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Cubanos en
Fernando Poo: un capítulo de las memorias de John Holt
por Carlos
González Echegaray
Artículo publicado
en "Cuadernos de Historia Contemporánea", nº extraordinario,
páginas 205-212, 2003. Su autor, Carlos González Echegaray, es
una figura clásica e imprescindible en los estudios africanistas
españoles.
Las relaciones
que durante el siglo XIX conectaron a la isla de Cuba con la
de Fernando Póo (hoy llamada Bioko, en la Guinea Ecuatorial)
no han sido suficientemente conocidas para el estudio de su
influencia en la colonización española de aquellos
territorios. A los pocos años de iniciarse esta colonización
después de más de medio siglo de abandono, se vio claro que
las primeras expediciones fracasaban debido al clima y las
enfermedades tropicales que los colonos españoles no
soportaban, y se pensó que los cubanos de color que estaban
acostumbrados a un clima parecido podían dar un resultado más
eficaz y aclimatar allí los cultivos de caña, café y cacao en
que tenían más experiencia. Por otra parte, resultaba
preferible que la colonización fuera desarrollada por súbditos
de España que además hablaban español lo que facilitaba la
labor de la administración. Así fueron los primeros contactos
entre ambas islas, pero más adelante se aplicó esta iniciativa
a los presos políticos, que unían a estas condiciones la
necesidad de alejarlos de Cuba, donde agitaban a la población
para promover la independencia.
Basándose en una R.O. de 1861 el Gobierno español autorizó el
envío a Fernando Póo de 200 cubanos negros y mulatos emancipados
que trabajaban en Obras Públicas de Cuba. Los voluntarios
presentados no llegaron a cubrir las 200 plazas y se autorizó
completarlo con 60 que habían solicitado ingresaren la compañía
de Infantería colonial. Meses antes se había autorizado el envío
de esclavos liberados de los barcos negreros por buques de
esclavos liberados de los barcos negreros por buques
norteamericanos. Unos y otros deberían ser considerados como
hombres libres. Finalmente, en 1862 se consiguió que llegaran a
bordo del vapor «Ferrol» a la isla africana los 200 previstos,
los cuales desempeñaron allí diversos oficios y obras públicas;
de ellos 25 eran mujeres, cuyos matrimonios favoreció el
gobierno de la colonia (1). A la vista del buen resultado de la
expedición, volvió el Gobierno español a pedir en 1862 un nuevo
envío de 200 cubanos, pero en 1863 aún no se había realizado
esta operación.
Sin embargo, en 1866 va a
cambiar la situación al enviar de Cuba a deportados políticos en
lugar de emancipados, con lo cual una parte de los que llegan
son de raza blanca y de condición social más elevada, contándose
entre ellos algunos profesionales liberales. Así arribaron en el
año 1866 en el buque «Rosa del Turia» 176 cubanos, coincidiendo
allí con los deportados revolucionarios andaluces llegados en
1861 y 1862. Estos cubanos fueron asentados en el islote Enrique
en la bahía de Santa Isabel, aislados de la población para cuyo
mantenimiento fue necesario recurrir a las raciones reservadas a
la guarnición e la Estación Naval, creándose así en la colonia
una escasez permanente de alimentos. A pesar de tales
dificultades se continuó en esta línea política y en mayo de
1869 fueron traídos 250 cubanos, deportados por el Capitán
General de Cuba Domingo Dulce. Ya en la isla africana se
encontraron con los que habían quedado de las expediciones de
1862 y 1866.
