NOTICIAS ASODEGUE

 
   

 

 

 

 

 

HOJAS INFORMATIVAS

 

 3 de enero de 2008

APGE reunirá a su Consejo Nacional los días 24, 25 y 26 de enero

   El Consejo Nacional es el máximo órgano entre los Congresos de APGE. Supone la reunión de los responsables de ámbito nacional, distrital y municipal de la organización, junto con los de las organizaciones especiales de jóvenes (Nuevas Generaciones) y mujeres. Las sesiones del Consejo Nacional tendrán lugar en Bata, en el Hotel Panafrica, los días 24 y 25.

   El día 26 se destinará a un Seminario de formación en el que se tratarán, entre otros temas, los relativos a la gestión municipal, mecánica electoral, leyes ecuatoguineanas sobre materia electoral, derechos sindicales, papel de sindicatos y onegés.

   APGE cuenta para esta reunión con la presencia de Carles Llorens, responsable de Relaciones Internacionales de Convergencia Democrática de Catalunya.

 

Comisión Mixta Gobierno-Oposición para los trabajos del Censo

   El próximo domingo, día 6, a las 15 horas se reunirá en el Ministerio de Planificación, en Malabo, la Comisión Mixta Especial Gobierno-Oposición para preparar los trabajos relativos al Censo Electoral.

 

Tampoco hay igualdad ante la ley

   El pasado mes de noviembre, Teodorin, ministro de Agricultura y Bosques, recorrió el país ofreciendo créditos a las "entidades agrícolas de ámbito rural". Una de las supuestas características de estos créditos era, según el primogénito del dictador, su carácter abierto, apolítico...

   Lo sucedido en torno a la agrupación agrícola Itondi desmiente lo dicho por Teodorin. Itondi se fundó en 2003, está en posesión de todos los registros legales y realiza sus actividades en el consejo de poblado de Esum, a catorce kilómetros de Bata. Tiene, eso sí, un pequeño problema, su vicepresidente es Avelino Mocache, secretario general de la formación opositora APGE...

   Según nuestras noticias, Itondi recibió, en principio, un crédito cuya cuantía no ha sido revelada, pero cuya tramitación se vio interrumpida por las gestiones directas de Silverio Baca Mba, gobernador de la provincia de Litoral. El crédito de Itondi se ha quedado en esa maraña de declaraciones y maniobras que caracteriza el modo de hacer de la administración distrital ecuatoguineana y que acaban siempre en la pura arbitrariedad...

   Una prueba más de que en Guinea Ecuatorial no existe igualdad ante la ley.

 

Sobre la violencia política en África

   La situación en Kenia vuelve a poner de actualidad la violencia política en el continente africano. El pasado 27 de abril reprodujimos el artículo "Las políticas de violencia y conflicto en el África contemporánea", de   Patrick Chabal, aparecido en la Revista de Relaciones Internacionales nº 6, de abril 2007. Hoy lo hacemos con la traducción de las páginas 631 a 636 del libro "Mondes rebelles, guerillas, milices, groupes terroristes. L'encyclopédie des acteurs, conflits & violences politiques", publicado por Éditions Michalon en  2001. Estas páginas se resienten en algún momento de su falta de actualidad pero en general nos parece muy útiles para entender algunas de las claves de la violencia en el África subsahariana.

   "Analizar África escogiendo como eje director las diferentes formas de violencia política lleva, de forma inexorable, a caer en un ejercicio poco original de afro pesimismo. Conflictos internos y erupciones de violencias étnicas o religiosas se acumulan al sur del Sahara y se añaden a una larga letanía de males o de flagelos: fuerte crecimiento demográfico que contrasta con un inquietante inmovilismo económico, decadencia de las estructuras estatales, desmoronamiento de los sistemas sanitarios, y escolares, quiebra de las élites, peso de la deuda, caída de las cotizaciones de las materias primas, calamidades agrícolas, sequías, hambres, expansión de las epidemias que se creía en vías de erradicación, propalación de nuevas enfermedades, etc. Al hundimiento socioeconómico de los años 80, se añade después del fin de la guerra fría una marginalización acelerada en la escena internacional. África se encuentra confrontada a la perspectiva de ser uno de los principales perdedores de la mundialización en curso, y de continuar siendo una vasta área donde prosperan conflictos altamente mortíferos, pero sin importantes intereses estratégicos. En este sentido, pueden destacarse diversas tendencias de fondo.

