"Una
historia de resistencia. Petróleo y pobreza en el delta
del Níger"
Aloia
Álvarez Feáns, Revista Pueblos, enero 2010
"El Delta del
río Níger, de donde se extrae la práctica totalidad de
los hidrocarburos nigerianos, se encuentra sumido en la
miseria socieconómica, la degradación medioambiental y
una violencia estructural derivada, en gran medida, de
este escenario. El progresivo abandono que ha sufrido la
región por parte del Gobierno central en la
redistribución de las rentas petroleras, así como la
conducta de las compañías privadas que operan en la
zona, ha encontrado respuesta entre las comunidades
locales desde el nacimiento de la industria
hidrocarburífera en Nigeria. Estas comunidades se han
ido organizando en movimientos sociales de variado signo
para hacer frente a los impactos de las actividades
extractivas, y reclamar del Gobierno y las empresas
transnacionales un trato justo.
El Delta del
río Níger se extiende a lo largo de 75.000 kilómetros
cuadrados en la zona sur de Nigeria, y comprende 9 de
los 36 estados de esta federación. Según el PNUD
(Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo), en
esta maraña de lagos y meandros malviven en torno a unos
30 millones de personas organizadas en grupos compactos,
la mayor parte de las veces no superiores a los 5.000
individuos [1].
La riqueza en recursos naturales de la zona es la mayor
del país; allí, la selva umbrófila configura un paisaje
de tierras agrícolas, bosques y acuíferos, con gran
valor en materia de biodiversidad. Una biodiversidad que
se ha visto amenazada desde los inicios de la
explotación petrolera en la década de 1960, recién
adquirida la independencia de parte del imperio
británico.

Isaac Boro
El petróleo
extraído de la región supone en torno al 50 por ciento
del PIB de Nigeria, proporciona el 95 por ciento de las
ganancias por divisas al país y el 80 por ciento de las
rentas presupuestarias, lo que significa unos 20.000
millones de dólares al año [2].
Además, el desarrollo del subsector gasístico es
imparable, haciendo del país un referente internacional
como productor de este recurso. No obstante, a pesar de
las enormes ganancias derivadas de la exportación de su
petróleo y gas natural, el 75 por ciento de la población
del Delta vive hoy bajo el umbral de la pobreza. La
seguridad humana, “contra amenazas crónicas como el
hambre, la enfermedad y la represión” y “contra
alteraciones súbitas y dolorosas de la vida cotidiana,
ya sea en el hogar, en el empleo o en la comunidad” [3],
se encuentra así bajo una seria amenaza.
La
destrucción de los sectores productivos tradicionales
(pesca y agricultura), y los impactos sobre el
medioambiente derivados de la extracción de
hidrocarburos, amenazan de gravedad la seguridad
alimentaria de las comunidades del Delta. La tasa de
desempleo en la región es mucho más elevada que la media
nacional y, paradójicamente, esta situación se agudiza
en los tres principales estados productores de petróleo;
si en el año 2000 en todo el territorio nigeriano la
tasa de desempleo alcanzó el 4,7 por ciento, en estados
como el de Rivers llegó a superar el 19 por ciento [4],
hasta llegar al 30 en Port Harcourt, la principal ciudad
de la región [5].
Por otro lado, un gran porcentaje del personal de la
industria petrolera es expatriado o proviene de otras
zonas de Nigeria, lo que potencia el malestar de la
población local. El hecho de que la industria
hidrocarburífera sea, además, un sector no integrado en
la economía, acaba con cualquier perspectiva que
garantice el acceso a fuentes de ingreso. En la región
que ha hecho de Nigeria una de las principales potencias
económicas africanas, sólo el 27 por ciento de los
habitantes tiene acceso a agua potable y únicamente un
30 por ciento de los hogares cuenta con suministro
eléctrico [6].
¿Cuál es el origen de esta paradoja?

Ken Saro Wiwa
El reparto
de la tarta
La
redistribución de las rentas petroleras es muy vertical
en el sistema nigeriano, lo que afecta de modo directo
al control de los recursos por parte de las comunidades
situadas en el área productora. La Constitución federal
establece que “toda la propiedad y control de los
minerales, aceites minerales y gas natural sobre o bajo
cualquier tierra de Nigeria, o sobre o bajo las aguas
territoriales y la Zona Económica Exclusiva de Nigeria,
deben estar en manos del Gobierno de la Federación” [7].
Desde la década de 1970, el Gobierno, a través de la
Nigerian National Petroleum Corporation (NNPC), controla
todo el crudo nigeriano gracias a la participación en
forma de joint ventures con las compañías extranjeras.
Cinco empresas transnacionales dominan el sector: la
angloholandesa Shell, las estadounidenses ChevronTexaco
y ExxonMobil, la italiana Agip y la francesa Total.
Entre todas poseen el 98 por ciento de las reservas y
los activos; alrededor de unas 50 firmas, más pequeñas,
completan el círculo.