Y aquí es donde introducimos la memoria de este momento
histórico según lo relata un curioso personaje, testigo
presencial bastante olvidado, pero que tuvo la idea de escribir
un diario de sus años en el Golfo de Guinea. Se trata del
comerciante inglés John Holt, nacido en un pueblo del condado de
Lincolnshire en 1841, de una familia acomodada, que a los 14
años se embarcó en una goleta de su abuelo que hacía transportes
entre Inglaterra y Francia, dejó este empleo y se colocó de
aprendiz con la casa William Laird, el cual era navero y hermano
del famoso explorador Laird. En 1882 recibe una oferta de empleo
por parte de J.B. Lysnlager, comerciante y cónsul británico en
Fernando Póo y que había sido entre 1854 y 1858 gobernador de la
colonia en nombre de España. Laird le había enviado a través de
su hermano unas notas en que le animaba y le decía que aquella
isla era la región más saludable de la costa occidental
Africana. Esta afirmación resulta un tanto extraña, pues aunque
era menos insana que las próximas costas de Nigeria y del
Camerún, venían siendo cementerio de europeos, como afirmaba la
célebre frase atribuida al explorador Burton: «oscura tumba para
un blanco».
John Holt fue hombre de gran voluntad y al final de su vida
había extendido sus factorías a lo largo de la costa occidental
de África. Su diario personal que abarca el tiempo comprendido
entre 1862 y 1872 (2), publicado en Inglaterra en 1948, fue
traducido al español en 1950 por Miguel Llompart Aulet, a la
sazón Delegado gubernamental de Trabajo en la colonia, e
insertado como folletón en 1950 y 1951 en el diario
Ébano
del cual era director dicho
Llompart. De esta traducción hemos tomado las citas que aparecen
a lo largo de este artículo. También dan noticias de este diario
el juez español J.A. Moreno y el prof. Germán de Granda (3). El
diario de J. Holt es muy interesante para conocer de cerca cómo
era aquella sociedad de la capital Santa Isabel (antes Clarence
y hoy Malabo) con su abigarrada mezcla de etnias africanas y su
elite de «fernandinos» o criollos de raza negra, pero de cultura
europeizada, y concretamente británica (4).
John Holt en su diario señala que el 22 de mayo de 1869 arribó
al puerto el «San Francisco de Borja» trayendo 250 «exiliados
políticos enviados aquí por el Gobernador General Dulce». Tras
afirmar que el viaje había durado 66 días reconoce que había
sufrido «algún retraso» por avería en las máquinas, deteniéndose
en Puerto Rico; que 20 ó 30 de ellos son gente muy rica,
comerciantes y finqueros y entre ellos un banquero apellidado
Castillo, «que dicen que es muy rico». Probablemente se trata
del que Unzueta cita como director de la Caja de Ahorros de
Cuba.
Lo interesante del diario de Holt es que recoge muchas noticias
que no aparecen en los documentos oficiales, tales como el rumor
de que el mayordomo del barco ha tenido buen negocio
proporcionándoles en el viaje cantidades de jamón, y carnes de
cerdo, pollo y pato. Parece que el suministro de comida a bordo
era malo para que tuvieran que abastecerse bajo cuerda. También
les vendía cerveza y hasta el agua potable. Todo esto hace
pensar que llevaron consigo al destierro algún dinero que les
permitía hacer frente a estas dificultades. Los rumores
aportados por Holt creían que en conjunto habían traído unas
20.000 libras. Una vez en Fernando Póo se les daba a cada uno de
los restantes, «una libra o libra y media de arroz y unas pocas
onzas de cerdo o carne seca por día».
A su llegada fueron alojados en el mercado, un edificio detrás
de la casa de la Gobierno (la llamada «Casa de piedra») pero
luego se fueron hospedando en distintas viviendas particulares y
en fondas. El capitán Townsend, otro comerciante inglés, que
llevaba 27 años en la isla y que además de la factoría tenía una
fonda, alojó y dio de comer a 13 cubanos y el mismo Holt tuvo a
20 comiendo en su casa recién llegados, que se desquitaron del
hambre pasada en la travesía devorando «galletas, cerdo,
confituras y carne en conserva». En su propia vivienda alojó a
dos hasta que encontraran hospedaje. Y según cuenta, un viejo le
ofreció en gratitud un puñado de puros «espléndidos como nunca
habían pasado por mis labios».