  

Somalia

   Un terreno propicio para diversas formas de violencia política.
   África subsahariana se enfrenta con más de veinte situaciones conflictivas: conflictos internos (los conflictos entre Estados son excepcionales), insurrecciones, rebeliones, erupciones de violencias religiosas o étnicas. Al desencadenamiento de violencia bruta, bajo forma de masacres, matanzas, progroms, se añade un conjunto de fenómenos "colaterales" igualmente desastrosos: flujo de refugiados, epidemias, hambres. África detenta el triste récord del número de refugiados, con 5 millones de personas registradas en esta situación en 2001. Si añadimos a esta siniestra contabilidad, sus "hermanos de miseria" integrados por los 20 millones de "desplazados" contabilizados por la OUA (refugiados en su propio país), es una población de 25 millones de africanos que necesita ayuda (...). Inestabilidad, inseguridad, pobreza, subdesarrollo, desequilibrios socioeconómicos, complejidad de las realidades humanas, hacen del África subsahariana un vasto campo de observación de las numerosas formas de violencia política contemporáneas. Proliferan en ella una amplia gama de lógicas conflictivas y una multitud de actores (movimientos de lucha armada, guerrillas, formaciones de mercenarios, bandas más o menos incontroladas, redes transnacionales, grupos de autodefensa espontáneos, ejércitos regulares nacionales, guardias presidenciales y otras unidades pretorianas a sueldo de presidentes omnipotentes, fuerzas de interposición ínter africanas o de las naciones unidas, fuerzas de intervención extrarregionales, francesas, belgas, americanas, británicas, etc.).


   La persistencia de numerosos conflictos tradicionales.
   Lejos de ser el resultado de cualquier tipo de fatalidad, la perpetuación de conflictos tradicionales se explica la luz de la rica, pero a menudo desconocida, historia del continente africano. Se encuentra éste recorrido por multitud de líneas de fracturas, localizadas en la confluencia de grandes conjuntos geopolíticos, geoétnicos o georreligiosos antagonistas. La banda saheliana proporciona, De Mauritania al Sudán, un gran número de ejemplos de estas tensiones seculares no resueltas y que se reactivan a intervalos regulares. Zona tradicional de intercambio y de confrontación en el África blanca y el África negra, entre el África mediterránea y la sahariana y el África atlántica y la guineana, el espacio saheliano sirve de marco para un conjunto de enfrentamientos multiseculares y multidimensionales: de naturaleza étnica, entre poblaciones árabo-bereberes y negro-africanas; de naturaleza religiosa, entre un Islam conquistador y bolsas de creencias tradicionales, incluso de islotes de cristianismo; de naturaleza económica, entre pastores y agricultores; de naturaleza social, entre sedentarios y nómadas; de naturaleza histórica, entre agresores y agredidos, entre dominantes y dominados, etc., estas diferentes dimensiones por regla general se interrelacionan. En este caso, como en otros, tal como lo ha demostrado de manera harto convincente Yves Lacoste ("Afriques blanches, Afriques noires", Hérodote, núms.65-66, junio-septiembre, 1992), uno de los motores de la conflictividad en África continúa siendo el recuerdo de "hechos traumáticos" , término genérico utilizado por algunos africanistas para hacer referencia con mucha prudencia al fenómeno, a menudo ocultado, generalmente refutado, de la trata de esclavos, ciertamente efectuada por negreros europeos o árabes, pero con la complicidad, por no decir "en asociación" con negreros negros, a semejanza de Samory o de Rabah en el siglo XIX. Si el paréntesis colonial ha permitido congelar a menudo, o como mínimo limitar, durante algunos decenios estos enfrentamientos "tradicionales", éstos continúan persistiendo con más o menos vigor, a menudo de forma espontánea y recurrente. A la violencia de una banda de saqueadores o merodeadores que perpetran una incursión localizada en el tiempo y en el espacio, responden represalias por parte de "milicias" auto-organizadas de poblados. Estas formas de violencia continúan todavía estando próximas de la delincuencia de derecho común aunque (...) esconden profundos enfrentamientos de naturaleza étnica, económica, social y a veces religiosa. Pero, más que la persistencia de estas formas "primarias" de conflictividad, es el cambio de escala de la violencia lo que es inquietante.