Todas las
transnacionales que operan en Nigeria siguen las reglas
del Estado y se han convertido en subentidades de la
NNPC. La mayoría de ellas han firmado los Principios
Voluntarios para la Seguridad y los Derechos Humanos en
el sector extractivo [8].
En 2003 se adscribieron también a las Normas de
Responsabilidad de las Empresas Transnacionales y Otras
empresas de Negocios en materia de Derechos Humanos de
Naciones Unidas [9].
No obstante, además de sus impactos probados sobre el
medioambiente, la mayor parte de estas compañías se
encuentran directamente implicadas en la violación de
los Derechos Humanos en el Delta, como demuestran las
múltiples respuestas articuladas por la sociedad civil
para hacer frente a sus abusos.
La
sociedad civil, en pie
El origen de
la contestación social en el Delta se remonta a los años
de las primeras exploraciones europeas en el siglo XV;
de ahí que debamos ver la Historia del Delta también
como una historia de resistencia. Desde la aparición del
petróleo, este dinamismo social ha ido alimentándose de
la frustración acumulada por la población local. Desde
la independencia del imperio británico en 1960, el
petróleo ha definido el devenir de un gran segmento de
esta sociedad civil.
La revuelta
liderada en el Delta por Isaac Boro al frente del NDVF
(Níger Delta Volunteers Force) puede ser considerada
como la primera gran rebelión de la Nigeria
postcolonial. El 23 de febrero de 1966, Boro declaró la
República de los Pueblos del Delta del Níger y anuló
simbólicamente todos los contratos petroleros, instando
a las compañías a negociar directamente con su
administración. Doce días después, Boro fue detenido,
torturado, condenado a muerte junto a algunos de sus
hombres, posteriormente amnistiado y finalmente
asesinado, según algunas fuentes, a manos del propio
Gobierno federal.

MEND
Poco después,
la guerra de Biafra (1966-1969), en la que los recursos
petroleros jugaron un papel central, sirvió de acicate
para la consolidación de un tejido social articulado en
torno a la resistencia frente a las actividades
extractivas. Tras el frustrado intento de secesión en
Biafra y la consiguiente brutal respuesta del Gobierno,
entre 1970 y 1990, emergieron numerosos movimientos en
el Delta. Su principal referente es el MOSOP (Movement
for the Survival of the Ogoni People), fundado por Ken
Saro Wiwa a inicios de la década de 1990, que
protagonizó la segunda gran revuelta de la etapa
postcolonial. El asesinato de Saro Wiwa en el año 1995
junto con otros 8 miembros de la organización, a manos
de la junta militar encabezada por Sani Abacha, le
otorgaría al MOSOP“un estatus icónico en los debates
internacionales acerca del medioambiente y el poder y
las responsabilidades corporativas de las
multinacionales petroleras” [10].
En palabras
de Dumpe, la ejecución de los 9 ogoni “mandó una señal
al resto del Delta, la protesta de los ogoni fue siempre
pacífica, su resultado hizo pensar a la gente que la
protesta pacífica no conducía a los resultados buscados.
Por eso la gente se empezó a organizar en grupos
juveniles de confrontación armada, lo que hoy llamamos
grupos militantes” [11].
La indignación originada por el asesinato de los 9 ogoni
y la aguda represión ejercida por la Junta de Abacha
contra la sociedad civil del país, avivó la violencia.
Tras décadas de resistencia pacífica, las comunidades
del Delta se vieron en la necesidad de modificar sus
estrategias. Entre 1998 y 1999, nacieron diversos
movimientos en las comunidades ijaw, que originaron las
Egbesu Wars, tercera gran rebelión de la postcolonia. Ya
en democracia, a lo largo de la primera década del siglo
XXI la resistencia ha ido creciendo al calor de la
frustración acumulada por una población agraviada.
La llave
del desagravio
Durante la
década de 1990 e inicios del siglo XXI, los movimientos
sociales en el Delta tenían unos objetivos tímidos, se
limitaban a reclamar proyectos de desarrollo para sus
comunidades. Desde inicios del presente siglo, el
surgimiento de movimientos militantes y la consolidación
de los ya existentes no conoce freno, se amplían sus
demandas y se recrudecen sus estrategias. En la
actualidad, las resistencias en el Delta se organizan en
extensas redes con el objetivo último de obtener el
control de los recursos petroleros presentes en su
territorio. Sólo se podrá poner fin a la actual crisis,
sostienen, a través de medidas que garanticen la
satisfacción de esta necesidad.