Los recién venidos compraron
en las factorías abundantes provisiones de boca pero no otro
tipo de bastimentos. Aun así desde el punto de vista mercantil
de Holt «el dinero que están gastando ha venido a revivir el
moribundo estado en que se encontraba aquí el comercio
últimamente». Dada la escasez de alimentos que había por
aquellos días en la colonia, el gobernador Joaquín Sousa, para
que no subieran los precios dio un bando fijándolos y
prometiendo severos castigos a los infractores. Según Holt estas
medidas –que habían sido promulgadas la víspera de la arribada
del correo de España– estaban encaminadas más que a evitar la
escasez de alimentos, a dificultar el contrabando de los mismos
por la tripulación el barco esperado.
No sabemos si por esta razón o como también apunta Holt (que
debía de estar muy al corriente de los rumores de la ciudad) el
gobernador podía tener sospechas de que algunos deportados
intentaran fugarse en el propio buque al regreso de éste o en
otro cualquiera que zarpase. Sea por una causa o por otra, lo
cierto es que el gobernador, mandó llamar a todos los
importadores para que le presentaran las facturas de las
mercancías que iban a recibir en el correo que arribaría el día
25 y mandó numerar todos cayucos y botes que poseían y prohibió
que salieran fuera de la bahía, controlando los embarques por
medio de un sargento situado en la escala del barco para que
examinara los permisos para subir a bordo de cualquiera que no
fuese de la tripulación respectiva. «Las órdenes y restricciones
del gobernador nos están produciendo molestias interminables»
dice John Holt.
Desde el principio se advierte la simpatía que Holt muestra en
su diario por los desterrados. «¡Pobres cubanos!… separados de
sus familias, de sus hogares, de su país, y enviados a un país
como éste. Tres cuartas partes ellos están casados…» y continúa
con una serie de lamentaciones un tanto grandilocuentes. Después
toca el tema de la posible fuga y afirma «¡qué fácil sería
llevarse a unos cuantos! Yo podría hacerlo muy bien con mi
goleta (5), pero quién me pagaría a mí el tener que abandonar mi
propiedad de aquí y mis futuros planes de ganar dinero en este
lugar? Nada de lo que los cubanos han ofrecido o lo que
probablemente me ofrecieran sería insuficiente para pagarme el
sacrificio que tendría que hacer». Se ve que la simpatía de Holt
hacia los cubanos se detenía ante las consideraciones
mercantiles.
Uno de los primeros intentos fue el patrocinado por un
comerciante llamado Struthers (acaso sea el Strathers que cita
Iradier años más tarde) que traficaba con los bubis y que llevó
en su lancha a los pocos días de su llegada a tres cubanos
desembarcándoles en Bimbia (Camerún). Uno de ellos era F.J.
Balmaseda, que a su llegada a Nueva York publicó un libro en que
recoge las aventuras y sufrimientos de los deportados (6). Es
posible que exagere algo en lo negativo; por ejemplo, Holt que
se fija en los menores detalles no dice nada de los tres días
que según Balmaseda, estuvieron en jaulas a su llegada. De él
cuenta Holt que «se dice que es un hombre muy bueno y generoso y
que ha hecho mucho bien entre las gentes de su pueblo en Cuba…
ha hecho muchos ofrecimientos de amistad y ayuda a Struthers…»
De allí se dirigieron los fugados a Tenerife, recomendados a
Bruce, Hamilton & Co.
El 20 de junio consigna Holt en su diario que se han escapado
todos los desterrados que vivían en la casa de Townsend, en
número de 17, en la lancha de éste. El propio Townsend despachó
su lancha «oficialmente» al Camerún, pero la fondeó en la isla
de Horacio (7) a la espera de los fugitivos que fueron por
tierra hasta Alburkah Bay (8) y desde allí con una falúa y un
cayuco los llevó hasta Horacio, remando durante horas; de allí
partieron para el río Old Calabar en Nigeria, esperando en las
isla de Los Loros (9) la llegada de la «Biafra» que los
condujera a Europa. El detalle de esta fuga aparece un tanto
confuso en el diario, pero lo que está claro es que el
gobernador montó en cólera y como se corrió el rumor de que
habían huído hacia el interior de la isla, mandó a buscarlos a
Basilé, con resultado negativo, como es lógico. En este disgusto
de Sousa también entraría el hecho de que uno de los fugados, un
tal Richelieu, vivía en su propia casa, el cual había ofrecido a
Holt 400 libras por sacarle a él y a otro cubano.