   Ruanda.

   El impacto devastador de la proliferación de armas modernas.
   Unos de los fenómenos más desestabilizadores para el continente negro, por regla general mal percibido en Occidente, tiene que ver con la irrupción devastadora en sociedades tradicionales y rurales de ciertas formas nocivas de modernidad, encarnadas en especial en el fusil de asalto, M-16, Fal o kalachnikov, que puede encontrarse prácticamente en cualquier sitio y muy a menudo a precios muy bajos. En muchos lugares del continente africano, estas armas mortíferas son a menudo consideradas por muchas poblaciones, enfrentadas a múltiples formas de adversidad y abandonadas por Estados ausentes, débiles o predadores, como el único lujo y el único bien de consumo socialmente y económicamente útil y financieramente accesible. Su posesión asegura un estatus social, permite cuestionar las jerarquías ancestrales y garantizar la supervivencia de la comunidad (familia, aldea, linaje, tribu, clan, etc.) en un entorno hostil. Pero la contrapartida de este acceso a la modernidad es terrible. Allí donde tradicionalmente los enfrentamientos, incluso los más violentos, se traducían en sangrías humanas relativamente débiles, al menos demográficamente soportables (en número de muertos o en cautivos), debido a la utilización de armamento con escaso poder mortífero (azagayas, arcos, flechas, incluso fusiles de un solo cañón); la proliferación de armas de fuego automáticas puede transformar la más mínima disputa entre vecinos en una auténtica carnicería perpetrada en pocas horas. Mientras que las violencias anteriores se encontraban relativamente codificadas y ritualizadas, incluso comportaban aspectos lúdicos, la irrupción de la modernidad en este terreno se traduce en masacres incontroladas, que diezman a largo plazo, incluso de forma definitiva, algunos grupos humanos, mal o poco equipados. La zona saheliana, el norte de Nigeria y el Cuerno de África, en particular, han sido el marco estos últimos años de una sangrante "carrera de armamentos" entre grupos étnicos involucrados en rivalidades ancestrales, y que degeneran en breves pero muy mortíferas erupciones de violencia y que comprometen los frágiles equilibrios demográficos.


