nutritiva, el indígena estará más satisfecho, que si nos empeñamos en cam­inar su alimentación por la europea.  

Aunque invirtamos algo el orden lógico de la investigación, hagamos primero etnología aplicada, en vez de etnología pura.    

 

Modo práctico de acoplar los estudios de los etnólogos y de los que viven en Guinea  

Pero veamos cómo será posible en la práctica realizar estos estudios de etnología. Es evidente que el ideal sería que un etnólogo, con suficiente preparación científica, viviese en el país que ha de estudiar, aprendiese la lengua, tuviese un contacto íntimo con el medio a estudiar, y de esa conjunción de la teoría y la práctica, saliese el fruto maduro de sus estudios.  

Pero como esto no es realizable, habrá que adaptarse a la realidad, ya que si es verdad que a los misioneros y funcionarios que viven en Guinea, les falla, en general, la formación técnica necesaria para sintetizar o deducir conclusiones científicas, no lo es menos, que los etnólogos, teóricamente preparados para llevar a cabo un estudio científico, si no han vivido la vida del indígena, ni penetrado su mentalidad, ni profundizado los detalles de su trato y analizado los documentos vivos en el medio ambiente, corren peligro de incurrir en interpretaciones subjetivas y, por tanto, erróneas.  

Por eso, mi visión de la labor a realizar por los etnólogos españoles es doble. En la colonia deben ser propagandistas de su ciencia, despertar entre misioneros, administradores, funcionarios, la inquietud por la etnología, poniendo su ciencia, en lo posible, en forma de cuestionarios, al alcance de aquellos, para que los datos que ellos les suministren sean cada vez más perfectos. Y al mismo tiempo, en un espacio de tiempo forzosamente corto, han de recoger todos los materiales necesarios para su estudio científico. De este acoplamiento, de esta colaboración entre los que viven en Guinea y los que trabajan en España, debe salir el conocimiento del indígena, que ha de ser base de nuestra política negra.  

 

Las fuentes de información  

Pocos materiales básicos os podemos suministrar. Vosotros sabéis mejor que yo que sólo existen dos obras de verdadera etnología acerca de nuestra colonia: las de Gunter Tessmami, que precisamente estamos traduciendo para hacerlas asequibles a aquellos etnólogos que no posean el idioma alemán. Tenemos también otros trabajos meritorios, pero no orgánicos. El libro "Los Bubis", que reúne los artículos publicados por el llorado Padre Aymemí (q. e. p. d.) y algunos trabajos sobre los pámues, escritos por el excelentísimo vicario apostólico, Padre Leoncio Fernández, y por el R. P. Pelayo Rodríguez. De los bengas no conozco más que un trabajo interesante del Padre Mangado.  

En idioma francés, y refiriéndose naturalmente a las colonias vecinas, la bibliografía es mucho más abundante, y de ella destacan los trabajos de monseñor Tardy, de los Padres Trilles, Briault, Van Wing, Planckaert, monseñor Classe y de los Padres Colle, Warmier y Dubois.  

Con estos elementos, pocos o muchos, hemos de empezar nuestro trabajo. Para él, puedo aseguraros que en ningún momento os faltará el apoyo del Gobierno, desde su más alta encarnación, nuestro glorioso Caudillo, hasta la mía, que si vale poco en sí misma. es, en cambio, vehementísima, pues creo que organi­zar científicamente nuestra política indígena es dar un paso gigante en nuestra labor colonizadora, trabajo altísimo que sirve a Dios y ensancha la Patria.

[Esta conferencia fue pronunciada por el señor Fontán y Lobé en la Facultad de Medicina de San Carlos (Madrid) el 26 de mayo de 1943.

Difundimos el texto de acuerdo con una edición hecha por la Dirección General de Marruecos y Colonias en 1943].  

 

Editado y distribuido por ASODEGUE

 

 

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