Otro de estos, apellidado Barrenguy (probablemente se refiere al
cubano Pedro Barrenqui) alojado en casa del Vicecónsul inglés
Francis Wilson, se había enterado confidencialmente de la
escapatoria y se presentó por sorpresa a los fugitivos,
obligándoles a llevarle con ellos so pena de denunciarles.
Cuando unos días después, el 29 arribó la «Biafra» supieron
noticias de los huidos y de su protector Townsend que se había
embolsado con la filantrópica operación entre 500 y 600 libras,
lo que comenta Holt diciendo que «yo me pregunto si no ha
sacrificado mucho más que esto por no retenerles en su hotel y
vendiendo en su factoría». Su empleado Hill y los criados fueron
registrados por las autoridades y probablemente embargadas sus
propiedades. También las de los cubanos, que fueron depositadas
en el gobierno.
Los que habían llegado al
delta del río Calabar tenían estipulado con Croft, el capitán de
la «Biafra» para que al regreso de Santa Isabel los recogiera en
la isla de los Loros para llevarlos a Inglaterra; pagarían el
pasaje de primera hasta Liverpool aparte de mil libras para el
capitán. Como se ve, a Holt no se le escapaba ningún dato
económico, que reflejaba en su diario. Cinco días después
regresaba la cañonera «Concordia » del delta de lo Lor Ríos de
Calabar sin encontrar a los cubanos. Pero se supo que había
avistado a la «Biafra» en Bonny (Calabar Nuevo) y que no se
atrevió a detenerla aun sabiendo que estaban dentro los fugados,
por cierto aterrorizados ante la posible detención.
Se supone que el resultado
positivo de esta fuga le hizo perder los escrúpulos a Holt,
porque unos días más tarde, el 12 de julio, tomó parte activa en
otra escapatoria, esta vez en combinación con el finquero Sr.
Trello y Mr. Mercer, capitan del «Mc Gregor Laird» que zarpaba
esa noche. Se trataba del que el buque se dirigiese a la isla de
Horacio y esperase frente a la costa próxima a la finca de
Trello. Éste llevaría a su finca a 13 cubanos y desde allí a la
costa, pero a pesar de las señales convenidas y por falta de
cálculo en el tiempo o por extravío de los guías krumanes que
los acompañaban, lo cierto es que llegaron tarde a la cita, se
supone que con gran sentimiento de Trello que pensaba cobrar 30
libras por cada uno, según revela Holt.
En vista del fracaso regresó a la capital todavía de noche para
tener una coartada, ya que rápidamente se supo la noticia y el
gobernador envió un bote al mando de su sobrino para detener a
los fugitivos, como así se hizo, salvo dos que huyeron al
bosque. Inmediatamente fueron detenidos Trello, Lauriano, John
Phillip y otros. Aunque estos últimos, según Holt fueron
detenidos para diluir la responsabilidad de Trello. Este que
Holt llama Lauriano y más adelante Lauriano Diez da Cunha debe
de ser el comerciante portugués mulato Laureano Acuña al que se
refiere Iradier. También se recoge el rumor de que estaba
complicado Gazulla, y suponemos se trata de la persona del mismo
apellido que era Secretario del Gobierno en 1875 y recibió a
Iradier a su llegada a la isla y que además era amigo de Acuña y
del citado Strathers.