   Un tema crucial: el control del poder estatal post-colonial y las prebendas que de él derivan.
   Una de las consecuencias más duraderas del período colonial ha sido el legado de un modelo de Estado moderno, mejor o peor adaptado a las sociedades africanas. Algunos trabajos, en particular los de Jean-François Bayart [L'État en Afrique: la politique du ventre, París, Fayard, 1989] han hecho posible precisar los límites, pero también la especificidad, de las estructuras estatales africanas post-coloniales. Han demostrado, en particular, que el funcionamiento del Estado en África está más enraizado de lo que se cree en los usos y costumbres de las sociedades antiguas precoloniales. El marco estatal permite a una parte de las élites autóctonas gestionar en beneficio propio y sin control de ningún tipo, los recursos del Estado (tanto si se trata de la propia riqueza nacional o de las ayudas proporcionadas por la comunidad internacional), privilegiando sin cortapisas sus propios intereses, por regla general sobre bases étnicas, religiosas y locales. Esta práctica de "personalización" del Estado reduce la búsqueda del interés general, objetivo último de la "política" en el sentido magistral del término, a un sistema de predación generalizado, en beneficio exclusivo de unos pocos y de su clientela. Pero incluso cuando los gobiernos realizan algunos esfuerzos de redistribución de la renta estatal, por lo común en dirección exclusiva de sus aliados, afiliados, confidentes, etc., mediante lo que Jean-François Bayart denomina la "política del vientre", la gestión predadora del Estado tan sólo puede generar frustración y cólera en el campo de los excluidos del sistema. Estos últimos no tienen otra alternativa que "la huída" (migración física o la búsqueda de una "alternativa" artificial, bajo forma de consumo de droga, de alcohol o de prácticas religiosas exacerbadas) o que la revuelta, la práctica de la lucha armada, con la esperanza de cambiar de manera radical el orden de las cosas, imponiendo una nueva correlación de fuerzas y un nuevo sistema de distribución de la renta.
 

Darfur

   La lucha armada, ¿única alternativa posible?
   Para aquel que denuncia la parcialidad del Estado, el mal funcionamiento del gobierno o la injusta distribución de los esfuerzos de desarrollo en beneficio de determinados grupos étnicos o de algunos territorios privilegiados, la práctica de la lucha armada aparece en el África de los años 80-90, como uno de los pocos medios de oposición verdaderamente eficaz. A pesar de las esperanzas suscitadas en el decenio de los 90 (impacto de los hechos de la Europa del Este, discurso de La Baule, estímulo a la democratización, etc.), la opción democrática y sus corolarios (instauración del multipartidismo, convocatoria de elecciones) han puesto de manifiesto con rapidez sus límites y han terminado, muy a menudo, con pocas excepciones, en un callejón sin salida. Incapaz de trascender las divisiones tradicionales (étnicas, religiosas, geográficas) la opción democrática se ha limitado muy a menudo a reformular los antagonismos antiguos, bajo formas inicialmente más civilizadas y más modernas. De hecho, relaciones de fuerzas demográficas y relaciones de fuerzas electorales se encuentran estrechamente asociadas. Si se tienen en cuenta los resultados globalmente decepcionantes de la opción democrática y las fuertes reticencias manifestadas por numerosos poderes existentes a acudir a ella, la tentación de la lucha armada aparece a menudo como la solución más fácil para conseguir una auténtica alternativa de poder. A pesar de un costo humano, por regla general importante, el paso a la violencia para los grupos excluidos del reparto del "pastel nacional" constituye el medio más seguro de modificar en un sentido más favorable una realidad insatisfactoria, tanto frente a un ejecutivo omnipotente (en el marco de una oposición "nacional") o frente a un poder central poco respetuoso de sus periferias (en el marco de una oposición separatista). Los ejemplos de la transferencia de poder de un grupo humano a otro por vía violenta no existen en África. Por regla general, estas alternancias se producen mediante revoluciones de palacio, golpes de fuerza militares y otros tipos de alzamiento, que traspasan el poder de unos grupos a otros dentro del ejército o entre grupos dirigentes ya asociados, más o menos, al poder. Pero África también ofrece, a lo largo de los últimos diez años, algunos raros ejemplos de alternancia "total", como consecuencia del éxito completo de diversas guerrillas que han sabido desplazar a los regímenes que combatía para substitituirlos de forma duradera. Este fue el caso en 1986 de la NRA ugandesa, este fue por partida doble el caso en 1991 con el éxito del EPRDF en Etiopía y del EPLF en Eritrea, este fue, también, el caso, en 1994, del FPR en Rwanda y en 1997, del AFDL en Zaire.