Las
movilizaciones sociales en el Delta, desde el “retorno”
de la democracia a Nigeria en 1999, tienen objetivos
claros. Solicitan, en primer lugar, una revisión de la
reasignación de las rentas petroleras, lo que ya había
centrado las demandas de Saro Wiwa en los 90. En segundo
lugar, la creación de nuevas unidades de gobierno,
ajustadas a las realidades locales, y en tercer lugar,
el combate contra la pobreza, la construcción de
infraestructuras y la lucha contra el desempleo. Por
último, estas movilizaciones apelan a la acuciante
necesidad de generar un desarrollo sostenible en la
región a través del control sobre los recursos en manos
de las propias comunidades.
El grupo más
fuerte actualmente es el MEND (Movement for the
Emancipation of the Níger Delta), desde el año 2006
principal grupo militante armado de la región. Solicita
del Gobierno federal y las empresas transnacionales
compensaciones por los daños causados por la industria
petrolera, aunque su objetivo último es lograr el
control de las concesiones. Resulta complicado conocer
la constitución numérica de este movimiento, que
oscilaría entre los muchos cientos y unos pocos de miles
de miembros. Bajo esta organización se abrigan muchos
subgrupos, algunos de los cuales actúan a veces bajo
otros nombres. Su base social aumenta, dado que en 10
años de Gobierno civil sus demandas no se han visto
cubiertas. Además de la legitimidad social con la que
cuentan, han conseguido durante estos años forzar al
Gobierno a abrir el diálogo. Sus amenazas a los
intereses petroleros han obligado a las sucesivas
administraciones federales a, al menos, escuchar sus
reclamaciones.
Sostiene
Dumpe que “el problema es que las agitaciones que
emergen tras la frustración derivada de la protesta
pacífica están ahora infiltradas por bandas criminales
Hay grupos organizados que usan la confrontación en el
Delta para enriquecerse, pero sin legitimidad social de
ningún tipo” [12].
La confusión entre unas y otras actividades les permite
a las compañías extranjeras y al Estado nigeriano
legitimar sus acciones represivas y desacreditar, al
mismo tiempo, las legítimas luchas de la sociedad civil.
Al ser
preguntado sobre una posible mejora en la conducta de
las empresas transnacionales y las fuerzas de seguridad
del Estado en el marco de propuestas como el EITI (Extractive
Industries Transparency Initiative) [13],
este investigador responde: “las subsidiarias dicen que
lo hacen bien, pero la información que pasan a las
matrices no es cierta. Las mejoras no han sido
significativas” [14].
Conceptos como el de “Transparencia” o “Responsabilidad
Social Corporativa” quedan, de este modo, en evidencia.
No obstante, señala Dumpe, “nuestros informes han
servido para cuestionar prácticas de Shell en Nigeria.
Esta influencia es esencial y esto ha llevado a Shell,
por ejemplo, a moverse desde la asistencia a las
comunidades hasta hablar de desarrollo, luego de
desarrollo sostenible y ahora de ‘memorando de
entendimiento’, un acuerdo que negocia con las
comunidades algunos proyectos sociales. Para nosotros
eso representa un movimiento desde la simple filantropía
a una especie de participación negociada de la
comunidad, pero no es suficiente porque no es algo
basado en la equidad, en la presuposición de lo que se
debe hacer, desde el punto de vista ético” [15].
Y, desde luego, parece no ser suficiente para las
comunidades del Delta del Níger, cansadas de que el palo
siga utilizando a la zanahoria con fines tan
deshonestos.
[1]
United Nations Development Programme (2006): Niger Delta
Human Development Report, Abuja, Nigeria: UNDP, p. 1
[2]
IBEANU, Okechukwu (2006): Civil Society and Conflict
Management in the Niger Delta: Scoping Gaps for Policy
and Advocacy, CLEEN FOUNDATION MONOGRAPH SERIES, Nº 2,
August 2006, Lagos, Nigeria: CLEEN FOUNDATION, p. 12
[3]
Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (1994):
Informe sobre Desarrollo Humano 1994: Un programa para
la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Social, México D.F:
UNDP-Fondo de Cultura Económica, p. 26
[4]
United Nations Development Programme (2006): Op. cit, p.
131
[5]
IBEANU, Okechukwu (2006): Op. cit, p. 12
[6]
IBEANU, Okechukwu (2006): Op. cit, p. 12
[7]
Civil Society Legislative Advocacy Centre (2007):
Enhancing CSOS’s participation in the NEITI Audit
Process in Nigeria, Abuja, CISLAC, p. 21
[8]
Ver: www.voluntaryprinciples.org/principles
[9]
Ver: www.un.org
[10]
IBEANU, Okechukwu (2006): Op. cit, p. 3
[11]
Entrevista en Abuja, Nigeria, 10 de septiembre de 2008,
durante la celebración del Publish What You Pay Africa
Regional Meeting
[12]
Ibid
[13]
Ver: www.eiti.org
[14]
Entrevista en Abuja, Nigeria, 10 de septiembre de 2008,
durante la celebración del Publish What You Pay Africa
Regional Meeting
[15]
Ibid
Fuente:
http://www.revistapueblos.org/spip.php?article1796