A través de este relato se desprende que los oficiales españoles
no pusieron demasiado empeño en la represión de este suceso,
probablemente por los problemas de mantenimiento que estaba
creando a la colonia el exceso de población foránea. Según Holt
también ellos sentían simpatía por «los pobres cubanos» y Trello,
por su amistad con los oficiales fue tratado benévolamente «aun
cuando el plan de fuga fue conocido », pero la redacción confusa
no permite saber si lo fue por Trello o por los propios
oficiales.
Trello fue interrogado por un
tal Samson, empleado de la Aduana que fue nombrado Juez especial
en lugar del Notario a quien correspondía y las preguntas
«fueron tales que no pudieron comprometer o complicar al
acusado» y según parece, el propio sobrino del gobernador,
Hilario Pina, había informado con clara lenidad sobre el asunto.
En cuanto a los frustrados fugitivos, respondieron que habían
salido a dar un paseo, que se perdieron y fueron a dar con la
finca de Trello, ingenua explicación que nadie hubiera aceptado
de no ser por la pasiva complicidad de los oficiales que según
Holt «habrían ayudado a la evasión de los cubanos si les hubiese
sido posible sin peligro de ser descubiertos».
Habiendo cesado Sousa por sustitución del Ejército por la Armada
al frente de la colonia, llegó el día 16 el nuevo gobernador
Antonio Maymó. Según Holt, Sousa dejó mal recuerdo, «era tenido
por tirano, cuya salida… alegrará a todos»; pero Maymó duró poco
pues falleció el 22 de agosto y en su brevísima magistratura,
consiguió embarcar en el «San Antonio» a 180 cubanos con destino
a Tenerife; los restantes lo fueron posteriormente a bordo de la
urca «Pinta» junto con la mayor parte de los colonos españoles
venidos en dicha nave y que no habían podido resistir las
enfermedades y el clima. Dice Holt que «ya es bastante dura la
lucha por la vida para los hombres y las mujeres en un clima
como éste, pero ¿qué hacer con los niños?» Se refiere sin duda a
los que venían con sus padres en la «Pinta» y que en gran parte
tuvieron que regresar. Pero hay una diferencia de fechas ya que
antes dice que la «Pinta» llevó a los restantes cubanos el 20 de
agosto y más adelante data la marcha el 2 de octubre y también
en la «Pinta». Bien podrían ser dos viajes diferentes.
Los del «San Antonio» pasaron una odisea ya que muchos iban
enfermos, otros sufrieron malos tratos y fallecieron varios en
el viaje. Llegaron a Mahón y tuvieron que hacer allí la
cuarentena. Después ya en libertad, pasaron a Barcelona y
algunos siguieron a París y a Estados Unidos.
Hubo también entre los cubanos, impacientes o desconfiados que
no quisieron esperar a la repatriación y se escaparon trece de
ellos el 2 de agosto, entre los cuales iban dos cuñados de
Balmaseda, los hermanos Morales. Utilizaron el vapor «Congo»
mandado por William Croft (¿será el mismo de la «Biafra») con el
apoyo de Svenson aprovechando que ya no había controles de los
cayucos y botes.
Ya no hubo después más expediciones de cubanos. Algunos quedaron
en Fernando Póo ocupando diversos puestos en la administración o
en el comercio. Todavía en 1897 se acusa su presencia. Una
consecuencia de estas migraciones fue la creación en 1865 de un
barrio en la capital (el de «los congos» donde se alojaban los
cubanos de aquella procedencia, y que duró bastantes años hasta
su desaparición (10).
Para terminar estas notas nos queda una apreciación muy curiosa
del propio Holt, que después de haberse referido al temperamento
de los cubanos y a pesar de la simpatía que como ya hemos visto
les tenía, hace esta reflexión bastante crítica: «Los cubanos
que han estado aquí me parecieron demasiado indolentes y
afeminados para conseguir la independencia de su país». Y a
continuación el dato sorprendente: «Podían haber tomado esta
isla a los españoles si lo hubiesen intentado después de la
marcha del «Borja», y que no había más que un centenar de
españoles contra 150 ó 250 cubanos. Si hubieran tenido la más
mínima organización podían haber tomado el cañonero y el cuartel
simultáneamente en una noche cualquiera. Pero no había
organización entre ellos y tan poca prudencia demostraron que
era peligroso que más de uno o dos conocieran cualquier plan de
fuga propuesto, pues de lo contrario era sabido enseguida por
todo el mundo».