   El fantasma del suicidio nacional.
   La conquista del poder mediante el fusil está lejos de constituir la panacea y no conlleva de ninguna manera et retorno a la normalidad. En cada uno de los ejemplos precedentes, la Historia parece repetirse pues los nuevos poderes se encuentran a su vez confrontados a oposiciones armadas que intentan derrocarles. Pero lo peor acontece cuando diversas fracciones luchan entre si y son incapaces, una vez vencido el régimen, de controlar el Estado, como se ha puesto de manifiesto desgraciadamente en Somalia y en Liberia, víctimas de una deriva suicida. El hundimiento del Estado priva a los beligerantes de su objetivo de guerra inicial, el control del maná estatal, y el conflicto se alarga de forma indefinida sin objetivo ni lógica, siguiendo el ritmo del cambio de alianzas y de traiciones múltiples, los enemigos encarnizados de ayer se convierten en aliados y después, de nuevo, en adversarios. En estas condiciones, el balance humano es terrible: a los muertos en combate, se añaden las víctimas indirectas del conflicto, provocadas por el hambre, el abandono, el agotamiento, las pandemias, etc. Se autonomizan zonas del territorio nacional, convirtiéndose en terrae incognita, denominadas "zonas grises", donde prosperan numerosas actividades ilícitas y tráficos de todo tipo, para mayor beneficio de algunos señores de la guerra que están del todo interesados en la perpetuación del conflicto. Frente a esta estrategia y, a menudo, frente a este maquiavelismo, la comunidad internacional duda en intervenir en estas crisis que carecen de interés y cuyos pormenores le parecen opacos.


   La radicalización de las lógicas conflictivas.
Los conflictos más importantes que se han producido recientemente en África (Somalia, Liberia, Rwanda) se han caracterizado por la búsqueda de una victoria total, podríamos decir que de inspiración clausewitziana, con el objetivo de guerra no limitado exclusivamente al control del maná estatal, sino al aniquilamiento radical del adversario; este concepto incluye no sólo a los combatientes enemigos, sino a todos los hombres en edad de combatir y también a todas las mujeres, los niños, es decir, la totalidad de la comunidad que ellos constituyen. Según dicha lógica, alteridad significa adversidad. El Otro se convierte en una bestia malhechora, una "cucaracha" como en Rwanda, al cual se intenta deshumanizar para justificar su aniquilación. Todos los medios, incluso los peores, son entonces posibles para conseguir el triunfo (matanzas colectivas, masacres planificadas, genocidios, hambres organizadas, etc.). Los grandes conflictos africanos de los últimos años, es decir, los más sanguinarios, se han caracterizado por el rechazo del compromiso, un elemento fundamental, sin embargo, de la conciencia y de las mentalidades africanas. Es ésta una terrible novedad, que abre la puerta a lógicas genocidas, a la limpieza y a la purificación étnicas. Ciertamente, las masacres étnicas se inscriben en una cierta continuidad histórica; África no no sido nunca un continente en paz. No son, además, exclusivas de los conflictos africanos (véase la situación en la antigua Yugoslavia o en el Cáucaso). Pero su alcance y su carácter sistemático son absolutamente novedosos en el continente negro, incluso si las premisas de este tipo de fenómenos son detectables en la región de los Grandes Lagos desde finales de los años 50. Lejos de remitir a ancestrales o inmemoriales guerras tribales, como a menudo se afirma de manera desacertada, esta radicalización de los comportamientos en momentos de conflicto parece constituir un nuevo avatar de la difícil adaptación del continente negro a una modernidad que ha caído como una losa y que ha resultado ser altamente desestructurante. En estas condiciones, los diferentes proyectos de mecanismos de prevención o de resolución de conflictos en África, que se multiplican desde finales de los años 80, no parecen constituir más que buenas palabras y buenas intenciones. Como en medicina china, más que privilegiar la lucha contra los síntomas inmediatos y aparentes de la enfermedad, mejor valdría interesarse previamente por el estado general del paciente. Pero, ¿quién está verdaderamente dispuesto a abordar esta problemática en profundidad y a largo plazo?."


   http://www.ub.es/conflictes/conflictes/arees/geopolitica/africa1.htm

 

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