Parece como si Holt se hubiera anticipado a predecir lo que
sucedió un siglo después allí mismo: el trasatlántico italiano
«Duquesa de Aosta» que estaba internado al haber estallado la II
Guerra Mundial, fue libertado y sacado del puerto por la noche
para estregárselo a los aliados. Y volviendo a Holt, si su
sugerencia se hubiera llevado a cabo con éxito, se habría
producido un caso insólito en la Historia: la adquisición por
las armas de una colonia, por un país sin independencia propia.
NOTAS
(1) UNZUETA Y YUSTE, A.:
Geografía histórica de
Fernando Póo,
Madrid, Instituto de Estudios Africanos, 1947.
(2)
HOLT, J.:
The Diary of John
Holt,
LiverPóol, John Holt & Comp., 1948.
(3) MORENO YMORENO, J. A.:
Reseña histórica de la
presencia de España en el Golfo de Guinea,
Madrid, IDEA, 1952, y Granda, Germán de: «Negros emancipados
cubanos en Fernando Póo»,
Revista de Indias,
1984, vol. XLIX, n.° 174.
(4) MARTÍN DEL MOLINO, A.:
La ciudad de Clarence,
Madrid-Malabo, Cooperación, 1993.
(5) Cuando Holt escribe esto, hacía ya dos años que había muerto
su patrón Lynslager y él era ya propietario, habiendo adquirido
una goleta para su comercio llamada «María», por medio de su
hermano Jonathan en Cowes (Inglaterra) construida 16 años antes
con casco de madera de roble y con un desplazamiento de 65
toneladas. Era muy ligera según lo atestigua el propio Holt más
adelante.
(6) BALMASEDA, F. J.:
Los confinados a Fernando Póo
e impresiones de un viaje a Guinea,
Nueva York, 1869.
(7) El islote y el cabo Horacio están situados en el extremo EN
de Fernando Póo.
(8) Este topónimo aparece en el mapa de Coello, situado en las
bocas del Níger, muy al O de Fernando Póo, lo cual no encajaría
con el itinerario de la fuga. Pero resulta que ese es el nombre
de uno de los dos barcos que exploraron el río Níger (1832 a
1834) con Laird, Olfield y R. Lander. Regresan estos barcos –por
cierto los primeros en el mundo con casco de hierro– a Fernando
Póo y son abandonados en la playa de Black Beach (Blavis) la
tristemente célebre prisión en la dictadura de Macías. Así se
explica que los fugitivos remando, en unas horas pudieran llegar
al islote Horacio. En cuanto al topónimo pudo nacer de la
presencia del citado buque hasta que éste se fue deshaciendo por
la acción del mar. Existen antecedentes de playas y bahías con
nombres de barcos y algunos bien cerca del que hablamos: Bahía
del «Nervión» y Bahía de «Venus».
(9) Es difícil identificar este nombre, pues en los mapas de la
época aparecen unas veces como Isla de los Loros y otras como de
los Papagayos; con esta duplicidad había: una en el O de
Fernando Póo (cerca de S. Carlos) y otra en el sur (Ureka), otra
al sur del cabo Horacio, y una en Nigeria en el Old Calabar.
Éste es sin duda la referido por Holt, ya que se encuentra fuera
de las aguas españolas y era probable escala para el buque que
esperaban.
(10) CASTRO ANTOLÍN, A.: «Fernando Póo y los emancipados de La
Habana», Estudios
Africanos, revista de la Asociación Española de Africanistas,
Madrid, 1994, v. VIII, pp. 7-19.
[Este artículo puede leerse también en:
http://www.ucm.es/BUCM/revistas/ghi/0214400x/articulos/CHCO0303220205A.PDF]
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